lunes, 12 de octubre de 2015

San Francisco. Carta a un Ministro. V.

                                              MISERICORDIA      
                  «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO
                       


                                                              V


            c.- La posición de Escoto se ahonda y amplía en la actualidad dándole al amor divino salvador una dimensión de servicio, tanto personal como social.  Jesús se ha definido como ser servicial por excelencia, en su vida y en su muerte. Es comprensible que, como Jesús entiende su misión, experimente la injusticia que se comete con él en la perspectiva de Dios. Con este horizonte divino, es posible que Jesús resitúe los acontecimientos que le conducen a la muerte y manifiestan el fracaso de su misión más allá de las causas históricas por las que Pilato le sentencia a morir en la cruz[1]. Se encuentran pistas de cómo puede entender su muerte en varios textos evangélicos y en los que giran en torno a la Última Cena y en los gestos y palabras que realiza en ella. Porque su muerte constituye el último acto de una vida sellada por el servicio como sacramento del amor. La reflexión de Juan acierta con el fundamento de su vida y muerte: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos» (Jn 15,13). La afirmación se relaciona con dos dichos evangélicos.   
           
El primero está en el Evangelio de Marcos. Sucede que Santiago y Juan piden a Jesús, comprendido como mesías político, sentarse junto él en los puestos de mayor honor (cf. Mc 10,35-40). La respuesta refiere los principios que subyacen en los que mandan en las sociedades: la práctica autoritaria y despótica del poder. A la perversidad que lleva consigo el dominio de los poderosos sobre el pueblo, fuente de la esclavitud, Jesús opone una forma nueva de ejercer la autoridad: «...quien quiera entre vosotros ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos» (Mc 10,43-44). Y concluye: «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos»[2]. Jesús se excluye de ocupar el lugar de mayor honor como piensan los discípulos, pero también el de sentarse a la mesa como cualquier comensal. Su puesto es el último, el del esclavo, cuyo oficio es servir a todos, como hace la mujer y madre cuando sirve la comida. Y después se entrega a sí mismo con el sentido de servicio, sentido muy distinto del que tienen los que traman su muerte[3]. Recuerda cuando contesta a los escribas que le acusan de comer con recaudadores y pecadores: «Del médico no tienen necesidad los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2,17). El servicio da el significado a la palabra «rescate», fianza pagada por un esclavo o el medio de su liberación: Jesús, sirviendo como un esclavo hasta entregar su vida, devuelve la libertad y la vida a todos, esclavizados por los poderosos y maniatados por el diablo (cf. Mc 4,15). Conforme los poderes cercan a Jesús para llevarle a la cruz, viéndolo como una víctima sometida a sus intereses, él va tomando conciencia de su misión salvadora por medio de una entrega sin límites.
           
El segundo dicho es de Lucas. Se encuentra en el contexto de la Última Cena y supone el resultado de haber compartido los discípulos los dones del pan y del vino como símbolos de la vida y muerte de Jesús: «¿Quién es mayor?, ¿el que está a la mesa o el que sirve?, ¿no lo es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como quien sirve» (Lc 22,27-28)[4]. Significa la entrega personal de Jesús a los que comparten la cena para que se mantengan unidos. La metáfora del servicio a la mesa recuerda la actitud de vigilancia que recomienda a los que le siguen ante la venida inminente del Reino: «Dichosos los criados a quienes el amo, al llegar, los encuentre velando; os aseguro que se ceñirá, los hará recostarse a la mesa y les irá sirviendo» (Lc 12,37). Según Juan, Jesús lo ejemplifica en la cena de despedida lavando los pies a los Doce (cf. Jn 13,4-16).
            Pero el hecho de servir a la mesa indica, como en Marcos, la enseñanza de cómo deben ser las relaciones entre los que conforman la comunidad. El comportamiento mutuo no reproduce la infidelidad de Judas (cf. Mc 22,21), o la cobardía de Pedro (cf. Lc 22,31), o las relaciones de rivalidad o poder, como sucede en el ejercicio de cualquier autoridad, sino el servicio mutuo, que lleva consigo fidelidad y entrega, como Jesús ha hecho con ellos durante la proclamación del Reino: «Vosotros no seáis así; antes bien, el más importante entre vosotros sea como el más joven y el que manda como el que sirve» (Lc 22,26). El servicio que lleva a Jesús hasta la muerte proviene de su total disponibilidad a la voluntad del Padre en beneficio de sus hermanos. Y la «buena noticia» que revela a Israel es que dicha voluntad significa su decisión libre de regalarle la salvación.
           
 Refuerzan los dos dichos, el acontecimiento de la Última Cena[5]. Los gestos de Jesús de partir el pan y ofrecerlo a los discípulos y darles de beber a todos una sola copa con el vino[6] —gestos relacionados con su muerte como servicio a los demás en continuidad con su vida— pueden significar también un servicio como ofrenda sin límites, donación de sí que Dios recoge para beneficio de todos. Por consiguiente, la Última Cena remite al banquete que Dios dará cuando implante su Reino de una forma definitiva[7], pero, a la vez, se relaciona con su muerte inminente vivida como entrega por sus amigos; por todos[8]. Los dos sentidos se unen por su actitud de servicio; servicio que entraña un simbolismo salvador evidente, pensadas las cosas según Dios. Por eso, los gestos de partir y repartir el pan y distribuir la única copa se acompañan con unas palabras que explican dichos gestos, y con el sentido antes referido. Palabras que se relacionan con la promesa de la salvación futura para todos, como fija más tarde la comunidad cristiana en los textos citados, en los cuales se puede entender cómo Jesús afronta su muerte. Y la comunidad cristiana continuará profundizando e interpretando los gestos y las palabras de Jesús con este sentido de expiación por los pecados de los hombres y signo de la salvación futura a partir de la Resurrección[9].
            Llegados a este punto hay que advertir que la salvación que propicia la muerte de Jesús no es entendida de una forma exclusiva. Como enseña Francisco, se extiende a toda su vida: de la Encarnación a la Ascensión. Jesús ofrece el pan y el vino a sus discípulos como símbolo de su vida «que se derrama por todos» (Mc 14,24). Se concibe su muerte como su vida, es decir, como servicio al pueblo para alcanzar su liberación y salvación. Esta actitud es su carta credencial para participar en el banquete final del Reino prometido por el Señor (cf. Is 25,6). La muerte, pues, es el último acto de una existencia caracterizada por el servicio.
Se comprende, entonces, que guste a Francisco resumir la vida de Jesús como el crucificado, la acción suprema de amor a los hombres, y de tal manera es así que entiende toda su vida orientada hacia ese momento. Por eso usa las imágenes del «cordero» que derrama su sangre por el pueblo[10], del «buen pastor» que da su vida por sus ovejas: «Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y persecución, vergüenza y hambre, en la enfermedad y tentación y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna; de donde es gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras, y nosotros, leyéndolas, queremos recibir gloria y honor»[11]; del «siervo» cuyos sufrimientos expían los pecados de los hombres: «[Los frailes] no se avergüencen y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo (Jn 11,27) omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is 50,7) y no se avergonzó; y fue pobre y huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen y sus discípulos»[12]. Y por eso, también, acentúa la pobreza, la humildad y la cruz del Hijo de Dios[13], que son sinónimos, porque las tres se enraízan en el amor de Dios, aseguran la medida sin límites de su amor manifestado en su Hijo (cf. Rom 8,39) y fijan la condición de debilidad histórica de dicho amor, o su personalización en la vida humana. De ahí que Francisco se exija[14] y exija a sus seguidores esta concreta forma de vida y no exclusivamente el morir en cruz: «Todos los frailes empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo y recuerden que ninguna otra cosa debemos tener del mundo entero, sino que, como dice el Apóstol, teniendo alimentos y con qué cubrirnos, con esto estamos contentos (cf. 1Tim 6,8) […] Y no se avergüencen y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo (Jn 11,27) omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is 50,7) y no se avergonzó; […] Y cuando la gente les hiciere ultraje y no quisieren darles limosna, den de esto gracias a Dios; porque de los ultrajes recibirán gran honor ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo»; «Los frailes nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinos y extranjeros (cf. 1Pe 2,11) en este siglo sirviendo al Señor en pobreza y humildad vayan por limosna confiadamente, y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (cf. 2Cor 8,9)»[15].



[1] H. Schürmann, El destino de Jesús: su vida y su muerte. Salamanca 2003, 183-206; cf. A. Gerhards—K. Richter (Hrsg.), Das Opfer. Biblischer Anspruch und liturgische Gestalt. Freiburg 2000; S. M. Heim, Saved from Sacrifice. A theology of the Cross. Grand Rapids (Mich.)—Cambridge 2006; S. McKnight, Gesù e la sua morte. Brescia 2015; R. Miggelbrink,  L’ira di Dio. Il significato di una provocante tradizione biblica. Brescia 2005.
[2] Mc 10,45; cf. Mt 20,28.
[3]  Cf. Mc 14,58; 15,29; Jn 11,48.
[4] Cf. Mc 9,33-37; 10,42-45.
[5] M. Gesteira Garza, La Eucaristía misterio de comunión. Salamanca 1992, 33- 73; F. Martínez Fresneda, Jesús, hijo y hermano. Madrid 2010, 498-505; S. McKnight, Gesù e la sua morte, 292-310; J. Roloff, «Anfänge der soteriologischen Deutung des Todes Jesu (Mk 10,45 und Lk 22,27)», NTS 19 (1972-1973) 38-64.
[6] Cf. Lc 22,19-20par; Mc 14,22-24par.
[7] Cf. Mc 14,25; Lc 22,18; 1Cor 11,26.
[8] Cf. Jn 15,13; Mc 14,24par.
[9]  «¿No será posible tal vez que las palabras interpretativas, con su referencia a la muerte expiatoria del mártir (cf. Lc 22,20), al sufrimiento vicario del siervo de Dios (cf. Lc 22,19; Mc 10,45) y a las ideas del sacrificio (especialmente en Mc 14,23-24) no hagan sino explicitar pospascualmente lo que Jesús había expresado ya de forma implícita con su acción simbólica?», H. Schürmann, El destino de Jesús, 234. cf. 163-209; G. Pulcinelli, La morte di Gesù come espiazione. La concezione paolina. Cinisello Balsano (Mi) 2007, 177-224.
[10] «Pues el hombre desprecia, mancha y pisotea al Cordero de Dios, cuando, como dice el Apóstol, no distinguiendo (1Cor 11,29) ni discerniendo el santo pan de Cristo de los otros alimentos u obras, o lo come siendo indigno, o también, si fuera digno, lo come vana e indignamente, pues dice el Señor por el profeta: Maldito el hombre que hace la obra del Señor engañosamente (Jer 48,10)», CtaO 19; cf. 1Cel 77.
[11]  Adm 6; cf. Rnb 22,32; 2CtaF 56.
[12] Rnb 9,3-4; cf. Is 50,7; OfP 7,7-9.
[13]  «Todos los frailes empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo y recuerden que ninguna otra cosa debemos tener del mundo entero, sino que, como dice el Apóstol, teniendo alimentos y con qué cubrirnos, con esto estamos contentos (cf. 1Tim 6,8). […] Y no se avergüencen y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo (Jn 11,27) omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is 50,7) y no se avergonzó; […] Y cuando la gente les hiciere ultraje y no quisieren darles limosna, den de esto gracias a Dios; porque de los ultrajes recibirán gran honor ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo» Rnb 9,1.4.6; «¡Oh admirable alteza y estupenda dignación! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del Universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante Él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por Él (cf. 1Pe 5,6; Sant 4,10). Consecuentemente nada de vosotros retengáis para vosotros, para que os reciba a todos enteros el que se os ofrece todo entero», CtaO 27-29; cf. 2CtaF 11; Adm 6,1; etc.
[14] cf. OrSD 1,2; LP 102; EP 68; etc.
[15] «… y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (cf. 2Cor 8,9)» Rb 6,3; cf. Rnb 9,1.4.6; etc.

Domingo XXIX (B): ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber

                                                                    DOMINGO XXIX (B)


            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,35-45.

            En aquel tiempo [se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir. Les preguntó: -¿Qué queréis que haga por vosotros? Contestaron: -Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús replicó: -No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Contestaron: -Lo somos. Jesús les dijo: -El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
            Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: -Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.


1.- El relato de Santiago y Juan termina, también, poniéndose Jesús como modelo en las relaciones que deben mantener los Doce: «Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). El servicio puede llevar, además de la destrucción de la soberbia, que separa y enfrenta a los humanos, a dar la vida; al menos, a ponerla en riesgo. Si esta entrega se funda en el amor, entonces se trueca en salvación de aquellos a los que sirve. Rescatar es liberar por dinero de la pena de muerte, hacer recuperar una tierra perdida, devolverle la libertad a un pobre vendido como esclavo. No es un tema cultual que haga referencia al sacrificio expiatorio por el que uno sufre en sustitución de otro, sino que se trata de las repercusiones humanizantes de unas relaciones de amor concretadas como servicio y entrega mutuas. Servir al estilo de un esclavo que está pendiente de las necesidades de sus amos, es ofrecer la vida con generosidad. Jesús, pues, se pone como ejemplo ante los Doce, que deben seguir su conducta para abrir sus brazos como el Padre: acoger y rodear a los pequeños, y servirles para que alcancen su dignidad filial. Una ejemplo emblemático de esta actitud lo relata el cuarto Evangelio: «[Jesús] se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. Después echa agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida [...] Pues si yo [...] os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies» (Jn 13,4-5.14).

2.- La actitud que provoca una relación de servicio mutuo es el clima que debe reinar en la comunidad que forma el discipulado. Y esto no deben perderlo, por más sufrimiento que entrañe su misión y convivencia: «Todos serán sazonados al fuego [...] Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la sazonarán? Vosotros tened sal y estad en paz entre vosotros» (Mc 9,49-50par). Que la fraternidad viva en un ambiente de concordia es posible cuando contemple la vida como servicio mutuo. Así dará un sabor nuevo a la existencia. Una y otra vez nuestros Papas, Obispos y Sacerdotes nos comunican que la Iglesia es servicio; que solo tiene relevancia en la sociedad y en los corazones de los fieles si somos capaces de cumplir la paz que nos damos en la Eucaristía y estamos convencidos de pertenecer a una misma familia, que no a una empresa. Y esta sensibilidad debe partir de observar a nuestros pastores que realmente sean así: siervos de los siervos del Señor.


3.-  Jesús es el siervo del Señor que sirve y da la vida por todos. Así pensaron las antiguas comunidades cristianas de lengua griega. Y dicho modelo lo transmitieron para los criatianos de todos los tiempos: para los apóstoles, para los profetas, para la gente de a pié.  Asistimos al sacrificio de tantos cristianos en Oriente Medio, y también cómo nuestra sociedad occidental margina y anula la incidencia fraterna que todas las personas llevamos en nuestro corazón. La cultura actual nos enseña que la vida es una carrera sin fin buscando los propios intereses. Vivimos y morimos pensando y actuando como si fuéramos el centro y el ombligo del mundo. No somos reyes ni potentados, pero corremos en la misma pista. Leamos a San Pablo: «Tomad las armas de Dios […] Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos» (Ef 6,13-18).

Domingo XXIX (B): "El que quiera ser grande, sea vuestro servidor"

                                                                 DOMINGO XXIX (B)


            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,35-45.

            En aquel tiempo se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir. Les preguntó: -¿Qué queréis que haga por vosotros? Contestaron: -Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús replicó: -No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Contestaron: -Lo somos. Jesús les dijo: -El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
            Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: -Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.


1.- Texto. Juan y Santiago, dos componentes de los Doce, se acercan a Jesús para pedirle ocupar los lugares de más honor en su gloria. Marcos introduce el párrafo con la predicción de la pasión y muerte de Jesús que tendrá lugar en Jerusalén, donde va al encuentro de la cruz, todo lo contrario de la supuesta pretensión de los discípulos. La respuesta de Jesús frustra su aspiración y anhelo, y va en otra dirección: deben beber su copa y recibir su bautismo; es decir, asumir su destino de pasión. No es una recompensa con gloria, sino tener capacidad para transitar por el camino del sufrimiento. La gloria corresponde a la voluntad divina, a su soberanía y no al deseo de cada uno de conquistarla. Aquí está, en parte, el nivel de preferencias entre los seguidores. Ellos, con demasiada confianza en sí, responden: «podemos». Pero la ambición de los hijos de Zebedeo provoca la rabia de los restantes discípulos.

2.- Mensaje. Entonces Jesús, en plan de maestro, pone un ejemplo que es comprendido por todos al ser la práctica habitual de los responsables y adinerados de los pueblos. Y lo dice para sacar una conclusión: cambiar la ambición por el servicio, que es la expresión externa de la relación de amor, fundamento de la formación del grupo. Marcos crea la misma escena durante un viaje que termina en Cafarnaún, después del segundo anuncio de la pasión (Mc 9,30-32). Lo exponíamos domingos atrás. Discuten los Doce sobre quién es el más grande, y Jesús les responde: «Si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos. Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: Quien acoja a uno de estos en atención a mí, no me acoge a mí, sino al que me envió» (Mc 9,33-37par). El significado del gesto de amor de Jesús reafirma la enseñanza previa al dicho del servicio: la debilidad y la insignificancia social que manifiesta la niñez, contra el poder político-militar y relevancia económica de los jefes y poderosos, es la que encarna la dignidad de Jesús. En su vida y ministerio está la presencia del Reino, como enviado, o embajador, o representante del Padre.



3.- Acción. Nuestra sociedad está estructurada por poderosos y débiles, y otros muchos que vemos el espectáculo de los jefes de las naciones con sus palacios, medios de transporte y de comunicación, ocupando las primeras páginas de los periódicos, y buena parte del tiempo de las radios y de las televisiones, y, naturalmente,  siempre al servicio de los que poseen las riquezas de este mundo; y por otro lado, observamos las personas débiles que no saben abrirse un camino en esta vida; de las enfermas, de los disminuidos físicos y psíquicos, que viven en soledad o con acompañantes que son verdaderos santos, o condenados, si no toman la situación con generosidad de ánimo.  Jesús se ha puesto de parte de los débiles,  para compartir, ayudar y, si es posible, sacarlos de su estado de postración. Tuvo misericordia; es decir, situó el corazón con los que están cubiertos de todo tipo de miserias. Por ahí debe orientarse nuestra vida.

jueves, 8 de octubre de 2015

Santos y Beatos, 6-12 octubre

           6 de octubre

María Francisca de las 5 Llagas (1715-1791)

Santa María Francisca de las cinco Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, Virgen de la Orden Franciscana Seglar, nace en Nápoles (Campania. Italia) el 25 de marzo de 1715, hija de Francisco Gallo y Bárbara Basini, comerciantes. Viste el hábito franciscano el 8 de septiembre de 1731 y profesa los tres votos de castidad, pobreza y obediencia. Sigue la espiritualidad franciscana de venerar la Pasión del Señor y a la Virgen bajo la advocación de la “Divina Pastora”, cuyo culto difunde por doquier. Por sus visiones, revelaciones y éxtasis la autoridad eclesiástica la vigila durante siete años. Muere el 6 de octubre de 1791, a la edad de 76 años. Su cuerpo es depositado en la iglesia de Santa Lucía del Monte, de Nápoles, junto a San Juan José de la Cruz. El papa Pío IX la canoniza el 29 de junio de 1867.

Común de Vírgenes

Oración. Padre de misericordia, que en la virgen Santa María Francisca nos dejaste una imagen viva de tu Hijo crucificado, concédenos, por su intercesión, asemejarnos a Cristo en la tierra y ser glorificados con ella en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


6.1 de octubre
María Ana Mogas Fontcuberta (1827-1886)

La beata María Ana nace en Corró del Vall-Granollers (Barcelona. España) el 13 de enero de 1827; es hija de Lorenzo Mogas y Magdalena Fontcuberta. Conoce a María Valdés y a Isabel Yubal, Capuchinas exclaustradas, que se dedican a la educación de la niñez. Las asesora el beato José Tous Soler, franciscano capuchino exclaustrado. El 13 de junio de 1850, María Ana inicia su vida religiosa con sus compañeras en Ripoll. Emite sus votos el 25 de junio de 1851. Dirige la Escuela bajo la inspiración mariana. María, la Virgen Madre, Divina Pastora, es considerada por la fundadora y sus hermanas religiosas la suprema Abadesa del Instituto. El 10 de diciembre de 1865 se traslada a Madrid para rehabilitar a las jóvenes prostitutas y seguir educando a los niños pobres. Desde Madrid parten las hermanas para fundar en otras ciudades de España. Muere el 3 de julio de 1886 en Fuencarral (Madrid). El papa Juan Pablo II la beatifica el 6 de octubre de 1996.

Común de Vírgenes

Oración. Oh Dios Amor, que suscitaste en el corazón de la beata María Ana un amor maternal y un espíritu de sacrificio para educar a las niñas y cuidar a los enfermos, concédenos que, alentados por su ejemplo y cumpliendo fielmente tu mandato, demos testimonio de tu caridad en el servicio a los hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo.

           10 de octubre
Daniel y Compañeros, Mártires de Ceuta (†1227)

En el año 1227, los hermanos Ángel, Samuel, Dónulo, León, Hugolino, y Nicolás, pertenecientes a la Toscana (Italia), piden permiso al Vicario General de la Orden, Elías de Cortona, para predicar el Evangelio a los musulmanes. Viajan a España. Aquí se les une Daniel, Ministro Provincial de Calabria, que fue su superior y les espera para dirigirse a Ceuta. Daniel y sus compañeros zarpan desde Tarragona el 20 septiembre de 1227. Poco después llegan a Ceuta, donde se hospedan en un pueblo cercano habitado por comerciantes cristianos. El 1 de octubre predican la fe en Jesucristo como único mediador de la salvación. Provocan a los creyentes musulmanes, que los maltratan, apalean y torturan, encarcelándolos después. Ante la presión de la gente, las autoridades los sentencian a muerte, decapitándolos el 10 de octubre. Los cristianos recogen lo que queda de sus cadáveres vapuleados, y los trasladan a iglesias de España y Portugal. La muerte de estos mártires tuvo lugar un año después de la muerte de San Francisco y ocho años después de los mártires de Marruecos (cf. 16 de enero). El papa León X los canoniza el 22 de enero de 1516.

Común de Mártires

Oración. Dios de bondad y misericordia, que concediste a los santos Daniel y compañeros mártires la gracia de morir por Cristo, ayúdanos en nuestra debilidad, para que, así como ellos no dudaron en morir por ti, nosotros nos mantengamos fuertes en la confesión de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo.

           10.1 de octubre
Ángela María Truszkowska (1825-1899)

La beata Ángela María nace el 16 de mayo de 1825, en Kalisz (Polonia). Su familia se traslada a Varsovia en 1837. En la catedral de Colonia (Alemania) experimenta la llamada del Señor para servir a los pobres y necesitados, llevando una vida de oración y sacrificio. En 1854 se entrega a los niños abandonados y a los ancianos sin casa de Varsovia. Ingresa en la Orden Franciscana Seglar. El 21 de noviembre de 1855, ante el icono de María y junto a su prima, se consagra al Señor: aquí comienza la comunidad de las religiosas Felicianas o de San Félix de Cantalicio, con el ideal de que el Señor sea conocido, amado y glorificado. La comunidad es suprimida por el gobierno ruso en 1864, pero continúa en secreto bajo la guía espiritual de la fundadora, que muere el 10 de octubre de 1899. El papa Juan Pablo II la beatifica el 18 de abril de 1993.

Común de Vírgenes

Oración. Señor y Dios nuestro, te pedimos que la beata Ángela María, virgen, tu fiel esposa, encienda en nuestro corazón la llama de la caridad divina que ella suscitó en otras vírgenes, para gloria perpetua de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.

          11 de octubre

Juan XXIII, Papa (1881-1963)

San Juan XXIII, de la Orden Franciscana Seglar, nace el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte (Bérgamo. Italia). Después de cursar los estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1904 en Bérgamo. En 1905 enseña Historia y Patrología en el seminario de Bérgamo. En 1921 es presidente para Italia del Consejo Central de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe. El papa Pío XI lo consagra arzobispo de Areópolis y lo nombra enviado oficial para Bulgaria el 3 de marzo de 1925. El 12 de enero de 1935 es elegido delegado apostólico para Turquía y Grecia. Ayuda a miles de judíos en la persecución nazi. El 23 de diciembre de 1944, el papa Pío XII lo nombra nuncio apostólico de Francia, y el 12 de enero de 1953, cardenal presbítero y patriarca de Venecia. El 28 de octubre de 1958 es elegido Papa. El 25 de enero de 1959 anuncia el Concilio Vaticano II, el I Sínodo de la Diócesis de Roma y la revisión del Código de Derecho Canónico. El 11 de octubre de 1962 abre el Concilio Vaticano II en San Pedro. Muere en Roma el 3 de junio de 1963. Juan Pablo II lo beatifica el 1 de octubre del año 2000 y Francisco lo canoniza el 27 de abril del año 2014.

Común de Pastores

Oración. Dios de bondad y misericordia, que en San Juan XXIII, papa, has hecho resplandecer ante el mundo el ejemplo de un buen pastor, concédenos, por su intercesión, difundir con alegría la plenitud de la caridad cristiana. Por nuestro Señor Jesucristo.

          12 de octubre
 Nuestra Señora del Pilar

La Virgen María se apareció en Zaragoza sobre una columna. Es la Patrona de la Hispanidad. Pío XII concede a todas las naciones de América la posibilidad de celebrar la Misa que se celebra en España.

                        Común de María Virgen

Oración. Dios eterno, que en la gloriosa Madre de tu Hijo has concedido un amparo celestial a cuantos la invocan con la secular advocación del Pilar, concédenos, por su intercesión, fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

12.1 de octubre

Serafín de Montegranario (1520-1604)

San Serafín nace en 1540 en Montegranario (Áscoli Piceno. Italia); es hijo de Jerónimo Rapagnano y Teodora Giovannuzzi. Se gana el pan trabajando como leñador y como pastor hasta que fallecen sus padres. Ingresa en la fraternidad de Tolentino (Macerata) de los Franciscanos Capuchinos en 1538 y hace el noviciado en Jesi (Ancona), dos conventos de Las Marcas de Italia. Se distingue por su sencillez, vida de penitencia y oración, práctica que había desarrollado cuando era pastor. Su entrega a los pobres y desfavorecidos es permanente, sintiéndose uno de ellos, pues compartía sus carencias y sufrimientos. Sus devociones principales son la Eucaristía y la Virgen María. En Áscoli es consejero de muchos dignatarios de la vida eclesiástica y social de entonces. Muere el 12 de octubre de 1604. El papa Clemente XIII lo canoniza el 16 de julio de 1767.

Común de Santos Varones

Oración. Padre de bondad, que en el bienaventurado Serafín, lleno de los dones del Espíritu, nos dejaste un testimonio admirable de las riquezas del corazón de Cristo, concédenos la gracia de tu sabiduría y vivir en plenitud el Evangelio que nos anunció tu Hijo. Él, que vive y reina contigo.