miércoles, 30 de marzo de 2016

II Domingo de Pascua: Aparición a los Once

                                             II DOMINGO DEPASCUA (C)


Evangelio según San Juan 20,19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto, entró Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: —Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos. Tomás, uno de los Doce, llamado «el Mellizo», no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: —Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: —Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: —Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: —Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: — ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: — ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

               1.- Dios. Los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos. Viven el tiempo muerto que hay entre su amarga experiencia de la muerte en cruz de Jesús y su manifestación gloriosa. Es entonces cuando se encuentran con Jesús, o mejor Jesús se encuentra con ellos, imponiéndose a su vista, a su corazón, a su mente. Es él mismo, pero no el mismo; no vive ni es de la misma forma que cuando predicaba el Reino con ellos en Galilea. Ahora Jesús traspasa paredes y les cuesta reconocerlo. Ante el miedo de los discípulos, Jesús infunde paz y les hace ver que sigue siendo su Maestro, su Profeta, pero ahora, al tener la vida divina y manifestarse lo que es en verdad, es su Señor.  Por eso no deben tener miedo ni a nadie ni a nada. Y prueba de ello, no es su trono glorioso, ni su poder celeste, ni su majestad divina, etc., etc., todo lo que ellos pensaban que rodeaba la gloria de Dios o formaba parte de su ser. La prueba que les da son las marcas de su extremo sufrimiento. Lo que le condujo su amor por ellos y por todos: morir en cruz. El dolor, pues, inevitable en la vida humana, expresión de su debilidad, egoísmo y soberbia, forma ya parte del mismo Hijo de Dios.



           2.- La comunidad. Jesús le da la paz y ellos se llenaron de alegría al encontrarse de nuevo con él. Pero Tomás al no estar en el encuentro, aún anda en tinieblas. Y los demás, poseídos por la fe pascual, por el Jesús resucitado, repiten el estribillo del día de Pascua: «Hemos visto al Señor». Pero Tomás responde que Jesús debe adaptarse a sus exigencias racionales: debe comprobar que, efectivamente, está vivo, pero vivo como él lo conoció y convivió, como Pedro busca pruebas en la tumba vacía, o María se abraza al Resucitado como si fuera su Jesús antes de morir. Jesús, la Palabra encarnada, la Palabra hecha hombre, cede a las exigencias de Tomás, e inicia de nuevo con él el camino de las pruebas racionales a la fe pascual, de las pruebas de los sentidos a la fe que capta su dimensión filial divina. Unas pruebas que no son ya el compartir alegre la misión en Galilea, sino las señales que deja el dolor. Y pasa a la fe Pascual como don del Señor. Y el Señor indica la bienaventuranza de todos nosotros que sin haber creemos visto al Señor. Hemos aprendido en la familia, en la comunidad eclesial o religiosa que la vida de Jesús empieza en Belén y termina en el Gólgota; se nos ha enseñado en las catequesis y con el ejemplo de nuestros padres y tantos maestros que la vida es paz, perdón, reconciliación, trabajo, cuidado de los demás, salir de sí y ver las necesidades del prójimo. La vida no es sólo poder o imposiciones que originan situaciones de auténticos esclavos, u orgullos fatuos que cubren existencias superficiales y vanas que siguen los dictados de la moda al uso; actitudes que sólo alcanzan una temporada y siempre tienen que empezar de nuevo. La vida, al final, es la de quien es capaz de pronunciar: ¡Señor mío y Dios mío!, como camino de fe y de amor.

               3.- El hombre. Como el Señor envía a Jesús (Jn 17,18) así les envía él a todos los pueblos de la tierra dándole su Espíritu. Con su relación de amor serán capaces de dar  también su vida por los demás y con las mismas actitudes suyas. Ahora, con su Espíritu, se transforman y viajan por todo el mundo para ofrecer la salvación de Dios centrada en Jesucristo. Y la salvación se transmite por la Palabra, una Palabra que está enraizada en una vida humana, para que todo el mundo la pueda comprender, se pueda identificar con ella y la pueda seguir. El perdón de nuestros pecados no proviene de profesar una filosofía, una ideología, o unos pensamientos buenos y bondadosos. La salvación que es capaz de enquistar y perdonar los pecados humanos proviene de las relaciones de amor que sepamos y podamos establecer con los demás según el modelo de las relaciones de paz y bien que mantuvo Jesús en la vida. Ya tenemos un objetivo: el bien de los demás; un medio: todo lo que sirva para hacerles el bien, para alcanzar su dignidad; un poder: el amor que deposita el Espíritu en nuestros corazones.

               



sábado, 26 de marzo de 2016

Pascua de Resurrección



                   VIGILIA PASCUAL (C)



Lectura del santo Evangelio según San Lucas 24,1-12.
El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: «El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar».
Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. María Magdalena, Juana y María la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los Apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.
(Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.)

1.- Los hechosLos discípulos que acompañan a Jesús a Jerusalén regresan a la Galilea natal y retoman sus trabajos como solución al descalabro de la misión (cf. Mc 15,40; 16,7); otros permanecen en Jerusalén, quizás los que se le unen en la fase final de su ministerio (cf. Lc 24,13). Al poco tiempo (cf. Mc 9,2), y en Galilea (cf. Mt 28,16-20), sucede un acontecimiento en el que los discípulos más allegados creen vivo al que, días antes, ha sido ajusticiado y sepultado (cf. Mc 15,43-46). Todos los datos disponibles conducen a que Pedro es el primer convencido de este hecho inaudito (cf. 1Cor 15,5; Mc 16,7), o, al menos, es el más interesado en difundir la noticia a los seguidores de Jesús y proclamarla a los cuatro vientos (cf. Hech 2,14). Por otro lado, con otros testigos y en distinto lugar, Jerusalén, se ofrece el relato de la tumba de Jesús. María Magdalena o unas mujeres (cf. Jn 20,11-18; Mc 16,1) se acercan al sepulcro para llorar su muerte (cf. Mc 16,1-8). El resultado de la visita es que encuentran la piedra corrida y la tumba vacía. Tal hecho, muy diferente al que experimentan los discípulos varones, no les lleva al encuentro con Jesús, como atestiguan los dos adeptos a Jesús que caminan hacia Emaús (cf. Lc 24,22-23).
           
2.- La identidad del resucitado. Todos piensan que han robado el cadáver, y ello responde a que la resurrección no entra dentro de las categorías de los milagros de resurrección que realiza Jesús en el hijo de la viuda de Naín (cf. Lc 7,11-17), en la hija de Jairo (cf. Mc 5,23.35-42) y en Lázaro (cf. Jn 11,1-45). Tampoco Jesús sobrevive, por otra parte, al estilo de la existencia eterna de su alma por ser de naturaleza espiritual, como defiende la antropología griega. Ni la relación con los «devueltos a la vida ―Lázaro, las hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín―  ni la racionalidad que prueba la eternidad de los espíritus, en contra de la caducidad de lo temporal, contingente e histórico, pueden fundar la explicación de la resurrección de Jesús. Esta pertenece a la vida nueva en Dios prometida desde tiempo a Israel. Por consiguiente, es un acontecimiento totalmente nuevo en la historia humana; es decir, la situación que Dios dará al final de los tiempos a sus hijos y que los humanos no tenemos elementos para describirlo y entenderlo. Está en la línea que Pablo afirma: «Sabemos que Cristo, resucitado de la muerte, ya no vuelve a morir, la muerte no tiene poder sobre él. Muriendo murió al pecado definitivamente; viviendo vive para Dios» (Rom 6,9-10).
           
            3.- La vida nueva del Señor.  La Resurrección es, exclusivamente, una acción del poder amoroso divino. El Señor recrea la vida de Jesús, dándole su identidad y gloria divina. Por eso, nuestra razón no puede captar el acontecimiento de la resurrección de Jesús. Es la dimensión de Dios la que entra a formar parte de la vida de Jesús. Es, pues, necesaria la fe: el don que nos concede el Señor para relacionarnos con él. Y el don de la fe hace que se apodere de nosotros la novedad de la vida de Jesús, que cambia las bases y los objetivos de nuestra vida: del poder al servicio, de la violencia a la paz, de la muerte a la vida eterna, de la soberbia y egoísmo al amor, etc., etc., como le sucede a los discípulos después de los encuentros o apariciones en Galilea. La fe nos une a Jesús resucitado y nos introduce en la vida nueva que el Señor le ha concedido como primicia, y a nosotros de una forma inicial en nuestra existencia. Ya tiene valor Dios como amor, amar, servir, defender la vida ante los poderes que la destruyen, etc., etc. Tiene valor todo lo que Jesús ha enseñado y ha hecho, porque Dios le ha dado la razón al resucitarlo de entre los muertos. La esperanza para la gente honrada y servicial renace, porque el Señor se ha puesto de parte de los que defienden la vida y la llevan a plenitud desde su amor.

                                               DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 



Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,1-9.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo:
―Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo, pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

1.- El Evangelio de la Vigilia Pascual se centra en la obra del Señor que resucita a Jesús; el de la mañana de Pascua se centra en los discípulos. Los tres protagonistas: María, Pedro y Juan simbolizan tres actitudes ante Jesús y, naturalmente, tres actitudes de fe ante la obra poderosa del Padre sobre su Hijo. María piensa que se han llevado el cuerpo de Jesús, como es la opinión de todo el mundo al ver que no estaba en el sepulcro. María quiere a Jesús y le desea vivo, por eso no puede captar que comparte la dimensión divina, que solo es posible captarla por la fe que Dios regala a sus hijos. Ella está muy lejos de la vida de resurrección. Al comunicárselo a Pedro y Juan, dos columnas de la Iglesia, corren para certificar el robo o traslado del cadáver. Un correr que lleva consigo el camino de la fe. Pedro entra al sepulcro y nada se dice de su acceso a la experiencia de la resurrección. Busca pruebas: las vendas y el sudario. Pero no le conduce a la fe. La razón no es el elemento esencial para adentrarse en el nuevo mundo en el que Jesús ha entrado y está compartiendo con Dios. Juan llega el primero, pero queda fuera; después entra, ve las mismas señales que Pedro y cree. ¿Por qué? Porque el discípulo a quien Jesús «quería» ha participado antes de la relación que Jesús ha establecido con cada uno de sus discípulo. Es el mismo Jesús el que da la fe, se deja ver, se encuentra con ellos. Y solo el que es amado por él, el que se siente amado por él, puede adentrarse en su presencia, en su vida.


2.- Demos dos pasos atrás. El primero es cuando Jesús los llama para que «convivan con él», para formar una comunidad que predique el Reino y sean testigos de la nueva vida que entraña la presencia del Señor en la historia humana. Los discípulos aprenden a rezar, a predicar, a curar; todo enseñado, dirigido y ejemplificado por el mismo Jesús. Aprenden a quererlo, a admirarlo, a seguirlo, dejando su trabajo y familia. El siguiente paso es el descalabro de la cruz, donde todas sus ilusiones se vienen abajo, no solo aquellas que indican un mesianismo glorioso, sino una presencia real de un Dios que crea fraternidad, favorece a los pobres, y garantiza la veracidad de la vida y enseñanza de Jesús. Por eso, no es extraño que la pasión disperse a los discípulos. Pero todo cambia cuando Dios decide hablar y actuar en estos momentos de hundimiento personal y desencanto. ¿Qué resultado dan sus encuentros con el resucitado? El que de nuevo aparecen juntos y sean capaces de establecer relaciones con un Jesús «distinto» (cf. Mt 28,16). Después de encontrarse con él en Galilea regresan a Jerusalén, de donde han huido (cf. Lc 24,33). En la ciudad santa, por ejemplo, Pedro, que le había negado durante la instrucción del proceso de las autoridades religiosas, explica sin miedo alguno que la historia de Jesús iniciada en Galilea permanece todavía, que no se ha acabado con su muerte (cf. Hech 2,42). Y así un discípulo tras otro: entregan su vida por Jesús, cuando tantas veces no habían comprendido su mesianismo servicial y lo habían abandonado en los momentos más difíciles de su vida. La resurrección los cambia a todos.

            3.-  La fe transforma a los discípulos, le da la fuerza necesaria para llevar a cabo, ellos solos, ya sin Jesús, todo lo que les había enseñado y habían observado en su convivencia por los pueblecitos de Galilea. Con el poder de la fe en Jesús, el Señor los hace testigos de su resurrección y, con ella, de su presencia salvadora. Y los discípulos nos transmiten la novedad de la vida divina que supone su fe en Jesús resucitado con un sentido de vida y unas opciones fundamentales que recrean la vida humana: lo fundamental es la vida, y esta vivida desde las relaciones de amor con Dios y con los demás, que se constituyen en hermanos. Por tanto, la vida no se genera por el poder, sino por las relaciones de amor entre seres que son hermanos e hijos de un mismo Padre. El desarrollo de una vida en amor lo hace posible el Espíritu del Padre y del Hijo, lo que le da una forma especial con sus frutos: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (Gál 5,22-23)  y con sus dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor a separarnos de quien amamos y es el origen de la vida, de toda vida.  Y La vida de Resucitado es una vida eterna, supera la muerte definitivamente.



La Luna de Pascua


 Los caprichos de la luna llena


                              


Elena Conde Guerri
Facultad de Letras

Universidad de Murcia

         
Prematura es este año la Pascua, casi pegada al equinoccio de primavera como si la conmemoración más exultante de nuestra fe se alinease con las horas de luz que crecen y crecen. Y con la primera luna llena de primavera que, temprana, se ha dejado seducir hilvanándose con ellas para alegrar todavía más el acontecimiento. Es bien sabido que la liturgia del Jueves Santo y de los días consecutivos remite en nuestro calendario cristiano a una herencia judía, a aquel "Paso" de Jahvé en aquella noche terrible para los primogénitos egipcios e insondablemente salvífica para el pueblo de Israel por designio del propio Dios. Tenía que celebrarse en el mes de "Abib", o semanas que median entre nuestros meses de marzo y abril. En plena eclosión de la primavera. Este año 2016, la luna llena inundará nuestro atardecer del día 24 en la emotiva Misa in Coena Domini y, a pesar de la posterior y tremenda oblación de la cruz, no se apagará. Seguirá como un gran foco de plata, casi incisivo, demasiado hermoso, hasta el domingo 27, día de la Resurrección del Señor, y aún durará unos días más.
                           Toda la naturaleza canta la gloria de Dios, suele evocarse en el rezo de Vísperas,  y este año el comportamiento de los cuerpos celestes ha querido celebrarlo. La preparación de "esa Luz que no conoce ocaso" y que ilumina a todo hombre que viene a este mundo si éste desea libremente recibirla, se inició timidamente el 25 de diciembre del año pasado. Apenas un pábilo imperceptible que iba poco a poco iluminando el pesebre de Belén. No tantas horas después del solsticio de invierno, frontera en que la luz solar crece progresivamente frente a las largas noches previas, como indicando que siempre hay esperanza cierta, de que cualquier caverna de nuestra vida no está cerrada para siempre  y que cualquier prisión puede recibir por cualquier rendija un halo precioso que anticipa un hálito de salvación. La salvación es para nosotros Redención y el proceso, largo, taumatúrgico, plenamente consciente y siempre por amor, sólo pudo llevarlo a cabo in crescendo la tenue Luz inicial hasta la Luz cegadora de la Anástasis que, de algún modo, se había anticipado sensiblemente y para iniciados en el episodio de la Transfiguración. ( Mt 17. Mc 9.  Lc.9). El 25 de diciembre del 2015, año litúrgico ya en curso, también dominó el firmamento una impresionante luna llena. Caprichos de la luna llena, siempre versátil y coqueta, premonitoria, ambigua en sus maldades o beneficios para las culturas antiguas, enamoradiza y a veces advenediza cuando más se la necesita o cuando debería eclipsarse, pero siempre, siempre, cegadoramente hipnotizante, fiel a su foco de plata que domina los eventos de la noche en que el sol pierde todo protagonismo y, desde luego, demasiado hermosa para haber sido ya pisada por la huella científica del hombre.
                            No somos ni soy física ni conozco las leyes de la ciencia astronómica que, sin duda, justificarán tal fenómeno. Somos meros contempladores de un hecho costatado, de estas lunas llenas que han tendido un puente de plata entre el 25 de diciembre y el 25 de marzo y han ligado los dos acontecimientos que articulan el eje de nuestros aniversarios cristianos como en un intento de explicar que Natividad, Eucaristía, Pasión y Resurrección son todo un único, el itinerario conmemorativo de Aquel que quiso ser obediente al Padre desde que se encarnó por el fiat de una doncella, también recordado en un día 25, doncella que no podía sospechar que en el posterior imaginario secular tendría a la luna por escabel. Prodigioso calendario el de la Semana Santa de este año, esclavo gozoso de esta prematura luna llena de primavera cuyas veleidades parecen haber sido programadas para nuestra reflexión. Esa luna generalmente subsidiaria y eclipsada por la luz potente y vivífica del sol, esa hermana luna tan franciscana y tan discretamente útil, es ensalzada como antorcha protagonista de todo el cosmos cristiano por los misterios de salvación que ha tenido el privilegio de iluminar. Nada sobra ni falta en el cosmos, prodigio de la armonía del Creador. En el Cántico de las Criaturas se dice " alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y por las estrellas, que en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas". Pero más adelante, Francisco expresó: " sobre todo, alabado seas, mi Señor, por aquéllos que perdonan por tu amor". En la contemplación del sufrimiento que nos ha redimido, quede como un pensamiento luminoso en este Año de la Misericordia.

lunes, 21 de marzo de 2016

Lavatorio

                                                                        JUEVES SANTO (C)


Lectura del santo Evangelio según San Juan 13,1-15.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y este le dijo: -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le replicó:
-Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: -No me lavarás los pies jamás. Jesús le contestó: -Si no te lavo no tienes nada que ver conmigo. Simón Pedro le dijo: -Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: -Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»). Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: -¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

1.- Antecedentes. El desempeño de la misión tiene su primer acto en la elección, el que Jesús llame junto a sí a los Doce. Por consiguiente, la elección encierra el «que convivieran con él» (Mc 3,14). Las relaciones que mantienen entre sí reproducen la conducta que Jesús tiene con ellos y fomenta entre ellos, y todo el grupo, transido por la filiación, simboliza la decisión divina de salvación que transmite el Reino. Los comportamientos y las actitudes que los funda son decisivos para hacer creíble la misión, ya que su convivencia encarna la relación nueva que Dios ha establecido con los hombres y que son destinatarios de su ministerio.
La tradición elabora un relato al respecto. Juan y Santiago, dos componentes de los Doce, se acercan a Jesús para pedirle ocupar los lugares de más honor en su gloria (Mc 10,35-45 par). Marcos introduce el párrafo con la predicción de la pasión y muerte de Jesús que tendrá lugar en Jerusalén, donde va al encuentro de la cruz, todo lo contrario de la supuesta pretensión de los discípulos. ―El relato del lavatorio de los pies de Juan es un duplicado―. La respuesta de Jesús frustra su aspiración y anhelo, y va en otra dirección: deben beber su copa y recibir su bautismo; es decir, asumir su destino de pasión. No es una recompensa con gloria, sino tener capacidad para transitar por el camino del sufrimiento. La gloria corresponde a la voluntad divina, a su soberanía y no al deseo de cada uno de conquistarla. Aquí está, en parte, el nivel de preferencias entre los seguidores. Ellos, con demasiada confianza en sí, responden: «podemos» (Mc 10,39).

2.- De la ambición al servicio. La ambición de los hijos de Zebedeo provoca la rabia de los restantes discípulos: «Cuando los otros lo oyeron, se enfadaron con Santiago y Juan» (Mc 10,41). Entonces Jesús, en plan de maestro, pone un ejemplo que es comprendido por todos al ser la práctica habitual de los responsables y adinerados de los pueblos. Y lo dice para sacar una conclusión: «Sabéis que entre los paganos los que son tenidos como jefes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; antes bien, quien quiera entre vosotros ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos» (Mc 10,42-44). Se cambia la ambición por el servicio, que es la expresión externa de la relación de amor, fundamento de la formación del grupo.
Marcos crea la misma escena durante un viaje que termina en Cafarnaún y después del segundo anuncio de la pasión (Mc 9,30-32). Discuten los Doce sobre quién es el más grande: «Si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos. Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: Quien acoja a uno de estos en atención a mí, no me acoge a mí, sino al que me envió» (Mc 9,33-37par). El significado del gesto de amor de Jesús reafirma la enseñanza previa al dicho del servicio: la debilidad y la insignificancia social que manifiesta la niñez, contra el poder político-militar y relevancia económica de los jefes y poderosos, es la que encarna la dignidad de Jesús. En su vida y ministerio está la presencia del Reino, como enviado o embajador o representante del Padre. 

3.- Jesús es el modelo. El relato de Santiago y Juan termina también poniéndose Jesús como modelo en las relaciones que deben mantener los Doce: «Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). El servicio puede llevar, además de la destrucción de la soberbia, que separa y enfrenta a los humanos, a dar la vida, al menos a ponerla en riesgo. Si esta entrega se funda en el amor, entonces se trueca en salvación de aquellos a los que sirve. Rescatar es liberar por dinero de la pena de muerte, hacer recuperar una tierra perdida, devolverle la libertad a un pobre vendido como esclavo. No es un tema cultual que haga referencia al sacrificio expiatorio por el que uno sufre en sustitución de otro, sino que se trata de las repercusiones humanizantes de unas relaciones de amor concretadas como servicio y entrega mutuas. Servir al estilo de un esclavo, que está pendiente de las necesidades de sus amos, es ofrecer la vida con generosidad. Jesús, pues, se pone como ejemplo ante los Doce, que deben seguir su conducta para abrir sus brazos como el Padre, acoger y rodear a los pequeños, y servirles para que alcancen su dignidad filial. Una ejemplo emblemático de esta actitud lo relata el cuarto Evangelio que acabamos de leer: «[Jesús] se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. [...] Pues si yo [...] os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies».
La actitud que provoca una relación de servicio mutuo es el clima que debe reinar en la comunidad que forma el discipulado. Y esto no deben perderlo, por más sufrimiento que entrañe su misión y convivencia: «Todos serán sazonados al fuego [...] Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, )con qué la sazonarán? Vosotros tened sal y estad en paz entre vosotros» (Mc 9,49-50par). Que la fraternidad viva en un ambiente de concordia es posible en la medida en que contemple la vida como servicio mutuo. Así dará un sabor nuevo a la existencia.




Jesús lava los pies a losdiscípulos

                                                                       JUEVES SANTO (C)



Lectura del santo Evangelio según San Juan 13,1-15.
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y este le dijo: -Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le replicó:
-Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: -No me lavarás los pies jamás. Jesús le contestó: -Si no te lavo no tienes nada que ver conmigo. Simón Pedro le dijo: -Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: -Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»). Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: -¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

1.- Antecedentes. El desempeño de la misión tiene su primer acto en la elección, el que Jesús llame junto a sí a los Doce. Por consiguiente, la elección encierra el «que convivieran con él» (Mc 3,14). Las relaciones que mantienen entre sí reproducen la conducta que Jesús tiene con ellos y fomenta entre ellos, y todo el grupo, transido por la filiación, simboliza la decisión divina de salvación que transmite el Reino. Los comportamientos y las actitudes que los funda son decisivos para hacer creíble la misión, ya que su convivencia encarna la relación nueva que Dios ha establecido con los hombres y que son destinatarios de su ministerio.
La tradición elabora un relato al respecto. Juan y Santiago, dos componentes de los Doce, se acercan a Jesús para pedirle ocupar los lugares de más honor en su gloria (Mc 10,35-45 par). Marcos introduce el párrafo con la predicción de la pasión y muerte de Jesús que tendrá lugar en Jerusalén, donde va al encuentro de la cruz, todo lo contrario de la supuesta pretensión de los discípulos. ―El relato del lavatorio de los pies de Juan es un duplicado―. La respuesta de Jesús frustra su aspiración y anhelo, y va en otra dirección: deben beber su copa y recibir su bautismo; es decir, asumir su destino de pasión. No es una recompensa con gloria, sino tener capacidad para transitar por el camino del sufrimiento. La gloria corresponde a la voluntad divina, a su soberanía y no al deseo de cada uno de conquistarla. Aquí está, en parte, el nivel de preferencias entre los seguidores. Ellos, con demasiada confianza en sí, responden: «podemos» (Mc 10,39).

2.- De la ambición al servicio. La ambición de los hijos de Zebedeo provoca la rabia de los restantes discípulos: «Cuando los otros lo oyeron, se enfadaron con Santiago y Juan» (Mc 10,41). Entonces Jesús, en plan de maestro, pone un ejemplo que es comprendido por todos al ser la práctica habitual de los responsables y adinerados de los pueblos. Y lo dice para sacar una conclusión: «Sabéis que entre los paganos los que son tenidos como jefes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; antes bien, quien quiera entre vosotros ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos» (Mc 10,42-44). Se cambia la ambición por el servicio, que es la expresión externa de la relación de amor, fundamento de la formación del grupo.
Marcos crea la misma escena durante un viaje que termina en Cafarnaún y después del segundo anuncio de la pasión (Mc 9,30-32). Discuten los Doce sobre quién es el más grande: «Si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos. Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: Quien acoja a uno de estos en atención a mí, no me acoge a mí, sino al que me envió» (Mc 9,33-37par). El significado del gesto de amor de Jesús reafirma la enseñanza previa al dicho del servicio: la debilidad y la insignificancia social que manifiesta la niñez, contra el poder político-militar y relevancia económica de los jefes y poderosos, es la que encarna la dignidad de Jesús. En su vida y ministerio está la presencia del Reino, como enviado o embajador o representante del Padre. 

3.- Jesús es el modelo. El relato de Santiago y Juan termina también poniéndose Jesús como modelo en las relaciones que deben mantener los Doce: «Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). El servicio puede llevar, además de la destrucción de la soberbia, que separa y enfrenta a los humanos, a dar la vida, al menos a ponerla en riesgo. Si esta entrega se funda en el amor, entonces se trueca en salvación de aquellos a los que sirve. Rescatar es liberar por dinero de la pena de muerte, hacer recuperar una tierra perdida, devolverle la libertad a un pobre vendido como esclavo. No es un tema cultual que haga referencia al sacrificio expiatorio por el que uno sufre en sustitución de otro, sino que se trata de las repercusiones humanizantes de unas relaciones de amor concretadas como servicio y entrega mutuas. Servir al estilo de un esclavo, que está pendiente de las necesidades de sus amos, es ofrecer la vida con generosidad. Jesús, pues, se pone como ejemplo ante los Doce, que deben seguir su conducta para abrir sus brazos como el Padre, acoger y rodear a los pequeños, y servirles para que alcancen su dignidad filial. Una ejemplo emblemático de esta actitud lo relata el cuarto Evangelio que acabamos de leer: «[Jesús] se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. [...] Pues si yo [...] os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies».
La actitud que provoca una relación de servicio mutuo es el clima que debe reinar en la comunidad que forma el discipulado. Y esto no deben perderlo, por más sufrimiento que entrañe su misión y convivencia: «Todos serán sazonados al fuego [...] Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, )con qué la sazonarán? Vosotros tened sal y estad en paz entre vosotros» (Mc 9,49-50par). Que la fraternidad viva en un ambiente de concordia es posible en la medida en que contemple la vida como servicio mutuo. Así dará un sabor nuevo a la existencia.




domingo, 20 de marzo de 2016

Santos y Beatos, 18-22 de marzo

                                                                                18 de marzo
                                                     Salvador de Horta (1520-1567)

San Salvador de Horta nace en Santa Coloma de Farnés (Gerona. España) en el año 1520. Hijo de una familia que trabaja en la agricultura y posee una masía llamada Masdevall. Sus padres se arruinan y son acogidos en el hospicio de Santa Coloma de Farnés. Salvador aprende el oficio de zapatero, que le enseña su padre, y se establece en Barcelona. En 1540 ingresa en el convento de Santa María de Jesús, situado a las afueras de la ciudad. Después de profesar se le destina a Tortosa, al convento de Santa María de Jesús. Se entrega por entero a la oración y a la penitencia, ejerciendo los oficios más humildes de la fraternidad y siendo un franciscano extremadamente sencillo. Al norte de Tortosa se encuentra la aldea de Horta de San Juan, adonde es destinado en 1559 para intensificar su vida de oración. Sin embargo acuden a él gentes de todas partes de España para recibir consejo, curar sus enfermedades y revitalizar su fe. Más tarde se le envía a Reus y a Cagliari, en la isla de Cerdeña, en la que vive dos años antes de fallecer el día 18 de marzo del 1567. Clemente XI lo beatifica el 29 de enero de 1711, y Benedicto XIII, el 15 de julio del 1724, concede que se celebre su oficio el día 18 de marzo en la Orden y en Cagliari, en Santa Coloma de Farnés y en Horta. El papa Pío XI lo canoniza el 17 de abril de 1938.


                                                    Común de Santos Varones

            Oración. Te rogamos, Dios de bondad, nos concedas a los que conmemoramos a San Salvador de Horta, tu humilde siervo, vernos libres, por su intercesión, de los males presentes, y gozar de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                               19 de marzo
                                                        José, esposo de la Virgen María

            Los Evangelios dan los siguientes datos sobre San José. Descendiente de la familia de David (Mt 1,16; Lc 3,23), vive en Nazaret. Un ángel le anuncia que María, su esposa, espera un hijo por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,16-24). Viaja con María a Belén por disposición de César Augusto; allí nace Jesús (cf. Lc 2,1-20); le impone el nombre (cf. Lc 2,21), lo ofrece al Señor y escucha las profecías de Simeón y Ana (cf. Lc 2,5-38). Lleva a María y a Jesús a Egipto para defenderlo de Herodes (cf. Mt 2,13). Una vez que muere Herodes, regresa a Palestina, instalándose en Nazaret de Galilea (cf. Mt 2,23). Lucas relata un viaje de la familia a Jerusalén, donde Jesús se separa de sus padres para discutir con los doctores de la Ley en el templo (cf. Lc 2,41-50). José es un técnico de la madera, del hierro y de la piedra (cf. Mt 13,55; Mc 6,3), cuyo oficio y utensilios aprende y hereda Jesús (cf. Mc 6,3). José aparece siempre como esposo de María (Mt 1,16.18.20.24; Lc 2,5) y padre de Jesús (cf. Lc 2,27.33.41.43.48; 3,23; Mt 13,55), como lo dice María (Lc 4,48) y la gente (Lc 3,23; 4,22; Mt 13,55; Jn 6,42). Es una persona justa (cf. Mt 1,19), fiel a la Ley y cumplidora de todas las tradiciones religiosas y sociales de Israel.


            Oración. Dios eterno, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                               22 de marzo
                                                       Bienvenido Scotívoli (1188-1282)

            El beato Bienvenido Scotívoli nace en Ancona (Las Marcas. Italia) en 1188. Estudia Derecho en Bolonia. Es Capellán Pontificio, Arcediano de Ancona, Administrador de la diócesis de Osimo en 1263. Urbano IV le nombra obispo de Osimo el 13 de marzo de 1264. En 1267, Clemente IV le da el gobierno de la Marca de Ancona. Seguidor de San Francisco, recibe en su diócesis a los Franciscanos, viste el hábito y practica la devoción a la Eucaristía, a María y en especial a Cristo pobre y crucificado. A ello une un carácter afable y paciente. Esto no obsta para que reforme su diócesis con la defensa de los bienes eclesiásticos, el capítulo de la catedral y la ayuda constante a los enfermos y a los pobres. Defiende los derechos de su diócesis sobre la ciudad de Cingoli. Muere el 2 de marzo de 1282. Es sepultado en la catedral de Ósimo. Martín IV reconoce su culto en 1284.

                                                           Común de Pastores

            Oración. Señor y Dios nuestro, que has puesto al obispo Bienvenido Scotívoli al frente de tu pueblo, te rogamos que por la eficacia de sus reformas concedas a tu pueblo la conversión por tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


Libros: Henri de Lubac

Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia


                                                           Henri De Lubac

Bernardo Pérez Andreo
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum

“La idea de una sobrenaturaleza añadida a la naturaleza es occidental: es fruto de esa enfermedad de análisis y separación que es la enfermedad de Occidente”, con estas palabras que el Cardenal De Lubac toma del Padre Congar, podemos comprender lo mal entendidas que han sido las dos instancias que centran este pequeño libro, pequeña catequesis le llama el autor, por un lado la naturaleza y por el otro lo sobrenatural, la gracia. En ningún lugar de la Escritura o de los Santos Padres encontraremos una referencia a la sobrenaturaleza como algo que se añade extrínsecamente a la naturaleza y que sería de una realidad totalmente distinta. Esta visión dualista es más propia del pensamiento occidental marcado, de un lado por el neoplatonismo gnostizante y del otro por el positivismo materialista que no es capaz de alcanzar más allá de donde dan los datos. La visión cristiana de la naturaleza y de la gracia tiene una dimensión de profundidad que De Lubac quiere recuperar para el pensamiento teológico, a propuesta del secretario de la Comisión Teológica Internacional, que es el motivo de haber escrito este opúsculo sobre tan interesante tema.
La gracia, siguiendo a Santo Tomás, es creada en el alma, no es una naturaleza exterior o superior, superpuesta a la naturaleza humana, como un revestimiento, sino que es una cualidad infundida en el alma que la adapta, en cuanto alma, a vivir la vida de Dios. Blondel dirá que lo sobrenatural es una adopción, una asimilación, una transformación que asegura los dos elementos en el hombre, lo humano y lo divino, sin mezclarlos, pero sin separarlos. Por eso, Teilhard de Chardin lo expresa como un fermento que llega a transformar la naturaleza. Se ve con toda claridad que el Cardenal De Lubac no entiende ni la naturaleza ni la gracia al modo que se ha extendido entre el vulgo cristiano y entre los científicos y filósofos modernos. Naturaleza y gracia aseguran la perfecta realidad del hombre. En la naturaleza resplandece la libertad y la cultura, en la gracia el espíritu y la plenitud de lo humano. Ambas realidades se necesitan para completar la verdad última del hombre, pero se necesitan como ‘naturalmente’. Esto elimina los resabios gnósticos que aún quedan infectando el cristianismo y que se mantienen operativos en las sociedades modernas.
Esta distinción entre naturaleza y sobrenatural conlleva una serie de consecuencias en el hombre. La primera es la humildad, que no es una virtud moral en el cristiano, sino una disposición radical al saberse criatura y, por tanto, necesitada del don del otro, del don divino, del don radical del ser. Tras la humildad viene el respeto al misterio ante el intento de encapsularlo en fórmulas o en esquemas humanos. La tercera consecuencia es la transformación del hombre. Lo sobrenatural no solo eleva, transforma al hombre, lo metamorfosea, lo transfigura, sin perder su ser natural, lo lleva a una plenitud que no tendría sin lo sobrenatural, que no es una sobrenaturaleza con sustancia y consistencia propias que vendría a superponerse a la naturaleza, o bien a desalojarla. Ni la desdeña ni la destruye; le da forma, la rehace, según la necesidad. La transfigura y la transforma en todas sus actividades, esta es la transcendencia verdadera, que va al núcleo de lo humano para elevarlo, no lo destruye. La gracia presupone siempre la naturaleza. Es el corolario de la Encarnación. Si Dios se ha hecho hombre, la naturaleza humana es asumida por la divina y elevada.
La gracia, insiste De Lubac, no se opone a la naturaleza, como tanto se ha hecho creer, se opone al pecado. Es el pecado, una realidad no querida por Dios, fruto del uso de la libertad, lo que se opone a lo que verdaderamente el hombre puede ser, de ahí que la gracia, lo sobrenatural, sea necesario para curar la herida del pecado en la naturaleza. La unión de la naturaleza y de la gracia queda consumada por el misterio de la Redención. Desde la Encarnación hasta la Redención, el hombre es llevado a la vida divina. El hombre entero, no una parte de él, el alma, o una parte de los hombres. El pecado es una realidad personal que infecta al cuerpo social y al individuo concreto, por eso es personal el pecado, porque como la salvación, también es relacional. De ahí la necesidad de salvar las condiciones sociales mediante una transformación radical del hombre y de los hombres.
El volumen se cierra con una serie de apéndices que aumentan el valor de la obra. Se trata de pequeños trabajos sobre el Concilio Vaticano II, la Iglesia en el mundo y un pequeño texto precioso de desagravio a Pablo VI, papa que sufrió mucho en sus últimos años y que intentó aplicar las intenciones del Concilio sin provocar un cisma en la Iglesia. El Cardenal De Lubac se siente muy cerca de él cuando reproduce aquellas palabras suyas: “El humanismo laico y profano se ha mostrado al fin es sus aterradoras dimensiones y, en cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre ha chocado con la religión –porque de una religión se trata- del hombre que se hace Dios”. Son palabras que De Lubac subraya como propias de un análisis profético de los efectos de confundir los términos y no comprender qué significa naturaleza y qué significa gracia. El hombre, para ser tal, necesita de ambos para entenderse a sí mismo. Naturaleza y gracia: Dios que viene al hombre y el hombre que va a Dios. Esta es la esencia del cristianismo.

Fundación Maior, Madrid 2014, 214 pp, 14 x 21 cm.