lunes, 16 de marzo de 2015

«Si el grano de trigo no muere...»

V DOMINGO CUARESMA (B)
    «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo»        

                                                       
Lectura del santo Evangelio según San Juan 12,20-33.

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre».
            Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
            Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

1.- Texto. El Evangelio de Juan afirma en otros pasajes: «Decían los judíos unos a otros: —¿Adónde va a marchar este que no podamos encontrarlo? ¿Acaso va a marchar a la diáspora para instruir a los griegos? ¿Qué significa esta palabra que dijo: “Me buscaréis y no me encontraréis, y donde yo estoy no podéis venir vosotros”?». «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor» (Jn 3,16-17; 10,16). Ha llegado la hora de que sean incorporados todos los hombres a la salvación que el Señor ofrece por medio de Jesús. Es una constante que ha enseñado en su ministerio: Dios es de todos, que hace salir el sol para buenos y malos (cf. Mt 5,45). Dios no es patrimonio de ningún pueblo, sino que pertenece a toda la humanidad, a cada persona, como vimos en la expulsión de los mercaderes del templo; todo el mundo puede relacionare con Él al margen del templo oficial hebreo. Pero la vía de acceso al Señor es el amor de Jesús, amor que llega al límite de dar su vida por todos. Es el grano de trigo, que, para que se multiplique, tiene que morir antes.

2.- Mensaje. En sentido de morir para que el grano se reproduzca es el siguiente. En la Última Cena Jesús «antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. […] se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido» (Jn 13,3-5). En un signo para que los discípulos no tuvieran duda de cómo la vida de Jesús es salvadora: sólo cuando sirve a los demás, siguiendo el mandato del Señor de llevar a cabo su revelación como Amor como siervo sufriente. Y se lo advirtió a todos cuando pedían ocupar los mejores puestos en su hipotético reino lleno de poder y de gloria humanas: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

3.- Acción. Al acabar de lavarles los pies a los discípulos les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros (Jn 13,12-13) En el discurso de despedida, antes de padecer y morir, Jesús les dijo: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros (Jn 15, 12-17). Y sentencia en la Última Cena: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35). Lo escucharemos el Jueves Santo de nuevo y varias veces a lo largo de año. Y es que no hay otra forma de ser persona y cristiano, por más que no nos comprendan, nos persigan o nos crucifiquen injustamente en nuestra vida. La respuesta es amar y servir desde nuestra libertad.




lunes, 9 de marzo de 2015

Familia Franciscana: Santos y Beatos: 8-15 marzo

12 de marzo
Ángela Salawa (1881-1922)

            La beata Ángela Salawa, de la Orden Franciscana Seglar, nace en Siepraw (Cracovia. Polonia), el 9 de septiembre de 1881; es hija de Bartolomé Salawa y Eva Bochenek. En 1897 se traslada a Cracovia, donde trabaja como empleada de hogar. Después de la muerte de su hermana Teresa trata de vivir la fe en la humildad y la pobreza. «Amo mi trabajo -decía- porque en él encuentro una excelente ocasión de sufrir mucho, de trabajar mucho y de orar mucho; y, fuera de esto, no deseo nada más en el mundo». En 1911 fallece su madre y la mujer a quien sirve. El 15 de marzo de 1912 ingresa en la Orden Franciscana Seglar, y hace su profesión el 6 de agosto de 1913. En la Primera Guerra Mundial ayuda al personal sanitario en los hospitales de Cracovia, asistiendo y confortando a los soldados heridos. Enferma en 1917; se le atiende en el hospital de Santa Zita por poco tiempo. Al fin se recluye en una pequeña habitación donde vive entregada a la oración y padeciendo horribles dolores durante cinco años. En octubre de 1920 participa en una peregrinación a Chestochowa para orar a la Virgen de Jasna Gora. Muere el 12 de marzo del año 1922 en Cracovia. El papa Juan Pablo II la beatifica el 13 de agosto de 1991.

                                               Común de Vírgenes

Oración. Padre bueno, concédenos el espíritu de humildad y amor con el que la beata Ángela se ofreció a sí misma como sacrificio vivo y santo agradable a tus ojos, y haz que, por su intercesión, progresemos en la novedad de la vida evangélica, para conformarnos así a Cristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.

13 de marzo
Agnelo de Pisa (1194-1236)

            El beato Agnelo conoce en Venecia a San Francisco, que le recibe en la Orden a los 17 años de edad. El mismo San Francisco le envía a Francia a los 23 años, para formar las primeras fraternidades en el país transalpino. En el Capítulo General de 1223, San Francisco le manda a Inglaterra con la misma misión que en Francia; desembarca en Dover con ocho hermanos el 10 de septiembre de 1224. De inmediato funda dos fraternidades: en Cornhill, junto a Londres, y en Oxford. Aquí invita a enseñar teología al mismo canciller de la Universidad, Roberto Groseteste. Franciscano humilde y sencillo, de honda doctrina y hábil conciliador en las controversias políticas, llega a ser consejero del rey Enrique III. Por obediencia aceptó la ordenación sacerdotal. Asiste al Capítulo de 1230 en Asís como Ministro Provincial de Inglaterra. Vuelto a Inglaterra se establece en Oxford, donde fallece a la edad de 42 años en 1236. El papa León XIII aprueba su culto el 4 de septiembre de 1892.

                                   Común de Pastores

            Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Agnelo de Pisa la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.


13.1 de marzo
Dulce Lopes Pontes

            La beata Dulce Rita Lopes Pontes nace el 26 de mayo de 1914 en Salvador (Bahía. Brasil), hija de Augusto y Dulce María. De muy joven frecuenta las favelas o colonias de pobres de la ciudad. El sótano de su casa lo convierte en un lugar de asistencia a los necesitados de alimentos, ropa y medicinas. En el año 1932 profesa en la OFS. Y en 1933 ingresa en el Instituto de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios y emite los votos en agosto de 1934. Pone toda su atención en el seguimiento de Jesús por medio de pequeños actos de servicio a los marginados. Trabaja en hospital Español de Bahía de enfermera, sacristana y portera, imparte clases en el colegio de Santa Bernadete y colabora con obreros de Itapagipe. Funda las Hijas de María Siervas de los Pobres, además crea colegios para los niños, albergues para los pobres sin techo, el sindicato de los obreros de San Francisco en Bahía y una red de hospitales donde recoge a los enfermos. En el Hospital de San Antonio llega a asistir a 3.000 enfermos al día. Es candidata al Premio Nobel de la Paz en 1988. Tiene una especial devoción al Corazón de Jesús y a María Inmaculada. Fallece en Bahía el 13 de marzo de 1992. Es beatificada el 22 de mayo de 2011 durante el pontificado de Benedicto XVI.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata Dulce, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.



Libros: La crisis como lugar teológico

                                                      La crisis como lugar teológico

                                                              Manuel Lázaro Pulido
                                                              Facultad de Teología

                                                              Universidade Católica Portuguesa  
                                                              C.R. Porto. Portugal
                                                                                                

Por Bernardo Pérez Andreo
Instituto Teológico de Murcia OFM
Universidad Pontificia Antonianum. Roma

Crisis es una palabra que de tanto pronunciarla ha sido desgastada. El manoseo sienta mal al sentido del lenguaje y con este y otros términos semejantes se ha producido ese manoseo que ha acabado por hacer ininteligible lo que se quiere decir. La virtud del lenguaje que debe estar cifrada en la vehiculación del sentido, se pierde cuando un término acaba diluido en la máxima equivocidad posible, fruto de la polisemia inoperante en la que concluye el proceso inflacionario del abuso lingüístico. Crisis, hoy, apenas identifica una situación de malestar general en la que es casi imposible identificar causas y consecuencias. Ya no identifica lo que su etimología propone, juicio, momento en el que hay que tomar una decisión, encrucijada vital. O bien, una situación de riesgo y de oportunidad. Crisis, sin más, viene a significar hoy, un dolor y sufrimiento sin causa. Por eso, textos como el que nos presenta Manuel Lázaro son tan necesarios, porque acotan significados y proponen vías de interpretación que restituyen el sentido al lenguaje, de modo que pueda volver a ser el instrumento útil para pensar la realidad y al hombre en ella.
               
La propuesta de Manuel Lázaro es muy osada, proponer la crisis como uno de los lugares teológicos, sería una especie de lugar teológico de tercera generación. Junto lo los loci tradicionales, o de primera generación: Sagrada Escritura, Santos Padres y Magisterio; y los lugares teológicos modernos, o de segunda generación: los pobres y la Creación; también estarían los lugares teológicos de tercera generación: la crisis, la globalización y la ecología. Pues bien, el texto se centra en la crisis como un lugar teológico y lo hace estableciendo la necesidad de hacer una “teología de la crisis”. No se trata de hacer una teología del genitivo más, sino, al contrario, poner la reflexión teológica en la perspectiva antropológica de crisis. El hombre es un ser en crisis constante, atenazado por la muerte y la experiencia del mal, pero con una fuerza que le empuja a la felicidad y a encontrar sentido. Esto implica que el ser humano nace, vive y subsiste en un estado constante de crisis, aún más el ser humano creyente, especialmente el creyente cristiano, que afirma la existencia de un Dios benevolente y se da de bruces con un mundo cargado de mal. Esta dicotomía lleva al creyente a vivir una crisis radical y la teología debe dar respuesta a esta situación.
              Desde comienzos del siglo XXI, la humanidad ha entrado en una crisis sistémica que ha dado sus mayores efectos en los aspectos sociales y económicos, pero no podemos olvidar los psicológicos, ecológicos, culturales y religiosos. Se trata de una crisis de civilización como las que se dieron en el pasado justo cuando el mundo estaba a punto de transformarse. Una teología de la crisis deberá hacerse desde la encarnación y la kénosis, los dos pilares de la fe cristiana: Dios se ha hecho hombre y ha asumido plenamente lo humano, de forma que Dios mismo ha entrado en crisis. La kénosis divina es el punto de partida para considerar un mundo en devenir llamado a la salvación y un ser humano creado para el amor, pero arrastrado por las fuerzas que lo constituyen como hombre. Una teología de la crisis, nos dice Manuel Lázaro, “se ofrece como la oportunidad de continua re-creación y recreación, pues el hombre imagen y semejanza de Dios ha de sentir en su limitación la oportunidad de apertura y autodonación, imagen del primer episodio kenótico acontecido en el acto creador de Dios” (pp. 32-33).
               
Dos momentos tiene esta teología de la crisis: la crisis como oportunidad y los relatos de una Teología de la crisis. En el primer momento, se afirma la crisis como la oportunidad para las transformaciones necesarias en las estructuras humanas para alcanzar aquello que necesitamos. Las incomodidades de las situaciones críticas no suponen límites insuperables o perversiones de lo real. Al contrario, las crisis son los momentos apropiados para llevar a cabo aquellos cambios que de otra forma no serían posibles. Sin embargo, la cultura occidental no ha visto la crisis como oportunidad, sino en un sentido pesimista, como una situación donde instalarse para vivir definitivamente. Véase la lectura de Nietzsche que instala al hombre en el pesimismo más absoluto como asunción de una realidad cerrada al sentido. La Reforma también ha sucumbido al pesimismo moderno sobre el sentido, profundizando en la dimensión creatural y pecadora de hombre. La teología de la cruz se convierte en un muro contra el optimismo que refleja el pensamiento franciscano de Buenaventura. La Teología de la crisis, con base en el pensamiento del Poverello, adopta un esquema cristológico que nace de una teología de la creación como evento fundante de una visión esperanzada de la humanidad y de la propia creación.
                   
El segundo momento de la obra es poner las bases sobre narraciones que hagan de la teología de la crisis un instrumento para la salvación. La Biblia no es un libro de teología, es una narración de una experiencia de amor entre Dios y el hombre. Los dos relatos que Manuel Lázaro nos propone son los de Abraham y los de San Francisco. Abraham es el hombre de la crisis por antonomasia.  A una edad que muchos ya no tienen fuerzas para enfrentarse a los cambios, Abraham es puesto en crisis: “sal de tu tierra y ve a una tierra que te mostraré”. Abraham abandona su hogar y lo deja todo por una promesa: el hijo y la tierra. La promesa no es más que eso, una promesa, pero Abraham es capaz de dejarlo todo. Es el paradigma de la crisis absoluta. Sin embargo, la crisis llegará a un punto álgido cuando reciba la orden de sacrificar al hijo de la promesa. La respuesta de Abraham es ser fiel a la Alianza. Sólo se puede vivir la crisis en fidelidad. La fe es el único asidero en tiempos de crisis. “La crisis de Abraham es el anticipo narrativo de la historia de la salvación en la relación de Dios con el hombre” (p. 73).
                 
El segundo relato es San Francisco, no su vida, sino su persona completa. En la historia de la salvación no hay tipos o ejemplos, hay personas que viven su relación con Dios. Francisco es el hombre de la perfecta alegría, una alegría que tiene su origen en la radicalidad del seguimiento. Sólo quien se reconoce en crisis, vive esta crisis como la oportunidad de encontrar a Dios, llegando así a la ansiada paz que no es pérdida de la crisis, sino la comprensión profunda del amor de Dios en la vida de cada uno. Dios ama y en su amor Él también sufre la crisis de hacerse nada para encontrarse con la criatura. La criatura, las criaturas, van al encuentro del Creador, pero el camino de ascenso a Dios es el simétrico especular del camino de descenso del Creador. La crisis del mundo y del hombre es el doble opuesto a la kénosis divina. Dios se nos da y nosotros lo buscamos: kénosis-crisis.


                                   Editorial Sindéresis, Madrid 2014, 110 pp, 13 x 20 cm.

Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

                             PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ
                                                         III


                                                                               

                                  «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

El grito que precede inmediatamente a la muerte en Marcos (15,37), Lucas lo convierte en una oración recogida del Salmo 31,6 y practicada por Israel como oración de la tarde. Lucas acentúa la actitud de oración de Jesús a lo largo de su ministerio: ora en el bautismo, antes de elgir a los discípulos, cuando la gente le sigue entusiasmada, o en el huerto de los olivos, etc. Y también ora en el momento de morir. En este caso, el sentido del Salmo es que el justo se fía de Dios, confía su vida a Él; le cede la custodia de su existencia, cuando los hombres se empeñan en arrebatársela o la tienen minusvalorada. Describe una reacción de Jesús contraria a la ausencia y lejanía de Dios que relata Marcos y Mateo.
Con respecto a la frase anterior, Jesús recobra su condición filial, por eso Lucas cambia el «Dios» del Salmo por el «Padre» con el que se ha relacionado a lo largo de su vida: en la Oración de júbilo (Q/Lc 10,21), en el Padrenuestro (Q/Lc 11,2) o cuando se dirige a Dios en Getsemaní (Lc 22,42). Jesús entrega al Padre la poca vida, «espíritu», que le queda; la vida que se ofrece en el momento de la creación (Gén 35,18) y que en Jesús procede del Espíritu y María y forma parte del ser divino; y se la devuelve al Padre como algo que le pertenece esencialmente. Por eso ha nacido de Él, ha permanecido en la vida pendiente y dependiente de Él y a Él se la remite como un acto natural y familiar.

                                               Reflexión

El punto de partida de la oración de Jesús es la experiencia humana nacida del sufrimiento extremo que supone ser abandonado por todos, no comprender su misión, cambiar la causa por la vivió y ser crucificado. No se enjuicia la actitud divina ante tales acontecimientos provocados por los hombres. Dios, por ahora, guarda silencio en el orden de la salvación de su Hijo, aunque es patente en la atmósfera evangélica que está pendiente de todo y que todo cae bajo su voluntad, por más que la cruz desapruebe su ser creador de la vida.
Lo importante aquí es que Jesús es fiel, como fiel ha sido el Señor a Israel a lo largo de su historia. Jesús, como su Pare, sabe cumplir sus misiones por más que la libertad humana desaprueba, persiga y haga sufrir a los que, precisamente, sólo buscan el bien para todos los hombres.



Dios envío a su Hijo al mundo para salvarlo

IV DOMINGO CUARESMA (B)
Dios envío a su Hijo al mundo para salvarlo 

        Lectura del santo Evangelio según San Juan 3,14-21.

        En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: -Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vicia eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
        El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

              

1.-La conclusión de la Iglesia cuando ora, medita y enseña la vida de Jesucristo es que Dios, que le ha enviado, es Amor; es donación de sí al Hijo y del Hijo al Padre (cf. Lc 10,21-22). Dios no ha retenido para sí al Hijo. Él ha regalado lo más preciado de su vida para que tengamos vida, sin mérito alguno por nuestra parte. Dios no aceptó perdernos cuando pecamos al inicio de la historia. Dios no es el que está sentado en su trono para observar a la creación de una manera impasible cómo nos esclavizamos y nos matamos.  Es como un padre y una madre, que siempre lo serán aunque los hijos se alejen o se independicen. Dios entrega a su Hijo a la historia humana y con ello vive los horrores que hemos creado en nuestra convivencia malsana. Pero Jesús experimenta nuestro mal sin dejar de obedecer y ser fiel al amor del Padre, los que ha supuesto nuestro perdón definitivo. Además, su resurrección nos crea la esperanza de que nuestra vida no termina donde nuestro pecado fijó su destrucción: la muerte, sino en la vida sin fin de su amor eterno.

2.- El amor que es Dios nos crea, nos recrea y nos salva, y las tres funciones están íntimamente relacionadas. No hay ni oposición, ni distanciamiento entre ellas, sino funciones que se suceden unas a otras, se complementan y se fortalecen. La comunidad humana y cristiana es imagen de estas relaciones divinas. La familia crea y desarrolla la vida, de forma que hace de niños personas. La sociedad y la comunidad cristiana crea al recrear y desarrollar las vidas que no han tenido la oportunidad de alcanzar su dignidad, o simplemente complementan desde las relaciones amorosas divinas nuestros fallos y pecados culturales e institucionales. Como la persona, las sociedades y las comunidades tienden a buscarse a sí mismas, desconociendo el nombre de los vecinos, porque  hemos construido muros bien altos para no ver lo que pasa en África, por ejemplo. La comunidad cristiana vive la presencia de Jesús, que le recuerda constantemente por su Espíritu cuál es su misión: hacer relevante a un Dios que continuamente crea, recrea y salva, porque no se cansa de darse sin límite a nuestra vida común y personal. 

3.- Nosotros, al ser amados por Dios (cf. Rom 5,8-9), adquirimos la capacidad para amar, porque Dios es el origen y la raíz de todo amor. Cuando amamos al prójimo y amamos a la creación es una expresión visible del amor a Dios; el sacramento del encuentro con Él; no hay otra forma de demostrar que el amor a Dios es verdadero. Por otra parte, Jesús enseña la unión entre el amor a Dios y el amor al hermano (cf. Mc 12,28-34par). Esto nos conduce a denunciar los dioses que se han instalado en nuestra conciencia proveniente de una cultura esencialmente egoísta y mercantil. Creamos dioses al uso, iconos del arte, la ciencia, el deporte, la política, etc., donde tapamos a Aquel que es el que realmente favorece la paz interior y la relación pacífica con los otros, reconociéndolos como parte de nosotros. Debemos pedir al Señor que tengamos una experiencia verdadera de su amor, para resituar todos nuestros mitos e ídolos, que impiden una y otra vez un diálogo franco y sincero con el Señor y con los demás, y poder mirarlos cara a cara para poder salvarnos.




«Tanto amó Dios al mundo....»

IV DOMINGO CUARESMA (B)
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» 

            Lectura del santo Evangelio según San Juan 3,14-21.

            En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: —Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
            Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
            El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
            Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

           
1.- Texto.  En el libro de los Números se nos cuenta que  cuando los judíos huidos de Egipto atravesaban el desierto del Sinaí, no sólo les faltó pan y agua, sino también les atacaron serpientes.  Entonces «Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, éste miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado» (Núm 21,9). La serpiente en la enseña es sustituida por Jesús en la cruz, nos dice el Evangelista. A continuación Jesús explica a Nicodemo una relación nueva con Dios, que es una relación muy diferente a la establecida por la Ley o plasmada en los sacrificios en el templo de Jerusalén, que ya se ha encargado Jesús de inutilizar su significado al expulsar a los cambistas y mercaderes del templo

2.-Mensaje.  Dice Jesús que Dios es un Padre; que Dios es Creador, y lo es por el amor; es su amor lo que le ha hecho salir de sí para crear criaturas felices. Dios es totalmente diferente a la creación, pero la hace a su imagen y semejanza, para que la persona, devolviéndole el amor por el que ha sido creada, pueda mantenerse ligada a su origen amoroso. Pero además Dios es el salvador, salvación que promete en el mismo instante en el que la criatura decide alejarse o enfrentarse a Él. Dios no se venga y extirpa a la criatura de la tierra. Dios la quiere salvar, porque no puede dejar de amarla. Por eso envía al mundo lo más preciado que tiene: su Hijo. No salva por medio de interpuestas personas, o por espíritus puros, sino por quien fueron creadas todas las cosas, por quien puede reconocer nuestra creación e identidad humana. De ahí que no dudara en entregar la vida por nosotros.— La condición que pone el Señor para salvarnos es mirar a Jesús, que significa creer en Jesús. Y creer en Jesús es establecer unas relaciones fraternas por las que adquirimos una vida nueva, o como gusta decir al Evangelista, tener una vida eterna, que es asumir y poner en práctica el amor del Señor por el que ha enviado a su Hijo al mundo, que es amar al Señor y amar a los hermanos como Jesús lo ha hecho. Esto es vivir aquí, en la historia, y allí, en la eternidad.

3.-  Acción. Pero no podemos perder de vista la libertad humana, el don más preciado que el Señor nos regaló cuando nos creo. Nos hizo libres para que pudiéramos amar. Sin libertad es imposible corresponder en amor al Señor de una manera personal. Los esclavos no aman, se someten. Al ser libres, tenemos la posibilidad de mirar hacia otro lado; de no reconocer a Jesús como salvador en la cruz, y estar sumergidos en las corrientes del mal que nuestra cultura, los ambientes sociales, los medios de comunicación crean de una forma artificial, para ganar más, para gastar más, para que seamos felices desde los principios y dimensiones que ellos han establecido desde su poder omnímodo, dándonos una mínima participación de su disfrute. Porque la vida nos la hacen entender como poder, poder que da la posesión de cosas, del dinero. Y la dignidad y felicidad humanas tienen otras bases y caminan por otras sendas.





lunes, 2 de marzo de 2015

III Domingo Cuaresma (B): «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre»

                                                    III DOMINGO CUARESMA (B)

                                                          

                                    «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre»

                    Lectura del santo Evangelio según San Juan 2,13-25.

            En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: —Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
            Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: -¿Qué signos nos muestras para obrar así? Jesús contestó: —Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los judíos replicaron: -Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.
            Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.


1.- El incidente en el atrio de los gentiles (Mc 11,15-17par) manifiesta la distancia crítica que Jesús mantiene con el templo; y es la manera como se desarrolla el culto a Dios, fustigada tiempos atrás por los profetas (Jer 7,11; Miq 3,9-12). Varios grupos religiosos de Israel alimentaban la idea de que el Señor edificaría un templo nuevo en el futuro. Jesús participa de esto, aunque los Evangelios dan a entender una relación ágil entre Jesús y el templo: una cercanía lógica por la importancia que ocupa en la práctica religiosa judía. La acción de Jesús se encuadra entonces en el ámbito de la crítica de los profetas. Sin embargo Jesús nos enseña a lavar los pies a los demás (cf. Jn 13,1-10),  que simboliza  el servicio mutuo que debe presidir las relaciones entre nosotros. El Señor se sitúa en las relaciones de amor que hay entre nosotros. Pero también tenemos al Señor en la Eucaristía, cuando oramos dos o más juntos, cuando escuchamos su Palabra. Y todo ello nos es necesario si queremos mantener unas relaciones de caridad cristiana, y no una relaciones de interés o de poder sobre los demás.
2.- Existe en la esperanza judía el aviso de que en los tiempos finales se sustituirá el templo actual por otro nuevo que albergue la majestad inherente al Señor y todos los pueblos marcharán a la nueva Jerusalén «reunidos gozosos de oriente y occidente a la voz del Santo invocando a Dios» (Ba 5,5). A pesar de lo que hemos leído en el Evangelio de Juan, es antigua la tradición de que Jesús defiende el lugar en la medida en que acoge a Dios con la grandeza que le pertenece, como centro de la unidad de Israel, punto de referencia de todas sus instituciones sociales y religiosas y, por ende, donde pivota todo el sentido de su historia. Pero, y al mismo tiempo, tampoco se debe excluir que Jesús piense que el templo debe ser sustituido y el nuevo templo se abra a todos los pueblos para orar y dirigirse a Dios. Poco antes,  Marcos relaciona en el pasaje de la esterilidad de la higuera con la frialdad de unas piedras y un recinto que no invitan a la relación personal y colectiva con el Dios vivo. Nuestra Iglesia no puede reproducir en sus catedrales, en sus iglesias llenas de arte, o en simples y sencillos recintos donde se reúnen las comunidades cristianas, la frialdad de un culto vacío de amor, o simplemente formal, por muy perfecto y ordenado que sea. Nuestros edificios, sean como fueren, nos deben acoger a los cristianos que formamos comunidad porque poseemos un mismo sentido de vida, y juntos nos relacionamos con el Señor que nos habla por medio de su Palabra y nuestra conciencia.
           
3.- Cuando las religiones o los judíos hablan de sacrificio se refieren a las víctimas de animales que ofrecen a su divinidad respectiva. Cuando  los cristianos hablamos de sacrificio, indicamos la muerte de Jesús en la cruz, cuya sangre simboliza su vida entregada por amor a todos los hombres. Amor que ha hecho capaz de reconciliarnos con el Señor y reconciliarnos con todos los hombres. Por eso San Pablo habla que nuestra vida en cuanto relación de amor es un «sacrificio santo y agradable a Dios» y así damos un «culto espiritual» al Señor. No podemos caer en la tentación de separar vida y culto, las relaciones con Dios y las relaciones con los demás, la vida interior y la vida exterior, la calle y las plazas y las iglesias. Todo está unido: el Señor, Jesús, mi vida y la vida de los demás, la tierra y los templos. Y todo está relacionado cuando la vida parte de Él y quiere hacer partícipe su bondad a toda la creación y a todos nosotros. Por eso le llamamos Padre y hermanos a todos los hombres.