domingo, 22 de noviembre de 2015

La misericordia. Carta a un Ministro de San Francisco. VIII.

                                                   MISERICORDIA     
                          «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO
                       

           
                                                                              VIII

En San Francisco, fiel seguidor de Jesús, la obediencia es al Señor. Así lo hace cuando camina hacia Espoleto, o le habla el Crucifijo de San Damián, o escucha el Evangelio de la misión[1]. Es lo primero que dictamina para los hermanos, porque vivir es obedecer[2], como hace el Hijo de Dios sobre la tierra: «Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu. Y todas las criaturas, que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú […] Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor, cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, como cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más»[3]. Y siguiendo la estela paulina, la obediencia de Jesús al Padre es lo que hace desaparecer el pecado para una humanidad transida por la desobediencia de Adán: «Pero cualesquiera de los frailes que no quisieren observar estas cosas, no los tengo como católicos ni frailes míos; tampoco quiero verlos ni hablarles, hasta que hicieren penitencia. También digo esto de todos los otros que van vagando, pospuesta la disciplina de la Regla; ya que nuestro Señor Jesucristo dio su vida, para no perder la obediencia de su santísimo Padre»[4].
           
La obediencia a Dios en Cristo Jesús se practica en la comunidad cristiana: «Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo»[5]. Y se hace presente el Señor en la Iglesia por medio de la Palabra y la Eucaristía: «Así también ahora todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenaron, testificándolo el Altísimo mismo, que dice: Este es mi cuerpo y mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos; y: quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna. De donde el espíritu de Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros que no participan del mismo espíritu y presumen recibirlo, se comen y beben la condenación. De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? ¿Por qué no conocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al útero de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, de la misma manera también ahora se muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos con la visión de su carne sólo veían su carne (de Jesús), pero creían que él era Dios, contemplándolo con ojos espirituales, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre viva y verdadera. Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo»[6].
           
Si esto es así, no es extraño que extreme Francisco la obediencia al Papa y a los sacerdotes, sea cual fuere su condición moral: «Después el Señor me dio y da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, a causa de su Orden, que, si me hicieran persecución, quiero recurrir a los mismos. Y si tuviese tanta sabiduría, cuanta Salomón tuvo, y hallase a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que habitan, no quiero predicar allende su voluntad. Y a estos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque distingo en ellos al Hijo de Dios, y son mis señores. Y lo hago por esto: porque nada veo corporalmente en este siglo el mismo altísimo Hijo de Dios, sino el santísimo Cuerpo y su santísima Sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros»[7].
            Obediencia al Señor y a la Iglesia que es donde se le ofrece en Cristo Jesús y también a todas las criaturas, porque son un vestigio de Él, dependen de su providencia: «La santa Obediencia confunde a todas las Voluntades corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obediencia del espíritu y para obediencia de su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo; y no únicamente a solos los hombres,    sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él, todo lo que quisieren, cuanto les fuere dado desde arriba por el Señor»[8].
            También la obediencia en la fraternidad franciscana queda marcada por la obediencia a Dios por medio de Jesús. Todos, los superiores y súbditos, se tienen que servir mutuamente, porque todos deben obedecer al Señor. En la fraternidad nadie hay autónomo o puede vivir al margen de la obediencia a Dios. Y todos deben relacionarse con la autoridad del Señor en la historia, que es Jesús. Por eso el Evangelio será la norma visible en la que se reflejará la relación de sumisión a Dios Padre: « Y ningún fraile haga mal o hable mal al otro; sino más bien, por la caridad del espíritu, voluntariamente se sirvan y obedezcan unos a otros. Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo. Y todos los frailes, cuantas veces se desviaren de los mandatos del Señor, y vaguearen fuera de la obediencia, como dice el profeta, sepan que son malditos fuera de la obediencia hasta tanto que permanecieren en tal pecado a sabiendas. Y cuando perseveraren en los mandatos del Señor, que prometieron por el santo Evangelio y por su vida, sepan que están en la verdadera obediencia y sean bendecidos por el Señor»[9].
            Después dicha obediencia mutua se introduce en la relación entre superiores y súbditos: «Mas los frailes que son súbditos recuerden que por Dios negaron sus propias voluntades. Por donde les mando firmemente, que obedezcan a sus ministros en todo lo que prometieron al Señor guardar y no es contrario al alma y a nuestra Regla. Y dondequiera que están los frailes, que supiesen y conociesen no poder guardar la Regla espiritualmente, a sus ministros deban y puedan recurrir. Mas los ministros recíbanlos caritativa y benignamente y tengan tanta familiaridad para con ellos, que [los frailes] puedan hablarles y obrar como los señores a sus siervos; pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los frailes»[10].
           
Tan es así esto, que lo que iguala a toda la fraternidad es su ser y relación fraterna, y lo que la distingue es su función. Como unos son cocineros, otros hortelanos, otros limosneros, otros predicadores, otros sacerdotes, así algunos son ministros y otros súbditos, pues ser superior no es un estado que exprese un sentido de vida, por el que se transmite la voluntad del Señor, como sucede en los monasterios, sino es que un ministerio suyo sentido lo da el servicio a los hermanos. De ahí que los hermanos se deben lavar los pies unos a los otros, como el Jesús hizo en la Última Cena: «Los frailes, en cualquier lugar que están, si no pueden observar nuestra vida, cuanto antes puedan, recurran a su ministro manifestándoselo. Mas el ministro procure proveerles de tal manera, como él mismo querría que se le hiciese, si estuviera en un caso semejante. Y ninguno sea llamado prior, sino que todos universalmente sean llamados frailes menores. Y el uno lave los pies del otro»[11]. La función del superior mandando, como la del súbdito obedeciendo, se da porque pertenecen a la fraternidad y es ella a la que hay que dar razón de la obediencia de unos y de otros. Y esto es así, porque la fraternidad es fiel reflejo del Evangelio: «Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida por sus hermanos»[12].
            El Evangelio es la ley que deben obedecer todos los religiosos, ministros y súbditos. La autoridad, entonces, no tiene valor por sí misma, sino que existe en la medida en que se refiere al Evangelio, y el Evangelio es la Regla que ha escrito. Desobedecer la Regla es darle la espalda al Evangelio: «Y el ministro general y todos los otros ministros y custodios estén obligados por obediencia a no añadir o quitar en estas palabras. Y siempre tengan este escrito consigo junto a la Regla. Y en todos los capítulos que hacen, cuando leen la Regla lean también estas palabras. Y a todos mis frailes, clérigos y legos, mando firmemente por obediencia que no introduzcan glosas en la Regla ni en estas palabras diciendo: “Así deben entenderse”. Sino que, así como el Señor me dio decir y escribir sencilla y puramente la Regla y estas palabras, así sencillamente y sin glosa las entendáis y con santas obras las guardéis hasta el fin»[13].
           
Es cierto que hay que obedecer al Ministro General, a Francisco y a sus sucesores, en aquellas cosas que uno ha prometido al Señor[14], pero salvando la común obediencia al Evangelio para excluir todo poder o dominio de unos sobre otros, realidad que rompería esencialmente la fraternidad. Porque como se ejerza la autoridad con poder, la fraternidad se transforma en una sociedad en la que hay señores y siervos, institución que Jesús excluye tajantemente en el episodio narrado antes de Juan y Santiago. Los ministros deben servir a los hermanos según el Espíritu del Señor y caminar en la vida según su influencia, como los súbditos deben obedecer según el Espíritu del Señor, manteniendo el diálogo entre sí. Hay que anotar ciertos deberes de los ministros para con los súbditos: visitarlos con frecuencia, no mandar nada contra el alma o la Regla, tratarles con misericordia y ayudarles en sus situaciones difíciles; y los súbditos, para con los ministros, no deben olvidar que renunciaron a su voluntad por el Evangelio, obedecer a los ministros en lo que prometieron según la Regla y poder recurrir al ministro cuando se vean incapacitados para cumplir los preceptos de la Regla.
            En definitiva, escribe San Francisco: «Mas los ministros recíbanlos caritativa y benignamente y tengan tanta familiaridad para con ellos, que [los frailes] puedan hablarles y obrar como los señores a sus siervos; pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los frailes. Pero amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden los frailes de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, cuidado y solicitud de este siglo, detracción y murmuración; y no cuiden los que no saben letras de aprender letras»[15]. San Francisco, en fin, somete la obediencia al amor. Por eso el Espíritu, que es la relación de amor de Dios con nosotros, es el verdadero Ministro General de la Orden: «Quería que la religión fuera lo mismo para pobres e iletrados que para ricos y sabios. Solía decir: en Dios no hay acepción de personas, y el ministro general de la religión, que es el Espíritu Santo, se posa igual sobre el pobre y sobre el rico»[16].
San Francisco resume su sentido de la obediencia:
             a.- Renuncia de sí: «Dice el Señor en el Evangelio: El que no renunciare a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo (Lc 14,33); y: el que quisiere salvar su alma, la perderá (Lc 9,24).  Aquel hombre deja todo lo que posee y pierde su cuerpo, que se ofrece a sí mismo todo entero a la obediencia en las manos de su prelado. Y todo lo que hace y dice, que él sepa que no es contra su voluntad [del prelado], mientras sea bueno lo que hace, es verdadera obediencia. Y si alguna vez el súbdito ve cosas mejores y más útiles para su alma que aquellas que le ordena el prelado, sacrifique las suyas voluntariamente a Dios, y se aplique a cumplir con la obra las cosas que son del prelado».
            b.- Se renuncia para establecer relaciones exclusivas de amor, cuyo término no tiene límites, pues, como Jesús, ha amado hasta entregar su vida: «Pues ésta es obediencia caritativa (cf. 1Pe 1,22), porque satisface a Dios y al prójimo. Pero si el prelado ordena algo contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. Y si de ahí sufriere persecución por algunos, ámelos más por Dios. Pues el que sufre persecución antes de que quiera separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida (cf. Jn 15,13) por sus hermanos»[17].




[1] 2Cel 6: «Una noche, pues, mientras duerme, alguien le habla en visión por vez segunda y se interesa con detalle por saber a dónde intenta encaminarse. Y como él le contara su decisión y que se iba a la Pulla a hacer armas, insistió en preguntarle el de la visión: ¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor? El señor, respondió Francisco. Y el otro: ¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar del señor? Replica Francisco: ¿Qué quieres que haga, Señor? Y el Señor a él: Vuélvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo haré que tu visión se cumpla espiritualmente. Se vuelve sin tardanza, hecho ya ejemplo de obediencia, y, renunciando a la propia voluntad, de Saulo se convierte en Pablo. Es derribado éste en tierra, y los duros azotes engendran palabras acariciadoras; Francisco, empero, cambia las armas carnales en espirituales, y recibe, en vez de la gloria de ser caballero, una investidura divina»; cf. LM 1,3; TC 6; En San Damián: 2Cel 9; Evangelio de la misión: 1Cel 22; TC 25. Para este tema: cf. K. Esser, Temas espirituales 23-33; J. A. Guerra, «La Autoridad y obediencia en las dos Reglas Franciscanas», Sel. Fran. 406-445; L. Iriarte, La vocación franciscana. Valencia 1898, 265-293; S. López, «Obbedienza», Dizionario Francescano. Padova 2002, 1258-1278; F. Uribe, La Regla de San Francisco. Murcia  2007, 270-286; J.  Micó, Vivir el Evangelio. Valencia 1998, 295-320.
[2] Rnb 1-4: «¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo, que fray Francisco pidió que le fuese concedida y confirmada por el señor Papa. Y él se la concedió y confirmó para sí y sus frailes, presentes y futuros. Fray Francisco y todo el que será cabeza de esta Religión, prometa obediencia y reverencia al señor Papa Inocencio y a sus sucesores»; cf. Rb 2.
[3] Adm 5,1-2; 19,1-2; 2Cel 196; LM 9,1; LP 54. cf. Gén 1,26.
[4] CartO 44-46; cf. Flp 2,8; Adm 2,1-4: «Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol del bien y del mal no comas (Gén 2,16-17). Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino la obediencia, no pecó.  Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece de los bienes que el Señor dice y obra en él; y así por la sugestión del diablo y transgresión del mandato, vino a ser manzana de la ciencia del mal».
[5] Adm  1,22; cf. Mt 28,20.
[6] Adm 1,9-22; textos citados de la Escritura: Mc 14, 22.24; Jn 6,55; 1Cor 11,29; Sal 4,3; Fil 2,8; Sab 18,15; Mt 28,20.
[7] Tes 6-11; Rnb  4; Rb 1,3; 12,1; 1Cel 22; TC 57; LP 15. Además de la Jerarquía, a  otros responsables de la Iglesia y hasta los mismos cristianos, Rnb 23,16-22; 2CartF 33-35
[8] SalV, 14-18; cf. Jn 19,11.
[9] Rnb 5,13-17; cf. 6,3; 4,5;  Adm 3,6; textos de la Escritura: Gál 5,13; Sal 118,21
[10] Rnb 10,2-6; cf. Rb 6,9; Adm 24.
[11] Rnb 6,1-4; cf. 4,4; Rb 10,4-5; Adm 18,1; 1Cel 43; textos de la Escritura: Jn 13,14; Mt 7,12.
[12] Adm 3,7-9; cf. Rnb 5,2; Rb 10,1; 1Cel 41; texto de la Escritura: Jn 15,13.
[13] Tes 35-39; cf. Rnb 2,1-2.8; Rb 2,1-2.12.
[14] Cf. Rb 1,4-5; 10,3-4; 8,2; Tes 33-34; 2CartF 40; etc. obedecer a los guardianes: Tes 36.
[15] Rb 10,5-7.10; Rnb 5,7; cf. Lc 12,15; Mt 13,22
[16] Cf. 2Cel 193.
[17]  Adm 3,6-9; cf. Rnb 5,2.14-15; Rb 10,3; 1Cel 41.

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