miércoles, 29 de enero de 2014

Pensamiento Franciscano

Francisco nombre e imagen


 Por Manuel Lázaro Pulido

El Papa Francisco está de moda en la fronteras de la fe, esas fronteras que se yerguen en la entraña de Occidente, él que no es continental pero sí heredero de esta específica tradición, de ese Occidente que se definió como una utopía viviente cuando salió de sí en el siglo XVI. Que el papa Francisco representa un icono lo indica el hecho de ser protagonista de las portadas de la prensa como, recientemente la revista del Pop y referencia de actualidad Rolling Stone. En el devenir de la crónica la revista lo presenta “como un hombre ligado por un lado a una tradición religiosa y por otro, luchando por llevar a la Iglesia hacia una nueva era”. Y realmente creo que es así.
Ser portada es agradable pero, a la vez, contiene no pocos peligros. Es agradable, no solo para el Papa, sino también para los cristianos católicos, ver una imagen amable de la Iglesia personificado en la figura del Obispo de Roma. Es reconfortante comprobar de esta forma la presencia real en el espacio público. Pero como la materia lleva en sí la antimateria, la presencia tiene su lado oscuro. En este caso el de la duda que suscita el hecho de la manipulación de la figura del Papa como icono no por sí, sino por otro. Asimilado a un mensaje, como siendo su imagen, si no incluso como el signo definitivo de la asimilación del último bastión a las ideologías periclitadas (pero muy presentes institucionalmente) de los estertores del siglo XX. Y me explico.
            En la misma revista se señala como Sarah Palin, pentecostal de origen católico, famosa por presentarse como candidata a la vicepresidenta de los Estados Unidos por el Partido Republicano de la mano de John McCainen, se quiere apropiarse de su imagen, describiéndolo como un tipo de hombre liberal, de la misma manera que es descrito su mensaje como “puro marxismo” por personas tan significadas como le conservador Rush Limbaugh. La apertura a la realidad humana del Papa es impresionante, e impresiona y por eso intenta ser apropiada de modo que no se valore tanto en sí, como siendo una muestra de la expresión de las ideologías en el seno de la propia tradición católica.
            A Francisco, el Papa, le pasa algo parecido en tiempos de crisis, a lo que le sucedió a Francisco, el Santo (también en tiempos de crisis). Pobreza, humildad, firmeza de fe… no son el carisma de la ideología (marxista, liberal, socialdemócrata o del lobby gay como expresión de una ruptura cultura), como tampoco fue la pobreza franciscana, ni la simpleza el resultado de una determinada eclesiología (o ideología teopolítica). Pobreza, humildad, simpleza… no son nada en sí mismos. En antropología cultural serían los “indicadores (conceptuales-reales) de la identidad”; y ellos podrían reconducirse en la ideología. Pero en la realidad de la fe, en la realidad de la existencia, en el franciscanismo, son los “indicadores de la identidad del Evangelio”. Ahí radica su fuerza. San Francisco quiso ser apropiado, fuera de la Orden (en diversas eclesiologías) y dentro de la Orden (en diferentes sensibilidades). Pero san Francisco (y el papa Francisco) responden mejor a lo que expresaba la propia revista, parafraseando la canción de Bob Dylan: “Los tiempos están cambiando”. Y el trasvase del campo a la ciudad del siglo XIII en la definición de Europa (y en ello de Occidente) es ahora el cambio de la ciudad a la ciberciudad global en la absoluta prioridad de redifinir (y reubicar) Europa. Y para ello no se puede definir desde categorías ideológicas solo presentes a nivel universitario e institucional (izquierda, derecha, marxismo, liberalismo) sino desde la realidad de lo global, en la conjunción entre la tradición y el nuevo tiempo que nace. Francisco se adviene así como un nombre profético: no tanto como de quien señala la necesidad de fijarse en la pobreza y en el símbolo de desnudarse ante el obispo (de tomar una habitación más simple en el Vaticano que es lo mismo como gesto visual), sino de reeditar que estamos desnudos ante Dios, y necesitamos buscar la identificación con Cristo. Anunciar desde la tradición los retos de la nueva era, predicar en la frontera, aquí en Europa para nosotros, allí en Europa para los Hispanoamericanos. Eso es la imagen y el nombre de Francisco (del Santo, del Papa).



Maditación. Las Bienaventuranzas

                                      PARA MEDITAR

     


Del evangelio de Mateo 5,1-12

En aquel tiempo, el ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles:
1.- Dichosos los pobres en el espíritu
porque de ellos es el reino de los cielos.
2.- Dichosos los sufridos
porque ellos heredarán la tierra.
3.- Dichosos los que lloran
porque ellos serán consolados.
4.- Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia
porque ellos quedarán saciados.
5.- Dichosos los misericordiosos
porque ellos alcanzarán misericordia.
6.- Dichosos los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios.
7.- Dichosos los que trabajan por la paz
porque ellos se llamarán "los hijos de Dios".
8.- Dichosos los perseguidos por causa de la justicia
porque de ellos es el reino de los cielos.
9.- Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de
cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra
recompensa será grande en el cielo.

1.- Dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran. Las personas que experimentan estas situaciones son las que están escondidas o son los oprimidos que tienen que mendigar para sobrevivir y, por tanto, no se les tiene en cuenta en las relaciones sociales. Son nuestros pobres, nuestros enfermos mentales, nuestros enfermos del espíritu, nuestros enfermos de falta de amor. No son los pobres que trabajan por lo que sea y se sienten queridos. Por Jesús, estos pobres pasan de malditos a la cercanía de Dios. Dios se ha fijado en su desamparo, lo que hace que se fíen y confíen en Él. De aquí la satisfacción, el gozo inmenso e interior que se manifiesta de una forma objetiva en compartir los bienes en este mundo como preámbulo de la dicha definitiva, cuando Dios instaure su Reino y dé la salvación a sus elegidos. Jesús lo demuestra: los pobres enunciados antes son los primeros a los que se les anuncia esta era de gracia y los primeros que hay que invitar frente a los que tienen derecho al banquete, como sucede con Lázaro o con aquellos que son capaces de cambiar de vida como Zaqueo. Y pobres somos cuando sabemos leer la voluntad de Dios al no someternos a ninguna riqueza y poder de esta vida. Examinémonos por si tuviéramos cimientos falsos en nuestra vida.

2.-  Los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón. Misericordia no equivale a nuestra especial sensibilidad ante los infortunios personales y sociales. Designa una forma de actuar y un sentido de vida que se traduce en la conducta clave de los seguidores de Jesús. Lucas lo afirma sin rodeos: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. El amor de misericordia hacia los necesitados será la patente que enseñemos para ser reconocidos por Dios en el juicio: Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis. Estas obras de misericordia están al alcance de todos nosotros, aunque no posea nada para ayudar materialmente. La misericordia también se explicita con el perdón. Y tenemos que perdonar sin límites. Le dice Jesús a Pedro: te digo que perdones que no siete veces, sino setenta y siete,  con lo recrea la conducta de Dios para cada uno de nosotros que no se aburre de perdonarnos tanto defecto y pecado.

3.- Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre. La persecución reproduce la misma condición de sufrimiento que la de los pobres, los hambrientos y los que lloran. Muchas veces nos sentimos difamados, incomprendidos, excluidos de las relaciones sociales porque  somos solidarios con el proyecto de vida de Jesús, de forma que como él fue rechazado, así también lo son ellos. Pero es preferible esta situación límite, que Mateo apostilla con falsedad (Mt 5,11), antes que el halago, pues como Dios resucitó a Jesús, también nos puede resucitar a nosotros;  cambiar nuestra desdicha en dicha, nuestra pena en alegría. Otra vez las circunstancias se invierten, pero sin revancha por nuestra parte. El gozo interior que entrañan estas experiencias negativas proviene de la conciencia de que Dios nos va a recompensar y el amor y la bondad puede convertir a nuestros perseguidores, como se ha dado tantas veces en la historia.


martes, 28 de enero de 2014

Teología. La irrupción de dios en Cristo (Bautismo IV)

             El Bautismo
                              Hombres nuevos en Cristo

                                       IV

Texto

«¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados por él en la muerte para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…..» (Rom 6,3-11)


 La irrupción de Dios en Cristo

La actuación de la bondad y de la gracia en la historia se realiza por la vida de Jesús (cf. Jn 1,14), y se prolonga por la llamada a su seguimiento para compartir su vida, destino y misión; seguimiento que después de la Resurrección se concreta con la fe en Cristo. La fe en la nueva presencia del Resucitado es posible gracias a su Espíritu (cf. Hech 2,1-4), y Pablo enseña esta nueva relación con Cristo en el Espíritu. Él no tiene la oportunidad del seguimiento histórico, de ahí que su conducta sea una de las pautas que marquen la identidad de los cristianos, continuando en la historia el principio de la acción salvadora que Jesús lleva a cabo en Palestina.

            Pablo es consciente de la pretensión de Jesús sobre la iniciativa de Dios para reconducir la historia humana (cf. 1Tes 5,9-19; Rom 5,8.10.38). Por eso se cuida mucho de no utilizar sus ventajas cristianas ante los judíos y paganos; al contrario, se gloría de su debilidad para que prevalezca el vigor de la gracia de Dios y recuerda el aguijón que le mantiene en su fragilidad humana (cf. 2Cor 11,31; 12,7-12). En efecto. Pablo experimenta la llamada de Dios para seguir y anunciar a Cristo: «Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor tuvo a bien revelarme a su Hijo» (Gál 1,15-16). La elección divina está en la órbita de otras como la de Sansón (cf. Jue 16,17), del Siervo de Yawé (cf. Is 49,1) o de Jeremías (cf. Jer 1,5). La llamada es una gracia de Dios con la que le revela a su Hijo; y es una gracia con la que separa a Pablo de su vida y actividad anterior y le confía la misión de predicar a Jesús a los gentiles. Esta gracia, en definitiva, le transforma en un hombre «nuevo»; Dios le recrea por completo para anunciar a su Hijo (cf. Gál 6,15; 2Cor 5,17). Dicha gracia se explicita en el encuentro con el Resucitado, que evoca también la elección de los discípulos por parte de Jesús, o a las comidas de Jesús con publicanos y pecadores que les rehacen la vida, como es el caso de Zaqueo (cf. Lc 19,1-9); es lo que significa el «nuevo nacimiento» en la teología de Juan (cf. Jn 3,1-8; Rom 6,4). Él habla repetidas veces de este encuentro con Jesús en el viaje a Damasco (cf. Hech 9,3-21), que entraña un cambio radical en su vida: de perseguir a Cristo en los cristianos a ser valedor de su vida y doctrina de salvación para todo el mundo (cf. Hech 8,1; Gál 1,13).

Descubrir a Jesús implica asumir el Evangelio como una forma nueva de vida fundada en el poder de Dios (cf. Rom 1,16), y, a la vez, el Evangelio es configurarse con la vida de Jesús como experiencia personal y no como una actividad intelectual que aprende una historia o sigue una creencia (cf. 1Cor 4,16; 1Tes 1,6). Pablo expresa su experiencia de fe y su programa de vida en esta frase: «He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en carne mortal, vivo de fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Pablo no vive según la forma judía (cf. Flp 3,5-6), o pagana, sino se ha introducido en una nueva dimensión de la existencia determinada por la presencia del amor de Cristo y de su acción salvadora; deja que Cristo actúe en él para que destruya la capacidad de autosuficiencia que excluye a Dios en la existencia. Y tal es su experiencia que el auténtico sujeto de su actividad es Cristo: él es su ser, su obrar, su vivir mientras permanezca en la historia humana (cf. Flp 1,21). La relación entre su vida y la vida de fe en Cristo, hace que, sin dejar de ser él, pueda configurarse con, o transformarse en Cristo, constituyéndose en el soporte de su existencia. Pablo lo aplica a los cristianos en la carta a los Romanos: «... consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (6,11; cf. 14,7-8; 1Cor 3,23; 2Cor 5,15). Es entonces cuando asume el dinamismo de la vida de Cristo crucificado y resucitado.
Dios, por medio de Jesús, hace que descubra un mundo «nuevo», un hombre «nuevo», un sentido de la existencia «nueva» (cf. Gál 6,15; Rom 6,4). La «novedad» estriba en que Dios se ha decidido hablar y actuar en beneficio de su criatura por medio de la vida de Jesús. Dios rescata, salva, redime del mal, rompe los círculos infernales que ha creado el hombre por su libertad y sus ansias de poder, y de los que no puede salir. Según Juan, Dios se enfrenta al poder del hombre con un poder que es exclusivamente su relación de amor, porque Él sólo es amor (cf. 1 Jn 4,8-16); y su amor en la historia humana es la vida de Jesús (cf. Jn 3,16). La gracia constituye la relación de amor de Dios a su criatura para Pablo. Tal es así el nuevo fundamento de la existencia que se puede decir que todo es gracia en la vida (cf. Ef 2,4-10); gracia que se identifica con Jesús, cuya historia se centra en su muerte y resurrección (cf. Rom 6,1-11). Y une los dos términos: Dios para nosotros es la vida de Jesús, que es su gracia, y la gracia se manifiesta en la muerte y resurrección de Jesús.


Lbros. Las Bienaventuranzas

          Las bienaventuranzas, una contracultura que humaniza

De Luis González-Carvajal


                                               Por F. Martínez Fresneda

El texto es un comentario exegético y pastoral de las bienaventuranzas. Intenta el autor ser fiel al texto bíblico y, a la vez, «que resulte interpelante para quienes tratamos de seguir a Jesús en una situación histórica que quizás no sea más crítica que otras, pero a nosotros nos parece erizada de dificultades» (12).  
El programa de vida cristiana que nos ofrece Jesús tiene dos redacciones, que ha transmitido la tradición: en el sermón de la llanura de Lucas y en el del Monte de Mateo (20-21). Seguramente la tradición  fijó las cuatro ―o tres, según algunos exegetas― primeras bienaventuranzas de Lucas, que son comunes a Mateo. Por su parte, Lucas habría añadido las maldiciones y Mateo las cuatro restantes, porque la novena es un desdoblamiento de la octava. La felicidad prometida por Jesús no sólo se reduce a la vida futura exclusivamente, quedando en la historia sólo la alegría de la recompensa ofrecida, sino que comienza ya en la historia al insertarse el bautizado en la nueva vida donada por Dios en Cristo Jesús.
Para Lucas y Mateo son bienaventurados los pobres, los que pasan hambre, los que lloran, y malditos los ricos, los saciados y los que ríen, en el sentido de que poseen cosas a costa de la pobreza, el hambre y la desgracias de los demás. Por eso son malditos. Atina el autor al decir que con respecto al hambre no se refiere Jesús a los ayunos judíos o a las dietas actuales  que hacen a las personas sentir apetito; por el contrario, hambre es cuando los músculos se deshacen y la vida se escapa de nuestras manos (38).
Mateo añade a la primera bienaventuranza, que tiene en común con Lucas, «pobres de Espíritu», que son los pobres ante Dios, el resto de Israel, sobre el que recae las promesas mesiánicas, y los que han elegido ser pobres, porque es la mejor manera de leer la voluntad de Dios con relación a las relaciones con los demás. Los «mansos» son los no violentos. Jesús adoctrina bien a sus discípulos al respecto: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente,….». Los que «lloran» son consolados por Dios y, de esta forma, están capacitados para compartir las desgracias de los demás, es decir, consolar. «Hambre y sed de justicia» no se refiere a la justicia social, que en el AT está unida a «derecho y justicia», sino a cumplir la voluntad de Dios: saber que quiere el Señor sobre cómo debemos comportarnos con los demás. «Misericordia» es tener corazón con los desgraciados. Y Dios es muy rico en esta actitud, y le debemos imitar en un doble sentido: ayudar a los que lo necesitan y perdonando a los demás (116). «Limpios de corazón». El Señor mira al corazón, que es el centro unificador del ser humano. Por eso nos aconseja amarle con todo nuestro corazón. Y un corazón puro es un corazón lleno de bondad, capaz de «ver a Dios», que es plena bondad; y para ello es necesaria la oración. También se dice felices a los que «trabajan por la paz», es decir la reconciliación (cf. San Francisco y la paz, PPC, Madrid 2007). La última bienaventuranza refiere la persecución de los discípulos de Jesús, experiencia que él también la padeció, y en Mateo le precede «los perseguidos por causa de la justicia», que vienen a ser la misma bienaventuranza. Son los mártires por seguir y confesar a Cristo como el único camino que conduce al Padre, que es la fuente de la dignidad y salvación humana. Lo contrario, ser bien amados por todos, es lo que realmente crea sospecha de que estamos fuera del camino que nos indica Jesús para acompañarle y encontrar al Señor.

Sal Terrae, Santander 2014, 183 pp., 13 x 20 cm. (El Pozo de Siquem 324).


Evangelio. Las Bienaventuranzas

IV DOMINGO. CICLO A



Del evangelio de Mateo 5,1-12

En aquel tiempo, el ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles:
1.- Dichosos los pobres en el espíritu
porque de ellos es el reino de los cielos.
2.- Dichosos los sufridos
porque ellos heredarán la tierra.
3.- Dichosos los que lloran
porque ellos serán consolados.
4.- Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia
porque ellos quedarán saciados.
5.- Dichosos los misericordiosos
porque ellos alcanzarán misericordia.
6.- Dichosos los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios.
7.- Dichosos los que trabajan por la paz
porque ellos se llamarán "los hijos de Dios".
8.- Dichosos los perseguidos por causa de la justicia
porque de ellos es el reino de los cielos.
9.- Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de
cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra
recompensa será grande en el cielo
1.- Jesús anuncia que el Reino pertenece a los pobres, a los hambrientos y a los que lloran, por eso son dichosos, o bienaventurados. Declara las paradojas como si fuera un nuevo Moisés que desciende del Sinaí revestido de autoridad. Así proclama el nuevo proyecto de Dios sobre su pueblo, que son «palabras de vida» (Hech 7,38).
Las cuatro primeras Bienaventuranzas son una proclamación de la inminencia de la llegada del Reino, siguiendo la declaración de Is 61,1-2 de la intervención liberadora de Dios sobre los pobres, hambrientos y afligidos al final de los tiempos. Copian la corriente del Antiguo Testamento de que Dios sale en defensa de los que sufren, transforma su penosa situación y les regala una vida llena de gozo. Jesús anuncia la buena noticia del cambio en el espacio de los marginados y, por consiguiente, les crea una esperanza de salvación. Y dicho anuncio lo ratifica con su conducta, cuyo estilo de ser es una verdadera revelación de la bondad salvadora de Dios. Lo que se advierte en las cuatro Bienaventuranzas es la nueva disposición de Dios que recrea para bien la situación de los que sufren por cualquier causa.

2.- La primera exigencia del Reino es la misericordia (5ª). Dios se presenta misericordioso con los necesitados y con los pecadores y esta conducta divina determina los comportamientos de los justos y constituye una de las actitudes fundamentales de Jesús que simboliza la presencia del Reino. Usa de la misericordia con los publicanos, con los enfermos y los pecadores. Por eso afirma su prioridad sobre el sacrificio e identifica la relación de amor de Dios con los hombres.
Los limpios de corazón (6ª) recuerdan a aquellos que colman la profunda aspiración del creyente judío de estar purificado de toda idolatría para mantener una relación íntegra con Dios en contra del formalismo y la impureza. De ahí la promesa del encuentro definitivo con Dios: «verán a Dios», no de contemplación estática, sino de comunión de vida. El acceso a Dios es el final de la sintonía, no exenta de opacidades, que sucede en el tiempo entre Dios y el creyente, tanto en la oración personal, como en la oración en común en el templo tributándole el culto debido.
            Bendito es quien favorece la paz y el amor (7ª). La paz, como don de Dios y como quehacer humano, junto con el amor y el honor debido a los padres, es una condición de cuando se inaugure por completo el Reino de Dios, que permanece en el mundo futuro, y es allí donde se revelará la dimensión filial por la que todo viviente participará de la vida propia de Dios. Por eso los que trabajan por la paz, en cuanto actividad divina, «se llamarán hijos de Dios».

            3.-  La persecución por la justicia o por cualquier causa reproduce la misma condición de sufrimiento que la de los pobres, los hambrientos y los que lloran (8ª-9ª). Sin embargo se expone aquí el futuro para unos cuantos cuyo sufrimiento se les retribuirá al final frente al presente de la pobreza. La causa de la persecución es la fidelidad a Jesús; como él fue rechazado, también lo son sus discípulos. Pero es preferible esta situación límite, que Mateo apostilla «con falsedad», antes que el halago, pues como Dios resucitó a Jesús, también puede cambiar a su discípulo la desdicha en dicha, la pena en alegría. Otra vez las circunstancias se invierten, pero sin revancha por parte de los perseguidos sobre sus perseguidores. El gozo interior que entrañan estas experiencias negativas proviene de la conciencia de que Dios les va a recompensar y no del valor que comportan dichas incomprensiones: «Saltad entonces de alegría, que vuestro premio en el cielo es abundante» (Lc 6,23).
           


Crónica. Sobre la paz

EL PROBLEMA DE LOS HIJOS DEL CONDE Y EL FRANCISCANO



                                               Alfredo Vera Boti

A partir de un problema paradógico de matemáticas y un cuento de árabes con camellos, D. Alfredo Vera resalta la acción pacificadora de lo Franciscanos a lo largo de los siglos.

Un señor medieval tenía 17 esclavos y cuando hizo testamento poco antes de morir decidió repartirlos entre sus tres hijos.
Formuló el reparto así: al primogénito recibiría la mitad, el segundogénito la tercera parte de ellos y al menor sólo la novena parte.
Falleció en conde en su castillo y los hijos decidieron hacer el reparto, pero enseguida vieron que tenían que matar a varios esclavos, porque al primero le correspondían 17/2=8’5, al segundo 17/3=5’66, y al tercero 17/9=1’88 y como eran cristianos no querían infringir el V mandamiento y menos aun perder la mano de obra que necesitaban para su campos.
La disputa iba aumentado y estaban a punto de matarse entre sí porque todos querían recibir esclavos vivos y no rodajas de sirvientes, cuando llegó al puente levadizo del castillo un franciscano mendicante con un novicio que le acompañaba. Era un viejo y humilde fraile que pedía de puerta en puerta por su área limosnera los pedazos de pan o los atadijos de cebada o centeno que le daban y para esa tarea le ayudaba un novicio.
Cuando vio que los tres hermanos habían tomado ya sus espadas y notando que no había posibilidad de pacto entre ellos, rezó a San Francisco y recurrió a la siguiente estratagema:
Les propuso que valoraran cada esclavo entero en 1 ducado (=375 mrvs) más 22 mrvs por el engorro de hacer las cuentas con el ábaco, o sea, 397 maravedíes, y que si les sobraba o ganaban algo después del reparto, se lo entregarían al fraile lego para que se lo llevara al convento.
Hizo lo siguiente: el franciscano les dio al novicio para que lo utilizaran como esclavo, y como ya hacían un total de 18 hizo el reparto:
18/2 = 9 esclavos para el primogénito
18/3 = 6 esclavos para en segundón
18/9 = 2 esclavos para el menor.
En total, distribuyó 9+6+2 = 17 esclavos y le sobró 1, su novicio, que recuperó, y seguidamente les planteó que aun tenían que pagarle las ganancias: el mayor (9-8’5)x397 mrvs, el mediano (6-5’66)x397 mrvs y el menor (2-1’88)x397 mrvs, lo que hizo, un total de 375 mrvs., es decir, un ducado.

Tomó el frate la moneda de oro y junto con el joven novicio volvió aquel día al convento más contento que nunca. En el Capítulo siguiente fue elegido Provincial.

sábado, 25 de enero de 2014

COMISIÓN DE DISCERNIMIENTO DE PRESENCIAS


El día 24 de enero de 2014 se reunió la Comisión de Discernimiento de Presencias en Duque de Sesto (Madrid). Asistieron todos los miembros menos Francisco (Granada) por tener clase en el ITM. Actuó de Secretario Emilio Rocha (Madrid). El Presidente de la Comisión, José Antonio Jordá (Valencia) introdujo el escrito de los Provinciales sobre los «Objetivos y Metodología de trabajo de la Comisión». Después, José María Sainz (Provincial de Castilla) explicó pormenorizadamente las cuatro partes del documento: Premisas, qué debe hacer, cómo hacerlo y qué se debe evitar, y en cada parte seguir un procedimiento y una concreción.
A continuación se abrió un amplio debate sobre el documento: Gonzalo (Custodia) Francesc Linares (Cataluña), Manuel Lama (Sevilla), F. Martínez Fresneda (Cartagena), Emilio Rocha (Madrid) y José Antonio Jordá (Valencia) analizaron la aplicación en los Capítulos Provinciales del 2013 las propuestas de la Comisión anterior sobre la supresión de casas, y determinaron abrir otra vía de servicio a la futura Provincia de La Inmaculada. El trabajo consistió en diseñar las actividades que se llevan a cabo en las actuales Provincias y  futuras presencias según se contempla en el documento «Proyecto Porciúncula» y pedir a los Religiosos que digan a los Provinciales qué tareas pueden desempeñar en las diferentes responsabilidades que entraña el carisma franciscano. Manuel Lama se encargó de redactar la consulta, que entregará a los Provinciales para que la corrijan y la hagan llegar a los Hermanos.

Después de la comida, se continuó el trabajo hasta las 5.30 p.m. La acogida y estancia en la Fraternidad de Duque de Sesto fue muy fraterna, donde se facilitó toda clase de medios para que la reunión fuera lo más provechosa posible.



miércoles, 22 de enero de 2014

Evangelio: III Domingo (A)

            III DOMINGO (A)


                                  
                  La «cosa» empezó en Galilea

Del evangelio de Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en tierra de sombras y muerte, una luz les brilló». Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro y Andrés, que estaban echando el copo al lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

           
1.- Afirma Pedro en un discurso en Jerusalén que el acontecimiento de Jesús comienza en Galilea, de donde era Jesús. Él escoge para proclamar el reino a las gentes de su región que habitan en los pueblecitos situados alrededor del lago de Galilea: Corozaín, Batsaida y, sobre todo, Cafarnaún, donde tiene su casa. Comienza a predicar la salvación del Señor donde está la gente sencilla y humilde. Toma una actitud muy distinta a Juan, que, con su vida austera y penitente y alejada de las gentes, simboliza la inminente transformación por el Señor de un mundo malvado. Y Jesús no piensa lo mismo. El mundo, salido de las manos de Dios, no está totalmente corrompido por la libertad humana. Y, además, no proclama el reino solo, sino formando una fraternidad. Dios se revela por medio de la comunidad, en este caso, la formada por Jesús y sus discípulos.

2.-  Jesús invita a la gente que abra su corazón y acoja el Señor que viene, vuelvan sus rostros hacia Él y observen que se acerca con bondad y bondad misericordiosa. Porque viene el Señor, nosotros nos convertimos hacia Él. Y viene el Señor para establecer su Reino, que no es un espacio de terreno donde un rey gobierna por un tiempo, sino su reinado consiste en la relación que ha decidido establecer con nosotros: una relación de amor misericordioso, dispuesto a recrear o potenciar la vida de sus hijos al máximo.


3.- Como Jesús es llamado y elegido por el Señor en el Bautismo de Juan, así sucede con cada uno de nosotros. Jesús nos llama a seguirle y llevarnos a un mundo muy distinto al que nos movemos con frecuencia. Con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestras amistades, insertos plenamente en la historia, nos llama a proclamar que somos hijos del amor, y desde el amor comprendemos a los demás como hermanos. Ésa es la conversión a la que nos empuja. 

Teología. Hombres nuevos (IV)

                  El Bautismo
                                    Hombres nuevos en Cristo

                                
      

                 Texto

«¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados por él en la muerte para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…..» (Rom 6,3-11)

Reflexión ― III

LA IRRUPCIÓN DE DIOS

Jesús inicia la presencia del Reino de Dios en la historia cuando proclama en Galilea: «Se ha cumplido el plazo y está cerca el Reino de Dios: arrepentíos y creed la buena noticia» (Mc 1,15). Poco antes, Juan habla de la necesidad de una penitencia personal para preparar el camino del Señor. Dios toma la iniciativa para recuperar a su criatura, pero es necesario que ésta deje un resquicio de libertad a su endiosamiento y autosuficiencia, que enmascara la maldad en el mundo; debe ceder su poder, en todos los niveles que comporta, a la relación gratuita del amor de Dios, que es la única que puede iluminar las situaciones reales de la persona. Por eso es muy fácil comprender que Jesús sea escuchado en los ámbitos de la pobreza y el pecado, en los que la debilidad abre el corazón a la influencia divina con más libertad, influencia que es de amor misericordioso. Hay dos parábolas que describen esta situación social y esta actitud personal.
esús es invitado por el fariseo Simón. Entonces se presenta en el convite una pecadora conocida por la gente, que «acudió con un frasco de perfume de mirra, se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra» (Lc 7,37-38; cf. Mc 14,3-9; Mt 26,6-13; Jn 12,1-8.). Estas acciones de la mujer provocan, por las reglas de impureza, un juicio del fariseo con el que descalifica a Jesús por no conocer la clase de persona que le está besando los pies: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer lo está tocando, que es una pecadora» (Lc 7,39). Es entonces cuando Jesús propone esta parábola a Simón: «Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como no podían pagar, les perdonó a los dos la deuda. ¿Quién de los dos le tendrá más afecto? Contestó Simón: —Supongo que aquel a quien le perdonó más. Le replicó: —Has juzgado correctamente» (Lc 7,41-43). El fariseo comprende la intención de Jesús por la respuesta que le da: amará más quien ha sido perdonado más.
Después de la parábola, Jesús explica a Simón que Dios ha sido muy benevolente con la mujer al perdonarle sus pecados: «Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra» (Lc 7,47). Es la razón del porqué responde la pecadora a Dios con tanto afecto mostrado en la unción, el perfume y, en definitiva, el gesto de besarle los pies como símbolo de amor a Jesús que se ofrece como intermediario de la salvación de la mujer. Ésta, arrepentida, y sintiendo la cercanía del amor misericordioso de Dios, encauza su amor y lo manifiesta en signos externos que explicitan la relación íntima que existe entre el amor y el perdón en Dios, la «misericordia entrañable» divina (cf. Neh 9,17; Flp 2,1), y entre el amor y la fe como respuesta del hombre a Dios. Por eso le dice Jesús a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Lc 7,50), como antes se cuenta en las curaciones de la hemorroisa (cf. Lc 8,48), del leproso (cf. Lc 17,19) y del ciego de Jericó (cf. Lc 18,42), donde el que percibe la misericordia y se siente perdonado y revitalizado puede caminar en la paz.
Simón, como fariseo, basa la fe en la relación legal con Dios. Se fija en el creyente para que sus actos respondan a las exigencias de la Ley. Jesús, al contrario, pone su mirada en Dios. Por eso, viendo a la pecadora y hablándole a Simón, fundamenta la fe en el amor, que es la réplica a la Persona que ama previamente. Y con esta visión tan diferente es como Jesús, de nuevo, cuenta que un fariseo y un publicano suben al templo para orar (cf. Lc 18,10-14). Y los presenta de una manera contrapuesta al pertenecer a dos tipos sociorreligiosos distintos. El fariseo, mirándose a sí mismo, hace una oración de acción de gracias con una orientación horizontal, en este caso comparándose con el publicano. Es la beraká judía con la que se bendice a Dios por los dones que se reciben de Él. Y comienza su oración de forma negativa y fundada en el propio orgullo: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador» (Lc 18,11). El fariseo observa las leyes del decálogo (cf. Éx 20; Dt 5), y a continuación refiere su obras: «Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo» (Lc 18,12), un ayuno que se cumple el lunes y el jueves y los diezmos debidos al Señor como dueño legítimo de la tierra de Israel, según prescribe el Deuteronomio (cf. 14,22-23; 12,6-7.17; Lev 27,30-32).
El publicano es el que recauda para sí y para el Imperio, que no para Dios. Sin embargo su oración es vertical, su término es Dios. Por tanto tiene una compostura distinta a la del fariseo. Jesús lo describe con signos que remiten a una actitud interior humilde y arrepentida. Distante de la presencia del Señor, en la puerta del atrio de Israel en el templo, no se atreve a levantar los ojos al cielo y se da golpes de pecho (cf. Lc 23,48). Y esta compostura externa responde a la oración que hace, que no es de acción de gracias, sino de súplica: «Oh Dios, ten piedad de este pecador!» (Lc 18,13), y según la pauta que marca el Salmo (51,3): «Misericordia, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa». Su oficio le hace ser una persona impura en contraste con la pureza que los fariseos cumplen con rigidez.
La solución que da Jesús es contraria a la opinión común de la gente: «Os digo que éste volvió a su casa absuelto y el otro no. Porque quien se ensalza será humillado, quien se humilla será ensalzado» (Lc 18,14), y en línea con lo que antes subraya el Evangelista sobre los fariseos: «Vosotros pasáis por justos ante los hombres, pero Dios os conoce por dentro. Pues lo que los hombres exaltan lo aborrece Dios» (Lc 16,15). El publicano, por la confesión de su pecado, es declarado justo ante Dios, es decir, comprende y cree a Dios por el amor misericordioso que le restablece su condición de justo. El fariseo, por el contrario, se hace justo a partir de sus propias obras e invoca la presencia de Dios para que ratifique lo que él ya ha conquistado.
Jesús extiende la actitud del fariseo a los que apoyan su vida en las riquezas (cf. Mc 10,25par), o en cualquier clase de poder (cf. Mc 10,42; Q/ Lc 4,1-13; Mt 4,1-11) que pueda ocultar la relación gratuita de Dios (cf. Mt 10,7-10). Sin embargo, Jesús no anula la potencia natural que vehicula la eficacia de la acción divina, tanto para el servicio a los demás, como para la unión con Él (cf. Mt 25,14-30). Incluso aconseja lucir las cualidades humanas como focos del amor de Dios para que alumbren al mundo sumido en las tinieblas del mal (cf. Mc 4,21par).


Libros. B. Pérez Andreu

                                      No podéis servir a dos amos.
                               Crisis del mundo, crisis en la Iglesia.




                                                         De Bernardo Pérez Andreo

 Aparece esta obra en uno de los momentos más interesantes de la situación de la Iglesia y del mundo. Tras  muchos años de eso que han dado en llamar crisis, pero que no se ajusta al significado profundo de un término que tiene su origen en concepciones del mundo antigüas y, por tanto, llenas de sentido, ha llegado la hora de una cierta renovación con la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco. Dos hechos estos que se antojan importantes en el devenir eclesial de este tercer milenio. Si la renuncia es un dato muy raro en la historia del papado, la elección del nombre del Poverello, es casi revolucionario. Por eso, no es extraño que el autor tenga la sensación que la obra ha llegado justo en el momento propicio, pues en ella se analiza tanto la incapacidad de la Iglesia de entender el mundo actual, como la situación de quiebra de un mundo que busca otras formas de organziación.
La Iglesia, al vivir en medio del mundo como expresión de los valores del Evangelio de Jesús de Nazaret, continúa la misión iniciada por el mismo Jesús y encomendada a sus discípulos y discípulas para toda la historia. Esta misión conlleva una existencia liminal en medio de un mundo herido por el pecado, pues no se puede pertenecer al mundo sin hacerse partícipe de su pecado. La única manera de ser instrumento de salvación sin dejarse atrapar por las redes del mal es estar en el mundo sin ser como el mundo. Esto es lo que el autor entiende por liminalidad. Esta situación es ambigua, pues de un lado exige estar incorporados en los instrumentos de organización de este mundo, pero, a la vez, reclama de la Iglesia una posición externa, una radical alteridad respecto a los modos y medios por los que este mundo se perpetúa como opresión de unos contra otros y como injusticia lacerante.
El autor entiende que este es un mundo en quiebra, una organización sociopolítica e histórica que ha llegado a su fin y se resiste a desaparecer. Las dos próximas décadas va a ser críticas para la pervivencia de la civilización tal y como la conocemos. Cuatro crisis se ciernen sobre el mundo que amenazan su supervivencia: la espacial, la energética, la ecológica y la económica. A estas cuatro se une la peor de todas: la moral. El mundo globalizado postmoderno tardocapitalista ha derrochado la enorme reserva de recursos y ha dilapidado el capital humano de forma inconsciente, con el único fin de aumentar la tasa de ganancia y el lucro, beneficios estos que sólo lo han sido para una pequeña parte de la humanidad, mientras la inmensa mayoría, más del ochenta y cinco por ciento, ha quedado excluida de estos beneficios. Es necesario un cambio, o dicho en términos evangélicos, una metanoia, una transformación del modo de pensar y comprender el mundo. La Iglesia tiene mucho que decir y hacer en este camino que tenemos por delante. La Iglesia, sirviendo a Dios, puede estar en el mundo sin ser del mundo, construir el Reino del Amor y la Justicia.
Para cumplir con el propósito, el autor ofrece al lector la obra con un Tablero de dirección, como en el caso de Rayuela de Cortazar. Tres opciones da el autor al lector, dos de ellas suponen una lectura a criterio personal, dejándose llevar por los títulos de los capítulos. Pero la primera propuesta que se le hace al lector es tomar el sentido lineal que presenta el libro; leer los capítulos todos seguidos, de forma que tras el Prólogo y esta Introducción, continúe con el primer bloque de contenidos, La Globalización postmoderna y la Iglesia: entre la legitimación y la crítica profética. En él se encontrará con la proposición inicial del autor, es decir, con la constatación de que vivimos en un mundo, llamado Globalización, que es el resultado de un proceso de cinco siglos y que tiene como característica esencial la injusticia lacerante por la que la inmensa mayoría de hijos de Dios no pueden acceder al mínimo de dignidad humana que merecen porque el sistema económico y social lo impide. Tras este primer capítulo de este bloque, hay tres capítulos que forman un tríptico en torno a la Iglesia, la Religión y el mundo globalizado. Son tres propuestas nacidas en los dos últimos años al calor de tres acontecimientos importantes: la publicación de la última encíclica social del Magisterio, las relaciones entre las religiones y la injusticia y la propuesta de fraternidad y ternura como alternativa a la situación de inhumanidad de la Globalización. Son textos de diferente tono: crítico el primero, analítico el segundo, casi místico el tercero. Es porque estos son los tres instrumentos que cree el autor necesarios para salir de este mundo de pecado.
Siguiendo la lectura lineal que se propone, nos encontramos con el segundo bloque: Crisis del mundo, crisis de la Iglesia: hacia un mundo fraterno. Aquí encuentra el lector una lectura sistemática y crítica del mundo globalizado postmoderno capitalista desde la tradición cristiana, en concreto desde los profetas, el Nuevo Testamento, los Santos Padres y la Doctrina Social de la Iglesia. Todo ello concluye con una alternativa cristiana formal a la Globalización postmoderna y con el intento de éxodo de este mundo. Las propuestas son claras: ante un mundo organizado para el disfrute de unos pocos, detrayendo los recursos naturales, despilfarrando los beneficios de la Creación y destruyendo la realidad natural, el cristianismo se propone como una Nueva Creación, como la Civilización del Amor y la Pobreza. Es la única forma de que la humanidad pueda subsistir. La crisis del mundo actual es una oportunidad para salir de este marasmo enloquecido y solipsista que nos lleva al desastre absoluto. La alternativa cristiana es crear grupos de contraste como medio de salir, pero también como la forma de salir de la propia crisis eclesial, inmersa en un mundo gobernado por el dios dinero y por el lucro y la avaricia. La Iglesia, por mandato de Jesús mismo, no puede servir a dos amos. Su ser es el Reino de Dios y ello debe empujarle a la crítica profética contra el mundo de pecado e injusticia.
El subtítulo también merece alguna explicación para concluir. No se trata de una crisis, o juicio, de la Iglesia, sino en la Iglesia. Como tampoco se trata de una crisis en el mundo, sino del mudo. La obra intenta analizar y lo consigue porqué estamos ante una crisis de modelo de organización sociopolítica y cómo estamos ante una crisis dentro de la Iglesia. En último término, la propuesta es que la resolución de la crisis en la Iglesia puede ser una ayuda a resolver la crisis del mundo.

Editorial Herder, Barcelona 2013, 288 pp, 14 x 21,5 cm.


Para meditar. III Domingo (A)

       III DOMINGO (A)

                                             La «cosa» empezó en Galilea




Del evangelio de Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en tierra de sombras y muerte, una luz les brilló». Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro y Andrés, que estaban echando el copo al lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

1.- Jesús inicia la misión de revelar la misericordia divina invitando a la gente que se vuelva al Señor, ―la conversión―, para  hacer posible que la relación divina de amor diseñe nuestra vida. Pero no es una cuestión de que el Señor prenda en nuestro corazón porque le dejemos o porque nos empeñemos que se apodere de nosotros. No es eso. Debemos saber que es el mismo Señor el que crea la posibilidad de creer en Él y de amarle. Pablo lo dice muy claro: querer hacer el bien y hacerlo depende del poder de Dios. Lo importante, por consiguiente, es que nos dejemos «formar» por el Señor.

2.-  Es necesario convertirnos para poder esperar y recibir el reino que viene. La relación que hace posible que Dios nos salve es una cuestión progresiva en nuestra vida. El Señor no salva de golpe, ni nosotros nos condenamos en un momento. Las actitudes que fundamentan nuestro sentido de vida de amor es una experiencia progresiva en la relación con el Señor. Y eso es el reino. Poco a poco nos adentramos en su Vida y su Vida nos prende para moldearnos a la imagen de su Hijo para poder vivir como hijo y hermanos de los demás. Porque el termómetro que indica nuestro nivel de relación con el Señor nos lo da el servicio a los hermanos. «Venid benditos de mi Padre, porque tu ve hambre…….».

3.- Jesús elige los primeros discípulos. Él llama y responden Juan, Santiago, Pedro y Andrés, dejando todo lo que estaban haciendo. Es urgente proclamar que el Señor está viniendo, no en los desiertos, ni en los castillos, sino en la vida sencilla y humilde de los pueblos. Es decir, en la cotidianeidad de toda existencia humana. Por eso debemos aceptar la propuesta de Jesús en nuestro contexto vital. «Seguir a Jesús» es consagrar la vida al Reino en medio de nuestras responsabilidades familiares, laborales y sociales. Y vender lo que tenemos y caminar con él es lo mismo que vivir con nuestros valores y vicios desde una la relación de amor. No porque demos todo lo que poseemos, o nos quedemos con todos nuestros bienes agradamos al Señor y hacemos presente el Reino. La cuestión es ofrecer nuestra vida y tiempo a los demás con una relación de amor. El Señor desea ver que nuestro corazón ame;  sólo así es posible poner nuestra vida y nuestras cosas a disposición de los más desfavorecidos. Jesús cambia la visión de la vida. Lo que tenemos no es para poseer, o para asegurarnos la vida, o para ser más que los otros, sino para amar con más poder, para enriquecer a los otros con más amplitud.  Eso no es pescar hombres, sino servirlos. Para pensar y hacer esto debemos volver a Galilea, es decir, seguir la vida vida sencilla y humilde de Jesús, así evitamos complicarnos la vida por cosas y relaciones innecesarias.