lunes, 19 de enero de 2015

Dios como Palabra y Acontecimiento

                                      LA REVELACIÓN DE DIOS EN SU HIJO JESÚS

                                                                             II

                                          Dios se comunica como Palabra y como Acontecimiento



                                                     Marta Garre Garre
                                                   Instituto Teológico OFM
                                         Pontificia Universidad Antonianum

           El hombre puede recibir la comunicación de Dios porque en lo más íntimo de ser tiende y busca el encuentro personal con Dios. La inquietud del corazón humano se aquieta sólo en Dios, según afirma San Agustín. Por ello la persona humana está preparada para recibir el don de Dios, y que al recibirlo alcanza su plenitud como persona.
La revelación es, ante todo, revelación de la realidad personal, de la intimidad de Dios. Por eso no puede concebirse otra forma de revelación que no sea auto-revelación. Y ello por la misma naturaleza del hombre, su psique. De las cosas podemos aprehender desde fuera su composición físico química, su estructura atómico molecular y ellas no nos engañan, no niegan la verdad de su ser a quien las investiga con el método apropiado; pero, en cambio, respecto de las personas, la conciencia de su verdad última no puede ser arrancada violentamente con técnicas refinadas de psiquiatría, de psicología o de tortura. Ante el misterio de la persona, sólo cabe esperar su autorrevelación gratuita, libre, espontánea: la verdad de la persona sólo cabe ser creída, no puede ser arrebatada por la fuerza.
La conciencia es el dato original y constitutivo de su condición de espíritu en el hombre, el lugar donde tiene lugar la autoposesión del hombre, pues aquí se opera la vuelta del yo sobre sí mismo, donde percibe su absoluta originalidad e irreductibilidad y justamente porque se autoposee, puede disponer de sí y puede, por tanto, revelarse en libertad y amor (no hay libertad si no hay autoposesión de sí, y lo mismo ocurre con el amor). En consecuencia, qué sea la revelación no puede entenderse fuera del ámbito de la persona.

La revelación como “Locutio” (palabra)

El desvelamiento de verdades ocultas o inaccesibles al entendimiento humano lo hace el Señor por medio de la manifestación libre y benevolente del propio misterio personal a un tú amigo. Mejor aún, yo diría que es mostrar el desvelamiento de las categorías necesarias propiamente humanas para que esto se produzca, de modo que la realidad humana de Jesús quede así garantizada y sea, a la vez,  condición necesaria para la encarnación.
El primer eslabón para que esto se produzca es la actitud o la intencionalidad de la persona. Pues no toda palabra es siempre revelación de la intimidad personal; dependerá en cada caso del grado de compromiso o de la actitud con la que el hombre afronte ofrecer la totalidad  de su persona. De este modo, la palabra crea de por sí y expresa la actitud personal del que habla con respecto a la persona a la que habla y por ello invita por sí misma al interlocutor a tomar la actitud personal correspondiente.
Esta actitud personal de la palabra  aparece concentrada en la palabra “amor” y en la palabra “testimonio”, porque en ambas el hombre se compromete por entero: cuando uno ama desvela a la persona amada su realidad interior, y cuando uno da testimonio, está, aunque no lo quiera, desvelando lo que es, una parte importante de su realidad interior.
Por consiguiente, a pesar del abuso, de la manipulación,  del descrédito y de la mentira que muchas veces oscurece la transparencia reveladora de la palabra humana, sigue siendo incontestable que ésta es el medio privilegiado para manifestar el fondo del ser personal: mediante ella puede descubrir el hombre su propio misterio, al tiempo que puede también encubrirlo, puesto que la palabra no es interioridad pura, sino que lleva consigo necesariamente un revestimiento “corpóreo”.

La revelación como “acontecimiento”

La revelación de la intimidad conciencial es siempre un acontecimiento singular, único, irrepetible. Es otro modo de decir que la conciencia no puede ser en modo alguno cosificada y, por ello mismo, su manifestación sólo cabe aguardarla como automanifestación inagotablemente nueva, sorprendente.
“Acontecimiento” sólo se da en la revelación conciencial porque el sujeto no se  autoposee en todo momento idénticamente igual: de ahí la novedad, la sorpresa, el asombro, las reacciones inesperadas… que no podemos controlar, incluso, aunque la palabra sea siempre la misma, pues la intensidad con que se diga, la situación personal, el estado de ánimo, ¿acaso es eso controlable? ¿Puedo predecir cómo me encontraré interiormente mañana?
Eso supone que no podemos fijar de una vez por todas, el misterio de la revelación, como tampoco podemos fijar definitivamente el misterio de la persona. A diferencia del mundo de la naturaleza y de las cosas, cuyo modo de manifestación (fenómeno) y de comportamiento están de antemano perfectamente previstos, determinados y controlados por el hombre, la autorrevelación, en su dimensión personalista, por ser manifestación de la conciencia, es algo cambiante, vivo que se resiste a la conceptualización, que no puede manipularse ni cosificarse sin ser destruido en su verdad más propia.

Esta categoría de acontecimiento refuerza la dimensión personalista de la autorrevelación, ya que es propio de la manifestación de la conciencia; pero, si observamos, nos desvela algo aún más importante –en nuestra  opinión-, que es lo que llamamos el “misterio” de la Palabra divina, de la que decimos que en cada momento y en cada situación concreta es viva, única, irrepetible, dinámica y actual, y que el autor ha logrado explicar sin tener que recurrir a categorías o procesos que no sean propiamente humanos.

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