domingo, 3 de enero de 2016

Carta a un Ministro. X

                                     
                                                    MISERICORDIA      
                        «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO
                       
                             
                                                   X

              
            1º  Con la experiencia del Espíritu de «Cristo», o del «Señor», que actúa la vida nueva, Pablo parte de este principio: «Por eso doblo la rodilla ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en cielo y tierra, para que os conceda por la riqueza de su gloria fortaleceros internamente con el Espíritu, que por la fe resida Cristo en vuestro corazón, que estéis arraigados y cimentados en el amor, de modo que logréis comprender, junto con todos los consagrados, la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios»[1].  Y lo desarrolla en tres etapas: 1ª abandono de la existencia fundada en el poder gracias a la fe y al amor de Cristo y a Cristo, muerto y resucitado; 2ª Cristo crea el sentido y el centro de la vida porque vehicula la salvación de Dios; 3ª la configuración con él, que se hace gracias al Espíritu, e inicia la salvación en esta vida y termina en la futura de resurrección. Pablo lo recapitula en un párrafo de su carta dirigida a los cristianos de Filipos: «Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él. No contando con una justicia mía basada en la ley, sino en la fe de Cristo, la justicia que Dios concede al que cree. ¡Oh!, conocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos; configurarme con su muerte para ver si alcanzo la resurrección de la muerte»[2].
           
El conocimiento de Cristo se entiende como una relación personal, como una revelación personal: quien elige es Dios por medio de Cristo, quien obedece es el hombre; y la comunión con Cristo conduce a reconocer su «señorío» en orden a la salvación. Todo es gracia. Si esto es así, es lógico que Pablo dé por fracasada toda su fe anterior en la justicia de la ley, por la autosuficiencia que lleva pareja una vida dirigida según las tradiciones emanadas de la ley. Pablo desea que Dios le encuentre en Cristo al final de sus días y, además, los cristianos le encuentren en Cristo en la vida presente para aprender a caminar en la vida «nueva» que él ofrece.
            Y para ello no existe problema alguno, ya que para llevar a cabo la vida «nueva» Dios ha conferido su potencia de gracia, su relación de amor, a Cristo con la Resurrección. Así es posible superar todas las situaciones de la vida provenientes del hombre «viejo», de la debilidad humana, que impiden caminar en la senda del Señor. La comunión con Cristo lleva aparejada, por una lado, la participación en sus sufrimientos, en su cruz, en la que quedan fijados todos los males de esta vida y que Pablo los considera muertos en la muerte de Jesús, impotentes para significar algo en la vida «nueva»; y la comunión con Cristo, por otro lado, entraña la pertenencia a la vida de resurrección que alcanzará todo su esplendor en la plenitud de los tiempos[3]. 
            Por consiguiente, hay una elección de Dios en Cristo personal y comunitaria, individual e histórica, cósmica y angélica. Toda lo que existe es gracia. Veamos.
             
La primera la llama Pablo filiación adoptiva: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él […] Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo»[4]. Y Juan expresa la filiación divina con el término nacimiento: nacemos de Dios; hay un segundo nacimiento y, por consiguiente, un segundo origen en la existencia en la cual todo es gracia, porque todo viene de Dios: «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios»[5]. Dios Padre se entrega por medio de su Hijo para hacernos por su Espíritu hijos en su Hijo y, así, partícipes de su naturaleza divina. La filiación divina hace que, como criaturas, dependamos totalmente del Señor en nuestro ser. Las relaciones que mantenemos con los demás: hijos, padres, amigos, compañeros, etc., de una naturaleza previa que condiciona dichas relaciones. No somos a partir de la relación que los demás establezcan con nosotros. Sin embargo con Dios «nacemos de nuevo» (cf. Jn 3,3-8); Él hace que se origine en nuestro ser una criatura «nueva», cuyo único fundamento es Él, que no nuestra naturaleza humana. Somos creados, recreados, por tanto, justificados por Dios. Él transforma nuestro ser para adentrarnos en la dimensión de la verdadera vida y salvación. Nada pone el Ministro ni el hermano pecador con relación al Señor; los dos son redimidos por el Señor totalmente; por eso todo es gracia: la relación comunitaria que funda y establecen las relaciones agraciadas por el Señor en las relaciones interpersonales. Otra cosa serán las relaciones comunitarias nacidas desde las capacidades personales que avalan una misión dentro o fuera de la comunidad: enseñar, predicar, curar, trabajar en la cocina, huerto, etc. Los valores personales, puestos al servicio comunitario, desarrollan nuestra personalidad humana, pero sólo adquieren su verdadera dimensión cuando, transformados por la relación divina graciosa, hacen que nuestra vida y relación dentro de la comunidad se contemple como un don venido del Señor.
            Pero la entrega del Señor no comporta una dimensión exclusivamente individual, sino que se inserta en la historia, formando una sola familia. Como dice Pablo, Cristo y los cristianos forman un solo cuerpo, siendo él la cabeza[6]. Esto origina tres dimensiones de la gracia en nuestra historia. En primer lugar, no hay que huir de la historia. Dios se pone al alcance del hombre, porque Dios crea el mundo por su bondad y envía a su Hijo por amor: «Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él»[7]. Como veremos después cuando tratemos de los eremitorios, Dios no renuncia a lo que ha creado por amor, y se abre paso por medio de las opciones libres del hombre y sus instituciones. La historia humana es una historia «abierta», que no una evolución «predeterminada»; es en sí misma un proceso en el que se ha introducido Dios para transformarla, que no para acompañarla actuando de una forma yuxtapuesta a los acontecimientos o aniquilando las decisiones libres de los hombres. La transformación que entraña lo nuevo, que aporta la vida de Jesús, la entienden los cristianos como una «nueva creación» (2Cor 5,17), cuyos perfiles se irán descubriendo en la medida en que los hombres desarrollen con Dios la identidad verdadera de todo lo creado, para que todo sea gracia. El segundo lugar la Encarnación hace que Jesús participe plenamente de la vida humana, que toda es gracia porque está sustentada en Dios Padre. Jesús hace el bien y lo expande, y sufre el mal. Intenta destruir el mal por el bien, transformando el sufrimiento en gracia de salvación[8]. En tercer lugar, la solidaridad de Dios con el hombre  potencia al máximo la vida humana, los valores humanos, tanto en un sentido individual, como un sentido colectivo. Con la presencia de Dios en la historia se ratifica la bondad de la creación, y la lleva a su culmen en Jesús.
          
  La gracia, en fin, abraza también a toda la creación, porque es solidaria con la humanidad al pertenecerle como si fuera su propia carne. Si participa del pecado humano recibiendo su maldición (cf. Gén 3,17), también participará de la gracia: «La creación aguarda expectante a que se revelen los hijos de Dios. La creación fue sometida al fracaso, no de grado, sino por imposición de otro; pero con la esperanza de que esa creación se emanciparía de la esclavitud de la corrupción para obtener la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora la creación entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro aguardando la condición filial, el rescate de nuestro cuerpo»[9].
            La salvación también atañe a la dimensión estrictamente espiritual de la creación, al mundo angélico, que, gracias a Cristo, logra reconciliarse con los hombres, formando «un cielo nuevo y una tierra nueva en la que habitará la justicia»[10]. Dios, que crea todas las cosas por medio de su Hijo (cf. Jn 1,3), comienza a recrearlas por él (cf. Col 1,15-20) hasta que llegue el tiempo en que pase lo viejo y todo sea nuevo definitivamente (cf. 2Cor 5,17). Así se cumplirá la visión escrita en el Apocalipsis: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra han desaparecido, el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio. Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada de Dios entre los hombres: morará con ellos; ellos serán sus pueblos y Dios mismo estará con ellos. Les enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado. El que estaba sentado en el trono dijo: Mira, renuevo el universo» (Ap 21,1-5). La representación de la salvación final ha sido descrita por los profetas con una escena de banquete de bodas[11]. Esta imagen de la gloria futura es recogida por Jesús[12] y aparece en el Apocalipsis con la unión entre el Cordero y la creación representada en la ciudad santa de Jerusalén[13]. Es un símbolo descrito en los párrafos finales del libro que cierra la revelación cristiana. Con esta esperanza de salvación, la creación espera la venida definitiva de Jesucristo sentado ahora junto a Dios[14], para experimentar junto a la humanidad lo que le tiene preparado Dios en el mundo futuro: «no habrá nada maldito [...] No habrá noche. No les hará falta luz de lámpara ni luz del sol, porque los ilumina el Señor Dios, y reinará por lo siglos de los siglos» (Ap 22,3-5).
           
Pero la plena filiación del hombre y de la historia y del cosmos una cuestión de futuro (cf. Rom 8,24). Pero este futuro se inicia en la historia con la presencia de Jesús, que da las primicias de gracia de ese futuro a sus conciudadanos en compañía de los discípulos que le siguen y con los que crea una comunidad. Después de la Resurrección, Jesús está con nosotros con una nueva forma de presencia en la Palabra, en la Eucaristía y en los pobres y marginados de la historia (cf. Lc 24,13-32). La comunidad cristiana continúa adelante el plan de salvación de Dios por el Espíritu. En la nueva etapa inaugurada por el don del Espíritu (cf. Hech 2,1-4) se establecen nuevos parámetros para el seguimiento de Jesús y pertenencia a las nuevas comunidades. Se trata de la participación de la gracia de la persona, de la historia y de la creación. Todo es gracia se contempla entonces en las relaciones entre Dios y el hombre y de los hombres entre sí según la Encarnación del Verbo en la vida de Jesús, y que, por la fuerza del Espíritu, alumbra un mundo nuevo —creación; las comunidades cristianas se constituyen de acuerdo con la comprensión del mesianismo de Jesús, que nace después de su muerte y resurrección —historia; y, en fin, se genera un hombre nuevo gracias a la configuración con Cristo que impulsa el Espíritu, dando lugar a la identidad filial divina —persona.



[1] Ef 3,14-19; cf. 1,15-21; Mt 11,25-27; Col 1,23; 2,7.
[2] Flp 3,8-11; cf. Rom 1,4; 6,4; 8,11-17.
[3] Textos: 2Cor 12,9-10; Flp 1,21; Rom 6,6; 8,3; Gál 1,19; 2Cor 4,10.
[4] Rom 8,14-17.23; cf. Lc 22,28-30; 24,26; Jn 1,12; Gál 3,16.26-29; 4,4-7; 5,18; Flp 3,10s; 1 Pe 4,13.
[5]  Jn 1,12-13; 1Jn 3,9: «Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar, porque ha nacido de Dios»; cf. Jn 3,3-8; 11,52; 1Jn 3,1.2.10; 5,2; etc.
[6]  Cf. Col 1,19; 2,19; 3,15.
[7] 1Jn 4,9-10; cf. Jn 3,16; 2Cor 5,18-19.
[8]  Cf. Mc 10,42; 14,24; Rom 12,21.
[9] Rom 8,18-23; cf. Rom 5,2-5; Col 3,3-4; 2Cor 5,2-5; Flp 3,20-21.
[10]  Ef 1,10; Col 1,20; 2Ped 3,13.
[11] Cf. Os 2; Is 1,21-26; 49; etc.
[12] Cf. Mt 22,1-10; Lc 14,15-24.
[13] Cf. Jn 1-3; 2Cor 11,2; Ef 5; etc.
[14] Cf. Ap 22,1.7.12.17.20.                  

sábado, 2 de enero de 2016

Palabra que ilumina. II Domingo de Navidad (C)

                                                 II DOMINGO DE NAVIDAD (C)


                                                          «Y la Palabra se hizo carne»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 1,1-18.
En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
[…]
La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.


            

               
1.- Volvemos de nuevo al convencimiento de las comunidades cristianas, cada vez más fuerte, sobre la relación íntima e intensa entre Jesús y Dios, concretada en la relación filial. Jesús es el Hijo de Dios en la cruz y resurrección, Hijo de Dios en el bautismo previo a su actividad de la proclamación del Reino; Hijo de Dios en el nacimiento y concepción; Hijo de Dios antes de cualquier realidad existente. Hay una relación íntima y permanente entre la Palabra y Dios, que en la historia humana se da entre el Hijo unigénito y el Padre. Comprende esta etapa tres acciones fundamentales para la vida creada. En primer lugar, Dios crea por ella: «Todo existió por medio de ella y sin ella nada existió de cuanto existe», de forma que Dios es conocido en la historia por medio de la Palabra. Dios origina la vida por medio de la Palabra y esta vida es la fuente de la luz que ilumina a los hombres para separarlos del mal, es decir, para salvarlos. Se invita a los hombres a caminar bajo la influencia de la luz que descubre la vida, y a salir de las tinieblas, porque adviene la luz en una historia ambigua y conflictiva: «La luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron».

2.- En segundo lugar, la presencia de la Palabra que ilumina, tanto al mundo que se crea por medio de ella, como al hombre que se salva por medio de ella, se acerca a la historia: «La luz verdadera que ilumina a todo hombre está viniendo al mundo». Anunciada la encarnación de la Palabra, ahora se pone en movimiento para dejarse ver. Y resulta que se encuentra también con un rechazo doble: «... el mundo no la reconoció [...] y los suyos no la acogieron». Ni todos los judíos, «los suyos», ni todos los paganos, «los demás», logran comprender y recibir la presencia de Dios en Israel y en el mundo, mundo que se entiende como creación: el ámbito que abarca la Palabra y el espacio que inunda el mal. Pero no es unánime tal desconocimiento y rechazo. En la vida del escritor sagrado se da testimonio de la Palabra porque hay una porción del pueblo que la admite como tal: «Pero a los que la recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios: a los que creen en él». Recibir es creer, y creer conduce a la filiación divina cuyo origen está en Dios, que no en la relación humana. El «nacer de nuevo» es un proceso que arranca de Dios y pone en movimiento las semillas divinas que están en el corazón humano para que se le reconozca y acepte en el ámbito del Reino.

3.- En tercer lugar, se muestra en la historia lo que ha venido anunciándose: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». La comunión íntima y máxima entre Dios y la Palabra se revela al mundo, y su gloria se hace visible a los creyentes como en otros tiempos el Señor se manifiesta a Israel. La revelación de Dios ahora está en el «Hijo único del Padre, lleno de lealtad y fidelidad». Lo que se puede ver de Dios no es la gloria que el Hijo tenía con el Padre antes del tiempo, ni a Dios todo y totalmente, sino la gloria que se muestra para el creyente en la historia del «Hijo único del Padre», un don de Dios que la comunidad cristiana comprueba que es verdad.
La revelación de Dios, por consiguiente, hace posible que participemos de su plenitud por medio de Jesucristo. Si antes Dios se da a conocer por la Ley promulgada por Moisés, ahora lo hace de una forma mucho más perfecta y más verdadera: por la historia de Jesús. Jesucristo, el Hijo único, es la encarnación de la Palabra; es un don o acción gratuita de Dios servida a los hombres; es una participación de la plenitud divina ofrecida a los creyentes y que, a continuación, se desarrolla a lo largo del Evangelio con el relato de las palabras y obras de Jesús: «Nadie ha visto jamás a Dios: El Hijo único, que está vuelto hacia el Padre, lo ha explicado». Para certificar esta historia y que no existan equívocos ante la importancia y trascendencia de la obra de Juan Bautista, él solamente es el que precede a la encarnación de la Palabra, la anuncia y es testigo de este acontecimiento para que se crea en ella.


La Palabra se hace carne.

                                                   II DOMINGO DE NAVIDAD (C)


                                                          «Y la Palabra se hizo carne»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 1,1-18.
En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
[…]
La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.


           
1.- Texto. El Evangelio de San Juan comienza con unas declaraciones sobre la «Palabra», el «Verbo», que se decía antes,  que van a elevar nuestra confesión de fe en Jesús a su nivel máximo: la relación de Dios con él es una relación de Padre con su Hijo; y la relación de Dios con la creación y con nosotros es para decirnos quién es Él y su voluntad de salvarnos.  Es decir, Dios se revela para salvarnos y para decirnos que es nuestro Padre, y nos hace sus hijos en su Hijo unigénito. La Palabra se encarna en Jesús, y a Jesús lo comprendemos según se relata su vida y su doctrina en los Evangelios. Queda por saber cómo se ha realizado el plan salvador de Dios en la historia humana.
           
           
2.- Mensaje. a.- El cosmos no es el primer acto creador de Dios, sino su «Palabra», que coloca su existencia fuera del espacio y del tiempo: «Al principio ya existía la Palabra», aunque no existe por sí misma; b.- hay una comunión entre Dios y la Palabra, que es una relación viva y, por tanto, activa: «y la Palabra estaba junto a Dios», no de una forma estática, como sentado junto a Dios, sino en movimiento, con el sentido de encaminarse, orientarse, dirigirse a Dios; c.- y «la Palabra era Dios» que manifiesta la relación y presencia de la «Palabra» en el ámbito divino confiriéndole una identidad diferente; vendría a decir: «lo que Dios era también lo era la Palabra», por eso, la Palabra y Dios no forman una misma realidad; d.- de nuevo se prueba la comunión entre Dios y su Palabra, y se une con el pronombre «ésta» a la primera afirmación de su existencia previa a la creación: «Ésta al principio estaba junto a Dios»; así, con su presencia,  entronca la revelación divina y la historia humana.

3.- Acción.  Por consiguiente, queda descartada una de las exigencias de la cultura griega: abandonar el mundo para irse a lo más alto del cielo, al lugar donde se encuentra la verdadera vida: la gloria divina. El Señor se ha movido en sentido contrario: ha dejado su gloria para tomar la vida humana. El Hijo de Dios se ha puesto al alcance de los hombres. No debemos huir de la historia, pues el Señor se ha encarnado en ella. Aquí reside la clave de la fe cristiana: se apoya en una presencia de Dios en la historia de Jesús. Para salvarnos no podemos desertar de nuestra vida, de nuestras circunstancias, no podemos negarlas, sino asumirlas y mirarlas cara a cara. —La Palabra no se encarna en un rey que se sienta en un trono por encima de la mayoría de los humanos; ni detenta un poder que domine a los demás, ni siquiera se exhibe con una sabiduría que cautive a los entendidos; ni tampoco es un supermán que no  pueda igualarse a las esperanzas y cruces de la mayoría de la gente. La Palabra se hace un hombre, que adopta una existencia de humildad y sencillez desde el nacimiento hasta la cruz, y mantiene una obediencia extrema a la voluntad divina para cumplir el plan de salvación que el Señor había previsto para su creación, creación infectada por el pecado humano y desviada del objetivo de felicidad plena dado desde su origen.  Por eso, Jesús vive casi toda la vida sin que nadie se entere de que es el Hijo de Dios en la historia humana.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Santos del 2 al 4 de enero

ENERO

2 de enero

San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno

            San Basilio nace en Cesarea de Capadocia el 330. Es consagrado obispo en el 370. Combate a los arrianos y favorece a los pobres. Muere el 379. San Gregorio (330-390?), obispo de Constantinopla, gran teólogo e insigne predicador.

                                               Común de Doctores de la Iglesia

            Oración. Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y la doctrina de San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

3 de enero

Santísimo Nombre de Jesús

            El nombre de Jesús se invoca como fuente de salvación al comienzo del cristianismo. El primer milagro que realiza Pedro en Jerusalén curando a un tullido lo hace en el nombre de Jesús: «Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hech 3,6). Cuenta San Buenaventura, que «en virtud del nombre del Señor, Francisco –pregonero de la verdad– lanzaba los demonios, sanaba los enfermos» (LM 12,8; cf. 12,10). Pero, además, Francisco al nombrar a Jesús se estremecía en su cuerpo y en su espíritu: «Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros» (1Cel 115; cf.82). Este amor inmenso a Jesús y la veneración por su nombre pasa a formar parte de la piedad de la Familia Franciscana y constituye una de sus devociones más queridas. San Juan de Capistrano, San Jaime de la Marca, San Leonardo de Porto Mauricio, etc., y, sobre todos, San Bernardino de Siena son los impulsores de la veneración al nombre de Jesús. De ahí que se introdujera en la Iglesia como fiesta litúrgica en el siglo XVI. El papa Clemente VII concede a la Orden Franciscana la celebración del oficio en el año 1530 y la fiesta es introducida en la Calendario Universal del Misal Romano en el año 2002.


            Oración. Oh Dios, que a tu Hijo le has puesto el nombre de Jesús, Salvador de todos los hombres; concédenos pronunciar con gozo este nombre en la tierra y disfrutar en el cielo de su presencia. Por nuestro Señor Jesucristo.


4 de enero

Ángela de Foligno (1248 ca.-1309)


La beata Ángela sufre la pérdida de su madre, su marido e hijos en un espacio breve de tiempo. Siguiendo a San Francisco, distribuye sus bienes entre los pobres, sirve a los le-prosos en Foligno (Perugia. Italia) acompañada por una mujer llamada Masazuola e ingresa en los Franciscanos Se-glares en 1291, adoptando una vida de penitencia extrema; peregrina a Roma y a Asís para visitar las tumbas de Pedro y Francisco. En ellos descubre a Jesús pobre y crucificado. Escucha a Ubertino de Casale y recorre el camino de Jesús por medio de la meditación de sus misterios, lo que le conduce al olvido de sí misma, y a la entrega a los desposeídos de esta tierra e, identificándose totalmente con Jesús, concluye que el signo más eficaz para demostrar nuestra filiación divina es el amor a Dios y al prójimo (Instructio XXII. Ed. Thier—Calufetti, 601). El amor la conduce a adentrarse en el misterio de Dios Uno y Trino, experimentado como una triple relación de amor. Relaciona la extrema pobreza con la humildad y el amor. Evita participar en las tensiones que se dan en su tiempo entre los franciscanos espirituales y observantes, aunque en ocasiones se asimila al primer grupo. Muere en Foligno el 4 de enero del año 1309. Es sepultada en la iglesia de San Francisco de su ciudad. El papa Clemente XI concede a la Diócesis de Foligno y a la Orden misa y oficio propios el 14 de diciembre de 1709.

                                               Común de Santas Mujeres


            Oración. Oh Dios, que has distinguido a la beata Ángela con la gracia de la contemplación de los misterios de tu Hijo; concédenos participar de esos mismos misterios ahora y después en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Santos del 1 al 4 de Enero

ENERO

2 de enero

San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno

            San Basilio nace en Cesarea de Capadocia el 330. Es consagrado obispo en el 370. Combate a los arrianos y favorece a los pobres. Muere el 379. San Gregorio (330-390?), obispo de Constantinopla, gran teólogo e insigne predicador.

                                               Común de Doctores de la Iglesia

            Oración. Señor Dios, que te dignaste instruir a tu Iglesia con la vida y la doctrina de San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, haz que busquemos humildemente tu verdad y la vivamos fielmente en el amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

3 de enero

Santísimo Nombre de Jesús

            El nombre de Jesús se invoca como fuente de salvación al comienzo del cristianismo. El primer milagro que realiza Pedro en Jerusalén curando a un tullido lo hace en el nombre de Jesús: «Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar» (Hech 3,6). Cuenta San Buenaventura, que «en virtud del nombre del Señor, Francisco –pregonero de la verdad– lanzaba los demonios, sanaba los enfermos» (LM 12,8; cf. 12,10). Pero, además, Francisco al nombrar a Jesús se estremecía en su cuerpo y en su espíritu: «Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros» (1Cel 115; cf.82). Este amor inmenso a Jesús y la veneración por su nombre pasa a formar parte de la piedad de la Familia Franciscana y constituye una de sus devociones más queridas. San Juan de Capistrano, San Jaime de la Marca, San Leonardo de Porto Mauricio, etc., y, sobre todos, San Bernardino de Siena son los impulsores de la veneración al nombre de Jesús. De ahí que se introdujera en la Iglesia como fiesta litúrgica en el siglo XVI. El papa Clemente VII concede a la Orden Franciscana la celebración del oficio en el año 1530 y la fiesta es introducida en la Calendario Universal del Misal Romano en el año 2002.


            Oración. Oh Dios, que a tu Hijo le has puesto el nombre de Jesús, Salvador de todos los hombres; concédenos pronunciar con gozo este nombre en la tierra y disfrutar en el cielo de su presencia. Por nuestro Señor Jesucristo.


4 de enero


Ángela de Foligno (1248 ca.-1309)

La beata Ángela sufre la pérdida de su madre, su marido e hijos en un espacio breve de tiempo. Siguiendo a San Francisco, distribuye sus bienes entre los pobres, sirve a los le-prosos en Foligno (Perugia. Italia) acompañada por una mujer llamada Masazuola e ingresa en los Franciscanos Se-glares en 1291, adoptando una vida de penitencia extrema; peregrina a Roma y a Asís para visitar las tumbas de Pedro y Francisco. En ellos descubre a Jesús pobre y crucificado. Escucha a Ubertino de Casale y recorre el camino de Jesús por medio de la meditación de sus misterios, lo que le conduce al olvido de sí misma, y a la entrega a los desposeídos de esta tierra e, identificándose totalmente con Jesús, concluye que el signo más eficaz para demostrar nuestra filiación divina es el amor a Dios y al prójimo (Instructio XXII. Ed. Thier—Calufetti, 601). El amor la conduce a adentrarse en el misterio de Dios Uno y Trino, experimentado como una triple relación de amor. Relaciona la extrema pobreza con la humildad y el amor. Evita participar en las tensiones que se dan en su tiempo entre los franciscanos espirituales y observantes, aunque en ocasiones se asimila al primer grupo. Muere en Foligno el 4 de enero del año 1309. Es sepultada en la iglesia de San Francisco de su ciudad. El papa Clemente XI concede a la Diócesis de Foligno y a la Orden misa y oficio propios el 14 de diciembre de 1709.

                                               Común de Santas Mujeres


            Oración. Oh Dios, que has distinguido a la beata Ángela con la gracia de la contemplación de los misterios de tu Hijo; concédenos participar de esos mismos misterios ahora y después en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 28 de diciembre de 2015

1 de enero de 2016

                                                                 1 DE ENERO

                                                        MARÍA, MADRE DE DIOS


         Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,16-21.

         En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
         Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.


        
1.- Dios. Parece que iniciamos de nuevo nuestra vida con el 1 de enero. Es un tiempo propicio para quitarnos vicios, potenciar nuestros valores y limpiar el polvo que hemos tomado a lo largo del año pasado. La memoria de María de Nazaret, como Madre del Señor, nos conduce al inicio de la creación y al inicio de nuestra vida. Y, en su recorrido, debemos hacer memoria de todas las gracias y ayudas que nos ha dado Dios, y solicitarle que no nos abandone, como no abandonó a su Hijo cuando murió, resucitándole de entre los muertos, y no abandonó a María cuando la asumió como la criatura de más valor que ha pisado la tierra.

        
2.- La Iglesia. La comunidad cristiana alaba y canta al Señor por el nacimiento del Señor y por la Madre que lo trajo. Es un día de fiesta y alegría, y del gozo que se experimenta en lo más profundo de nuestro ser, por ser el Señor tan bondadoso con sus criaturas que no quiere abandonar. La estructura de la comunidad cristiana está transida de este gozo de saberse protegida, defendida, cuidada y potenciada porque el Señor es así, que no duda de nacer de María, para que todos le comprendamos y tengamos un acceso seguro a Él. Y ese camino la Iglesia lo debe recorrer como lo ha hecho María: dando hijos para Dios y para los hermanos con el bautismo; dándoles la fuerza del Espíritu para testimoniar quién es Jesús; celebrando el amor del Señor en la Eucaristía; etc., etc., y descubriendo a Jesús entre los pobres y marginados de este mundo.
  

        
3.- El creyente.  Nosotros somos también los pastores. La Palabra tanto tiempo escuchada en la Iglesia y leída en nuestra habitación es la que nos anuncia una y otra vez el hermoso acontecimiento de que Dios se ha puesto al alcance de nuestra mano, de nuestros ojos. Ha entrado en nuestro horizonte vital. No hay que huir de esta vida para encontrar el Señor, sino mirar en nuestro rededor, ver los que necesitan de nuestro tiempo y de nuestros bienes para descubrir su presencia en la historia. Y tener fe, el don preciado que el Señor inició en nuestro bautismo, para celebrar nuestras relaciones de amor, darle gracias, pedir por nuestras carencias y hablar bien de Él, en las celebraciones eucarísticas, o en el silencio de la oración personal.