lunes, 29 de febrero de 2016

La Misericordia


                                                        CARTA A UN MINISTRO

                                                II-2

            Hay que erradicar el mal con el bien. No hay otra salida si se quiere la conversión: el pecador debe saber dónde está y en qué consiste el amor, la única acción que puede salvar. Francisco transmite su experiencia con los hermanos, los que le hicieron tanto sufrir, pero que siempre retuvo como «hermanos» —«El Señor me dio hermanos»[1], afirmó al final de su vida— y como pecadores que son,  y como pecadores que somos todos[2],  no se busquen dos actitudes muy peligrosas:    

            1ª.- como hemos dicho antes, la perfección es una cuestión divina, que no un esfuerzo personal o exigencia externa proveniente de un poder mayor, como son los que suelen ejercer los superiores; por eso le dice Francisco al Ministro que no intente que los hermanos sean mejores cristianos por la imposición de la ley; o por su gobierno como superior; o para tener una paz ficticia fundada en el cumplimiento de las leyes comunes;

            2ª.- la relación de amor va del que tiene una experiencia de amor de Dios con la que descubre su pecado, a otro ser pecador, que debe observar en él la imagen filial de Dios, muy difícil si se compara con la bondad y la gracia en los hermanos. Aquí se camina de la gracia del Señor, la del superior por ser también pecador, al súbdito pecador, porque solo desde la gracia de ser hijo de Dios se le puede amar y convertir. Repetimos la advertencia de Francisco: todo es gracia, todo es relación de amor del Señor. Cuando Cristo, constituido por Dios Juez al final de los tiempos, diga «Venid benditos de mi Padre», los elegidos no sabrán que eran hijos de Dios, ni hermanos suyos, simplemente dieron de comer, de beber, vistieron al desnudo, visitaron al encarcelado, en definitiva, ayudaron, sirvieron. Ese es el trasfondo que debe aplicarse a todo ser humano, sea de la creencia que sea, o pertenezca al nivel eclesiástico que sea.
Francisco invita al Ministro a cumplir la Regla: «Atendamos todos los frailes, porque dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, porque nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a su traidor y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron[3]. Son, por tanto, amigos nuestros todos aquellos que injustamente nos acarrean tribulaciones y angustias, afrentas e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; a los cuales debemos amar mucho, porque de lo que nos acarrean, tenemos la vida eterna»[4].



[1] Test 14; cf. Rnb pról; 1,2; Rb 1,1; 12,4; RegCl 1,2.
[2] No situarse en el pedestal de la perfección y desde ahí juzgar; por eso Jesús odia el juicio de condenación: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados;  dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» Lc 6,37-42. En  parábola, cf.  Mt 7,1-2; y cuando Dios lo convierte en juicio de salvación, cf. Rom 8,31-34; Jn 3,16; Rom 5,6-11; 2 Cor 5,14-21; 1 Jn 4,10; etc.
[3] Textos: Mt 5,44par; 1Ped 2,21; Mt 26,50.
[4] Rnb 22,1-4; cf. Adm 9,1-3; Rnb 1,1.

El Hijo Pródigo

IV DOMINGO DE CUARESMA


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15,1-3. 11-32
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos-.
Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:-Padre, dame, la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna, viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces, y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo:
-Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi Padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino a donde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: -Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado con salud. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: -Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: -Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

1.- La actitud bondadosa del padre hacia el hijo perdido acentúa la universalidad y la potencia del amor de Dios y, por ende, de la salvación. Si así quiere al hijo perdido, ¡cuánto más querrá al otro! Exactamente igual que la búsqueda de la oveja y la dracma perdidas indican el nivel del amor que siente el pastor por las otras ovejas y el ama de casa por su dracma. A todos cubre el amor divino, pero por la relación gratuita, y no porque se lo merezcan. El centro se sitúa en Dios. Esta bondad que origina y marca las fronteras del Reino hace que la vida que se da en él aparezca como un don, algo muy distinto a un mundo en el que las relaciones se rigen según derecho para salvaguardar el poder individual y el poder de las instituciones sociales.
2.- La parábola descrita es signo de la nueva dimensión de Dios que Jesús introduce en la historia. La compasión de Dios es la compasión de Jesús, la misma palabra que emplea Lucas para expresar la conmoción de Jesús ante la viuda que ha perdido al hijo (7,13), o la del buen samaritano ante el malherido (10,33). Jesús liga a su ministerio y vida la bondad salvadora de Dios, de forma que él obra de esta manera, porque es como Dios actúa. Es la causa que invoca para justificar toda su misión. Este Dios universal y bondadoso, que comunica Jesús a su pueblo, establece la medida exacta de la comprensión y realización del Reino, que abarca a los pobres, a los pequeños, a los pecadores y a los paganos; todo el mundo, buenos y malos, porque a todos Él los considera hijos suyos; criaturas que han salido de su amor bondadoso, aunque algunos hayan errado en su vida por las circunstancias en que han vivido,o por una conciencia equivocada. La comunidad cristiana es la que continúa en sus hijos la misericordia divina.


           
3.- Todos somos conscientes que nadie es perfecto con respecto a las leyes sociales, laborales, políticas, familiares y religiosas. Quien se crea que lo es, o es un inconsciente o un mentiroso. Precisamente una de las grandezas de las personas es cuando son capaces de reconocer que se han equivocado, o han hecho el mal. Estamos hartos de escuchar que todos tienen razón; que nadie se equivoca; que son malos los «demás», los «otros», los «vecinos», los «extranjeros», etc. Y no es así. Hay que ser hijos «pródigos». Sentarnos, guardar silencio, repasar nuestra vida, y vernos también pecadores. La capacidad de justificar nuestros actos es ilimitada; pero somos lo que somos cuando captamos el amor gratuito de alguien distinto a nosotros y lo transferimos al amor ilimitado de Dios que nos compadece, nos consuela y nos perdona. 

La misericordia

IV DOMINGO DE CUARESMA


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 15,1-3. 11-32
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: -Ese acoge a los pecadores y come con ellos-.
Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:-Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces, y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando, entonces, se dijo:
-Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi Padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Se puso en camino a donde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: -Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: -Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: -Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado con salud. Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: -Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: -Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

1.- Texto. Jesús hace una apuesta decidida por los excluídos de la sociedad; por tanto, también de los pecadores, sobre todo en una sociedad esencialmente teocrática. A los perfectos religiosos les dirige las tres parábolas del cap. 15 de San Lucas: la oveja perdida, el dracma encontrado y el hijo pródigo. Jesús compara la salvación con la bondad de Dios en la parábola del hijo perdido y el hijo fiel. Un hombre tenía dos hijos. El menor le pidió la parte de herencia que le correspondía y se marchó de casa malgastándola. Ante el sufrimiento que padecía, regresa a la casa de su padre, que le da una fiesta por haberlo recuperado. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado». La parábola ilustra la vuelta a la casa del Padre y el proceso de conversión del pecador.

2.- El hilo conductor de la parábola lo traza la actitud misericordiosa del padre sobre el hijo que le ha pedido la herencia para emanciparse, al contrario del hijo mayor que permanece en casa. Malgastado el fruto del trabajo paterno de una forma indigna, le conduce a una situación marginal de la sociedad: ser pastor de cerdos y sometido a un pagano; como a la vuelta en la casa de su padre, se convertirá en un jornalero. De la libertad ha pasado a la esclavitud. El instinto de sobrevivir es lo que le hace volver. La actitud del padre es lo que lo cambia: tener misericordia, compasión. Así, el padre corre para encontrar a su hijo, lo abraza, lo besa, lo viste, lo calza, le da de comer,... gestos que devuelven la libertad y la vida al hijo; es decir, la salvación. La palabra que pronuncia el padre es el símbolo de lo que ha hecho y su condición de ser: hijo mío (Lc 15,24). Esta es la nueva dimensión del Reino. El viejo mundo lo representa el hijo mayor, y corresponde al ámbito de justicia y honradez de la sociedad fundamentada por unas tradicionales relaciones familiares; pues este hijo, que es el heredero principal, también es el que responde adecuadamente a las sanas exigencias que postulan las responsabilidades laborales, aunque muestren una relación de propietario y obrero. No obstante el padre intenta insertarlo en «su» mundo: «Hijo, tú estás siempre conmigo...» (15,31).
3.- La parábola refleja dos mundos distintos que nos encontramos continuamente: la aspiración de que se haga justicia en todos los ámbitos de la vida y el deseo de ser perdonados cuando pecamos. Hay muchos espacios humanos donde no se respeta la dignidad de la persona humana. Es necesaria una conciencia justa  para que todos los hombres y mujeres tengan un trato igual en los deberes y responsabilidades. Y todos sabemos que hay muchos abusos de personas, colectivos y naciones en los que no se respetan los más elementales derechos humanos. Son el hijo mayor de la parábola. Y, junto a la justicia, es necesaria la misericordia, porque no siempre alcanzamos la perfección y amor requeridos en las relaciones humanas y en las relaciones con Dios. Somos pecadores, y en cuanto tales, necesitamos  tomar conciencia de ello, y después creer en el Señor que se ha acercado en Jesús para perdonarnos. Escondemos nuestros pecados porque no captamos que nuestro Dios es capaz de perdonar; debemos convercernos de que podemos comenzar de nuevo con un sentido renovado de vida. Y esto es muy importante para no vivir derrotados por nuestros fracasos y pecados.


lunes, 22 de febrero de 2016

Santos y Beatos, del 23 al 28 de febrero

23 de febrero
Policarpo (155ca.)

San Policarpo, obispo de Esmirna (Turquía), es discípulo de los Apóstoles, de los que escuchó la vida y la doctrina de Jesucristo. Recibe a San Ignacio de Antioquía en su viaje a Roma. También San Policarpo va a la Ciudad Eterna para tratar con el papa Aniceto la fiesta de la Pascua. Es martirizado en torno al año 155.

                                                            Común de un Mártir


24 de febrero
Isabel de Francia (1225-1270)

La beata Isabel de Francia es hija del rey Luis VIII y Blanca de Castilla. Dada en matrimonio a Conrado Hohenstaufen, hijo del emperador Federico II, renuncia a casarse por haber hecho el voto de virginidad. Se dedica a asistir a los enfermos en los hospitales, ayudar a los pobres y acrecentar la devoción a la Eucaristía, medio con que busca identificarse con Cristo. Construye un monasterio de Clarisas en Longchamp, situado a las afueras de París y dedicado a la Humildad de Nuestra Señora. Le acompañan varias jóvenes de la corte francesa y otras hermanas venidas de otros monasterios, en especial de Reims. Las religiosas no se llaman «Hermanas Pobres», como en la Regla de Santa Clara, sino «Hermanas Menores Encerradas». En el claustro adopta una vida de penitencia y oración, haciendo especial hincapié en la humildad y la pobreza, entendida ésta de una forma menos radical que Santa Clara. Vive en un ala del convento con estancias propias; no emite los votos religiosos, seguramente para no ser abadesa. Muere el 23 de enero de 1270. Asiste a los funerales su hermano San Luis IX, rey de Francia. León X aprueba oficio y misa en su honor el 11 de enero de 1520, e Inocencio XII, a finales del s. XVIII, los extiende a toda la Orden Franciscana.

Común de Santas Mujeres

Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la virgen Isabel de Francia abundancia de dones celestiales, concédenos imitar en la tierra su seguimiento de Cristo pobre y crucificado, para que también podamos gozar en su compañía en tu gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

25 de febrero

Sebastián de Aparicio (1502-1600)

El beato Sebastián de Aparicio nace en Gudiña (Orense. España) en el año 1502, hijo de Juan de Aparicio y Teresa del Prado. Su oficio es de pastor. Con las ganancias mantiene a su familia. Muertos sus padres y casadas sus hermanas, emigra a México. Aquí se dedica a la agricultura y hace carros de carga tirados por bueyes. Con ellos transporta mercancías de un pueblo a otro. Con sus productos comercia en Veracruz, Zacatecas y en la ciudad de México. Todas las ganancias las distribuye entre los necesitados, como antes lo hizo con su familia. En 1552 deja el comercio y se centra de nuevo en las labores agrícolas y ganaderas. Adquiere una hacienda en la que crea la primera escuela industrial que hay en México; se dedica a enseñar a los campesinos para ganarse la vida con honradez. Se casa dos veces. Cuando enviuda de la segunda mujer, ingresa en la Orden el 2 de junio de 1573 a la edad de 71 años en la ciudad de México. Por 27 años vive dedicado a la oración y penitencia. Se encarga de pedir limosna, cuidar el huerto y hacer las compras. Muere el 25 de febrero del año 1600 a los 98 años de edad. Pío VI lo beatifica el 17 de mayo de 1789.

Común de Santos Varones


Oración. Oh Dios, que hiciste a tu siervo Sebastián de Aparicio caminar por la senda de la simplicidad de corazón y le colmaste de dones celestiales, concédenos, por su intercesión, que te sirvamos con mente pura y con corazón limpio. Por nuestro Señor Jesucristo.


27 de febrero
Francisca Ana de la Virgen Dolorosa (1781-1855)

La beata Francisca Ana nace Sancellas (Baleares. España). Trabaja con sus padres y hermanos en labores agrícolas. En su tiempo libre se dedica a explicar el catecismo a los jóvenes en la parroquia de su pueblo. Fallecidos su madre y sus tres hermanos, ingresa en la Orden Franciscana Seglar en 1798. Cuida a su padre hasta 1821, año en que muere. En 1850 el rector de la parroquia, Juan Molinas, crea una casa de caridad al estilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente. Le encarga el proyecto a Francisca. El 7 de diciembre de 1851 profesa con otras dos mujeres. Francisca cumple 70 años. No obstante se dedica con todas sus fuerzas a promover el Instituto así llamado Hermanas de la Caridad, y lo dirige con extremada prudencia. En esta casa instruye a los niños, socorre a los pobres, asiste a los moribundos. Muere el 27 de febrero de 1855. El papa Juan Pablo II la beatifica en Roma el 1 de octubre de 1989.
Común de Vírgenes

Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata Francisca Ana, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.

27.1 de febrero

José Tous y Soler (1811-1871)

El beato José Tous y Soler, Franciscano Capuchino, nace en Igualada (Barcelona. España) el año 1811. A los 16 años ingresa en los Capuchinos de Sarriá (Barcelona), profesando el 19 de febrero de 1828. Se distingue por su unión con Jesús realizada por la oración y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen María bajo la advocación de la Divina Pastora. En 1835, exclaustrado, viaja a Italia y a Francia donde se dedica a la dirección espiritual. Regresa a Barcelona en 1843. Funda las «Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor», dedicadas a la educación cristiana de la juventud. Inaugura el primer colegio en Ripoll el 27 de mayo de 1850; en 1858 se cierra este colegio y se abre uno nuevo en Capellades. El Instituto cuenta en la actualidad con fraternidades en Cataluña, Murcia, País Vasco y Madrid; y en Iberoamérica: Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Colombia y Cuba. Muere el 27 de febrero de 1871 celebrando la Eucaristía en Barcelona. Es beatificado por el papa Benedicto XVI el 25 de abril de 2010.

Común de Pastores

Oración. Oh Dios, que al beato José Tous, presbítero, diste la gracia de seguir fielmente a tu Hijo, en la pobreza y humildad de espíritu, y suscitar en la Iglesia la educación cristiana de los niños; concédenos, por sus méritos e intercesión, que profundamente renovados, podamos saborear la dulzura de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


27.2 febrero
María Caridad Brader (1866-1943)

La beata María Caridad Brader nace el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn (St. Gallen. Suiza); es hija de José Sebastián Brader y de María Carolina Zahner. Estudia en el Colegio de María Hilf de Altstätten, de las Religiosas de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Ingresa en este Instituto franciscano el 1 de octubre de 1880 y profesa el 22 de agosto de 1881. Con La beata María Bernarda Bütler y otras hermanas viaja en 1888 a Chone (Ecuador) y más tarde a Túquerres (Colombia). Se dedica a evangelizar a los habitantes de las zonas de la selva colombiana. Funda en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada, dedicada a la educación de los niños y jóvenes pobres y marginados. Participa con intensidad en la Eucaristía y establece la Adoración Perpetua diurna y nocturna. La beata María Caridad es la oración encarnada. La pastoral social, el trabajo de promoción, la formación, la evangelización y la enseñanza religiosa son la herencia que deja a su Congregación. Es Superiora General desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940. En 1933 aprueba la Santa Sede su Congregación. Es beatificada por Juan Pablo II el 23 de marzo del año 2003.

Común de Vírgenes

Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la beata María Caridad Brader la gracia de adorarte por medio de su amor a la Eucaristía, concédenos imitar en la tierra esta virtud, para que también podamos gozar en su compañía de las alegrías de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.



28 de febrero
Antonia de Florencia (1401-1472)

La beata Antonia, de la Orden de Santa Clara, nace en Florencia (Toscana. Italia) en 1401. Contrae matrimonio a la edad de 15 años; tiene un hijo y queda viuda muy pronto. Se casa por segunda vez y enviuda de nuevo. Cuando el hijo es mayor de edad, ingresa en el convento de San Onofre de Florencia, de las Hermanas Terciarias Regulares de San Francisco, fundadas por la beata Angelina de Marsciano. Poco después es destinada al convento de Santa Ana de Foligno, y luego al convento de Santa Isabel de Áquila. Aquí conoce a San Juan de Capistrano, que defiende la reforma de la Orden junto a San Bernardino de Siena. En 1447 marcha con un grupo de religiosas al monasterio del Corpus Domini para observar al pie de la letra la Regla de Santa Clara, sobre todo en los aspectos de pobreza y penitencia. San Juan de Capistrano le encomienda la dirección del monasterio, que ejerce durante toda su vida. Ella se ofrece para renovar la Segunda Orden y se convierte en el modelo femenino de la reforma observante. Muere el 28 de febrero de 1472 a la edad de 71 años en Áquila. El papa Pío IX aprueba su culto el 17 de septiembre de 1847.

Común de Santas Mujeres

Oración. Oh Dios, que infundiste a la beata Antonia de Florencia un profundo amor a la pobreza y la penitencia, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Jesu-cristo pobre y crucificado, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.


domingo, 21 de febrero de 2016

Necesidad de la conversión. III de Cuaresma (C)

III DOMINGO DE CUARESMA


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:
-¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

1.- Jesús nos invita a la conversión. Conversión no es un cambio de ideas,  sino un  cambio de corazón, de toda la interioridad humana que se articula en la conducta. Conversión remite al término shub, vuelta, retorno al camino de Dios, que jamás se debió abandonar. Alcanza, pues, lo más profundo de la persona y va más allá de toda práctica religiosa. Esta enmienda y arrepentimiento sigue el pensar de Juan Bautista y de Ezequiel: «Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis (18,31; cf. 36,26). Jesús pide una vuelta al camino del Señor, pero el Señor no viene a castigar a los que le han dado la espalda, como dicen los profetas: «Llega implacable el día del Señor, su cólera y el estallido de su ira, para dejar la tierra desolada, exterminando de ella a los pecadores» (Is 13,9; cf. Sof 1,14-16). Más bien Jesús reconcilia con un Dios que es misericordioso. Dios no se introduce en las relaciones humanas de buenos y malos, de castigo al agresor y pecador. No consigue nada con ello. Dios espera paciente, como el padre del hijo pródigo, o sale impaciente al encuentro de la oveja perdida. Dios nunca pasa factura del mal que cometemos. Lo que es necesario es que desandemos los pasos mal dados, lo encontremos y lo miremos de nuevo con su rostro de un buen Padre y una buena Madre.

           
2.- La clara conciencia de Jesús sobre la pronta intervención divina le conduce a afirmar no solo un cambio de conducta individual, sino también a una revisión de las instituciones sociales y religiosas, que se inutilizan cuando se usan para el exclusivo beneficio de unos cuantos o de ciertas castas. En tiempos de Jesús eran los sumos sacerdotes, los escribas, los fariseos; por eso, critica el templo, el sacerdocio, la enseñanza oficial y las instituciones políticas. La pretensión de Jesús es que la gente que se le acerca tome conciencia de su pecado y pueda descubrir a Dios y encontrarse con Él de una forma amigable y misericordiosa. Pero a esta conversión personal une la reforma del culto, del templo y del ministerio que los sirve. Es un aviso a las instituciones eclesiales, económicas y políticas que han perdido el sentido del servicio a los pueblos. Por eso, todas ellas tienen también necesidad de convertirse.

           
3.- Muchos de nosotros llevamos una vida ordenada, responsable con nuestros quehaceres sociales y familiares. Entonces, la invitación que hace Jesús sobre la necesidad de la conversión parece que no nos afecta, pues sus palabras van dirigidas a los sinvergüenzas que se aprovechan de sus cargos para enriquecerse o extorsionar a la gente sencilla que no sabe defenderse. Sin embargo,  Jesús invita a todos, bien seamos honrados o no, agraciados o pecadores, responsables o irresponsables. Nunca debemos olvidar que la fe cristiana, en cuanto relación de amor, indica una actitud básica que se expresa en toda nuestra vida, en los pequeños y grandes actos; es un talante en el que la bondad con los demás es la cara que manifiesta la rica vida interior cuando está unida al Señor.


III Domingo de Cuaresma

III DOMINGO DE CUARESMA


Lectura del santo Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: -¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: -Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: -Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

1.- Texto. La inminencia del juicio que Juan Bautista y Jesús anuncian conduce a una petición de conversión. Todos están necesitados de ella. El Evangelio de este domingo relata la pregunta que se le hace a Jesús sobre cuál fue el pecado de unos paisanos suyos, galileos, a los que mató Pilatos durante una peregrinación, o por qué castigó Dios a otros hombres cuando se derrumbó la torre de Siloé. Contesta Jesús que tales sucesos no obedecen a la creencia común de que cualquier enfermedad o desgracia es expresión de un pecado personal o colectivo, sino que todos aquellos hombres no eran culpables de tales desgracias, y concluye: «si no os arrepentís, acabaréis como ellos»; es decir, insta a una conversión colectiva en la medida en que todos son responsables de la situación de maldad en la que se justifica una realidad que genera continuamente injusticia, esclavitud y muerte.

2.- Mensaje. En la parábola de la higuera Jesús invita a un arrepentimiento antes del juicio; al estilo de Juan Bautista, ofrece otra oportunidad (cf. Lc 3,8-9). Pero la parábola, a diferencia de las muertes que provocó Pilatos y la torre de Siloé, pone el acento en las vidas improductivas, en las que la obligación recae sobre el propio individuo; por eso, se le da una última oportunidad antes de cortarlas definitivamente. Jesús exhorta a dar fruto. Es como la semilla que cae en tierra buena, que simboliza a «los que con disposición excelente escuchan la palabra, la retienen y dan fruto con perseverancia» (Lc 8,15). De lo contrario, les pasará como a la generación que oye su mensaje y no le hace caso; entonces «los ninivitas se alzarán en el juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se arrepintieron por la predicación de Jonás, y hay aquí uno mayor que Jonás» (Lc 11,32; cf. 10,13-16). Lo que pide Jesús es introducirse en el movimiento salvador que Dios ha iniciado y que no deben dejar pasar (cf. Lc 15).

3.- Acción. Por el juicio divino al final de la vida, por la vida que debe responder a los talentos regalados o dar el fruto correspondiente, es urgente responder a esta voluntad de Dios. Hay que tomar una decisión mediante la cual se deba asumir esta oferta de salvación. No existe un espacio neutro en la historia por el que se pueda pasar ignorando el ministerio de Jesús: la vida es buena o es mala; o servimos o nos  servimos de los demás. Porque al final de la existencia, no valen las credenciales tradicionales de religiosidad, conciudadanía, vecindad, amistad, familiaridad, etc., u otros poderes como la riqueza. La única credencial válida es la de haber invitado al mundo marginal, «a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos», que no pueden retribuir o corresponder a la relación bondadosa, porque el hecho mismo de estar con ellos y recuperarlos por el amor es la única carta de ciudadanía del Reino: «pues te pagarán cuando resuciten los justos» (Lc 14,12-14); de lo contrario, no reconocerá el Juez a nadie.