lunes, 11 de mayo de 2015

Los Hechos de los Apóstoles

                                   Hechos de los Apóstoles y orígenes cristianos


                                                                            SENÉN VIDAL


MIGUEL ÁLVAREZ BARREDO
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum     

           
Si uno lee la primera parte del título casi automáticamente piensa en un comentario clásico a dicho libro, pero la segunda parte matiza ya el enfoque del autor. Se pretende ofrecer unos rasgos históricos, apoyados en conceptos teológicos, que encuentran su eco en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
            En un primer momento el autor traza unas líneas, que orientan el conjunto de su obra. En el primer número delimita un ciclo de relatos sobre los helenistas, que corona con un apunte sobre la misión paulina. Con uno trato más bien sumario se contempla el nervio misionero que recorre el libro de los Hechos.
            En un segundo momento proporciona una serie de relatos, que, intercalados en los planes anteriores, ayudan a comprender la dinámica de la misión cristiana de los helenistas y otros agentes de la expansión del cristianismo. Completa esta primera óptica con  notas sobre los discursos y relatos de los milagros en esta obra lucana.
            Ya bien entrada la exposición temática,  S. Vidal se detiene sobre la estructura literaria de los Hechos, así como los principios literarios que lo configuran los relatos, a saber, su carácter historiográfico, recopilativo, ordenados, con aire de continuidad, con tientes escenográficos, etc.
           
Muy útiles para el lector resultan las consideraciones sobre el origen y la intención de los Hechos (págs. 69-76). En estas páginas se aprecia rápidamente los propósitos de este escrito del NT: el crecimiento de la gran iglesia, su carácter apologético eclesial y social del movimiento cristiano. En el modo de disponer Lucas las informaciones pretende eliminar prejuicios contra esta tendencia misionera, ya sea en el ámbito social del imperio romano, como en las tensiones internas en la difusión de la fe.
            Sugestivas y sumarias son las páginas dedicadas a los inicios del movimiento cristiano en Jerusalén, Palestina y Galilea (págs. 79-87).
            En la p. 87 el autor sumariamente trata el origen de los primeros grupos en Palestina, concretamente en Galilea, patentes en tradiciones  del ev. de Mc, que suponen la extensión del movimiento cristiano en este ámbito, lo mismo que sucede con el documento Q. Aquí encaja también el material de esta fuente. Interesante es también su hipótesis sobre los grupos joánicos en Judea, que, por otra parte, concuerda con ciertos enfoques  de la investigación sobre el ev. de Jn.
En la p. 95 el autor sostiene que el origen del cristianismo helenístico surgió en Damasco, ya que existía una comunidad fuera del núcleo de Palestina, y la persecución de la misma y de la colonia judía avala esta tesis. Según el autor Pablo no es el estratega de la misión al mundo gentil, sino que es anterior a su actividad. Este cuestión no la tocarán la cartas paulinas, pero si son útiles algunas informaciones de los Hechos y del ev. de Mc.
           
A partir del número 6 hasta el 9 la tónica dominante es la actividad misionera, donde el autor sopesa las estrategias ya sea hacia los gentiles como a Israel. En el número 9 facilita una semblanza de san Pablo según se desprende de los Hechos: personaje social respetable, figura religiosa venerable y garante el movimiento cristiano frente a las tergiversaciones heréticas y eclesiales de su tiempo.
            En la Conclusión, número 10, sintetiza sus puntos de vista.
            Es una obra que sopesa continuamente los aspectos sociológicos y religiosos del movimiento cristiano. No se trata de un comentario propiamente dicho, sino que destaca la novedad de dicho movimiento, sus características, la ruptura que supuso en el ámbito del mediterráneo, e impregnado de religiones populares.
            Pero tal enfoque no desdeña para nada la vertiente literaria de los Hechos, cotejada con gran precisión, aunque a veces un tanto sumaria.
           
De una manera ágil, pero sostenida por la bibliografía que maneja (ver. 173-175), el autor traza unas líneas para entender la irrupción del cristianismo en el mundo del primer siglo. El lector inmediatamente contempla los núcleos estructuradores a nivel religioso de la misión cristiana, sus dificultades, sus estrategias, y el aire fresco que aportó a la cultura y la sociedad, constantes que se convierten en referencias para la comunidad cristiana en el sucederse de los siglos.
            Una obra, pues, que contempla los orígenes del cristianismo, pero superando el iter reflejado en los Hechos, aunque a veces se hubieran sido útiles más datos, que, por otra parte, el autor ya ofrecido en publicaciones anteriores en esta dirección.
           
                                                                                        
                                             Sal Terrae, Santander 2015, 175 pp, 25 x 14 cms.            







La Ascensión

                                                                           La Ascensión (B)

                                              

            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 16,15-20.

            En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
            El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
            Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

                                              
1.- El Señor. Jesús se presenta con la autoridad propia del Hijo de Dios, que ha cumplido la misión que el Padre le ha encomendado, y manda a los discípulos a proseguir la salvación que él ha iniciado en Galilea. La manifestación triunfante de la subida a la gloria del Padre y su autoridad, la ha alcanzado Jesús por medio de una vida sencilla y humilde que no duda en entregarla por amor para salvar a sus hermanos. Jesús ha sido fiel y obediente al Señor: ha rescatado del mal a todas las criaturas nacidas del corazón amoroso del Padre. Nos lo recuerda San Pablo en un himno muy querido por San Francisco: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (Flp 2,7-9).

2.- La comunidad. Jesús manda a los discípulos, es decir, a todos nosotros constituidos en comunidad, a continuar la labor salvadora que él ha realizado en su misión en Palestina. Y la raíz del mandato universal proviene de su experiencia del Padre, que es un Señor de todos los pueblos, que no sólo de Israel. Esto nos obliga a salir de sí: de nuestros parientes, amigos, vecinos, a no tener acepción de personas según la raza, la lengua y la nación. La Iglesia y nosotros, que la formamos, debemos centrarnos en las esperanzas que anidan todas las culturas, para darles motivos para vivir y vivir amando, y que el poder, junto a los intereses que lo avala, no sometan a los pueblos y los esclavicen. Nosotros, como comunidad eclesial, tenemos el sagrado deber de cumplir el mandato de Jesús de anunciar el Evangelio con una dimensión crítica, denunciando todos los infiernos en los que se abrasan los pueblos, y, a la vez, con una dimensión formativa, para que vivan la esperanza de una salvación progresiva en nuestra historia y una salvación plena al final de nuestros días.

3.- El creyente. Jesús asciende a la gloria del Padre. Pero debemos ser conscientes que no vivimos solos; que no estamos solos en esta vida; que no caminamos a la intemperie sujetos a los vaivenes de los que pretenden manipularnos, gobernarnos y someternos a sus caprichos, poderes e intenciones. Podemos estar tristes y abatidos; podemos experimentar la alegría de vivir y el gozo interno de estar en paz; en uno y otro caso, siempre estamos acompañados. Nunca vivimos solos. El sufrimiento para que nos duela menos; la alegría para que sea más intensa y duradera. Jesús está en nuestro corazón; él ha poseído nuestra alma, por eso «somos templos del Espíritu Santo» y con nuestra vida damos culto a Dios. No; no estamos solos; Jesús nos acompaña siempre, porque nos quiere más que nosotros a nosotros mismos. Lo único que pide es que dejemos un hueco en nuestra vida. Que nuestro egoísmo no la ocupe toda. Algún resquicio debemos dejar abierto para que pueda entrar y modificar nuestras actitudes básicas y principios racionales: todos orientarlos hacia el bien.


La Ascensión de Jesús

                                                                       La Ascensión (B)



            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 16,15-20.

            En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
            El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
            Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.


           
1.- Texto.  Jesús entra en la gloria del Padre y termina la misión de amor y amor salvador y misericordioso que le ha mandado el Padre (cf. Jn 1,14; 3,16). El Logos se encarna, el Hijo es enviado para que se recupere la dignidad de los hombres y el sentido de la creación que tuvo, como promesa y objetivo, al principio del tiempo.  Ahora le toca a los discípulos continuar con el «Alegre Mensaje», con la «Nueva Noticia». Y Jesús les manda a toda la creación (Mc 13, 10; 14,9). Israel ya no tiene la prioridad de la evangelización y la salvación. Ésta está ahora vinculada a los que crean en el mensaje de Jesús y a los que se bautices y ofrecida a todos los hombres. Las señales que acompañan la predicación de los discípulos es lo que sigue a su testimonio de vida y a su palabra: el mal retrocede, o se enquista ante el bien, la esclavitud cede ante la libertad y dignidad humana, la mentira es superada por la verdad. Y esto es el comienzo de un camino que seguimos andando hoy.

2.- Mensaje.   Jesús, antes de adentrarse en la gloria divina, manda a los discípulos que vayan a todas las culturas para proclamar la salvación universal, porque el Señor, que ha vivido y proclamado, es de todos. No es sólo de los judíos, o cristianos, o de los musulmanes, o de cualquier otra religión o credo. Dios es de  todos, y todos merecen conocerlo y salvarse. De ahí que la identidad de Jesús, la Persona divina del Logos encarnada, siempre la hayan comprendido los cristianos como el hombre universal. Pero no es el hombre universal diseñado en los libros o descrito en las ideologías, o definido en las teologías, sino es universal porque ha vivido lo que todos experimentamos como gozo y dolor, como amor y cruz. Y él lo convierte en amor crucificado, capaz de orientar la vida hacia los objetivos de su plenitud y felicidad. Por eso tiene la Iglesia el sagrado deber de hacer discípulos en todos los pueblos; de dar a conocer aquél que es la fuente de la felicidad y el gozo.

           
3.- Acción.  Los discípulos de Jesús debemos ser conscientes de que no estaremos solos en la misión de hacer presente el Reino que predicó e inició con su presencia en Galilea. Jesús nos acompañará todos los días de nuestra vida. Él con su Espíritu y el del Padre harán que veamos en la naturaleza creada el vestigio de su vida, porque «todas las cosas fueron creadas por él y para él» (Col 1,16). Jesús promete que «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Está presente especialmente cuando la comunidad cristiana escucha su Palabra (cf. Lc 24,32) y celebra la Eucaristía: «Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Mc 14,19-20). Y nunca los cristianos podemos olvidar donde vive especialmente Jesús, porque en ello nos va la salvación: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber,.....» (Mt 25,34-40).





jueves, 7 de mayo de 2015

VI. Aparición a María de Magdala

                                                                APARICIONES


                                                                       VI

                                               A María de Magdala



 Los discípulos después de visitar el sepulcro vacío por indicación de María Magdalena, vuelven a Jerusalén. María permanece junto al sepulcro llorando, como la otra María, hermana de Lázaro, llora su muerte (Jn 11,31.33). Las lágrimas responden a la ausencia de Jesús del sepulcro, y al comprobar la ausencia del cadáver se encuentra con dos ángeles vestidos de blanco que custodian la tumba, y «le dicen: Mujer, ¿por qué lloras? Responde: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto» (Jn 20,11-13). Y es que el sepulcro no es el lugar de la muerte en el caso de Jesús; por eso la tristeza que expresan las lágrimas no es la actitud adecuada. Ya lo había advertido Jesús: «Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis mientras el mundo se divierte; estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20).

La primera aparición que cambia la tristeza de los discípulos se reserva a María en el lugar que es el símbolo de la muerte, como es el sepulcro. Por eso María deja de mirarlo, se vuelve y ve, aunque sin conocerlo, a Jesús de pie, signo de que vive. He aquí el relato: «Dicho esto, [María] dio media vuelta y ve a Jesús de pie; pero no reconoció que era Jesús. Le dice Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le dice: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a recogerlo» (Jn 20,14-15). La pregunta de Jesús refuerza la búsqueda de María y el deseo de encontrarlo, como la esposa del Cantar y el hombre de la Sabiduría. Sólo cuando Jesús pronuncia su nombre, «¡María!», como el esposo a la esposa del Cantar (5,2), como Dios a Israel (Is 43,1), María reconoce a Jesús. Ya lo había predicho antes Jesús comparándose con el buen pastor que cuida de las ovejas: «... El que entra por la puerta es el pastor del rebaño. El portero le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca» (Jn 10,2-3).

Y María le responde «¡Maestro!» creyendo recuperar las relaciones que había mantenido en la historia. Entonces Jesús pronuncia estas palabras: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» (20,17) en el sentido de que pertenece a una nueva dimensión que ella todavía ni ha comprendido ni está capacitada para compartir puesto que sólo podrá hacerlo cuando reciba el Espíritu una vez que Jesús esté en la gloria del Padre, o al menos haya cumplido la etapa de incorporarse a la gloria desde donde vino a encarnarse (Jn 1,14). En efecto, María captará su nueva identidad al acoger el Espíritu, una identidad que reviste una forma diversa a la que conoció en sus relaciones con él anteriores a la muerte. Por eso la resurrección lleva consigo un cambio radical en las relaciones de Jesús con sus discípulos, donde hay que tener en cuenta la rotura de la comunicación histórica por la muerte, la exaltación a la gloria del Padre y la búsqueda y encuentro en una nueva presencia que requiere la fe vivida en comunidad y celebrada en la eucaristía.

A continuación Jesús le da la misión a María: «Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios. Llega María anunciando a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto» (Jn 20,17-18). El mensaje de Jesús a María y a los Once es el resumen de la presencia evangelizadora de Jesús. Él ha recreado a los hombres haciéndolos una fraternidad, y los hombres son fraternos en la medida en que son hijos del Padre. Dios se ha revelado en Jesús como Padre de una nueva humanidad que se concibe como hija de Él y hermana de todos. El mensaje de María a los discípulos ha cambiado radicalmente del primero que les dio, el que, sin contenido, avisa que «se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,2). Ahora Jesús vive como «hijo» de Dios Padre y se encuentra como «hermano» entre los «hombres». Es el que ha conseguido para toda la humanidad la relación filial con el Padre y, por ende, revelarnos esta nueva actitud y relación de Dios para con todas las criaturas. La nueva identidad de Jesús y de los hombres es la que deberán los discípulos extender por toda la tierra (Mc 16,15par).

lunes, 4 de mayo de 2015

VI Domigo de Pascua: Amaros unos a otros



VI DOMINGO DE PASCUA (B)

                                                            
            Lectura del santo Evangelio según San Juan 15,9-17

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
            Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
            No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.


1.- Dios.- El Reino revela a un Dios que nos ama como hijos suyos, y nos exige que le amemos. Para esto, Dios nos da la capacidad para amarle con el seguimiento de Jesús y según la forma con la que Jesús ama  (cf. Mt 11,27). La potencia del amor de Dios depositada en nuestra vida conduce a que confiemos plenamente en Él, por lo que vivimos cumpliendo sus mandatos y caminando por las vías que nos señala para serle fiel. Arranca el mandamiento que nos dice Jesús  de una experiencia irrenunciable para Israel: Dios, que es uno, absorbe todas nuestras  capacidades humanas para que le reconozcamos en nuestra vida por medio de la adoración. Dios desea una reciprocidad intensa y excluye las medianías y cálculos en nuestras respuestas a su entrega amorosa. Corazón, alma, mente y fuerzas resumen nuestra entrega total y sin condiciones (cf. Mt 6,24). Además el amor lleva consigo la iniciativa sin interés, el respeto al otro, que cuando es Dios se transforma en alabanza y adoración, y la dimensión cognoscitiva que completa a la afectiva.

2- La comunidad.- El mandamiento del amor mutuo al relacionarlo con el amor del Padre adquiere la dimensión de universalidad propia de Dios que hace salir el sol para todos, justos e injustos, y funda la relación fraterna: el pertenecer a una vocación y destino común filial. El amor al prójimo tenido como hermano, abarca el amor al enemigo (Lc 6,27; Mt 5,43-44), el amor al extranjero (Lc 10,25-37) y el amor al pecador (Lc 7,36-50), todos criaturas de Dios. Por consiguiente, el punto de partida es teológico y no antropológico. La Iglesia, o la familia, o las comunidades religiosas no son grupos de amigos, o conocidos, que se unen para realizar una tarea, o función caritativa, o prolongar el amor en la historia. Esto no lo dice Jesús. Como enseña en la parábola de buen Samaritano, la clave no está en quiénes son nuestros prójimos (que son todos), sino en nuestra actitud de amor  que hace que todos sean mis prójimos porque son mis hermanos. Sólo desde esta relación de amor podemos amar al margen de nuestros sentimientos, buenos o malos, que tengamos hacia los demás.
3.- El creyente.-  El amor de Dios, la ilimitada ternura o la libre cercanía del amor de Dios a todos nosotros, nos provoca una profunda alegría y gozo interior para los que descubrimos y aceptamos este nuevo movimiento divino y nos obliga a vivirlo con todos los hombres comprendidos como hermanos, personas que afectan a mi vida. Entonces el campo de nuestras relaciones humanas se queda sin fronteras al no levantar Dios muro alguno para establecer contacto con los vivientes. Por su paternidad universal fundamenta una dignidad común y un común reconocimiento entre todos. De esta manera se supera la obligación de no querer a los que no forman parte de nuestro pueblo o de nuestra familia, o son aborrecibles por su conducta, además de borrar la imagen de un Dios que impone justicia con imágenes violentas.  En el amor al prójimo debemos añadir la última antítesis de Mateo: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo (Lev 19,18) y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,43-48). Esto es dar la vida por todos, amigos y enemigos, por todos son nuestros hemanos.

VI Domingo de Pascua: Amaros como yo os he amado



VI DOMINGO DE PASCUA (B)

           

            Lectura del santo Evangelio según San Juan 15,9-17

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
            Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
            No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.


1.- Texto. El Evangelio de Juan mantiene la actitud de Jesús sobre el amor, que escriben los Sinópticos (cf. Mc 12,30par). Jesús reza la oración de la Shemá, que recita dos veces al día, oración que recuerda que Dios está por encima de todas las tareas que ocupan el día; y añade que hay que amar al prójimo como a sí mismo. Pero el amor de Jesús a Dios es una relación filial al Padre, no es la de una criatura a su Creador,  y el Padre es Padre de todos los hombres, lo que convierte la relación con sus discípulos y con todos los hombres en una relación fraterna, relación de hermanos.
2.- Mensaje.  La relación filial con el Padre y fraterna con todos la manda Jesús como la mayor prueba que puede exhibir la comunidad cristiana ante todo el mundo. Jesús ha dado eejemplo de ello al lavar los pies a los discípulos (Jn 13),  al vivir sirviendo a todos los que necesitaban amor para continuar esperando en Dios y en la vida humana, al morir amando y perdonando. Y esto es lo que les manda a los discípulos, y de una forma muy explícita. La regla del amor, como del perdón, es como él les ha amado; como él nos ha amado: hasta morir, es decir, hasta entregar lo más preciado que tiene un hombre o una mujer: su vida.
3.- Acción. El programa evangélico que Jesús establece y que se enraíza en Dios supone interiorizar por medio de la plegaria el amor a todos; en este aspecto se contesta al mal con el bien y se desacelera la potencia de la violencia, se abre sin límites el servicio del amor, no reduciéndolo al ámbito sectario de la raza, la amistad y la familia; por último, invita Jesús, si es necesario, a ofrecer la vida por los demás (Jn 15,13). Se pasa de amar al prójimo como a sí mismo al don de sí mismo a todos, en el que se contempla el sacrificio extremo que envuelve el amor: «Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la encontrará» (Mc 8,35par). Es la única manera de adquirir el estatuto de ser hijos de Dios, porque, con esta actitud, se alcanza la dimensión divina que entraña el amor universal: «... y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los desagradecidos y los perversos» (Lc 6,35; cf. Mt 5,45).