domingo, 24 de mayo de 2015

Santos y Beatos Familia Franciscana: 25-31 mayo

                                                                               25 de mayo


                                                    Gerardo de Villamagna (1174-1270)

            El beato Gerardo Mecatti, de la Orden Franciscana Seglar, nace en Villamagna (Toscana. Italia). Huérfano a los doce años, reparte sus bienes a los pobres. Viaja dos veces a Palestina para visitar los Santos Lugares. Es apresado por los turcos, salvando su vida de milagro. Como también lo es cuando viaja a Siria por los ataques de los piratas. En la segunda estancia en Palestina se dedica a la oración y atención a los pobres y peregrinos. Después de residir siete años en Tierra Santa, busca en Italia a San Francisco, recibe de él el hábito de terciario, y se dedica a la oración en una capilla cercana a Villamagna. Construye un oratorio dedicado a la Virgen María en lo alto de la colina del Encuentro, guardada en la actualidad por un convento edificado por San Leonardo de Porto Mauricio. Muere el 25 de mayo de 1270 a la edad de 96 años. El papa Gregorio XVI aprueba su culto el 18 de marzo de 1833.

                                   Común de Santos Varones

            Oración. Señor Dios, tú nos has revelado que toda la ley se compendia en el amor a ti y al prójimo; concédenos que, imitando la caridad del beato Gerardo Mecatti, podamos ser un día contados entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                                26 de mayo


                                                            Felipe de Neri (1515-1595)

            San Felipe Neri nace en Florencia (Toscana. Italia) en 1515. Después de cursar los estudios eclesiásticos y ordenado sacerdote, marcha a Roma donde se entrega al servicio de la educación de la juventud. Funda la Congregación del Oratorio, cuya misión es el culto divino y el servicio a los desfavorecidos. Tiene un carácter jovial y alegre. Muere en 1595.

                                   Común de Santos Varones

            Oración. Señor Dios, que no cesas de enaltecer a tus siervos con la gloria de la santidad, concédenos que el Espíritu Santo nos encienda con aquel mismo fuego con que abrasó el corazón de San Felipe Neri. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                                27 de mayo


                                                     María Josefa Roselló (1811-1880)

            Santa María Josefa nace en Albisola Marina (Liguria. Italia) el 27 de mayo de 1811, hija de Bartolomé Rosselló y María Dedone. Ayuda a sus padres en el trabajo de modelación de arcilla y en el cuidado de sus hermanos menores. Pronto siente la inclinación de socorrer a los pobres y orar a Jesús crucificado y a su Madre. Ingresa en la Orden Franciscana Seglar. Sirve en la familia de los Monleone desde 1830 a 1837. Por faltarle la dote no puede incorporarse al Instituto de las Hijas de Nuestra Señora de las Nieves. Responde en 1837 a la solicitud del Obispo de la Diócesis, monseñor Agustín De Mari (1835-1840), para dedicarse a la formación de jóvenes marginadas y a los pobres enfermos. Funda el Instituto de Nuestra Señora de la Misericordia el 10 de agosto de 1837. Colabora con los sacerdotes Nicolás Olivieri y Blas Verri en el rescate de esclavos en África. Abre una fraternidad en 1875 en Buenos Aires (Argentina). Muere el 7 de diciembre del año 1880 en la casa madre del Instituto en Savona. El papa Pío XII la canoniza el 12 de junio de 1949.

                                    Común de Santas Mujeres

            Oración. Señor Dios, que cada año nos alegras con la fiesta de Santa María Josefa, concede a los que celebramos su memoria imitar también los ejemplos de su vida. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                                 28 de mayo


                                                        Herculano de Piégaro (1390-1451)

            El beato Herculano nace en Piégaro (Perusa. Italia) en 1390. En 1410 viste el hábito franciscano. Es su maestro el beato Alberto de Sarteano, con San Bernardino de Siena, San Jaime de la Marca y San Juan de Capistrano, una de las columnas de la Observancia. Después de cursar los estudios eclesiásticos es ordenado sacerdote. Se entrega a la predicación por toda la comarca, haciendo especial hincapié en la pasión de Jesús y en su seguimiento en pobreza y penitencia. Alterna la predicación con una vida intensa de oración. Acompaña en 1429 a Alberto de Sarteano a una misión en Palestina, misión encomendada por el papa Eugenio IV. Herculano ayuda a los habitantes de Lucca sitiados por los sol-dados de Florencia en 1430. En agradecimiento le ceden el convento de Pozzuoli. Edifica dos conventos para la Observancia en Barca y en Castelnuovo en Carfagna (Toscana. Italia). Muere el 28 de mayo de 1451 a los 61 años de edad. El papa Pío IX aprueba su culto el 29 de marzo de 1860.


                                   Común de Santos Varones
           
            Oración. Señor, tú que otorgaste al beato Herculano la gracia de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por su intercesión, la gracia de vivir fielmente nuestra vocación, para que así tendamos a la perfección que tú nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

                                                                               28.1 de mayo


                                              Mariana de Jesús de Paredes (1618-1645)

            Santa Mariana de Jesús nace el 31 de octubre de 1618 en Quito (Ecuador). Huérfana desde muy pequeña la cuida su hermana Jerónima y su esposo, quienes la crían como una hija suya. Lleva una vida de penitencia y oración en casa de su hermana, saliendo a la calle sólo para ir a Misa. Más tarde profesa en la Orden Franciscana Seglar, sirviendo a los más necesitados sin distinción de raza ni color. La dirige espiritualmente Hernando de la Cruz, que la retrata. A Santa Mariana se la conoce como La Azucena de Quito. Una vez le practican una sangría; echan la sangre en una maceta y en ella nace una azucena. Por eso se representa con esta flor en sus manos o cerca de ella. El día 30 de noviembre de 1945, la Asamblea Nacional Constituyente de Ecuador la nombra Heroína de la Patria. Es beatificada el 20 de noviembre de 1853 por el papa Pío IX y canonizada el 4 de junio de 1950 por Pío XII, siendo la primera santa ecuatoriana; es considerada como patrona de su país natal.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, Dios de misericordia, que hiciste florecer en Santa Mariana de Jesús Paredes, como lirio entre espinas, la pureza y austeridad de vida, concédenos, por su intercesión, vernos libres de todo pecado y tender a la perfección evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                             29 de mayo


                                    Raimundo de Carbona y Esteban de Narbona (✝ 1242)

            La herejía albigense se extiende por Tolosa a comienzos del siglo XIII. Gregorio IX envía al dominico Guillermo Arnaud como inquisidor a las diócesis de Tolosa, Albi, Carcasona y Agent. Se le opone Raimundo VII, conde de Tolosa, que prohíbe a los religiosos cumplir con su cometido. Raimundo de Alfar, balí de Avignonet, pequeña ciudad a pocos kilómetros de Tolosa, invita a Guillermo y a diez compañeros a su castillo, y los asesina mientras ellos cantan el “Te Deum”. Entre los once mártires hay dos franciscanos: Este-ban de Narbona y Raimundo de Carbona. Esteban de Narbona nace en Saint Thibery, en la diócesis de Maguelonne, en Francia. Monje benedictino, seducido por el ideal de San Francisco se hace Hermano Menor. Trabaja por la defensa de la fe contra los errores de los albigenses. Con Raimundo de Carbona, dio valerosamente la vida por amor de Cristo. Los beatos Esteban y Raimundo son sepultados en Tolosa en la iglesia de los Hermanos Menores. El papa Pío IX aprueba su culto el 6 de septiembre de 1866.

                                               Común de Mártires

            Oración. Señor Dios, que concediste a los mártires Raimundo de Carbona y Esteban de Narbona la gracia de morir por Cristo, ayúdanos en nuestra debilidad para que, así como ellos no dudaron en morir por ti, así también nosotros nos mantengamos fuertes en la confesión de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo.



                                                                               30 de mayo


                                             Fernando III de Castilla y de León (1199-1252)

San Fernando III es hijo de Berenguela I, reina de Castilla, y de Alfonso IX, rey de León, y sobrino de Blanca de Castilla, madre de San Luis Rey de Francia. Hace lo posible para que se establezca la paz entre los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y León. En la guerra con los sarracenos conquista Córdoba, Jaén, Sevilla y Murcia para los cristianos. Pertenece a la Orden Franciscana Seglar, se desposa con Beatriz de Suabia en 1219, con la que tiene diez hijos, y cuando enviuda se casa con Juana de Danmartín en 1237, con la que tiene 5 hijos. Promueve la traducción del Fuero Juzgo e impone el castellano como idioma oficial de sus reinos en sustitución del latín. Manda la edificación de las catedrales de Burgos y León. Promueve la vida cristiana en su reino, favoreciendo la creación de las instituciones fundamentales para que se desarrolle, sobre todo en los terrenos conquistados a los musulmanes. El papa Gregorio IX lo llama «Atleta de Cristo» e Inocencio IV le da el título de «Campeón invicto de Jesucristo». El papa Clemente X lo canoniza en 1671.

                                   Común de Santos Varones


            Oración. Oh Dios, que elegiste al rey San Fernando como defensor de tu Iglesia en la tierra, escucha las súplicas de tu pueblo que te pide tenerlo como protector en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                             30.1 de mayo


                                                   Mariano de Roccacasale (1778-1866)

El beato Mariano nace el 14 de junio de 1778 en Roccacasale (L’Áquila. Italia), hijo de Gabriel de Nicolantonio y Santa de Arcángelo. Cuida del rebaño de sus padres y ali-menta su soledad con una relación permanente con el Señor. A los 23 años entra en la Orden. Viste el hábito el 2 de septiembre de 1802 en el convento de Arisquia con el nombre de Mariano de Roccacasale. Permanece en esta fraternidad durante 12 años, ejerciendo las funciones de carpintero, hortelano, cocinero y portero. A los 37 años marcha al Retiro de San Francisco de Bellegra, en el que se entrega por entero a la vida de oración. Aquí ejerce el oficio de portero durante más de 40 años, donde acoge a los peregrinos con una caridad exquisita e instruye a la gente en la vida de fe y enseña las devociones cristianas y franciscanas. Muere el 31 de mayo de 1866, jueves del «Corpus Christi». El papa Juan Pablo II lo beatifica el 3 de octubre de 1999.

                                               Común de Santos Varones

            Oración. Señor, tú que otorgaste al beato Mariano la gracia de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por su intercesión, la gracia de vivir fielmente nuestra vocación, para que así tendamos a la perfección que tú nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.


                                                                              30.2 de mayo


                                             María Celina de la Presentación (1878-1897)

            La beata Jeanne Germaine Castang nace en Nojals (Dordoña. Francia), el 24 de mayo de 1878, hija de Germain Castang y Marie Lafage. Colabora con las Hermanas de San José de Aubenas y en la Parroquia de su pueblo. Debido a una crisis económica familiar, pide limosna para alimentar a su familia. Ingresa en el Instituto Nazaret de Burdeos dirigido por las Hermanas de Jesús María de Le Dorat. El 12 de junio de 1896 ingresa como postulante en el monasterio «Ave María» de las Clarisas, y el 21 de noviembre de ese mismo año viste el hábito franciscano con el nombre de María Celina de la Presentación de la Santísima Virgen María. Destaca por su entrega a la fraternidad, capacidad de sufrimiento en las enfermedades que padece a lo largo de su vida, que derivan en una grave tuberculosis, lo que le unió a la pasión de Cristo. Muere el 30 de mayo de 1897, tras emitir la profesión religiosa «in articulo mortis». La beatifica el papa Benedicto XVI, y el cardenal José Saraiva preside la ceremonia de la beatificación, celebrada en Burdeos el 16 de septiembre de 2007.


                                   Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata María Celina de la Presentación, virgen, vivir la pasión de tu Hijo de tal manera que merezcamos alcanzar los bienes de la Resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                               31 de mayo


                                                    Visitación de Santa María Virgen

«En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Isabel se llenó de Espíritu Santo y exclamó a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!; ¿quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto su saludo llegó a mis oídos, saltó de alegría el niño en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!”». (Lc 1,39-45). El papa Urbano VI instituyó la fiesta en 1389 y la colocó entre la Anunciación del Señor y la Natividad de Juan Bautista.

            Oración. Señor Dios, tú que inspiraste a la Virgen María, cuando llevaba en su seno a su Hijo, el deseo de visitar a su prima Isabel, concédenos, te rogamos, que, dóciles a las inspiraciones de tu Espíritu, podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                              Inmaculado Corazón de María


                                  [Sábado posterior al segundo domingo después de Pentecostés]

                                                           Común de Santa María Virgen


            Oración. Oh Dios, tú que has preparado en el corazón de la Virgen María una digna morada al Espíritu Santo, haz que también nosotros, por intercesión de la Virgen, lleguemos a ser templos dignos de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

sábado, 23 de mayo de 2015

El Espíritu Santo I

                                                             ESPÍRITU SANTO


                                                                                        I
                                              
                                                           El Espíritu en la Escritura

            El Espíritu está en la creación del mundo (cf. Gén 1,2), como se interpreta en el AT: «Envías tu Espíritu y los recreas y renuevas la faz de la tierra» (Sal 104,30; cf. Éx 37,14; Rom 8,11). El Espíritu está en la concepción de Jesús, según le dice el ángel Gabriel a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te hará sombra» (Lc 1,35). El Espíritu, por consiguiente, dice relación a la vida. Pero también el Espíritu dice relación a la fe y al conocimiento del Hijo y del Padre: «Y nadie puede decir ¡Señor Jesús! si no es movido por el Espíritu Santo» (1Cor 12,3; cf. Jn 14,26); «Y como sois hijos, Dios infundió en vuestro corazón el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba Padre» (Gál 4,6; cf. Rom 8,15-17). El Espíritu, en fin, dice relación de amor, que se manifiesta de muchas formas (cf. 1Cor 12,4), por ejemplo, en dones: «sabiduría, inteligencia, consejo, fuerza, ciencia, piedad, temor de Dios» (Is 11,2), y frutos: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza» (Gál 5,22-23).


                                                   1º El Espíritu en Israel

           
Esta presencia global del Espíritu en la creación y en la historia humana proviene de una revelación progresiva del Espíritu como Dios mismo: «La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres que no deja impune al deslenguado; Dios penetra sus entrañas, vigila puntualmente su corazón y escucha lo que dice su lengua. Porque el espíritu del Señor llena la tierra y, como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido» (Sab 1,6-7; cf. Is 31,3; Sal 139,8-9). La omnipresencia del Señor que vivifica constantemente su creación es un ejercicio del Espíritu (cf. Jer 23,24), un poder eficaz divino que relaciona a todos los seres que existen. Por consiguiente, el Espíritu, con ser Dios, no es Dios en sí mismo, sino su «soplo»: la relación que Dios mantiene con su creación, con sus criaturas, una relación de fuerza, de vida, es guía, es revelador. 

           
La relación del Señor con todo cuanto existe se va intensificando paulatinamente. En primer lugar está con la creación, después con los hombres, más tarde con Israel, y dentro de Israel con ciertos oficios o personas que ejercen una función especial, como son los justos, los profetas, los jueces y los reyes. Pero la culminación de la presencia del Espíritu en la realidad creada será sobre el Mesías y se realizará en la plenitud de los tiempos (cf. Is 1,1-9). Es entonces cuando se concretarán los rasgos precisos del Mesías: descenderá del linaje de David (cf. Is 11,1), poseerá el espíritu de los profetas, establecerá la justicia entre los hombres, tendrá una relación esencial con Dios, porque será un símbolo de la santidad de Dios (cf. Is 1,26; 5,16); hará posible de nuevo la convivencia humana, porque recuperará la relación pacífica que existía al principio de los tiempos en el paraíso (cf. Is 1,6-9). En el Mesías: «...reposará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia,...» (Is 1,2).


Libros: VERDADERA Y FALSA REFORMA EN LA IGLESIA

                                   VERDADERA Y FALSA REFORMA EN LA IGLESIA


                                                                         IVES CONGAR


    
       Bernardo Pérez Andreo
     Instituto Teológico de Murcia OFM
       Pontificia Universidad Antonianum

Hay obras escritas que apenas soportan los tres meses que están como novedad en las estanterías de los centros comerciales; otras no son capaces de resistir el lapso de tiempo en el que las ideas que las fraguaron estuvieron de moda; las hay también que no pueden resistir el paso de una generación. Sin embargo, existen obras que no solo resisten el paso del tiempo, sino que se han convertido en el soporte de las realidades que las vieron nacer, por ser intemporal tanto el tema abordado como la forma de hacerlo. Verdadera y falsa reforma en la Iglesia pertenece a este último grupo de obras, conformado por muy escasos y raros libros que cada generación debe volver a hacer suyos y que pueden, incluso, generar una verdadera vuelta a los orígenes.
Cuando Congar publicó en 1950 esta obra puso los pilares para cualquier reforma eclesial que no sea un mero lavar la cara, pero tampoco una traición a lo que conforma la esencia del ser cristiano en el mundo, la Iglesia. El libro es intemporal porque no se pretende indicar cómo hacer reformas en la Iglesia, o como hacer reforma de la Iglesia; lo uno y lo otro están en las antípodas de esta obra. Congar expone los criterios para llevar a cabo una reforma verdadera en la Iglesia. Las reformas, así, en plural, no dejan de ser parches para que la Iglesia siga sin hacer reforma, mientras que la reforma de la Iglesia no sería sino una traición a la misma Iglesia. Se trata de llevar a cabo una reforma constante en la Iglesia, una reforma que le lleve de forma sistemática a los orígenes. Sin embargo, en los tiempos en que publicó Congar la obra, causó recelo entre los miembros de la jerarquía y entre buena parte del clero. Se aplicaba la máxima de que el amor a la Iglesia exigía el silencio respetuoso ante aquello que no fuera demasiado ejemplar, pues la publicidad de los pecados haría más daño a la Iglesia que la existencia misma del pecado. Esta forma de entender el amor y sometimiento a la Iglesia no fue refutada entonces y nos ha llevado a una situación insostenible que sólo una acción purificadora decidida llevada a cabo por el papa Francisco parece estar revirtiendo.
El precepto de la santidad eclesial mal entendida nos ha puesto en una situación límite que Congar apenas vislumbró, pero a la que supo poner los remedios ya en 1950, remedios que apenas se pusieron en práctica con el Concilio Vaticano II y que pronto cayeron en el olvido. Hoy se hace necesario retomar esta Verdadera y falsa reforma en la Iglesia para hacer lo que entonces no se hizo plenamente y ahora no queda más remedio si la Iglesia no quiere dejar de ser Sacramento universal de salvación. Congar propone unas condiciones en las que la crítica a la Iglesia puede ser buena: amor a la Iglesia, crítica franca realizada cara a cara, justicia y verdad en la crítica y prudencia y humildad en su exposición. A esto debe responder la Iglesia con una atmósfera tranquila, exenta de inquietudes y suspicacias. Cualquiera puede colegir que muchas veces no la crítica no ha respetado estas condiciones, pero también que la Iglesia no ha sabido crear el ambiente adecuado para que las críticas fructifiquen en una verdadera reforma en la Iglesia, de ahí que la falsa reforma en la Iglesia haya causado males peores aun que los que se querían remediar. Mala reforma en la Iglesia es multiplicar los ritos sin más sentido que pretender que estos mantienen la fe de los fieles; mala reforma es mantener la misma vaciedad de la propuesta, pero con ropajes nuevos; mala reforma es el encubrimiento de la Tradición con dogmas y ritualismos litúrgicos que no expresan la salvación vehiculada por ellos; mala reforma, al fin, es reducir la acción eclesial a cualquier tipo de activismo o a una pasividad adornada de contemplación. La verdadera reforma en la Iglesia exige la vuelta constante a las fuentes del Evangelio, a los orígenes de la Tradición y a los inicios de la Iglesia, cuando la experiencia no podía ser suplida con el rito y cuando la liturgia era la expresión de una vida comunitaria en la que el Evangelio latía en cada gesto, en cada acto, en cada creyente. La vuelta constante a la Tradición es el eje central de cualquier reforma en la Iglesia que no acabe en cisma o en traición a la esencia de la fe.
Junto a la vuelta constante a la Tradición, Congar propone como elemento subjetivo esencial la autenticidad; autenticidad de los cristianos, autenticidad de la Iglesia. Si la Iglesia es lo que dice de sí misma, la reforma como modo de encarnar el mensaje de Cristo, es su propia esencia vital; si los cristianos lo son, la reforma no es sino la puesta en obra del Espíritu del bautismo que les empuja a ser sacerdotes, profetas y reyes en Cristo, dicho de otra manera, el cristiano no se apega a nada que no sea la salvación que vive en Cristo y que la vive en la Iglesia de cada tiempo y lugar, de ahí la necesaria reforma que haga concreta esa salvación. Cualquier apego a formas de hacer, a estructuras organizativas o a fórmulas de vida, no sería sino una traición a la Tradición y una vida inauténtica.
Es un acierto volver a editar esta obra más de sesenta años después de su primera edición. Aquella primera edición fue providencial para la reforma en la Iglesia del Concilio Vaticano II, esta nueva edición puede serlo para la Iglesia del siglo XXI, la Iglesia en salida que nos ha propuesta Francisco en Evangelii Gaudium, una Iglesia exodal que busca en sus orígenes y en las fuentes su ser para el tercer milenio.


                        Ediciones Sígueme, Salamanca 2014, 511 pp, 15,5 x 23,5 cm.

martes, 19 de mayo de 2015

El Espíritu y María

                                      TOTA  PULCHRA, ENTERAMENTE HERMOSA

                                               

                                                                                                                                                                                                                           ELENA CONDE GÜERRI
                                                                                                       Facultad de Letras
                                                                                                       Universidad de Murcia


                    

Entre brumas, se les fue difuminando ante su vista. Sin duda, quedarían atónitos. También, muy tristes pero, sobre todo, desconcertados y temerosos ante un nuevo estado de
 orfandad que, probablemente, no habían masticado antes. En esos momentos, quizá ninguno recordaba la promesa que el Maestro les había hecho: "no os dejaré solos, os enviaré al Paráclito".
 Pentecostés, en efecto, está ya aquí y es la confirmación definitiva. Todo parece indicar que en el centelleo de las lenguas de fuego estaba también María, la madre del Señor, unida ya su vida a
 la de los apóstoles en un ritmo cotidiano de evocadora oración.
                    Ella siempre había estado con todos ellos pero sin invadir las escenografías. Por delicadeza voluntaria o por omisión consciente o inconsciente de los Evangelios canónicos (demos licencia a la imaginación), la Virgen se prodiga poco en la vida del Señor. Sus presencias puntuales, no obstante, son como faros potentes para garantizar la serena travesía de los viajeros hacia  el Oriente inmarcesible. Para no perderse, para ahondar en la cristología y deducir que Cristo y su madre eran como una misma cosa "desde el momento, fijado desde toda la eternidad, en que  el Padre envió a su Hijo y el Espíritu Santo, que ya había infundido la plenitud de gracia en María de Nazaret, plasmó en su seno virginal la naturaleza humana de Cristo". Por eso, "la liturgia más  antigua y muchos Padres de la Iglesia desde el siglo IV, como Ambrosio de Milán, saludan a María como a su exordio, viendo en su Concepción inmaculada la proyección anticipada de la gracia  salvadora de la Pascua y porque el hecho de la Encarnación encuentra indisolublemente unidos a Cristo y a María". Con Stella matutina la piropeamos también, porque esa es la estrella que  precede a la salida del sol. María, desde su Concepción inmaculada, ha precedido a la venida del Salvador que es por antonomasia Sol iustitiae. Por ello, desde el principio de la Iglesia María estaba ahí. La iglesia de Jerusalén, esa pequeña y primera comunidad tras la Ascensión del Señor, es ya la Iglesia y María la acompaña. Aunque ellos no lo advirtieran con toda lucidez. Ella  siempre estuvo ahí  y, en consecuencia, "en un futuro, la Iglesia que camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y el encuentro del Señor que llega, procede en este camino recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María, que avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz". María va en cabeza de la infinitud de miembros, que somos todos nosotros, hacia la esperanza escatológica.
                    
Ella quiso construir los cimientos de esa esperanza desde que era casi una niña, cuando dijo sí al misterioso emisario para que éste se lo trasmitiera a Dios. Su elección fue, sin duda, la mejor de la historia porque sus consecuencias trascendieron las meras categorías de todo proceso histórico. La identidad de la elegida y su perfecta obediencia se evidencian en muchas de sus presencias puntuales en los textos, como se ha dicho. En la Visitación a su prima Isabel, por ejemplo, ésta da testimonio con sus palabras, explícitamente, de que María es la madre del Mesías mientras el Bautista, aún en gestación, lo ratifica con gozosa kinesia. Pero es la frase que Isabel le dice al final del encuentro, feliz la que ha creído , el punto de partida de donde "ella inicia todo su camino hacia Dios, todo su camino de fe cada vez mayor, que tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham". Y con y por su fe, experimentó en su vida felicidades sublimes, momentos excelsos y oscuros, trazos íntimos para saborear a escondidas. Pero cortados por presagios tremendos: una espada te atravesará el alma. Su vida fue, en efecto, un contrapunto constante de alegrías inmensas y sufrimientos desmesurados, desde el alumbramiento de su Hijo y su adoración, todavía tan pequeño y  anodino, por Magos prestigiosos, hasta la crucifixión, pasando por el  exilio en Egipto y la vida silente en Nazaret donde ella "está diariamente en contacto con el misterio inefable de Dios que se ha hecho hombre". Y, luego, la pérdida momentánea del Hijo adolescente en el viaje al templo de Jerusalén y, algo después, su certera y amorosa insinuación en las bodas de Caná
y tantas y tantas vivencias hasta el rotundo "ahí tienes a tu Madre" de la boca del agonizante. Jesús nos la entregó desde ese momento a nosotros, a toda la humanidad, como la Madre por antonomasia que no nos abandona y jamás lo hará. Ella ocupa, así,  "un lugar especial en toda la economía dela salvación". De la salvación que va implícita al triunfo de la Resurrección de su Hijo y al secreto gozo de que ella siempre supo que su Señor no moriría para siempre. Aunque no lo gritase y aunque los primeros elegidos, entonces, y ahora nosotros seamos lentos de reflejos y torpes en el amor. María siempre ha estado y sigue estando " a través de la historia de las almas".
      En la piedad católica, el mes de mayo ha estado tradicionalmente dedicado a la Virgen María. No me pregunten por qué, tampoco lo he indagado. Pues en la liturgia específica, las tres grandes solemnidades de la Virgen, Anunciación-Encarnación, Inmaculada Concepción y Asunción, se celebran en otros meses. ¿Quizá sea por la eclosión de la naturaleza en aromas y colores diversos ante la que es llamada Rosa mística?. Cuando yo y tantos otros eramos niños, seguíamos en el cole aquella hermosa dinámica de levantar pequeños altares a la Virgen, peanas minúsculas adornadas con florecillas silvestres y efímeras cuyo único legado era nuestro amor por Ella. No comprendíamos mucho más. Pero ahora, nosotros y muchos más somos adultos. Creo que el regalo de la fe, para quien la ha recibido y libremente desea enriquecerla y mimarla, exige comportamientos y acciones de adultos. En este campo específico y en este mes, María lo merece. Voluntariamente, hoy he omitido en las citas evangélicas los versículos pertinentes y sólo en parte el texto completo me pertenece. Todas las frases entrecomilladas son de la pluma del Papa Juan Pablo II, hoy ya canonizado, de su encíclica Redemptoris Mater, rubricada el 25 de marzo de 1987. Anímense a leerla, como reflexión inicial, todos aquellos  que se emocionen con la frase que San Efrén el Sirio, a mitad del siglo IV, dedicó a María : "Tu eres la cítara del Espíritu Santo".  



lunes, 18 de mayo de 2015

La venida del Espíritu

                                                                      PENTECOSTÉS


                                                                    Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,19-23.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: —Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: —Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

1.- El Espíritu del Señor. Todo cambia para los discípulos con la experiencia de la Resurrección y la recepción del Espíritu. Jesús no los deja huérfanos por más que se haya sentado a la derecha del Padre y haya terminado su tiempo de vivir en Palestina en el ámbito de la cultura y la religión hebrea. El Espíritu del Señor es la forma que tiene de relacionarse con sus hijos, con sus criaturas, en definitiva, con todos nosotros. Y la forma de relación es el amor. El Señor no sabe hacer otra cosa, sino amarnos. Cuando nos ama en acto, nos está dando su Espíritu. Por eso su Espíritu está en nosotros cuando somos creados, cuando somos cuidados a lo largo de nuestra vida y cuando somos salvados. Siempre somos amados por Él, porque su Espíritu no nos deja huérfanos, solos o aislados en nuestra vida frente al mal o al egoísmo de los demás. 

           
2.- La comunidad. Jesús se aparece a la comunidad de discípulos. Les da la paz: queda perdonada su huída y cobardía en los momentos de su pasión y muerte. Ahora su presencia es, incluso, más intensa, porque al poseer el Espíritu la comunidad no podrá nunca traicionar en bloque a su Señor y no tendrá miedo a las persecuciones de entonces y de todos los tiempos. Quien vaya contra la Iglesia hará mártires, que no desertores, aunque a veces se haya dado. Además, la comunidad siente alegría al reconocer al Señor, porque ya posee a Aquel que les hace leer dónde está Jesús y quién es realmente: el crucificado que ha glorificado el amor del Padre. Por eso ellos deben seguir impartiendo la paz y el perdón. Somos muchos quienes traicionamos al Señor, por momentos, por épocas, por actos aislados, pero la comunidad a la que pertenecemos siempre le es fiel, porque siempre hay alguno de nosotros que ama con intensidad y vive del Espíritu de Jesús. Son los que reciben el soplo de vida, como cuando el Creador lo hizo con Adán (Gén 2,7). El Espíritu, el amor, une y todo el mundo lo entiende; la insolidaridad desune; son las lenguas de Babel, porque cada uno habla de lo que le interesa a él, al margen de la situación del que tiene al lado.

3.- El creyente. Cuando pasan los años y miramos hacia atrás es cuando caemos en la cuenta de nuestra transformación personal, para bien o para mal.  Es para bien cuando el Espíritu que está actuando en nuestras vidas por medio de las cualidades que nos han transmitido nuestra familia, nuestra cultura, nuestra fe. Si hemos empeorado en nuestras relaciones, si nos hemos vuelto más egoístas y centrados en nosotros mismos, quiere decir que progresamos hacia nosotros, hacia nuestros intereses. Entonces los demás se distancian y nos dejan solos. El Espíritu, la relación de amor, crea multitud de relaciones, que nos enriquecen y potencian nuestra vida al hacernos desprendidos, entregados, sensibles al dolor y mal ajeno. El Espíritu bloquea nuestras tendencias egoístas y potencia nuestras inclinaciones altruistas, transformando todo lo que a los otros les sirve para bien.