lunes, 12 de mayo de 2014

V de Pascua: «Yo soy el camino y la verdad y la vida»

              V DE PASCUA (A)



«Yo soy el camino y la verdad y la vida»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,1-12.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: —No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: —Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: —Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: —Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le replica: —Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al. Padre.

1.- El Señor. Jesús es la puerta del corral donde se recoge y guarda el ganado, según meditamos el domingo pasado. Jesús es el camino donde se transita con la bondad y la fidelidad al Señor, como él vivió. Es un camino, pues, donde se anda con la obediencia al amor del Padre. Jesús es el medio que el Señor utiliza para crearnos: «El es la imagen del Dios invisible,  primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas, celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo y todo se mantiene por él» (Col 1,15-17; cf. Jn 1,3.10). De Jesús está impresa toda la realidad y toda nuestra vida: es la voluntad del Señor: «Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él» (1Cor 8,6). Si esto es así, no nos extrañe que el Señor enviara a su Hijo para recrearnos y devolvernos la imagen divina que teníamos cuando salimos de sus manos. Por amor fuimos creados en Cristo; por amor, por gracia hemos sido recreados en Cristo: «Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos ha hecho revivir en Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él» (Ef 2, 4-6).

2.- La comunidad. El encuentro del Señor y cada uno de nosotros se da en la vida e historia de Jesús. Y dicho encuentro hace que la comunidad vaya alentando y ofreciendo a cada uno la posibilidad de que contribuyamos a que la Iglesia reforme el mundo al aportarle la vida del Resucitado. El cristianismo no es un acontecimiento personal; la resurrección no nos afecta exclusivamente de una forma individual, sino que es la transformación que el Señor hace de la creación entera por medio de su Hijo, el camino por el que andamos el Señor y nosotros en la historia, en el cosmos, en el universo. La comunidad, la familia, la Iglesia, es decir, cuando vivimos y crecemos en las relaciones fraternas nos harán sentirnos resucitados individualmente. Y al contrario, conforme vivamos el hombre nuevo que es Jesús, iremos reforzando a la familia y a la comunidad cristiana, que son el objeto inmediato de la benevolencia divina.

3.- El creyente. Los creyentes transitamos por la vida con la identidad de Jesús: obedeciendo a la relación de amor que el Señor ha establecido con todos. Los cristianos creemos directamente en Jesús, porque «a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien os lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). Por eso no es extraño que la comunidad de Juan Evangelista afirme de una forma emocionante: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida: pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó» (1Jn 1,1-2). Seguir a Jesús, caminar tras él, pobre y crucificado, como le gustaba decir a San Francisco, es la vocación cristiana. Y es una vocación que no pretende cristianizar sociológicamente a las culturas, sino transformar los principios del poder y la ambición por los de la libertad, la justicia y el servicio. La bondad divina se transforma en nosotros en los valores que dignifican a la persona.


V de Pascua: «Yo soy el camino y la verdad y la vida»

                                                      V DE PASCUA (A)



       «Yo soy el camino y la verdad y la vida»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,1-12.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: —No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: —Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: —Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: —Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le replica: —Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al. Padre.

1.- Contexto. Jesús se despide de sus discípulos. Les habla con vigor de la marcha hacia la gloria del Padre. Con un procedimiento retórico, el escritor pone en boca de Tomás una pregunta que da lugar a la afirmación de Jesús: él es el camino, la verdad y la vida. Exactamente sucede con la pregunta de Felipe. En este caso Jesús revela al Padre, es el Logos encarnado, lo que entraña la unión íntima entre el Padre y él.  Unión en lo que dice y hace. Por eso los discípulos deben ver en Jesús no sólo el camino de acceso a Dios, sino al mismo Dios, porque sus palabras y sus obras son las del Señor. La conclusión es evidente: Jesús es el que definitivamente revela al Padre, por la unión íntima que tiene con él, porque en la vida que ha compartido con ellos se lo ha ofrecido como un Señor que los ama más que ellos se aman a sí mismos. Es la razón por la que Jesús da su vida por todos, cuyo signo es lavarles los pies (cf. Jn 13,3-11).

2.- Mensaje.- La resurrección de Jesús no es un acontecimiento que se cierra a sí mismo, es decir, que tiene sentido por sí mismo. Si la resurrección de Jesús no hubiera estado abierta a la creación y a la humanidad no se hubiera dado, porque el Logos no se hubiera encarnado. La resurrección de Jesús tiene sentido y Dios la ha realizado porque es la primicia de la resurrección global que tiene preparada para todos sus hijos, incluido el cosmos (cf. Rom 8,14-30). Para llegar a dicho estado, Jesús, con su palabra y su obra, ha revelado cuál es el origen, el camino y destino de cada uno de nosotros. Tanto en la eternidad como en la historia, Jesús está tan relacionado con el Padre, que el cristianismo ha pensado y definido que pertenece a su misma naturaleza. De ahí que haya revelado de una forma muy clara y diáfana cuál es la voluntad salvadora del Señor para todos y para todo lo que existe: «Dios, nuestro Salvador quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tm 2,3-4). Es la misión fundamental de Jesús y de cada uno de nosotros: los bautizados.


3.- Acción. Pero ¿cómo ha revelado Jesús a Dios? ¿Cuál ha sido la forma concreta que los discípulos han visto en su vida la voluntad divina? Acabamos de escuchar que Jesús le propone a los Doce que él es el camino, la verdad y la vida. Pero no son tres afirmaciones diferentes e igualmente aplicables a Jesús. La verdad y la vida trazan el camino, explican el camino. Y la verdad y la vida, no significan lo que nuestra cultura griega dice, sino que, como se nos afirma en el Prólogo de Juan, es la revelación que el Señor da de sí mismo en el Éxodo (34,6) y que de una forma plena la revela en Jesús: Dios es rico en amor y fidelidad. Por tanto, Jesús es pleno de bondad y fidelidad. Jesús es el camino de acceso al Señor porque es pura bondad al ser plenamente fiel al Señor y, por consiguiente, a los hombres (cf. Mt 25, 31-46).  Por eso nuestra acción, que expresa la identidad de nuestra vida, sigue el camino que Jesús ha recorrido entre nosotros y se lo ha propuesto a Tomás, y en él, a todos nosotros: es la bondad que nos une a Dios y a los demás, convirtiéndoles en hermanos nuestros.

domingo, 11 de mayo de 2014

             El convento de San Francisco de Murcia.
               Historia y restitución gráfica.



                    Pedro Riquelme Oliva y Alfredo Vera Botí


por  Francisco Henares Díaz
Instituto Teológico de Murcia
Universidad Pontificia Antonianum

Por puro azar me he encontrado releyendo últimamente el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam (mejor traducción sería de la estulticia, según su proyecto), y a la par leía la historia del convento franciscano de Murcia, de P. Riquelme, incluido ahí el engranaje preciosista de los planos y restituciones del Dr. arquitecto A. Vera Botí. Es curioso cómo el azar, hartas veces, te lleva al sitio esperado. La mordaz crítica de frailes, curas, papas, cardenales de Erasmo, me empujaba entonces a encontrar sentido a un convento clásico, notable en la historia local y nacional. No creo yo que P. Riquelme haya querido contestar a los disparos del humanista holandés, pero a fe que siguiendo los pasos –hasta los diminutos- de un convento se halla juicio para desvelar la verdad, que nunca es de un único color.
Por de pronto, en tiempos de crítica (y de ignorancia religiosa como hoy) parece muy pedagógico comenzar la casa por los cimientos. Lo ha hecho Riquelme hurgando aguas arriba, es decir, urgía saber el porqué de un convento, su historia y la de esa Orden franciscana que viene de siglos atrás. A ciertos lectores les puede contrariar que les expliquen mucho, pero eso era antes. Hoy, pasma lo mucho que se ignora de casi todo, o lo superficialmente que se conoce. De ahí que en la primera parte de esa obra se dediquen páginas primeras a fin de quedar enterados de qué es esto de ser franciscano, y cómo se fabrica un franciscano, a saber, cómo se organiza el grupo que crece, qué Reglas tiene y tuvo, desde la no bulada hasta la bulada, o la expansión geográfica y demográfica impresionante de hermanos, ya en vida del propio Francisco de Asís, en los inicios del siglo XIII.
Llegados aquí, me vería en deuda soberana si no dedicara unas páginas al trabajo de Vera Botí en esta obra. Para empezar, cuando lo he visto hablar de sus planos y dibujos, lo que me cautiva es su personalidad franca y el fulgor enamorado ante los conventos antiguos. Serán polvo, mas polvo enamorado, según dijo Francisco de Quevedo, de otros amores heridos. Y al hablar de conventos, también de algunos franciscanos en especial (ya lo demostró con el de Cieza, que era y es humilde y acogedor como un nido de oropéndola). Con el de Murcia, todo se divierte por historia y por importancia de documentos, rastreos, y posibilidades. Si le echas cientos de horas, evidentemente. Su entusiasmo tiene mucho de entomólogo o de arqueólogo. Me seduce ese talante suyo. Te saca un plano realizado por él, un plano ancho y cabizalto del convento de San Francisco,  te va proponiendo aquí dónde y cómo la escalera principal, de doble ascenso, acullá la enfermería, o la fachada del Colegio de la Purísima, allí las celdas en la planta del piso noble.         
Finalmente, quiero poner en alza tres aciertos como resumen. Uno, el valor de una entrañable colaboración entre dos autores. Pocas veces veremos trabajar a una, complementándose ambos con ahínco. Otro, la querencia (en sentido clásico y hasta de tauromaquia), es decir, el deseo de fijarse en un sitio muy suyo, en este caso en la vida franciscana y en una obra que les venía como anillo al dedo. Y el tercero está a la vista: nunca se reunió tanta letra a coro con tal acopio de fotos, planos y dibujos. Este es un libro, por tanto, que tiene muchos santos, como decíamos de chiquillos respecto a los libros. Lo agradecerá el investigador, y gente del pueblo llano. Es un don de la didáctica pluridisciplinar.                                                                                                               
Todo esto se vivió en S. Francisco de Murcia. Era muy grande el convento para que se escaparan detalles tan pequeños. Nada es pequeño en el amor que guarda la memoria. Creo que es esta la virtud más hermosa del libro, porque poner en pie de vida lo que parece ya muerto, destapa la insensatez que es la desmemoria. Libros tales, yo los requiero como acción de gracias.

Ed. Espigas, Murcia 2014, 342 pp. 
y 19 de gráficos s.n., 21 x 27 (PITM MA 58).




sábado, 10 de mayo de 2014

La Pobreza VI: Seguir a Jesús

                                              La pobreza
                                                      VI



Nos cuenta la Leyenda de los Tres Compañeros: «Terminada la oración, el bienaventurado Francisco tomó el libro cerrado y, puesto de rodillas delante del altar, lo abrió, y a la primera vez le salió este consejo del Señor: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Descubierto esto, el bienaventurado Francisco se alegró íntimamente y dio gracias a Dios. Pero, como era muy devoto de la Santísima Trinidad, se quiso confirmar con un triple testimonio, abriendo el libro segunda y tercera vez. La segunda vez le salió esto: Nada llevéis en el camino, etc.  Y en la tercera: Aquel que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, etc.. El bienaventurado Francisco, tras haber dado gracias a Dios en cada una de las veces que había abierto el libro por la confirmación de su propósito y deseo concebido de hacía tiempo, ahora tres veces manifestada y comprobada divinamente, dijo a los mencionados varones, Bernardo y Pedro: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla y la de todos los que quisieran unirse a nuestra compañía. Id, pues, y obrad como habéis escuchado»[1].

San Francisco, fijándose en Jesús, abraza la pobreza como la fuente de todas las demás virtudes cristianas, porque, como hemos descrito antes, enseña y vive en la pobreza de su pueblo y en el desprendimiento que le da su convicción de la presencia inminente del Reino. Francisco, pues, no es un penitente que desprecia las cosas de este mundo para dar exclusivamente rienda suelta a su alma, que es la que puede unirse a Dios. Su respeto y amor  a las criaturas de Dios es bien evidente con la composición del Cántico del Hermano Sol
La pobreza la ama, porque fue el estado en el que vivió Jesús y su Madre. Baste citar un párrafo del Sacrum Commercium, para darnos cuenta de las raíces evangélicas de su querida esposa, la dama Pobreza. Dice Francisco: «Y cuando -cumplidas todas las cosas que habéis dicho- quiso Él volver a su Padre, que lo había enviado, hizo de mí el testamento que legó a sus elegidos, ratificándolo con un decreto irrevocable. He aquí sus términos: "No poseáis oro ni plata ni dinero. No llevéis talega, ni alforja, ni pan, ni bastón, ni calzado, ni tengáis dos túnicas. Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, déjale también la capa; a quien te fuerza a caminar una milla, acompáñalo dos. Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban. No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos. Cualquiera que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo", y lo demás que está escrito en el mismo libro»[2].




[1] Leyenda de los Tres Compañeros 28-29; textos de la Escritura: Mt 19,21; Lc 9,3.23. Por eso nom es estraño que Francisco diga en su Testamento 14-15: « Y después que el Señor me dio frailes, nadie me enseñaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que fuera escrita en pocas palabras y sencillamente y el señor Papa me la confirmó».
[2] Y continúa con el mensaje de los discípulos: «Todo esto lo observaron con la mayor diligencia los apóstoles y todo el grupo de los discípulos, que en ningún momento dejaron de cumplir cuanto habían escuchado a su Señor y Maestro. Ellos -como soldados muy valerosos y jueces del orbe de la tierra- pusieron en práctica el mandato de salvación y lo predicaron por doquier, colaborando con ellos el Señor y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban. Su caridad era ardiente: llenos de sentimientos de piedad, acudían siempre solícitos a remediar las necesidades de todos, estando muy alerta para no incurrir en aquel reproche: "Ésos dicen, pero no hacen". De ahí que uno de ellos pudiera confesar con absoluta seguridad: "No me atrevo a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por mi medio de obra y de palabra, con la fuerza del Espíritu Santo". De igual modo decía otro: "No tengo plata ni oro". Y así todos ellos -tanto en vida como en muerte- me enaltecieron con los mayores elogios», nn.31-32. Cita de los textos evangélicos: Mc 6,8-9; Mt 5,40-41; 6,19.31.34; Lc 10,4; 14,33.

lunes, 5 de mayo de 2014

De la Inmaculada

                 Doña Beatriz de Silva, de Tirso de Molina,
               y la defensa de la Inmaculada Concepción (I)



                                                         

                                                        
                                                      Francisco Florit Durán  
                                                       Facultad de Letras                                      
                                                       Universidad de Murcia


Entre la producción dramática de fray Gabriel Téllez, conocido en el mundo literario con el pseudónimo de Tirso de Molina, contamos con una pieza titulada Doña Beatriz de Silva en la que se relata la vida secular ¾ el autor prometió al final de la obra una segunda parte, donde se escenificaría la vida religiosa de Beatriz, que no nos ha llegado¾ de esta dama portuguesa pionera en la defensa de la Inmaculada y fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción. Nuestro dramaturgo siempre colaboró muy activamente en difundir la devoción a la Inmaculada. Así lo hizo, por ejemplo, durante los tres años que estuvo en la Isla de Santo Domingo, tal y como él mismo lo cuenta en su Historia de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes (1639):

«Se introdujo en aquella ciudad y isla la devoción de la limpieza preservada de la Concepción purísima de nuestra Madre y Reina, cosa tan incógnita en los habitantes de aquel pedazo de mundo descubierto [...] Mandóse a todos los de nuestra Religión, en el capítulo general de este maestro [fray Francisco de Rivera] que se defendiese en la cátedra y los púlpitos esta verdad piadosa y ya más que opinable, siendo una de las principales instrucciones que llevábamos, y, cuando no lo fuera, la devoción por sí misma hiciera lo que los hijos deben por tal Madre»[1].

No todo queda ahí. Durante su permanencia en la isla participa en una justa poética en honor de la Natividad de María y de su Concepción Inmaculada. Los poemas se incluirán luego en su miscelánea Deleitar aprovechando (1635). También conviene destacar su adhesión a la defensa pública de la Inmaculada Concepción cuando firma, junto con los demás miembros de la comunidad mercedaria de Toledo, en el libro de Sor Luisa de la Ascensión. Lo hace el 30 de septiembre de 1618, al poco de regresar de Santo Domingo, y lo vuelve a hacer, ya en Madrid, el 11 de agosto de 1623. Como muy bien señala Luis Vázquez: «Tirso, pues, tuvo especial interés en inscribirse como defensor de la Inmaculada en dos ocasiones mostrando así su fe ferviente en dicha creencia»[2]. No podía ser de otro modo. Recuérdese que, según la propia historia de la Orden de la Merced, «Ningún mercedario fue admitido a los grados académicos de la Orden ni nombrado Predicador ¾y fray Gabriel Téllez lo fue¾, sin antes hacer el juramento de creer, sostener, defender y enseñar que el alma de la Beatísima Virgen María, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, por la gracia proveniente del Espíritu Santo, en previsión de los méritos de Jesucristo Redentor, fue reservada e inmune del pecado original»[3].
            De modo y manera que ese juramento de «creer, sostener, defender y enseñar» lo llevará a cabo Tirso de Molina de dos maneras. Por un lado, tal y como se acaba de ver, a través de su magisterio en tanto que mercedario y, por otro ¾y es lo que ahora me interesa más¾, en virtud de su condición de comediógrafo en la España del Siglo de Oro. En ambas circunstancias la función propagandística y divulgadora de la doctrina inmaculista y el sostenido empeño por promover una devoción entre sus contemporáneos se van a desarrollar a través de cauces distintos, aunque no estaría de más señalar que aquí volvemos a encontrarnos con un nuevo y precioso ejemplo en el que púlpito y teatro cumplen la misma misión catequética.
            Es probable que Triso escribiera Doña Beatriz de Silva durante su estancia en el convento mercedario de Toledo, justamente en la época en la que aparece su firma en el Registro de adhesiones al Misterio de la Concepción Inmaculada de María, es decir en el otoño de 1618. Recuérdese que en la comedia  se cita el Motu proprio, otorgado por Paulo V el 12 de septiembre de 1617, por el cual se prohibía la disputa entre los maculistas y los inmaculistas, y más concretamente el que no se sostuviera la opinión de que María fuera concebida bajo el pecado original. De modo que la redacción de la obra tiene que ser necesariamente posterior al breve de Paulo V.
            Sea como fuere lo que también conviene ahora señalar es que para la redacción de la pieza Tirso tuvo que manejar una serie de fuentes documentales que han sido bien estudiadas por un buen número de críticos, especialmente por Manuel Tudela[4]. Estas fuentes irían desde la de historia general hasta las de las propias biografías de Beatriz encontrables en documentos internos de la Orden de la Concepción.
Pero lo que me interesa ahora es mostrar cómo Tirso se sirve de una serie de mecanismos y recursos teatrales, radicalmente teatrales, para alcanzar su propósito, para hacer llegar al espectador de la España del siglo XVII un mensaje bien definido y del que ya he dado cuenta: el fomento de la doctrina de la Inmaculada Concepción. Lo que hace Tirso, pues, es echar mano de su ingenio y de su capacidad para construir una comedia que va a ser puesta sobre un escenario por unos actores y en la que la dimensión espectacular del arte escénico con su enorme poder para seducir visual y sonoramente al auditorio está al servicio de una idea. Es un ejemplo, por consiguiente, perfecto de cómo un arte, el del teatro, cumple una función contrarreformista del mismo modo que la cumplieron la pintura, la arquitectura o la escultura en la España del Barroco.
Y esta referencia a otras artes no es en modo alguno casual porque cuando en acto III, que es donde se acumula verdaderamente toda esta fuerza escénica, Tirso elabora la siguiente tramoya: «Abrénse las puertas [del armario en donde la reina Isabel, la mujer de Juan II, había encerrado por celos a Beatriz] y sale doña Beatriz, y sobre ellas, en una nube, se aparece una niña con los rayos, corona y hábito que pintan a la imagen de la Concepción», está, como se ve, diciéndole al autor de comedias (el director de la compañía teatral) que vista a la actriz que va a hacer el papel de Virgen María según se representa en los cuadros sobre la Inmaculada de la época. Y aquí viene bien recordar lo que dejó escrito Francisco Pacheco en su tratado El arte de la pintura (1649):
Hase de pintar [...] esta Señora en la flor de la edad, de doce a trece años, hermosísima niña, lindos y graves ojos, nariz y boca perfectísima y rosadas mejillas, los bellísimos cabellos tendidos, de color de oro. [...]. Hase de pintar con túnica blanca y manto azul, que así apareció esta Señora a doña Beatriz de Silva, portuguesa. [...]. Vestida de sol, un sol ovado de ocre y blanco que cerque toda la imagen [...]; coronada de estrellas; doce estrellas compartidas en un círculo claro entre resplandores [...]. Una corona  imperial adorne su cabeza, que no cubra las estrellas[5].
Y esa Virgen niña ¾que se aparece ante el espectador barroco con una imagen que reproduce fielmente la que él estaba acostumbrado a ver en los cuadros, con lo que eso supone de establecimiento de una corriente de cercanía, de simpatía entre la actriz que hace de Inmaculada y el público¾ dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Yo soy la privilegiada
cuya cándida creación,
hecha por Dios ab initio,
para su Madre eligió,
que, habiéndose de vestir
la tela que eligió amor,
quiso preservar sin mancha
en mí limpio este jirón
al poner el pie en el mundo
donde el hombre tropezó.
Dios, amante cortesano,
la mano de su favor
me dio anteviendo el peligro,
sin que de su maldición
se atreviese a mi pureza
el lodo que Adán pisó.
Por eso el vestido escojo
con que he venido a verte hoy
cándido, limpio, sin mota,
sin pelo de imperfección.
[...]
            También es lo azul mi adorno,
            porque si Pablo llamó
            a mi Hijo segundo Adán,
            siendo el primero en rigor,
            hombre de tierra terreno
            y hombre juntamente y Dios,
            celeste el Adán segundo,
            yo, por la misma razón,
            si Eva fue mujer del suelo,
            la celeste mujer soy,
            que estoy del cielo vestida
            y en Padmos mi águila vio.
                        (vv. 2127-2166)

Nótese cómo a través de la perfecta unión de imagen y palabra Tirso, con un claro empeño catequético, no sólo sintetiza ante el espectador la doctrina inmaculista, sino que también le explica con palabras sencillas el porqué de los dos colores del hábito de la Inmaculada.
Pero esto sólo es un ejemplo de lo que vengo sosteniendo. En una próxima contribución me  ocuparé de otros todavía más sustanciosos.




[1] Historia de la Orden de Nuestra Señora de las Mercedes, edición de Manuel Penedo Rey, Madrid, Imprenta Sáez, 1973-1974, 2 tomos. La cita en el tomo II, pp. 357-358.
[2] Luis Vázquez, «Doña Beatriz de Silva, de Tirso de Molina: aspectos literarios e inmaculistas», en su libro Evangelizar liberando (Ensayos de historia y literatura mercedaria), Madrid, Revista Estudios, 1993, págs. 241-264. La cita en la pág. 260.
[3] Orden de la Merced. Espíritu y vida, Roma, Instituto Histórico de la Orden de la Merced, 1986, págs. 279-280.
[4] Cito por la edición de Manuel Tudela, recogida en el tomo Obras completas. Cuarta parte de comedias I. Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1999. Edición crítica del I.E.T dirigida por Ignacio Arellano. Tudela dedica un documentadísimo epígrafe a estudiar las fuentes principales y secundarias en las que se basó Tirso. Remito al curioso lector a ese apartado de la introducción, que puede encontrar entre las págs. 838-841 de la edición ya citada.
[5]  Tomo la cita de la edición de Tudela, págs. 947-948.

El Buen Pastor

                                                IV DE PASCUA (A)

                                               


                                                      «Yo he venido para que tengan vida»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,1-10.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: —Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús, les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: —Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

              
1.- Dios. Los cristianos no somos creyentes que podamos dirigirnos a Dios directamente. No podemos puentear a Jesús, que es «el camino, la verdad, la vida» (Jn 14,6). De Jesús nos viene la verdadera y definitiva imagen del Señor, como Padre y Madre,  pleno de amor misericordioso. Es la bondad que le inclina de una manera natural hacia nuestra vida. Por eso el Señor es como un Pastor que sale a buscar la oveja extraviada, y hasta que no la encuentra recorre todos los lugares del mundo (Lc 15,3-7). Y esto es así, porque toda la creación formamos parte de sus entrañas, de su corazón, y somos objeto de su amor. Dios no es un Ser que sea indiferente a los devaneos y tensiones como traiciones que sufrimos o hacemos a los demás. Dios sufre y padece con nosotros, con lo que nos sucede a nosotros, y nos lleva por caminos seguros cuando nos perdemos ante la multitud de voces que escuchamos cada día por todos los medios. Él es el centro de la vida cristiana, de cada cristiano y de la comunidad. A él le reconocemos como único Señor cuando nos habla. Porque nos conoce personalmente y nos ama uno a uno, tal y como somos; y por eso le seguimos.  El va delante del de todos, hace que conozcamos su voz y le sigamos por las sendas llanas y los pedregales de la vida. No está en el despacho para que vayamos a él. Él está en la familia, en la oficina con nuestros compañeros, en el coche cuando viajamos, en el parque cuando paseamos, en el pobre cuando nos lo cruzamos.

             
 2.- El cristianismo no es una cuestión de obediencia a la ley, por buena que sea, para sentirnos dentro de ella y, por consiguiente, participantes de la salvación divina que transmite. Jesús no es la ley. Es una vida, con un sentido que hace presente el reino de amor misericordioso del Señor. A Jesús hay que seguirlo en su estilo de vida e identificarse con ella. Nos lo enseña San Pablo con mucha claridad: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gá 2,20). Jesús es el buen Pastor que entrega su vida por nosotros para que tengamos vida abundante. Y nosotros debemos orientar dicha entrega de Jesús al servicio de los hermanos. No podemos robarles la vida que él nos da constantemente y esconder su sentido en nuestras actitudes en la relación con los demás. El Señor es el buen Pastor que va en busca de la oveja perdida; Jesús es el buen Pastor que da la vida por sus ovejas para que puedan vivir; cada uno de nosotros somos pastores que testimoniamos que el Señor y Jesús son así.
2.- El hombre.


            3.- La fraternidad. Nosotros podemos acercarnos a Jesús, y por medio de Jesús a Dios, si pasamos por la puerta que él guarda para formar parte de la comunidad eclesial, de la comunidad familiar, de la fraternidad religiosa. Y es en la comunidad donde estamos seguros que el Señor se nos da y nos da el alimento necesario para saber cuál es nuestro sentido de vida y la fuerza para llevarlo a cabo. Las comunidades eclesiales, la familia y la fraternidad religiosa tienen pastores que canalizan la bondad del rebaño y ponen el común todos los valores que posee cada oveja para el bien de todos. Los humanos y los creyentes necesitamos de los pastores para que dirijan nuestras vidas por el camino de bien, un camino que por fuerza debe terminar en una plaza donde entren en comunicación todas las virtudes que lleva cada persona en su corazón y está desarrollando en su vida. Un pastor que no busque la relación y la unión de las ovejas son los que sólo piensan en sí mismos y cómo aprovechan los bienes ajenos para sus intereses. Debemos fijarnos en Jesús: es la puerta que nos sella y marca al entrar en el aprisco para que podamos reconocernos como hermanos y dirigirnos a Dios como Padre.

IV Pascua (A): «Yo he venido para que tengan vida»

                                                              IV DE PASCUA (A)


                                                     «Yo he venido para que tengan vida»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,1-10.

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: —Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús, les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: —Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

1.- Contexto.  Entre setiembre y octubre se celebra la fiesta de los Tabernáculos. Los hebreos recuerdan durante siete días cuando vivían en tiendas de campaña antes de conquistar la tierra prometida. En este tiempo tenían en el Tabernáculo el candelabro de los siete brazos, los panes de la proposición, y en un sitio más recogido el Arca de la Alianza, que contenía las Tablas de la Ley, la vara de Aarón y el maná (cf. Heb 9,4). Durante esta fiesta, Jesús se ofrece como el agua viva, la luz del mundo, el Hijo y Enviado del Padre, y después de enseñar cuál es el itinerario de la fe al ciego de nacimiento, se propone como el buen Pastor. En los capítulos del ciego y de Lázaro (Jn 9.11), Juan presenta las tensiones que hay entre los responsables de la fe hebrea y Jesús. Tal es así, que desvela dos mundos irreconciliables: expulsan al ciego de la Sinagoga, y cuando se queda solo: sin familia, sin conciudadanos, sin Dios, es cuando «ve» a Jesús como Mesías: cree en él. La tensión entre judíos y Jesús se prolonga cuando acuerdan la muerte de Jesús al devolverle la vida a Lázaro, tensión que continúa en el párrafo que acabamos de leer. Jesús es el buen Pastor, como el Señor es para Israel desde que los sacó de Egipto y los condujo a la Tierra prometida. Y será su Pastor cuando los conduzca de nuevo desde el destierro a Sión (cf. Jer 31,10; Is 40,10). También será un buen Pastor un descendiente de la casa de David, como personaje único, como único será el rebaño. Y este pastor se diferenciará claramente de los que no cuidan al rebaño, porque son asalariados, y porque él entra por la puerta del aprisco al conocer y ser conocido por las ovejas.

2.- Sentido. Conocimiento y amor hacia el rebaño es lo que diferencia los buenos de los malos pastores. Es una alusión a los que cuidan la religión de Israel y que Jesús, el nuevo tabernáculo, sustituye definitivamente cuando el Señor lo resucita de entre los muertos. Él es el nuevo templo del Señor (cf. Jn 2,1922), porque ha establecido la auténtica relación de amor fraterna, que es la que revela la religación de amor con el Señor. Pero la vida de Jesús, en la que en el tiempo de Juan ya se contempla con la pasión y muerte, va más allá de la imagen que entraña el Señor como Pastor en la historia de Israel. Jesús, buen Pastor, da la vida, entrega su vida, no duda en llevar su entrega por sus hermanos hasta la muerte. Es la imagen cabal del Pastor opuesta a los asalariados que abandonan el rebaño ante cualquier peligro; y peor: los que usan el rebaño para beneficio propio; lo contrario al amor. Pero Jesús también es la puerta. Él es el que da paso a las ovejas e impide que entren los ladrones. Jesús ha sido puesto por el Señor como el centro y el medio de las relaciones entre los hermanos y de los hermanos con Dios. No se puede evitar la puerta. Quien salta por la tapia es un ladrón y no encontrará a Dios, que sólo se ofrece en la historia y vida de Jesús. La afirmación de la Carta a los Hebreos es muy significativa: «Así pues, teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con  el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne» (Hb 10, 19-20).


3.  Acción. Jesús es el único pastor de su Iglesia, además de su cabeza. Los demás  que ha constituido pastores no lo sustituyen, sino son signos de su presencia. Jesús, aunque esté sentado a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, porque le ha dado su Espíritu. Pero a los que él ha hecho pastores, representantes suyos, deben vivir la experiencia de amor divino, que les lleva a dar la vida por el rebaño, si es necesario. Es la única manera que hay para que el «rebaño tenga vida, y la tenga en abundancia». Por eso no se puede concebir un pastor egoísta en la Iglesia, que viva del amor de sus ovejas, y se aproveche de ellas para su interés personal marcado por su egoísmo. Son los pastores falsos que saltan por la tapia y no entran por la puerta del amor.- Por otra parte, vivimos en un mundo donde se dan toda clase de ideologías, sentidos de vidas, propuestas de felicidad humana fundadas en creencias muy diferentes. Y lo que es peor: es que tales ofertas de felicidad o de fe son expresiones de nuestra mente, de nuestra imaginación, de nuestra inteligencia, de nuestra buena voluntad. Y hay que entrar por la puerta del corral, es decir, por Jesús que es el único Mediador y Centro de las relaciones con Dios y con los hermanos, porque es «el camino, la verdad, la vida» (Jn 14,6). Él nos da la seguridad que andamos en el camino correcto y su revelación del Señor es la que en verdad es y existe: Dios es amor y nos lo ha dado para nuestra salvación (cf. Juan 3,16; 1Jn 4,8.16).