lunes, 22 de febrero de 2016

Santos y Beatos, del 23 al 28 de febrero

23 de febrero
Policarpo (155ca.)

San Policarpo, obispo de Esmirna (Turquía), es discípulo de los Apóstoles, de los que escuchó la vida y la doctrina de Jesucristo. Recibe a San Ignacio de Antioquía en su viaje a Roma. También San Policarpo va a la Ciudad Eterna para tratar con el papa Aniceto la fiesta de la Pascua. Es martirizado en torno al año 155.

                                                            Común de un Mártir


24 de febrero
Isabel de Francia (1225-1270)

La beata Isabel de Francia es hija del rey Luis VIII y Blanca de Castilla. Dada en matrimonio a Conrado Hohenstaufen, hijo del emperador Federico II, renuncia a casarse por haber hecho el voto de virginidad. Se dedica a asistir a los enfermos en los hospitales, ayudar a los pobres y acrecentar la devoción a la Eucaristía, medio con que busca identificarse con Cristo. Construye un monasterio de Clarisas en Longchamp, situado a las afueras de París y dedicado a la Humildad de Nuestra Señora. Le acompañan varias jóvenes de la corte francesa y otras hermanas venidas de otros monasterios, en especial de Reims. Las religiosas no se llaman «Hermanas Pobres», como en la Regla de Santa Clara, sino «Hermanas Menores Encerradas». En el claustro adopta una vida de penitencia y oración, haciendo especial hincapié en la humildad y la pobreza, entendida ésta de una forma menos radical que Santa Clara. Vive en un ala del convento con estancias propias; no emite los votos religiosos, seguramente para no ser abadesa. Muere el 23 de enero de 1270. Asiste a los funerales su hermano San Luis IX, rey de Francia. León X aprueba oficio y misa en su honor el 11 de enero de 1520, e Inocencio XII, a finales del s. XVIII, los extiende a toda la Orden Franciscana.

Común de Santas Mujeres

Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la virgen Isabel de Francia abundancia de dones celestiales, concédenos imitar en la tierra su seguimiento de Cristo pobre y crucificado, para que también podamos gozar en su compañía en tu gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

25 de febrero

Sebastián de Aparicio (1502-1600)

El beato Sebastián de Aparicio nace en Gudiña (Orense. España) en el año 1502, hijo de Juan de Aparicio y Teresa del Prado. Su oficio es de pastor. Con las ganancias mantiene a su familia. Muertos sus padres y casadas sus hermanas, emigra a México. Aquí se dedica a la agricultura y hace carros de carga tirados por bueyes. Con ellos transporta mercancías de un pueblo a otro. Con sus productos comercia en Veracruz, Zacatecas y en la ciudad de México. Todas las ganancias las distribuye entre los necesitados, como antes lo hizo con su familia. En 1552 deja el comercio y se centra de nuevo en las labores agrícolas y ganaderas. Adquiere una hacienda en la que crea la primera escuela industrial que hay en México; se dedica a enseñar a los campesinos para ganarse la vida con honradez. Se casa dos veces. Cuando enviuda de la segunda mujer, ingresa en la Orden el 2 de junio de 1573 a la edad de 71 años en la ciudad de México. Por 27 años vive dedicado a la oración y penitencia. Se encarga de pedir limosna, cuidar el huerto y hacer las compras. Muere el 25 de febrero del año 1600 a los 98 años de edad. Pío VI lo beatifica el 17 de mayo de 1789.

Común de Santos Varones


Oración. Oh Dios, que hiciste a tu siervo Sebastián de Aparicio caminar por la senda de la simplicidad de corazón y le colmaste de dones celestiales, concédenos, por su intercesión, que te sirvamos con mente pura y con corazón limpio. Por nuestro Señor Jesucristo.


27 de febrero
Francisca Ana de la Virgen Dolorosa (1781-1855)

La beata Francisca Ana nace Sancellas (Baleares. España). Trabaja con sus padres y hermanos en labores agrícolas. En su tiempo libre se dedica a explicar el catecismo a los jóvenes en la parroquia de su pueblo. Fallecidos su madre y sus tres hermanos, ingresa en la Orden Franciscana Seglar en 1798. Cuida a su padre hasta 1821, año en que muere. En 1850 el rector de la parroquia, Juan Molinas, crea una casa de caridad al estilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente. Le encarga el proyecto a Francisca. El 7 de diciembre de 1851 profesa con otras dos mujeres. Francisca cumple 70 años. No obstante se dedica con todas sus fuerzas a promover el Instituto así llamado Hermanas de la Caridad, y lo dirige con extremada prudencia. En esta casa instruye a los niños, socorre a los pobres, asiste a los moribundos. Muere el 27 de febrero de 1855. El papa Juan Pablo II la beatifica en Roma el 1 de octubre de 1989.
Común de Vírgenes

Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata Francisca Ana, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.

27.1 de febrero

José Tous y Soler (1811-1871)

El beato José Tous y Soler, Franciscano Capuchino, nace en Igualada (Barcelona. España) el año 1811. A los 16 años ingresa en los Capuchinos de Sarriá (Barcelona), profesando el 19 de febrero de 1828. Se distingue por su unión con Jesús realizada por la oración y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen María bajo la advocación de la Divina Pastora. En 1835, exclaustrado, viaja a Italia y a Francia donde se dedica a la dirección espiritual. Regresa a Barcelona en 1843. Funda las «Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor», dedicadas a la educación cristiana de la juventud. Inaugura el primer colegio en Ripoll el 27 de mayo de 1850; en 1858 se cierra este colegio y se abre uno nuevo en Capellades. El Instituto cuenta en la actualidad con fraternidades en Cataluña, Murcia, País Vasco y Madrid; y en Iberoamérica: Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Colombia y Cuba. Muere el 27 de febrero de 1871 celebrando la Eucaristía en Barcelona. Es beatificado por el papa Benedicto XVI el 25 de abril de 2010.

Común de Pastores

Oración. Oh Dios, que al beato José Tous, presbítero, diste la gracia de seguir fielmente a tu Hijo, en la pobreza y humildad de espíritu, y suscitar en la Iglesia la educación cristiana de los niños; concédenos, por sus méritos e intercesión, que profundamente renovados, podamos saborear la dulzura de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


27.2 febrero
María Caridad Brader (1866-1943)

La beata María Caridad Brader nace el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn (St. Gallen. Suiza); es hija de José Sebastián Brader y de María Carolina Zahner. Estudia en el Colegio de María Hilf de Altstätten, de las Religiosas de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Ingresa en este Instituto franciscano el 1 de octubre de 1880 y profesa el 22 de agosto de 1881. Con La beata María Bernarda Bütler y otras hermanas viaja en 1888 a Chone (Ecuador) y más tarde a Túquerres (Colombia). Se dedica a evangelizar a los habitantes de las zonas de la selva colombiana. Funda en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada, dedicada a la educación de los niños y jóvenes pobres y marginados. Participa con intensidad en la Eucaristía y establece la Adoración Perpetua diurna y nocturna. La beata María Caridad es la oración encarnada. La pastoral social, el trabajo de promoción, la formación, la evangelización y la enseñanza religiosa son la herencia que deja a su Congregación. Es Superiora General desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940. En 1933 aprueba la Santa Sede su Congregación. Es beatificada por Juan Pablo II el 23 de marzo del año 2003.

Común de Vírgenes

Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la beata María Caridad Brader la gracia de adorarte por medio de su amor a la Eucaristía, concédenos imitar en la tierra esta virtud, para que también podamos gozar en su compañía de las alegrías de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.



28 de febrero
Antonia de Florencia (1401-1472)

La beata Antonia, de la Orden de Santa Clara, nace en Florencia (Toscana. Italia) en 1401. Contrae matrimonio a la edad de 15 años; tiene un hijo y queda viuda muy pronto. Se casa por segunda vez y enviuda de nuevo. Cuando el hijo es mayor de edad, ingresa en el convento de San Onofre de Florencia, de las Hermanas Terciarias Regulares de San Francisco, fundadas por la beata Angelina de Marsciano. Poco después es destinada al convento de Santa Ana de Foligno, y luego al convento de Santa Isabel de Áquila. Aquí conoce a San Juan de Capistrano, que defiende la reforma de la Orden junto a San Bernardino de Siena. En 1447 marcha con un grupo de religiosas al monasterio del Corpus Domini para observar al pie de la letra la Regla de Santa Clara, sobre todo en los aspectos de pobreza y penitencia. San Juan de Capistrano le encomienda la dirección del monasterio, que ejerce durante toda su vida. Ella se ofrece para renovar la Segunda Orden y se convierte en el modelo femenino de la reforma observante. Muere el 28 de febrero de 1472 a la edad de 71 años en Áquila. El papa Pío IX aprueba su culto el 17 de septiembre de 1847.

Común de Santas Mujeres

Oración. Oh Dios, que infundiste a la beata Antonia de Florencia un profundo amor a la pobreza y la penitencia, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Jesu-cristo pobre y crucificado, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.


domingo, 21 de febrero de 2016

Necesidad de la conversión. III de Cuaresma (C)

III DOMINGO DE CUARESMA


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:
-¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

1.- Jesús nos invita a la conversión. Conversión no es un cambio de ideas,  sino un  cambio de corazón, de toda la interioridad humana que se articula en la conducta. Conversión remite al término shub, vuelta, retorno al camino de Dios, que jamás se debió abandonar. Alcanza, pues, lo más profundo de la persona y va más allá de toda práctica religiosa. Esta enmienda y arrepentimiento sigue el pensar de Juan Bautista y de Ezequiel: «Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis (18,31; cf. 36,26). Jesús pide una vuelta al camino del Señor, pero el Señor no viene a castigar a los que le han dado la espalda, como dicen los profetas: «Llega implacable el día del Señor, su cólera y el estallido de su ira, para dejar la tierra desolada, exterminando de ella a los pecadores» (Is 13,9; cf. Sof 1,14-16). Más bien Jesús reconcilia con un Dios que es misericordioso. Dios no se introduce en las relaciones humanas de buenos y malos, de castigo al agresor y pecador. No consigue nada con ello. Dios espera paciente, como el padre del hijo pródigo, o sale impaciente al encuentro de la oveja perdida. Dios nunca pasa factura del mal que cometemos. Lo que es necesario es que desandemos los pasos mal dados, lo encontremos y lo miremos de nuevo con su rostro de un buen Padre y una buena Madre.

           
2.- La clara conciencia de Jesús sobre la pronta intervención divina le conduce a afirmar no solo un cambio de conducta individual, sino también a una revisión de las instituciones sociales y religiosas, que se inutilizan cuando se usan para el exclusivo beneficio de unos cuantos o de ciertas castas. En tiempos de Jesús eran los sumos sacerdotes, los escribas, los fariseos; por eso, critica el templo, el sacerdocio, la enseñanza oficial y las instituciones políticas. La pretensión de Jesús es que la gente que se le acerca tome conciencia de su pecado y pueda descubrir a Dios y encontrarse con Él de una forma amigable y misericordiosa. Pero a esta conversión personal une la reforma del culto, del templo y del ministerio que los sirve. Es un aviso a las instituciones eclesiales, económicas y políticas que han perdido el sentido del servicio a los pueblos. Por eso, todas ellas tienen también necesidad de convertirse.

           
3.- Muchos de nosotros llevamos una vida ordenada, responsable con nuestros quehaceres sociales y familiares. Entonces, la invitación que hace Jesús sobre la necesidad de la conversión parece que no nos afecta, pues sus palabras van dirigidas a los sinvergüenzas que se aprovechan de sus cargos para enriquecerse o extorsionar a la gente sencilla que no sabe defenderse. Sin embargo,  Jesús invita a todos, bien seamos honrados o no, agraciados o pecadores, responsables o irresponsables. Nunca debemos olvidar que la fe cristiana, en cuanto relación de amor, indica una actitud básica que se expresa en toda nuestra vida, en los pequeños y grandes actos; es un talante en el que la bondad con los demás es la cara que manifiesta la rica vida interior cuando está unida al Señor.


III Domingo de Cuaresma

III DOMINGO DE CUARESMA


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: -¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

1.- Texto. La inminencia del juicio que Juan Bautista y Jesús anuncian conduce a una petición de conversión. Todos están necesitados de ella. El Evangelio de este domingo relata la pregunta que se le hace a Jesús sobre cuál fue el pecado de unos paisanos suyos, galileos, a los que mató Pilatos durante una peregrinación, o por qué castigó Dios a otros hombres cuando se derrumbó la torre de Siloé. Contesta Jesús que tales sucesos no obedecen a la creencia común de que cualquier enfermedad o desgracia es expresión de un pecado personal o colectivo, sino que todos aquellos hombres no eran culpables de tales desgracias, y concluye: «si no os arrepentís, acabaréis como ellos»; es decir, insta a una conversión colectiva en la medida en que todos son responsables de la situación de maldad en la que se justifica una realidad que genera continuamente injusticia, esclavitud y muerte.

2.- Mensaje. En la parábola de la higuera Jesús invita a un arrepentimiento antes del juicio; al estilo de Juan Bautista, ofrece otra oportunidad (cf. Lc 3,8-9). Pero la parábola, a diferencia de las muertes que provocó Pilatos y la torre de Siloé, pone el acento en las vidas improductivas, en las que la obligación recae sobre el propio individuo; por eso, se le da una última oportunidad antes de cortarlas definitivamente. Jesús exhorta a dar fruto. Es como la semilla que cae en tierra buena, que simboliza a «los que con disposición excelente escuchan la palabra, la retienen y dan fruto con perseverancia» (Lc 8,15). De lo contrario, les pasará como a la generación que oye su mensaje y no le hace caso; entonces «los ninivitas se alzarán en el juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se arrepintieron por la predicación de Jonás, y hay aquí uno mayor que Jonás» (Lc 11,32; cf. 10,13-16). Lo que pide Jesús es introducirse en el movimiento salvador que Dios ha iniciado y que no deben dejar pasar (cf. Lc 15).

3.- Acción. Por el juicio divino al final de la vida, por la vida que debe responder a los talentos regalados o dar el fruto correspondiente, es urgente responder a esta voluntad de Dios. Hay que tomar una decisión mediante la cual se deba asumir esta oferta de salvación. No existe un espacio neutro en la historia por el que se pueda pasar ignorando el ministerio de Jesús: la vida es buena o es mala; o servimos o nos  servimos de los demás. Porque al final de la existencia, no valen las credenciales tradicionales de religiosidad, conciudadanía, vecindad, amistad, familiaridad, etc., u otros poderes como la riqueza. La única credencial válida es la de haber invitado al mundo marginal, «a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos», que no pueden retribuir o corresponder a la relación bondadosa, porque el hecho mismo de estar con ellos y recuperarlos por el amor es la única carta de ciudadanía del Reino: «pues te pagarán cuando resuciten los justos» (Lc 14,12-14); de lo contrario, no reconocerá el Juez a nadie.

sábado, 20 de febrero de 2016

Alegrías de la penitencia Inteligente

                                      ALEGRÍAS  DE  LA  PENITENCIA  INTELIGENTE  

                         
Elena Conde Guerri
Facultad de Letras
Universidad de Murcia

El tiempo de Cuaresma parece propicio para reflexionar sobre la conveniencia o la necesidad de abstenerse de determinadas cosas o, en su caso, de practicar aquello que implique una ascesis encaminada a que la persona sea mejor, sea capaz de lograr el punto entre las tendencias antagónicas que intentan desequilibrar a la frágil naturaleza. El enigma reside aquí, a mi entender, en fijar la meta trascendente que justifique las incomodidades de un itinerario de privaciones voluntarias sólo porque sí. La Antigüedad ya entendía de estas actitudes existenciales y el filósofo Zenón de Citio fue el propulsor de la doctrina estoica que se expandió con éxito a lo largo del tiempo  y tuvo en Lucio A. Séneca a su representante más excepcional. Séneca, nacido en una familia aristocrática de Córdoba, en la Hispania ya muy romanizada, se educó desde joven en Roma y llegó a ser el preceptor y el mentor político del emperador Nerón. Sobre todo, en sus primeros años de gobierno cuando Nerón, un adolescente inexperto y entregado a todos los placeres y desatinos que como dios en la tierra no debía rechazar, necesitaba una guía de conducta y un vademecum político para que el poder al servicio del bienestar del Estado no naufragase y la guardia pretoriana mantuviera su juramento de lealtad. Casi todos saben los hechos básicos de este escenario y el momento puntual de la historia en que los personajes actuaron y recuerdan que acabó en tragedia. Pero quizá no todos sepan que en esta secuencia, el filósofo Séneca coincidió en Roma con la presencia real (aunque no estable) de los dos grandes Apóstoles considerados como los pilares de la Iglesia. De ahí que algunos investigadores sostuvieran la hipótesis de un careo entre Séneca y Pablo y un conocimiento por parte del primero de los preceptos básicos del cristianismo a través del diálogo con el apóstol. No está aún demostrado, pero la sugerencia sirve para enfocar adecuadamente el contenido que el título de hoy sugiere.
                   
Cuando se lee atentamente la copiosa obra literaria de Séneca, se deduce que el apasionamiento por la ascesis y las privaciones y la contención en todos los sentidos le llega en un momento vital en que la edad avanzada por una parte y el desencanto de la política y otras pompas temporales le empujaban a la introspección. Reflexiona Séneca cómo la diosa Fortuna es caprichosa y sus reveses llegan a todos sin distinción, a ricos y a excluidos, a los privilegiados y a quienes lo son menos, y a cualquier edad. Afirmando que "la frugalidad es una pobreza necesaria" y también "entrégate a la filosofía", relata que los ricos jugaban a ser pobres y a veces dormían en duros catres colocados en celdas oscuras, vestían sayal y comían pan mohoso acompañado sólo de agua. Estaba claro que uno podía sobrevivir con menos de un as (fracción del sestercio, la moneda estandar en el mundo romano) y tal actitud no era ninguna proeza pues cada día miles y miles de esclavos llevaban esta vida. Era cuestión de que los aristócratas se mimetizasen con ellos, aunque fuera ocasionalmente. Pero estos juegos no respondían sólo a un capricho lúdico. Era un modo de ensayarse anticipadamente a la adversidad , "ejercitarse con el maniquí" sin ser coaccionado para demostrarse a si mismos que uno era capaz de curtirse frente a las desgracias y la persona quedaba imbatible sin temer nada. Ella se manifestaba superior a la Fortuna. Toda ascesis se hacía per se y quedaba in se, como se ve. Ningún provecho comunitario, ningún beneficio que circulase en bien de los semejantes, ninguna empática sensibilidad brotaba de tales prácticas. Las Cartas a Lucilio  abundan en estos consejos de Séneca y resultan particularmente llamativas la 18 y la 7, respectivamente de los Libros II y I. La soledad voluntaria, buscada con intención, era también prescriptiva. El ideal del sabio exigía en ocasiones apartarse de los demás, implícito aquí un matiz peyorativo a los demás. El contacto con la multitud, con la masa, era dañino ya que siempre surgía alguien que podía contaminarnos con algún vicio, de donde "se volvía a casa  más avaro, más sensual, más ambicioso, más cruel". Incluso, textual, "todavía más inhumano porque anduve entre hombres". La sentencia es tremenda pues, de modo genérico, considera al género humano como corrompido. La pauta a seguir era endosarse la armadura y conversar sólo con aquéllos que te pueden hacer mejor y admitir a aquéllos otros a quienes tu mismo puedas mejorar. Moverse en el elitismo de un círculo que, de modo amplio, persigue la perfección pero rehuyendo todo contacto sospechoso de toxicidad. Personalmente, siempre vi a Séneca muy alejado de los valores fundamentales del cristianismo aunque no fuera ignorante de su existencia.
         
El cristianismo no predica la ascesis per se, ni persigue con las abstinencias voluntarias de diversa índole lograr una estética esplendorosa e integral  de la persona. No se adelanta con fría lógica a lo que pueda venir, pues toda prevención profiláctica sobra ante la maravilla de la Providencia divina, es más la ofende y la oscurece aunque todavía no seamos capaces de entenderlo y abandonarnos a ella. No se blinda ante quienes pueden contaminar sino que va en busca de la oveja perdida y pecadora (Lc 15,1-10.  Mt 18,12-14). Los momentos de reclusión buscada se traducen en un diálogo con el Señor pidiendo su Espíritu y su fortaleza para ser capaces de dar gratuitamente a todo el mundo, a todos sin exclusión, el tesoro que de Él hemos recibido, "haciendo lío" si es oportuno según esta  expresión ya proverbial del Papa Francisco.  El único handicap sería la alegría contaminante, a pesar de las críticas o de la osadía. Al igual que Cristo, que iba a banquetes cuando la ocasión lo requería, se complacía en la sociabilidad y jamás evitó a ninguno proyectando especialmente su misericordia con los más pecadores. (Mt. 11, 16-19.  Lc.7, 31-35). Por eso, cualquier penitencia, por pequeña que sea, debe estar esencialmente arraigada en El, ser cristológica, en caso contrario serviría de bien poco. Sería más bien estéril pues " Yo soy la vid verdadera y mi Padre el viñador ....    yo soy la vid y vosotros los sarmientos, separados de mi no podeís hacer nada" ( Jn. 15).
           
En esta perspectiva, los entrenamientos disciplinarios que en Cuaresma haga cada cual serán fecundos, servirán para abundar cada vez más en la alegría, la verdadera y trascendente y  no la maquillada que nace de retos autosuficientes al modo estoico.  En el proclamado Año de la Misericordia es útil recordar, en el marco de este Blog franciscano, que los primeros Hermanos Menores compañeros y amigos del Santo de Asís ya eran sabios en estos temas pues comprendieron perfectamente en que consistía "la perfecta alegría". Soportar todas las penas, humillaciones y sufrimientos, injurias inmerecidas y golpes, todo, todo, pensando en las penas de Cristo bendito y por su amor. (Fioretti, 8). Radicalmente  cristológico, profundamente generoso en la communio sanctorum  y  reflejo fiel del misericordiae  vultus.

lunes, 15 de febrero de 2016

Libros: El pecado original

             El pecado original. Fe cristiana, mito y metafísica
     
                 Jean-Michel Maldamé



Bernardo Pérez Andreo
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum


La cuestión del pecado original es la más espinosa que aún hoy tenemos en la teología, especialmente la católica. Los datos científicos parecen contradecir uno de los dogmas troncales de nuestra fe. Cuando la ciencia nos enseña que no hay ningún momento en el proceso de hominización que podamos mostrar como paradisíaco, un estado desde el que el hombre pudo ‘caer’, el dogma del pecado original parece perder consistencia a ojos del hombre moderno. Es, probablemente, la cuestión peor entendida por la mentalidad científica, quizás porque durante mucho tiempo nos empeñamos en que el tema del pecado original tenía que ver con la historia de la humanidad y con los datos constatables. Bien sabemos que no es así y que muchas de las críticas que se hacen a la Iglesia por este asunto son infundadas. Pero, es necesario demostrarlo y, de paso, mostrar que el creer común de muchos cristianos también está equivocado, probablemente por cierta insistencia en lo histórico por parte del magisterio en algunas ocasiones.
Este trabajo de Maldamé viene a colmar el vacío que existe entre la ciencia y el dogma, mostrando la realidad que hay detrás de un dogma mal entendido y, a veces, peor expuesto ante el pueblo. La intención de toda la obra no es otra que explicar para el mundo actual el valor de este dogma, sus límites y su virtualidad para explicar uno de los mayores problemas del hombre en cualquier tiempo: explicar el origen del mal. Porque se trata de eso cuando hablamos del pecado original, del origen del mal. Para llevar a cabo su tarea, Maldamé divide la obra en tres partes, que a su vez se compone de quince capítulos y una conclusión. En la primera parte aborda los Fundamentos de la doctrina del pecado original, por eso va al origen de la temática: San Agustín. Sí, fue la genialidad del de Hipona la que inventó lo del pecado original. En la Biblia no se encuentra y antes de él ninguno de los Santos Padres, menos en Oriente donde hasta el día de hoy no saben nada del asunto, lo cita como tal. En el Génesis y en San Pablo tenemos tematizado el pecado de Adán y el pecado del mundo, pero no el pecado original.
Para Agustín, que venía del dualismo maniqueo que afirma la existencia de un principio para explicar el origen del mal, existe un pecado que es fruto de la libertad de Adán, pero que se extiende por propagación a toda la raza humana. Es decir, es hereditario. Esto, en sí mismo, es causa de muchos problemas porque Dios estaría castigando en los hijos el pecado del padre y eso no parece que se relacione bien con la justicia. Pero, Agustín entiende que el hombre obra el mal que no quiere porque éste forma parte de su naturaleza tras la caída de Adán. De ahí que sea necesario bautizar a los niños recién nacidos para remediar este pecado original, restaurando la naturaleza caída. Se tiene constancia de bautismo de niños en el siglo II y III, pero para incorporarlos cuanto antes a la comunión de los santos, no para restaurar la naturaleza dañada. La perspectiva de Agustín pasó a la Iglesia de Occidente como una posición bien definida tras la crisis pelagiana y la dogmatización de la postura agustiniana. Pelagio defendía que el pecado es un acto de la libertad y que la libertad es real, de ahí que todo hombre nazca en el mismo estado de inocencia y de integridad que Adán. Ante esto, Agustín extrema su posición: la naturaleza humana está pervertida por el pecado de Adán, un pecado que se transmite por la procreación, por el desorden de los sentidos que produce el acto sexual. Las posiciones se tensan entre los seguidores de Pelagio y Agustín. Mientras para aquellos el uso de la concupiscencia natural en su medida es usar bien de un bien, para Agustín, ese uso es, como mucho, un buen uso de un mal. He aquí el quicio de la cuestión del pecado original a lo largo de la historia: que la Iglesia lo ha explicado, y así se ha extendido, como una perversión inherente a la naturaleza humana que se transmite por vía sexual. La identificación entre sexo y pecado, de origen gnóstico, es la clave para la mala comprensión de este dogma.
Aquí viene la segunda parte del trabajo: Pecado original, Pecado de Adán, Pecado del mundo. En este parte se abordan las fuentes bíblicas para entender el problema y la elaboración dogmática del mismo. Tras el análisis de los textos clásicos de la Biblia, desde Génesis hasta Pablo, se llega a la conclusión de que el término ‘pecado’ hay que entenderlo como  un rechazo deliberado de la propuesta de alianza hecha por Dios. Dos nociones hay en el texto bíblico. La primera es el pecado de Adán, pecado que abarca a toda la humanidad por ser un personaje metahistórico, no prehistórico, como lo han mostrado erróneamente en tantas ocasiones. En Adán está recapitulada toda la humanidad, como luego lo estará en Cristo. En Adán pecamos todos, en Cristo todos hemos sido salvados. La universalidad del pecado está en función de la universalidad de la gracia. Por su parte, el pecado del mundo expresa que todos los seres humanos somos solidarios en el pecado, pero también en la salvación. Cada niño que viene a este mundo está marcado por el pecado del mundo del que él no es culpable, pero del que no puede zafarse, queda marcado por él. El pecado en la Biblia, por tanto, tiene una dimensión universal y otra colectiva, pero también es fruto de la decisión libre que rechaza la gracia de Dios, y aquí es donde entra el sentido verdadero del pecado original como es explicado por los concilios, no la parodia en la que se convirtió con el uso popular y hoy con la cultura moderna.
La tercera parte, El origen del mal, se encarga de hacer una revisión sistemática del tema en relación con el mundo moderno y la ciencia. Para entender el pecado original hay que situarlo donde lo puso Agustín. Él necesitaba explicar el origen del mal. No quería cargarlo en el debe de Dios, tampoco volver a las posiciones maniqueas de un principio exclusivo del mal. De ahí que la única opción es atribuirlo a la libertad humana. El mal entra en el mundo por el pecado del hombre que es el mal uso de su libertad. Si Agustín y la dogmática posterior se hubieran quedado aquí todo habría ido mejor, porque ese es el resultado de la Escritura con los términos estudiados de pecado de Adán y pecado del mundo. Pero, al explicar la postura, sobre todo en la crisis pelagiana, salieron posiciones que no tienen que ver con el problema central. Marcado Agustín por el pensamiento ‘científico’ de su época, sólo podía explicar cómo se propaga el pecado mediante el recurso a un padre original caído y la propagación sexual del pecado. En esto último, Agustín está preso de su propia experiencia con el sexo, una experiencia nada positiva según él mismo cuenta y que marcó la dogmática cristiana de los siglos venideros.
Queda la opción de entender el pecado original en el sentido de Santo Tomás, como pecado original originante y pecado original originado, para darle la vuelta a esta concepción. Pero, no es más que atascarse en el mismo problema una y otra vez. La verdadera solución es la que adopta Maldamé: situar el pecado original en el contexto de la salvación y de la gracia. La teología no tiene intención de buscar lo que sucedió con el primer homo sapiens, su intención es estudiar la relación del hombre con Dios. De ahí que la expresión ‘pecado original’ no sea un preámbulo de la doctrina de la salvación y de la gracia, sino un corolario a la plena revelación de la salvación realizada por Cristo. La vida que pasa de generación en generación está marcada por el mal y todo niño lo hereda; pero no es culpable, aunque está marcado por la herencia del pecado, que nada tiene que ver con la esencia del humano, sino con la acción llevada a cabo por los hombre a lo largo de su historia en el mundo. Por eso, más importante que el pecado es el perdón, por encima del pecado está la gracia, la salvación es el proyecto divino, no remediar un mal en el mundo.

Ed. San Esteban, Salamanca 2014, 15 x 21 cm.


El Tabor

                       II DOMINGO DE CUARESMA (C)


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9,28b-36.

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros se caían de sueño, y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
-Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

1.-  Dios revela a Pedro, Santiago y Juan (y en ellos a los bautizados en Cristo) que la persona de Jesús, su Hijo amado,  es la nueva ley, es el profeta por el que nos habla definitivamente sobre nuestra salvación (cf. Heb 1,3). El Señor se reveló en el Sinaí a Moisés y le dio las tablas de la Ley para que Israel pudiera convivir. Elías es el símbolo del profetismo. Pues bien, Moisés y Elías son sustituidos por Jesús, la Palabra que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14), y que con su vida y doctrina nos comunica la buena nueva de la salvación. La voz llama a su seguimiento: "¡Escuchadle!". Dios ratifica las palabras y la vida de Jesús. Por consiguiente, Dios se deja ver y se escucha en la historia de Jesús, en su doctrina expresada en las parábolas y frases, y en sus hechos, en los milagros que muestran que Dios impulsa la vida curando y devolviendo la libertad a los poseídos por el diablo. Nuestra vida se abre a un mundo nuevo.

2.- El Tabor revela a Dios en su gloria; su cercanía transfigura y emociona. Y tan es así, que los discípulos quieren sujetar ese momento para siempre: «Hagamos tres tiendas…..», porque Dios está al alcance de la mano.  Pero estas experiencias no son permanentes en nuestra historia, transida por el bien y el mal. La tierra ni es el cielo ni es el infierno. Es una mezcla de ambos. Lo importante de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor es lo que nos comunica el Señor: por más que suframos, por más que tengamos problemas y sinsabores, la vida termina en Él; la vida concluye en la transformación final que solo Dios da a los que le son fieles y le corresponden en el amor. Para ello, hay que escuchar a Jesús, y, después de escucharlo, adentrarnos en él y ver la realidad con sus ojos, para decir con San Pablo: «No soy yo, es Cristo que vive en mí» (Gál 2,20).

3.-  Cuando el Señor nos llama a salir de sí mismo, o mejor, que Jesús se adentre en nuestra existencia, solo es posible cuando lo hacemos en la familia, en la comunidad cristiana, en las fraternidades que pululan en la Iglesia. No es posible que solos afrontemos la historia repleta de tentaciones continuas, de violencias sin cuento, o de fantasías irreales. Jesús devolvió a la realidad a Pedro, a Santiago y a Juan. Y, además de Jesús, quien nos indica la verdad de la existencia es la comunidad familiar y la comunidad cristiana. Son los otros los que nos señalan el objetivo de nuestra vida, la meta que debemos alcanzar, y, de una forma paulatina, la vamos haciendo nuestra. La ventaja es que no corremos solos; que vamos en grupo por la historia, apoyándonos mutuamente en las cruces y comunicando el gozo del Señor cuando los sentimos en nuestro corazón.



La transfiguración

                       II DOMINGO DE CUARESMA (C)


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9,28b-36.
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.
            Pedro y sus compañeros se caían de sueño, y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
-Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


1.- Los discípulos saben que el mesianismo de Jesús no es un camino triunfante avalado por su todopoderosa filiación divina. Poco antes de su transfiguración, en la confesión de Pedro, le dice a los discípulos que el Hijo de hombre tiene que padecer y morir. Para reforzar su fe, se lleva a su círculo íntimo a orar al monte. Transfigurado Jesús por la presencia divina, el Padre comunica su identidad y función fundamental a Pedro, Santiago y Juan: es el Hijo amado; es la Palabra que revela la auténtica voluntad del Padre; es el que completa y resume la ley y los profetas. Con él, como ya lo indicó con Juan Bautista (cf. Mt 11,7), comienza un mundo nuevo, una vida nueva.

2.- Pero el estilo de vida de Jesús es el de un siervo, obediente a Dios, obediente al servicio de los hombres, como antes el Padre le reveló en el Bautismo. Forma de siervo que le lleva al extremo de morir por amor en la cruz: «No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Pedro, Juan y Santiago lo van a contemplar muy pronto en la oración del huerto, cuando suda sangre y se rompe interiormente al contemplar la inutilidad de su ministerio, y al presentir su camino de cruz (cf. Mc 14,32-42par). Por ello, los discípulos necesitan saber que la cruz no puede esconder, y menos negar, la vocación divina y humana de Jesús, la revelación definitiva de la voluntad salvadora del Señor a todos sus hijos. Y tal experiencia se les presenta con la glorificación de Jesús, aquel que la cruz no podrá con él, porque Dios, desde siempre, le ha sido fiel.

3.- La pasión y la cruz es un camino que termina en la resurrección. Es la vía que ha recorrido Jesús.  Nuestra vida también entraña las experiencias de felicidad y tristeza, de gloria y de muerte, de gracia y desgracia, etc., en su caminar lento o rápido hacia el encuentro con el Señor. Nuestra existencia no es toda gloria, como si fuéramos ángeles, ni es toda desgracia, como si fuéramos diablos. Nuestra historia es un cúmulo de experiencias buenas y malas, de tabores y de cruces que se entrecruzan continuamente, o por fases y tiempos determinados. Debemos convencernos de que, al final, está la resurrección; que al final solo quedará lo que hayamos amado; es decir, la dimensión de Dios hecha realidad en nuestros actos y actitudes (cf. 1Jn 4,16). No necesitamos ni la venganza, ni la violencia, ni el poder para solapar la desesperanza o las frustraciones. Simplemente ser fiel, como Jesús, al Padre, que tiene la última palabra sobre nosotros, y nos lo demuestra, de vez en cuando, en los momentos de felicidad que disfrutamos a lo largo de nuestra vida.