lunes, 1 de diciembre de 2014

Santos y Beatos: del 1 al 7 diciembre

DICIEMBRE
1 de diciembre
Antonio Bonfadini (1400-1482)
            El beato Antonio nace en Ferrara (Emilia Romagna. Italia) hacia el año 1400; pertenece a la familia Bonfadini. Una vez graduado en la Universidad, ingresa en la Orden en el año 1437, en la fraternidad de Santo Espirito de Ferrara. Después de cursar los estudios teológicos, es ordenado sacerdote y se dedica a la evangelización en el nombre de Jesús, impulsado por el ejemplo de San Bernardino de Siena. Pronto adquiere las costumbres de la vida franciscana: espíritu de oración, predicación acompañada del testimonio evangélico, cuyos símbolos franciscanos en este tiempo son, además de San Bernardino, San Jaime de la Marca y San Juan de Capistrano. Viaja a Tierra Santa, siguiendo las huellas de San Francisco. Después de su estancia en la tierra del Señor, prosigue la predicación por las ciudades y pueblos de Italia. Muere en el hospital de los Peregrinos de Cotignola (Ravena) el 1 de diciembre de 1482. El papa León XIII aprueba su culto el 13 de mayo de 1901.
                                                            Común de Pastores o Santos Varones
            Oración. Dios providente, que consagraste este día con la fiesta del beato Antonio, concédenos, por tu bondad, mantener con firmeza y consolidar con obras la fe queÉl proclamó infatigablemente. Por nuestro Señor Jesucristo.
  
1.1 de diciembre
María Rosa de Jesús (1917-1972)
            La beata María Rosa nace en Prignano sulla Secchia (Módena. Italia) el 11 de noviembre de 1917. El 27 de agosto de 1940 ingresa en las Religiosas Franciscanas de San Onofre en Rímini. Profesa el 25 de septiembre de 1942. Se dedica a la enseñanza en la escuela Santa Ana, de Rímini, y luego en la escuela parroquial Pro Patria, en Ferrara. El 22 de julio de 1945 abre una guardería en Tamara. Enferma de tuberculosis ingresa en el hospital Santa Ana de Ferrara. Padece la enfermedad durante 27 años. Se une a Jesús crucificado, y ayuda a los enfermos a vivir el dolor desde el amor a Dios y a los hermanos. Se muestra siempre con alegría, paz y serenidad. El 16 de julio de 1946 se consagra a la Virgen. Repite la consagración el 8 de diciembre de 1961. Muere el 1 de diciembre de 1972. El papa Benedicto XVI la beatifica el 29 de abril del año 2007.
                                               Común de Vírgenes
            Oración. Señor y Dios nuestro, que prometiste habitar en los limpios de corazón, concédenos, por la intercesión de la beata Rosa María, virgen, ser de tal manera fieles a tu gracia que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.


2 de diciembre
Ángela María Astorch (1592-1665)
            La beata Ángela María Astorch nace en Barcelona (Cataluña. España) el 1 de septiembre de 1592. Muy joven ingresa en la fraternidad de las hermanas Clarisas Capuchinas de la misma ciudad. Profesa el 8 de septiembre de 1609. En 1614 es destinada a Zaragoza con la responsabilidad de maestra de novicias. En 1628 es elegida abadesa, cargo que ejerce hasta 1637. En 1645 viaja a la fundación de las Clarisas Capuchinas de Murcia. Es abadesa y maestra de novicias durante 16 años. Acoge en la comunidad a la hermana del escultor Francisco Salzillo, por cuya intercesión esculpe a Santa Clara, obra maestra de la imaginería clariana. Sirve a los pobres y enfermos en la peste de 1648 y en la inundación de 1651. La piedad de María Ángela se centra en la persona y en el misterio de Cristo, sobre todo en su pasión y muerte. Muere el 2 de diciembre de 1665. El papa Juan Pablo II la beatifica el 29 de mayo de 1982.
                                               Común de Vírgenes
            Oración. Oh Dios, rico para todos los que te invocan, que adornaste a la beata María Ángela, virgen, con el don de penetrar de modo inefable en el tesoro de tus riquezas mediante la diaria liturgia de alabanza: concédenos, por su intercesión, dirigir a ti de tal manera nuestras acciones, que seamos alabanza de tu gloria en Jesucristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.


2.1 de diciembre
Rafael Chylinski (1694-1741)
            El beato Rafael Chylinski nace en Wysocko (Poznam. Polonia) el 8 de enero de 1694. Terminados sus estudios en Poznam, ingresa en el ejército en 1712. Tres años después entra en la Orden de los Menores Conventuales en el convento de Cracovia. Estudia filosofía y teología; es ordenado sacerdote en 1717 y se entrega a la evangelización, al cuidado de los enfermos y a la ayuda a los pobres, principalmente en Lagiewniki, cerca de Lodz. Lleva una vida de intensa oración y extrema penitencia; siente una devoción especial a la Virgen María. Cuida a los apestados en Cracovia y Lagiewniki, preparándolos a bien morir. Después de una larga enfermedad, muere en Lagiewniki, el 2 de diciembre de 1741. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 9 de junio de 1991, en Cracovia.
                                   Común de Pastores o de Santos Varones
Oración. Oh Dios y Padre nuestro, que concediste al beato Rafael Chylinski, presbítero, la gracia de seguir a Cristo pobre y humilde y socorrer a los pobres y enfermos, haz que, por su intercesión, sirvamos con generosidad a los hermanos, para obtener así tu bendición en el reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo.
3 de diciembre
Francisco Javier (1506-1552)
            San Francisco Javier nace en el castillo de Javier (Navarra. España) el año 1506. Ingresa en París en la Compañía de Jesús. El año 1541 marchó al Oriente y evangeliza India y Japón. Muere el año 1552 en la isla de Sancián, a las puertas de China.
                                               Común de pastores
            Oración. Señor y Dios nuestro, tú has querido que numerosas naciones llegaran al conocimiento de tu nombre por la predicación de San Francisco Javier; infúndenos su celo generoso por la propagación de la fe, y haz que tu Iglesia encuentre su gozo en evangelizar a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.


4 de diciembre
Juan Damasceno (ss. VII-VIII)
            San Juan Damasceno nace en Damasco. Después de prepararse en Filosofía, ingresa en el monasterio de San Subas, próximo a Jerusalén. Escribe contra los iconoclastas. Muere a mediados del siglo VIII. Es doctor de la Iglesia.
                                   Común de doctores de la Iglesia
Oración. Te rogamos, Señor, que nos ayude en todo momento la intercesión de San Juan Damasceno, para que la fe verdadera que tan admirablemente enseñó sea siempre nuestra luz y nuestra fuerza. Por nuestro Señor Jesucristo.
5 de diciembre
Pedro de Siena (1289)
            El beato Pedro nace en Campim (Siena. Italia). Se dedica a la fabricación y comercio de peines, de ahí el epíteto de “pettinaio” que siempre acompaña su nombre. Comienza a santificarse en el ejercicio de su profesión. Es tan justo y serio en las relaciones comerciales, que la gente lo busca por doquier. De hecho tiene que ir a las ferias después de las vísperas, para no arruinar a sus competidores. Desposado, y sin hijos, lleva una vida familiar perfecta, según los valores evangélicos. De una vida religiosa profunda, frecuenta a los enfermos del hospital de Santa María de la Scala, curando sus heridas y besando sus llagas. Vende sus bienes y los distribuye entre los pobres. Vive en una habitación junto a la Puerta dell’Ovile. Ingresa en la Orden Franciscana Seglar. En 1282 se encarga de escoger entre los detenidos de las prisiones a cinco hombres entre los menos culpables para ser liberados y distribuir el dinero a los pobres destinado por el Ayuntamiento. Después de una grave enfermedad, obtiene el permiso para vivir en una celda del convento de los franciscanos. Adquiere el don de la prudencia, siendo llamado el “Santo del silencio”. Muere el 4 de diciembre de 1289. El papa Pío VII concede en su honor oficio y misa el 2 de enero de 1802.
                                               Común de Santos Varones
Oración. Dios misericordioso, por la gloria del beato Pedro nos ofreces el supremo testimonio de tu amor; concédenos, por tu bondad, que ayudados por su intercesión y estimulados por su ejemplo imitemos fielmente a tu Hijo. Que vive y reina contigo.
7 de diciembre
Ambrosio (340ca.- 397)
San Ambrosio nace en Tréveris, hacia el año 340. Estudia en Roma. El año 374 es elegido obispo de Milán. Muere un Sábado Santo, el 4 de abril del año 397.
                                   Común de doctores de la Iglesia

            Oración. Señor y Dios nuestro, tú que hiciste al obispo San Ambrosio doctor esclarecido de la fe católica y ejemplo admirable de fortaleza apostólica, suscita en medio de tu pueblo hombres que, viviendo según tu voluntad, gobiernen a tu Iglesia con sabiduría y fortaleza. Por nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 30 de noviembre de 2014

La única mediación de Jesús

                                             CRISTO Y LAS RELIGIONES

                                                            III
                                              
                                                                                   Álvaro Garre Garre
                                                                       Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                               Pontificia Universidad Antonianum
                       

                      
La única mediación de Jesús (nn. 32-49)

El concilio Vaticano II afirma que “la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación”.
Que la salvación se adquiere sólo por la fe en Jesús es una afirmación constante en el Nuevo Testamento. La bendición de todos en Abraham encuentra su sentido en la bendición de todos en Cristo. Aunque, según el evangelio de Mateo, Jesús se ha sentido especialmente enviado al pueblo de Israel, sin embargo, Jesús no excluye a los gentiles de la salvación.
La universalidad de la obra salvadora de Jesús se funda en que su mensaje y su salvación se dirigen a todos los hombres y todos pueden acogerla y recibirla en la fe. Pero en el Nuevo Testamento encontramos otros textos que parecen mostrar que la significación de Jesús va más allá, de algún modo es previa a la acogida de su mensaje por parte de los fieles. El paralelismo paulino entre Adán y Cristo (cf. 1 Cor 15, 20-22. 44-49; Rom 5, 12-21) parece apuntar hacia idéntica dirección. Si existe una relevancia universal del primer Adán, en cuanto primer hombre y primer pecador, también Cristo ha de tener una significación salvífica para todos, aunque no se expliciten con claridad los términos de la misma. Es Jesús en cuanto Logos encarnado el que ilumina a todos los hombres (Jn 1,9).
La mediación única de Jesucristo se relaciona con la voluntad salvífica universal de Dios en 1 Tim 2, 5-6. Aunque no hay una actitud cerrada del NT hacia todo lo que no proviene de la fe en Cristo, la apertura se puede manifestar también a los valores religiosos.
El Nuevo Testamento nos muestra, a la vez, la universalidad de la voluntad salvífica de Dios y la vinculación de la salvación a la obra redentora de Cristo Jesús, único mediador. Los hombres alcanzan la salvación en cuanto reconocen y aceptan en la fe a Jesús el Hijo de Dios. A todos sin excepción se dirige este mensaje.
La CTI afirma con rotundidad que “ni una limitación de la voluntad salvadora de Dios, ni la admisión de mediaciones paralelas a la de Jesús, ni una atribución de esta mediación universal al Logos eterno no identificado con Jesús resultan compatibles con el mensaje neotestamentario”.
La cuestión que se plantea aquí es si la unicidad de Jesucristo es absoluta. J. Dupuis sostiene que la unicidad y universalidad de Jesucristo no son ni absolutas –lo absoluto es la voluntad salvífica de Dios- ni relativas, sino constitutivas y relacionales. Constitutivas, en la medida en que Jesucristo posee el significado salvífico para toda la humanidad y el acontecimiento Cristo es causa de salvación. También son relacionales, en la medida en que la persona y el acontecimiento se insertan en un plan general de Dios para la humanidad que es polifacético y cuya realización en la historia consta de diversos tiempos y momentos. De esta manera, Dupuis pretende superar tanto el paradigma exclusivista, como el inclusivista y no caer en el pluralista –relativista-.  Para el teólogo belga Jesucristo es una de las diferentes “figuras salvíficas” en las que Dios está presente y operante de forma escondida, el único “rostro humano” en el que Dios, aunque permanece invisible, se desvela y revela plenamente.

Sin embargo, Pié-Ninot prefiere hablar de “absolutez relacional”, en el sentido de una singularidad “absoluta”, entendida como máxima, pero “abierta” en cuanto que es relacional.

Francisco de Asís y su mensaje. VI: Historia de la salvación

                                                 Francisco de Asís y su mensaje

                                                              VI
                                                                               
                                                            Historia de la salvación

            El cristianismo concibe la historia como un despliegue de la raza humana, —«homo sapiens»—, con un horizonte de sentido diseñado por Dios en el que se camina hacia una plenitud aún no alcanzada. La historia tiene un comienzo puesto por Dios y se desarrolla por el amor y la libertad humanas actuadas según la razón en las culturas a partir de las etapas evolutivas de la naturaleza. Ya hemos visto que en el hombre se produce la transformación de estructuras naturales por otras nuevas hasta alcanzar el estado actual de animal racional. Y en el ámbito histórico sucede lo mismo que en la evolución natural. El hombre usa su libertad y su amor según razón para desarrollar las posibilidades individuales y sociales que abren a la vida a realidades nuevas que acrecientan su dignidad. Nada hay en la historia humana predeterminado; no existe un guión previo diseñado que el hombre deba seguir para alcanzar la plenitud de sus cualidades naturales. Ni se dan las «potencias espirituales» que influyen para que los hombres caminen según la voluntad del Creador. En la percepción de la historia judeocristiana la creación arranca de un acto libre de Dios por el que se expresa a sí mismo fuera de sí y deja al hombre la responsabilidad de llevarla hacia adelante, no como propietario de ella, sino como administrador, administración que ejerce según su libertad (cf. Gén 1,29-30). La creación es un sistema abierto a la actividad de los hombres con la responsabilidad de que la conduzca hacia los objetivos marcados por el Creador.

                                                            El hombre imagen de Dios

           
El hombre se entiende a sí mismo como responsable de su destino y de todo cuanto lo rodea (cf. Gén 1,26), por tanto, se une al cosmos en el desarrollo de su identidad. Y el cosmos no se separa de Dios y del hombre, recibiendo su influencia, que puede ser para bien, o para mal. De ahí que los destinos del universo y del hombre se entrelazan, llegando a prevalecer la acción humana, si buena, como administrador de Dios, para alcanzar su fin; si mala, para destruir la obra de Dios, al que obliga a intervenir para salvar, tanto al uno como al otro. Hemos afirmado que el hombre está esencialmente unido al cosmos, porque viene de la tierra (cf. Gén 2,7), es alimentado por ella (cf. Gén 8,22), le acompaña en su devenir histórico, dándole su función (cf. Gén 2,19-20), lo cuida y custodia del mal (cf. Gén 2,15). El cosmos y el hombre son criaturas de Dios desde el mismo instante de su creación, pero prevaleciendo la superioridad humana. Nunca existen fuera de la relación divina. Y esto se contempla para el cosmos, para la humanidad y para cada individuo: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno [...] Cuando me iba formando en lo oculto y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi embrión» (Sal 139,13-16). A la relación con Dios y con el cosmos se añade la relación con los demás. De esta manera el hombre existe porque es capaz de vivir e integrarse en una colectividad. No es descabellada la opinión de que el «hombre de Neandertal» desaparece al encarar solo su hábitat, y que el «homo sapiens» se mantiene en la vida porque se une y forma grupo para solventar los problemas procedentes de una naturaleza adversa. Aquí se ratifica que su ser es un ser social, cuyo punto de partida es la relación con la mujer y ésta con el varón, y los dos hacen posible la institución humana capaz de mantener al hombre en la creación. El hombre es humano cuando vive y se relaciona con los demás hombres. El relato yawista del Génesis lo expresa con claridad: el hombre mantiene relaciones con Dios, domina a los animales y saca frutos de la tierra. Pero llega a ser él mismo cuando encuentra a Eva como perteneciente a su misma naturaleza (cf. Gén 2,23-24). Con ello se establece la relación hombre—mujer, o la relación entre las formas de vida que se dan entre los pueblos —agrícolas y semitas; Caín y Abel (Gén 4,1-16)— para mostrar la vocación común de la humanidad a la convivencia inscrita por Dios desde su origen.
           
La expresión de Adán cuando encuentra a Eva: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» se completa con esta otra: «Creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó» (Gén 2,23; cf. 1,27). La imagen divina que llevan el hombre y la mujer, cuya relación origina el ser humano, tiene como finalidad representar al Creador en medio de todas sus criaturas (cf. Gén 9,1-6). No hay, pues, criaturas intermedias superiores a los hombres e inferiores a Dios para hacerle presente, sino la relación y unión del hombre y la mujer. Ellos alcanzan el rango de gloria y esplendor que les hacen sobresalir sobre todas las demás criaturas (cf. Sal 8,6-9). Tampoco se reduce dicha imagen a un individuo de la especie, como representante de toda la humanidad; nadie puede arrogarse el privilegio de concentrar en él la representatividad divina en la historia. La imagen corresponde a toda la especie, a todo hombre, y la dignidad que confiere pertenece a todos. Por otro lado ningún hombre puede dañar, o robar dicha imagen a quien es su hermano desde el mismo momento de la creación: «... al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano. Si uno derrama la sangre de un hombre otro hombre su sangre derramará; porque Dios hizo al hombre a su imagen» (Gén 9,5-6). Al portar el hombre dicha representatividad divina hace que no se someta a criatura alguna y menos a otro hombre en condición de esclavo. La humanidad simbolizada en la relación del hombre y la mujer sólo tiene que obedecer a Dios, quien es el que salvaguarda su libertad y su señorío sobre todo lo existente, porque la libertad es la que realiza dicha relación entre los hombres y la condición de ser de la misma relación, que no es otra sino la del amor.
           
Además, Dios, el Creador, se ata al hombre para hacerse presente en su creación, constituyendo su temporalidad. Nos referimos a que Dios existe en la historia porque se relaciona con el hombre. Esto no significa cierta degradación del ser divino, sino su capacidad de existir fuera de sí, como hemos visto con Jesucristo. Y esta facultad de Dios de ser Él en la finitud humana, repercute asimismo en la aptitud que otorga al hombre de ser él mismo, individualmente, la imagen divina que está de suyo presente en toda la humanidad. De esta forma, cada hombre, o cada mujer, cuando se relacionan en amor gracias a su libertad representan a toda la humanidad, que es la que verdaderamente refleja la imagen divina en la historia. Por eso el hombre es un ser concreto y, por ser imagen de Dios, es, a la vez, universal; cada hombre es un ser mortal y, por ser imagen de Dios, es, a la vez, inmortal. Y lo es de forma dinámica, ya que él, en cuanto humanidad y ser concreto, es un proyecto a realizar en la historia global de la humanidad, y de forma individual cuando se estructura en un espacio y un tiempo determinado. Y ese proyecto de humanidad será posible realizarlo si se mantiene su imagen divina, es decir, la tensión que supone avanzar en la historia hacia Dios, o hacia el cumplimiento de su voluntad, que no es ser esclavizados por su potencia, anulados por su esplendor, o diluidos en su eternidad, sino en alcanzar su ser humano, como lo hemos analizado en Jesucristo, es decir, sin dejar nunca de ser hombre, que es lo que asegura su imagen divina.

           
Por último, la imagen divina que lleva el ser humano le obliga a tender hacia su arquetipo, hacia su modelo. La necesidad de Dios que percibe el hombre entraña que es el mismo Dios quien le concede no sólo dicha tendencia, sino también la potencia para buscarle y trascenderse sin renunciar a su dimensión natural. Caminar hacia Dios y activar la capacidad divina de su imagen queda estructurado por el ser criatural, lo cual lleva consigo que se realice en la historia humana, entre las relaciones humanas; no se puede anular la realidad creada para relacionarse con la divinidad, o al margen del hecho de ser criatura, porque la imagen es copia fiel de Dios, que no Dios. Ser Dios y ser humano son dos realidades distintas, cuyas fronteras están bien delimitadas, aunque referidas a la «imagen y semejanza» (cf. Is 2,9-18; Ez 28,2-4.12-17). La comunicación con Dios, aunque se dé en un segmento del tiempo y en un aspecto parcial de su Ser, siempre misterioso para el hombre, acontece por medio de las criaturas, de los demás hombres, porque es la condición de ser de la imagen divina en la creación. Y el vínculo con Dios efectuado en la creación hace viable que, al activar el hombre su imagen divina, despliegue, a la vez, el ser que lleva en sí, con lo que tiene la oportunidad de ser más él mismo. Ya que alcanzar la plenitud humana es el objetivo final de su creación por Dios y la identidad de su imagen.

sábado, 29 de noviembre de 2014

La Realeza y el Adviento

                                                                      LA  REALEZA
                                                                       
                                                                                                                                                                                                                                                                        Elena Conde Guerri
                                                                                                     Facultad de Letras
                                                                                                                                       Universidad de Murcia

           
Se cierra el año litúrgico y comienza uno nuevo con el tiempo de Adviento. Deliciosa esperanza de un Niño que vendrá para una peculiar misión diseñada por su  Padre. Tras su nacimiento, el primer itinerario de infancia y juventud es prácticamente silente porque el recién nacido estaba llamado a ser "varón de dolores" (Is 53,3) y también rey,  aunque parezca paradójico. La realeza plena y consciente, a mi modo de ver, reposa en la condición adulta y resulta sugestivo observar cómo el último evangelio del tiempo ordinario se  centra  en la conmemoración de Jesucristo, Rey del Universo. El Cristo Rey, pleno en toda la grandeza de su persona, articula como un gozne robusto y triunfante las dos hojas de una puerta que cierra un ciclo pero abre otro, tal como la edad adulta no se entiende sin la niñez y viceversa.
            Reflexionando sobre la realeza de Cristo, he reparado en el Tratado Sobre la realeza, Perì basileías, escrito en lengua griega por Dión de Prusa entre los años 96 al 102 de nuestra era. La literatura culta en contexto puede ayudar a establecer vínculos de conexión entre conceptos vigentes tanto en la mentalidad "pagana" tradicional, grecorromana, cuanto cristiana o judeocristiana en un periodo histórico, todo el siglo II del Imperio, extraordinariamente rico en el fluir del pensamiento y propicio a las influencias  mutuas e, incluso, a originales sincretismos. No importaba mucho que el cristianismo fuera oficialmente perseguido, para que las mentes liberales que buscaban ante todo la verdad y  el equilibrio como garantes de la estabilidad del Estado, defendieran lemas universales aplicables a cualquier ideal. 
El escritor Dión de Prusa, nacido en esta  localidad de Bitinia (Asia Menor)  identificada actualmente con Bursa  al N.O. de Turquía, fue esencialmente filósofo y rétor. Su extraordinaria capacidad para la oratoria le etiquetó como "el crisóstomo" o "boca de oro" anticipando el mismo que también se ganó, siglos después, San Juan Crisóstomo obispo de Constantinopla. El de Prusa, viajó mucho, se ilustró mucho y se asentó en Roma, en la corte de los Flavios, bajo el dominio del emperador Domiciano quien no permitía ver contestado su régimen autárquico  por ningún  mensaje disidente. Dión tuvo que exiliarse pero luego volvió. Nerva y Trajano en particular durante su prolongado gobierno, fueron emperadores moderados y justos, al menos según el testimonio de la mayoría de las fuentes proclives a su persona que lo veían como el reverso ideal del despotismo de Domiciano. Dión de Prusa escribió entonces la obra mencionada, teorizando sobre la figura del príncipe modélico.
            La imagen del rey-pastor articula todo su razonamiento, muy adecuada a la sensibilidad de los griegos desde Homero y presente también en la mentalidad judía donde tal asociación, acorde con su hábitat, fuentes de riqueza y propia historia patriarcal, era habitual en la Biblia como es por todos conocido. Para Dión, "después de los dioses, el soberano ha de cuidar de los hombres honrando y prefiriendo a los buenos pero ocupándose de todos, pues ¿quién es más provechoso y mejor para los rebaños de ovejas que el  pastor?". (I, 17).  Tal solicitud implica un conocimiento previo que, aplicado en concreto a la figura de Cristo, se ve superado y sublimado por la intensidad  del amor a su rebaño y su  propia oblación, aunque no excluye la justicia final (Jn 10  y Mt 25, 31 ss., respectivamente). Pero, dado por sentado que "el soberano es un elegido de la divina providencia y gobierna el mundo en nombre de Dios", ¿qué regla de conducta debe de seguir para conseguir el ideal? Deberá cultivar las virtudes o aretaí específicas en beneficio de sus gobernados porque su poder no es un privilegio sino un deber, su vida no es para el placer sino para el servicio y sus súbditos no son esclavos sino libres. Su aspiración será la de ser "padre benefactor" y no amo, porque nada más lejos del buen soberano que "cimentar su poder en el miedo en lugar del afecto mutuo y recíproco". Una adecuada preparación filosófica aplicada a los hechos y la moral "obligatoria para todo gobernante", serán su timón para no convertirse en tirano.
La justicia y la paz lo identificarán al ser virtudes cardinales para todas las demás, si se quiere llegar a ese prototipo que, comparando ahora con las categorías hebraicas, había preludiado el profeta Isaías (11) cuando hablaba del soberano del tronco de Jesé dotado de sabiduría, inteligencia y temor de Dios que "no juzgaría por las  apariencias " y lograría una recreación paradisíaca en la tierra en un escenario donde lobo y cordero y leopardo y cabrito pacerían juntos. Por imperativo de su dignidad, y volviendo al autor griego, el soberano también tendrá     que llevar una indumentaria lujosa (importante en las  sociedades antiguas por su semiótica diferencial)  pero nunca la lucirá por presunción o exhibicionismo. Ideario, en suma, basado en la filosofía estoica y  en las corrientes neoplatónicas, que Dión de Prusa hilvanó asociando la figura de Trajano con la del optimus princeps. Pero cuyo mensaje es maleable por si mismo para una adaptación universal. Y no  me atrevería yo a atribuirlo mayormente al rescoldo de la adulación sino al hecho de que el rétor en cuestión fue un hijo de su tiempo.
            Tal tiempo histórico y en definitiva todo devenir y toda realeza transitoria se ven superados, a mi entender, por "el tiempo de la salvación" y la esencia de la realeza del Señor.
             Las fronteras espaciales y temporales quedan difuminadas porque la salvación está abierta a todo hombre, y esencialmente a todo hombre "bueno" como decía Dión, a todo aquél de buena voluntad que no rechace participar en el reino que Jesucristo le ofrece. Porque Cristo es Rey, tal como él mismo proclamó ante Pilato con rotundo enigma aparente: "Mi  Reino no es de este mundo. Sí, tal como dices, soy Rey. Para esto he nacido yo y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Jn 18, 33 ss.). La proclamación de tal Verdad, y su posterior defensa y trasmisión, exigió un camuflaje absoluto de todos lo símbolos e iconos del poder de su realeza hasta la humillación. Se cumplió con rigor la profecía de Isaías (53, 6-7),  "Y Jahvéh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido y no abrió la boca. Como un cordero al degüello fue llevado". Superó el papel del "padre benefactor" encomiado por Dión, para "tomar la condición de esclavo" por amor (Flp 2,7)  y soportó los atributos sensibles de su majestad traducidos en corona de espinas y manto de púrpura por el arbitrio sarcástico de los soldados del Pretorio (Jn 19; Mt 27; Mc 15). 
Ostentó públicamente su realeza en la cartela del ominoso patíbulo, escrita en las tres lenguas de comprensión habitual en la Judea de  entonces para que nadie iletrado quedase ignorante: "Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos" (Mt 27,31; Mc 15,26; Lc 23,38;  Jn 19,19-22). Los Sinópticos y también San Juan insisten en enfatizar la palabra Rey. Este nuevo Rey es aquél de quien dice el  libro del  Apocalipsis 21,5 "el que está sentado en el trono, dijo: mira que hago un mundo nuevo. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed, le daré gratuitamente el manantial del agua de la vida".  El refrigerio salvífico es siempre el epílogo del reinado. Al inicio de su existencia, tan pequeño y cobijado en el regazo de su Madre, a través del testimonio de Lc 2,11, Cristo, el Señor, es anunciado a los pastores  prioritariamente como "Salvador" antes que como Rey aunque lo sea por derecho propio. Su realeza absoluta, indiscutible y universal triunfará al final, toda vez que la omega ha sido capaz de demostrar en el colofón del tiempo salvífico que "él en persona, sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos aquellos, viviéramos para la justicia" (1 P 2,24). Y tal justicia ya no conocerá más que la Vida. Se abre el tiempo del Rey Resucitado, mayestático y universal, pero siempre vinculado al símbolo supremo de su dignidad que es la cruz luminosa e  iluminadora. Si se reflexiona, pocas veces en la iconografía del arte sacro a lo largo de los siglos, el Señor ha sido separado de su cruz.

           
Dión de Prusa intuyó la relación entre la claridad de la trasparencia y los buenos reyes, aunque sus categorías fueran extrínsecas a la fe revelada. En una hermosa frase (III, 73 ss.), pronostica que la tarea del soberano será óptima si él es capaz de mimetizarse con la del  sol, diciendo: "Si el sol se desviase de su órbita, el cielo, la tierra y el mar perecerían. Pero él no lo hace. Es constante. Es un dios, pero sirve a los hombres. Con sus salidas y ocasos y su luz adecuada en cada estación del año que propicia las cosechas y la fertilidad, está al servicio del provecho y bienestar de los hombres. Y su luz es la más deliciosa de todas las visiones". La realeza de Cristo es la luz perpetua que jamás conocerá ocaso.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Adviento I: orar y amar



 DOMINGO I DE ADVIENTO (B)


                                     «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento»

            Lectura del santo evangelio según san Marcos 13, 33-37

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento.
            Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
            Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
            Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: !Velad!»

           
1.- Dios.- Comenzamos el tiempo en el que nos preparamos para celebrar el gran don del Señor: el nacimiento de su Hijo, pues  «tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).  Y con la memoria de Belén, recordamos la segunda venida de Jesús al final de los tiempos, y en los términos que escuchamos el domingo pasado: para desvelar cómo y cuánto hemos amado a los necesitados. La pregunta que le hacen los discípulos es cuándo vendrá de nuevo. Él mismo no sabe  cuándo será el fin del mundo, pero es cierto que el encuentro individual con el Señor será en el momento de nuestra muerte. Ésta se nos puede presentar de improviso; o esperada por la gravedad de  nuestras enfermedades, por los años que hemos cumplido, etc. La pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿estamos preparados para el encuentro con el Señor? El encuentro con el Señor será la luz de la mañana,  que sigue a la noche de nuestra vida, donde tanteamos el bien, hacemos el mal sin darnos cuenta, y dormimos mucho tiempo siendo inconscientes de tanta gente que nos necesita. Por eso debemos estar vigilantes.

           
2.- La Iglesia. Jesús se dirige a los discípulos para que extiendan la salvación a todo el mundo,  tarea que hacen después de la Resurrección y de Pentecostés. Ellos deben comunicar a todos los pueblos la esperanza de que el Señor vuelve para salvarnos, para sacarnos de los infiernos que hemos creado entre todos en esta vida. El Señor nos dirá al final de los días que nuestra vida individual y colectiva no es un sufrimiento sin fin, o una paz y amor interesados, o una libertad experimentada a costa de la esclavitud de mucha gente, o una autonomía conseguida por el dinero, dinero que no todo el mundo puede disponer. Por eso, la Iglesia no se puede parar en la historia; no puede esconderse en un castillo o en un palacio y ver pasar los acontecimientos que angustian o alegran a los hombres, sin participar en sus tristezas y gozos. Si hemos sido salvados en esperanza (cf. Rom 8,24), dicha esperanza hay que proclamarla hasta el confín de la tierra. La Iglesia no se puede dormir; no puede recibir al Señor ausente de la vida de los hombres; o siendo una desconocida en los espacios donde se da la soledad, la enfermedad, el hambre, la injusticia, la esclavitud.


       
3.-El creyente.-  Marcos nos recuerda dos actitudes en este tiempo de adviento. Debemos estar atentos a los hechos y acontecimientos que favorecen nuestra vida, alejarnos de los que nos distraen y enfrentarnos a los que nos hacen daño. Para eso debemos saber del amor, que es el criterio que discierne lo bueno y lo malo. Tenemos la vida muy llena; con muchas tareas por delante, sobre todo los que debemos sacar una familia adelante y los que estamos jubilados, con mil ocupaciones al día. Hay que estar atentos al Señor que está presente en nuestra vida, y si le abrimos el corazón su influencia será cada vez más intensa hasta el encuentro definitivo con Él.— Después debemos orar. Debemos atender al Señor y descubrir su existencia en nuestra vida por medio de la oración. Así no tendremos sorpresa alguna cuando nos encontremos con él en nuestra muerte. Hay que introducir al Señor en nuestra conciencia, en nuestra intimidad, y desde ahí recibir y experimentar la relación de su amor que nos mantiene vivos, despiertos, vigilantes ante cualquier distracción o sueño intespectivo. Y, por otro lado, salir fuera de nosotros para cambiar a las personas, para transformar las situaciones e instituciones y provocar que su llegada se adelante al conseguir que la vida sea más humana.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Adviento I. «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento».



                                                      DOMINGO I DE ADVIENTO (B)

                                       «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento»

            Lectura del santo evangelio según san Marcos 13, 33-37

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento.
            Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
            Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
            Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: !Velad!»

       1.- Texto. Marcos relata la predicción de Jesús sobre la destrucción del grandioso templo y la ruina de la ciudad santa de Jerusalén. Dice Jesús: «¿Veis estas grandes construcciones? No quedará piedra sobre piedra, que no sea demolida» (Mc 13,2).  Los discípulos, curiosos, le preguntan cuándo sucederán tales acontecimientos, y Jesús les responde que no lo sabe, «sino sólo el Padre» (Mc 13,32). Y a continuación les cuenta la parábola de aquel amo que se puede presentar de improviso y pedir cuenta a los siervos de su trabajo. Lo importante es que no los encuentre dormidos, sino cumpliendo sus responsabilidades. Estar atentos al encuentro con el Señor es una actitud que Jesús recomienda en el huerto de los Olivos a Pedro, Santiago y Juan  (cf. Mc 14, 34), para no caer en la tentación, para no desviarse de los objetivos fundamentales de la vida.

       
2.- Mensaje: .- Comienza el Año Litúrgico con la preparación de la celebración del nacimiento de Jesús. Y con esta ocasión, la Liturgia nos recuerda la segunda venida, cuando el Señor vendrá en su gloria para desvelar la verdadera historia colectiva y personal de todas las generaciones humanas. Por eso, el Evangelio continúa con los avisos constantes que hemos escuchado en los últimos domingos con las parábolas de Mateo sobre los talentos, las doncellas, el juicio final, etc. Estar vigilantes implica a los dos protagonistas de la salvación humana. El primero es el Señor con su actitud de bondad, y de bondad misericordiosa, que desea siempre el encuentro definitivo con todos para que sus criaturas, que son sus hijos en su Hijo Jesús, puedan alcanzar la felicidad eterna. El otro protagonista es el ser humano, tanto individual como colectivo. Y la actitud es la apertura del corazón a Él para saber de su amor permanente, y la apertura amorosa a los demás para contribuir a la construcción del Reino en la historia, cuya responsabilidad única recae sobre la libertad del hombre, de la sociedad y de la cultura que crea y transmite.
       
       
3.-Acción.  La mayoría de la gente pasa la vida elaborando proyectos que  hacen trabajar, soñar, ilusionarse. La sociedad, la familia, cada persona anida en su corazón la íntima convicción que será más que la generación anterior, porque poseerá más medios para vivir y disfrutar los bienes que exhiben otros ante nuestros ojos: salud fuerte, familia estable, trabajo digno, amigos fieles y reconocimiento social. Se espera  la autonomía suficiente para hacer lo que se desea en cada época de la vida. Esto es bueno, si estas esperas básicas de todos los hombres se introducen en la esperanza que vehicula las realidades eternas. Es decir, los sueños que hacen tener más cosas, se haga más justicia, se experimente más libertad, más gozo, se integran en la relación de amor con el Señor, que es el que da el sentido y el valor último a cada espera, que no es otro que la vida feliz  para siempre. Porque se sabe que, o se alcanza lo que se desea, o se frustra la persona; o si se alcanza, se espera tener más; o, al cumplir años, se cambia el sentido del gozo y de la posesión.  Todo la vida es un caminar insaciable, o conformista, pero que en cualquier momento puede desaparecer. Hay que introducir la vida con todas sus conquistas en la esperanza de eternidad; en la esperanza de lo que de ella permanece para siempre, que no es otra cosa que su dimensión de amor.