viernes, 19 de septiembre de 2014

             Laudes y Vísperas de la Familia Franciscana



La edición de los Laudes y Vísperas Franciscanas comprende las seis partes de la Liturgia de las Horas: Propio del Tiempo, el Salterio, Ordinario, Propio de los Santos de la Iglesia y de la Familia Franciscana y los Oficios Comunes

Se recogen los himnos de la Liturgia de las Horas, los propios editados por la Familia Franciscana; hemos añadido otros himnos pertenecientes a poetas franciscanos. En las Preces hemos introducido las peticiones vocacionales editadas por la Fraternidad de Acogida Vocacional (FAV). De esta forma evitamos añadir hojas al Breviario. Todos los salmos tienen una sucinta introducción que explica su sentido; cada dos salmos se añaden párrafos de los escritos de San Francisco acordes con el significación del salmo.
           
Especial importancia le hemos dado a los Santos y Beatos de la Familia Franciscana. Hasta este año 2014 suman 619. Todos tienen una sucinta biografía al comienzo; lo propio editado por la Liturgia de las Horas de la Familia Franciscana y la oración con la bendición al final. Cuando un santo o beato se celebre como fiesta en una ciudad o región, se puede usar lo propio que viene en los Oficios Comunes.


 Hemos presentado todas las fiestas del Señor y de la Virgen perteneciente al Año litúrgico con introducciones propias, además de los Santos de memoria obligatoria del Calendario Litúrgico de la Iglesia, si bien hemos reducido lo propio a los himnos, cuando los tuvieran, la oración y antífonas de Laudes y Vísperas. Los textos restantes se pueden tomar de los Oficios Comunes.
           
Este «Diurnal» de la Familia Franciscana va dirigido fundamentalmente a la Orden Franciscana Seglar y a los fieles que rezan Laudes y Vísperas con nuestras Comunidades Franciscanas.

Peticiones a: Editorial Espigas. Dr. Fleming,1. 30003 Murcia. Tlf: 968 23 99 93. Correo-e: editorialespigas@telefónica.es.






lunes, 15 de septiembre de 2014

«Quiero darle a este último igual que a ti»

              DOMINGO XXV (A)


                                                 
                                 «Quiero darle a este último igual que a ti»

            Lectura del santo Evangelio según San Mateo                               20,1-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.  Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
            Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

1.- El Señor. La bondad que manifiesta el propietario de la viña con los últimos que fueron a trabajar, simboliza una corriente de experiencia de Dios que hay en Israel, y que los cristianos, viendo y reflexionando la vida de Jesús, son capaces de concentrar en estas líneas que transmite la Carta de Juan: «Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.  En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 4,7-10). Y remacha el Evangelio de Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). Es Jesús, sus actitudes, sus palabras, sus hechos, los que nos hacen comprender expresiones tan hermosas como las del profeta Jeremías: «Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia para contigo» (Jer 31,3). Este es el Señor al que debemos adorar, bendecir, tener conciencia y relacionarnos. No hay otro distinto a Él.


2.- La Iglesia. Con el bautismo nos incorporamos a la comunidad cristiana. Y la comunidad es una viña a la que nos invita el Señor a trabajar, cada uno según sus valores (cf. 1Cor 12,28). A las cualidades hay que añadir también los defectos, porque la Iglesia no está compuesta de ángeles, sino de personas con sus amores y egoísmos: «No entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco […] Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. […] Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rom 8,14-16). Y todos estamos invitados a trabajar gratuitamente, porque el esfuerzo del trabajo y su sentido es fruto del amor que hemos recibido del Señor: el hacer el bien y desear hacerlo proviene del Señor: «Porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor» (Flp 2,13).


3.- El creyente.  No hay manera de vivir sin compararnos; no nos movemos sin mirar qué hace y qué tiene mi vecino/a, o mi compañero/a de profesión, mis amigos/as. Nos comparamos para ver quién es mejor o peor en las razas, en las culturas, en los países, en las familias, en los trabajos, en las cosas, como en los coches, las casas, las lavadoras, las secadoras, los vestidos, las comidas, los viajes, etc., incluso nos comparamos en nuestros dioses y religiones. Y el cotejo nos lleva a formalizar una escala de los más buenos, los buenos, los regulares, los malos y los muy malos. Y siempre habrá gente, que apoyada no en sus cualidades sino en su cultura o país, o familia, o profesión, se creerá la mejor del mundo, o la más desgraciada. Y según los criterios que formalicemos para dividir la vida así, nos sentiremos más frustrados o más felices.―
Pero cada uno es cada uno. Y cada uno tiene sus principios de vida, que, con sus cualidades desarrolladas por la educación familiar y social y potenciadas por el Señor, puede cumplimentar un proyecto de vida sin compararse. Entonces, sin mirar al vecino, sino atendiendo a sus posibilidades reales, tanto personales, como sociales, puede vivir feliz desde sí mismo. Leamos  la parábola de los talentos que nos da el Señor (Mt 25,15-30). Lo importante es que, desde el amor, pongamos al servicio de los demás lo poco o mucho que hemos recibido y nos hemos hecho a base de esfuerzo.

«¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

                 DOMINGO XXV (A)


                      «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?»

            Lectura del santo Evangelio según San Mateo                               20,1-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.  Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:  “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
            Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

1.- Texto. Todo parte de la experiencia que Jesús tiene de Dios. Él lo vive con una inmensa bondad con ausencia de límites cuando se relaciona con su creación. Por eso prefiere nombrarlo como Padre más que como Rey, o como Reino y Reinado de Dios. «Nadie es bueno fuera de Dios» (Mc 10,18par), bondad que hunde sus raíces en una paternidad que trata por igual a sus hijos, sea cual fuere su condición: «Amad a vuestros enemigos, tratad bien a los que os odian, [...] así [...] seréis hijos del Altísimo, que es generoso con ingratos y malvados» (Lc 27-28.35; Mt 5,43-44); por eso es comprensible la afirmación: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,36; Mt 5,48), enlazando con la actitud antropológica de la ternura y la misericordia, rasgos propios de los padres con relación a sus hijos. Esto se formula en la parábola de los obreros de la viña, donde la dinámica bondadosa de Dios, que se justifica por sí misma y en sí misma, coloca en radical igualdad a todos los hombres. Y se hace por una contraposición entre el amo y los trabajadores y entre los mismos trabajadores. Estamos en la apertura universal de la salvación.

2.- Mensaje. Si pensamos según la justicia es lógico que nos pongamos de parte de los obreros que han trabajado desde el comienzo de la jornada: ellos «pensaron que cobrarían más» (Mt 20,10), porque los otros apenas habían faenado una hora (Mt20,12). Se cumple así la correlación en la justicia de los fariseos por la que Dios da la ley para que se cumpla; al cumplirla se adquieren méritos; y los méritos los recompensa Dios. Por consiguiente, su protesta es del todo justificada cuando el dueño de una manera injusta paga a todos por igual. Esta situación también se puede comparar con otros ejemplos traídos por la tradición judía: cuando un obrero trabaja en dos horas lo que los otros han realizado en todo el día, pagar el mismo salario es justificable por parte del amo, porque ha producido igual que sus compañeros.― Pero Jesús ve las cosas desde un ángulo distinto y responde a una dimensión nueva en la historia. En este caso, la justicia está sometida a la bondad. Jesús parte de un Dios que es bondad y transmite una bondad ilimitada e incomprensible a la justicia humana. Es la bondad que tiene capacidad de asumir como algo propio a los últimos, a los que no han tenido oportunidad de trabajar, dejando de lado si han sido culpables o no de su situación de marginación. De ahí la contestación, que es la clave de toda la parábola: «... yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿O no puedo yo disponer de mis bienes como me parezca? ¿O has de ser tú tacaño por ser yo generoso?» (Mt 20,15). Existe una transformación de los valores que rigen la libertad y la justicia, que ni siquiera logran comprender los que piensan y obran por una justicia básica. Dios eleva la salvación a un rango que abarca a todos, porque la salvación depende de Él y no de los méritos de cada uno exclusivamente.

3.- Acción. El cristianismo no debe olvidar las dos perspectivas de la vida que aparecen en la parábola. Debemos luchar por defender la justicia, y la justicia para aquellos que son responsables en nuestra sociedad, porque su productividad y su capacidad de originar riquezas, por lo general, la aprovecha toda la sociedad. No se puede explotar para beneficio propio los valores y el tiempo de las personas.― Pero también hay que tener en cuenta la perspectiva de la gratuidad. La vida no es producir; las personas no son cosas que se venden y se comercia con su tiempo y cualidades. Sería una pena que cada uno de nosotros pusiéramos precio a nuestra vida. Hay personas que no son competitivas; hay personas débiles; hay personas enfermas y enfermas mentales, etc. No estamos hablando de los irresponsables que viven a costa del esfuerzo ajeno. Los débiles sólo pueden salir adelante si hay amor en su alrededor. Es la gratuidad del que ama, del que sirve, del que su vida tiene sentido en la medida en que se entrega. Y tal sentido de vida es la otra forma de relacionarse, que se debe dar, sobre todo, en las familias y en las comunidades cristianas para abrirse al mundo de los desfavorecidos.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Santos y Beatos: 14-21 de setiembre

15 de setiembre

Nuestra Señora de los Dolores

San Francisco: «Te damos gracias porque, así como nos creaste por medio de tu Hijo, así también, por el santo amor tuyo con que nos amaste, hiciste nacer a ese mismo verdadero Dios y verdadero hombre de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María y, mediante la cruz, la sangre y la muerte de él, quisiste rescatarnos de nuestra cautividad», RegNB 23,3.

                                               Común de Santa María Virgen

Oración. Señor, tú que has querido que la Madre compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la cruz; haz que la Iglesia, asociándose con María a la pasión de Cristo, merezca participar de su resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo.

16 setiembre


Cornelio y Cipriano (s. III)

San Cornelio, obispo de Roma el año 251. Soluciona el cisma de los Novacianos – niegan que se pueda perdonar a los que han negado la fe cristiana en las persecuciones y a los que cometieron un pecado mortal. El emperador Galo lo destierra junto a Civitavecchia. Muere en el año 253. San Cipriano nace en Cartago (África) hacia el año 210. Ordenado obispo en el año 249. Es martirizado en tiempos del emperador Valeriano el 14 de setiembre del año 258.

Común de Mártires

Oración. Oh Dios, que has puesto al frente de tu pueblo, como abnegados pastores y mártires intrépidos, a los santos Cipriano y Cornelio, concédenos, por su intercesión, fortaleza de ánimo y de fe para trabajar con empeño por la unidad de la Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.

17 de setiembre

Impresión de las llagas de San Francisco (1224)

Francisco viaja con algunos hermanos a La Verna, donde hay una fraternidad dedicada a la vida contemplativa. Pasa la noche en el eremitorio de Montecasale. Un campesino de la ciudad de Tiso le deja su asno en el que sube a La Verna. Francisco prolonga su estancia allí entre las fiestas de la Asunción de la Virgen (15 de agosto) y del Arcángel San Miguel (29 de septiembre). Le preparan una celda aislada de la fraternidad. La meditación de la pasión y muerte de Jesús es muy viva a lo largo de su vida, y en especial en estos días de retiro. La madrugada del 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz, ve un serafín con seis alas. Tiene figura de hombre crucificado. Y mientras se pregunta la razón de aquel misterio, se le forman en las manos y pies los signos de los clavos, tal como los ve en el crucificado. En realidad no son llagas o estigmas, sino clavos, formados por la carne hinchada por ambos lados y ennegrecida. En el costado, en cambio, se abre una llaga sangrante, que le mancha la túnica y los calzones. Benedicto XI concede a la Orden celebrar cada año el recuerdo de los estigmas de San Francisco (cfr. 1Cel 94-95; 2Cel 135-138; LM 13; TC 69-70).

                                   Misa Propia

Oración. Dios de amor y misericordia, que marcaste con las señales de la pasión de tu Hijo al bienaventurado padre Francisco para encender en nuestros corazones el fuego de tu amor, concédenos, por su intercesión, configurarnos con la muerte de Cristo para vivir eternamente con él. Que vive y reina contigo.



18 de setiembre

José de Copertino (1603-1663)

San José Desa nace en Copertino (Lecce. Italia) el 17 de junio de 1603. No es admitido en los Franciscanos Conventuales y Capuchinos por no estar capacitado para estudiar. Más tarde ingresa en los Conventuales, donde se le acepta como religioso en 1625. Cursados sus estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en Poggiardo (Lecce) en 1628. Entregado a la vida de oración y a la predicación, atrae a muchos cristianos deseosos de escuchar su palabra y observar su vida de penitencia como seguidor de Cristo pobre y crucificado. Tiene el don de la levitación y de éxtasis muy frecuentes. De ellos son testigos el General de la Orden y el papa Urbano VIII, el príncipe Federico de Brunswick y mucho fieles devotos. Muere el 18 de setiembre de 1663 en Osimo (Ancona). El papa Benedicto XIV lo beatifica el 24 de febrero de 1753 y Clemente XIII lo canoniza el 16 de julio de 1767. Es patrono de los cosmonautas por el don de la levitación.

Común de Pastores o Santos Varones

Oración. Dios de bondad, que con admirable sabiduría has querido que tu Hijo, al ser levantado de la tierra, atrajera todas las cosas hacia sí, concédenos, por intercesión de San José de Copertino, tender a la perfección que nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

19 de setiembre

Francisco María de Camporosso (1804-1866)

San Francisco María nace el año 1804 en Camporosso (Liguria. Italia); es hijo de Anselmo Croese y María Antonia Gazzo. Se dedica al cuidado del ganado. Después de ser pastor ingresa en los Franciscanos Capuchinos, que conoce en la humilde y austera fraternidad de Sestri. Es el año 1825. Hace el noviciado en la fraternidad de San Bernabé, en Righi (Génova). Profesa en 1826. Es destinado al convento de la Concepción, de Génova, como colector de limosnas que recoge por el valle del Bisagno. Visita los santuarios marianos de la región y se dedica por entero a recabar ayuda para la Fraternidad de Génova. Comparte la vida de oración y penitencia con la ayuda a los pobres, a los que hace partícipes de los bienes que recibe de limosna. Y así durante más de 30 años, siendo muy conocido y venerado en la ciudad. Durante la epidemia del cólera que golpea Génova, ofrece su vida para que cese la epidemia en la ciudad, mientras atiende y consuela a los apestados. Dos días después contrae la enfermedad, que le conduce a la muerte el 17 de septiembre de 1866, fiesta de las Llagas de San Francisco. Y paulatinamente, a partir de ese momento, la enfermedad remite en Génova. El papa Juan XXIII lo canoniza el 9 de diciembre de 1962.


Común de Santos Varones
Oración. Dios de bondad, que en tu humilde siervo Francisco María nos has dado un ejemplo de amor a los pobres; por su intercesión y ayuda, haz que también nosotros nos dediquemos al servicio del prójimo con generosidad y humildad. Por nuestro Señor Jesucristo.


21 de setiembre

Mateo, Evangelista

San Mateo es originario de Cafarnaún. Desempeña el oficio de cobrador de impuestos. Es el autor del Evangelio que aparece el primero en la lista. Escribe a una comunidad judeo cristiana. Defiende la observancia de la ley del amor.

Común de Apóstoles, p. 1804


Oración. Oh Dios, que en tu infinita misericordia te dignaste elegir a San Mateo para convertirlo de publicano en apóstol, concédenos que, fortalecidos con su ejemplo y su intercesión, podamos seguirte siempre y permanecer unidos a ti con fidelidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

La reconciliación. I.

         LA RECONCILIACIÓN

                       I

 
   EL PECADO

            Es una constante en la historia de la salvación judeocristiana la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Ambas reconciliaciones reclaman, de por sí, haber formado una relación previa que sirva de punto de partida. La relación de Dios con los hombres arranca de la creación, en la que se crea una sintonía del Creador y la criatura para realizar el proyecto de culminarla. La descripción del estado idílico de los orígenes de la humanidad soñado por Israel, se quiebra con la decisión humana de separarse y rebelarse contra Dios. Sin embargo, Él mismo se pone en marcha para cambiar la situación creada por el hombre (cf. Gén 3,5). ¿En qué consiste el pecado que aleja al hombre de Dios?, ¿por qué el hombre necesita reconciliarse con Él? y  ¿cuál es el camino que se debe recorrer para acercarse a Dios?

La Revelación cristiana admite una situación de enemistad de la creación y de la humanidad con Dios que ha provocado, a la vez, un distanciamiento de Él, un aislamiento de las personas y un enfrentamiento entre ellas. Las culturas se encargan de transmitir el mal que envuelve a la creación. Este mal, que se hace uno con el hombre, se ha pensado y defendido que proviene de un principio que infecta a toda la realidad y es antagónico a otro principio llamado bien, o simplemente es una apariencia ante la potencia infinita de la bondad divina. El cristianismo se distancia de estas interpretaciones del mal. La fe cristiana mantiene la tradición judía de que el mal no puede venir de Dios o de un principio divino con sentido negativo, pues Dios es amor y por su amor ha creado todo lo que existe. Entonces el mal, que tampoco es pura apariencia, o un simple defecto, o un fallo pasajero del hombre ante la potencia omnímoda del bien, procede de la dimensión finita de la criatura, cuya actuación en la historia impulsada por su voluntad y libertad ha degradado la realidad. La contingencia de lo creado, unida a la capacidad de decisión humana, es la que hace posible que la creación, al menos una buena parte de ella, vaya por unos derroteros muy diferentes a los trazados por Dios desde el principio, según su revelación al hombre.
           
Como trataremos después, la degradación de la realidad se cobija en las instituciones sociales, en las que las personas desarrollan y formalizan su vida, y que las culturas fijan y objetivan. Estos intereses humanos que crean una mentalidad colectiva, opuesta a la divina, contagian las mediaciones fundamentales que necesita la persona para construirse a sí misma, como son la familia, la enseñanza, la industria, la política, la economía, etc. Todo ello produce una red que atrapa y esclaviza al hombre y causa una atmósfera, que es la que respira el hombre desde que nace, y que la interioriza de una manera acrítica como elemento fundante de su vida. El pecado establecido en las instituciones sociales funciona con una cierta autonomía, pues los mecanismos que hacen moverse a las sociedades están viciados. El ser social estructura el ser personal y, a su vez, éste se convierte en vehículo inconsciente del mal. A la vez, los pecados personales y los cometidos por grupos humanos alimentan la estructura de pecado de las sociedades favoreciendo sus intereses, que van contra la persona y sus relaciones de amor. En lenguaje de Juan es el «pecado del mundo» (cf. Jn 1,29; 17,9), que se erige como el enemigo de Dios e interfiere sus planes de conducir al hombre a su plenitud (cf. 1Cor 2,8.12). Dios intenta rescatar y salvar a los hombres de este enemigo (cf. 2Cor 5,19; 1Jn 5,4-5).
           
Al pecado estructural, situado en la historia humana, se une «la fuerza oculta de la iniquidad» de la que habla Pablo (cf. 2Tes 2,7) y que desvía al hombre de su meta final. Es el llamado pecado original o de Adán (cf. Gén 3), que también escribe el Apóstol (cf. Rom 5,12-21). Se da un desacuerdo entre las potencias que configuran el ser humano, que desajusta y desequilibra las relaciones con Dios, conduce al desprecio y odio hacia los demás haciendo imposible la comunidad humana, y terminan por corromper a la persona. Y este desacuerdo interior obedece a una idolatría del yo que se instala al inicio de la historia humana en el pedestal de la divinidad y se transmite por la cultura de los pueblos. Este pecado de origen desencadena multitud de actos que degradan a las personas e impiden el desarrollo normal del individuo, de la familia y de la sociedad, y da lugar al pecado estructural, social y personal. Se da, pues, en la historia una situación que alcanza a todos los hombres por el simple hecho de haber nacido y participar de ella, sin mediar la libertad personal, que tuvo un origen en una decisión humana. Es el pecado que ha desencadenado todos los males y corroe a todos los hombres, si bien no se puede achacar a la estructura misma de la creación.


martes, 9 de septiembre de 2014

Wolfhart Pannenberg. Teología sistemática III

                                            
                                        Wolfhart Pannenberg     
             
                                                      

Wolfhart Pannenberg falleció el 5 de setiembre pasado. Nace el 2 de octubre 1928 en Stettin, Alemania ―ahora Szczecin, Polonia―. Perteneció a la Iglesia Evangélica. Sus investigaciones se han centrado en la revelación como historia desde los presupuestos hegelianos de la misma, pero condicionados su desarrollo y evolución por la resurrección de Jesucristo. Ha sido profesor de Teología Sistemática en la Kirchliche Hochschule Wuppertal (1958-1961), en la Facultad de Teología de la Universidad de Mainz (1961-1968), y desde 1969 hasta su jubilación en el año 1993 en la Universidad de Munich. Sus publicaciones más relevantes traducidas al español son: Revelación como historia; Una historia de la filosofía desde la idea de Dios; El destino del hombre; Cuestiones fundamentales de teología sistemática; Teoría de la ciencia y teología; La fe de los Apóstoles; Teología Sistemática I-III.
Toda su obra ha sido recensionada en la revista Carthaginensia, órgano de investigación del Instituto Teológico de Murcia OFM.  Presentamos las últimas que ha escrito el prof. Bernardo Pérez Andreo.

Théologie systématique III

La tercera y última parte de esta obra de Pannenberg tiene su conclusión en la edición francesa a cargo de Olivier Riaudel, bajo cuya dirección se ha realizado la traducción y edición por parte de Édition du Cerf. Se trata del capítulo dedicado a la Iglesia, conclusión de toda teología sistemática como presentación de la doctrina cristiana. Es el volumen más extenso, casi mil páginas, constituido por una reflexión sobre el Espíritu Santo en tanto que don escatológico que mira al cumplimiento escatológico y la salvación de la existencia cristiana, considerada esta como experiencia individual de salvación y gracia, pero dentro de la vivencia eclesial. Como buen protestante, hace una fusión entre la dimensión comunitaria y la individual de la fe, ambas dimensiones constitutivas de lo que es el núcleo de la fe cristiana, en la perspectiva protestante. La Iglesia y los sacramentos son presentados como signos del cumplimiento de la salvación futura, pues el centro de esta salvación es la participación personal de cada cristiano.
Lejos queda la esperanza protestante en la extensión universal de una libertad fundada en la fe, en un mundo marcado por el cristianismo. Este sueño fue de corta duración y el despertar volvió a situar la fe en su base eclesial, intentando, por supuesto, huir de la hierocracia romana y de las desviaciones que los protestantes denunciaron en la eclesialidad católica. A esto se une el hecho doloroso de las divisiones dentro de la Reforma y de la excesiva pluralidad que llevaba a una ruptura de la comunión cristiana que no podía fundarse ni en la Escritura, ni en la fe en Cristo, ni en la propia necesidad histórica. De ahí que el eje vertebrador de esta obra de Pannenberg sea la cuestión de la realidad de la Iglesia, la eclesiología, junto al de la verdad de la doctrina cristiana. En la cuestión eclesial se juega su veracidad el cristianismo, así lo vio la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II y así lo han visto los protestantes tras muchas rupturas. La Iglesia, las iglesias, están llamadas a dar testimonio del Evangelio, este testimonio debe ser vivido en la Liturgia como expresión más nítida de su ser íntimo. La Liturgia y el testimonio cristiano deben estar orientados al Reino, como punto de llegada y meta final de todo el ser cristiano en el mundo, en la historia.
Cuatro densos capítulos componen el volumen. En su numeración continua de la obra son los que van del XII al XV. El primero de ellos está destinado a la efusión del Espíritu, el Reino de Dios y la Iglesia. Se trata de una triada inseparable si se quiere comprender correctamente el ser cristiano. El cumplimiento de la economía divina de salvación, desde las mismas relaciones trinitarias, se lleva a cabo por la efusión del Espíritu en vida, obra, muerte y resurrección de Cristo. El Espíritu constituye el Reino de Dios en la vida de Cristo, pero tras la muerte y resurrección prolonga su acción en el grupo de los seguidores de Jesús, en la Iglesia, encargada tras Pentecostés de llevar el Evangelio a todo el mundo. La Iglesia es el comienzo, germen, del Reino de Dios como misterio de salvación en Cristo de toda la humanidad. La Iglesia es la organización política en el horizonte del Reino de Dios. Con su vida litúrgica, la Iglesia es, en medio de este mundo, un signo y un envío al destino definitivo de los hombres hacia una comunión reconciliada en el Reino de Dios. Por eso mismo, se hace necesario un segundo capítulo dedicado a la comunidad mesiánica y el individuo. Son 440 páginas dedicadas a establecer una verdadera eclesiología protestante donde se muestran los elementos sustanciales de la eclesialidad reformada: el individuo creyente como centro de la fe eclesial, la Iglesia como comunidad de comunión de los creyentes, la acción del Espíritu y sus efectos salvíficos, la fe, la esperanza y el amor y la gracia como justificación de Dios, la presencia sacramental de Cristo en el bautismo y la Eucaristía y el ministerio de dirección como signo e instrumento de la unidad de la Iglesia.
La forma que da Pannenberg a esta eclesiología reformada tiene muchos puntos de contacto con las perspectivas eclesiológicas del Vaticano II y de las experiencias ecuménicas impulsadas por Juan Pablo II y Francisco en nuestros días. Se trata de repensar los elementos esenciales, sin quedarse en la epidermis de la formulación histórica de la dogmática, sea católica o protestante. Por ir a un ejemplo esclarecedor, merece la pena ver cómo Pannenberg trata el tema de la pretensión católica de unidad entorno a Pedro. Afirma el autor que no cabe discusión sobre si Roma fue, tras Jerusalén, la portavoz de la cristiandad en general en un momento histórico, el problema estribaría en el modo de describir la preeminencia del obispo de Roma en la Iglesia católica, no el hecho en sí, inapelable. El problema está en pedir para el obispo de Roma un ministerio infalible en lo doctrinal y un primado de jurisdicción, en ningún caso en que el obispo de Roma pueda representar el vínculo de unidad de todos los cristianos. En palabras de Pannenberg: “las razones más profundas de la constitución de la primacía romana … deben ser buscadas en la necesidad, expresada en el cristianismo primitivo en el modelo petrino, de una autoridad normativa para toda la Iglesia y al servicio de su unidad” (567).
Los dos capítulos últimos están dedicados a la relación entre elección e historia, y al cumplimiento de la creación en el Reino de Dios. Ambos capítulos no hacen sino poner unos fuertes grilletes a la idea extendida tanto entre los católicos como entre los protestantes de que la Iglesia es la realidad última y definitiva. Aunque esto no se diga así, subyace en las propuestas eclesiológicas más extendidas entre los fieles, sin embargo, nada de esto puede ser pensado y expresado teológicamente si se tiene presente que la Iglesia es, en último término, una realidad instrumental. Dios quiso salvar a la humanidad tomada como pueblo, sociedad e historia y por eso hubo de optar por elegir un pueblo que fuera la luz de los demás para consumar la presencia de Dios en medio del mundo. Esta elección debe ser vivida como experiencia de la persona, de la comunidad y de la misma sociedad, pero nunca como experiencia de un privilegio, sino de una responsabilidad. Dios elige a un hombre, a un pueblo, para llevar a cabo su obra de cumplimiento escatológico de toda la humanidad. Como la Encarnación, la Elección es un medio para construir el Reino de Dios en la historia, llevando ésta a su cumplimiento por la acción del Espíritu entre los hombres. El final del camino de Dios no conduce ni más allá ni fuera de la creación o el mundo; conduce directamente a la reconciliación del mundo y a su cumplimiento escatológico, hacia la realización del deseo mismo de la creación, hecha por Dios para llegar a Él. El amor divino es “el fundamento eterno para la salida de la inmanencia de la vida divina como Trinidad en la economía de salvación y para la inclusión de las criaturas, gracias a esta mediación, en la unidad de la vida trinitaria. Diferenciación y unidad de la inmanencia y de la Trinidad económica forman la pulsación del corazón del amor divino y, de una sola pulsación, este amor engloba el mundo entero de las criaturas” (838). Acaba así la obra de Pannenberg, volviendo al punto de partida, el amor de Dios, que se expande dentro de sí como vida intratrinitaria, pero que sale de sí extendiendo esa vida como creación. Esta creación es el lugar de expresión de su amor en la efusión de su Espíritu, en la vida entregada del Hijo y en la comunidad de los hombres que viven por y para Cristo y el Espíritu, la Iglesia. Esta comunidad vive como germen del Reino y como expresión del cumplimiento definitivo de ese amor trinitario que se encuentra expandido en el mundo. Mundus reconciliatus est Ecclesia.



Traduit sous la direction de Olivier Riaudel et Rémi Chéno, Édition du Cerf, Paris 2013, 947 pp, 13,5 x 21,5 cm.