lunes, 24 de marzo de 2014

M. Paula. Congreso

                               Historia y Evangelio
 I Centenario de la muerte de la Madre Paula Gil Cano (1913-1013).




Pedro Riquelme Oliva (Ed.)


           
Con ocasión del primer centenario de la muerte de M. Paula Gil Cano (Murcia 1913), la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Purísima organizaron unas Jornadas donde se abordó la personalidad de la Fundadora desde el punto de vista histórico, teológico, espiritual y pastoral. Introduce las Jornadas el prof. Riquelme Oliva, del Instituto Teológico de Murcia OFM. Glosa la vida de la M. Paula con los acontecimientos más importantes que suceden en su historia personal: familia, residencia en Cartagena, llamada a Murcia por la riada de Santa Teresa, las inundaciones de Consuegra, el cólera de Murcia, la creación de fraternidades y de casas que acogían a las personas marginadas, solas y pobres que se daban por doquier en la ancha geografía española. M. Paula pertenece a esas mujeres que en el siglo XIX y principios del XX en España «sin relieve a los ojos del mundo, son gigantes de amor, que construyeron la Iglesia de la Caridad en aquellos años recios de pobreza, analfabetismo y carencia de asistencia sanitaria» (35). La vida de caridad que imprime a las hermanas que le siguen en su entrega sin límites a los pobres, lo plasma en las Constituciones de la Congregación, dándole una identidad para que sus vidas tenga sentido siempre en la espiritualidad franciscana que vive en la Iglesia del Señor.
           
El prof. Ulderico Parente, Consultor de la Congregación de las Causas de los Santos, resume el texto que ha escrito sobre M. Paula y en el que reelabora la vida de la M. Paula con más de 300  documentos inéditos. Da una visión de M. Paula centrada en el contexto histórico y en las obras llevadas a cabo, siempre basado en documentos históricos de primera mano, y sin adoptar prejuicio alguno en la selección y exposición de dichos documentos. Por eso no tiene en cuenta la primera vida redactada por la M. Cecilia, fuertemente apologética,  y también excluye, en parte, la Vida Ejemplar de sor Concepción Vázquez, redactada con la idea de santidad que rige en la Iglesia de mitad del siglo XX, distorsionando los hechos históricos, o poniéndolos a servicio de la forma de ser un cristiano ejemplar elaborada por los espirituales de la teología y vida cristiana. Con todo, la tiene en cuenta por ser un testimonio de la santidad de M. Paula, que, cada vez más, es consciente la Congregación. Describe los acontecimientos sabidos de M. Paula, bien fundados desde siempre y por el anterior biógrafo, Barrios Moneo. Las nuevas pruebas documentales que aporta la Positio redactada por Ulderico son: El caso de doña Amparo Pérez, cuya separación de la Congregación «fue el resultado final de un progresivo camino, resultado no de contrastes con la M. Paula, sino más bien de constantes desobediencias al P. Malo y de iniciativas tomadas sin los permisos eclesiásticos» (56). Lo mismo se puede afirmar sobre la problemática del frustrado Capítulo General, donde se descarta la insinuación del P. Paga sobre una desobediencia de M. Paula al Obispo de la Diócesis de Cartagena. Entre el Obispo y el el P. Paga hay contradicciones tan evidentes que, alguno de los dos, o no estaba bien informado, o conscientemente no decían la verdad (63). Lo mismo se puede decir de la obediencia de M. Paula a los nombramientos de la Sagrada Congregación a partir de la Visita Apostólica realizada por el P. Miguel Martínez.  Escribe el prof. Ulderico: «Estoy personalmente convencido de que el gran valor de la M. Paula desde el punto de vista histórico y también teológico, radica en haber asumido e interiorizado, en primer lugar, sus propias limitaciones, en la conciencia de su humildad, y en haber atribuido a la Providencia de Dios todo paso adelante que dio y, también, la superación de todo obstáculo que encontró a su paso» (81). Sobre las virtudes de la M. Paula, el autor tiene una visión más bien antropológica que teológica sobre los valores que deben jalonar la vida de una creyente como M. Paula. Se confunde la fe confianza y la devoción a María con la fe teologal, don exclusivamente divino que nace en la Resurrección y Pentecostés, y la caridad, potencia amorosa divina gratuita y libre, muy distinta al servicio de amor a los pobres, que se apoyo por lo general en la inclinación y convicción natural de entrega, que se origina en la potencia vital que entraña el amor, el eros. Falta explicitar la esperanza teológica. Esto hay que cuidarlo mucho para fundar mejor la Positio. No se puede olvidar que las tres virtudes teologales tienen un doble aspecto: el descrito en el texto en cuanto expresan una forma de ser del cristiano cuando se relaciona con el Señor y el objetivo, es decir, la fe, esperanza y caridad en cuanto vehiculan la salvación de Dios que realiza por medio de Jesucristo a favor de todos los hombres.  Y los dos aspectos son dones gratuitos del Señor. La esperanza, que falta en el texto, es vivir entre la salvación incoada en el presente y el futuro pleno de ella. Es la seguridad que la experiencia tanto buena como mala de la historia serán trascendidas en el futuro por la acción del Señor. Y M. Paula tiene dichos y hechos que remiten constantemente a la esperanza teológica: «Mientras vivamos estamos en un tiempo de prueba», etc., etc.
El prof. Martínez Fresneda se funda en la siguiente afirmación de M. Paula para exponer su espiritualidad encarnada siguiendo el estilo de vida franciscano. En la segunda Carta que M. Paula escribe a Dña. Josefa Santa María y a su yerno D. Eusebio Vasco, fundadores del Colegio «San José» de Valdepeñas,  termina diciéndoles: «En fin, no dejaría la pluma porque creo que estoy hablando con los dos personalmente, pero es preciso, me llama el cumplimiento de mis obligaciones y debo dejar a Dios por Dios» (Carta 2,11) . El párrafo indica que las relaciones personales que mantiene con sus amigos y bienhechores las vincula con el tiempo que dedica a las hermanas, a los niños y demás servicios y se despide para ir a los rezos comunitarios. En la vida franciscana no se da una contraposición entre vida contemplativa y vida activa. La contemplación se conjuga con el servicio a los demás, fundados en la Encarnación del Verbo según el Evangelio de Juan y en la comprensión del símbolo que profesa el franciscanismo ―contiene lo que significa, que no remite a otra realidad humana o divina―. No se puede olvidar que la Encarnación del Logos toma forma de siervo en su forma humana, por consiguiente, la pobreza se entiende como kénosis, la cual da paso al amor de Dios a sus criaturas en las personas de las Hermanas, encauzando un amor gratuito, es decir, la caridad cristiana, que no eros potente y creador de vida.
Julio Herranz trata la «Espiritualidad de Madre Paula “un tesoro en vasija de barro».  Las fuentes la de la espiritualidad de M. Paula es el primado absoluto de Dios y su amor, una experiencia que recalca a sus hijas: « Vivid en perfecta unión con Dios; parece difícil, pero en realidad no lo es, Hijas mías. Mirad ¿queréis vivir íntimamente unidas con Jesús? Orad, orad mucho: Esta gracia sólo se consigue con la oración; si queréis vivir con Él unidas, tenedlo en cuenta, ha de ser orando y no de otra forma». Y el diálogo con el Señor recorre la apertura a la inciativa divina en su vida, la fe como vida del Espíritu y la confianza inquebrantable en la Providencia. Otro fundamento donde se asienta su espiritualidad es la Virgen María, a la que profesa una inquebrantable confianza y amor filial, como a San Francisco de Asís. Para ella es su “padre”, del que aprende la fidelidad y obediencia a la Jerarquía eclesiástica y la libertad que proviene del seguimiento de Jesucristo pobre y crucificado. De la vida de Jesús  aprende la entrega incondicional, la oración, la pobreza y humildad, todo vivido con un sentido fraterno.
J. Mª Avendaño Perea, Vicario General de la diócesis de Getafe (Madrid) edstudia la misión de las Franciscanas de la Purísima en la nueva Evangelización fundado en las Cartas de la M. Paula  y en los documentos Vita Consecrata y Novo Millennio ineunte. Subraya que la nueva evangelización, para no repetir esquemas ya desgastados por el tiempo y la práctica, deben tener una coherencia evangélica tal que realicen el encuentro personal con el Señor, y que se traduzca en un encuentro comunitario y eclesial. Y esto aplicado a la vida sacramental, al anuncio de la Palabra y a las obras de caridad. Hay que añadir que vivamos la fe cristianas como un don de Jesucristo. Y que los lenguajes que se empleen en la evangelización estén transidos por el amor cristiano, que no es otra cosa que el impulso del Espíritu Santo. Esto no obstante para que se dialogue con la razón.  Vistas las cosas desde el Señor, necesitamos escucharle, orar con una confianza incondicional, actuar con un amor compasivo y misericordioso y misionar con gozo. Las Franciscanas de la Purísima deben evangelizar con humildad y libertad, sin cansancio, obedientes al Espíritu, sin buscar privilegios, no temer la consolación interior del Espíritu en lo personal y en lo comunitario. Hay que evangelizar también desde la contemplación, la pobreza y sencillez, con apertura de corazón a las necesidades de las gentes, y siempre con un espíritu fraterno.

Editorial Espigas, Murcia 2013, 246 pp., 14,5 x 21,5 cm.



La Encarnación y Beatos 27 y 28 de marzo

                                                        25 de marzo
                                            La Anunciación del Señor



            La misa de la Anunciación se celebraba el miércoles de las Témporas de Adviento en la antigüedad. Durante este tiempo es cuando se hacía memoria del saludo y mensaje del Ángel a María comunicándole la voluntad de Dios sobre su futura maternidad. También se recordaba el consentimiento de María y el puesto que ocupaba en la economía de la salvación.- En efecto, el arranque del relato de la anunciación de su maternidad muestra que María ha sido elegida, preparada y puesta a disposición para cumplimentar la voluntad divina en la etapa definitiva de la historia de la salvación. Decir de María «llena de gracia» (Lc 1,28) es comunicarle que Dios la ha hecho graciosa, amable; que la ha transformado para poder asumir la responsabilidad que, desde ese momento, va a tener para con la redención de la humanidad. Y, a la vez, que el ángel le anuncia su maternidad, le asegura y le promete la virginidad: «¿Cómo será esto, pues no tengo relaciones?... Nada es imposible para Dios» (Lc 1,34-35). Quien comienza y pone en movimiento todo lo necesario para la salvación es Dios. Y es también Dios quien determina la forma y el medio con el que se va a llevar a cabo dicha salvación: por medio de una vida humana, nacida y crecida en el seno de una familia, como se hace con todos los hombres. Pero dicha familia, José, María y Jesús estarán a plena disposición del Señor. De ahí que cuando se anuncie la maternidad a María, como a José (Mt 1,18-24), se les diga, al mismo tiempo, que su vida depende totalmente del Señor para servir por completo a Jesús. 

                                               Oración

            Señor, tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María, concédenos, en tu bondad, que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y como hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                           Lecturas

            Primera lectura

            Los reyes de Aram e Israel piden ayuda a Judá para hacer una coalición contra Asiria. Isaías se opone a que el rey Ajaz solicite el apoyo a un rey pagano, Teglatfalasar, y no confíe en la acción del Señor. Este rey vence a Damasco y Samaría, pero somete a Judá. Con ello abre las puertas a una reino pagano (cf. 2R 16,5-16). Isaías le ofrece a Acaz un signo —un niño y su madre— para que cumpla la voluntad del Señor. El niño puede ser un hijo del rey que está para nacer, pero en el contexto profético se refiere al Mesías, y no sólo al Mesías sino también a su madre, en cuanto forma parte también del signo ofrecido por Dios al rey. El niño es fruto de la fe, es puro don (cf. Is 9,5-6, Miq 1,18-25).


Lectura del profeta Isaías                              7,10-14

           
Salmo responsorial                                                    Sal 39,7-11

            Refiere la disponibilidad del creyente para ponerse al servicio del Señor, que solicita no tanto la ofrenda de cosas, cuanto el corazón de las personas, personas dispuestas a cumplir su voluntad, que no es otra que la salvación y el bien de los hombres. El Salmo es fiel reflejo de lo que hicieron José, María y Jesús.


            V. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
            R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

            Segunda lectura

            Todos los sacrificios de la Antigua Alianza son sombras comparados con el sacrificio de Cristo. El sacrificio de Cristo quita realmente el pecado, borra las culpas de sus hermanos. Y es que Cristo es el Hijo de Dios hecho carne, de manera que, dada su dignidad divina, su ofrenda no sólo entraña la superioridad que da el hecho de quien se ofrece es una persona, sino que también dicha persona pertenece al ámbito divino: es el Hijo. El sacrificio de Cristo, único y definitivo, abre las puertas del paraíso, pero adquiere plena validez cuando es el mismo Cristo quien resucita, es quien accede a la morada de Dios (cf. Heb 9,12.24-26).
           

Lectura de la carta a los Hebreos                              10,4-10

           
Aleluya                                                          Jn 1,14

            Aleluya. Aleluya.
            «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros,
 y hemos contemplado su gloria».
            Aleluya.

            Evangelio

            El párrafo del Evangelio de Lucas que narra la Encarnación del Hijo de Dios sigue siendo emblemático para los cristianos. No sólo se describe la extrema benevolencia divina para con su criatura, sino la disponibilidad que muestra María al plan de salvación propuesto por Dios. Si la bondad es el motivo de la creación para que Dios establezca una alianza con la humanidad, la disponibilidad es la mejor respuesta que el hombre pueda dar a Dios desde su libertad. María es para la Iglesia el modelo supremo de diálogo con Dios, de entrega sin límites a la voluntad divina, de saber vivir de la gracia divina, no obstante ofrezca lo mejor de sí para cuidar a su Hijo. El amor ofrecido graciosamente como Hijo por el Espíritu es respondido por María con otro amor, que es, a estas alturas, vivir sólo para él, que lo entiende y retiene como un don.
 
           
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 1,26-38

                                               Para meditar

            «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida. Esto se puede decir de manera eminente de la Madre de Jesús, que dio al mundo la Vida misma que renueva todo y que recibió de Dios unos dones dignos de tan gran misión. No hay, pues, que admirarse de que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios toda santa, libre de toda mancha de pecado, como si fuera una criatura nueva, creada y formada por el Espíritu Santo. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular, la Virgen de Nazaret es saludada por el ángel de la Anunciación, por encargo de Dios, como Llena de gracia (cf. Lc 1,28). Y ella responde al enviado del cielo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38).
            Así, María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en Madre de Jesús. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con todo el corazón y sin ningún obstáculo de pecado alguno, se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia del Él, se puso, por gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la redención» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 56).



          27 de marzo
         Francisco Fáa de Bruno (1825-1888)



            El  beato Francisco Fáa, de la Orden Franciscana Seglar, nace en Alessandría (Piamonte. Italia) el 7 de marzo de 1825. Estudioso de las matemáticas, pertenece al cuerpo de ingenieros del ejército italiano, llegando a obtener el grado de capitán. Forma parte del Estado Mayor del rey Víctor Manuel II, educando a sus hijos Umberto y Amadeo. Renuncia al Ejército y viaja a París para profundizar en las matemáticas con los profesores Cauchy y Leverrier. Llamado por Dios al Sacerdocio, regresa a Turín, estudia Filosofía y Teología y se ordena de Presbítero. Su Obispo le apoya en sus estudios y publicaciones sobre las matemáticas. Enseña en la Universidad de Turín y alcanza el doctorado en Turín y París. Funda la Obra de Santa Zita para la promoción de la mujer. Es una especie de “ciudad de las mujeres” en la que hay escuelas, talleres, enfermería, etc., con una clara perspectiva de fortalecimiento de la familia. Además crea con la hermana Agustina Gonella, «Las Religiosas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio», dedicadas a la oración por las almas del purgatorio. Muere el 27 de marzo de 1888, y un siglo después, el 25 de Septiembre de 1988, Juan Pablo II lo proclama  beato .

                                                        Común de Pastores

            Oración. Señor Dios, que has concedido al beato Francisco Fáa el don de aprender y de enseñar las profundidades de las ciencias de la naturaleza, haz que la fe ayude de tal modo al entendimiento que los avances científicos sirvan para el desarrollo de tus hijos. Por nuestro Señor Jesucristo.

Lecturas


                                   «Dios le comunicará su doctrina y enseñanza»

            El sabio escruta la creación y la pone al servicio de Dios y de los hombres. Con su inteligencia penetra las cosas, encuentra su identidad y hace que alaben al Señor en la medida que sirven para afianzar la vida humana. Esta responsabilidad de la inteligencia humana no se puede llevar a cabo sin la oración, en la cual el sabio descubre la voluntad de Dios sobre las cosas que estudia. A ello se une el que la inteligencia no sólo está para comprender los secretos de la naturaleza y la vida de los hombres, sino también para exponer el plan de salvación que Dios tiene para salvar a sus criaturas.
           
Lectura del libro del Eclesiástico                                           39,8-14

Salmo responsorial                                                    Sal 118,9.10.11.12.13.14

            V. Enséñame, Señor, tus leyes.
            R. Enséñame, Señor, tus leyes.

Aleluya                                                                                  Mt 5,6

            Aleluya. Aleluya.
            «Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre».
            Aleluya.

            Evangelio

                        «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo»

            Jesús vuelve al Padre después de la Resurrección. Ha revelado la gloria del Padre y la salvación de los hombres haciéndose uno con nosotros. Jesús ha transmitido el conocimiento de Dios, la fuente de la salvación, a la que se accede por medio de conocimiento de Jesús. Conocer es experimentar, es decir, poner en movimiento las fuerzas fundamentales físicas, psíquicas y espirituales del hombre. Experimentar y conocer a Dios lo exige. Es la gran misión que ha realizado Jesús y nos ha dejado a nosotros para que la continuemos y la extendamos a todos los hombres siempre con su mediación.

            Lectura del Santo Evangelio Según San Juan 17,1-8


                                                           Para meditar

            «Si un rayo de sol golpea el agua contenida en un recipiente, el agua rebota hacia arriba un reflejo luminoso; si el agua del recipiente está removida, también el rayo reflejado sobre la pared será oscilante, si está turbia, el rayo será oscuro; si está limpia, clara. El agua es la actividad mental del hombre, que inclina siempre hacia las cosas inferiores, a menos que la fuerza de voluntad la obligue a recogerse como en un recipiente. La agua recogida representa el recogimiento de un corazón disipado; pero cuando el agua recibe en sí el rayo de la luz celestial refleja un esplendor de luz hacia las cosas del cielo, y desde ahí eleva el rayo producido hasta el punto que no podía subir; al rayo producido por ella, el agua le imprime su semejanza y si se mueve hondulando en el vaso formará, procedente del vaso sobre la pared, un rayo oscilante; así sucede en el alma, cuando se expone a la luz divina la acoge e imprime en ella de alguna manera su semejanza, y levanta su corazón hacia el cielo, hacia el lugar al que por ningún recurso de la inteligencia y por ningún artificio práctico habría podido elevarse. Y cuanto más profundamente el chorro de luz divina penetra la mente, tanto más se eleva a lo alto; y cuanto más radicalmente el alma se recoge en la paz y en la serenidad, tanto más firmemente se introducirá en la luz suma por el camino de la contemplación. Ahí el alma reposa en paz y en una calma desbordante en moradas seguras. El alma iluminada entonces así según la exigencia de su pureza permanece muy admirada de las cosas que contempla. Ve algo que va más allá de la esperanza y está por encima de toda previsión humana, y es por eso que se manifiesta con admiración» (Gilberto de Tournai, Trattato sulla pace, 28).


                   28 de marzo
                  Juana María de Maillé (1331-1414)
                                              
            La beata  Juana María de Maillé, de la Orden Franciscana Seglar, nace el 14 de abril de 1331 en el castillo de La Roche, en la diócesis de Tours (Francia). Se desposa con Roberto de Silly en 1347. Los dos se dedican a ayudar a los afectados por la peste negra (1346-1353). Roberto fallece en 1362 y su familia aleja a su mujer de su casa y relaciones. Se retira a Tours para consagrarse a la oración y a las buenas obras. Hace voto de castidad ante el arzobispo de Tours y entra en el hospicio de los enfermos, para dedicarse por entero a ellos. Incomprendida y perseguida por las personas que la rodean, decide retirarse al eremitorio de Planche de Vaux, donde se entrega a la contemplación divina. Pronto cae enferma y se ve obligada a regresar a Tours en 1386. Aquí vive junto al convento de los Franciscanos y se pone bajo la dirección del Padre Martín de Bois Gaultier. Muere el 28 de marzo de 1414. El papa Pío IX confirma su culto en 1871.

                                                             Común de Santas Mujeres

           Oración. Concédenos, Señor Dios, que el ejemplo de oración y retiro de La beata  Juana María de Maillé nos estimule a una vida más perfecta. Por nuestro Señor Jesucristo.


Lecturas

            «Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y tenacidad de Cristo»

            La oración que nos une al Señor es el fundamento de la expansión de la fe cristiana al dejar paso a la acción del Espíritu que vive en la Iglesia. Pero también la oración preserva del mal, sobre todo de las continuas persecuciones e incomprensiones que sufren los mensajeros de la salvación que Dios ha enviado por medio de Jesús. La oración nos introduce en el amor de Dios y nos da la fuerza de Jesús para resistir el mal.

            Lectura de la segunda carta del Apóstol Pablo a los Tesalonicenses     3,1-5

           
Salmo responsorial                                                              Sal 92,1-2.5

            El Señor está presente en el espacio que se ha reservado en la creación y desde ahí atrae a los hombres para que participen de su santidad, para que en su vida, orando, la orienten hacia él. Pero también el Señor se sienta en su trono sagrado, dando firmeza y solidez a la creación que ha salido de sus manos. El Señor fundamenta la vida humana y toda la creación.

            V. El Señor reina, vestido de majestad.
            R. El Señor reina, vestido de majestad.

Aleluya                                                                                  Lc 24,46

            Aleluya. Aleluya.
            «Cristo tenía que padecer,
y resucitar de entre los muertos,
y entrar en su gloria».
            Aleluya.

            Evangelio

                        «¡Abba! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz »

            Después de celebrar la Última Cena con sus discípulos, Jesús se retira al huerto de los Olivos para orar. Le acompañan Pedro, Santiago y Juan para ser testigos del sufrimiento de Jesús. Tal es la tensión y tentación que padece, que pide al Padre que le aparte el cáliz del sufrimiento (cf. Heb 5,7-9; Jn 12,27-28). Dios guarda silencio y Jesús obedece. Y a partir de aquí se deja conducir por los acontecimiento que han programado los sumos Sacerdotes para salvar la estabilidad de las relaciones entre Israel y Roma, según ellos (cf. Jn 11,49-51). Obedecer al Padre es cumplir con su misión, y cumplir con su misión es amar a los hombres hasta el extremo de entregar su vida por amor. Una vida así, Dios la considera salvadora para toda la humanidad.

            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 14,32-42

Para meditar

            «Sabiendo Jesús todas las cosas que habían de venir sobre Él, por misteriosa disposición de lo alto, cantando el himno después de la cena, salió para el monte de los Olivos (Jn 18,4) a orar, según costumbre, al Padre. Y especialmente entonces, ya próximo el combate de la muerte, viendo en espíritu desbandadas y desoladas sus ovejuelas —las ovejuelas que el piadoso Pastor abrazaba con tierno afecto—, fue tan horrible en la naturaleza sensible de Cristo la aprehensión de la muerte, que vino a decir: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz (Mt 26,30). Pero cuán grande fuese la ansiedad, que por diversas causas embistió el espíritu del Redentor, lo testifican las gotas de sudor de sangre, que de todo su cuerpo corrían hasta el suelo.
            “¡Oh Jesús, Señor y Dominador!, ¿de dónde proceden tan fuerte angustia y tan angustiosa plegaria? ¿No te ofreciste, con entera voluntad, al Padre en sacrificio?” (Anselmo, Meditaciones, 9). Sí, por cierto, mas para confirmar nuestra fe en tu humanidad, para robustecer nuestra esperanza en las horas amargas del sufrimiento, para encendernos más y más en tu amor, mostraste la natural flaqueza de la carne con signos evidentes, dándonos a entender que verdaderamente llevaste nuestros dolores (Is 53,4) y que no sin dolor, vivo y real, bebiste el cáliz amargo de la pasión» (San Buenaventura, El Árbol de la vida, 18)




«Fue, se lavó, y volvió con vista»


                                         IV DOMINGO DE CUARESMA (A)


               
 «Fue, se lavó, y volvió con vista»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 9,1-41.

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento […] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: -El mismo. Otros decían: -No es él, pero se le parece. El respondía: -Soy yo. […]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? El contestó: -Que es un profeta. […]  Le replicaron: -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? El contestó:  -¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando ése es. El dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él.

La luz
1.- Dios nos ilumina. Dios es el agua que sacia nuestra sed de eternidad (cf. Jn 4); Dios es la luz que ilumina a Israel, el pueblo que caminaba en el desierto a oscuras y sin rumbo (cf. Is 9,2). El Señor nos inspira ahora por su Hijo, que ha venido al mundo para iluminar nuestro espacio y tiempo, nuestra historia personal y colectiva, toda nuestra existencia para que no perdamos el tiempo, no andemos extraviados en nuestras actitudes fundamentales, en nuestras opciones de vida, y que acertemos en el sentido que debemos darle para encontrarle al final del camino. Jesús, la Palabra hecha carne, es la «la luz que brilla en la tiniebla; es la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, ¡y el mundo no la conoció! Vino a los suyos ¡Y los suyos no le recibieron!».

2.- Los creyentes observamosEl resumen de la vida de Jesús que expone el Prólogo de Juan es un aviso que se nos da a los cristianos para que no nos vayamos de este mundo a paraísos irreales iluminados por nuestros intereses, o por nuestras imaginaciones que responden a egoísmos sin cuento.  Juan y Pablo no pueden comprender que no descubramos, recibamos y adoremos a quien ha dejado su gloria y se ha hecho como nosotros para que alcancemos al Señor, y lo veamos en el rostro que tienen todos nuestros semejantes.  Jesús es la luz que resplandece en un mundo ciego porque sólo tiene ojos para el poder, el dinero y la vanagloria, que originan tanta violencia y muerte; tantas tinieblas y oscuridad; tantas alucinaciones. El pecado, como ofensa al Señor y como ofensa al prójimo, nos vuelve ciegos al amor, a la ternura, a la delicadeza que ha diseñado el vacío de sí divino de Jesucristo.
 
3.-  Vemos en la fraternidad. La fe nos dice que los demás no son extraños; no son lobos que siempre intentan robarme lo más preciado de nuestra vida. Los pobres, los marginados, los infelices, que tantas veces los hemos hecho con nuestros egoísmos y cegueras de amor, nos reclaman que los veamos desde otra perspectiva; desde la perspectiva del ciego del Evangelio, que descubre a Jesús, como su Señor y Salvador. Jesús es capaz de hacernos sus hermanos e hijos de Dios; crea una fraternidad que abarca a toda la creación. De esta manera la actividad humana no la estropee ni la esclavice.  ¿Por qué Israel no recibió a Jesús? ¿Por qué nuestra cultura actual ha expulsado a Jesús de sus tramas sociales y colectivas? La cultura nos ofrece muchos caminos a seguir, muchas posibilidades para llenar nuestra vida de cosas, de relaciones, de tareas. ¿Quién nos dice que lo que escogemos es lo más acertado para alcanzar nuestros objetivos humanos? Porque son tan fuertes los medios de comunicación, que nos hacen creer que lo que anuncian no sólo es necesario para vivir, sino que constituye nuestra propia felicidad. Un felicidad que, previamente, han diseñado para vendérnosla después. Veamos con los ojos de Jesús.




IV Domingo de Cuaresma


          IV DOMINGO DE CUARESMA (A)

                                                       «Fue, se lavó, y volvió con vista»




            Lectura del santo Evangelio según San Juan 9,1-41.

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento […] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: -El mismo. Otros decían: -No es él, pero se le parece. El respondía: -Soy yo. […]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? El contestó: -Que es un profeta. […]  Le replicaron: -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? El contestó:  -¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando ése es. El dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él.

1.-  Contexto. En el relato completo del ciego de nacimiento intervienen estos personajes: el ciego, sus padres y parientes, sus vecinos, los fariseos y Jesús, que inicia y cierra la narración. Aparecen las convicciones de la religión israelita: toda enfermedad o defecto corporal o psíquico corresponde a un pecado previo. Luego la ceguera es fruto de un pecado, bien del ciego, bien de sus padres. La curación, en este caso, es un don gratuito que proviene de Jesús, que le devuelve la vista sin petición previa del enfermo.  Otro nervio del relato es hacer el bien en el descanso sabático, como hemos comprobado en Marcos (2,23-3,6). La ley maniata la bondad humana y divina, y encima, al decir de Pablo, descubre el pecado humano sin darle fuerza para salir de él (Rom 7). Esa ley es la que deja solo al ciego: sin familia, sin vecinos, sin religión. Todos le abandonan y lo aíslan en nombre del Dios de la Alianza del Sinaí. Pero apartado de las instituciones religiosas, familiares y sociales, es cuando encuentra al verdadero Jesús, al Mesías. Él le da la capacidad del ver de la fe, de la trascendencia. Y, arrodillándose, le reconoce y adora.

2.- Mensaje. El relato, como en el de la Samaritana del domingo pasado, termina en la revelación de Jesús como Mesías y en el reconocimiento del ciego de su identidad y función salvadora. Es necesaria la gracia divina para comprender a Jesús, como es indispensable los ojos de la fe para experimentar que «quien me ve a mí, ve al Padre» o «el  que cree en mí, no sólo cree en mí, sino en el que me ha enviado. Quien me ve a mí, ve al que me ha enviado» (Jn 14,9; 12,44-45); porque, en definitiva, es en el Señor donde se origina toda salvación humana. La confesión de que Jesús es el enviado del Señor entraña todo un proceso creyente, de ver y observar los signos que ofrece y el sentido que le da a su vida, y  que conducen al descubrimiento de su filiación divina, de su dimensión trascendente.  Es necesario que nuestra fe experimente la dimensión filial de Jesús; de lo contrario quedaría como tantos prohombres en la historia cuyos ejemplos y doctrinas son superados por profetas posteriores.  



 
3.- Acción. Muchas veces somos escrupulosos en el cumplimiento de los preceptos divinos y eclesiásticos y no vemos a Dios presente en la vida y necesidades de nuestros prójimos (cf. Mt 25). Debemos advertir que los justos, según las leyes divinas, son los que no reconocen la intervención salvadora del Señor por medio de Jesús. Son guías ciegos que llevan al rebaño al abismo (cf. Mt 15,14). Sucede que pasamos la vida pensando sólo en nuestros problemas, en nuestras necesidades, mirándonos el ombligo, por lo que somos incapaces de levantar la cabeza y observar a la gente que nos cruzamos y las cruces que llevan. Sin embargo, Jesús es la luz del mundo, que  ilumina el camino que debemos de recorrer para encontrarnos definitivamente con el Señor y los hermanos. El alumbra nuestro orgullo y nuestras actitudes egoístas o altruistas y nos hace ver las necesidades de nuestra familia, de nuestros amigos, de la gente con la que nos cruzamos todos los días. Es el que da luz al valor de cada cosa, de casa persona, de las instituciones sociales y políticas, etc., en definitiva, al introducirnos en su vida, y verla con sus ojos, nos hace ver a Dios, a los demás y a la creación de una forma diferente, esperanzada, salvadora. 

jueves, 20 de marzo de 2014

La Pobreza III

         LA POBREZA

                   III


Por otra parte, Jesús supone la pacífica posesión de bienes. Hay que cumplir el cuarto mandamiento cuando los padres lo necesitan, ayudar a los pobres, dar buena parte de lo que se posee, prestar dinero sin la esperanza de recuperarlo, porque de las cosas propias se puede disponer según la propia voluntad[1]. Además, observamos que Jesús era un artesano, que no un pobre que vive de la limosna, y algunos discípulos pertenecen al mismo ámbito social[2]. A ello se añade que la imagen que da en su ministerio está muy alejada de la austeridad de Juan Bautista e incluso se opone a ella. Alrededor de Jesús hay mujeres que le ayudan con sus bienes en pleno ministerio; recibe ayuda para celebrar la última cena; come en la casa de Pedro o en su casa de Cafarnaún; cuida de que sus discípulos o la gente se alimenten y él mismo visita a personas acomodadas[3]. No es, pues, un asceta que fustiga los males de la sociedad viviendo con extrema penitencia y alejado de la gente.                                      
Pero en el ministerio de Jesús, cuando espera la inminente inauguración del reino en la historia, no tiene donde reclinar la cabeza[4]. A esto se añade la advertencia sobre los peligros que trae consigo la riqueza y el poder que ella genera, sobre la que no debe nunca fundarse el sentido de la vida. Hay que cambiar la riqueza y el poder por el servicio para orientar la vida según el Reino: «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir...», servicio que es el sacramento del amor. Jesús lo avisa cuando el rico declina su invitación a seguirle por la riqueza que poseía: «Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios». Porque «nadie puede estar al servicio de dos amos, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No podéis estar al servicio de Dios y del Dinero»[5]. Y advierte sobre la codicia del dinero, porque el que está sujeto a él desconoce las necesidades de los que le rodean y pasa con facilidad a su explotación. Entonces lo que es un don de Dios, la posesión de los bienes, se convierte en un signo diabólico, porque esta riqueza se crea y se alimenta con el hambre de los hombres, en definitiva, por la explotación de los pobres. Para evitar esto, Jesús aconseja introducir en el horizonte vital a los marginados: «Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos [...]. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos»[6]. No hay que acumular riquezas, sino llevar una vida acorde con los mandamientos divinos: «Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si se pierde y se malogra él?»[7]. La vida es un regalo. El hombre es administrador y responsable de ella, y los bienes no bastan para eternizarla, ya que, al final, terminan perdiéndose, o pasando a otros; en cualquier caso no son para el propietario. Más vale atesorar para Dios, es decir, el dinero que pasa a los demás porque se dialoga con ellos: el dinero dado y distribuido[8], y desterrar el ansia y avaricia de la acumulación: «No andéis buscando qué comer y qué beber; no estéis pendientes de ello [...] vuestro Padre sabe que os hace falta. Basta que busquéis el Reino de Él, y lo demás os lo darán por añadidura»[9].





[1] Cf. Mc 7,9-10: «Les decía también: "¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte»; Mt 6,2: «Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga»; cf. 25,40; Mt 5,42: «A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda»; Lc 6,30.34.
[2] Cf. Mc 6,3; Mc 1,20; 2,14-15; Mt 9,9-910.
[3] Textos: Mc 1,6-7; Mt 11,18; Lc 8,3; 10,38-39; Mc 14,14-15par; Mc 1,29-30; Mt 4,13; Mc 6,31par; Mc 14,3; Lc 7,36; 11,37.
[4]Lc 9,57-62: «Mientras iban caminando, uno le dijo: "Te seguiré adondequiera que vayas".  Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" .A otro dijo: "Sígueme". Él respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre". Le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios". También otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa". Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios"».
[5] Textos: Mc 10,45; Mt 19,19; Mc 10,25par; Lc 16,13; Mt 6,24.
[6] Son las malaventuranzas que Lucas (6,24) escribe a continuación de las bienaventuranzas: «Pero (ay de vosotros, los ricos!, porque recibís vuestro consuelo».
[7] Lc 12,16-21: «Querido, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, come y bebe, disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio!, esta noche te reclamarán la vida. Lo que has preparado )para quién será? Pues lo mismo es el que acumula para sí y no es rico para Dios».
[8] Eclo 29,8-13. «Con todo, ten paciencia con el pobre y no le des larga en la limosna; por amor a la ley recibe al menesteroso, y en su indigencia no le despidas vacío; pierde tu dinero por el hermano y el prójimo, no dejes que se oxide bajo una piedra; invierte tu tesoro según el mandato del Altísimo, y te producirá más que el oro; guarda limosnas en tu despensa, y ellas te librarán de todo mal; mejor que escudo resistente o poderosa lanza, lucharán contra el enemigo a tu favor».
[9] Cf.Lc 12,29-31; Mt 6,31-33; Lc 12,21.