miércoles, 25 de diciembre de 2013

Teología. La familia de Jesús


                       QUÉ LE ENSEÑA JOSÉ Y MARÍA A JESÚS

1.- Jesús, que significa «Yahvé salva», es el hijo primogénito de María y José. Nace hacia el final del reinado de Herodes el Grande, alrededor de los años 7-6 a.C. ―en el 746 o 747 de la fundación de Roma. Sus hermanos o parientes son Santiago, José, Simón y Judas, además de hermanas o parientes, cuyos nombres no sabemos (cf. Mc 3,31-32). Los nombres de los hermanos corresponden a patriarcas judíos. Ello indica que es una familia tradicional del campesinado de la baja Galilea enraizada en la fe y costumbres judías. Los varones defienden el honor familiar y colectivo del pueblo con actitudes de responsabilidad en el trabajo, fidelidad a las tradiciones sociales y religiosas, justicia, etc. Las mujeres defienden dicho honor con actitudes femeninas como el recato, la castidad, etc.
            Lucas relata que Jesús crece en todos los aspectos fundamentales de la vida: a la vez que cumple años, aprende un oficio y mantiene una relación cada vez más bondadosa con Dios. Es una evidencia que se aplica a cualquier persona que nazca dentro de una familia y sociedad normalizada y que excluye los imprevistos individuales (discapacidades físicas, psíquicas, etc.) y sociales (guerras, revoluciones, ausencia de trabajo, etc.) que puedan darse en la evolución de una concreta existencia humana. Y todo ello ante la presencia del Señor, quien es el que conserva y protege toda la vida.
Si es cierto que la educación es escasa en este tiempo en la mayoría del Imperio, excepto en las familias pudientes, también es verdad el interés que el judaísmo ha prestado en su historia por la formación para todo el pueblo, y no sólo para la alta sociedad. Realmente no se debe aplicar a la época de Jesús la seria organización de las escuelas que más tarde refleja la Misná: «... cuanto más estudio de la ley, más vida; cuanta más escuela, más sabiduría; cuanto más consejo, más inteligencia; cuanto más justicia, más paz» (Abot 2,7).  Sin embargo ésta revela una mentalidad que no se debe eliminar para tiempos anteriores. La educación suele comenzar a una edad temprana: «Solía decir [Yehudá]: el niño de cinco [años debe comenzar el estudio] de la Biblia; con diez, la Misná; con trece [ha de comenzar a observar] los preceptos; con quince, [ha de comenzar] a estudiar el Talmud...» (Abot 5,21). La aspiración del creyente judío es tener una formación mínima para comprender todo lo relativo a su salvación. No es extraño, pues, que Jesús aparezca en los Evangelios leyendo la Escritura de pequeño (cf. Lc 4,16-30).
            La educación que recibe Jesús es la propuesta por la sociedad de entonces. A través de la sinagoga, y seguramente en la escuela adyacente, Jesús se forma en la Ley, se introduce en la cultura de su pueblo y asume las tradiciones de sus mayores. Estas tradiciones expresan la historia y las actuaciones que el Señor ha realizado en las diversas vicisitudes que Israel ha vivido a lo largo de los siglos. Se añade a esto el aprendizaje y cumplimiento de las normas de convivencia y la celebración de las fiestas religiosas según la Ley como la vive y entiende el campesinado de la baja Galilea al que pertenecen Jesús y su familia.

2.- Todo ello entraña una formación suficiente para adentrarse con cierta seriedad en la lectura de la Ley. Enseña en lugares públicos, en las sinagogas y en el templo. Así se explican los diálogos y diatribas que en su ministerio entabla con los escribas, fariseos y autoridades de Jerusalén sobre algunos párrafos de la Ley, además de presentar sugerencias y apreciaciones sobre los comentarios que corren de ella. No es una sorpresa que la gente lo llame «maestro» en un sentido amplio: el que se deduce de su autoridad moral y de su inteligencia natural unida a la formación para buscar el bien del hombre, lo cual lleva al pueblo sencillo a reconocerle como tal. Es un título que no tiene aquí su sentido técnico, pues Jesús no ha frecuentado una escuela rabínica propiamente dicha. Jesús es uno de esos sabios que dominan las tradiciones legales y las tradiciones éticas de Israel, pero no es un sabio del dominio que resulta del aprendizaje escolar de la Ley oral y escrita, sino del que proviene de una autoridad personal que va más allá de cualquier actividad racional y que provoca la admiración del auditorio: «Todos se llenaron de estupor y se preguntaban: —¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad» (Mc 1,27).
            Leer la Ley y explicar ciertos párrafos de su contenido supone saber la lengua hebrea y aramea. La primera, porque la Escritura así está escrita; la segunda, como lengua hablada en Palestina por el pueblo de este tiempo. Jesús las emplea para comunicar dicha Escritura a los grupos de discípulos que le siguen y a la gente que comparte con él la celebración del sábado en las sinagogas. Tampoco hay que descartar que sepa algo de la lengua griega. Es la lengua común del Imperio y está presente en estas tierras y poblaciones desde Alejandro Magno (356-323 a.C.) y, sobre todo, desde el empeño de convertir a Israel en Grecia de Antíoco IV Epífanes (175-165 a.C.). Aunque el judío tiende a rechazarla, en especial el mundo rural apegado a las tradiciones y prácticas religiosas judías, se usa, al menos lo imprescindible, para entenderse en el ámbito público por las exigencias comerciales y políticas. Jesús, por su propia profesión, debe tratar con personas, que en la mayoría son judíos, pero también se incluyen aquellas que proceden del mundo de la Hélade, ya que Galilea está en parte integrada y en parte rodeada de ciudades griegas, además de la cosmopolita Jerusalén, donde es la lengua normal de los judíos de la diáspora, de los gentiles que la visitan por mil causas y de los estamentos gubernamentales romanos. Y todos ellos se entienden en griego, como la lengua de comunicación básica para las relaciones que resultan de los oficios de cada cual y de las exigencias de las instancias sociales, políticas y económicas.


3.- Nazaret pertenece a este mundo del campesinado. Y no es extraño que la familia de Jesús posea alguna tierra y una pequeña granja para cubrir sus necesidades. Pero Jesús no es un campesino, ni un ganadero, ni un pescador propiamente dicho, es decir, que vive del trabajo en el campo, de la cría de los animales, o de la pesca en el mar. Tampoco es un obrero de entonces, como un jornalero eventual de los tiempos actuales, sino que es un técnico (cf. Mc 6,3); es un artesano, que no tiene una función muy específica dentro de la sociedad palestina. Puede asociarse al que trabaja la madera, la piedra, el hierro. En el caso de Jesús se pueden dar estas actividades conjuntamente, aunque se une por lo general al que trabaja la madera o la piedra o el hierro en un taller. Al vivir en un ámbito agrícola, puede hacer o reparar arados, yugos, carros, etc.; o suministrar los escasos enseres que se tienen en las casas, como arcas, arquetas, banquetas, puertas o ventanas, por cierto muy diversos a los muebles que se usan en las casas de la sociedad occidental, porque la mayoría de las veces las gentes de Palestina se sientan sobre esteras y comen en el suelo. El artesano se ocupa también en la construcción, por tanto sabe de albañilería, de cantería, y maneja bien todos los utensilios que se emplean para este menester.
Y José Y María le harían cumplir a Jesús las fiestas principales de Israel en los lugares del culto habituales que son el templo y las sinagogas. Las fiestas en Israel se determinan por el ciclo natural de las estaciones. La fiesta principal es la Pascua, o la de los Panes ácimos o, simplemente, Ázimos. A los cincuenta días o siete semanas de la Pascua, se celebra la fiesta de las Semanas, o de Pentecostés, llamada algún tiempo de la Siega. En el templo se celebran también otras fiestas significativas en Israel. A los diez días del año nuevo se tiene el día de la Expiación (yôn kippur), fiesta de la reconciliación. Una de las señales características del pueblo hebreo es la celebración del sábado. De origen yahvista, al inicio simplemente se indica el descanso prescrito después de seis días de trabajo.



domingo, 22 de diciembre de 2013

Para meditar. La Encarnación

                                  La Encarnación




«La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1,14)


1.- La comunión íntima y máxima entre Dios y la Palabra se revela al mundo, y su gloria se hace visible a los creyentes como en otros tiempos el Señor se manifiesta a Israel. La revelación de Dios ahora está en el «Hijo único del Padre, lleno de lealtad y fidelidad». Lo que se puede ver de Dios no es la gloria que el Hijo tenía con el Padre antes del tiempo, ni a Dios todo y totalmente, sino en la vida del «Hijo único del Padre», un don de Dios que la comunidad cristiana comprueba que es verdad.

2.- Por consiguiente, queda descartado abandonar el mundo para irse a lo más alto del cielo. El Señor se ha movido en sentido contrario: ha dejado su gloria para tomar la vida humana. El Hijo de Dios se ha puesto al alcance de los hombres. No debemos huir de la historia, pues el Señor se ha encarnado en ella. Aquí reside la clave de la fe cristiana: se apoya en una presencia de Dios en la historia de Jesús. Para salvarnos no podemos desertar de nuestra vida, de nuestras circunstancias, no podemos negarlas, sino asumirlas y mirarlas cara a cara.

3.- Un himno de la primera comunidad cristiana dice: «... el cual [Cristo Jesús], a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz» (Ef 2,6-8). El rico asume un modo de ser esclavo, se hace a imagen y semejanza del hombre, lo que le obliga a despojarse de sí en su relación histórica. Es un vaciarse de sí tan radical, y lleva consigo una generosidad tan extrema, que se coloca en el lugar más ignominioso que puede sufrir el ser humano, como es la muerte en la cruz. Es lo que no debemos olvidar, como también que Dios hace que su Hijo retorne a la gloria divina tansformándose en «soberano» de todo lo creado.


Teología. Navidad

NAVIDAD



Evangelio de Juan, 1,1-18

En el principio ya existía la Palabra […]
En la Palabra había vida
y la vida era la luz de los hombres,
y la luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió. […]
La Palabra era la luz verdadera
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron
les da poder para hacerse hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre
ni de amor carnal ni de amor humano
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria,
gloria propia del Hijo Único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
1.- El Evangelio de San Juan comienza con unas declaraciones sobre la «Palabra», que van a elevar la confesión de fe en Jesús a su nivel máximo: la relación de Dios con él es una relación de Padre con su Hijo; y la relación de Dios con la creación y con nosotros es para decirnos quién es Él y su voluntad de salvarnos.  Es decir, Dios se revela para salvarnos y para decirnos que es nuestro Padre, y nos hace sus hijos en su Hijo unigénito. La Palabra se encarna en Jesús, y a Jesús lo comprendemos según se relata su vida y su doctrina en los Evangelios. Queda por saber cómo se ha realizado el plan salvador de Dios en la historia humana.

            2.- El Prólogo de Juan lo propone del siguiente modo. a.- El cosmos no es el primer acto creador de Dios, sino su «Palabra», que coloca su existencia fuera del espacio y del tiempo: «Al principio ya existía la Palabra», aunque no existe por sí misma; b.- hay una comunión entre Dios y la Palabra, que es una relación viva y, por tanto, activa: «y la Palabra estaba junto a Dios», no de una forma estática, como sentado junto a Dios, sino en movimiento, con el sentido de encaminarse, orientarse, dirigirse a Dios; c.-  y «la Palabra era Dios» que manifiesta la relación y presencia de la «Palabra» en el ámbito divino confiriéndole una identidad diferente; vendría a decir: «lo que Dios era también lo era la Palabra», por eso, la Palabra y Dios no forman una misma realidad; d.-  de nuevo se prueba la comunión entre Dios y su Palabra, y se une con el pronombre «ésta» a la primera afirmación de su existencia previa a la creación: «Ésta al principio estaba junto a Dios», y así entronca la revelación divina que hará con su presencia en la historia humana.

3.- Hay relación íntima y permanente entre la Palabra y Dios, que en la historia humana se da entre el Hijo unigénito y el Padre. Comprende esta etapa tres acciones fundamentales para la vida creada. En primer lugar, Dios crea por ella: Dios es conocido en la historia por medio de la Palabra. Dios origina la vida por medio de la Palabra y esta vida es la fuente de la luz que ilumina a los hombres para separarlos del mal, es decir, para salvarlos. En segundo lugar, la Palabra, ahora se pone en movimiento para dejarse ver. Y resulta que se encuentra también con un rechazo doble: «... el mundo no la reconoció [...] y los suyos no la acogieron». Hay «nacer de nuevo» para reconocer la Palabra; es un proceso que arranca de Dios y pone en movimiento las semillas divinas que están en el corazón humano para que se le reconozca y acepte en el ámbito del Reino. En tercer lugar, se muestra en la historia lo que ha venido anunciándose: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros».


Evangelio. Nochebuena

           NOCHEBUENA


                                 Evangelio de Lucas 2,1-14

            En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo en el mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad.  También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
 En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo:  «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».  De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo  y en la tierra paz a los hombres que Dios ama».

            1.- El censo de Quirino hace viajar a José y María a Belén, ―que significa «casa del pan»―, donde la tradición afirma que es la ciudad del futuro mesías (cf. Miq 5,1) y, en parte, de David (cf. 1Sam 17,12.58). José, como padre, debe darle la identidad judía a Jesús; él pertenece a la casa de David, de cuya descendencia debe venir el salvador de Israel. José recorre 150 km. con María y pasa de 650 ms. a 880 ms. sobre el nivel del mar, por eso «sube» a Belén. Belén es una ciudad muy pequeña, situada a 7 km. de Jerusalén. María da a luz en una establo, ―la presencia del buey y la mula provienen del profeta Isaías (1,3)―, lugar mucho más íntimo y privado que una posada, donde ganados, animales y transeúntes se mezclan por las noches. No podría faltar la matrona, obligada a estar en todo parto de una familia judía. El cielo, entonces, comienza a hablar, como sucede con las anunciaciones a José y María. La luz divina brilla en la noche a unos pastores que pueblan la zona, debido a la cantidad de sacrificios que se hace de corderos en el templo de Jerusalén. El anuncio comunica la noticia del nacimiento del salvador, la consiguiente alegría que origina todo nacimiento, y en este caso más, pues la identidad del recién nacido es la del esperado Mesías, el Señor y Salvador futuro de Israel.

2.- Jesús nace en un pesebre y los ángeles se lo comunican a una gente sencilla, como son los asalariados que cuidan los rebaños. El amo del rebaño duerme en su casa. Diferente a Juan Bautista, Gabriel ha anunciado el nacimiento de Jesús a sus padres en sus casas, bien lejos del templo, lugar sagrado de Israel, y de Jerusalén, la ciudad santa por antonomasia, y de Roma, capital del mundo económico y político de entonces. El Hijo de Dios nace pobre, y los pobres, los pastores, son los únicos que pueden reconocerlo. Como después sucederá cuando Jesús predique el Reino y cumpla la profecía de Isaías: «Los pobres son evangelizados», le dirá a los discípulos de Juan Bautista para identificarse con el esperado de Israel (cf. Mt 11,5; Lc 4,18).  Con Jesús, Dios habla desde su bondad y desde su ternura para poder actuar con misericordia con los marginados de toda situación humana; los que no cuentan en esta vida. Pero los ángeles se encargan de que no pase inadvertido el nacimiento y proclamen un mensaje de paz entre los hombres que sólo es posible cuando esa paz la ha establecido Dios con nosotros.

3.- El cardenal Hummes (Sao Paolo. Brasil) le dijo al Papa nada más ser elegido: «No te olvides de los pobres». Y el papa Francisco lo está llevando a cabo en la doctrina y en la práctica, y está obligando a los evangelizadores de la Iglesia a encauzar sus actividades con ellos según el Evangelio. El cristianismo no puede descuidar dos cosas que lo identifican en la historia humana: la revelación y la experiencia de Dios como amor y la recuperación de la dignidad humana de los marginados. Todo lo demás es secundario frente a estas dos responsabilidades históricas. Pero, a la vez, debemos der conscientes de una cosa:  sólo se percibe la pobreza y soledad de los demás cuando cada uno, en su vida personal, no está lleno de sí, sino que es un mendigo del amor, que sólo se sacia de la relación amorosa del Señor y de su presencia amorosa en todo ser viviente. Si no es así, no se podrá descubrir los lugares de soledad y pobreza que nos circundan.



sábado, 21 de diciembre de 2013

Cultura. La familia

                                         
                                                                                                                        
                                               La familia y el respeto

                                                                       Francisco Henares

            Voy a poner hoy dos ejemplos de mujer del Islam. Dos distintos: uno visto por mí en Cartagena; otro, más aireado por la prensa y TV de este verano. El que yo vi es un retrato sin letra, silencioso, que a mí me hacía meditar sobre la cultura árabe. Salían de comprar en una gran superficie tres mujeres de una misma familia. La abuela iba vestida totalmente a la antigua usanza, hasta la cabeza, al estilo de las antiguas monjas, y no llevaba bolsa alguna en las manos. La hija, joven de unos 40 años escasos, ya era mitad y mitad en su vestir. Iba de mora por la vida, y sin el velo siquiera, pero sí con el caftán y las babuchas. Portaba una bolsa de comida en la mano. La nieta, iba con un chándal, como si se dirigiera a un polideportivo a jugar un partido. Y llevaba las dos manos ocupadas por sendas bolsas de ese supermercado. Era la más cargada, por supuesto. Tendría 13-14 años. Y yo me quedaba pensando: fíjate; las mujeres españolas de una familia de hoy darían este retrato: la abuela y la madre cargadas, y la nena libre de manos, no sea que se nos canse la niña y se duela. Ya sé que soy un poco duro, sí, pero no me digan que no es más lógico que se cargue una adolescente con bolsas, que no la abuela. Para eso, están los huesos jóvenes, caray. He ahí una foto, por tanto, de la que sacar lecciones positivas. En buena parte, nos daban una lección de jerarquía familiar a los occidentales. Un ejemplo a seguir. A las abuelas hay que venerarlas, aunque sean todavía jóvenes, como tantas que vemos hoy en día.                                                        
La otra foto proviene de Francia, nuestro país vecino, ejemplo durante siglos de la igualdad, libertad, fraternidad y tolerancia, como siempre se ha dicho. Pues bien, hace sólo unas semanas, una madre islámica, embarazada, perdió su bebé porque un grupo de skinhs la atacaron por la calle a palos, en el barrio parisino de Argenteuil. ¿Qué pecado había cometido la pobre? Ninguno. No tuvo tiempo ni de defenderse de tales bárbaros Pero para ellos estaba marcada por una triple culpa, es decir, era mujer, encima era musulmana, y encima iba con velo en la cabeza. ¡Ya ves que tres culpas más desangeladas a estas alturas de la vida! Y eso ocurre en un estado en el que viven cuatro millones de musulmanes, nada menos. Debemos estar locos los seres humanos, para ser tan bestias. Sólo algunas bestias (animales, digo) atacan a las crías de otras madres. En todo caso para comer, dada la necesidad de la selva. Lo peor de esta islamofobia es que no ve nunca nada que le sea ejemplar para su propia cultura. Y eso que no hay ninguna cultura que pueda creerse superior. Si lo es en algunas cosas, luego, muestra sus peores colmillos en otros mil casos. Ciertamente, la parte solidaria del Islam casi no llama la atención en Occidente. Su entraña religiosa (que la tiene y muy honda) sólo vale para que se hable del Ramadán del verano, acusando a todos de retrógrados y bichos raros.
Este verano, en los mercadillos de la playa, en el pueblo en que estamos nosotros, y en donde vive un grupo de familias de Senegal, una de las bellas madres, negras y bellas con sus vestidos de colores, le decía a mi mujer que ellas eran coránicas y cumplían las leyes del Corán, a mucha honra, pero que nosotros los cristianos cada uno hacía casi lo que le daba la gana con su religión. Fijémonos en que lo que vamos tratando ahora no trata sólo de religión, sino de culturas distintas y solidaridad, cosas que podrían complementarse unas a otras, si se escucharan, o se admiraran en parte y fueran críticas en otra, como está mandado. Todo con el fin de convivir, como ocurre dentro de las mejores familias, entre padres, hijos y sobrinos. Las culturas –durante muchos siglos- casi no han servido para otra cosa que para zurrarse la badana, pero poco para admirarse y ayudarse. Según el Observatorio francés contra la islamofobia, este racismo de ahora se ceba contra las mujeres que practican esta religión. Otra vez es la mujer la pagana. Se les olvida a estos skinhs y castas turgentes que hacer mártires es la peor forma de borrar del mapa a contrarios. Al revés, se reafirman, porque para ser malo, urge  ser inteligente;  para cumplir con las creencias hay que ser fuerte; y para ser solidario hay que abrir bien los ojos a este mundo.       

Teología. El saludo de Gabriel a María

EL SALUDO DE GABRIEL A MARÍA

«La llena de gracia/favorecida» (Lc 1,28)



Gabriel no anuncia el nacimiento de Jesús en el templo santo, ni en la ciudad sagrada de Jerusalén, ni a un sacerdote consagrado al Dios de Israel, como ha ocurrido con Juan el Bautista (Lc 1,9.12), sino a una joven por nombre María, que vive en una pequeña ciudad de Galilea, llamada Nazaret, y en su propia casa (1,26‑27). Del ámbito sagrado de Israel se pasa al espacio en el que cualquier persona lleva a cabo su proyecto vital.
Gabriel se dirige a una mujer, María, y no a un hombre, Zacarías; María vive en un pueblecito del norte de Palestina que, al decir de Natanael, no tiene buena fama ―«¿De Nazaret puede salir algo bueno?», Jn 1,46; cf. 7,52― y no se nombra en la historia sagrada de Israel, al contrario de Jerusalén, centro del culto y de las promesas divinas, lugar santo por antonomasia donde Zacarías recibe la noticia de su paternidad. María se presenta como desposada (Lc 1,27), pero la intencionalidad que subyace en todo el párrafo es su voluntad de permanecer virgen (1,34‑37), condición inusual en las costumbres de la época y excepción en los favores que Dios ha concedido a ciertas mujeres para ser madres. Los casos aducidos en la historia de Israel siempre se han dado a mujeres casadas y estériles, porque Dios es el que abre y cierra el seno materno (Gén 20,28; 29,31). Así se cuentan los casos de Sara (11,30), Rebeca (25,21), Raquel (29,31), Ana (1Sam 1,2.6) e Isabel (Lc 1,7).
Zacarías e Isabel son personas «justas a juicio de Dios y procedían sin falta, de acuerdo con los mandatos y preceptos del Señor» (1,6). Es una justicia fundada en un comportamiento de fidelidad a las leyes divinas con un marcado carácter ético. Zacarías e Isabel caminaban en la vida con una conducta irreprensible ante Dios y los hombres, como más tarde dirá el Evangelista de Simeón (2,25), de Jesús (23,47) y de José de Arimatea (23,50). De María no se sabe nada: ni del oficio, ni de la condición social, ni de la fidelidad religiosa. Nada existe en ella previo al encuentro con Dios que merezca la pena ser reseñado y sobre lo que se base Dios para hacerla madre de Jesús. Se resalta así que su función y su condición de ser madre virginal es una obra exclusiva de Dios. Parece que María nace y se hace con el mensaje de Gabriel.
En efecto. En el relato del anuncio del nacimiento de Jesús se da un diálogo con tres intervenciones del ángel y tres respuestas de María que intensifican progresivamente la escena por su compromiso con la propuesta divina. Se describe la figura de María en las respuestas: A la turbación e interrogación del saludo (1,29) sigue el cómo de la maternidad al no conocer varón (1,34) y termina con la disponibilidad a la voluntad divina: «Aquí tienes a la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra» (1,38). 
La clave de todo está en el saludo del ángel a María. Se expresa en estos términos: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (1,28). Se abre la visita con una invitación a la alegría. Chaire, además de significar el saludo convencional «salve», como de hecho lo usan Mateo (26,49; 27,29) y Marcos (15,18), Lucas le da una significación más intensa. Es la alegría que se solicita de Sión por la salvación que Dios le va a conceder en los tiempos finales: «¡Alégrate, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital!» (Sof 3,14; cf. Jer 2,21‑23; Zac 9,9). Este júbilo se centra en María, porque a ella se encaminan las máximas aspiraciones de Israel. Y Lucas lo expande en los acontecimientos que adornan el nacimiento: Juan salta de gozo en el seno de Isabel (1,44); el mensaje de los ángeles a los pastores está transido por la dicha del nacimiento de Jesús (12,10), y María canta en la respuesta al saludo de Isabel: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador» (1,46‑47).
María debe alegrarse porque está plena de gracia. Kejaritomene es el participio perfecto pasivo de charitóo. El verbo proviene de charis que significa amabilidad, benevolencia, gracia. Por otra parte, los verbos que terminan en óo indican el acto que incide en un objeto de tal forma que produce una alteración de las condiciones previas a la acción. En este caso, el cambio que se obra en María obedece a una acción de amabilidad, de benevolencia, de gracia de Dios. Para nada interviene María, porque la forma del verbo está en pasiva, como hemos dicho: Dios ya ha actuado cuando el ángel la visita. María ha sido transformada por la voluntad libre divina sin mediar mérito alguno o sin base previa a la relación que ya ha iniciado Dios con ella. Vendría a decir Gabriel a María: el Señor te ha favorecido, te ha agraciado, por tanto, te ha cambiado o transformado sin que participes, y para bien, porque el acto procede de Dios. Ocurre igual en el texto paralelo de Ef 1,6 en el que la gracia transforma a los cristianos (echarítosen hemás) por medio de Jesús, y no simplemente que Dios la regala sin más incidencia. Por consiguiente, la acción divina sobre María la hace santa, es decir, pasa a la propiedad de Dios al ser transformada por Él. Y la causa por la que Dios la transforma se dice en la propuesta que le hace Gabriel a continuación: ser la madre de su hijo (Lc 1,35).
Termina el saludo con una expresión conocida en el ámbito bíblico y que está en los relatos de vocación: «El Señor está contigo». Cuando el Señor encarga un misión especial, ofrece su compañía para animar a la persona y asegurar el éxito de lo encomendado, como pasa con Jacob para ser padre de una descendencia numerosa y poseer una tierra fértil (Gén 28,13‑22), con Moisés para guiar a su pueblo en la liberación de Egipto (Éx 3,12‑22), con Josué para conquistar la tierra prometida (Dt 31,23) y con Gedeón para salvar a los israelitas de los habitantes de Madián (Jue 6,1‑16). Así resulta con María. La transformación que Dios ha obrado en ella crea la base de la maternidad y del dar a luz al hijo del Altísimo (Lc 1,30‑33), y el que esto sea posible sin concurso de varón es gracias al Espíritu que vendrá sobre ella (1,35). Para ser madre virgen el Señor está con ella.

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1,35).

María sabe ya que es de Dios. Dos preguntas dan pie a explicitar su papel dentro del plan de salvación que Dios tiene preparado para la humanidad: Turbación emocional y racional inquisitiva: «Al oírlo [a Gabriel], ella se turbó y discurría qué saludo era aquel» (Lc 1,29), y posibilidad de ser madre: «¿Cómo sucederá eso si no convivo con un varón?» (1,34). Respondiendo a estas dos preguntas Gabriel le anuncia su misión.
La primera información dice de quién va a ser madre. Manifestada su pertenencia a Dios, «gozas del favor de Dios» (1,30), se le dice que será madre de un niño con todas las características mesiánicas atribuidas a la casa de David (cf. 1Sam 7,12‑16) y de clara procedencia divina, por ser «grande» (Sal 77,14) e «Hijo del Altísimo» (Gén 14,18‑20.22). María le pondrá el nombre Jesús y con la imposición del nombre viene la responsabilidad de hacerlo hombre. No termina su misión con la acción de parir, sino que, viviendo en el espacio y el tiempo, la labor encomendada debe llevarla a cabo hasta el final, es decir, hasta que Jesús sea una persona autónoma. Lucas lo recalca dos veces: «Jesús progresaba en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres» (2,40.52).
 La segunda comunicación de Gabriel solventa la objeción de María de no tener relaciones maritales. María pertenece a una familia normal del judaísmo al margen de las situaciones ascéticas y monásticas que, por ejemplo, se vivían en Qumrán (F. Josefo, La Guerra, 2,160, 288‑289). Ella comprueba un hecho: es aún virgen pues no ha llegado el tiempo de formalizar una familia con José al no haberse celebrado los esponsales. Como en los relatos de vocación citados antes, las objeciones clarifican más la misión y ratifican el origen divino de la misma. En el caso de Moisés, Dios estará en su boca y le enseñará lo que tiene que decir, porque no tiene facilidad de palabra, (Éx 4,10‑11); con Gedeón, el Señor le acompañará para derrotar a los madianitas, porque su familia es la más pequeña de la tribu de Manasés y él es el menor de su casa (Jue 6,15‑16). Dios confirma la acción sobre María en coherencia con el primer anuncio de la filiación divina de Jesús y se manifiesta todavía más que María es propiedad divina.  

martes, 17 de diciembre de 2013

Crónica. Pregón de Navidad del ITM en la Merced

PREGÓN DE NAVIDAD 2013


El día 14 de diciembre celebró el Pregón de Navidad el Instituto Teológico de Murcia OFM y la Universidad de Murcia. El Pregón lo dijo D. Severiano Arias González, Ingeniero de Caminos y Director del Tranvía de Murcia. Repasó sus años de infancia y juventud en Caravaca, indicando los pormenores de las costumbres que rodean el Belén navideño y la vida de familia, más intensa en estos días. A la par, reflexionó sobre el misterio del Verbo que se hace carne (cf. Jn 1,14) y las implicaciones que tiene para la felicidad humana y la defensa de la dignidad de la persona. Hay que evitar, dijo, que las personas pasen hambre en estos días, y en todo el año; y hay que asistir a las personas que se encuentran solas, que son muchas en nuestra Región: bien por viudedad, bien per separaciones matrimoniales, bien por ser hijos únicos, bien porque no son queridos por nadie.
La Coral del Colegio de San Buenaventura de los PP. Capuchinos cantaron los villancicos navideños. La coral está compuesta por noventa niños y adolecentes y dirigida por el prof. Manuel Canteras. Asistieron el Rector de la UMU, José Antonio Cobacho, el Director del ITM, Miguel Ángel Escribano y el del Colegio de los Capuchinos de Murcia, P. Cayetano, además de innumerables profesores, fieles y alumnos de los Centros Educativos citados, que llenaron el templo de La Merced de Murcia (España).

Al final se ofreció unos dulces para felicitar la Navidad. De ella escribe la profa. Elena Conde: "Vosotros, Franciscanos, revestidos con el marrón de vuestro hábito, parecíais un coro de gorrioncillos sedentes en la mesa cálida del picar y la amistad, mientras sobre alguna capelina nevaba el polvillo del azúcar glass de los dulces navideños".