martes, 21 de enero de 2014

Evangelio. III Domingo (A)

III DOMINGO (A)

                                  
La «cosa» empezó en Galilea

Del evangelio de Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en tierra de sombras y muerte, una luz les brilló». Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro y Andrés, que estaban echando el copo al lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

           
1.- Afirma Pedro en un discurso en Jerusalén que el acontecimiento de Jesús comienza en Galilea, de donde era Jesús. Él escoge para proclamar el reino a las gentes de su región que habitan en los pueblecitos situados alrededor del lago de Galilea: Corozaín, Batsaida y, sobre todo, Cafarnaún, donde tiene su casa. Comienza a predicar la salvación del Señor donde está la gente sencilla y humilde. Toma una actitud muy distinta a Juan, que, con su vida austera y penitente y alejada de las gentes, simboliza la inminente transformación por el Señor de un mundo malvado. Y Jesús no piensa lo mismo. El mundo, salido de las manos de Dios, no está totalmente corrompido por la libertad humana. Y, además, no proclama el reino solo, sino formando una fraternidad. Dios se revela por medio de la comunidad, en este caso, la formada por Jesús y sus discípulos.

2.-  Jesús invita a la gente que abra su corazón y acoja el Señor que viene, vuelvan sus rostros hacia Él y observen que se acerca con bondad y bondad misericordiosa. Porque viene el Señor, nosotros nos convertimos hacia Él. Y viene el Señor para establecer su Reino, que no es un espacio de terreno donde un rey gobierna por un tiempo, sino su reinado consiste en la relación que ha decidido establecer con nosotros: una relación de amor misericordioso, dispuesto a recrear o potenciar la vida de sus hijos al máximo.


3.- Como Jesús es llamado y elegido por el Señor en el Bautismo de Juan, así sucede con cada uno de nosotros. Jesús nos llama a seguirle y llevarnos a un mundo muy distinto al que nos movemos con frecuencia. Con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestras amistades, insertos plenamente en la historia, nos llama a proclamar que somos hijos del amor, y desde el amor comprendemos a los demás como hermanos. Ésa es la conversión a la que nos empuja. 

jueves, 16 de enero de 2014

Cultura. San Antonio Abad

                      EL FERVOR  COLECTIVO POR LA                                    FIGURA DE SAN ANTONIO ABAD
        ¿CAMINO PARA UNA  MAYOR INSTRUCCIÓN 
                                  EN LA FE?                                                                                                
                                            


                                                              Elena Conde  Guerri

         En estas fechas propias del  Tiempo Ordinario, concretamente  el  17 de enero, la liturgia de la Iglesia conmemora a San Antonio Abad. Pienso que es uno de los santos más populares y, paradójicamente, no tantos conocen la verdad de su itinerario vital y  el marco y las circunstancias históricas en que él optó por una vida alejada de toda gratificación social, dentro del marco jurídico sustentado por la civitas, para entregarse a la contemplación de la inmensidad de Dios en la  no  menor inmensidad del desierto.  Creo  que la transmisión de su Vida a través de la oralidad y también dela literatura escrita (véase fundamentalmente La Leyenda dorada, escrita en el siglo XIII por un religioso dominico),  han contribuido a hacer más sugestivos para la piedad popular unos aspectos que podrían oscurecer los más sustanciales.
         Pues, ¿en qué época nace este santo, lo hizo casualmente en un entorno agrícola o ganadero donde todo tipo de fauna le auguró desde su cuna milagros y felicidad? Al  católico “estándar”, y lo digo con todo respeto tal como ahora van las cosas, le seducen las ceremonias donde se imponga el colorido, lo sensorial, todo aquello que nos toca en profundidad la fibra humana pues humanos somos aún  la mayoría, por privilegio, y no hombres biónicos como corren peligro de ser  los futuribles. De ahí que, en el rito de bendición de los animales por el párroco o el sacerdote de turno, los dueños de  aquéllos (que ahora se  llaman a si mismos “papá” y “mamá”) exulten de piedad y locos de alegría comprueben que su mascota , un perrillo de esos diminutos con lacito, por ejemplo,  ha recibido más agua bendita que el gallo de enfrente, que suele cacarear con más bemoles y entrega que una contralto  en la reserva o, en su caso, que el canario que en ese momento se ha quedado mudo.  Este es el retablo del día, en líneas generales, porque también  hay celebración eucarística y procesión del Santo  y demás. Y, aunque pueda detectarse que a  mi  no me arrastre demasiado el conjunto,  positivo debe de ser o lo es,  ya que también en la Plaza de San Pedro en el Vaticano tiene lugar la susodicha  ceremonia y sospecho que el purpurado de turno o el presbítero  encargado  ( ahora que el Papa Francisco está por simplificar las dignitates)  tendrá que levantar el hisopo con santísima paciencia ante el zoológico de los animales más insospechados. Que Roma es caput mundi  y vayan  Ustedes a saber…  Volviendo a lo sustancial: ¿Por qué es buena  y positiva esta religiosidad popular?.  Porque  tiene los mecanismos para empujar a  las personas que así lo quieran a documentarse y  a profundizar en su fe, a iluminar su vida con los detalles sustanciales de la personalidad de Antonio Abad “dando testimonio de la fe recibida y enriqueciéndola con nuevas expresiones que son elocuentes”.
       El Santo nació en Egipto, cerca de Heraclea, en torno al año 250 de nuestra era. Murió en el 356, probablemente, sin salir de esos territorios  en sentido amplio. Su vida está documentada por  San Atanasio, obispo de Alejandría, y también por San Jerónimo. Las décadas en que le tocó vivir fueron problemáticas. El Imperio Romano se enfrentaba a problemas graves en los órdenes  territorial (política de fronteras), ideológicos y doctrinales,  en que los cristianos sufrieron las persecuciones más duras y más hábilmente programadas, y también fiscales, en que las exacciones eran durísimas. Muchos cristianos acaudalados, siguiendo el mandato evangélico, vendieron sus bienes y optaron por retirarse a un ambiente que les posibilitase meditar sobre la Verdad con mayúsculas para  que no se volviese opaca y perdiera su Luz.  Pienso que no era una simple huída, aunque también pesasen circunstancias personales. El desierto, en esencia, se presentaba para los más valientes como el marco perfecto para emprender esta  “metanoia  vivencial” y centrarse en la meditación y en la oración que siempre, como sabemos, tiene una repercusión eclesial.  San Antonio Abad lo hizo. Ayudó con sus consejos a pequeñas comunidades monásticas, ya  establecidas por allá previamente, hasta que decidió que su camino era el eremitismo absoluto y, en su momento, fundó su propio eremitorio. De ahí el título de Abad.  Se encontró con otro eremita, Pablo, y de vez en cuando oraban o reflexionaban juntos. Pasarían hambre y penurias, cierto. Y también tentaciones y dudas.  El medio no era precisamente el más adecuado para comer mucho y variado.  De ahí que en  los relatos hagiográficos, un cuervo le suministraba el  alimento más  básico llevando un pan en su pico. Y también se cuenta que el Santo curó a dos crías de jabalí que la hembra le llevó, conmovido por la  aflicción dela madre, y ésta, agradecida, jamás le abandonó defendiéndolo de otros peligros. Parece que el eremita Pablo falleció antes que Antonio y éste cavó su fosa sepulcral  ayudado por dos leones. Todo esto justifica sobradamente la caterva de animales, bajo la protección del Santo, que el acervo popular plasmó desde muy pronto en su iconografía.
             He dicho que  Antonio Abad  optó por un luminoso silencio. Pero sólo una vez, que se sepa,  rompió su cuarentena. Como miembro de la Iglesia, entendida como la comunidad sin fronteras de todo bautizado, acudió junto a San Atanasio para defender la divinidad de Jesucristo frente a la herejía arriana. Colaboración trascendente, mucho más que sus  presuntas virtudes  ecológicas, porque la afirmación de la Persona divina de Cristo, “su consubstancialidad con el Padre” es el pilar que sustenta nuestra fe. Probablemente, había charlado  con su amigo Pablo sobre estas cuestiones teológicas y uno de los pintores  más universales, el español Diego de Velázquez , así los interpretó, juntos,  en el famoso lienzo que se encuentra en el Museo del Prado. Ambos eremitas, en actitud de sabia contemplación, abandonados a la Providencia que ya ha puesto el sustento en el pico del cuervo que planea, en alto a la izquierda. El paisaje, por deseo del artista, sobrepasa la aridez  y monotonía de la arena  para metamorfosearse en cuevas abrigadas no exentas de cierta fértil vegetación. Recomiendo vivamente una nueva lectura y contemplación del lienzo.
      A la vez que les recomiendo, para terminar, las palabras de nuestro Papa Francisco en esa hermosura que es la  Exhortación Apostólica  Evangelii  Gaudium, publicada  el 24 de noviembre del 2013, festividad de Cristo Rey. El Papa habla de muchas cosas  y en el capítulo III, 122-26  alude a “la fuerza evangelizadora de la piedad popular”. En líneas superiores, he entrecomillado también otras palabras suyas. Cuando un pueblo se ha inculturado en el Evangelio, insiste el Obispo de Roma, trasmite también la fe de maneras siempre nuevas en este proceso de trasmisión cultural. “Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción MISIONERA ESPONTÁNEA DEL PUEBLO DE DIOS ….   DONDE EL ESPÍRITU SANTO ES EL AGENTE PRINCIPAL”
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miércoles, 15 de enero de 2014

Teología. Hombres nuevos (2)

            El Bautismo
                    Hombres nuevos en Cristo

                                                    II



              Texto

«¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados por él en la muerte para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…..» (Rom 6,3-11)

              Reflexión ― II

2.- Con ser esto verdad, también se da la corrupción en el corazón del hombre (cf. Gén 8,21; Jer 17,9), por más que se traslade el mal y su responsabilidad a las estructuras e instituciones anónimas. Los desequilibrios personales, las situaciones sociales adversas y la secularización avalan la inconsciencia del mal, o el desconocimiento y aversión del bien personalizado en Dios. El hombre, hemos dicho, comporta una dimensión individual irrenunciable, y que, a la postre, su individualidad es la que funda a la comunidad, o la comunidad tiene como fin primario conducir a sus componentes a tomar conciencia de su individualidad irrepetible. Pues bien, la Escritura, junto a la belleza y bondad de la naturaleza y de la humanidad, relata a la vez su rotura interior que da lugar a la sinrazón de vivir (cf. Ecl 1,3; 2,17.23; 3,19-20; etc.). La rebeldía le lleva a desligarse y alejarse de Dios y le hace campar solo por la historia. La infidelidad a Dios se expresa en la opresión y liquidación de los otros y de la naturaleza. El hombre, pues, se ha desviado de su objetivo y se ha pervertido. De hecho, la fidelidad a Dios en medio de las injusticias y sufrimientos humanos se lee con el sentido de las palabras que la mujer de Job le dirige observando sus desgracias: «¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete» (Job 2,9).

Es elocuente el testimonio personal de Pablo. En primer lugar relata esta situación en su vida: «...No hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí. Y me encuentro con esta fatalidad: que deseando hacer el bien, se me pone al alcance el mal. En mi interior me agrada la ley de Dios, en mis miembros descubro otra ley que guerrea con la ley de la razón y me hace prisionero de la ley del pecado que habita en mis miembros» (cf. Rom 7, 14-24). No es Pablo quien actúa, sino el pecado que habita en él y le obliga a realizar actos en contra de su deseo de hacer el bien. Pablo participa de un pecado estructurado por una red que envuelve a la vida humana y que transforma en pecador a todo hombre (cf. Rom 3,23). El poder del pecado es tal que hace de Pablo su esclavo, y se le evidencia como un dinamismo que lo rompe interiormente imponiéndose al bien que quiere llevar a cabo. El resultado es la división interior entre el amor que le infunde su imagen divina y le conduce a vivir según el Espíritu —según la ley de Dios— y la soberbia que experimenta con el peligro de que se puede adueñar de él por completo. La conciencia personal que experimenta Pablo del pecado es que hiere y rompe la relación personal de amor que Dios como Padre ha establecido con él como hijo. Es la quiebra de una relación de amor divino que se ha puesto al alcance de los hombres y que, a la vez, muestra la rotura de la fraternidad humana, toda ella constituida como hija por un amor vivido hasta la muerte, como es la vida de Jesús. En segundo lugar Pablo personaliza la tendencia hacia el mal; es un deseo que no puede evitarlo. La presencia del mal inscrita en las culturas adquiere tal potencia que se vuelve una realidad connatural en todas las personas, y les empuja a practicarlo (cf. Rom 5,12-14). No es que la naturaleza sea en sí mala, pues entonces afectaría a la bondad de Dios que la ha creado y le ha marcado unos objetivos, según señala la Escritura. Es más bien que la historia elaborada por los pueblos se asienta sobre unos pilares agrietados poniendo en riesgo la morada que los cobija; transitan por un mundo cuyo ambiente está corrompido. De esta forma, el hombre al respirar una atmósfera viciada, aviva su tendencia al mal, pervierte su libertad y sus comportamientos, y contribuye, a su vez, a la potencia solidaria y social del mal. Hay dos realidades que corroen la existencia humana: la muerte sin sentido, anunciada por la enfermedad, el dolor y la degradación psíquica y física, que rebela al hombre contra ella, no obstante su dimensión contingente y finita; y la rotura de su integridad personal que incide en su libertad y en su dominio de la concupiscencia, entendida como un apetito que le empuja hacia el mal, y que sortea sus potencias racional y afectiva. La quiebra interior, la distancia entre el ser y el hacer, como experimenta Pablo, hace que la persona discurra por unos vericuetos distintos del camino indicado por Dios y se aleje de su proyecto inscrito en la imagen que lleva impresa. La disociación entre historia humana, persona individual e imagen de Dios hace que la integridad humana se rompa y conduzca al hombre a la práctica del mal, a admitir su responsabilidad y a cargar con la culpa consiguiente.

Dios responde a las acciones humanas libres, que ponen en marcha el mecanismo de destrucción y muerte de la creación, con su presencia en la historia por medio de Jesús. La Encarnación hace posible que el hombre cambie y se rehaga a sí mismo; a la vez, ofrece la oportunidad de la reconciliación personal al reconciliarse con Dios, y que la fuerza del mal se vea superada por la del bien (cf. supra 8.4.2.b): «Pues si por el delito de uno murieron todos, mucho más abundantes se ofrecerán a todos el favor y el don de Dios, por el favor de un solo hombre, Jesucristo. [...] Donde proliferó el delito, lo desbordó la gracia. Así como el pecado reinó por la muerte, así la gracia, por medio de Jesucristo Señor nuestro, reinará por la justicia para una vida eterna» (Rom 5,15.20-21). Aparece entonces una nueva dimensión de la bondad que es más fuerte que la potencia del mal generada por las culturas y la libertad individual. Toda persona percibe en su interior estos ecos de Dios y de la maldad originando una tensión permanente en su vida.

La convivencia del bien y del mal en la persona ¿cómo es factible experimentarla en favor del bien, que es la victoria de Dios en Jesús? ¿Cuál es el camino que hay que recorrer para que el bien se imponga definitivamente en el corazón humano? Todavía más: ¿es acaso posible existir en los parámetros del amor dentro de una historia corrompida capaz de cambiar razonablemente su perspectiva? Veamos.




Libros. De la paz y la justicia

Atonement, Justice, and Peace:
The Message of the Cross and the Mission of the Church.


De Darrin W. Snyder Belousek

                


Por Luis Oviedo Torró




La teología de la expiación, en sentido clásico, se ha vuelto bastante problemática en los últimos decenios. El principio de retribución penal que se habría proyectado en Cristo, en sustitución del castigo que merecían nuestros pecados, sigue siendo un axioma importante en la interpretación del acontecimiento de la cruz, al menos desde San Anselmo. Sin embrago da la impresión de que dicha teología está anclada en visiones de justicia retributiva bastante tradicionales y probablemente superadas en una mentalidad moderna.
El libro de Darrin Belousek, un joven teólogo americano plantea ampliamente los términos del debate; expresa su propia insatisfacción ante la solución clásica; y postula una lectura distinta, en clave de “restauración” de la cristología de la cruz. Además considera las implicaciones prácticas que se derivan de esta nueva comprensión de la cruz, al nivel de las candentes cuestiones de la justicia y la paz.
Este extenso ensayo está dividido en cuatro partes. La primera introduce el tema y plantea las cuestiones en torno a la hermenéutica de la cruz. La segunda parte repasa de forma extensa las bases bíblicas y patrísticas que dan pie a la doctrina de la expiación como sustitución penal; también formula una batería de críticas y dudas en relación con la propuesta tradicional. La tercera parte presenta la propia propuesta: la redención va más allá de la expiación, y como tal invita a una actitud de justicia hacia los menos favorecidos, y en especial para un replanteamiento de la “pena capital”; y de compromiso por la paz, pues en Cristo se “destruye la división y se condena la hostilidad”. Una instancia “cruciforme” inspira nuevas actitudes de paz y de superación de conflictos étnicos y religiosos. La cuarta parte es una invitación a la misión que nace precisamente de la cruz y que se convierte en vocación de la Iglesia.
El ensayo ofrece una relectura en clave crítica y constructiva al mismo tiempo del tema de la expiación; además es capaz de conectar los temas estrictamente teológicos con los retos reales que vivimos en nuestro propio contexto y que son más urgentes en nuestros días. La cristología de la cruz se vuelve de este modo un discurso eminentemente práctico, más allá de los debates académicos, y asume un tono pragmático, en el sentido de una lectura de la revelación cristiana a partir de los acontecimientos y de la revisión de propuestas anteriores que hoy aparecen a la mirada crítica como poco satisfactorias y sobre todo poco funcionales en la praxis de los cristianos. Teniendo en cuenta que el marco en que se mueve el autor es el de la teología evangelista americana, se agradece un desarrollo que ayuda a sacar dicha teología de posiciones cerradas y tradicionalista ante las que surgen cada vez más contestaciones entre las propias filas de dichas iglesias.
Desde mi punto de vista, conviene recordar que existen todavía lecturas del misterio cristiano de la expiación que son plenamente legítimas y corresponden a la sensibilidad de nuestro tiempo. Dichas lecturas reivindican una idea todavía válida: que hay formas de sacrificio y de sufrimiento cuyo sentido sólo se entiende en función de contribuir a frenar el avance del mal, o a reparar el mal que uno mismo u otros han cometido. Dicha lógica no es ni mucho menos racional; sólo tiene sentido en el interior de la fe cristiana.

     Editorial. Eerdmans, Grand Rapids MI, Cambridge U.K. 2012, 668 pp.


Evangelio. II Domingo (A)

                       II DOMINGO. CICLO  A

                                        Descubrir a Jesús


Del evangelio de Juan

Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: « He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel ». Y Juan dio testimonio diciendo: « He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo». Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.

Contexto y reflexión

1.- Los discípulos de Juan bautizan para expresar el arrepentimiento de los pecados y afrontar purificados la venida inminente del Señor para transformar un mundo corrompido.  Los cristianos bautizan en nombre de Jesús, se les infunde el Espíritu y entran a formar parte de la comunidad del Cordero que quita el pecado del mundo. Constituyen la comunidad de salvados.
2.- Jesús, el Cordero que quita el pecado, es la persona que vive como un siervo obediente al Señor, que es capaz de dar su  vida inocente, como un cordero, por el bien de los demás. No es el cordero, o la paloma, o la tórtola,  que se sacrifica en el templo para calmar la ira divina por el pecado humano, o cumplimentar una promesa humana. Jesús, el cordero, el siervo, es una historia de amor gratuito y libre  que lo toma el Señor como la relación filial perfecta para hacernos a todos hijos suyos en él y hermanos de él.

3.- Jesús, como cordero, como siervo, es el Hijo del Señor, que nos hace hijos y hermanos entre sí. «La persona de Cristo en la palabra evangélica es un itinerario de revelación, que también poco a poco supondrá un discernimiento en el creyente o no, que escucha sus palabras y observa sus gestos e intenciones en la vida. En palabras breves, se alude a la fe para ir descubriendo progresivamente el significado de su persona para nuestra existencia, y de esta manera sea luz para nuestro caminar» (→ www.franciscanosdecastilla.org)





Para Meditar. II Domingo (A)

                                              Meditación
                          II Domingo (A)


Del evangelio de Juan

Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: « He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo». Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.

Contexto y reflexión

1.-  Los cristianos bautizan en nombre de Jesús, se les infunde el Espíritu y forman la comunidad de salvados. Pero la salvación de Dios la sentimos de una manera paulatina, si somos fieles al amor del Señor que nos está sosteniendo continuamente en la vida. Y la salvación es una progresiva invasión del amor de Dios en nuestra vida, que casi siempre está centrada en nosotros mismos y en nuestros problemas. Sin embargo, nuestra salvación consiste en orientar nuestras relaciones con los demás según la presencia divina que está en cada uno de nuestros semejantes; nuestra salvación es generar un mundo de hermanos frente al pecado que transmite la cultura, donde la violencia y la venganza se imponen a toda relación humana y servicial.
2.- Jesús, el Cordero que quita el pecado del mundo, es la persona que vive como un siervo obediente al Señor, que es capaz de dar su  vida inocente por el bien de los demás.  Viviendo en la relación fraterna, donde consideramos a los semejantes como hermanos, les damos paso en nuestras vidas. Entonces podemos comprender sus problemas, apreciar sus valores, ayudarles y enriquecernos de las joyas que el Señor ha depositado en su corazón, además de disfrutar de la historia de bondad que transmiten de la familia y etnia a la que pertenecen. Nadie debe ser ajeno a nuestra vida, pues todos tienen un bien para darnos.

3.-  En este comienzo del Tiempo Ordinario se nos presenta como un preámbulo de los misterios de Jesús que se nos irán exponiendo a lo largo del año. Son los misterios de la vida de Jesús, en los que se nos descubre quién es él, qué nos dice, cuál es el camino, la verdad y la vida que nos lleva a la fuente de la felicidad y de la salvación. Por eso no podemos prescindir de Jesús. Y tenemos que descubrirlo poco a poco, para adentrarnos en la gloria divina y enraizarnos en su amor, fuente de nuestra vida.





lunes, 13 de enero de 2014

Pensamiento Franciscano 1


                                   PENSAR DESDE EL FRANCISCANISMO



Por Manuel Lázaro Pulido

Pensar siempre es una aventura, un camino, un recorrido abierto, en el sentido de que algunas veces contamos con rumbo fijo, otras veces simplemente nos adentramos a dar pasos. En todo caso siempre tenemos que dar un paso hacia delante, y no pocas veces hemos de mirar bien el paisaje, para ubicarnos. Pensar, reflexionar, pararse, pensar en cuanto pensar lo pensado, en cuanto emocionar lo pensado, en cuanto pensar la emoción, en cuanto actividad de segundo orden de una primera inteligencia que nos lleva a buscar lógicas de supervivencia (lógicas del instinto más básico y vital)…, en fin, pensar construyendo cultura, no solo es una actividad humana sino que es la actividad que nos hace humanos. Y pensar en este segundo nivel en cuanto homo sapiens sapiens (hombres-animales que pensamos lo que pensamos) es un lugar de encuentro con nuestro carácter total de imagen de Dios. Porque lo que nos ha sido dado en cuanto hombres se hace humano, es decir significación, sentido e imagen.
Si esto es así, si pensar es un camino de nuestro ser, de lo que somos, hacia Dios en cuanto imagen… pensar y no solo razonar, forma parte de nuestra identidad humana y en ello cristiana (pues no existe un cristianismo que no sea profundamente humano). La fe del cristiano no es la fe de los teólogos, pero es teo-lógica, porque es humana: la del hombre dotado por Dios y para Dios (teo-) con la capacidad esencial de pensar lo que piensa (y eso es -lógica en cuanto logos).
Por eso, porque la fe cristiana es teológica, porque pensar (no solo ser racional) es una actividad que impregna y constituye el ser humano, porque forma parte de su camino, porque lo simboliza y significa como imagen, porque lo eleva a Cristo (imagen perfecta, teología perfecta)… por eso pensar es una actividad franciscana. El Sol, la Luna, las estrellas, el viento, el agua y el fuego, así como los hombres (que perdonan, que sufren y aman, los pacíficos conocen la Muerte… todos ellos son dignos de loa porque hay alguien que ha pensado que es así y pensando en el pensamiento de su existencia fraternal, y porque piensa franciscanamente da gracias a Dios y le dice: “Altísimo, omnipotente, buen Seños, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda su bendición” (Cánt. 1).
Y es que no solo se piensa la razón (que es entendimiento), sino que se piensa la voluntad (que tienen su pensamiento no racional propio) y pensamos el amor, que no racionaliza necesariamente (entendimiento), ni entiende en su dinámica múltiple y libérrima (voluntad), sino que se piensa dándose, alimentando la actividad humana y retroalimentando el pensamiento que piensa del hombre.
Pensar es una actividad humana y es franciscana. El pensar lo que somos y lo que hacemos da lugar a diversas estrategias básicas y a su expresión cultural (en cuanto racional, comunitaria, religiosa…) el franciscanismo es una óptica de enfoque de esta actividad que parte del hombre mismo, pues como hemos dicho es esencial al hombre el pensar  y pensar es iluminar el recorrido de lo que somos, pues pensar no deja de ser contemplación, actividad, ser-en-el mundo: en nuestras inquietudes diarias.
Desde este rincón permitirme pensar con vosotros franciscanamente, no como san Francisco (que santo como él hay solo uno), ni como un franciscano (que doctores tiene la Iglesia y maestros la Orden franciscana) sino como un filósofo que ha bebido de sus fuentes y su tradición para –con libertad franciscana– intentar pensar lo que pienso como hombre (como hijo, como hermano, como imagen) que vive en el mundo de hoy.