domingo, 3 de enero de 2016

Carta a un Ministro. X

                                     
                                                    MISERICORDIA      
                        «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO
                       
                             
                                                   X

              
            1º  Con la experiencia del Espíritu de «Cristo», o del «Señor», que actúa la vida nueva, Pablo parte de este principio: «Por eso doblo la rodilla ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en cielo y tierra, para que os conceda por la riqueza de su gloria fortaleceros internamente con el Espíritu, que por la fe resida Cristo en vuestro corazón, que estéis arraigados y cimentados en el amor, de modo que logréis comprender, junto con todos los consagrados, la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios»[1].  Y lo desarrolla en tres etapas: 1ª abandono de la existencia fundada en el poder gracias a la fe y al amor de Cristo y a Cristo, muerto y resucitado; 2ª Cristo crea el sentido y el centro de la vida porque vehicula la salvación de Dios; 3ª la configuración con él, que se hace gracias al Espíritu, e inicia la salvación en esta vida y termina en la futura de resurrección. Pablo lo recapitula en un párrafo de su carta dirigida a los cristianos de Filipos: «Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él. No contando con una justicia mía basada en la ley, sino en la fe de Cristo, la justicia que Dios concede al que cree. ¡Oh!, conocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos; configurarme con su muerte para ver si alcanzo la resurrección de la muerte»[2].
           
El conocimiento de Cristo se entiende como una relación personal, como una revelación personal: quien elige es Dios por medio de Cristo, quien obedece es el hombre; y la comunión con Cristo conduce a reconocer su «señorío» en orden a la salvación. Todo es gracia. Si esto es así, es lógico que Pablo dé por fracasada toda su fe anterior en la justicia de la ley, por la autosuficiencia que lleva pareja una vida dirigida según las tradiciones emanadas de la ley. Pablo desea que Dios le encuentre en Cristo al final de sus días y, además, los cristianos le encuentren en Cristo en la vida presente para aprender a caminar en la vida «nueva» que él ofrece.
            Y para ello no existe problema alguno, ya que para llevar a cabo la vida «nueva» Dios ha conferido su potencia de gracia, su relación de amor, a Cristo con la Resurrección. Así es posible superar todas las situaciones de la vida provenientes del hombre «viejo», de la debilidad humana, que impiden caminar en la senda del Señor. La comunión con Cristo lleva aparejada, por una lado, la participación en sus sufrimientos, en su cruz, en la que quedan fijados todos los males de esta vida y que Pablo los considera muertos en la muerte de Jesús, impotentes para significar algo en la vida «nueva»; y la comunión con Cristo, por otro lado, entraña la pertenencia a la vida de resurrección que alcanzará todo su esplendor en la plenitud de los tiempos[3]
            Por consiguiente, hay una elección de Dios en Cristo personal y comunitaria, individual e histórica, cósmica y angélica. Toda lo que existe es gracia. Veamos.
             
La primera la llama Pablo filiación adoptiva: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él […] Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo»[4]. Y Juan expresa la filiación divina con el término nacimiento: nacemos de Dios; hay un segundo nacimiento y, por consiguiente, un segundo origen en la existencia en la cual todo es gracia, porque todo viene de Dios: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios»[5]. Dios Padre se entrega por medio de su Hijo para hacernos por su Espíritu hijos en su Hijo y, así, partícipes de su naturaleza divina. La filiación divina hace que, como criaturas, dependamos totalmente del Señor en nuestro ser. Las relaciones que mantenemos con los demás: hijos, padres, amigos, compañeros, etc., de una naturaleza previa que condiciona dichas relaciones. No somos a partir de la relación que los demás establezcan con nosotros. Sin embargo con Dios «nacemos de nuevo» (cf. Jn 3,3-8); Él hace que se origine en nuestro ser una criatura «nueva», cuyo único fundamento es Él, que no nuestra naturaleza humana. Somos creados, recreados, por tanto, justificados por Dios. Él transforma nuestro ser para adentrarnos en la dimensión de la verdadera vida y salvación. Nada pone el Ministro ni el hermano pecador con relación al Señor; los dos son redimidos por el Señor totalmente; por eso todo es gracia: la relación comunitaria que funda y establecen las relaciones agraciadas por el Señor en las relaciones interpersonales. Otra cosa serán las relaciones comunitarias nacidas desde las capacidades personales que avalan una misión dentro o fuera de la comunidad: enseñar, predicar, curar, trabajar en la cocina, huerto, etc. Los valores personales, puestos al servicio comunitario, desarrollan nuestra personalidad humana, pero sólo adquieren su verdadera dimensión cuando, transformados por la relación divina graciosa, hacen que nuestra vida y relación dentro de la comunidad se contemple como un don venido del Señor.
            Pero la entrega del Señor no comporta una dimensión exclusivamente individual, sino que se inserta en la historia, formando una sola familia. Como dice Pablo, Cristo y los cristianos forman un solo cuerpo, siendo él la cabeza[6]. Esto origina tres dimensiones de la gracia en nuestra historia. En primer lugar, no hay que huir de la historia. Dios se pone al alcance del hombre, porque Dios crea el mundo por su bondad y envía a su Hijo por amor: «Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él»[7]. Como veremos después cuando tratemos de los eremitorios, Dios no renuncia a lo que ha creado por amor, y se abre paso por medio de las opciones libres del hombre y sus instituciones. La historia humana es una historia «abierta», que no una evolución «predeterminada»; es en sí misma un proceso en el que se ha introducido Dios para transformarla, que no para acompañarla actuando de una forma yuxtapuesta a los acontecimientos o aniquilando las decisiones libres de los hombres. La transformación que entraña lo nuevo, que aporta la vida de Jesús, la entienden los cristianos como una «nueva creación» (2Cor 5,17), cuyos perfiles se irán descubriendo en la medida en que los hombres desarrollen con Dios la identidad verdadera de todo lo creado, para que todo sea gracia. El segundo lugar la Encarnación hace que Jesús participe plenamente de la vida humana, que toda es gracia porque está sustentada en Dios Padre. Jesús hace el bien y lo expande, y sufre el mal. Intenta destruir el mal por el bien, transformando el sufrimiento en gracia de salvación[8]. En tercer lugar, la solidaridad de Dios con el hombre  potencia al máximo la vida humana, los valores humanos, tanto en un sentido individual, como un sentido colectivo. Con la presencia de Dios en la historia se ratifica la bondad de la creación, y la lleva a su culmen en Jesús.
          
  La gracia, en fin, abraza también a toda la creación, porque es solidaria con la humanidad al pertenecerle como si fuera su propia carne. Si participa del pecado humano recibiendo su maldición (cf. Gén 3,17), también participará de la gracia: «La creación aguarda expectante a que se revelen los hijos de Dios. La creación fue sometida al fracaso, no de grado, sino por imposición de otro; pero con la esperanza de que esa creación se emanciparía de la esclavitud de la corrupción para obtener la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora la creación entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro aguardando la condición filial, el rescate de nuestro cuerpo»[9].
            La salvación también atañe a la dimensión estrictamente espiritual de la creación, al mundo angélico, que, gracias a Cristo, logra reconciliarse con los hombres, formando «un cielo nuevo y una tierra nueva en la que habitará la justicia»[10]. Dios, que crea todas las cosas por medio de su Hijo (cf. Jn 1,3), comienza a recrearlas por él (cf. Col 1,15-20) hasta que llegue el tiempo en que pase lo viejo y todo sea nuevo definitivamente (cf. 2Cor 5,17). Así se cumplirá la visión escrita en el Apocalipsis: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra han desaparecido, el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio. Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada de Dios entre los hombres: morará con ellos; ellos serán sus pueblos y Dios mismo estará con ellos. Les enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado. El que estaba sentado en el trono dijo: Mira, renuevo el universo» (Ap 21,1-5). La representación de la salvación final ha sido descrita por los profetas con una escena de banquete de bodas[11]. Esta imagen de la gloria futura es recogida por Jesús[12] y aparece en el Apocalipsis con la unión entre el Cordero y la creación representada en la ciudad santa de Jerusalén[13]. Es un símbolo descrito en los párrafos finales del libro que cierra la revelación cristiana. Con esta esperanza de salvación, la creación espera la venida definitiva de Jesucristo sentado ahora junto a Dios[14], para experimentar junto a la humanidad lo que le tiene preparado Dios en el mundo futuro: «no habrá nada maldito [...] No habrá noche. No les hará falta luz de lámpara ni luz del sol, porque los ilumina el Señor Dios, y reinará por lo siglos de los siglos» (Ap 22,3-5).
           
Pero la plena filiación del hombre y de la historia y del cosmos una cuestión de futuro (cf. Rom 8,24). Pero este futuro se inicia en la historia con la presencia de Jesús, que da las primicias de gracia de ese futuro a sus conciudadanos en compañía de los discípulos que le siguen y con los que crea una comunidad. Después de la Resurrección, Jesús está con nosotros con una nueva forma de presencia en la Palabra, en la Eucaristía y en los pobres y marginados de la historia (cf. Lc 24,13-32). La comunidad cristiana continúa adelante el plan de salvación de Dios por el Espíritu. En la nueva etapa inaugurada por el don del Espíritu (cf. Hech 2,1-4) se establecen nuevos parámetros para el seguimiento de Jesús y pertenencia a las nuevas comunidades. Se trata de la participación de la gracia de la persona, de la historia y de la creación. Todo es gracia se contempla entonces en las relaciones entre Dios y el hombre y de los hombres entre sí según la Encarnación del Verbo en la vida de Jesús, y que, por la fuerza del Espíritu, alumbra un mundo nuevo —creación; las comunidades cristianas se constituyen de acuerdo con la comprensión del mesianismo de Jesús, que nace después de su muerte y resurrección —historia; y, en fin, se genera un hombre nuevo gracias a la configuración con Cristo que impulsa el Espíritu, dando lugar a la identidad filial divina —persona.



[1] Ef 3,14-19; cf. 1,15-21; Mt 11,25-27; Col 1,23; 2,7.
[2] Flp 3,8-11; cf. Rom 1,4; 6,4; 8,11-17.
[3] Textos: 2Cor 12,9-10; Flp 1,21; Rom 6,6; 8,3; Gál 1,19; 2Cor 4,10.
[4] Rom 8,14-17.23; cf. Lc 22,28-30; 24,26; Jn 1,12; Gál 3,16.26-29; 4,4-7; 5,18; Flp 3,10s; 1 Pe 4,13.
[5]  Jn 1,12-13; 1Jn 3,9: «Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios»; cf. Jn 3,3-8; 11,52; 1Jn 3,1.2.10; 5,2; etc.
[6]  Cf. Col 1,19; 2,19; 3,15.
[7] 1Jn 4,9-10; cf. Jn 3,16; 2Cor 5,18-19.
[8]  Cf. Mc 10,42; 14,24; Rom 12,21.
[9] Rom 8,18-23; cf. Rom 5,2-5; Col 3,3-4; 2Cor 5,2-5; Flp 3,20-21.
[10]  Ef 1,10; Col 1,20; 2Ped 3,13.
[11] Cf. Os 2; Is 1,21-26; 49; etc.
[12] Cf. Mt 22,1-10; Lc 14,15-24.
[13] Cf. Jn 1-3; 2Cor 11,2; Ef 5; etc.
[14] Cf. Ap 22,1.7.12.17.20.                  

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