domingo, 15 de junio de 2014

Adorar al Señor

                           ADORAR AL SEÑOR

                                  


Lectura del santo Evangelio según San Juan 6,51-59.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
1.- Dios.  Jesús dice que él es el «pan de vida» y el que «no coma de su carne y no beba de su sangre no tendrá vida». Para vivir, hay que comerle y beberle. Comer y beber es el fundamento de la vida misma, de forma que toda la vida se puede simbolizar con estos actos físicos que responden a la necesidad humana básica. Comer y beber a Jesús es poseer la vida divina, que él revela, lleva y ofrece. Por eso, comerle y beberle es la eternidad de Dios. Todo está relacionado: Dios, Jesús, la vida humana. Pero el camino que hay que recorrer para que se dé la unión entre la potencia y eternidad de la vida de Dios, es la vida en Jesús, que es comer su carne, beber su sangre, es decir, reconocerle como Hijo de Dios que no dudó en dar la vida por sus amigos. 
           
2.- La comunidad.- San Pablo afirma que el cuerpo de Jesús es la Iglesia (cf. 1Cor 12,27). Si Jesús, que es la cabeza de la Iglesia (cf. 1Cor 11,3), ofrece su vida, es decir su carne y su sangre, para que todas las gentes entren en la dimensión divina y adquieran el estatuto de eternidad, también la Iglesia se debe dejar comer para dar vida a todas gentes de todos los ámbitos culturales. Las Iglesias locales, y las comunidades que las animan, son las que generan cristianos por su entrega servicial y que están presentes en todos los pueblos del mundo.  Como el Logos deja la gloria del Padre, estos cristianos dejan su cultura, su familia, sus ideales, y se entregan a los ideales del Señor, que es dar vida. La comunidad cristiana será relevante cuando  se deje comer; sea alimento para los que pasan hambre en todas las dimensiones de la vida. Así es como se establece la comunión entre Dios y su pueblo, entre las personas entre sí y se respeta y defiende la creación.

           
1.- El creyente.- Jesús es el pan bajado del cielo, y lo multiplica y lo da a todos los que tienen hambre. Jesús es el pan bajado del cielo, y da la vida de salvación divina a los estamos maniatados en la tupida red que establecen nuestros intereses y los intereses de todos los humanos. Si pasamos de adorarle en el tabernáculo a comulgarle, es decir, a identificar nuestras actitudes con las suyas, estamos cumpliendo la finalidad de la Encarnación: poder vivir aquí con los ojos de Dios, con la vida de Dios, para sembrar en nuestra vida la eternidad de Dios.  El Señor nos ha dado de comer nada menos que a su Hijo; nos ha ofrecido su vida para que la nuestra se rehaga, se recree y busque unos objetivos que redunden en nuestra felicidad. No es cualquier comida o bebida que mantiene y alegre la vida, porque es la vida transida por el amor.

El Corpus


          EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO


                                   Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Juan 6,51-59.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: —Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: —Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
1.- Texto. Jesús obra el milagro o signo de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-14), y a continuación Juan presenta el discurso del pan de vida que termina con la Eucaristía.  Jesús dialoga con los galileos en Cafarnaún, cuyas expectativas del futuro salvador de Israel entrañan la donación al pueblo de los bienes materiales que sustentan la vida. Por eso quieren hacerle rey, lo que le obliga a huir (cf. Jn 6,15). Entonces Jesús cambia de tercio y les ofrece su vida, su sentido de vida,  como alimento. El párrafo propone tres claves para tener en cuenta: 1ªJesús es «el pan vivo bajado del cielo»: la vida de Dios, que es la vida eterna; 2ª «el que coma de este pan vivirá para siempre»: Jesús es el Logos en la historia, es la revelación de Dios en la creación, es la vida divina entre nosotros; 3ª «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»: la vida del mundo es la vida de Jesús en su desarrollo concreto en Palestina; sus actitudes básicas, sus hechos humanizadores y, como tales, salvadores, son los que alimentan de otra forma al pan y comida que nos sostienen en la existencia. 

           
2.- Mensaje.  Jesús alimenta la vida humana porque ha vivido y se ha entregado hasta la muerte en cruz por sus hermanos. El servicio, como la máxima expresión del amor del Señor a sus criaturas, lo ha llevado Jesús hasta el extremo y es su señal de identidad y la de sus seguidores en medio de todas las culturas que ha generado la humanidad a lo largo del tiempo. Nosotros, bautizados en su nombre, comiendo su carne y bebiendo su sangre, continuamos la obra salvadora del Señor en Jesús en la medida que generamos vida, la defendemos y la llevamos a su plenitud. Este amor que se entrega hasta el límite de dar la vida, es el que celebramos cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día en todas las partes del mundo. De esta forma los cristianos nunca podremos olvidar, y todos los demás hombres podrán un día comprender, que la vida está en dejarse comer por amor, como Jesús.

           
3. Acción. El tesoro que guarda la iglesia es la Eucaristía. Ella es su centro y culmen de relación con Dios y con todos los hombres. Porque la Eucaristía es Jesús como Palabra del Señor encarnada (cf. Jn 1,14), la que escuchamos como alimento de nuestra vida. La Eucaristía es hacer presente el sentido de vida de Jesús, que da su vida por sus amigos (cf. Jn 15,9-17). Y hacemos memoria de ello y lo celebramos. Unimos a Jesús nuestros gestos, nuestros actos, nuestras actitudes que favorecen la vida de los demás, y, a la vez, en la Eucaristía reconocemos, fortalecemos y pedimos que se siga ampliando nuestro servicio para beneficio de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestras funciones sociales.- Cuando adoramos al Santísimo estamos adorando al Señor que no duda en dar a su Hijo para que vivamos; cuando tenemos la forma consagrada ante nosotros, estamos adorando a Jesús que nos enseñó a vivir y a morir por amor; cuando exponemos la Custodia que contiene el pan consagrado estamos reconocimiento como salido de las manos del Señor el y el vino fruto de la tierra y del trabajo de los hombres.


Defiende la Tierra

EL DÍA DE LA TIERRA

                                                      

Francisco López Bermúdez
Facultad de Letras
Universidad de Murcia

Respetar  la Creación,  la Tierra, mediante el cuidado de todos sus elementos. Aprovechar los bienes de la naturaleza de manera razonable y durable, y con la responsabilidad de heredarlos a las futuras generaciones (Doctrina de la Iglesia)


La Tierra  es un planeta,  una pequeña parte del gran Sistema Solar y una  ínfima parte del inmenso Universo. Pero la Tierra es el hogar de todos los seres vivientes y suministra todos los recursos que sostienen la vida.  Ésta depende del funcionamiento de los grandes sistemas naturales (tierra, atmósfera, hidrosfera y biosfera) y, en concreto de unos recursos imprescindibles que son fuente de energía y alimento como el aire, el agua, el suelo fértil, la vegetación y los animales. La Tierra y sus ecosistemas son el hogar de la humanidad.
Reconociendo que la Tierra refleja la interdependencia que existe entre los sistemas naturales, los seres humanos y las demás especies vivas, en 1992, la Organización de las  Naciones Unidas declaró el 22 de abril como Día Internacional de la Madre Tierra. Fecha para reflexionar sobre el efecto que nuestros hábitos y, en general, nuestra vida cotidiana (sobre todo la de los países y gentes poderosas) tiene en el medio ambiente que nos acoge.  Esta proclamación es el reconocimiento de que la Tierra y sus ecosistemas nos proporcionan la vida y el sustento a lo largo de nuestra existencia. También supone reconocer la responsabilidad que nos corresponde de promover la armonía con la naturaleza y la Tierra, con el fin  de alcanzar un justo equilibrio entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras.

¿Por qué se necesita un Día de la Tierra?

Los problemas del medio ambiente a los que se enfrenta, actualmente, la población  mundial son muchos y bastante serios. El  llamado “desarrollo y “progreso”, ha llevado a la humanidad, a traspasar fronteras a costa  de los ecosistemas de la Tierra imprescindibles para la vida. El Día Internacional de la Tierra nos brinda la oportunidad de reafirmar nuestra responsabilidad colectiva de promover la armonía con la naturaleza en un momento en el que nuestro planeta se encuentra amenazado por el cambio climático, por la pérdida de biodiversidad, por la contaminación del aire, agua y suelo, por la explotación insostenible de muchos de los recursos naturales y otros problemas creados por la actividad humana.
           
El Día de la Tierra  también pretende mejorar la coordinación internacional para lograr un desarrollo durable, incentivar una economía verde, no depredadora,  y sacar a la gente de la pobreza.  Hoy sabemos que la mayoría de los cambios que el hombre provoca en la naturaleza tienen consecuencias adversas para el medio ambiente y para la población y, cuando se crean  amenazas para nuestro planeta, no solo se pone en peligro el único hogar que tenemos para vivir, sino incluso nuestra futura supervivencia. A pesar del gran desarrollo tecnológico alcanzado, la Tierra y sus recursos vitales aire, agua, suelo, vegetación y fauna siguen siendo y serán siempre, la fuente de nuestra  subsistencia.  La población mundial depende del planeta y sus recursos, la Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella aunque no nos percatemos de ello. Por esto,  el  Día Mundial  puede servir para reflexionar sobre el desbordante y derrochador  consumismo de los que pueden, sobre si saberes y tecnologías  sirven para un  mundo mejor y solidario y, si nuestro modo de vida tiene algún impacto negativo en el entorno ambiental en que vivimos. En definitiva si respetamos a la Madre Tierra.



El Espíritu y la Iglesia

                                      
                                                        EL ESPÍRITU SANTO

                                                            III


                                         El Espíritu en la tradición de la Iglesia

            Hay dos causas, entre otras, que desarrollan el estudio sobre la identidad del Espíritu. La primera proviene de las reflexiones de los Padres de la Iglesia sobre el mandato de Jesús a sus discípulos de ir a bautizar a todas las gentes «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28 19-20). La segunda versa sobre la preexistencia de Cristo que Pablo afirma en los himnos cristológicos y Juan en el «Prólogo» del Evangelio. Dios no es una soledad, o un ser aislado y abstracto. Tiene un Hijo, al que manda al mundo para salvarlo (cf. Gál 4,4-5; Heb 1,1-3). Y el Padre y el Hijo envían a los creyentes el Espíritu que habita en ellos y da la nueva vida en Cristo Jesús, prometiendo la resurrección que el mismo Padre ha obrado en su Hijo. Y no sólo ofrece la resurrección al final de la historia, sino que constituye a todos los bautizados en Hijos de Dios: «Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:¡Abbá Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos» (Rom 8,15-16).

           
Por consiguiente, la presencia del Espíritu en la vida y en la doctrina de la comunidad cristiana ha sido permanente. La Didajé (VII,1-3) repite la fórmula bautismal; como Hipólito de Roma (Trad. Apos.), Justino (Apología I,61), Ireneo (Demostración 7,83), etc. Es el amor del Padre, que envía a su Hijo para la salvación del mundo y que, a su vez, envía el Espíritu para llevar a término su obra salvadora y santificadora. Tertuliano atribuye al Espíritu la función de ser el revelador del Padre y elabora la fórmula de que la Trinidad son «tres personas y una sustancia» (Adv. Prax. 2.8,9); son nombres de personas, que no de sustancias y que entrañan una distinción de propiedades y no división. Orígenes concibe al Padre como el amor fontal de donde provienen todas las cosas y su ordenación, la voluntad de amor de la que es engendrado el Hijo, que es su Palabra y su Sabiduría. El Espíritu es la subsistencia en la relación recíproca entre el Padre y el Hijo (cf. Com. Johan., 3,8). Hay tres hipóstasis, pero una misma naturaleza.

            La reflexión sobre la divinidad del Espíritu y por ende la formulación de la Trinidad en Dios proviene en el cristianismo de su función salvadora. En la historia existe una oferta permanente de salvación que la facilitará por la presencia del Espíritu y que en la reflexión de los Padres Capadocios se instrumentaliza como un proceso de santificación que alcanza la unión con Dios. El Espíritu Santo es el Espíritu santificador de la comunidad cristiana y de cada uno de los bautizados, que purifica del mal, desarrolla y potencia las virtudes cristianas, transforma a las personas y les hace alcanzar, finalmente, la divinidad. Pero los Padres también afrontan el problema de la distinción dentro de la Trinidad Divina con ocasión del desarrollo de la pneumatología. Se responde a la pregunta de qué hay en la divinidad que distinga a las tres personas. Ese algo que debe ser por fuerza divino, que no accidental y como venido de fuera de la misma esencia de Dios. Lo que distingue a Dios en sí son las procesiones, o las relaciones: lo distingue sin romper su unidad esencial. Lo que nosotros experimentamos en la historia de Dios existe en Él mismo: El Padre engendra al Hijo; el Hijo es engendrado; y el Espíritu también recibe el ser del Padre y tiene la misma esencia que el Hijo. Estas relaciones internas son las que estructuran la vida cristiana y la creación por medio de las misiones divinas que hacen al cristiano aflorar la novedad de la estructura creada de la creación y de la historia humana, como la intuición de cómo es Dios en sí mismo. La realidad de Dios es trinitaria, pero también la realidad creada. Si Dios es una triple relación de amor, también lo es la realidad que ha salido de su bondad.

           
La Iglesia se aferra a la revelación de la Escritura y corrige en los términos que las herejías intentan desviar la experiencia y el contenido de la fe cristiana. Y los Concilios no tienen más remedio que inculturar la fe neotestamentaria. Ya hemos visto el término «consustancial» aplicado a Jesucristo en Nicea (DH 125). Ahora con el Espíritu, pasa de una simple afirmación de este Concilio (DH 125) y de Dionisio Romano (DH 112), a un desarrollo igual que tuvo el Hijo en el Concilio I de Constantinopla, que recoge el Símbolo de San Epifanio (DH 44) y es convalidado como ecuménico en el de Calcedonia: «Creemos en un solo Dios [...] Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, que habló por los profetas» (DH 150). Por esta época el Concilio Romano con el papa San Dámaso concluye: «Esta es la salvación de los cristianos: que creyendo en la Trinidad, es decir, en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, [y] bautizados en su nombre, creamos sin duda alguna que ella es una sola divinidad y potencia, majestad y sustancia» (DH 176). Y así continúan estas afirmaciones los Concilios de Toledo: el I del año 400 (DH 188); el III del año 589 (DH 470) y el XI del año 675 (DH 527).


           
El Concilio Vaticano II precisa muy bien que el fundamento de toda la revelación cristiana descansa en la Trinidad y ella constituye el centro del misterio divino manifestado en la Encarnación, en la Resurrección de Cristo y en Pentecostés: «La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre. Este designio dimana del “amor fontal” o caridad de Dios Padre, que siendo principio sin principio del que es engendrado el Hijo y del que procede el Espíritu Santo, creándonos libremente de su benignidad excesiva y misericordiosa y llamándonos además por pura gracia a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad y no deja de difundir la bondad divina, de modo que el que es Creador de todas las cosas se hace por fin todo en todas las cosas (1Cor 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (Ad gentes 2; cf. Lumen gentium 2).

lunes, 9 de junio de 2014

Jerusalén y Egeria

                  "Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar". 
                                           Todos somos Egeria.   
                                                                                                                                                                                    
                                                                                                                                   
                                                  Elena Conde Guerri
                                                       Facultad de Letras
                                                                  Universidad de Murcia


           
"Que se me pegue la lengua al paladar, Jerusalén, si yo me olvido de ti", expresaban en el Salmo 136 con doliente nostalgia los judíos en aquel su exilio cuando sus cítaras, mudas, colgaban de los árboles que jalonaban los ríos de Babilonia. El texto es poético y no exento de problemas de autoría ni de fechas, pero la intención es transparente. No podían alabar a Dios ni cantarlo con júbilo como El merecía, pero tenían el privilegio innato de la memoria  cognoscitiva para clavar en ella el símbolo y poder también transmitirlo. La Ciudad Santa  era el icono que alentaba su espera.
En el transcurso de los siglos, Jerusalén se ha convertido en la Ciudad "tres veces santa" y la reciente peregrinación del Papa Francisco lo ha manifestado con creces. Días plenos de oración, esencialmente, en compañía de los máximos representantes de las otras confesiones monoteístas para que en el horizonte venidero jamás se imponga la tentación de arrinconar a Dios en un paisaje yermo y silente, cuya única melodía sea la generada por el rechazo al ecumenismo y la adoración a los ídolos de barro. No es hoy mi intención insistir en lo que bien ha expresado la Crónica Franciscana al respecto. Quiero remontarme a la Antigüedad, a un documento pleno de vitalidad que en este viaje papal se destaca renovado y luminoso. La llamada Peregrinación de Egeria, diario de viaje no tan conocido fuera del campo de los estudiosos, redactado en lengua latina y por un autor anónimo, verosímilmente en los primeros momentos del siglo V de nuestra era. Es su contenido lo que importa. Egeria es una mujer, a mi parecer acomodada, que llevada de su ansia por conocer los Santos Lugares donde vivió Jesús, emprende un itinerario desde un punto del Imperio de Occidente y en compañía de un grupo reducido movido por los mismos intereses. Todos sabemos que un viaje puede fracasar si la motivación de sus integrantes es dispar. Aquí, la peregrina no persigue realizar un periplo arqueológico ni artístico, ni mucho menos superar un reto personal para salir indemne de cartografías muy lejanas, difíciles y en ocasiones peligrosas. La finalidad es espiritual, es nutrirse de la esencia que la historia bíblica imprimió en dichos lugares y, a la vez, participar de la liturgia  que se oficiaba en las Basílicas emblemáticas, ya construidas: Belén y la llamada Anástasis. Su primer impacto es la visión del Sinaí pues, evidentemente, en su itinerario la progresión histórica se adapta al territorio. "Aunque hay varias cumbres, al conjunto se le llama Monte de Dios sobre todo a aquel en cuya cumbre se encuentra el lugar donde descendió la majestad de Dios, como está escrito". En el Sinaí empieza todo, la esencia de la revelación mucho más perfeccionada, a mi entender, con la exigencia de la obediencia y la fidelidad a su tutela y transmisión. Y del Sinaí, poco a poco y no sin algún incidente aventurero y episódico, el grupo llegará a Jerusalén. Sorprende, en principio, la brevedad que Egeria concede a la ciudad en sí y a la descripción arquitectónica de sus basílicas. Aunque menciona sus materiales preciosos, sus mármoles y sus mosaicos,  y las incrustaciones de piedras preciosas de sus objetos litúrgicos, "sería superfluo describirlo". No es su propósito, como se ha dicho. Las aspiraciones vuelan de modo ascendente.
El ámbito queda superado y sacralizado, en cierto modo, por la PALABRA manifestada en el ritual sensitivo de la liturgia. De hecho, la segunda parte de este librito se concentra exclusivamente en la liturgia vigente en Jerusalén, desde la Epifanía hasta después de Pentecostés. En la basílica de la Resurrección, por ejemplo, desde que rompe a cantar el primer gallo, el Obispo desciende a la gruta, se abren todas las puertas y toda la muchedumbre que esperaba entra en ella, iluminada por innumerables luces. Y en las lecturas pertinentes, los asistentes se dejaban llevar por sus sentimientos y emoción ante las torturas previas del Señor, estallando en llanto sin el menor pudor. Ritual y corazón iban de la mano en una sensibilidad cristiana muy propia de la época de Egeria, tal como muchas fuentes describen. Pero tales escenas nunca empañaban el mensaje esencial.


Lea este Itinerario quien lo desee. Está traducido en español. Todos tenemos nuestros viajes, nuestros periplos secretos a veces inalcanzables, oscilantes, quizá sin brújula. Rutas inimaginables, por aventura, curiosidad, necesidad vital,  exigencias culturales, hasta por hastío. Por imperativo de las modas impuestas aquí y ahora. En el siglo XIX, y ya con el precedente de Winckelmann,  las clases acomodadas subyugadas por el revival de lo clásico estaban obligadas a realizar le grand tour. En parte esnobismo, no menos cierto circulación de cultura, conocimientos y belleza. Y los de formación luterana, se enganchaban sensorialmente ante el David de Miguel Angel o ante las gaviotas del Bósforo y también su  corazón se aceleraba. Entrado el siglo XXI, los grandes circuitos culturales deben de mantenerse para no llegar a una esterilidad que presuntamente nos amenaza. Pero no deben ni pueden ser meros itinerarios escenográficos ni paisajísticos ni gastronómicos. El verdadero viaje es siempre interior. Aunque se pisen los paisajes reales donde la Jerusalén, añorada y real, se erigió. El Papa Francisco lo ha demostrado esta vez y nos lo ha querido enseñar con creces. Y también, los PP. Franciscanos, Custodios por derecho propio de los Santos Lugares desde tantos siglos atrás, que siguen fieles al mensaje que persiguió la misteriosa peregrina Egeria.


                           

Custodio Tierra Santa

Las tres relaciones divinas

                                                              LA TRINIDAD



                                                       «Tanto amó Dios al mundo»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 3,16-18.

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: —Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

1.- El Padre.  La conclusión de la Iglesia cuando ora, medita y enseña la vida de Jesucristo es que Dios, que le ha enviado, es Amor; es donación de sí al Hijo y del Hijo al Padre (cf. Lc 10,21-22). Dios no ha retenido para sí al Hijo. Él ha regalado lo más preciado de su vida para que tengamos vida, sin mérito alguno por nuestra parte. Dios no aceptó perdernos cuando pecamos al inicio de la historia. Dios no es el que está sentado en su trono para observar a la creación de una manera impasible cómo nos esclavizamos y nos matamos.  Es como un padre y una madre, que siempre lo serán aunque los hijos se alejen o se independicen. Dios entrega a su Hijo a la historia humana y con ello vive los horrores que hemos creado en nuestra convivencia malsana. Pero Jesús experimenta nuestro mal sin dejar de obedecer y ser fiel al amor del Padre, los que ha supuesto nuestro perdón definitivo. Además, su resurrección nos crea la esperanza de que nuestra vida no termina donde nuestro pecado fijó su destrucción: la muerte, sino en la vida sin fin de su amor eterno.
2.- La Comunidad.  La Trinidad expresa la comunión entre las relaciones divinas. Dios crea, recrea y salva, y las tres funciones están íntimamente relacionadas. No hay ni oposición, ni distanciamiento entre ellas, sino funciones que se suceden unas a otras, se complementan y se fortalecen. La comunidad humana y cristiana es imagen de estas relaciones divinas. La familia crea y desarrolla la vida, de forma que hace de niños personas. La sociedad y la comunidad cristiana crea al recrear y desarrollar las vidas que no han tenido la oportunidad de alcanzar su dignidad, o simplemente complementan desde las relaciones amorosas divinas nuestros fallos y pecados culturales e institucionales. Como la persona, las sociedades y las comunidades tienden a buscarse a sí mismas, desconociendo el nombre de los vecinos, por hemos construido muros bien altos para no ver lo que pasa en África, por ejemplo. La comunidad cristiana posee el Espíritu, que le recuerda constantemente cuál es su misión: hacer relevante a un Dios que continuamente crea, recrea y salva, porque no se cansa de darse sin límite a nuestra vida común y personal. 
3.- El creyente. Nosotros, al ser amados por Dios (cf. Rom 5,8-9), adquirimos la capacidad para amar, porque Dios es el origen y la raíz de todo amor. Cuando amamos al prójimo y amamos a la creación es una expresión visible del amor a Dios; el sacramento del encuentro con Él; no hay otra forma de demostrar que el amor a Dios es verdadero. Por otra parte, Jesús enseña la unión entre el amor a Dios y el amor al hermano (cf. Mc 12,28-34par). Esto nos conduce a denunciar los dioses que se han instalado en nuestra conciencia proveniente de una cultura esencialmente egoísta y mercantil. Creamos dioses al uso, iconos del arte, la ciencia, el deporte, la política, etc., donde tapamos a Aquel que es el que realmente favorece la paz interior y la relación pacífica con los otros, reconociéndolos como parte de nosotros. Debemos pedir al Señor que tengamos una experiencia verdadera de su amor, para resituar todos nuestros mitos, nuestros ídolos, nuestros dioses, que impiden una y otra vez un diálogo franco y sincero con el Señor y con los demás.


Santos Franciscanos: 12-15 junio

            12 de junio



            Guido de Cortona (1187ca.–1245ca.)

El beato Guido nace en Cortona (Arezzo. Italia) hacia el 1190, de la familia Vignotelli. Sigue los estudios eclesiásticos y es ordenado sacerdote. San Francisco le visita en 1211. Es entonces cuando le solicita hacerse franciscano. San Francisco le dice que diera todo a los pobres. Así lo hace y se entrega de alma y cuerpo a la fraternidad de Cortona situada fuera de los muros de la ciudad. Con el Seráfico Padre se retira por un tiempo a un lugar llamado Las Celdas vecino a Cortona. San Francisco, veinte años después de su muerte, se aparece a Guido y le predice el día de su muerte. En efecto, el beato Guido fallece el día, que se lo había revelado San Francisco en un sueño. El papa Gregorio XIII aprueba su culto en 1583.

                          Común de Santos Varones

Oración. Dios Padre misericordioso, que en el beato Guido has dado un ejemplo de oración y humildad callada, concédenos, por su intercesión, que podamos llevar a Cristo a los hermanos con la santidad de nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo.


                           12.1 de junio



                Yolanda de Polonia (1235-1298)

La beata Yolanda, clarisa, nace en 1235, hija de Bela IV, rey de Hungría, y de María Lascaris, de la casa imperial griega. Es hermana de la beata Cunegunda, y emparentada con Santa Eduvigis, San Esteban rey, San Ladislao y Santa Margarita, reina de Suecia. Se desposa con Boleslao, duque de Kalisz, llamado Boleslao el Pío. Tiene tres hijas. Muere su esposo, y con su tercera hija ingresa en las clarisas de Sandeck, donde vive su hermana Cunegunda. Fallecida ésta en 1292, Yolanda, huyendo de la invasión de los turcos, se traslada con su hija al convento de Gniezno, fundado por su esposo Boleslao. Practica la devoción a Cristo pobre y crucificado, la oración continua y la humildad en su oficio de abadesa, siendo una verdadera servidora de sus hermanas. Muere el 11 de junio de 1298. El papa León XII aprueba su culto el 26 de septiembre de 1827.

Común de Santas Mujeres

Oración. Dios de bondad y misericordia, que con el ejemplo de la beata Yolanda nos has enseñado a preferir el seguimiento humilde de Cristo antes que las riquezas y honores, concédenos anteponer los valores eternos de tu reino a los bienes caducos de este mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.

           12.2 de junio



        Florida de Cévoli (1685-1767)

Lucrecia Elena nace en Pisa (Toscana. Italia) el 11 de noviembre de 1685, hija de los condes Curzio Cevou y Laura de la Seta. Se forma desde los trece años en las clarisas de San Martín. Después de su formación ingresa en las clarisas capuchinas del monasterio de Città de Castello el 7 de junio de 1703, en el que reside la afamada religiosa Sor Verónica Giuliani, que será su maestra de noviciado. Toma el nombre de Florida. Profesa el 10 de junio de 1704. En 1708 fallecen sus padres. En 1916 es vicaria y a partir de 1727 abadesa. Alma de oración, se identifica con la espiritualidad francis-cana de seguir a Cristo crucificado, con una actitud de humildad y misericordia entrañable hacia las hermanas. Muere el 12 de junio de 1767. El papa Juan Pablo II la beatifica el 16 de mayo de 1993.

Común de Vírgenes

Oración. Oh Dios, fuente de salvación, que has inflamado con tu amor a la beata Florida, llevándola hasta las cimas de la perfección evangélica por el camino de la renuncia y de la cruz, concédenos experimentar su mismo amor, para progresar en el conocimiento y en la sabiduría del misterio de la cruz. Por nuestro Señor Jesucristo.

12.3 de junio



Mártires Franciscanos de Polonia (†1940-1943)

El Nazismo persiguió a muchos polacos en razón de su fe cristiana. Durante el período de la Segunda Guerra Mundial de 1940-1943 fueron asesinados estos hijos de la Familia Franciscana en Polonia:
OFMConv: ANTONINO BAJEWSKI (1915-1941), colaborador de San Maximiliano Kolbe, es arrestado el 17 de febrero de 1940. Trasladado a Auschwitz muere el 8 de mayo de 1941. PIUS BARTOSIK (1909-1941) reside en el convento de Niepokolanow, responsable de la prensa mariana. Es apresado el 17 de febrero de 1940. Muere en Auschwitz el 12 de diciembre de 1941. INOCENCIO GUZ, confesor de la fraternidad Niepokolanow, es deportado en abril del año 1940 al campo de concentración de Sachsenhausen, donde es asesinado el 6 de junio de 1940. AQUILES PUCHALA (1911-1943) se deja apresar para ir con sus feligreses también arrestados. Es asesinado el 19 de julio de 1943 en Borowikowszczyzna. HERMAN STEPIEN (1910-1943) se deja coger con el P. Puchala y sus parroquianos. Es asesinado el mismo día y en el mismo lugar que él. TIMOTEO TROJANOWSKI (1908-1942) residente en el convento de Niepokolanow, es apresado y trasladado a Auschwitz el 14 de octubre de 1941; muere el 28 de febrero de 1942. BONIFACIO ZUKOWSKI (1913-1942) es tipógrafo en el convento de Niepokolanow. Arrestado el 14 de octubre de 1941, es deportado a Auschwitz, donde muere de pulmonía el 10 de abril de 1942. Beatificados por Juan Pablo II el 13 de junio de 1999.
OFM: CRISTIAN GONDEK (1909-1942), residente en el convento de Wloclaweck. Es arrestado el 26 de agosto de 1940 y recorre los campos de concentración de Szczyglin, Sachsenhausen y Dachau. Muere el 23 de julio de 1942. MARCIN OPRZADEK (1884-1942), apresado el 26 de agosto de 1940 y asesinado en la cámara de gas el 18 de mayo de 1942. ANASTASIO PANKIEWICZ (1882-1942), fundador de las Hermanas Antonianas de Cristo Rey, muere en la cámara de gas de Dachau el 20 de mayo de 1942. NARCISO TURCHAN (18791942), Guardián del convento de Wloclawek, fallece en Dachau el 19 de marzo de 1942. BRUNO ZEMBOL: (1905-1942) lo arrestan en la cárcel de Lublin, para después llevarlo a los campos de concentración de Sachenhausen y Dachau donde pasa a la gloria del Padre el 21 de agosto de 1942. Beatificados por Juan Pablo II el 13 de junio de 1999.
OFMCap: FIDEL CHOJNACKI (1906-1942) muere tuberculoso en el campo de concentración de Dachau el 9 de julio de 1942. SINFORIANO DUCKI (1888-1942), residente en la fraternidad de Varsovia, es llevado al campo de concentración de Auschwitz donde es fusilado el 11 de abril de 1942. ANICETO KOPLINSKI (1875-1941) muere en la cámara de gas de Auschwitz el 16 de octubre de 1941. ENRIQUE KRZYSZTOFIK (1908-1942), guardián de Lublin, llevado a Dachau muere extenuado por el trabajo y el hambre el 4 de agosto de 1942. FLORIAN STEPNIAK (1912-1942), residente en el convento de Lublin, es deportado a Dachau donde muere en la cámara de gas el 12 de agosto de 1942.
El papa Juan Pablo II los beatifica el 13 de junio de 1999 en Varsovia, y establece que su fiesta se celebre el 12 de junio.

Común de Mártires

Oración. Dios misericordioso y eterno, que concediste a los Mártires Franciscanos de Polonia participar en la pasión de Cristo, ayúdanos con su gracia en nuestra debilidad, para que, a ejemplo de estos Mártires que no dudaron en morir por ti, profesemos firmemente la fe con nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

      13 de junio


        Antonio de Lisboa/Padua (1191-1231)

Fernando Martins nace en Lisboa (Portugal) hacia 1191; es hijo primogénito de Martín de Alfonso y de María Taveira. Estudia en la escuela catedralicia y alrededor de 1210 ingresa en el monasterio de canónigos regulares de San Agustín de San Vicente de Fora, cerca de Lisboa. En 1212 estudia en Santa Cruz de Coimbra, donde recibe la influencia de la Escuela teológica de San Víctor. En 1219 conoce a la comunidad franciscana de Coimbra, residente en el eremitorio de Olivais. Le llama la atención su sentido de vida pobre y fraterno. Se incorpora a la fraternidad cuando presencia la llegada de los restos de Berardo y compañeros, primeros mártires franciscanos, muertos en Marrakech. Juan Parenti, provincial de España, preside su toma de hábito en 1220. Cambia el nombre de Fernando por Antonio, pues el eremitorio de Olivais está dedicado a San Antonio Abad. Viaja a las misiones de Marruecos con Felipe de Castilla. Contrae la malaria. Al regresar a Portugal una tempestad conduce el barco hasta Sicilia. Pasa un tiempo en Milazzo. En junio de 1221 asiste al Capítulo de las Esteras en Asís. Conoce a San Francisco, se pone al servicio de Gracián, provincial de la Romaña. Se traslada al eremitorio de Montepaolo, vecino a Forli. Recupera la salud y se le destina a predicar en el norte de Italia contra la herejía cátara. En el año 1224 predica en Bolonia y enseña en el centro de estudios de la Orden de Santa María de la Pugliola. Le envían al sur de Francia para combatir la herejía albigense. Enseña en Montpellier y Tolosa. Es guardián del convento de Le Puy-en-Velay, situado al oeste de Valence y Lyón. Es nombrado custodio de Limoges en el capítulo de Arlés de 1225. Funda una fraternidad cerca de Brieve. En 1225 participa en el sínodo de Bourges. Compone los «Sermones Dominicales y Festivos». Se retira a Camposampiero en 1231. Le da un ataque de hidropesía y cuando es llevado a Padua muere el 13 de junio en Arcella. El papa Gregorio IX lo canoniza en Espoleto un año después y el papa Pío XII lo declara Doctor Evangélico el 16 de enero de 1946.

                                               Común de Doctores

Oración. Dios misericordioso y eterno, tú que has dado a tu pueblo en la persona de San Antonio de Padua un predicador insigne y un intercesor poderoso, concédenos seguir fielmente las exigencias del Evangelio para que merezcamos tenerle como protector en todas las adversidades. Por nuestro Señor Jesucristo.


           15 de junio


          Luis María Palazzolo (1827-1886)

El beato Luis, de la Orden Franciscana Seglar, nace el 10 de diciembre de 1827 en Bérgamo (Lombardía. Italia). Huérfano de padre a los 10 años, es educado por su madre con un espíritu cristiano impregnado de la caridad hacia los pobres. Es ordenado sacerdote el 23 de junio de 1850. Es destinado a la parroquia de San Alejandro, después a la iglesia de San Bernardino. Funda la Congregación de las Hermanas de las Pobrecillas con la colaboración de Teresa Gabrieli. Se extienden por Luxemburgo, Suiza, Francia, África. En 1872 crea los Hermanos de la Sagrada Familia para asistir a los niños huérfanos. Se extienden por Bérgamo, Vicenza, Brescia. El beato Luis predica innumerables misiones populares, y es un especialista en ejercicios espirituales. Muere el 15 de junio de 1886. El papa Juan XXIII lo declara beato el 19 de marzo de 1963.

          Común de Pastores o Santos Varones

Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Luis la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.