lunes, 9 de noviembre de 2015

Santos y Beatos, del 10 al 16 de noviembre


10 de noviembre
León Magno (†461)
            San León Magno nace en la región de la Toscana (Italia). Es elegido Papa el año 440. Adornado de innumerables virtudes, tanto para gobernar, como para vivir el Evangelio, frena a los bárbaros que intentan asolar Roma. Muere en el año 461.
                                               Común de Pastores
            Oración. Oh Dios, tú que no permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa San León Magno, permanecer siempre firme en la verdad, para que goce de una paz duradera. Por nuestro Señor Jesucristo.
11 de noviembre
Martín de Tours (316ca.-397)
            San Martín abraza la vida monástica, siguiendo a San Hilario; funda un monasterio en Ligugé (Francia) ; más tarde es ordenado obispo de Tours (Departamento de Indre y Loira. Francia). Evangeliza esta región francesa y es un decidido defensor de los pobres. Muere el año 397.
                                               Del Común de pastores
            Oración. Oh Dios, que fuiste glorificado con la vida y la muerte de tu obispo San Martín de Tours, renueva en nuestros corazones las maravillas de tu gracia, para que ni la vida ni la muerte puedan apartarnos de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.
12 de noviembre
Josafat (1580ca.-1623)
            San Josafat nace en Ucrania hacia el año 1580. Pertenece a la Orden de San Basilio. Es elegido obispo de Pólotzk. Trabaja por la unidad de la Iglesia. Es martirizado en 1623.
                                               Del Común de un mártir
            Oración. Aviva, Señor, en tu Iglesia, el Espíritu que impulsó a San Josafat, obispo y mártir, a dar la vida por su rebaño, y concédenos, por su intercesión, que ese mismo Espíritu nos dé fuerza a nosotros para entregar la vida por nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo.
13 de noviembre
Diego de Alcalá (1400-1463)
            San Diego nace en San Nicolás del Puerto (Sevilla. España) el 14 de noviembre de 1400. Ingresa en la fraternidad de San Francisco de la Arruzafa (Córdoba), de la Orden de los Frailes Menores de la Observancia. En 1441 es enviado a las Islas Canarias, al convento de Arrecife (isla de Lanzarote), donde ejerce el oficio de portero y atiende a muchos pobres que le buscan para que les ayude espiritual y materialmente. Después de habitar por un tiempo en la fraternidad de Fuerteventura durante cuatro años como guardián, regresa a la península en 1449. Durante todo este tiempo ayuda a los nativos contra la voracidad de los conquistadores. Viaja a Roma a la canonización de San Bernardino de Siena. Se entrega por entero a los enfermos en la epidemia que asola Roma en el año 1450. Regresa a España y es destinado a Alcalá de Henares (Madrid), donde muere el 12 de noviembre de 1463. El papa Sixto V lo canoniza el 2 de julio de 1588.
                                               Común de Santos Varones
            Oración. Dios Altísimo, que derribas del trono a los poderosos y enalteces a los humildes, concédenos imitar la humildad y caridad de San Diego de Alcalá, para hacernos partícipes de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.
13.1 noviembre
Gabriel Ferreti (1385-1456)
            El beato Gabriel nace en Ancona (Marcas. Italia) hacia el año 1385; es hijo de los condes Liberotto y Alvisa Sacchetti. Ingresa en la fraternidad de San Francisco ad Alto a los 18 años. Después de cursar los estudios eclesiásticos es ordenado sacerdote. Se dedica a la predicación y al servicio de los pobres. Atiende a los apestados de la ciudad entre 1425 y 1427. Es nombrado Guardián de San Francisco ad Alto en 1425. Restaura y amplía las dependencias del convento. Es elegido Ministro Provincial en 1434. Extiende la observancia por la región de Las Marcas bajo el auspicio del papa Eugenio IV. Funda las fraternidades de Santa María de las Gracias en San Severino Marcas, San Nicolás en Áscoli Piceno y la Anunciación en Ósimo. Predica en Bosnia a petición de San Jaime de la Marca. Propaga la devoción a la Corona Franciscana. Muere en el convento de Ancona el 12 de noviembre de 1456, asistido por San Jaime de la Marca. El papa Benedicto XIV aprueba su culto el 19 de setiembre de 1753.


                                   Común de Pastores o Santos Varones
            Oración. Dios providente, que consagraste este día con la fiesta del beato Gabriel, concédenos, por tu bondad, mantener con firmeza y consolidar con obras la fe que él proclamó infatigablemente. Por nuestro Señor Jesucristo.
14 de noviembre
Nicolás Tavelic, Deodato de Rodez, Pedro de Narbona
y Esteban de Cuneo (†1391)

            Nicolás Tavelic (1340-1391) nace en la ciudad de Sebenic (Croacia). Misionero en Bosnia y Palestina. DEODATO (†1391) nace en Rodez (Aveyron. Francia). Es ordenado sacerdote en la Provincia franciscana de Aquitania. Misionero en Bosnia. ESTEBAN (†1391) nace en Cuneo (Piamonte. Italia); ingresa en la Orden en Génova, en la Provincia franiscana de la Liguria. Después de evangelizar en Córcega, va como misionero a Tierra Santa. PEDRO (†1931) nace en Narbona (Aude. Francia); pertenece a la Provincia franciscana de la Provenza. Misionero en Tierra Santa. Nicolás y Deodato viajan a Bosnia para responder a la solicitud del papa Gregorio XI y del vicario general Padre Bartolomé de la Verna en los años 1372-1373. Hacia 1384 ambos se trasladan a Jerusalén y se unen a Pedro y Esteban. Viven en la fraternidad de San Salvador, en estudio y oración. Anuncian en Jerusalén ante los musulmanes a Jesucristo pobre y crucificado el 11 de noviembre de 1391 y el 14 son asesinados. El papa Pablo VI los canoniza el 21 de junio de 1970.
                                               Común de varios mártires
Oración. Dios, Padre de bondad, has glorificado con el triunfo del martirio a los santos Nicolás y compañeros, quienes extendieron tu reino propagando la fe; concédenos, por su intercesión y ejemplo, ser fieles en el cumplimiento de tus mandamientos, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


14.1 de noviembre
María Luisa Merkert (1817-1872)
            La beata María Luisa nace el 21 de septiembre de 1817 en Nysa (Silesia de Opole. Polonia); es hija de Carlos Antonio Merkert y María Bárbara Pfitzner. Fallecidos sus padres, se dedica al servicio de los marginados. Con su hermana Ma-tilde, Francisca Werner y Clara Wolff, de la OFS, forman en 1842 una comunidad que se entrega al servicio de los enfermos y de los pobres a domicilio en Nysa. Después de vivir un tiempo con las Hermanas de la Misericordia de San Carlos Borromeo en Praga, trabajando como enfermera en los hospitales de Podole, Litomierzyce y Nysa, decide crear una nueva institución con Francisca Werner en 1850. El 4 de septiembre de 1859, la Asociación de Santa Isabel, como así ha llamado a su institución, recibe la aprobación del obispo de Breslavia. En 1860 es elegida superiora general. El 5 de mayo de 1860, María, junto con otras veinticinco religiosas, hace los votos de castidad, pobreza y obediencia, a los que añaden un cuarto voto de servir a los enfermos y necesitados. El papa León XIII le otorga la aprobación definitiva en 1887. La asistencia a los enfermos y abandonados en sus domicilios, la une a la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús y a la Virgen, modelo de fe. Muere el 14 de noviembre de 1872. El papa Benedicto XVI la beatifica el 30 de septiembre de 2007.
                                                           Común de Vírgenes
            Oración. Señor y Dios nuestro, te pedimos que la beata María Luisa, virgen, tu fiel esposa, encienda en nuestro corazón la llama de la caridad divina que ella suscitó en otras vírgenes, para gloria perpetua de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.


15 de noviembre
Juan de la Paz (1270-1340)
Juan Cini nace en Pisa (Toscana. Italia) hacia 1270. Pertenece a una familia de hondas raíces cristianas, que le educa en las tradiciones y hábitos católicos. Ingresa en el ejército de la República de Pisa. Forma parte de los primeros laicos de la Tercera Orden de la Penitencia, fundada por San Francisco, que siguen a Jesús pobre y crucificado. En 1305 abandona el ejército y apoya la «La Pía casa de la misericordia» en la que atiende a los enfermos, acoge a los peregrinos y cuida a los pobres. Intensifica su vida de oración y penitencia en un eremitorio situado junto a la Puerta de la Paz. De aquí le viene el que se le conozca como Juan de la Paz. Acuden muchos creyentes a consultarle, numerosos discípulos le siguen en su vida evangélica: les llaman «Ermitaños Terciarios Franciscanos». En 1330 el arzobispo de Pisa les ofrece el eremitorio de Santa María de la Sambuca. El beato Juan fallece el 13 de noviembre de 1340. El papa Pío IX aprueba su culto el 10 de septiembre de 1857.
                                   Común de Santos Varones
            Oración. Dios misericordioso, por la gloria del beato Juan Cini nos ofreces el supremo testimonio de tu amor; concédenos, por tu bondad, que ayudados por su intercesión y estimulados por su ejemplo imitemos fielmente a tu Hijo. Que vive y reina.

15.1 noviembre
María de la Pasión (1839-1904)
            La beata Helena María de Chappotin de Neuville, en religión María de la Pasión, nace el 21 de mayo de 1839 en Nantes (Loira Atlántico. Francia). En 1860 ingresa en las Clarisas para seguir la vida evangélica de San Francisco y Santa Clara. Debe abandonar el convento por una grave enfermedad. Entra en la Sociedad de María Reparadora en 1864; toma el hábito el 15 de agosto, en Toulouse. En marzo de 1865 es enviada al Vicariato apostólico del Maduré (India), encomendado a la Compañía de Jesús. Allí profesa el 3 de mayo de 1866. En julio de 1867 es nombrada provincial. Abandona con otras veinte hermanas la Sociedad de María Reparadora en 1876. Obtiene del papa Pío IX, el 6 de enero de 1877, la autorización de fundar un nuevo instituto bajo el nombre de Franciscanas Misioneras de María. El 4 de octubre de 1882, en la iglesia del Ara Coeli (Roma. Italia) ingresa en Orden Franciscana Seglar. El 12 de agosto de 1885 recibe el Decretum laudis y el de afiliación a la Orden de Hermanos Menores; el 11 de mayo de 1896 se aprueban las Constituciones. La finalidad del Instituto son las misiones para responder a las llamadas de los pobres y abandonados. También la promoción de la mujer. Muere en San Remo el 15 de noviembre de 1904. El papa Juan Pablo II la beatifica el 20 de octubre de 2002.
                                               Común de Vírgenes
            Oración. Señor, Dios nuestro, que, de manera admirable, has conducido a la beata María de la Pasión, virgen, a contemplar el misterio de tu Hijo, concédenos, por su intercesión, que siguiendo el camino de tu Evangelio cooperemos en tu designio salvador. Por nuestro Señor Jesucristo.


Domingo XXXIII (B).

DOMINGO XXXIII (B)


            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 13,24-32.

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo.
            Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.

           
1.- Marcos nos revela cuál es el final de nuestra vida y de toda vida creada. Es una afirmación que nos da seguridad a los que intentamos relacionarnos desde la bondad de nuestro corazón. No describe la vida futura ni cómo será la eternidad. La vida en Dios corresponde a otra dimensión que no se puede ni comprender ni definir con nuestra inteligencia. Como escribe Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (1Cor 2,9). Lo cierto es que la historia termina bien para los que «aman al Señor». El Evangelista no tienen en cuenta a los que no son llamados. Pero Jesús, en la parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-52), afirma que ya no seguirán mezclados, como ocurre en nuestra sociedad, los que viven para sí y los que viven para los demás en el Señor.

           
              2.- «Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 10,11-16). Nuestra gran tarea como bautizados es ayudar a Jesús para traer al rebaño a los que no saben de la salvación eterna, del sentido personal y colectivo de las relaciones de bondad, a los que viven solo pendientes de su trabajo, de su familia, de sí mismos, sin levantar los ojos y ver el rico panorama que ofrece la creación en sus personas, en sus culturas, en sus animales, en sus aves, en su naturaleza inerme.
           

3.-  Las enfermedades, los traspiés, los sinsabores que experimentamos en nuestra vida no tendrán la última palabra. Tantos inocentes muertos en guerras, o infravalorados por sus jefes y poderes de este mundo; tantos niños que no han podido crecer, o personas a las que se les negado disfrutar de la vida; pensemos en los niños de la guerra, que han nacido para matar en vez de para vivir, o en las guerras del Medio Oriente y África, o en los países cuyos gobernantes solo generan pobreza y esclavitud. El Evangelio de hoy es un grito a favor de la existencia humana, esté donde esté y que se haya desarrollado en cualquier lugar y tiempo de la historia. Desde Dios en Jesús, todos serán salvados y reunidos en un solo rebaño con un solo pastor. Nada de bien y de bondad que hayamos hecho se perderá. Y esto es una gran satisfacción para las conciencias limpias que comprenden la vida como una relación de amor, porque eso es Dios.  Es el mundo nuevo que viene a desvelar e inaugurar el Hijo del hombre para siempre.

Domingo XXXIII (B). El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.

DOMINGO XXXIII (B)


            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 13,24-32.

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo.
            Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.

           
1.- Texto. El capítulo 13 de Marcos comienza con la premonición de Jesús sobre la destrucción del templo de Jerusalén. Los discípulos - Pedro, Santiago, Juan y Andrés -le preguntan sobre la fecha de dicho acontecimiento. La respuesta la tenemos en el evangelio descrito: sucesos cósmicos, venida de Jesús desde la gloria del Padre y reunión de todos los elegidos dispersos por todo el mundo. El universo se apaga como un preludio de la luz que va a iluminar la venida del crucificado; y viene para reunir en una comunidad a todos sus hermanos. Es lo que deben retener los discípulos, como saben el cambio de estación cuando la higuera echa las yemas de los higos que se comen en el verano. Y es tan verdad su premonición, que todos serán testigos de estos sucesos.

           
2.- Mensaje. Jesús ha elegido a los Doce, que le han acompañado en su misión por Galilea y en su viaje a Jerusalén, donde es traicionado, abandonado y dejado solo ante Anás, Caifás y Pilato. Jesús se lo dice al terminar la Última Cena: «Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos. Entonces, Jesús les dijo: —Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”» (Mt 26,30-31).  Ya se lo había advertido antes por tres veces (Mc 8,31; 10,32; 13,9). Pero la acción de Dios al tercer día de morir le da a Jesús la dimensión eterna. Jesús resucitado, constituido Juez de la historia, separará el bien del mal y desvelará la eternidad feliz para los que hayan amado en su existencia (cf. Mt 25,31), reuniéndolos en un solo rebaño, y con él como pastor (cf. Jn 10,11-16).

           
3.- Acción. La vida de los creyentes entraña una tensión personal, una tensión social y silencios divinos de todo tipo por las tribulaciones, incomprensiones y angustias que sufrimos a lo largo de nuestra vida. Muchas veces se echa de menos a Dios para que salga en defensa de los inocentes y débiles que sufren el mal sin causa alguna. Siempre nos ha atormentado el dolor, y mucho más explicar y comprender el dolor de los buenos. Por costumbre trasladamos a Dios las responsabilidades de los males humanos y cósmicos, o, por el contrario, que nos recompense nuestro trabajo o nuestro buen hacer, que, por lo general, exigimos de los demás. Otro paso que damos en falso es cuando entendemos nuestra vida como una mercancía en la que vendemos nuestro tiempo y cualidades. Y así, pensando en Dios,  vamos atesorando un capital suficiente para presentarnos ante Él con un talón para que nos pague en tiempo y felicidad eterna. No somos nosotros «los que subimos al cielo». Es Él el que nos reunirá en su gloria por su Hijo, contando, ciertamente, con nuestras obras, o a pesar de ellas.



sábado, 7 de noviembre de 2015

Francisco de Asís y su mensaje: XXII

                                          Francisco de Asís y su mensaje
                                                            XXII

                                                      El camino de la filiación personal


            c. El Espíritu. El proceso humano de desligarse del mal y caminar a la luz del amor, de configurarse con la persona y misión de Jesús, se hace en el Espíritu, que habita en la interioridad humana (cf. Rom 8,9-11). Él une al creyente en Cristo dándole la identidad de hijo de Dios (cf. Rom 8,14-16) y la posibilidad para serlo, pues grava en el corazón la ley de Cristo (cf. Gál 6,2; 1Cor 9,21), que no es otra sino el amor (cf. Gál 5,6.14), el amor de Dios (cf. Rom 5,5), y todos los valores que se derraman de él: «gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio» (Gál 5,22; Ef 5,9). Por eso, el Espíritu es el que reúne a los cristianos concediéndoles la paz (cf. Gál 5,21) y la libertad (cf. Gál 5,18), y también los incorpora al cuerpo glorioso, resucitado del Señor (cf. 1Cor 6,17), dispensándoles la vida eterna (cf. Gál 6,8).

           
Con la experiencia del Espíritu de «Cristo» o del «Señor» (cf. Rom 8,9; 2Cor 3,17), que actúa la vida nueva, Pablo parte de este principio: «Por eso doblo la rodilla ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en cielo y tierra, para que os conceda por la riqueza de su gloria fortaleceros internamente con el Espíritu, que por la fe resida Cristo en vuestro corazón, que estéis arraigados y cimentados en el amor, de modo que logréis comprender, junto con todos los consagrados, la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios» (Ef 3,14-19; cf. 1,15-21). Esto lo desarrolla en tres etapas: abandono de la existencia fundada en el poder gracias a la fe y al amor de Cristo y a Cristo, muerto y resucitado; Cristo crea el sentido y el centro de la vida porque vehicula la salvación de Dios; y la configuración con él, que se hace gracias al Espíritu, inicia la salvación en esta vida y termina en la futura de resurrección.


           
Pablo lo resume en un párrafo de su carta dirigida a los cristianos de Filipos: «Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él. No contando con una justicia mía basada en la ley, sino en la fe de Cristo, la justicia que Dios concede al que cree. ¡Oh!, conocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos; configurarme con su muerte para ver si alcanzo la resurrección de la muerte» (Flp 3,8-11). El conocimiento de Cristo se entiende como una relación personal, como una revelación personal: quien elige es Dios por medio de Cristo, quien obedece es el hombre; y la comunión con Cristo conduce a reconocer su «señorío» en orden a la salvación. Si esto es así, es lógico que dé por perdida toda su fe anterior en la justicia de la ley, en la autosuficiencia que lleva pareja una vida dirigida según las tradiciones emanadas de la ley. Pablo desea que Dios le encuentre en Cristo al final de sus días y, además, los cristianos le encuentren en Cristo en la vida presente para aprender a caminar en la vida «nueva» que él ofrece. Y para ello no existe problema alguno, ya que para llevar a cabo la vida «nueva» Dios ha conferido su potencia de gracia, su relación de amor, a Cristo con la Resurrección. Así es posible superar todas las situaciones de la vida provenientes del hombre «viejo», de la debilidad humana (cf. 2Cor 12,9-10), que impiden caminar en la senda del Señor (cf. Flp 1,21). La comunión con Cristo lleva aparejada, por una lado, la participación en sus sufrimientos, en su cruz en la que quedan fijados todos los males de esta vida y que Pablo los considera muertos en la muerte de Jesús, impotentes para significar algo en la vida «nueva» (cf. Rom 6,6; 8,3; Gál 2,19; 2Cor 4,10); y la comunión con Cristo, por otro lado, entraña la pertenencia a la vida de resurrección que alcanzará a todo su esplendor en la plenitud de los tiempos.  

S. Francisco. Carta a un Ministro. VII

                                                       MISERICORDIA      
                             «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO
                       

                                               VII


                                    Obediencia como relación de amor

            Francisco inserta los sufrimientos del Ministro en los sufrimientos de Cristo, sufrimientos que causan la salvación; por tanto, hay que aceptarlos cuando no hay otra alternativa. Como hemos visto, el dolor causa la salvación cuando se vive como una relación de amor con Dios, que significa la obediencia a su voluntad. La fidelidad de Dios exige a su criatura, después de la rebeldía, la obediencia para plasmar en la historia el proyecto de salvación diseñado desde el momento que se le escapó la creación de sus manos. Hay que considerar tres perspectivas[1].
           
1º Dios es fiel. Cuando Jesús está crucificado, los judíos le piden que baje de la cruz. La petición expresa una concepción de Dios, no sólo todopoderoso, sino también fiel. Dios es fiel a su Alianza (cf. Dt 7,9), a sus promesas (cf. 2Sam 7,28), incluso se proclama que Dios es fidelidad (cf. Dt 32,4)[2]. Pero la dimensión de fidelidad de Dios se resquebraja con las injusticias que sufren todos los justos y con la muerte de Jesús en cruz, cuando se mantuvo fiel a Él en su vida. La Resurrección de Jesús como primicia de la resurrección de todos los justos y de toda la creación, salida de sus manos bondadosas, prueba que el Dios omnipotente en su dimensión física no existe. Dios es Amor (cf. 1Jn 4,8.16) y, por tanto, débil; por eso, es víctima del poder del mal, como demuestra la cruz. Este Dios está incapacitado para salvar a su Hijo por su poder físico. Dios sufre la muerte de su Hijo por ser todo y sólo Amor.  Pero este amor es omnipotente: es capaz de crear y recrear[3].

           
2º Frente a la desobediencia generalizada, Jesús está dispuesto a obedecer la voluntad de Dios que ha decidido recrear y salvar su creación. Jesús obedece en todo a Dios; su objetivo es someterse a la voluntad del Padre hasta identificarse con Él: «Yo y el Padre somos uno». Así pues, obedece a María y a José y al Padre en el contexto de una espiritualidad donde la Ley regula las relaciones familiares, sociales y religiosas; obedece a Dios en la angustia de Getsemaní (cf. Mc 14,36par), y hasta en su muerte en la cruz (cf. Lc 23,46), donde la obediencia mantenida desde el Bautismo, cuando el Padre le indica la forma de conducirse en Israel, le lleva al extremo de dar su vida: «…y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8). Y porque obedece, Dios le escucha y le salva de la muerte: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec» (Heb 5,7-9). Con la obediencia a la voluntad divina se mantiene fiel a la misión encomendada y consigue la salvación para todos, como el siervo. En este sentido Pablo afirma: «Como por la desobediencia de uno todos resultaron pecadores, así por la obediencia de uno todos resultarán justos»; o con respecto a los creyentes: « ¿No sabéis que si os entregáis a obedecer como esclavos, sois esclavos de aquel a quien obedecéis? Si es al pecado, destinados a morir; si es a la obediencia, para ser inocentes»[4].
           
El seguimiento e identificación con la voluntad del Padre implica una relación especial con Él, un compromiso y un estilo de vida. Obedecer a Dios no significa para Jesús la renuncia a su libertad y a su autodeterminación, que entraña la destrucción de su yo personal. No es la obediencia a unas normas con vistas a la convivencia social. Tampoco es la obediencia debida a los superiores para ejecutar sus órdenes al modo militar, político o económico.
            Obedecer a Dios es establecer una relación de amor, en este caso un amor filial. Esto exige en Jesús una intimidad con Dios muy intensa, la propia del amor entre un padre y un hijo, como se contempla en el siervo: «¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre […] Ahora, pues, dice el Señor, el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Mas yo era glorificado a los ojos del Señor, mi Dios era mi fuerza». Y se le describe como la Palabra que vive en la gloria divina desde siempre: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios»[5]. De ahí que Jesús sepa leer lo que quiere Dios en la historia y lo haga voluntad propia: «Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor» (Jn 15,10).
           
Como consecuencia de ello viene el compromiso libre con el que responde a Dios y se entrega por entero a todos; porque la voluntad divina a la que se sujeta Jesús es la salvación, es la recreación de todas las cosas para que manifiesten el proyecto que Dios tiene de ellas desde el principio del tiempo. Jesús lo hace con los enfermos, los pecadores, los pequeños, los paganos, los pobres. El Reino que proclama no es anuncio solo, es presencia real en la historia, aunque iniciada, que no cumplida por entero: «También nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?»[6]. Por el Espíritu anhelamos la salvación, no por nuestra tendencia natural e iniciativa, o porque las calamidades nos empujan a una salvación que en el horizonte histórico aparece como imposible. Pero dicha salvación —escribe Pablo― no se presenta en la historia toda y totalmente, sino desde la experiencia salvadora comenzada en la vida personal y colectiva por la Resurrección de Jesús se desea su aplicación y culminación en todos los bautizados.
La relación de amor con Dios, que inserta en la historia como presencia de la salvación, la simboliza Jesús con un estilo de vida sencillo y humilde, como corresponde al siervo. Fiel y obediente a la llamada divina, se lanza por los caminos de Galilea de forma que su disponibilidad a la causa de Dios le conduce a una vida itinerante que le aleja de su familia y de su trabajo. Es el servicio de Jesús como sacramento del amor donde viene a parar la obediencia. Pongamos un ejemplo, antes expuesto desde otra perspectiva. Juan y Santiago, dos componentes de los Doce, se acercan a Jesús para pedirle ocupar los lugares de más honor en su gloria[7]. La respuesta de Jesús frustra su aspiración y anhelo, y va en otra dirección: deben asumir su destino de pasión[8]. No es una recompensa con gloria, sino tener capacidad para transitar por el camino del sufrimiento. La gloria corresponde a la voluntad divina, a su soberanía y no al deseo de cada uno de conquistarla. Aquí está, en parte, el nivel de preferencias entre los seguidores. Ellos, con demasiada confianza en sí, responden: «podemos»[9].
La ambición de los hijos de Zebedeo provoca la rabia de los restantes discípulos. Entonces Jesús cambia la ambición por el servicio, que es la expresión externa de la relación de amor, fundamento de la formación del grupo, y expresa de una manera directa lo que es la obediencia a Dios: servir a los demás[10]. Y lo ejemplifica en la Última Cena: «[Jesús] se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. Después echa agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida [...] Pues si yo [...] os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies»(Jn 13,4-5.14).
La actitud que provoca una relación de servicio mutuo es la obediencia a Dios y a la misión de hacer presente el Reino, dicha obediencia es la única válida en la comunidad que forma el discipulado. Y esto no deben perderlo, por más sufrimiento que entrañe su misión y convivencia: «Todos serán sazonados al fuego [...] Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa,¿con qué la sazonarán? Vosotros tened sal y estad en paz entre vosotros» (Mc 9,49-50par).




[1] Cf. F. Martínez Fresneda, Madre Paula Gil Cano. Biografía Teológica. Murcia  2013, 412-426.
[2] Dios protege y recompensa a sus elegidos, como sucede con los jóvenes arrojados al horno por no comer manjares impuros en la corte de Nabucodonosor (cf. Dan 1,1-15); o con Daniel, cuando lo lanzan al foso de los leones (cf. 6,17-29); o con Susana y los dos viejos que quieren abusar de ella (cf. 13,1-63). Se pone un interrogante a la fidelidad de Dios al justo cuando este sufre y el injusto tiene suerte. Entonces pregunta Jeremías al Señor: «¿Por qué prosperan los malvados y viven en paz los traidores?» (12,1). Pero, no obstante las adversidades del justo, se mantiene la idea de la justicia y bondad de Dios (cf. Job 38-41).
[3] Cf. F. Martínez Fresneda, Jesús, Hijo y Hermano, 338-339.
[4] Rom 5,6; 6,16; Jn 8,34; etc.; cf. F. Martínez Fresneda, Jesús de Nazaret, 343-345.
[5] Is 49,1-5; Jn 1,1-2.
[6] Rom 8,23-24; Lc 11,3; Mt 6,10.
[7]  Mc 10,35-45 par. La gloria del Hijo del hombre se revelará en la parusía para llevar a cabo el juicio: «Si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, ante esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y acompañado de sus santos ángeles», Mc 8,38; cf. 13,26; Mt 25,31.
[8] La copa simboliza desgracia y destino como pasión y muerte: «El Señor tiene una copa en la mano, un vaso lleno de vino drogado: se lo hace beber hasta las heces a todos los malvados de la tierra», Sal 75,9; cf. Jer 51,7; 49,12; Ez 23,31-32; Hab 2,26; el bautismo comporta la misma significación: 2Sam 22,5; Sal 42,8; 69,2-3; Is 43,2; etc.
[9] Mc 10,39. Hay constancia del martirio de Santiago: «Por aquel tiempo el rey Herodes emprendió una persecución contra algunos miembros de la Iglesia. Hizo degollar a Santiago, hermano de Juan», Hech 12,1-2. Juan vive aún cuando Pablo visita Jerusalén por segunda vez, y opina que es una columna de la Iglesia: Gál 2,9.
[10] Marcos crea la misma escena durante un viaje que termina en Cafarnaún y después del segundo anuncio de la pasión (Mc 9,30-32). Discuten los Doce sobre quién es el más grande: «Si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos. Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: Quien acoja a uno de éstos en atención a mí, no me acoge a mí, sino al que me envió», Mc 9,33-37par. El significado del gesto de amor de Jesús reafirma la enseñanza previa al dicho del servicio: la debilidad y la insignificancia social que manifiesta la niñez, contra el poder político-militar y la relevancia económica de los jefes y poderosos, es la que encarna la dignidad de Jesús. En su vida y ministerio está la presencia del Reino, como enviado o embajador o representante del Padre.