lunes, 7 de julio de 2014

De Europa



              LA POLÍTICA  EUROPEA DE ESTABILIDAD FINANCIERA



        Antonio López Pina
         Facultad de Derecho
           Universidad Complutense

En los orígenes de la crisis y en la forma institucional y política de abordarla ha pesado desproporcionadamente la cuestión alemana —a saber, las dificultades que tienen los propios alemanes para  ponerse  en paz consigo mismos y para  encontrar su lugar en Europa— y su  ensimismada,  autocomplaciente, miope y arrogante respuesta. En Mastrique (Febrero 1992), la Unión Monetaria quedó incompleta; se redujo únicamente a los aspectos que para Alemania resultaban innegociables: la cláusula de “no-rescate” (no bail-out), la prohibición al ECB  de financiar los déficits de los Estados, la obligación de que éstos impidieran los déficits públicos excesivos, las restricciones cuantitativas, el utillaje de vigilancia, la posibilidad de sanciones pecuniarias a los contraventores y, finalmente, el Pacto de Estabilidad. En concreto, el Tratado de Mastrique, centrándose sin ambages en la estabilidad de precios y la disciplina fiscal, desatendió en gran medida cuestiones fundamentales como la Unión fiscal y la gestión de la demanda, las políticas de estabilidad presupuestaria, los tipos de cambio y la competencia dentro de la Eurozona y una Unión bancaria que suspendiera el círculo vicioso entre la deuda privada y la deuda soberana. Tales errores condujeron a una Unión Monetaria por demás  vulnerable, sembrando  las bases de su actual crisis.
Una unión monetaria tiende a basarse  en el compromiso con una tasa de inflación común. Para el  ECB, hay estabilidad de precios, cuando la inflación se sitúa “por bajo, pero cerca del 2%” ; tal presupuesto proporciona una norma de referencia  para las negociaciones  salariales de los sindicatos. De desviarse de ella, los acuerdos laborales nacionales corregidos en función de la productividad, producirán serios desequilibrios.  Las tendencias laborales unitarias determinan, si dentro de la Eurozona están en equilibrio los índices de cambio. Yerran, sin embargo, quienes mantienen, que los países afectados por la crisis del euro perdieron competitividad porque los salarios dispararon su inflación. Fue Alemania quién tuvo un comportamiento desviado: mientras Europa convergía en torno al 2% de inflación —fijado por la propia Alemania como techo—, ella misma  se esforzó en reducir a 0 el alza de precios.
Lo que se espera de los países del sur, Francia incluida, es que acaben con el diferencial en materia de costes laborales unitarios (situados en torno al 20%), que ha ido incrementándose desde la instauración del euro. El balance comercial entre tales países y Alemania  ha devenido enormemente favorable  para ésta. Mientras el superávit alemán era de más del  7% del Producto Interior Bruto (en adelante por sus siglas en inglés, BIP), la Europa del sur  veía cómo el suyo se convertía en déficit. Y mientras gracias al euro, Alemania  consolidaba su posición como gran acreedor e inversor neto en el ámbito internacional, los países meridionales  pasaban a ser deudores.
Luego de acusar el impacto “de la ralentización global de 2001”, Francia y Alemania se  rebelaron  los años 2003 y 2004  contra la Comisión Europea, que pretendía abrirles expediente, por el fracaso en ajustar  sus déficits presupuestarios al límite del 3 % de su respectivo BIP, que fijaba el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (Amsterdam, 1997). Pero mientras Alemania  se entregó incondicionalmente a la austeridad, Francia  optó por un enfoque más  favorable al crecimiento. En Alemania, el ahorro presupuestario, la contención de los salarios y las reformas estructurales se conjugaron para sofocar la demanda interna, confiando a  las exportaciones  el  motor del crecimiento. Por el contrario, el crecimiento francés se basó en la demanda interna, y la balanza comercial acabó siendo  un lastre para ese crecimiento.
Los índices de endeudamiento público avanzaron al unísono hasta el estallido de la crisis. Alemania  redujo su déficit con  decisión —en realidad, la mayor pujanza del gasto  tanto público como privado de los países del sur, fue determinante a la hora de hacer posible que Alemania  equilibrara su presupuesto con recurso a los superávits generados por la exportación.
Sin perjuicio del  ECB, Alemania continúa siendo quién decide  en la política monetaria: es  fácil entender que las varias   fracturas  en el Continente —desde las divergencias macroeconómicas entre países fomentadas por la competitividad con una moneda común pero sin gobierno económico y  la solidaridad entre los pueblos y los Estados de Europa al contrato social de la posguerra y a la confianza de los ciudadanos en un proyecto común— refuerzan la supremacía de Alemania en la Unión Europea. Los  apóstoles germanos de la estabilidad presupuestaria no tienen en mente más estímulos desde el Gobierno, sino una si cabe aún mayor  reducción del gasto público. La austeridad competitiva es la panacea que Alemania  quiere aplicar en grandes dosis a toda la Eurozona. Primero, fueron las pequeñas economías de Grecia, Irlanda y Portugal; después vendrían Italia y España. Ahora ha llegado para Francia la hora de la austeridad.
El modelo alemán sume a la Unión Europea en una crisis existencial. Un patrón  cuya operatividad depende, de que los países del entorno, consumidores naturales de las mercancías producidas entre el Rhin y el Elba,  no sean tan austeros   como Alemania, no puede funcionar, obligando al resto de países de la Eurozona a seguir férreamente el expediente  germano. 




                      

«Les habló mucho rato en parábolas»



 DOMINGO XV (A)

      EVANGELIO

                                             
            «Les habló mucho rato en parábolas»

            Lectura del santo Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: —salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga. […] 
Oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno.

1.- El Señor. La presencia gratuita del Reino en la historia se evidencia en la parábola siguiente. «El Reino de Dios es como un hombre que sembró un campo: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, después la espiga, después grana el trigo en la espiga. En cuando el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la siega» (Mc 4,26-29). Jesús presenta en primer plano que la gran cosecha de trigo no depende de la actividad y trabajo del sembrador. Es algo que sus oyentes conocen bien, porque es una labor muy corriente en Galilea. El agricultor esparce la semilla sobre el campo y, una vez que realiza su trabajo, sabe de antemano que todo depende de la naturaleza, sobre todo de que llueva en el tiempo oportuno y haga el sol necesario para que crezca la espiga. No es necesario que se mencione la tarea ordinaria del campesino, como el labrar, quitar los cardos, ahuyentar los pájaros, los saltamontes, etc. Es consciente que lo fundamental no depende de él. Por eso se declara sólo el curso que sigue el grano dentro de los acontecimientos naturales: de hierba a espiga, y de espiga a grano, mientras él «vive» sin incidir en la trama de la creación que le posibilita el comer para «vivir». La siembra termina en la cosecha, y con ella llega la alegría de los segadores que la recogen como un regalo de la naturaleza, es decir, de Dios. Jesús recalca que el Reino es una cuestión que está más allá de las fuerzas humanas, pero que también abre un campo de libertad a sus seguidores, ya que no depende su venida del empeño cotidiano de los hombres, sino del poder y soberanía de Dios que se lo regala (la cosecha) para que lo disfruten y vivan en él. Está en la línea de «no andéis angustiados por la comida para conservar la vida o por el vestido para cubrir el cuerpo...» (Lc 12,22; Mt 6,25).

2.- La comunidad. Dios ha creado todas las cosas por su Palaba, de forma que todo el universo está sembrado de semillas del Verbo. La comunidad cristiana parte de la bondad divina que está presente en el origen de la creación. Y la comunidad se ve reforzada porque cree que es el mismo Verbo quien se hizo carne para recrear y reforzar el destino bondadoso de la creación nacida de las manos del Padre.  Si los cristianos estamos hechos de carne y espíritu, de pecado y gracia, es nuestro deber sembrar de bondad la historia y la creación para recuperar lo que el mal destruye por la cultura que lo transmite, forma las actitudes y se explicita en los actos humanos. Debemos escuchar la Palabra para descubrir el destino de salvación y de felicidad a los que hemos sido destinados por el Padre a formar  participar en la comunidad cristiana.

3.- El creyente. Nos dice Jesús: «Si el grano de trigo no muere, queda solo. Si cae en tierra y muere, da mucho fruto». Observada su vida desde la cruz y resurrección, comprendemos la metáfora del proceso natural de la siembra aplicada a la vida humana. Debemos ser conscientes qué hemos asimilado de mal a lo largo de los años; a qué debemos morir que nos frena darnos a los demás; qué nos estorba en nuestra vida que nos ciega para ver quiénes lo están pasando mal. Se nos educa para producir; quien no produzca es un inútil y está destinado al ostracismo social o al sepulcro. No hay personas más ocupadas que los jubilados; parece que tenemos  necesidad de producir para sentirnos útiles y con vida entre los que viven. No es exactamente así la vida. El amor produce o no produce; pensemos en quienes cuidan a los enfermos mentales, a los ancianos, a los impedidos por cualquier causa, en los franciscanos que viven en Tierra Santa: preguntémosles a cuantos judíos y musulmanes han convertido después de 800 años de estar allí. No es cuestión de producir cien granos por uno; es más una cuestión entregarse, de morir a uno mismo, para que multipliquemos el bien a los ojos del Señor para beneficio de sus criaturas más débiles.

Jesús habló a la gente en parábolas




                                                                  DOMINGO XV (A)

                                                                     EVANGELIO

                                         
                                                   "Les habló mucho rato en parábolas"

            Lectura del santo Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: —Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga. […] 
Oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno.
  

1.-  Texto y contexto. Con la parábola del sembrador, o del grano o la semilla, o del campo, según se interprete, Jesús anuncia la inminente venida del Reino y la necesaria atención y disposición para recibirlo. Y el anuncio lo comunica de una forma inteligible al pueblo. No es un escriba cuya preparación e inteligencia de la Ley lo separa de la gente. Jesús enseña con sencillez a la gente sencilla, con ejemplos agrícolas a los que viven de la agricultura, con el lenguaje directo alejado de las interpretaciones universitarias o de las escuelas rabínicas. Todos quieren oír su mensaje de esperanza. Por eso tiene que subirse a una barca, para que lo vean, lo escuchen y le entiendan. Un agricultor, en este caso en la función de sembrador, tira a voleo el grano por el campo. Se esparce por todo el terreno y parte se pierde. Esta pérdida se concreta en que el grano cae entre zarzas y piedras. Sin embargo, el que las aves, el sol y las malas hierbas impidan que germine y crezca parte de la semilla contrasta y se contrapone al resultado final de la parábola: «El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta».


2.- Mensaje.- El mensaje que proclama Jesús sobre la presencia inminente del Señor para dar la salvación y devolverle la libertad a su pueblo, es universal. Jesús se dirige a todos, pecadores y sanos, pequeños y grandes, niños y ancianos, humildes y soberbios, iletrados y escribas, ricos y pobres; por todos lados esparce la semilla. El Dios de Jesús no es el Señor presente en el sancta sanctorum, donde solo pueden acceder unos privilegiados de Israel, un pueblo elegido entre todos los pueblos. El Padre de Jesús  no tiene preferidos, por más que se asiente y arranque en la historia humana en el espacio de los sencillos, humildes y maginados por cualquier causa. Jesús no tiene inconveniente de escuchar a escribas, a fariseos, a funcionarios, etc., si hay diálogo y respuesta a su Palabra. Pero las respuestas a la propuesta de Jesús entonces y siempre están condicionadas por las culturas que ha generado la humanidad. De ahí tanto silencio de los hombres, y tanta sordera a la Palabra. Pues privilegiamos los intereses económicos, el dominio de unos sobre otros, las dignidades y posiciones sociales, etc., sobre las relaciones personales que miran el enriquecimiento personal fundado en el respeto y amor mutuos.  Las actitudes globales del poder, que dan lugar a las actitudes personales, hacen que la semilla se pisotee en el camino,  las vidas se las coman las alimañas y los buenos sentimientos se enquisten ante los intereses inmediatos que impiden ver las necesidades de los otros. Pero también se da el bien, el gano que cae en tierra buena. Jesús, y los cristianos que le seguimos, creemos en la bondad de la creación y recreación del Señor, y aunque tantas veces no lo veamos, dan u fruto de cien, de sesenta, o de treinta.

3.-  Acción. La parábola descrita en el Evangelio se completa con la del campesino que labra la tierra, siembra y se va en espera de que durante el invierno y la primavera el grano se pudra,  prenda, crezca y se multiplique por la lluvia y el sol (cf. Mc 4,26-29). La relación entre el esfuerzo humano y el don de Dios funda nuestra felicidad y salvación. Esperarlo todo de Dios es anular los valores que Él nos ha dado por medio de la familia, la educación y la cultura. Y, por lo contrario, esperar que nuestra salvación y felicidad dependa exclusivamente de nuestro esfuerzo es desconocer quiénes somos y de qué madera estamos hechos (cf. Rom 7,7-25). La solución la escribe en una síntesis genial San Agustín: «Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti». El Señor está a la base de todo lo que hacemos desde el amor por los otros, pero los amamos nosotros. a nuestro modo, según nuestra educación y cultura. Sólo al término de nuestra vida, cuando sabemos un poco más de la misericordia de Dios porque el mal no podemos erradicarlo de nuestra corazón, podemos decir con San Pablo: «…porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor» (Flp 2,13); al final, todo es gracia.

lunes, 30 de junio de 2014

Oración: Te doy gracias Padre

          DOMINGO XIV (A)


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 11,25-30.

En aquel tiempo, Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre,
y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
            Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

1.-  Dios. Nos dice el Evangelio que el Señor les dará a los sencillos y a los humildes los misterios del Reino. Es el contenido de la revelación, es decir, el plan de salvación que Dios ha planeado para recuperar a sus hijos perdidos y que origina la misión de Jesús. Y lo hace acompañado y ayudado por sus discípulos. La oración de Jesús descubre con claridad quién revela (el Padre) y a quiénes se revela (los pequeños). Pues bien, Jesús termina la invocación al Padre fuera del ámbito objetivo del conocimiento, y se adentra en su intencionalidad, donde ya sólo es posible intuir, experimentar y dejarse alumbrar: «Sí, Padre, ésa ha sido tu complacencia». Afirma una conducta libre de Dios, que no es en manera alguna pasajera. Comprueba que existe un deseo en el Padre de que no se pierda ninguno de los pequeños o sencillos (Mt 18,14). El Padre anhela el máximo bien para los marginados de la historia, y su simpatía y buena voluntad hacia los sencillos hace que sienta contento, placer, satisfacción de revelárselo. Jesús alaba a Dios por esto. Y su alegría no consiste en que Dios haya elaborado una ley que defienda los derechos de los pobres en Israel, sino que el querer del Padre, su bondad, que se explicita en la salvación de los pequeños, es para el mismo Padre una complacencia, una satisfacción, una elección.
2.- La comunidad.- Para Jesús existen dos comunidades. La primera la forman las instituciones oficiales de Israel: sumos sacerdotes, escribas, fariseos, etc. Ellos componen un grupo de elegidos de Israel. Se separan del pueblo como beneficiarios de la sabiduría divina y formulan su saber sobre Dios en cuanto participación del saber de Dios. Los escribas, sobre todo, son los entendidos que constituyen los círculos privilegiados de ámbito divino, del que quedan excluidos los potentados de la tierra, los paganos o las personas no elegidas. La otra comunidad es la de los ignorantes y no se equiparan a aquellos que no han tenido la oportunidad de frecuentar a un maestro para aprender, o todavía no se han iniciado en una determinada escuela. Ignorantes y simples son los que se abren a la sabiduría que disfruta Israel, como propiedad del Señor, y que los hace sabios, porque se colocan en el ámbito de la influencia divina. Jesús, en esta línea, se refiere a la gente humilde y fiel a Dios en contra de letrados y fariseos o de los habitantes de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún que no han sabido descifrar sus signos. El motivo por el que da gracias es que la voluntad soberana de Dios, su voluntad salvadora, recae sobre estos pequeños elegidos para el Reino. Ahora forman un grupo favorecido por Dios en contra de los poderosos adinerados y poderosos entendidos, comprendido el conocimiento como un poder social, porque, para Jesús, saber de las cosas divinas depende de la revelación de Dios; más en concreto, del contenido de la revelación que Él ha tenido a bien transmitir
3.- El creyente.- El Evangelio alinea a Jesús en el espacio vital de los humildes, de los que pueden y están capacitados para sentir cómo late el corazón de Dios, que, de alguna manera, le hace connatural a ellos: «Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy tolerante y humilde, y os sentiréis aliviados. Pues mi yugo es blando y mi carga ligera». Jesús se alegra con los pequeños de que el Padre se complazca de haberles elegido y ofrecido la salvación. Así se apartan de los pesados fardos que escribas y fariseos imponen al pueblo sencillo, como garantes del orden religioso establecido, pero con el corazón endurecido e incapaces de abrirse a la bondad. Por consiguiente, Dios es el Padre que revela sólo un segmento suyo a una porción de la sociedad. Mas esta parcialidad de Dios es suficiente, porque señala el camino por donde va su voluntad, y que Jesús se encarga de enseñar y compartir, dada su cercanía a Dios y su pertenencia a los sencillos. Es un serio aviso a los que andamos todos los días explicando la Palabra, impartiendo los Sacramentos, en su recepción y en su servicio.






Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Domingo XIV (A)

                    DOMINGO XIV (A)

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 11,25-30.

En aquel tiempo, Jesús exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre,
y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
            Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

1.- Texto y contexto. Jesús reprocha a los pueblos de Cafarnaún, Corozaín y Betsaida que no hayan aceptado el mensaje de salvación que les ha transmitido con la predicación del Reino y los milagros que le acreditan (cf. Mt 11,24).  Los Evangelios relatan la acusación que escribas y fariseos le hacen por compartir la comida y la bebida con los pecadores y el rechazo que ha sentido de las tres ciudades citadas (Lc 10,13-15; Mt 11,21-24). A continuación, y aún perplejo por esta incomprensión, siente una de las experiencias más hermosas de su ministerio y que la tradición transmite como su realidad vital fundante, como es Dios, y su auténtica pertenencia social, como son los pequeños y humildes. Jesús eleva la mirada al cielo y bendice al Padre, le reconoce públicamente con una acción de gracias, alabanza y confesión; y, en este caso, no lo hace por su experiencia personal, sino por la de los pequeños e ignorantes. Apela al Padre como Señor y Soberano amoroso de todo lo existente. Dios es Creador y Providente, y en cuanto tal, es Señor de todo lo creado. Se le glorifica por todo lo que ha salido de sus manos para el bien de los hombres.
2.- MensajeJesús desliga los contenidos de la revelación que explican los escribas y exigen cumplir los fariseos, y se los entrega a los sencillos y a los pequeños. Son aquellos que tienen el corazón abierto a Dios y son capaces de percibir que, a través de Jesús, se está dando y está ofreciendo la salvación, largamente esperada por todos. De ahí que la elección divina recaiga sobre los predispuestos a recibirla, y no sobre aquellos que, usando la ciencia como poder, se busquen a sí mismos antes que a Dios. Porque si antes concede su sabiduría a los maestros, a los sabios de los ambientes apocalípticos, a los entendidos de los grupos sectarios, en fin, a los letrados, ahora no. En la proclamación del Reino, y aquí viene la contraposición que hace Jesús, Dios esconde a los sabios su revelación, a los que iguala a los poderosos, y se la descubre a los ignorantes, o incultos, o simples, o pequeños. Es un serio aviso a cierta jerarquía eclesial y a los teólogos.

3.- Acción. En el segundo párrafo del Evangelio, Jesús nos enseña la unión que mantiene con el Padre. Por tanto sabe de su voluntad y de sus preferencias. Los que somos critianos debemos ser relevantes por aligerar la carga a los pobres y toda clase de gente que lleva los pesados fardos que se les imponen por las exigencias del poder, de la vanidad, del atroz egoismo. Debemos sentirnos alegres y contentos, como Jesús, cuando somos capaces también de devolver la libertad a los que viven atenazados por costumbres interesadas,  por sus propios pecados, por una miras que sólo tienen como horizonte su propio ombligo.

Pablo en el Areópago

EL DISCURSO DE S. PABLO EN EL AREÓPAGO
Y UNA CITA DE ARATO


Esteban Calderón
Facultad de Letras
Universidad de Murcia

           
A lo largo del tiempo pascual la liturgia eucarística dispone la lectura continuada de los Hechos de los Apóstoles, donde Lucas nos va narrando los primeros pasos de la comunidad cristiana y de la difusión del mensaje de Jesús por el orbe antiguo. El miércoles de la semana VI se nos propone el vigoroso discurso de Pablo en el Areópago («Colina de Ares»), en Atenas, el gran foco cultural de la Antigüedad. El apóstol de Tarso fija sus ojos en un altar, en el que reza la inscripción «Al dios desconocido» (Act. 17, 23), para dar pie a su predicación. Pablo explica a los filósofos atenienses epicúreos y estoicos (Act. 17, 18) que ese Ágnostos Theós, al que veneran sin conocerlo, es el Dios creador del mundo, el origen de la vida, la razón de ser de la realidad toda.
           
Aunque sin nombrar al autor, el apóstol cita el verso 4 de los Fenómenos del poeta Arato de Solos (s. III a.C.): «como han dicho también algunos de vuestros poetas» (Act. 17, 28). El verso en cuestión afirma: «pues de él también somos linaje». Se trata de la primera de las tres únicas citas profanas de todo el Nuevo Testamento; las otras dos son: en I Cor. 15, 33, un verso de Eurípides reproducido por Menandro, y en Tit. 1, 12, un verso de Epiménides, según S. Jerónimo, que lo cita en latín y en prosa.
           
Pablo trae a colación a Arato para demostrar a los atenienses de su época que conocía su cultura, algo palpable a lo largo de sus cartas, y, de manera muy particular, a un reputado poeta de pensamiento estoico, cuyas ideas panteístas podían entenderse en el sentido que el de Tarso traía a Atenas, convirtiéndolas en monoteístas. La frontera entre panteísmo y monoteísmo es flotante y sólo difiere si el primero es nominalista o no. El largo viaje hacia el monoteísmo en la Antigüedad clásica comienza en Esquilo, el gran teólogo de la tragedia griega, y culmina con la filosofía precristiana de Platón. Otro trágico, Eurípides, es un eslabón más que resume así su reflexión teológica: «Zeus, quienquiera que tú seas –difícil es saberlo–, ora necesidad natural, ora razón de los mortales, a ti dirijo mis súplicas. Efectivamente, todos los asuntos de los mortales riges de acuerdo con la justicia, aunque te muevas a través de silenciosos caminos» (Troyanas 885-8). Del politeísmo al monoteísmo. La crisis de la pólis griega conlleva la crisis de la religión oficial y del panteón olímpico. Los nuevos aires políticos del helenismo coinciden con el auge del estoicismo y su visión de la divinidad.
           
Pero, ¿por qué Arato? En nuestros días se trata, sin duda, de un autor poco conocido, salvo para el público más especializado, pero baste decir que su poema fue leído e imitado continuamente a lo largo de toda la Antigüedad y de la Edad Media, y que conoció más traducciones latinas que cualquier otro poeta griego, por no mencionar los numerosos comentarios de que fue objeto. Tan sólo Homero lo supera en número de manuscritos. Con razón ha escrito Jean Martin que se puede hablar de «una historia de la literatura aratea».
            Cuando Pablo cita su verso 4, ya existían las traducciones latinas de Arato a cargo de Cicerón, Germánico y Ovidio, nada menos. Es decir, el apóstol de los gentiles introduce una referencia de un poeta sumamente conocido y apreciado por todos los griegos –y no griegos– contemporáneos, demostrando él mismo esa estima y erudición necesarias para dirigirse a aquellos atenienses. Pero el caso que nos ocupa es algo más que esto último: Pablo se revela como el pionero de la inculturación en su predicación. La reflexión teológica siempre debe desarrollarse dentro y a partir de un contexto socio-cultural reconocible y que sea fácilmente comprensible e interpretable para el evangelizado. En consecuencia, Pablo intuye que la inculturación en la evangelización connota e implica una relación entre la fe y la cultura, como realidades que engloban la totalidad de la persona, dicho en otras palabras, un diálogo entre fe y cultura, como luego ha proclamado el Concilio Vaticano II (GS 62). Por el camino abierto por Pablo avanzará más tarde Clemente de Alejandría. Pero esa es ya otra historia.