lunes, 22 de diciembre de 2014

La familia de Nazaret

                                                  LA SAGRADA FAMILIA (B)



        
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,22-40.

         Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor [(de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor») y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones»).
         Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.
Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres (para cumplir con él lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel. José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: —Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma.
         Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.]
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

        
1.- Dios. Los padres de Jesús reciben otra alegría en el templo: es el saludo de una mujer consagrada al Señor, por lo que está capacitada para leer su voluntad (cf. Éx 15,20; Jue 4,4; 2Re 22,14). Simeón con la Ley y ahora Ana con la profecía, es decir, en nombre de la identidad de Israel, reconocen la trascendencia de la vida del niño, como le sucederá a Pedro, Santiago y Juan más tarde (cf. Mc 9,3-13par). Ana indica la salvación de Israel (cf. Lc 1,68) que está simbolizada en la liberación de la ciudad santa de Jerusalén (cf. Is 40,2; 52,9; 2Sam 5,9), un tema muy caro a Lucas (cf. Lc 2,38; 9,31; 13,22; 17,11; 18,31; etc.). Y lo hace público a todos los que transitan por el templo.

2.- La Iglesia. Terminada la visita al templo y los encuentros con Simeón y Ana, la primera familia cristiana regresa a Nazaret. «El niño crecía, se fortalecía y se iba llenando de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él» (Lc 2,39-40). Las tres relaciones fundamentales de la vida humana: con Dios, con los demás y consigo mismo se desarrollan manteniéndose en la dura ley del espacio ―Nazaret, Cafarnaún, en definitiva, Galilea― y el tiempo ―el año 749 ó 750 de la fundación de Roma.

3.- El creyente. Jesús será la luz que ilumine el sentido de la vida de la coletividad humana y gloria no sólo de Israel, sino de la humanidad. Una misión que deben continuar sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo de un celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo» (Mt 15,13-16).


La familia de Nazaret

                                                        LA SAGRADA FAMILIA (B)



        
Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,22-40.

         Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor [(de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor») y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones»).
         Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.
Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres (para cumplir con él lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel. José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: —Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma.
         Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.]
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

1.- El relato evangélico lo podemos dividir en cuatro partes: el templo, Simeón, Ana y el crecimiento de Jesús, y todo bajo la mirada de la profecía de Zacarías: «He aquí que yo envíe a mi mensajero, para allanar el camino delante de mí, y enseguida vendrá a su templo del Señor, a quien vosotros buscáis» (Zac 3,1).- La primera familia cristiana viaja al templo para cumplir dos ritos: la circuncisión, que se hace al día siguiente de los siete de días en los que la madre permanece impura por el parto, y donde se le impone el nombre al neófito (Lev 12,3); se le da el nombre que Gabriel comunica antes a María (cf. Lc 1,31). Y Lucas une a la circunsión la presentación de Jesús que se hace a los cuarenta días de nacer. En ella dos testigos alaban al Señor por haber conocido al Salvador.- La pérdida de sangre dejaba a la persona impura, como es el caso de la menstruación y del parto en las mujeres. Acabado el tiempo de la impureza se ofrece un cordero al Señor y un ave. En el caso de no tener dinero para sacrificar el cordero, se proporcionan dos pichones (cf. Lv 12,1-4).  El segundo acontecimiento que relata Lucas es la presentación  de Jesús como primogénito. Es una prescripción que viene de lejos: los primogénitos pertenecen al Señor (cf. Éx 13,2; 13,12-13.15). Y los padres llevan al templo sus primogénitos para pagar el rescate al Señor y apropiarse su hijo. Sin embargo, esto no se relata en la presentación de Jesús. No creo que Lucas ignorase el rescate de los primogénitos por los padres; es más plausible que el olvido fuera intencionado: Jesús es del Padre y sigue pertenenciendo al Padre, como después acentuará en el párrafo de Jesús con los doctores de la ley (cf. Lc 2,46).

2.- Dos ancianos alaban al Señor. Simeón pronuncia unas palabras semejantes a Moisés cuando avista la tierra prometida, pero que no tendrá ocasión de disfrutar: « Morirás en el monte al que vas a subir, e irás a reunirte con los tuyos…» (Dt 32,49-50).- Lo mismo le sucede a Simeón, hombre anciano que va al templo y alaba al Señor por tener la oportunidad de conocer al Mesías, como Moisés la llanura de Jericó. Simeón coge al niño en brazos, como su madre, y se alegra de que al final de su vida tenga la oportunidad de conocer al salvador tantas veces prometido y tanto tiempo esperado. Por consiguiente, puede irse en paz, ha visto a Jesús, el salvador, y se erige en símbolo y representante de todos los han deseado vivir este momento, deseos que no se centran exclusivamente en Israel, sino en todo el mundo. Está en la línea de de Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anunciala paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación» (Is 52,7).

3.- El segundo oráculo de Simeón, que permanece junto a la Madre atenta a su hijo en brazos del anciano israelita, y presumiblemente sacerdote del templo por el hecho de bendecir a sus padres, va dirigido a María. Se hace eco de lo que sucedió en la vida de Jesús, muerto y crucificado, siendo testigo de tales acontecimientos su madre, cuya crítica popular le hace recogerle y devolverle a casa en la primera etapa de su misión en Galilea (cf. Mc 3,20-21). Ella comprobó que Jesús «es un signo de contradicción» en la persecución de los inocentes por Herodes y en su obligada huida a Egipto (cf. Mt 2,1-18; Is 8,14-15). «La espada que traspasa el alma» de María, no puede ser otra cosa que ver morir a su hijo (cf. Jn 19,25-27; Ez 14,17; Zac 12,10) por una causa que nunca defendió (cf. Mc 15,26par),  muerte justificada para salvar al pueblo (cf. Jn 11,48) y y ejecutada en nombre del Dios de Israel (cf. Mc 15,29-32). Además, añade Simeón que «… quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones»; es lo que sucede cuando Jesús expira en la cruz (cf. Lc 23,48) y la comunidad cristiana percibe en su predicación en Palestina y en el Imperio (Hechos passim).


                                                            NAVIDAD                                    


                                                              Evangelio (Medianoche)

         Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,1-14.

         En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
         En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: —No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama.

              
1.- Dios. El Evangelista habla del Emperador, sito en Roma, y de un matrimonio humilde y sencillo, José y María, que vive de su trabajo —carpintero— y  en un pueblo desconocido —Belén— y a una Región irrelevante para el Imperio —Judea—. Pero en el mensaje del ángel a los pastores, es decir, el anuncio del Señor a toda la humanidad, es que María ha dado a luz nada menos que al Salvador, el Mesías, el Señor. Tanto nos quiere Dios, que ha trastocado totalmente los parámetros de las dignidades y posiciones humanas, y se ha ido allá donde nadie lo puede reconocer, porque la inmensa mayoría nacemos así: sólo al calor y con el gozo de nuestros padres. No ha podido acercarse más el Señor a todos nosotros. Y todo es debido a su benevolencia, a su beneplácito. ¡Quién no quiere un Dios así!

         
2.- La Iglesia. Todo cambia. Y la comunidad cristiana, que guarda como un tesoro a Jesús, cuya presencia se da en la Eucaristía en cada segundo del día, debe vivir en el ámbito en el que ha aparecido Jesús: en los pueblos de la tierra, en todos los habitantes del mundo, porque a todos los ama el Señor. Y no puede huir y refugiarse en los castillos de honores y de poder. La noche se vuelve luz para los pastores, porque son capaces de reconocer con la luz de Dios la sencillez y la humildad que dan forma a la existencia, y no se alejan de ella como cuando nos llenamos de dignidades y nos encorvamos por el peso de las medallas que nos damos continuamente.



           
3.- El creyente. Cada uno de nosotros podemos identificarnos con los pastores. Son trabajadores al servicio del amo del rebaño, que llevan una vida de trabajo duro y fiel, porque al rebaño no se le puede dejar sólo, por el peligro de los lobos y de los ladrones. Y en medio de una vida monótona, como el trabajo diario, se presenta alguien distinto a nosotros, que nos transforma. La noche se transforma en día. – Entonces se nos da la capacidad de descubrir en medio de la sencillez, humildad y pobreza, a aquellos que nos transportan y revelan al Señor, el que nos ama y nos da la salvación. Una relación de amor gratuita, venida de fuera, que nos transforma. Es Dios, que no vive solo, sino alabado y querido por los que transmiten su voluntad de felicidad y salvación a todos. Hay que tener un corazón abierto y un oído atento, para escuchar esos mensajes esperanzadores que nos empujan a vivir con la fuerza que nace de la entrega más absoluta, como es la Del Señor a todos nosotros.

El nacimiento en Belén

                                                                     NAVIDAD                                       


                                                             Evangelio (Medianoche)

         Lectura del santo Evangelio según San Lucas 2,1-14.

         En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
         En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: —No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama.

1.- María y José van a Belén para empadronarse. Lucas concreta el espacio y el tiempo del nacimiento de Jesús, hecho muy importante, porque el cristianismo se funda en la historia, que no exclusivamente en un mensaje. Es una revelación divina basada en la historia de Jesús. Por eso los Evangelios tratan de precisar el nacimiento como la muerte de Jesús. Cuando nace Jesús, Octaviano Augusto gobierna, y lo hace del 27 a.C. al 14 d.C., y conduce el Imperio a una situación llamada «Pax Romana Augustana». Bajo el dominio político del Imperio de Roma se unifica paulatinamente todo el Mediterráneo, formando un área cultural comparable a la que en este tiempo se da en Irán, India y China. Las dos tradiciones que recogen Mateo y Lucas sitúan el nacimiento de Jesús en Belén, aunque su vida transcurra en Nazaret (Lc 2,6-7; cf. Mt 2,1). Quizás, buscando un lugar tranquilo y desahogado, María y José se recluyen en el pesebre situado junto a la posada y donde se guarda el ganado. Lucas evidencia el contraste entre el poder y esplendor del Emperador  radicado en la Roma imperial y la humildad y debilidad del Hijo de Dios nacido en un pesebre. María da a luz a su «primogénito», lo que indica que antes no tuvo hijos y, por tanto, era el heredero, como consta en los Evangelios: «Carpintero e hijo del carintero» (Mc 6,3; Mt 13,55).

2.-  El anuncio a los pastores (Lc 2,8-10). Jesús nace fuera de la ciudad. Es de noche y unos pastores guardan su rebaño en el descampado. Los pastores se consideran en este tiempo gente marginal y descuidada en su oficio, pues, por lo general, no son amos de su rebaño. Al nacer Jesús todo se ilumina: el cielo (Lc 2,8-14) y la tierra (Lc 2,15-20). Un ángel se presenta a los pastores envuelto en la luz celeste y les comunica la buena nueva del nacimiento, y, como todo nacimiento, lleva consigo una gran alegría, un anuncio, ―la palabra―, que se ratifica por una señal. Que nazca «hoy» es que la presencia salvadora del Señor comienza con el niño nacido en Belén, como el «hoy» que Jesús pronuncia en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,21), en casa de Zaqueo (cf. 19,1-10), en la cruz al buen ladrón (cf. Lc 23,43).
 El nacimiento es del «Mesías», al que se le une «Señor», un calificativo que sólo se le ha aplicado a Dios en el AT, y para los paganos suponía una dignidad fuera de lo común. Además es «Salvador», función propia de Dios con relación a sus criaturas. ¡Es la gran alegría! El signo es el resumen de la vida de Jesús, toda vez que el Señor le indica en el Bautismo que su dignidad filial y su misión la llevará a cabo en forma de siervo (cf. Mc 1,11-13par): aquí, al nacer, es un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Frente al poder del Imperio, Dios se hace presente en la historia con la debilidad de un niño recostado en la trastienda de un albergue, donde se guardan los animales.

3.- La alegría de la noticia es para aquellos que son capaces de reparar cómo ama el Señor, en quién se contenta y con quién se relaciona. Naturalmente a todos los hombres, porque todos son sus hijos; pero se complace más con aquellos que perciben su amor, como los pastores, en la sencillez y pobreza, en la fidelidad, como un día lo será ese niño en la cruz. Por eso se alegra el Señor en el Bautismo cuando le dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Lc 3,22).

El coro que acompaña al ángel que anuncia el nacimiento invita a todo el mundo que se sume a la alegría celeste que supone la aparición del Mesías, Señor y Salvador en el mundo. Los pastores corren a Belén, descubren por la pobreza a la primera familia cristiana y lo anuncian a todos. Esta ya es la historia humana, porque empieza una vida que va a transformar a los hombres desde Dios. María con la anunciación y la acogida de su hijo le hace meditar, ir madurando su elección divina y su maternidad humana, para, en Pentecostés, ocupar el lugar de Madre, ya no sólo de Jesús, sino de todos los creyentes.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Dios en la historia

                                           Francisco de Asís y su mensaje
                                                                   IX


                                                                            Dios en la historia

            La resolución de Dios, pues, no está en forzar el rumbo de la historia desdiciéndose de la responsabilidad que le dio al hombre, o abandonar el proyecto primero dejando a sus criaturas a merced del mal, o eliminar la libertad reduciendo a la persona a una dimensión inferior tomando las riendas de la historia. Como resume el cristianismo primitivo contemplando la vida de Jesús y experimentando la resurrección, Dios ha actuado de la siguiente manera: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna» (Jn 3,16); o, por lo mismo: «Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único para que vivamos gracias a él [...] Nosotros hemos contemplado y atestiguamos que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo» (1Jn 4,9.14). Se da un paso trascendental de la presencia de Dios en la tienda de campaña sita en medio de su pueblo (cf. Éx 25,22; 33,7-11; Lev 26,12), después en el templo (cf. 1Re 8,10-11) y en la sabiduría en la creación (cf. Eclo 24,8), a la vida humana de su Hijo (cf. Jn 1,14).
           
Con su Hijo en la historia rehace la imagen divina de sus criaturas. El símbolo de la humanidad prevista por Dios está en la imagen y semejanza divina de Adán (cf. Gén 1,26-27), que éste deforma, como hemos comprobado (cf. Rom 5,12-19). Ahora Dios propone a su Hijo como imagen suya (cf. 2Cor 4,4), imagen de la sustancia divina (cf. Heb 1,3), que lleva su gloria (cf. 2Cor 4,6), «lleno de bondad y verdad» (Jn 1,14), y sustituye al templo, pues el templo no manifiesta la gloria divina como el Hijo, ya que el espacio que segregan los creyentes de sus dominios para ofrecerlos a Dios parten de sus intereses (cf. Ez 44,4). Esto supone que la vida de Jesús de Nazaret es la vida verdadera del hombre, el hombre «nuevo» que Dios propone a toda la humanidad, porque en él se proyecta desde el principio de los tiempos (cf. Col 1,15.17-18) y por él entra en el camino de la salvación (cf. Rom 8,24); por eso Jesucristo es su fin, el punto omega de la historia de la humanidad (cf. Ap 1,8).
           
La decisión de Dios para reconducir la historia humana la lleva a efecto vaciando a su Hijo de su gloria y dándole una carne de pecado (cf. Rom 8,3; 1,4): «... el cual, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana, se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Dios ni plantea ni exige que la criatura renuncie a su naturaleza, a su esencia humana. Dios es el que se hace «carne», poniendo su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14), solidarizándose con la vida en su textura frágil, débil y abocada a la muerte. La humanización de Dios no significa cubrirse de carne como si fuera un revestimiento exterior, o instalarse en la interioridad del hombre desconociendo su contexto social, su andadura histórica y su ser corporal. Dios se hace hombre y toma la historia humana como algo propio para poder transformarla, y verifica la verdadera humanidad por el recorrido histórico que hace la vida de Jesús de Nazaret. De ahí que quede inservible la permanente pretensión humana de «ser como Dios» (cf. Gén 3,4); a lo que debe aspirar la criatura es a ser persona. Es lo que el Logos de Dios cumplimenta.


                                               La propuesta cristiana

           
La vida de Jesús como encarnación del Logos tiene como fin reconducir la vida estructurándola filialmente. Así lo leen los cristianos, y proponen el paso de estar sometido al príncipe de este mundo, a las estructuras de pecado que esclavizan al hombre, al reino de la luz y de la vida (cf. Jn 12,31; 14,30; etc.). Para pertenecer al reino de la luz, hay que saber cuál es, y a partir de este conocimiento, descubrir, renunciar, denunciar y vencer la estructuras del mal (cf. Jn 3,3.5; 7,7; 12,31; etc.). Jesús lo hace en los exorcismos: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10,18; cf. supra 3.3.1.c.).
           
A las estructuras del mal se las derrota, no se las convierte; se las sustituye con otras que respondan a los valores que fundamentan la dignidad humana. Quien se convierte es el hombre individualmente, no la institución. Y esa victoria sobre el mal institucionalizado la adelanta Dios al resucitar a Jesús, con lo que se inicia el mundo «nuevo» proyectado desde su principio. Porque Jesús es la primicia (cf. 1Cor 15,20-22) de una promesa que corresponde a toda la creación (cf. Rom 8,19) y, naturalmente, a toda la humanidad (cf. Rom 1,16-17; 3,29-30; 1Cor 15,45-49)). La potencia divina para reconducir la historia está ya actuando, no es una cuestión exclusivamente de futuro, aunque su plenitud se sitúa en este horizonte (cf. Rom 8,24). La perspectiva divina divisa a todos los hombres iguales, porque Dios es Creador de ellos. Y esa mirada de Dios permanece en el tiempo a pesar de la rebeldía humana. Porque Él es, a la vez y para confianza de todos, «el que da vida a los muertos y llama a existir lo que no existe» (Rom 4,17). Esta potencia de salvación es gratuita, y, como hemos visto, la ofrece por el Hijo, el único mediador (cf. 1Tim 2,5) y para nada es condicionada por los intereses humanos, a fin de que resplandezca con nitidez la identidad y función de las criaturas en la creación y la posibilidad misma de realizarse como persona.




Paradigmas: Cristo y las religiones. c y d.

                                         CRISTO Y LAS RELIGIONES
                                                         V
                                                                                

                                                                     Álvaro Garre Garre
                                                         Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                             Pontificia Universidad Antonianum
                       
                        
                        Paradigmas: Cristo y las religiones
                                                          


En cambio, otros teólogos –entre los que se cuenta Hans Küng- no ven a Cristo contra o dentro de, sino por encima de las religiones en cuanto norma por la que se juzga su validez y encuentran su plenitud.
Por tanto, las otras tradiciones son vistas aquí como vías independientes de salvación (Cristo no es causa constitutiva de la gracia ni la finalidad primordial de la Iglesia es traer el reino de Dios, sino revelarlo y promoverlo), dotadas de validez propia, aunque incompleta. Aunque Cristo es la plenitud de la revelación, no agota la totalidad de la revelación; de ahí la necesidad del diálogo con otras religiones, con el fin de no dar lecciones no aprendidas.
Por eso, son especialmente críticos con Rahner, ya que llamar “cristianos anónimos” a los creyentes de otras religiones, amén de una ofensa para ellos, implica negar su valor propio, aparte de conculcar la dimensión visible del cristianismo.
Para la mayoría de estos teólogos la razón última para defender la finalidad y singularidad de Cristo es que éste es un dato imprescindible de la fe cristiana, el cual debe ser proclamado a todos, al menos como una “postura amistosa”. Dicho con otras palabras: sin Cristo no hay cristianismo.
Con todo, a juicio de Knitter, este planteamiento, que se ha generalizado en la actualidad entre los teólogos católicos, da la impresión de afirmar más de lo que puede probar. Llegados a este punto nos encontramos en una encrucijada: las citadas teologías católicas de las religiones –simplificando la cuestión-, o bien son inútiles, o bien son inmorales. De hecho, el autor establece cierta analogía entre los dos modelos anteriores de diálogo y el modelo de desarrollo neocolonialista impuesto por los países ricos a los pobres.

d.- Cristo con las religiones

La crítica del etnocentrismo o eurocentrismo de estas teologías por parte de un pequeño, pero creciente número de teólogos veteranos en el diálogo interreligioso –entre los que se halla el autor- les ha llevado a proponer un modelo que ubique a Cristo con las otras religiones y guías religiosos.
Desde este punto de vista, no sólo habría que aceptar un pluralismo de hecho, sino de derecho, partiendo de la hipótesis –sugerida por el mito de la Torre de Babel- de que posiblemente esa sea la voluntad divina.
Seguidamente, menciona cuatro planteamientos teológicos sobre este modelo.
El primero, representado entre otros por el propio autor, sugiere que dentro del pluralismo unitario que constituyen las religiones, cada una aporta una singularidad, no excluyente ni incluyente, sino complementaria; de ahí la necesidad de mestizaje y aprendizaje mutuo.
Los teólogos implicados en el diálogo con el judaísmo señalan que a Jesús se le comprende mejor como Mesías anticipador del reino que como Mesías definitivo, más como paradigmático que como normativo.
Panikkar sostiene que el Logos supera al Jesús histórico, luego el Cristo puede mostrarse también en otras tradiciones o guías religiosos históricos.
Por último, esta nueva perspectiva se contempla como la consecuencia “natural” de la evolución dentro de la teología católica de las religiones, que va del eclesiocentrismo (Cristo/Iglesia contra) al cristocentrismo (Cristo dentro o por encima de) y al teocentrismo (Dios, centro de la historia salutis).

Los defensores de este nuevo paradigma sostienen que con ese modelo se salva también la tradición cristiana, pues dicen que resulta compatible el compromiso con Jesucristo (del que afirman que es la Palabra de Dios, cuyo mensaje debe ser proclamado, aunque no es vinculante) con la apertura al posible mensaje que Dios pueda transmitir a través de otras tradiciones religiosas.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Santos y Beatos hasta el 30 de diciembre

    
26 de diciembre


Esteban, Protomártir


«[Esteban] lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios». Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y todos a una se abalanzaron sobre él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos depusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió». (Hech 7,55-59).

                                               Común de Mártires

            Oración. Concédenos, Señor, la gracia de imitar a tu mártir San Esteban y de amar a nuestros enemigos, ya que celebramos la muerte de quien supo orar por sus perseguidores. Por nuestro Señor Jesucristo.

27 de diciembre
Juan, Evangelista

            San Juan es el discípulo a quien amaba Jesús (Jn 13,23); es el que se reclina sobre Jesús durante la última cena (Jn 13,23-25); y es el que Jesús entrega a su Madre María (Jn 19,26-27).


                                               Común de Apóstoles

            Oración. Dios y Señor nuestro, que nos has revelado por medio del apóstol San Juan el misterio de tu Palabra hecha carne, concédenos, te rogamos, llegar a comprender y amar de corazón lo que tu apóstol nos dio a conocer. Por nuestro Señor Jesucristo.

28 de diciembre


Los Santos Inocentes

            «Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos» (Mt 2,16).

                                               Común de Mártires

            Oración. Los mártires Inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte; concédenos, por su intercesión, testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo.

28.1 de diciembre
Catalina Volpicelli (1839-1894)

            Santa Catalina Volpicelli nace en Nápoles (Campania. Italia) el 21 de enero de 1839. Estudia en el Colegio Real de San Marcelino. El beato Ludovico de Casoria, el 19 septiembre de 1854, la admite en la Orden Franciscana Seglar y le indica como única finalidad de su vida el culto al Sagrado Corazón de Jesús. El 28 mayo de 1859, Catalina forma parte de las Adoradoras perpetuas de Jesús Sacramentado. Más tarde se entrega al apostolado de la oración, que en el futuro será el centro de su vida espiritual. Catalina funda el nuevo Instituto de las «Esclavas del Sagrado Corazón» el 1 julio de 1874, aprobado por el papa León XIII el 13 junio de 1890. Se extiende rápidamente. El 14 mayo de 1884, el Arzobispo de Nápoles, Guillermo Sanfelice, consagra el Santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús que Catalina edifica junto a la Casa Madre. Muere en Nápoles el 28 diciembre de 1894. El papa Juan Pablo II la beatifica el 28 de junio de 1999 y Benedicto XVI la canoniza el 26 de abril de 2009.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor y Dios nuestro, te pedimos que Santa Catalina, virgen, tu fiel esposa, encienda en nuestro corazón la llama de la caridad divina que ella suscitó en otras vírgenes, para gloria perpetua de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.


30 de diciembre
Bentivoglio de Bonis (1188-1232)

            El beato Bentivoglio de Bonis nace en 1188 en San Severino Marcas (Macerata. Italia). San Francisco lo recibe en la Orden. Ordenado sacerdote, es un modelo de oración y penitencia, testificando con su vida la predicación evangélica. Maseo, párroco de San Severino, ingresa en la Orden Franciscana por su ejemplo. Lo mismo hacen sus dos hermanos. Habita un tiempo en Trave Bonati, o Ponte della Trave para cuidar a un leproso. Trasladado a Monte San Vinicio, cerca de Potenza Picena, distante unos veinte kilómetros, lleva a la espalda al leproso consigo. Es modelo de humildad, obediencia y caridad. Muere en la fraternidad de San Severino el 25 de diciembre de 1232. El papa Pío IX aprueba su culto el 30 de septiembre de 1852.

                                   Común de Santos Varones

            Oración. Dios nuestro, solo tú eres santo y nadie puede ser bueno fuera de ti, por la intercesión del beato Bentivoglio, danos la gracia de vivir de tal manera que nunca nos veamos privados de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.