lunes, 26 de octubre de 2015

Domingo XXXI (B): Amar a Dios y el prójimo

DOMINGO XXXI (B)



            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12,28-34.

            En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: -¿Qué mandamiento es el primero de todo? Respondió Jesús: -El primero es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que estos.
            El letrado replicó: -Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
            Jesús, viendo que había respondido sensatamente le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

1.- Arranca el mandamiento de una experiencia irrenunciable para nosotros: Dios, que es uno (Mc 12,29.32), absorbe todas las capacidades humanas para su reconocimiento en la vida por medio de la adoración. Dios desea una reciprocidad intensa y excluye las medianías y cálculos en las respuestas a su entrega amorosa. Corazón, alma, mente y fuerzas resumen la entrega total y sin condiciones: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo» (cf. Mt 6,24). Además, el amor  lleva consigo la iniciativa sin interés, el respeto al otro, que cuando es Dios se transforma en alabanza y adoración, y la dimensión cognoscitiva que completa a la afectiva.

2.- Jesús añade, a continuación, el amor al prójimo, que después va a resultar la clave de nuestra salvación: «Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve encarcelado y me visitasteis;…..»        . Pero en el tema del amor, Jesús da un paso más. Es la última antítesis de Mateo: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo (Lev 19,18) y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Si amáis solo a los que os aman, )qué premio merecéis? También lo hacen los recaudadores. Si amáis solo a vuestros hermanos, )qué hacéis de extraordinario? También lo hacen los paganos. Sed, pues, perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto» (Mt 5,43-48; Lc 6,27-28.35). El punto de partida de esta exigencia de Jesús es el amor de Dios a su criatura, la ilimitada ternura o la libre cercanía del amor de Dios a toda persona. Esto provoca la profunda alegría y el gozo interior de los que descubren y aceptan este nuevo movimiento divino, y les obliga a vivirlo con todos los hombres en el contexto de la presencia del Reino.

3.- Si esto es así, el campo de las relaciones humanas se queda sin fronteras al no levantar Dios muro alguno para establecer contacto con los vivientes. Por su paternidad universal fundamenta una dignidad común y un común reconocimiento entre todos. Se supera la obligación de no querer a los que no forman parte del pueblo o de la misma etnia o familia, o son aborrecibles por su conducta, además de borrar la imagen de un Dios que simboliza la violencia humana. Jesús recomienda la oración por los enemigos ―rezad por los que os persiguen― ante la experiencia del rechazo personal y social que muchas personas sufren. La razón no es la participación de una misma naturaleza, o defender la armonía del cosmos como espejo de la bondad de Dios al estilo griego, o el texto del Salmo (145,9): «El Señor es bueno con todos». Jesús absolutiza y radicaliza el amor como obras y acciones concretas que determinan nuestra conducta permanente ante el que nos descalifica y nos hace un daño real. Presupone la afirmación de Lucas: los que os odian, los que os maldicen, los que os injurian (Lc 6,17), lo que lleva consigo ser bien vistos por Dios: «Bienaventurados los perseguidos...» (Mt 5,10-11). Y somos del agrado divino porque reproducimos el amor paterno de Dios a todas sus criaturas (Mt 5,9).



Domingo XXXI (B): Amar a Dios y al prójimo

DOMINGO XXXI (B)



            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12,28-34.

            En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: -¿Qué mandamiento es el primero de todo? Respondió Jesús: -El primero es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que estos.
            El letrado replicó: -Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
            Jesús, viendo que había respondido sensatamente le dijo: -No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

1.- Texto. Un escriba se le acerca a Jesús y le pregunta sobre el mandamiento más grande de la ley con el sentido del mandamiento que está por encima de todos (cf. Mt 22,36). No es cuestión de distinguir entre mandamientos y preceptos más importantes y menos importantes, sino de aquel que manifiesta la única voluntad de Dios más allá de todo el conjunto de la Ley, pero que, a la vez, la funda y la justifica como principio fundamental. No hay mandamiento mayor que amar a Dios y al prójimo. El Reino, pues, revela a un Dios que ama a su criatura como a un hijo, y le exige que le ame. Para esto, Dios da la capacidad para hacerlo con el seguimiento de Jesús, y según la forma con la que Jesús ama: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados…» (Mt 11,27s). La potencia del amor de Dios depositada en la vida humana conduce a confiar plenamente en Él, por lo que se vive cumpliendo sus mandatos y caminando por las vías que señala para serle fiel.

2.- Mensaje. Al darle todo el valor a estos dos mandamientos, Jesús impide confundirlos con la tendencia natural de adorar al Ser Supremo y considerar a los demás iguales a uno mismo, como dicta la mejor filantropía griega. Para Jesús es un mandato divino, no es una cuestión de la naturaleza humana. Aunque amar al prójimo como a sí mismo coincide con la regla de oro (Lc 6,31; Mt 7,12): «Como queréis que os traten los hombres, tratadlos vosotros a ellos», con la que indica el servicio para obrar el bien y defiende los intereses de los demás como se hace con los propios. Así supera al amor individual cuando significa la vida egoísta o centrada exclusivamente en el yo cerrado y alejado de las necesidades sociales.

3.- Acción. El mandamiento del amor al prójimo, al unirlo al del amor de Dios, adquiere la dimensión de universalidad que parte del Padre a todos, justos e injustos, y funda la relación fraterna: el pertenecer a una vocación y destino común filial. Nuestro amor al prójimo, pues, abarca el amor al enemigo (cf. Lc 6,27; Mt 5,43-44), el amor al extranjero (Lc 10,25-37) y el amor al pecador (cf. Lc 7,36-50), todos criaturas de Dios. Por consiguiente, el punto de partida es teológico y no antropológico. Cuando Lucas une a este texto (cf. Lc 10,27) la parábola del Samaritano (cf. 10,30-37) ―un extranjero para los judíos―, y propone su conducta como modelo de este tipo de amor, no está lejos del obrar de Jesús, pues su actuación le conduce a dar la vida por muchos (cf. Mc 10,45). Porque la clave de la parábola no está en quiénes son los prójimos (que son todos), sino en la actitud de amor de una persona que hace que todos sean sus prójimos. Este amor, al alejado como servicio hasta la muerte, se une al destino del Maestro, en cuanto expresa la voluntad divina de salvar al hombre marginado, expoliado de su dignidad, aunque sea extranjero o enemigo. El Medio Oriente nos está dando la oportunidad de practicar la enseñanza de Jesús.



domingo, 25 de octubre de 2015

Santos y Beatos, del 28 al 31 de octubre

28 de octubre
Simón y Judas, apóstoles
            Simón ocupa el undécimo lugar en la lista de los Doce. Tiene como apodo el Cananeo o «Zelotes». JudasTadeo es el que pregunta al Señor por qué se manifiesta a sus discípulos y no al mundo (Jn 14, 22).
                                               Común de apóstoles
Oración. Señor Dios nuestro, que nos llevaste al conocimiento de tu nombre por la predicación de los Apóstoles, te rogamos que, por intercesión de San Simón y San Judas, tu Iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo.


29 de octubre
Restituta Kafka (1894-1943)
            La beata Restituta Kafka nace el 1 de mayo de 1894 en Hussowitz (Moravia. Chequia); es hija de Antonio y María Stehlik. De niña trabaja como empleada de hogar y como vendedora ambulante de tabacos. En 1914 ingresa en las Hermanas Franciscanas de la Caridad Cristiana, en Viena (Austria). Después de la profesión religiosa, sirve en los hospitales Neunkirchen y Lainz y en 1919 en Mölding. Defiende a la Iglesia y su asistencia a los enfermos contra el nacional socialismo. Tiene una especial devoción a la Santísima Virgen Dolorosa. Es detenida por la Gestapo el 18 de febrero de 1942. Es ajusticiada el 30 de marzo 1943. El papa Juan Pablo II la beatifica en Viena el 21 de junio de 1998.
                                               Común de Mártir
Oración. Padre nuestro del cielo, que nos alegras con la fiesta anual de la beata Restituta Kafka, concédenos la ayuda de sus méritos a los que hemos sido iluminados con el ejemplo de su virginidad y de su fortaleza. Por nuestro Señor Jesucristo.

31 de octubre
Cristóbal de Romagna (1172-1272)
El beato Cristóbal de Romagna nace probablemente en Cesentico (Forlí. Italia) hacia el año 1172. Después de cursar los estudios eclesiásticos, se ordena sacerdote. Cuando ejerce la función de párroco en Cesenatino, recibe la visita de San Francisco. Cautivado por el Poverello, deja la parroquia y se incorpora a su discipulado, entrando en la Orden. Lleva una vida de penitencia, siguiendo a Cristo pobre y crucificado. Cuida a los leprosos en los hospitales. San Francisco lo des-tina al sur de Francia para combatir la herejía albigense e implantar la Orden. En Aquitania se distingue por su predicación, su sencillez y amor a la naturaleza, la devoción eucarística y la mariana. Asiste al capítulo de Arlés, en el que predica San Antonio de Padua y se aparece San Francisco. Muere el 31 de octubre de 1272. El papa Pío X aprueba su culto el 12 de abril de 1905.
                        Común de Pastores o Santos Varones
Oración. Dios Padre, lleno de misericordia, que por la predicación del beato Cristóbal de Romagna llevaste a muchos pueblos a la luz de la fe, concédenos, por su intercesión, que cuantos nos gloriamos de llamarnos cristianos mostremos siempre con las obras la fe que profesamos. Por nuestro Señor Jesucristo.
31.1 de octubre
Rainiero de Sansepolcro (1304)
El beato Rainiero Sinigardi nace en Arezzo (Florencia. Italia). Ingresa en la Orden en su ciudad natal y, después de prepararse para vivir en fraternidad, sirve en los oficios de portero y limosnero. Tales menesteres le ponen en contacto con mucha gente pobre y marginada, a los que ayuda en todo lo posible, sin menoscabar la asistencia fraterna a los religiosos. Es compañero de Fr. Maseo, uno de los discípulos de San Francisco. Pasa los últimos años de su vida en Sansepolcro, una ciudad que nace en torno a las reliquias del sepulcro de Jerusalén. Sigue a Jesús pobre y humilde y es muy devoto de la Virgen María, como defiende la espiritualidad franciscana. Muere el 1 de noviembre de 1304. El papa Pío VII aprueba su culto el 18 de diciembre de 1802.
                                               Común de Santos Varones
Oración. Dios nuestro, que otorgaste al beato Rainiero Sinigardi la gracia de imitar a Cristo pobre y crucificado, concédenos por sus ruegos que, viviendo con fidelidad nuestra vocación, podamos alcanzar aquella perfección que tu Hijo nos propuso con su ejemplo. Que vive y reina contigo..

31.2 de octubre
Tomás de Florencia (1370-1447)
            El beato Tomás Bellacci, originario de Florencia (Toscana. Italia). Ingresa en la Orden en la fraternidad de Fiésole (Florencia). Se conduce en la vida fraterna con una penitencia extrema y una vida de oración continua. Tal es así que sus superiores le nombran maestro de novicios, formando a los aspirantes a la vida franciscana en la más estricta observancia. En 1414 acompaña a Juan Stroncone, que promueve la reforma de los observantes en el reino de Nápoles. En 1420, por recomendación del papa Martín V, regresa a la Toscana para enfrentarse a los “Fraticelli”, en compañía del beato Antonio de Stroncone. Crea varias fraternidades, fijando su residencia en Scarlino. Alberto de Sarzana, legado pontificio ante los jacobitas de Siria y otros disidentes orientales, lleva también como compañero al beato Tomás. En Persia, Alberto envía a Tomás con otros tres hermanos a Etiopía. Hecho prisionero por los mahometanos, el papa Eugenio IV lo rescata. Regresa a Roma en 1447 y muere en Rieti, el 31 de octubre de 1447. El papa Clemente XIV aprueba su culto el 24 de agosto de 1771.
                                   Común de Pastores o Santos Varones
Oración. Dios nuestro, que llamaste al beato Tomás Bellacci para que buscara tu Reino en este mundo por la práctica de la caridad y la oración perfecta, concédenos que, fortalecidos por su intercesión, avancemos por el camino del amor con espíritu gozoso. Por nuestro Señor Jesucristo.
31.3 de octubre
Ángel de Acri (1669-1739)
El beato Ángel nace en Acri (Cosenza. Italia) el 19 de octubre de 1669; es hijo de Francisco Falcone y Diana Enrico. Ingresa en el noviciado de los Franciscanos Capuchinos de Acri. Profesa en1691, y, después de cursar los estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote en 1700. Se entrega a la predicación por los pueblecitos de Calabria y del sur de Italia (Cosenza, Rossano, Bisignano, San Marco, Nicastro, Oppodo, etc.). El cardenal Pignatelli le invita a predicar la cuaresma en la catedral de Nápoles. Es también un apóstol del confesionario. Sus devociones son las de la espiritualidad franciscana: la Eucaristía (las Cuarenta Horas), la pasión de Cristo (el Calvario, el Vía crucis) y la Virgen María (la Dolorosa). Desempeña las funciones de maestro de novicios, guardián y superior provincial. Muere en Acri el 30 de octubre de 1739. El papa León XII lo beatifica el año 1825.
                                               Común de Pastores

            Oración. Dios de bondad y de misericordia, que concediste al beato Ángel la gracia de atraer a los pecadores a la penitencia mediante la predicación y los milagros, concédenos, por sus méritos y oraciones, llorar humildemente nuestros pecados y alcanzar la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

Carta a un Ministro de San Francisco. VI

                                                        MISERICORDIA     
                            «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO
                       


                                                                  VI


            d.- Hemos expuesto que la salvación se origina en las entrañas amorosas del Padre, que envía a su Hijo (cf. Jn 3,16), cuya obediencia hace posible dicha salvación (cf. Rom 5,19); a ello se une su relación de amor con el Padre que se sacramentaliza en el servicio, pero cuando el objetivo del servicio son los colectivos humanos marginados, la salvación se entiende hoy día como solidaridad.
           
Salvación, pues, es la solidaridad del Padre con todos sus hijos y de Jesús con sus hermanos.  La solidaridad de Dios se verifica en la solidaridad de su Hijo con los hombres, un destino que Dios tiene pensado «antes de la creación del mundo» (Ef 1,4) y se explicita con la misión de Jesús y con su pasión y muerte. La reflexión del NT al respecto es: el Hijo deja la gloria divina para asumir una condición de esclavo, abandona las riquezas para hacerse pobre[1]; esclavitud y pobreza propias de la condición humana, que él vence y transforma abriendo las puertas de la salvación para todos los que creen en él[2]; y llega a su plenitud cuando muere para vencer a la muerte y darnos la vida a todos (cf. 2Cor 5,14). La vida de Jesús, una vez resucitado, es una oferta permanente de salvación a los hombres cuando se sacramentaliza con el bautismo (cf. Rom 6,3-11), pues el que participa de su muerte también participa de su resurrección: «Ya que, si por un hombre vino la muerte, por un hombre viene la resurrección de los muertos. Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo» (1Cor 15,21-22). La solidaridad es tal que Cristo y los cristianos forman un solo cuerpo, siendo él la cabeza[3].
           
Habida cuenta de esto, la salvación en la historia pasa a la responsabilidad cristiana. Hemos visto que en el pensamiento franciscano la creación y la encarnación son los dos pilares en los que se asienta el amor de Dios a sus criaturas, el amor del Padre a sus hijos, amor que se centra y visibiliza en la historia de Jesús, su «Hijo amado» por el que fueron hechas todas las cosas y por el que son salvadas[4]. No es extraño que el NT resuma esta inclinación y compromiso amoroso de Dios con los hombres en esta frase: «Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo para expiar nuestros pecados»[5]. Y el amor de Dios lo reconocen los hombres en la vida de Jesús: «Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tuvo»[6], que es solidario con todos al participar plenamente de la historia humana.
            La respuesta a ese amor divino es que el hombre le corresponda, naturalmente según sus posibilidades. Sin embargo, el texto no sigue esta lógica, sino aquella lógica divina que Jesús enseñó: «Queridos, si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos unos a otros»[7]. Es el amor mutuo entre los hombres el que demuestra el amor de Dios, ya que Jesús ha unido ambos amores[8] y ha formado la prueba de que se ama a Dios en la práctica del amor al prójimo. La Carta lo ratifica al afirmar que «a Dios no lo ha visto nadie: si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios está en nosotros consumado»[9]. La prueba, pues, de que el hombre responde al amor de Dios es cuando ama a su hermano.
            Jesús, como Hijo de Dios, es el que da las claves de las relaciones entre los hombres según la relación que mantiene con ellos. Jesús se presenta como el hermano de todos que crea un espacio nuevo en el que encontrarse y un orden nuevo en el que se puede ingresar y pertenecer a él. La solidaridad de Dios con Jesús es la que cimenta la solidaridad de Jesús con toda la creación y la solidaridad mutua de los hombres entre sí, y de los hombres con la naturaleza creada. La solidaridad divina pasa por Jesús y termina forzosamente en la solidaridad entre los hombres.
           
En efecto. La creación divina encierra la solidaridad humana, tanto en el bien[10], como en el mal[11]. Y esta estructura solidaria del ser humano se desarrolla en el origen y destino común que comprende a todo ser viviente. La convivencia, los procesos biológicos e históricos, las instituciones culturales que identifican al hombre a lo largo del tiempo en sus fracasos y conquistas, etc., indican un suelo común de interdependencia que prueban dicha solidaridad, no obstante la singularidad que toda persona conlleva en su ser. En la actualidad es impensable la concepción del ser humano como una individualidad incomunicable. Es, básicamente, un ser social, que se hace a sí mismo por y en su relación con los demás. Esta estructura antropológica deriva en exigencias éticas enmarcadas en la justicia y la libertad que buscan la dignidad humana para todos. Es cierto que la historia sigue siendo ambigua, y se evidencia en la solidaridad defendida en el plano de los principios, pero negada en la realidad, donde los ricos levantan muros para defender sus posesiones, o se esconden en barrios inaccesibles para el común de los mortales. Sin embargo, este individualismo contrasta con una conciencia cada vez más fuerte del destino común de los humanos para el bien expresada en las organizaciones que descubren las bolsas de pobreza, tratan de remediarlas y mostrar, aunque sea a modo de ejemplo, cuál es el camino a seguir para alcanzar la dignidad humana con una relación equilibrada entre la dimensión pública y privada de la realidad, entre economía y ética, etc., que favorezca una cultura solidaria.
           
En este ser común de bondad y maldad se funda la finalidad última de la salvación: alcanzar la estructura filial de toda la realidad creada desarrollando el bien. Viene a cuento citar la imagen del cuerpo de Pablo: Jesús «es cabeza del cuerpo, de la Iglesia»[12], de una comunidad solidaria en el bien, abierta a Dios y abierta a los demás para alcanzar el destino que Dios le dio desde el principio: una comunidad humana que camina hacia la unidad entendida como fraternidad, hacia la liberación definitiva del mal mediada por la reconciliación, hacia la libertad y coherencia personal que haga posible experimentar todos los valores inscritos en la naturaleza, hacia la presencia de Dios en la historia por un diálogo personal y filial en Jesús.




[1]  Cf. Flp 2,6-7; 2Cor 8,9
[2] Cf. Gál 3,13; 2Cor 5,21
[3] Cf. Col 1,19; 2,19; 3,15.
[4] Cf. Col 1,16; Hech 5,31; 1Tim 2,10.
[5] 1Jn 4,9-10; cf. Rom 5,8; 8,31-32. 
[6] 1Jn 4,16; cf. Jn 3,14; 17,6.23.26
[7] 1Jn 4,11; cf. Mt 18,23.
[8] Mc 12,29-33par; cf. Dt 6,4s; Lev 19,18 
[9] 1Jn 4,12; cf. 1,3; 3,2; Jn 1,18; 3,13; 5,37; 6,46; Éx 33,20.
[10] Gén 2,23-24; cf. Mt 19,5 par; 1 Cor 6,16; Ef 5,31.
[11] Gén 3,6-7; cf. 4,8; Sab 10,3; 1 Jn 3,12.
[12]  Col 1,18; cf. Ef 1,22-23.

lunes, 19 de octubre de 2015

Domingo XXX (B): Tu fe te ha curado

DOMINGO XXX (B)

  
            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,46-52

            En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - Hijo de David, ten compasión de mí. Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - Hijo de David, ten compasión de mí. Jesús se detuvo y dijo: - Llamadlo.
            Llamaron al ciego diciéndole: - Ánimo, levántate que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: - ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: - Maestro, que pueda ver. Jesús le dijo - Anda, tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

1.- Texto. Poco antes de la Pascua, Jesús se dirige hacia Jerusalén acompañado de sus discípulos. A la salida de Jericó, sita en el lado occidental del río Jordán, por donde suelen pasar los peregrinos que van hacia la Ciudad Santa, está un ciego a la orilla del camino pidiendo limosna. Se llama Bartimeo, hijo de Timeo. Bartimeo, como todos los ciegos de entonces, está condenado a la mendicidad. Él ha oído hablar de los portentos que hace Jesús, y al paso del Maestro llama su atención. Jesús para la comitiva, no pasa de largo, como el sacerdote y el levita ante el herido en el camino (Lc 10,31-32). Jesús lo cura. Bartimeo sigue a Jesús empujado por la convicción de que es el medio para superar todas las dificultades. Jesús reconoce su actitud de confianza «ciega» en su capacidad de curación, no tanto en su poder, como sucede en los exorcismos.

2.- Mensaje. Marcos aprovecha el milagro para indicar que Bartimeo rehace con la vista la comunicación y la relación al insertarse en el grupo. Con ello, sigue a Jesús hacia Jerusalén, el lugar de su futuro sufrimiento, donde los discípulos no ven todavía a su maestro-mesías como una persona derrotada, cuando la fe se entronca en la cruz. Mientras que llega la cruz, Jesús construye la vida humana: ayuda a recuperar la salud, a rehacer la relación con Dios perdonando los pecados, a recrear la familia  cuando no se tiene, a mantener las relaciones sociales cuando están en peligro (Zaqueo), a formalizar una comunidad de discípulos para hacer presente el Reino. Jesús evidencia que Dios está presente, al defender la vida en todas sus dimensiones.


3.- Acción. La sociedad actual sigue la función de Jesús. Sabemos que buena parte de los presupuestos de los estados se emplean para la sanidad y la educación, que han asumido la labor tradicional de la Iglesia de enseñar al que no sabe y curar al enfermo. Pero hay dos situaciones, entre otras, que hay que subrayar: no todo el mundo ni todas las enfermedades están contempladas en los servicios públicos. Y aún más importante: sanar a un enfermo no es solo curar la herida, supone también recuperar la vida. Lo vemos en los tratamientos que hay sobre la droga y el alcohol; desintoxicar es relativamente fácil; desactivar las causas por las que se bebe o se droga, es decir, dar un sentido a la vida es otra cosa. Jesús nos lo enseña: Bartimeo recupera la vida al insertarse en la comunidad de Jesús.  

Domingo XXX (B): ¡¡¡Señor, que vea!!!

DOMINGO XXX (B)


            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,46-52

            En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: - Hijo de David, ten compasión de mí. Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: - Hijo de David, ten compasión de mí. Jesús se detuvo y dijo: - Llamadlo.
            Llamaron al ciego diciéndole: - Ánimo, levántate que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: - ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: - Maestro, que pueda ver. Jesús le dijo - Anda, tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


           
1.- La curación del ciego Bartimeo se hace ante toda la gente que le sigue. Dios se revela a todo el mundo, y todo el mundo quiere que sepa su presencia sanante y graciosa en las relaciones humanas. Jesús le devuelve la vista apoyado en su confianza; pero también lo restituye a su pueblo, del que se había separado y aparcado en la vera del camino para pedir limosna. Ahora que ya ve, se une a la comitiva de Jesús, a la «familia de Dios».  Bartimeo, cuando es ciego, pronuncia dos veces «Hijo de David» puesto que, al margen de toda connotación mesiánica de la expresión, se emplea comúnmente en el pueblo para referirse a Salomón y, en tiempos de Jesús, para designar al rey exorcista y sanador. Ahora que ve, unido a la comitiva, va junto a Jesús y comprobará que el  Rey Mesías, no es el jefe de las naciones, sino un servidor que da la vida por todos. La fe es la mejor visión que puede darnos Jesús (cf. Jn 9,37-38).

           
2.- El servicio, que caracteriza la vida de Jesús, es el que hay que saber leer para continuar su acción de devolver la vista a los ciegos. La Iglesia es la comunidad o la «familia de Dios» que sigue a Jesús hasta Jerusalén. Amando, y amando hasta el extremo, ―«dar la vida por los amigos» (Jn 15,1) ― es como hace ver a los hombres dónde está la dignidad humana a la que aspira tanta gente. Y que dicha dignidad no se consigue con poder, con dinero, con exhibicionismos que encandilen a las gentes, sino con la fidelidad a unos valores vividos y compartidos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros» (Flp 4,4-9)

           
3.- El ciego Bartimeo grita al Jesús: « ¡Maestro, que pueda ver!». Ver es recibir el don de la fe para comprender a Jesús como «el camino, la verdad y la vida» de todo cuanto nos acontece (Jn 14,6). Y situar a Jesús en el centro de nuestra vida no es nada fácil, sobre todo porque tenemos tantas cosas que hacer, tantas cosas que ver, tantas cosas que sentir, que se nos hace imposible pararnos, adentrarnos en nuestro corazón y resituar nuestra existencia. Tenemos muchos escaparates que nos entretienen y nos despintan de los objetivos fundamentales de nuestra vida, o nos ciegan para ver a los que nos están pidiendo ayuda, amistad, compañía. Jesús marcha hacia Jerusalén rodeado de discípulos. Les había dicho antes que iba a padecer; que es un mesías débil. Y no son capaces de ver su identidad. Un ciego, impulsado por su enfermedad, es capaz de ver, ante la ceguera de sus acompañantes, que el amor también es cruz.