lunes, 4 de abril de 2016

La misericordia en San Francisco: II-5

                                     La misericordia en San Francisco


                                                        II-5

            1º Reconducir la vida personal

            La llamada divina afecta directamente a su ser. Sin tocar la gratuidad de la fe y de la vida, el «todo es gracia», hay una parte de nuestra existencia que, al cambiarla el Señor, se debe reconducir. Me refiero al dominio de su voluntad. La opción que hace de seguir a la letra a Jesús pobre y crucificado le conduce a despojarse de todo. La pobreza le coloca en la situación de los marginados de la tierra. Pero no sólo eso. Más importante para él es la pobreza como vacío de sí que aprende del Hijo de Dios cuando asume la vida humana, o de la afirmación del himno de la carta a los Filipenses: «[Cristo] siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres»[1]. Francisco sigue a Jesús pobre y crucificado; esto hace que se ajuste su interioridad conflictiva, porque no le regalan la minoridad y su ser siervo. Las ínfulas de poder y enriquecimiento que vive en su familia y sociedad[2] son una muestra del cambio de vida que tiene que hacer, aunque la motivación y la conversión ciertamente sea un don de Dios. Por un lado le lleva a reconocer su situación real ante Dios, «... porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más»[3], y por otro lado, desde Dios ante el mundo: «Confieso, además, al Señor Dios Padre y al Hijo y al Espíritu Santo [...] todos mis pecados. En muchas cosas he ofendido por mi grave culpa [...] o por negligencia, o por ocasión de mi enfermedad, o porque soy ignorante e iletrado»[4]. La relación que Dios mantiene con él le hace ser consciente de su culpa y de la necesidad de liberarse del mal instalado en su yo: «... superándose a sí mismo, se llegó a él [leproso] y le dio un beso. Desde este momento comenzó a tenerse más y más en menos, hasta que, por la misericordia del Redentor, consiguió la total victoria sobre sí mismo»[5]. De esta forma controla la soberbia y la vanagloria que son las que someten a Dios, a los demás y a la creación a los intereses personales.


            Otro aspecto que se da, a la vez, de la penitencia es el seguimiento de Jesús. Cuando Francisco emprende el camino de la penitencia, llama la atención a sus conciudadanos de Asís, y no precisamente para su edificación. En un determinado momento se le unen tres personas muy conocidas en la ciudad: Sabbatino, Morico y Juan de Capella, que obedecen las órdenes del Poverello de vivir de la limosna. Entonces les echan en cara «que habían dado sus bienes propios para consumir los ajenos [...] Sus mismos parientes y consanguíneos los hacían blanco de su persecución. Otros ciudadanos hacían burla de ellos, como de memos y locos, porque en aquellos tiempos a nadie se le ocurría dejar sus propios bienes para luego pedir limosna de puerta en puerta». Así se concreta en la Regla: «Y guárdense los hermanos y sus ministros de ser solícitos de sus cosas temporales, para que libremente hagan de sus cosas lo que el Señor le inspirare. Con todo, si se busca un consejo, tengan licencia los ministros de enviarlos a algunos temerosos de Dios, con cuyo consejo sus bienes se distribuyan a los pobres»[6]. Hasta el obispo de Asís, a quien Francisco confía todos sus propósitos y con el que contrasta cada nuevo paso que da para seguir a Jesús según el Evangelio, le aconseja que desista de vida tan dura. Francisco acierta en la respuesta: «Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo»[7]. De esta forma legisla para la fraternidad, cuya firmeza se acentúa conforme pasan los años: «Guardémonos, por lo tanto, los que lo dejamos todo no sea que perdamos por tan poca cosa el reino de los cielos. Y si en algún lugar encontráramos dinero, no nos preocupemos de él, como del polvo que hollamos con los pies, porque es vanidad de vanidades y todo vanidad»[8]; «Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero o pecunia por sí ni por interpuesta persona»[9]; y en el Testamento enfatiza la firme obediencia en la no posesión de cosas, viviendas o privilegios, reduciendo los bienes al intercambio por el trabajo, peculiaridad de las sociedades agrícolas: «Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros frailes trabajen en trabajo que conviene a la decencia. Los que no saben, aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el ejemplo y para rechazar la ociosidad»[10].


            Por consiguiente, Francisco cambia de vida al escuchar al Señor e introducirse en la historia de Jesús, hechos que le conducen a liberarse de los valores que establecen el poder entre los hombres —escena con su padre y el obispo de Asís[11]; revelación de Dios proponiéndole una nueva misión —palabras que le dirige el crucifijo[12]; descubrimiento de un «mundo nuevo», que supone una «vida nueva» para la que hay que «nacer de nuevo» —el encuentro con el leproso[13]. La clave del cambio de vida —la experiencia de Dios como amor—, la coloca Francisco cuando le habla el crucifijo[14]; Clara de Asís piensa igual[15]. Tal experiencia de amor entraña una visión del pasado de su vida, un movimiento hacia atrás por el que comprueba la inutilidad de los proyectos familiares y sociales; a esto alude cuando dice «salí del mundo»[16], entendido el mundo como la inclinación al mal[17], la vanidad[18] y la soberbia y el poder que provienen del poseer[19].



[1] Flp 2,6-7; cf. Jn 1,14.
[2] Cf. 1Cel 1-2; LM 1,1
[3] Adm 19,2; cf. Adm 12,1-3; 13,2.
[4] CtaO 38-39; Tes 29.
[5] 1Cel 17; cf. Rnb 17,9-16
[6] Rb 2,7-8; cf. Rnb 2,1.5.
[7] TC 35; cf. AP 15
[8] Rnb 8,5-6; textos citados: Mc 10,28par; Eclo 1,2.
[9] Rb 4,1; cf. Rnb 8,1-12.
[10] Test 20-21; cf. 24-25.
[11] Cf. 1Cel 8-15; cf. supra 1.2.3. 1º
[12] Cf. 1Cel 10; LM 2,7.
[13] Cf. 2Cel 9; LM 1,9; cf. infra, III. 3.1.3. 2º a.
[14] Cf. Test 1-4; Rnb 22,9.47-48; 23,3; 1Cel 33. 69.
[15] TesCl 9-10: «Pues el mismo Santo, cuando aún no tenía hermanos ni compañeros, casi inmediatamente después de su conversión […], mientras edificaba la iglesia de San Damián, donde, visitado totalmente por la consolación divina, fue impulsado a abandonar por completo el siglo».
[16] Test 4; cf. 1Cel 33.
[17] 2CtaF 63-67: «Por otra parte, todos aquellos que no viven en la penitencia y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y cometen vicios y pecados; y los que caminan tras la mala concupiscencia y los malos deseos, y no observan lo que prometieron, y sirven corporalmente al mundo por los deseos carnales, por los cuidados y preocupaciones de este siglo y por los cuidados de esta vida, engañados por el diablo, de quien son hijos y hacen sus obras (cf. Jn 8,41), son ciegos, porque no ven la luz verdadera, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo de Dios en sí, que es la verdadera sabiduría del Padre; de los cuales se dice: Su sabiduría ha sido devorada (Sal 106,27)»; cf. 1Cel 22.
[18] Rb 10,7-8: «Pero amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden los frailes de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (cf. Lc 12,15), cuidado y solicitud de este siglo (cf. Mt 13,22), detracción y murmuración; y no cuiden los que no saben letras de aprender letras; sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación»; cf. 1Cel 5.
               [19]  SalV 10-11: «La pura santa Sencillez confunde toda la Sabiduría de este mundo (cf. 1Cor 2,6) y la Sabiduría del cuerpo. La santa Pobreza confunde a la Codicia y a la Avaricia y a los Cuidados de este siglo »; cf. 1Cel 8 ; son las tres propuestas que se le hace a Jesús para desviarlo de la misión que Dios le encomienda hacen para romper su relación filial (cf. Lc 4,1-13; Mt 4,1-11). 

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