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sábado, 7 de noviembre de 2015

Francisco de Asís y su mensaje: XXII

                                          Francisco de Asís y su mensaje
                                                            XXII

                                                      El camino de la filiación personal


            c. El Espíritu. El proceso humano de desligarse del mal y caminar a la luz del amor, de configurarse con la persona y misión de Jesús, se hace en el Espíritu, que habita en la interioridad humana (cf. Rom 8,9-11). Él une al creyente en Cristo dándole la identidad de hijo de Dios (cf. Rom 8,14-16) y la posibilidad para serlo, pues grava en el corazón la ley de Cristo (cf. Gál 6,2; 1Cor 9,21), que no es otra sino el amor (cf. Gál 5,6.14), el amor de Dios (cf. Rom 5,5), y todos los valores que se derraman de él: «gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio» (Gál 5,22; Ef 5,9). Por eso, el Espíritu es el que reúne a los cristianos concediéndoles la paz (cf. Gál 5,21) y la libertad (cf. Gál 5,18), y también los incorpora al cuerpo glorioso, resucitado del Señor (cf. 1Cor 6,17), dispensándoles la vida eterna (cf. Gál 6,8).

           
Con la experiencia del Espíritu de «Cristo» o del «Señor» (cf. Rom 8,9; 2Cor 3,17), que actúa la vida nueva, Pablo parte de este principio: «Por eso doblo la rodilla ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en cielo y tierra, para que os conceda por la riqueza de su gloria fortaleceros internamente con el Espíritu, que por la fe resida Cristo en vuestro corazón, que estéis arraigados y cimentados en el amor, de modo que logréis comprender, junto con todos los consagrados, la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios» (Ef 3,14-19; cf. 1,15-21). Esto lo desarrolla en tres etapas: abandono de la existencia fundada en el poder gracias a la fe y al amor de Cristo y a Cristo, muerto y resucitado; Cristo crea el sentido y el centro de la vida porque vehicula la salvación de Dios; y la configuración con él, que se hace gracias al Espíritu, inicia la salvación en esta vida y termina en la futura de resurrección.


           
Pablo lo resume en un párrafo de su carta dirigida a los cristianos de Filipos: «Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él. No contando con una justicia mía basada en la ley, sino en la fe de Cristo, la justicia que Dios concede al que cree. ¡Oh!, conocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos; configurarme con su muerte para ver si alcanzo la resurrección de la muerte» (Flp 3,8-11). El conocimiento de Cristo se entiende como una relación personal, como una revelación personal: quien elige es Dios por medio de Cristo, quien obedece es el hombre; y la comunión con Cristo conduce a reconocer su «señorío» en orden a la salvación. Si esto es así, es lógico que dé por perdida toda su fe anterior en la justicia de la ley, en la autosuficiencia que lleva pareja una vida dirigida según las tradiciones emanadas de la ley. Pablo desea que Dios le encuentre en Cristo al final de sus días y, además, los cristianos le encuentren en Cristo en la vida presente para aprender a caminar en la vida «nueva» que él ofrece. Y para ello no existe problema alguno, ya que para llevar a cabo la vida «nueva» Dios ha conferido su potencia de gracia, su relación de amor, a Cristo con la Resurrección. Así es posible superar todas las situaciones de la vida provenientes del hombre «viejo», de la debilidad humana (cf. 2Cor 12,9-10), que impiden caminar en la senda del Señor (cf. Flp 1,21). La comunión con Cristo lleva aparejada, por una lado, la participación en sus sufrimientos, en su cruz en la que quedan fijados todos los males de esta vida y que Pablo los considera muertos en la muerte de Jesús, impotentes para significar algo en la vida «nueva» (cf. Rom 6,6; 8,3; Gál 2,19; 2Cor 4,10); y la comunión con Cristo, por otro lado, entraña la pertenencia a la vida de resurrección que alcanzará a todo su esplendor en la plenitud de los tiempos.  

domingo, 20 de septiembre de 2015

Francisco de Asís. XXII. El camino de la filiación personal


                                        Francisco de Asís y su mensaje


                                                               XXII

                                                   El camino de la filiación personal


            c. El Espíritu. El proceso humano de desligarse del mal y caminar a la luz del amor, de configurarse con la persona y misión de Jesús, se hace en el Espíritu, que habita en la interioridad humana (cf. Rom 8,9-11). Él une al creyente en Cristo dándole la identidad de hijo de Dios (cf. Rom 8,14-16) y la posibilidad para serlo, pues grava en el corazón la ley de Cristo (cf. Gál 6,2; 1Cor 9,21), que no es otra sino el amor (cf. Gál 5,6.14), el amor de Dios (cf. Rom 5,5), y todos los valores que se derraman de él: «gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio» (Gál 5,22; Ef 5,9). Por eso, el Espíritu es el que reúne a los cristianos concediéndoles la paz (cf. Gál 5,21) y la libertad (cf. Gál 5,18), y también los incorpora al cuerpo glorioso, resucitado del Señor (cf. 1Cor 6,17), dispensándoles la vida eterna (cf. Gál 6,8).

           
Con la experiencia del Espíritu de «Cristo» o del «Señor» (cf. Rom 8,9; 2Cor 3,17), que actúa la vida nueva, Pablo parte de este principio: «Por eso doblo la rodilla ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en cielo y tierra, para que os conceda por la riqueza de su gloria fortaleceros internamente con el Espíritu, que por la fe resida Cristo en vuestro corazón, que esteis arraigados y cimentados en el amor, de modo que logréis compre
nder, junto con todos los consagrados, la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios» (Ef 3,14-19; cf. 1,15-21). Esto lo desarrolla en tres etapas: abandono de la existencia fundada en el poder gracias a la fe y al amor de Cristo y a Cristo, muerto y resucitado; Cristo crea el sentido y el centro de la vida porque vehicula la salvación de Dios; y la configuración con él, que se hace gracias al Espíritu, inicia la salvación en esta vida y termina en la futura de resurrección.


            Pablo lo resume en un párrafo de su carta dirigida a los cristianos de Filipos: «Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él. No contando con una justicia mía basada en la ley, sino en la fe de Cristo, la justicia que Dios concede al que cree. ¡Oh!, conocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos; configurarme con su muerte para ver si alcanzo la resurrección de la muerte» (Flp 3,8-11). El conocimiento de Cristo se entiende como una relación personal, como una revelación personal: quien elige es Dios por medio de Cristo, quien obedece es el hombre; y la comunión con Cristo conduce a reconocer su «señorío» en orden a la salvación. Si esto es así, es lógico que dé por perdida toda su fe anterior en la justicia de la ley, en la autosuficiencia que lleva pareja una vida dirigida según las tradiciones emanadas de la ley. Pablo desea que Dios le encuentre en Cristo al final de sus días y, además, los cristianos le encuentren en Cristo en la vida presente para aprender a caminar en la vida «nueva» que él ofrece. Y para ello no existe problema alguno, ya que para llevar a cabo la vida «nueva» Dios ha conferido su potencia de gracia, su relación de amor, a Cristo con la Resurrección. Así es posible superar todas las situaciones de la vida provenientes del hombre «viejo», de la debilidad humana (cf. 2Cor 12,9-10), que impiden caminar en la senda del Señor (cf. Flp 1,21). La comunión con Cristo lleva aparejada, por una lado, la participación en sus sufrimientos, en su cruz en la que quedan fijados todos los males de esta vida y que Pablo los considera muertos en la muerte de Jesús, impotentes para significar algo en la vida «nueva» (cf. Rom 6,6; 8,3; Gál 2,19; 2Cor 4,10); y la comunión con Cristo, por otro lado, entraña la pertenencia a la vida de resurrección que alcanzará a todo su esplendor en la plenitud de los tiempos.  

lunes, 21 de abril de 2014

Pensamiento Franciscano. Europa

Es el momento del cristianismo



Manuel Lázaro Pulido
Universidade Católica Portuguesa
Instituto Teológico de Cáceres



            Los cristianos vivimos un cierto pesimismo, un auto-aislacionismo que nos lleva a refugiarnos, a pensar que la situación del cristianismo en el inicio del siglo XXI es mala, que estamos en crisis. Sobre la palabra “crisis” ya hablamos en otras reflexiones. Y ya dijimos que “crisis” no tiene porque ser algo negativo. Pero claro, cuando hablamos de la crisis del cristianismo la sombra del pesimismo nos invade. Una sombra que muestra que algo en nuestra forma de pensar y vivir la fe está en crisis, pero que quizás no es precisamente el cristianismo.
            Los agoreros de la crisis del cristianismo muchas veces vienen de campos y disciplinas ajenas al quehacer pastoral y el pensamiento teológico. Sociólogos, filósofos, periodistas y, en fin, portavoces de propuestas políticas y tendencias sociales insisten en ensombrecer la actividad alegre y luminosa de la Iglesia. Este ensombrecimiento afecta hacia dentro de la comunidad cristiana, especialmente en el mundo Occidental, llevándole a caer en cierta desesperanza o en un replegarse a lo que siempre ha sido un círculo de seguridad en las tradiciones (religiosas, cultuales…).
           
Glez. Faus
Dentro de la esfera teológica de la Iglesia católica no faltan voces que intentan fundamentar la esperanza ante la “crisis”. José Ignacio González Faus escribía en su libro Calidad cristiana: identidad y crisis del cristianismo (Sal Terrae, 2006) que la crisis del cristianismo, que afectaba especialmente a los europeos, ayudaba a la búsqueda de la identidad. No le faltaba razón cuando siguiendo la intuición del teólogo Dietrich Bonhoeffer
de que el Dios revelado en Jesucristo “pone del revés las ideas sobre Dios de una religiosidad general”, insistía en la recuperación de la identidad del Dios revelado en Jesucristo como lugar de reflexión y actividad eclesial hacia dentro, reflexionando sobre la jerarquía y el pueblo de Dios y hacia fuera, en el diálogo con “las religiones de la tierra” y la “globalización”). En ese sentido Félix Wilfred y Jon Sobrino se hacían precisamente esta pregunta: ¿Cristianismo en crisis? (Concilium 311). Varios autores entre ellos el citado teólogo español, intentaban dar respuesta, a la situación de la iglesia (en crisis) en un mundo (en crisis). La tonalidad de las respuestas era la esperanza, en la presentación del número se preguntaban: “¿Acaso no es el misterio de la Pascua precisamente un misterio de experiencia de crisis y de superación de ésta en virtud de una esperanza sobreabundante?”. La solución pasa, en este análisis, por superar las contradicciones de la vida contemporánea marcada por “realidades contrapuestas –humanidad e inhumanidad, solidaridad compasiva e indiferencia insensible–“, en fin embarcarse en el “compromiso, tomar partido en la lucha de la verdad contra la mentira, de la justicia contra la injusticia, de la vida contra la muerte”.
La lectura de esta teológica de la encarnación social de la Palabra de Dios resulta, al menos, interesante porque intenta extraer elementos positivos de la “crisis del cristianismo”. Pero yo me pregunto “¿está el cristianismo en crisis o es un proyecto de construcción de la comunidad el que lo está? Cuando las instituciones se preguntan por algo y quieren estudiar un tema, normalmente es porque se tiene carencia del mismo y se necesita reforzar. El proyecto de investigación de la Unión Europea Horizon 2020 (work programme 2014-2015) dedica unos de sus programas relativos a la herencia cultural y las identidades europeas, especialmente se pretende estudiar la emergencia y transmisión de la herencia cultural europea y la europeización, de modo que se pueda comprender en profundidad los aspectos axiológicos, lingüísticos, sociales y culturales del multilingüismo (multiculturalismo) y de la trasmisión de la herencia cultural a través de las generaciones y las fronteras compartidas. En definitiva, la Unión Europea desconfía de sí misma, no sabe donde ubicarse. Lo que la constituyó (una latinitas, una identidad religiosa, un proyecto de realización política) no sirve, pero negarlo es negarse a sí misma. Y en esta duda la Iglesia cristiana (y la católica también) va de la mano porque fue la Iglesia, fue el cristianismo quien ayudó a construir aquello que la Europa es, aquello en lo que no puede renunciar, pero a la vez de una forma que ya no puede ser. Las Etimologías, la obra enciclopédica (la enunciadora definitiva de la latinitas cristiana y occidental) de san Isidoro de Sevilla
San Isidoro
marca el inicio de esa época: la cristiandad. El renacimiento carolingio sellará el programa de estudios, la baja Edad Media la institucionalizará, el renacimiento lo ampliará de la concordia a la implantación del orbe católico del barroco, la ilustración la politizará en la libertad del individuo, las grandes guerras y las utopías catastróficas de la primera mitad del siglo XX la sellarán, sus últimas consecuencias las vivimos hoy. El secularismo ha muerto, el post-secularismo no puede decir nada. Y aquí aparece la crisis: Europa no puede ser eurocéntrica, pero no puede renunciar a lo que es y a lo que ha significado y significa en el siglo XXI. Y el cristianismo igual. Ya no puede, de la mano de Europa, ser lo que fue: cristiandad, pero no puede ni debe dejar de ser lo que es: cristianismo.
La esperanza nace de la Palabra de Dios, de la fuerza de decir algo en el momento. Estamos cercanos a los misterios de la Semana Santa, la Cruz de Cristo es la señal de los cristianos porque es el primer momento de la Resurrección. Es necesario morir (cristiandad) para resucitar en Cristo (cristianismo). Los teólogos de la encarnación social siempre han pensado que trasformar el cristianismo era necesario, pero no veían (ni ven) que de lo que se trata es de acompañar la muerte de la cristiandad. Por eso lo que se necesita es realizar una teología para el siglo XXI que parta del cristianismo. El cristianismo no está en crisis, muy al contrario es su momento porque lo íntimo del hombre siempre anhela el bien y la vida y como rezaba san Francisco, el santo del cristianismo: “Tu eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tu eres le bien, todo bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero” (Alabanzas al Dios altísimo).





lunes, 7 de abril de 2014

«Desde lo hondo a ti grito, Señor»

                                                        UNA CUESTIÓN DE AMOR

                 «Desde lo hondo a ti grito, Señor»
 
                                                               Mons. Santiago Agrelo      
                                                                 Arzobispo de Tánger

La hondura desde la que gritaba el salmista era la del pecado.
           
Hoy, sus palabras son entregadas por la fe a los empobrecidos de la tierra, a los derrotados por la vida, a quienes todo lo han perdido, a hombres y mujeres náufragos de la esperanza, a los que habitan en tierra y sombras de muerte. El salmo sube ahora desde el lugar de los muertos. Y es en esa hondura donde resuenan las palabras de la profecía: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío”. Es en esa oscuridad de los sepulcros donde se enciende la luz del evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida”.
           
Tu Dios, Iglesia cuerpo de Cristo, te ha llamado “pueblo mío”, y ha encerrado en un posesivo de afecto toda la ternura del Padre del cielo por el Hijo más amado. Tu Dios, Dios de derrotados, empobrecidos, desterrados y muertos, te ha llamado “pueblo mío”, y lo puede decir con verdad porque él te sacó de tu Egipto, de la casa de tu esclavitud. “Pueblo mío”: te lo dice ahora el que promete abrir tus sepulcros como abrió ayer el mar al paso de tus hijos. “Pueblo mío”: te lo dice tu Dios,  porque sólo tu Dios te lo puede decir.
El que, con palabras de promesa, había dicho: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío”, es el que te dice ahora con palabras de evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida”.
Hoy has escuchado el relato de la resurrección de Lázaro; hoy, como en un espejo, has visto que Jesús abría desde afuera el sepulcro de su amigo.
            En la Pascua, cuando todo quede cumplido y se te revele la verdad, sabrás que él, tu Señor, ha abierto desde dentro tu sepulcro, todos los sepulcros. Entonces reconocerás que el Hijo de Dios se ha hecho solidario contigo en tu muerte para hacerte solidario con él en su vida.
La profecía y el evangelio proclamados hoy te ayudan a comprender lo que has vivido en la fuente bautismal, y desvelan el misterio de lo que vives en la eucaristía dominical. Hoy en la eucaristía, como un día en el Bautismo, te encuentras con la resurrección y la vida que es Cristo Jesús.
Él, por el amor con que se encarnó, ha hecho suya tu muerte; y tú, por la gracia de la fe con que lo acoges, has hecho tuya su vida.
El, por el amor, te dice: “¡Pueblo mío!”
Y tú, por la fe, le dices: “Señor mío y Dios mío”.
Nada le podrás decir si no lo reconoces; nada podrás recibir si no lo ves. Reconoce a Cristo en la Escritura que proclamas, en la Eucaristía que consagras y recibes, en la comunidad con la que oras, en el pobre con el que te encuentras. Reconócelo y acógelo, y habrás recibido la resurrección y la vida.

Sólo el amor puede abrir los sepulcros y los abre desde dentro. Una Pascua, si es verdadera, es siempre una cuestión de amor.

martes, 18 de marzo de 2014

¿Se salva la creación?

                          LA ESPERANZA CÓSMICA EN EL PENSAMIENTO FRANCISCANO


                                                                     
                                                        José María Roncero Moreno

Siete asertos[1] :

1.- En la espiritualidad de Francisco de Asís, el hombre y la creación, hermanos de origen, están llamados a vivir junto a Dios: en eso consiste la salvación universal.


2.- Para Alejandro de Hales el hombre, junto a la creación, es asumido en la glorificación de Dios. Todo el hombre, en su estructura interna y externa, está constituido para aspirar a ese cumplimiento en Dios.

3.- Buenaventura lo expone trinitariamente:

3.1. Todo lo que ha sido creado por Dios posee un impulso natural a retornar a su origen. El retorno de las cosas creadas al Padre, para participar en su bienaventuranza, es el estadio conclusivo de la creación.

3.2.- La consumación de la creación se realiza por el Verbo increado, quien, permeando toda la creación, la guía internamente a su fin. Dios acepta en sí al hombre y al mundo cumpliendo el devenir amoroso prefigurado en la encarnación.

3.3. El ser humano ha sido capacitado por el Espíritu Santo para ser el mediador entre el mundo material y Dios; su responsabilidad es llevar a toda la creación y a sí mismo al fin último, a la unión con Dios trino en el esplendor de la gloria.

4. Escoto desarrolla esa especial tarea humana en la construcción del mundo. El hombre ha de buscar los dones que Dios ha impreso  en la creación, pues son medio para tender hacia él; debe reconocer el valor y la dignidad todos los seres; debe reconducir todas las cosas al Creador, manantial del amor. Cuando, con la ayuda de la gracia, el hombre estructura el mundo en el amor, anticipa ya el final consumador.

5. A modo de resumen: la mirada franciscana sobre el hombre, que siempre es una mirada desde Cristo, lo descubre en relación y en camino: en conexión con toda la creación y andante con ella desde su inicio hasta el cumplimiento perfecto en el Dios trino. El camino de la misma creación es un camino de salvación hacia Dios.


Santa Ana del Monte. Jumilla (Murcia. España)


[1] Cf. “La nuova creazione”, en J.-B. Freyer, Homo viator. L'uomo alla luce della storia della salvezza. Un'antropologia teologica in prospettiva franciscana, EDB, Bologna 2008, pp. 263-374,  especialmente el parágrafo 3 (Il compimiento finale dell’uomo nell’evento escatologico), en pp. 303-320.

lunes, 24 de febrero de 2014

Las Iglesia ante el cambio

La Iglesia ante el cambio






Por Manuel Lázaro Pulido
                                                                       Instituto Teológico de Cáceres
                                                                       Universidad Católica Portuguesa (Oporto)



Se dice y con razón que vivimos en un momento de crisis. Lo sustanciamos todo en la crisis económica como si fuera el eje principal de la misma. Y damos vuelta en torno a los poderes económicos, o al gasto público, a las diferencias sociales, o a conceptos que ahora todos manejamos como si fuéramos economistas de profesión. La verdad es que la situación de vulnerabilidad económica en nuestras sociedades del bienestar ha venido a ser la manifestación palpable de que lo que está haciéndose no cuadra con lo que está siendo. Y esto afecta a muchas facetas. Lo lógico es que el lector piense: “es cierto, lo que subyace es una crisis de valores”. No seré yo ahora quien lo niegue. Pero la crisis es aún más profunda, porque los valores se fundamentan en realidades y las realidades no son solo metafísicas (o sea de principios aislados), las realidades se constituyen en lo que son (en lo que son de por sí siendo en su contexto). Es decir la realidad está íntimamente relacionada. Y digo todo esto para expresar que la realidad de la crisis tiene que ver con la realidad que experimentamos. La crisis afecta pues también a las formas sociales, las estructuras antropológicas, las culturas y todo ello se retroalimenta. Así que la crisis también afecta a la Iglesia, a su estructura, a su modo de expresarse, a la sociología de su constitución teológica. La Aldea global ha cambiado las comunicaciones, ha cambiado las expectativas, ha trastocado el universo mental, la forma de relacionarnos. Ayer una investigadora que dirijo de la Universidad de Saitama en Japón y que viene para España me preguntó por mi WhatsApp para comunicarnos mejor. Yo que sigo siendo frugal en telecomunicaciones no pude darle respuesta positiva. Sin embargo más tarde utilicé el Skype para comunicarme con un profesor de Polonia. La relatividad espacio-temporal ha llegado a nuestras vidas no en forma de fórmulas matemáticas, sino bajo la implementación de los modelos que se derivan de ellas.
Y estas nuevas formas relativizan el espacio y el tiempo, trastocado las fronteras, los lugares de identidad antes conocidos. No han desaparecido las ansias de identidad, propia de los mamíferos que somos, sino el espacio físico. Cada vez más volátil. Pensemos en nuestros documentos (en nuestra memoria): del papel, al disquete, del disquete al Cd, del Cd al USB, del USB a la nube. Nuestra identidad personal también se ha volatilizado: de la firma y el sello a la firma digital de la Oficina de Registro virtual. Miremos nuestras lecturas: de Espigas y azucenas al blog de F. Martínez Fresneda. Y todo esto en un tiempo vertiginoso para que muchas mentes lo asimilen. Y esto es crisis, porque es crisis en tanto “Escasez, carestía; y “Escasez, carestía” (significados 6 y 7 del DRAE) comoMutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales” (significado 2 del DRAE). De hecho, y muy probablemente, las acepciones 6 y 7 dependan de esta. Y por analogía de la primera acepción: “Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”. Veremos si nos mejoramos o agravamos, pero que estamos cambiando seguro.
Y en esta circunstancia a la Iglesia y a su espacio y tiempo también le tiene que afectar la crisis. La Iglesia es católica, ese espacio admite muchos vaivenes. Y su catolicidad, su forma de expresión sociológica y eclesiológica siendo así tiene la capacidad de retroalimentarse (que es lo propio del cristianismo: pues Cristo siempre da la oportunidad de configurarse con Él). Hemos de pensar si el espacio eclesiológico que nos hemos dado (con la ayuda del Espíritu Santo, claro está) es el espacio del siglo XXI. Si la estructura parroquial del II concilio Vaticano tal como está en el imaginario diocesano es posible mantenerlo. Si esa identidad puede apegarse al territorio, hoy cuando la Universidad provinciana tiene que unirse a otras para no sucumbir y hacer un curso on-line porque sino no podría sobrevivir y lo que es aún más importante (aunque lo otro es necesario): servir.
Hemos repensar una eclesiología para el cristiano del siglo XXI. Porque la realidad es que el hombre es cambiante. Y difícilmente en un mundo del mercado global (que es la realidad y la fundamenta también) hace que los hombres muden. Un servidor a vivido en más de tres países y en multitud de ciudades (por ende en multitud de parroquias). Siempre me he sentido diocesano porque aprendía  relativizar el espacio y el tiempo cuando en mi vida eso acontecía, como muchos cristianos. La mayoría adoptaron otras realidades eclesiales, aquellas que se hacían carismas y misterios en Christifideles laici (21), en realidad nuevas necesidades religiosas nacidas a ritmo de cambio social que han provocado no pocas tensiones en las parroquias. Pero no es menos cierto que es obligación conciliar dar salida a las nuevas formas en los nuevos tiempos: “incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. Por consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia” (Lumen Gentium 33).
Hace más de ochocientos años, un laico de Asís, anuncio vivo del Evangelio, enfrentó la ruptura del espacio y el tiempo en un nuevo mundo que se configuraba, donde el espacio rural quedaba obsoleto como identidad única, y la realidad religiosa necesitaba de un nuevo lugar en la ciudad del Occidente que se iba constituyendo (el primer paso a la Modernidad). Los muros de los monasterios no podían responder a “las posibilidades y necesidades de los tiempos” y el nuevo ciudadano urbano necesitaba de una luz evangélica nueva, católica, universal. Aquel hombre pobre supo leer la crisis, supo ver el momento de la nueva eclesiología al que el IV concilio de Letrán también llegó con retraso.
Crisis es momento de cambio de la realidad y la Iglesia precisa de una nueva eclesiología para poder hacer vivo el anuncio del Evangelio en la perennidad de su mensaje. Y crisis es oportunidad para mejorar “el enfermo” o para “empeorarlo”. Y eso sí que depende de nosotros, y ahí la queja (mecanismo de defensa preferido de quien no tiene ni fe ni esperanza ni caridad) es el mejor mecanismo para empeorar el enfermo. En esto de la eclesiología cómo se haga, eso, ya no depende de mí: ¡doctores tiene la Iglesia!



viernes, 14 de febrero de 2014

Pensamiento Franciscano. Santiago Agrelo, Arz. de Tánger



Publicamos la Carta Pastoral de Mons. Santiago Agrelo. Es un alegato a las autoridades europeas y españolas de la situación vivida recientemente en Ceuta. La carta está escrita desde sus más profundas convicciones evangélicas y franciscanas. Por ello la traemos a este blog, para que sepamos de primera mano que está ocurriendo por esas tierras, donde se suma el negocio de los traficantes de vidas humanas y gentes sin nada en esta vida, sobre todo sin esperanza.


Tánger, 7 de febrero de 2014



A los fieles laicos, a las personas consagradas y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: Paz y Bien.

No te cierres a tu propia carne:

«No hace falta que nadie lo interprete, pues está dicho para que lo entiendan incluso los niños: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo”.Y después del mandato al alcance de todos, por si hiciese falta, se añade la razón que lo sostiene: “No te cierres a tu propia carne”. ¡El hambriento, el pobre sin techo, el desnudo, son “nuestra propia carne”!
No te cierres a tu propia carne”: Este único conocimiento bastaría para que fuese otra la política de las fronteras, otra la lógica de nuestros razonamientos, otra el motivo de nuestras manifestaciones, otra la matriz de nuestras preocupaciones, de nuestras aspiraciones, de nuestras quejas, de nuestras opciones.
No te cierres a tu propia carne”: Si entras por el camino de esta sabiduría, “romperá tu luz como la aurora”, delante de ti irá la justicia, detrás irá la gloria del Señor, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.
No te cierres a tu propia carne”, y el pan que compartes con el hambriento, te hará luz para el indigente, como es luz para ti el que, con su vida en las manos como un pan, dijo: “Esto es  mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.
No te cierres a tu propia carne”: Sienta a los pobres a la mesa de tu vida, y tú serás para ellos la luz con que Dios los ilumina.
Y a cuantos una y otra vez me recuerdan que la Iglesia no es una ONG, una y otra vez recordaré que los pobres son “nuestra propia carne”, y que mi pan es su propio pan, y que la Iglesia es su propia casa.»
Ése era, queridos, el mensaje que había preparado para acercarme con vosotros al misterio de la palabra que oiremos proclamada en la liturgia del V domingo del tiempo ordinario; pero los acontecimientos reclaman transformar la suavidad de la exhortación en denuncia de lo que es inaceptable.

Lo inaceptable:

Es inaceptable que la vida de un ser humano tenga menos valor que una supuesta seguridad o impermeabilidad de las fronteras de un estado.
Es inaceptable que una decisión política vaya llenando de sepulturas un camino que los pobres recorren con la fuerza de una esperanza.
Es inaceptable que mercancías y capitales gocen de más derechos que los pobres para entrar en un país.
Es inaceptable que las políticas migratorias de los llamados países desarrollados, ignoren a los empobrecidos de la tierra, vulneren sus derechos fundamentales, y se conviertan en el caldo de cultivo necesario para que se multiplique en los caminos de los emigrantes el poder de las mafias que los explotan.
Es inaceptable que se reclamen fronteras impermeables para los pacíficos de la tierra, y se toleren permeables para el dinero de la corrupción, para el turismo sexual, para la trata de personas, para el comercio de armas.
Es inaceptable que una política inhumana de fronteras obligue a las fuerzas del orden a cargar la vida entera con la memoria de muertes que nunca quisieron causar.
Es inaceptable que el mundo político no tenga una palabra creíble que dar y una mano firme que ofrecer a los excluidos de una vida digna.
Es inaceptable que a los fallecidos en las fronteras se les haga culpables, primero de su miseria, y luego de su muerte. Ellos no son agresores: han sido agredidos desde que sus corazones empezaron a latir al sur del Sahara, hasta que se paran para siempre, antes en nuestra indiferencia que en nuestras fronteras.
Es inaceptable que el negrero de ayer perviva en los gobiernos que hoy vuelven a encadenar la libertad de los africanos, supeditándola a los mismos intereses y al mismo poder opresor.

Desde la impotencia a la esperanza:

Queridos: ante el drama de sufrimientos y muerte en que el poder ha convertido los caminos de los emigrantes, es difícil que apartemos de nuestro corazón sentimientos de frustración, de impotencia, de tristeza, de indignación. Pero nuestro compromiso con la vida de los pobres no nace de esos sentimientos, sino de un amor incondicional, un amor fiel, que a todos se nos ha manifestado, y que a todos nos ha reunido para siempre en el único cuerpo de Cristo.
No te cierres a tu propia carne”: no te cierres al sufrimiento de Cristo.
En este camino el poder no puede seguirnos. A él sólo le pedimos que sea justo. A nosotros el amor nos pide dar incluso la vida por el bien de los demás.
Y son muchas las cosas que, hasta dar la vida, podemos hacer: Tenemos la fuerza del amor y de la oración, una fuerza que es capaz de mover el mundo. Podemos hacer que los emigrantes no estén solos en su camino, y podemos dejar solos a quienes, gobiernos o mafias, les están robando la vida. Podemos compartir con el emigrante nuestro poco de leña, nuestro poco de agua, la última harina de nuestra vasija, el último aceite de nuestra alcuza. Podemos darles voz para que se escuche su grito, podemos llamar a las puertas de cada conciencia para que la sociedad reclame una nueva política de fronteras, y, con terquedad de discípulos de Jesús, podemos recordar a cada hombre que es su propia carne, también la de Cristo, la que, día a día, es condenada a muerte en las fronteras del sur de Europa.

Queridos: no me dejéis sin vuestra oración.


+ Fr. Santiago Agrelo
Arzobispo de Tánger


miércoles, 29 de enero de 2014

Pensamiento Franciscano

Francisco nombre e imagen


 Por Manuel Lázaro Pulido

El Papa Francisco está de moda en la fronteras de la fe, esas fronteras que se yerguen en la entraña de Occidente, él que no es continental pero sí heredero de esta específica tradición, de ese Occidente que se definió como una utopía viviente cuando salió de sí en el siglo XVI. Que el papa Francisco representa un icono lo indica el hecho de ser protagonista de las portadas de la prensa como, recientemente la revista del Pop y referencia de actualidad Rolling Stone. En el devenir de la crónica la revista lo presenta “como un hombre ligado por un lado a una tradición religiosa y por otro, luchando por llevar a la Iglesia hacia una nueva era”. Y realmente creo que es así.
Ser portada es agradable pero, a la vez, contiene no pocos peligros. Es agradable, no solo para el Papa, sino también para los cristianos católicos, ver una imagen amable de la Iglesia personificado en la figura del Obispo de Roma. Es reconfortante comprobar de esta forma la presencia real en el espacio público. Pero como la materia lleva en sí la antimateria, la presencia tiene su lado oscuro. En este caso el de la duda que suscita el hecho de la manipulación de la figura del Papa como icono no por sí, sino por otro. Asimilado a un mensaje, como siendo su imagen, si no incluso como el signo definitivo de la asimilación del último bastión a las ideologías periclitadas (pero muy presentes institucionalmente) de los estertores del siglo XX. Y me explico.
            En la misma revista se señala como Sarah Palin, pentecostal de origen católico, famosa por presentarse como candidata a la vicepresidenta de los Estados Unidos por el Partido Republicano de la mano de John McCainen, se quiere apropiarse de su imagen, describiéndolo como un tipo de hombre liberal, de la misma manera que es descrito su mensaje como “puro marxismo” por personas tan significadas como le conservador Rush Limbaugh. La apertura a la realidad humana del Papa es impresionante, e impresiona y por eso intenta ser apropiada de modo que no se valore tanto en sí, como siendo una muestra de la expresión de las ideologías en el seno de la propia tradición católica.
            A Francisco, el Papa, le pasa algo parecido en tiempos de crisis, a lo que le sucedió a Francisco, el Santo (también en tiempos de crisis). Pobreza, humildad, firmeza de fe… no son el carisma de la ideología (marxista, liberal, socialdemócrata o del lobby gay como expresión de una ruptura cultura), como tampoco fue la pobreza franciscana, ni la simpleza el resultado de una determinada eclesiología (o ideología teopolítica). Pobreza, humildad, simpleza… no son nada en sí mismos. En antropología cultural serían los “indicadores (conceptuales-reales) de la identidad”; y ellos podrían reconducirse en la ideología. Pero en la realidad de la fe, en la realidad de la existencia, en el franciscanismo, son los “indicadores de la identidad del Evangelio”. Ahí radica su fuerza. San Francisco quiso ser apropiado, fuera de la Orden (en diversas eclesiologías) y dentro de la Orden (en diferentes sensibilidades). Pero san Francisco (y el papa Francisco) responden mejor a lo que expresaba la propia revista, parafraseando la canción de Bob Dylan: “Los tiempos están cambiando”. Y el trasvase del campo a la ciudad del siglo XIII en la definición de Europa (y en ello de Occidente) es ahora el cambio de la ciudad a la ciberciudad global en la absoluta prioridad de redifinir (y reubicar) Europa. Y para ello no se puede definir desde categorías ideológicas solo presentes a nivel universitario e institucional (izquierda, derecha, marxismo, liberalismo) sino desde la realidad de lo global, en la conjunción entre la tradición y el nuevo tiempo que nace. Francisco se adviene así como un nombre profético: no tanto como de quien señala la necesidad de fijarse en la pobreza y en el símbolo de desnudarse ante el obispo (de tomar una habitación más simple en el Vaticano que es lo mismo como gesto visual), sino de reeditar que estamos desnudos ante Dios, y necesitamos buscar la identificación con Cristo. Anunciar desde la tradición los retos de la nueva era, predicar en la frontera, aquí en Europa para nosotros, allí en Europa para los Hispanoamericanos. Eso es la imagen y el nombre de Francisco (del Santo, del Papa).



lunes, 13 de enero de 2014

Pensamiento Franciscano 1


                                   PENSAR DESDE EL FRANCISCANISMO



Por Manuel Lázaro Pulido

Pensar siempre es una aventura, un camino, un recorrido abierto, en el sentido de que algunas veces contamos con rumbo fijo, otras veces simplemente nos adentramos a dar pasos. En todo caso siempre tenemos que dar un paso hacia delante, y no pocas veces hemos de mirar bien el paisaje, para ubicarnos. Pensar, reflexionar, pararse, pensar en cuanto pensar lo pensado, en cuanto emocionar lo pensado, en cuanto pensar la emoción, en cuanto actividad de segundo orden de una primera inteligencia que nos lleva a buscar lógicas de supervivencia (lógicas del instinto más básico y vital)…, en fin, pensar construyendo cultura, no solo es una actividad humana sino que es la actividad que nos hace humanos. Y pensar en este segundo nivel en cuanto homo sapiens sapiens (hombres-animales que pensamos lo que pensamos) es un lugar de encuentro con nuestro carácter total de imagen de Dios. Porque lo que nos ha sido dado en cuanto hombres se hace humano, es decir significación, sentido e imagen.
Si esto es así, si pensar es un camino de nuestro ser, de lo que somos, hacia Dios en cuanto imagen… pensar y no solo razonar, forma parte de nuestra identidad humana y en ello cristiana (pues no existe un cristianismo que no sea profundamente humano). La fe del cristiano no es la fe de los teólogos, pero es teo-lógica, porque es humana: la del hombre dotado por Dios y para Dios (teo-) con la capacidad esencial de pensar lo que piensa (y eso es -lógica en cuanto logos).
Por eso, porque la fe cristiana es teológica, porque pensar (no solo ser racional) es una actividad que impregna y constituye el ser humano, porque forma parte de su camino, porque lo simboliza y significa como imagen, porque lo eleva a Cristo (imagen perfecta, teología perfecta)… por eso pensar es una actividad franciscana. El Sol, la Luna, las estrellas, el viento, el agua y el fuego, así como los hombres (que perdonan, que sufren y aman, los pacíficos conocen la Muerte… todos ellos son dignos de loa porque hay alguien que ha pensado que es así y pensando en el pensamiento de su existencia fraternal, y porque piensa franciscanamente da gracias a Dios y le dice: “Altísimo, omnipotente, buen Seños, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda su bendición” (Cánt. 1).
Y es que no solo se piensa la razón (que es entendimiento), sino que se piensa la voluntad (que tienen su pensamiento no racional propio) y pensamos el amor, que no racionaliza necesariamente (entendimiento), ni entiende en su dinámica múltiple y libérrima (voluntad), sino que se piensa dándose, alimentando la actividad humana y retroalimentando el pensamiento que piensa del hombre.
Pensar es una actividad humana y es franciscana. El pensar lo que somos y lo que hacemos da lugar a diversas estrategias básicas y a su expresión cultural (en cuanto racional, comunitaria, religiosa…) el franciscanismo es una óptica de enfoque de esta actividad que parte del hombre mismo, pues como hemos dicho es esencial al hombre el pensar  y pensar es iluminar el recorrido de lo que somos, pues pensar no deja de ser contemplación, actividad, ser-en-el mundo: en nuestras inquietudes diarias.
Desde este rincón permitirme pensar con vosotros franciscanamente, no como san Francisco (que santo como él hay solo uno), ni como un franciscano (que doctores tiene la Iglesia y maestros la Orden franciscana) sino como un filósofo que ha bebido de sus fuentes y su tradición para –con libertad franciscana– intentar pensar lo que pienso como hombre (como hijo, como hermano, como imagen) que vive en el mundo de hoy.