lunes, 5 de octubre de 2015

Domingo XXVIII (B): Riqueza, pobreza, trabajo



DOMINGO XXVIII (B)



            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,17-30.

            En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: -Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: -¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. Él replicó: -Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.
            A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!
            Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban: -Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

1.- Advirtamos el comportamiento del Señor. Dios puede cambiar la situación de esta vida con la muerte. Lucas lo describe en la parábola sobre el rico y el pobre Lázaro (Lc 16,19-31). El Evangelista traza un cuadro en el que se dibuja la compensación en el más allá. Se da un cambio drástico del rico que banquetea y se divierte en esta vida por una situación de tormento y desgracia, y del pobre que yace a su puerta, enfermo y llagado, a un espacio de gracia en el seno de Abrahán. En el caso del rico parece que Dios está con él; justamente todo lo contrario aparenta suceder con el pobre, expresión de la indigencia y de la lejanía divina. Pero hay una advertencia previa que hace Jesús a los «amigos del dinero» (Lc 16,14) y Lucas la resalta en las bienaventuranzas y malaventuranzas: Dios es capaz de cambiar las situaciones históricas de los hombres expresadas en la riqueza y la pobreza, en el poder y la debilidad, en el pecado y la gracia. Y Dios actúa, como en el avaricioso, al experimentar el hombre la muerte que, en este caso, iguala a Lázaro y al rico; rompe los planes a los que poseen bienes y esperanza de vida, y vuelve el rostro de salvación a los pobres. Lo curioso de este caso es que no existe fundamento ético alguno. No manifiesta el relato una conducta mala y buena asignada al rico y al pobre sobre la cual se basa la condena y la salvación. Tampoco hay juicio y sentencia. La riqueza, que manifiesta el favor divino, se transforma en condena por una intervención directa de Dios, y Lázaro, sin mérito alguno, es salvado. Se invierten, sin más, las situaciones anteriores. Se puede conjeturar que el rico, en la medida en que desconoce al pobre y no comparte con él los bienes, resulta ser un desconocido para Dios; pero a Lázaro simplemente se le aplica la promesa que Jesús anuncia en las Bienaventuranzas a los pobres (Lc 6,20).

2.-  Jesús cree en la inminencia de la presencia del Señor en nuestra vida. Ante tal expectativa rechaza toda forma de riqueza como un mal para el Reino: sólo Dios basta para vivir, por su cercanía inmediata o su presencia creciente en la historia (cf. Lc 12,31). Así, envía a sus seguidores inmediatos a la predicación. Forma parte de la tradición la idea de que Jesús no tiene donde reclinar la cabeza (cf. Lc 9,58), exige a sus seguidores abandonar la familia y repartir los bienes (cf. Mc 1,16-20par), y anunciar el Reino sin el más mínimo sostén vital. Incluso añade que dicha renuncia será recompensada por Dios (cf. Mc 10,28-30par), por lo que hay que excluir toda preocupación por el sustento diario (cf. Lc 12,22-31). Exige a sus discípulos la renuncia a los bienes; Lucas apostilla que hay que dejarlos todos (cf. Lc 14,33), como dice al rico que desea seguirle (Mc 10,21par). En la parábola del banquete de bodas (cf.Lc 14,15-24), símbolo nupcial del Señor y Jerusalén, que en los nuevos tiempos prefigura al Mesías esposo de la comunidad cristiana, se rechaza a los invitados oficiales (Israel) y se escoge a los pobres, lisiados, ciegos y cojos (Lucas), o malos y buenos (Mateo). Miremos nuestras iglesias y comunidades religiosas: ¿Van por aquí? ¿Son lo que dicen ser: un adelanto en la tierra del Reino futuro del Señor?

           
3.- Jesús mira nuestro corazón y nos advierte a cada uno: la codicia nos conduce a que seamos poseídos por las riquezas, de forma que perdemos nuestra libertad al ponernos a merced del dinero, un dios al que se le entrega la vida. Por eso, la codicia es una idolatría (cf. Col 3,5). Aquí radica el principio del mal de las riquezas. Después se añade otro no menos importante. Si estamos sujeto al dinero, mucho o poco, desconocemos las necesidades de los que nos rodean, y pasamos con facilidad a su explotación si somos responsables de un grupo de trabajadores o familiares. Entonces, lo que es un don de Dios, la posesión de los bienes, se convierte en un signo diabólico, porque esta riqueza se crea y se alimenta con el hambre de los hombres; en definitiva, por la explotación de los pobres. Para evitar esto, Jesús aconseja introducir en el horizonte vital a los marginados: «Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos [...]. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos».


Domingo XXVIII (B): Invitación a seguir a Jesús

DOMINGO XXVIII (B)



          
  Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10,17-30.

            En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: -Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le contestó: -¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. Él replicó: -Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y, luego, sígueme.
            A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!
            Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban: -Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: -Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

1.- Texto. En la tradición de Marcos, un desconocido se acerca a Jesús para preguntarle sobre el comportamiento que debe seguir para alcanzar la vida eterna. No arranca el relato de una llamada al seguimiento ni de un deseo de integrarse en su círculo por parte del personaje en cuestión, que según Mateo es un «joven rico» (Mt 19,20) y según Lucas un hombre «importante» (Lc 18,18). Aquí lo que se pregunta es sobre el camino de acceso al Reino, y en Mateo sobre el bien que debe hacer para alcanzarlo (Mt 19,16). A lo que Jesús responde con la serie de mandamientos de la segunda tabla que versan sobre las obligaciones para con los demás (Éx 20,12-16). Pero Jesús pasa a otro nivel de la relación y lo mira con cariño, que no es un reconocimiento de su buen hacer, sino que la voluntad de Dios explicitada por la actitud amorosa de Jesús se sitúa ahora en una exigencia nueva, ausente en las llamadas anteriores: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después, sígueme» (Mc 10,21par). Desde este momento, el discipulado será el ámbito y el camino de la salvación al que se accede por el desprendimiento absoluto de los bienes, ante lo cual el «desconocido» declina la invitación o mandato de seguirle: «Frunció el ceño y se marchó triste; pues era muy rico» (Mc 10,22par).

2.- MensajeAnte la negativa del «joven» de seguirle, Jesús advierte sobre los peligros que trae consigo la riqueza y el poder que ella genera, sobre la que no debe nunca fundarse el sentido de la vida. Recordemos, a la vez, la petición de los hijos de Zebedeo para ocupar los puestos más importantes en el futuro Reino y el eco que suscita en los discípulos (cf. Mc 10,35-45). Hay que cambiar la riqueza y el poder por el servicio para orientar la vida según el Reino: «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir...» (Mc 10,45), servicio que es el sacramento del amor (cf. Mt 19,19). Porque «nadie puede estar al servicio de dos amos, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No podéis estar al servicio de Dios y del Dinero» (Lc 16,13; Mt 6,24).

3.- Acción.  La inmensa mayoría de los cristianos no pertenecemos a las clases adineradas e influyentes de la sociedad. Llevamos una vida normal para sacar adelante, con nuestro trabajo o pensión, la familia y los gastos que genera nuestro mantenimiento. Observemos a Jesús. Era un artesano (Mc 6,3), que no un pobre que vive de la limosna, y algunos discípulos pertenecen al mismo ámbito social. A ello se añade que la imagen que da en su ministerio está muy alejada de la austeridad de Juan Bautista, e incluso se opone a ella (cf. Mc 1,6-7). Alrededor de Jesús hay mujeres que le ayudan con sus bienes en pleno ministerio (cf. Lc 8,3; 10,38-39); recibe ayuda para celebrar la última cena (cf. Mc 14,14-15par); come en la casa de Pedro (cf. Mc 1,29-30) o en su casa de Cafarnaún (cf. Mt 4,13); cuida de que sus discípulos o la gente se alimenten (cf. Mc 6,31par), y él mismo visita a personas acomodadas. No es, pues, un asceta que fustiga los males de la sociedad viviendo con extrema penitencia y alejado del pueblo. En sus enseñanzas supone la pacífica posesión de bienes. Hay que cumplir el cuarto mandamiento cuando los padres lo necesitan (cf. Mc 7,9-10par), ayudar a los pobres (cf. Mt 6,2; 25,40), dar buena parte de lo que se posee (cf. Lc 10,8-9), prestar dinero sin la esperanza de recuperarlo (cf. Lc 6,30.34), porque de las cosas propias se puede disponer según la propia voluntad (cf. Mt 20,15). Con todo, debemos llevar cuidado de convertir nuestras pequeñas cosas en dioses en los que nos apoyemos y excluyamos a los demás y a Dios.





domingo, 4 de octubre de 2015

San Francisco. La misericordia.IV

                                                 MISERICORDIA      
                    «CARTA A UN MINISTRO» DE SAN FRANCISCO

                                                               IV


 3º- Las comunidades cristianas comparan los sufrimientos y la muerte de Jesús con la del siervo de los «Cánticos» del libro de Isaías, en el sentido de que dichos sufrimientos tienen valor expiatorio[1], y los judíos que viven en la diáspora y alejados de Palestina meditan sobre los mártires inocentes de la rebelión de los Macabeos (cf. 2Mac 5,1-17). Los sufrimientos y la muerte de los mártires y de Jesús no se originan por sus pecados, sino que sustituyen y expían los de los hombres, logrando su perdón por su sangre derramada en la pasión y en la cruz. La cruz, por consiguiente, no es sólo una iniquidad y un absurdo histórico, sino que sirve y es útil, porque por medio de ella los hombres se salvan. Entonces se aplican a Jesús los textos del siervo.

a.- Dice el cuarto cántico: «Él, en cambio, fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes [...] El Señor cargó sobre él nuestros crímenes» (Is 53,4.6.12)[2]. Mas este dolor no es en vano; sirve como mediación para la salvación: «Sobre él descargó el castigo que nos sana y con sus cicatrices nos hemos curado [...] mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus crímenes» (Is 53,5.11). Se manifiesta aquí un tormento distinto de los sufridos por el profeta. Así sucede con Jesús, y lo manifiestan los textos que transmiten la Última Cena: «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras»[3]; dolor y muerte que son fuente de salvación para todos[4].
            El dolor nace, pues, de la maldad de los demás. Jesús, como el siervo, es inocente. No sufre un castigo por sus pecados. Y el mal recibido no es contestado por Jesús, como tampoco por el siervo, sino que lo vive en la dimensión de la expiación[5].  Expiación que debe ser infinita, porque el pecado ha ofendido a Dios, ser infinito. Es necesario alguien que participe de la infinitud divina para que el Señor conceda el perdón. Jesucristo, hombre y Dios, es el que puede redimir la ofensa humana: «Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo […Y] al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él»[6].  San Francisco participa de esta comprensión de la redención: «Del cual Padre la voluntad fue tal que su Hijo, bendito y glorioso, que nos dio y nació por nosotros, se ofreció a sí mismo por su propia sangre, como sacrificio y hostia en el ara de la cruz; no por sí, por quien fueron hechas todas las cosas (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas (cf. 1Pe 2,21)»[7].
             
           
b.- Con todo, explicar sólo la salvación por los sufrimientos de Cristo no hace justicia a otros textos neotestamentarios que proporcionan una visión de la salvación diferente. La redención por expiación margina toda la vida de Jesús centrándose en la cruz, además de ofrecer un rostro divino justiciero, al estilo de los señores feudales del Medioevo. Duns Escoto expone  otro plan que el Señor tiene para salvarnos cuando trata los motivos de la Encarnación. Y este proyecto de salvación es más importante que el pecado humano, que, por fuerte que sea, no puede doblegar y someter a la voluntad divina.
            Escoto sigue al NT cuando afirma que Jesucristo es la obra máxima de Dios ad extra. Él es el primero pensado y querido al inicio de la creación antes del pecado de Adán.  Cristo es la causa y fin del universo[8]. Escoto se pregunta por qué el Logos se hizo carne. El tema surgió en la Preescolástica cuando los teólogos se plantearon la cuestión de si la Encarnación se hubiese dado en el caso de no pecar Adán[9]. Escoto parte de la predestinación de Jesucristo y su posición de preeminencia en el Universo, siguiendo a Pablo: «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó»[10]. La Encarnación, pues, no debe estar ligada sólo al pecado del hombre. La Encarnación se hubiese dado en cualquier caso, porque suponía desvelar la auténtica finalidad de la creación: Dar a Dios la gloria que le corresponde por su Hijo[11]. La salvación es, sobre todo, una donación personal de Dios en Jesucristo, que ciertamente supera al pecado, pero no se reduce a esta sola dimensión. La salvación entonces se enriquece en cuanto que la entrega eterna del Padre al Hijo, y que lo constituye como tal, hace que Jesús le responda desde la historia por su radical creaturalidad, representando a toda la creación[12].
La respuesta del Hijo al amor del Padre la realiza con su obediencia, que incluye el ejercicio de la libertad, la búsqueda de la justicia y el sacrificio y la muerte en cruz[13]. El sacrificio y la muerte de Jesucristo se fundan en una relación amorosa y se enmarcan en el diálogo permanente lleno de vida que mantienen desde toda la eternidad y desde la presencia en la historia. La salvación, pues, vista desde la Encarnación, es respuesta de amor a un amor ofrecido previamente con libertad y gratuidad del Padre al Hijo. En consecuencia, la Encarnación, y la salvación que conlleva, no surge de algo exterior a Dios, el pecado, sino del mismo ser de Dios que es Amor misericordioso, Verdad y Libertad: La Encarnación «se atribuye exclusivamente a la sola misericordia y bondad divinas»[14]. La Creación la podemos comprender por entero crística, por tanto, filial para Dios, como es Jesucristo, porque las cosas salieron de Él en Cristo y retornan a Dios por Cristo[15]. El universo creado es como una pirámide, cuya base es toda la creación y va ascendiendo conforme las realidades son más perfectas hasta llegar a la cúspide que es Cristo, el hombre-Dios, en el que se unen naturaleza creada, humanidad y divinidad filial con la divinidad paterna[16].
En definitiva, el último motivo de la Encarnación y salvación está en el mismo Dios percibido como Amor: «Formaliter dilectio et formaliter caritas» (cf. 1Jn 4,16). Y su finalidad para la criatura, para todo ser viviente, es la glorificación de Aquél que ha hecho posible que exista.




[1] Como antes adelanta Pablo: «Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre, para mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado en el tiempo de la paciencia de Dios; actuó así para mostrar su justicia en este tiempo, a fin de manifestar que era justo y que justifica al que tiene fe en Jesús» (Rom 3,25-26); cf. AA.VV., Gesù servo di Dio e degli uomini. Roma 1998;  M.A. Lavilla, La imagen del siervo en el pensamiento de san Francisco de Asís, según sus escritos. Valencia 1997; G. Miccoli, Francisco de Asís. Realidad y memoria de una experiencia cristiana. Oñate (Guipúzcoa) 1994; B. Janowski―P. Stuhlmacher (eds.), The suffering Servant: Isaiah 53 in Jewish and Christian Source. Grand Rapids 2004; J. Goldingay―D. Payne, A Critical and Exegetical Commentary on Isaiah 40-55. II. New York 2006.
[2] El Cántico tiene tres partes: la primera y tercera el Señor habla de «mi siervo» (cf. Is 52,13-15; 53,11b-12), en la segunda, escrita por los discípulos del profeta, informan sobre la humillación, sufrimiento y muerte del profeta (cf. Is 53,1-11ª).
[3] 1Cor 15,3; cf. 11,23-26.
[4]  «Durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con clamores y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, y por esa cautela fue escuchado. Aun siendo hijo, aprendió sufriendo lo que es obedecer; ya consumado llegó a ser para cuantos le obedecen causa de salvación eterna» (Heb 5,7-9). Las citas directas de los Evangelios son:  Mt 8,17; 12,17-21; Lc 22,37; Jn 12,38; estas citas como las referencias en todo el NT, cf. W.H. Bellinger, Jr.―W. R. Farmer (eds.), Jesus and the Suffering Servant: Isaiah and Christian Origins. Harrisburg 1998.
[5] «... si entrega su vida como expiación [...] Mi siervo inocente rehabilitará a todos porque cargó con sus crímenes». Is 53,10-11; «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10,45; cf. Rom 4,25); «Al que no supo de pecado, por nosotros lo trató como a pecador, para que nosotros por su medio, fuéramos inocentes ante Dios» (2Cor 5,21). A estos textos se unen los correspondientes al testamento de Jesús en la Última Cena: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros [...] Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre» (1Cor 11,24-25; cf. Mc 14,24par).
[6] 2Cor 5,17-21. «Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!» (Heb 9,14-15); cf. Is 53,5-12; Rom 3,25-26;5,10; 8,3; Gál 3,13.
[7] 2CtaF 11-13; «Y perdónanos nuestras deudas:  por tu misericordia inefable, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos». ParPN 7; cf. Adm 6,1; CtaO 3.46.
[8] Ordinatio, III d 19 q un. n 6 91; Beato Juan Duns Escoto, Jesucristo y María. Madrid 2008; G. Iammarrone, La cristología francescana. Impulsi per il presente. Padova 1997, 232-279; J.A. Merino, Juan Duns Escoto. Introducción a su pensamiento filosófico-teológico. Madrid 2007, 143-158.
[9] La base estaba en una frase de Agustín: «Si el hombre no hubiese perecido, el hijo del hombre no hubiese venido» (Sermón 174, 2). Hay que tener en cuenta que en el Medievo se comprendía al mundo desde una perspectiva cosmológica, y ésta rígidamente jerarquizada, tal y como se la sirvieron los pensadores griegos y árabes. Esto se resume en el aforismo «Est mundus ordinata collectio creaturarum» (Guillermo de Conches, Glossa in Timaeum. Ed. Parent. Paris 1938, 146). La bondad o maldad potenciaban o debilitaban una perfección cósmica dada por Dios en los orígenes del mundo. De ahí que la Encarnación, y la Salvación que aportaba, dependía del pecado, pues éste había trastocado el orden establecido por Dios. Buenaventura y Tomás de Aquino defienden esta interpretación paulina (Rom 5,12; 1Cor 5,21-22) y tradicional en la teología (Breviloquio, 4 1; Suma de Teología, III q 1 a 3): La Encarnación viene a reparar la justicia original perdida por Adán, pues la creación es buena y lo único que hace Jesucristo es devolverle su situación inicial. Buenaventura contempla también la Encarnación como perfección de la naturaleza creada, III Sent., d 1 a 2 q 2.
[10] Rom 8,29-30; cf. Flp 3,21; 1Cor 15,49; 2Cor 5,17; Col 1,18; etc.
[11] Rep. Paris., III d 7 q 4.
[12] Ordinatio, III d 11.
[13] Ibíd., III dd 17-20.
[14] Ox., IV, d 2  q 1 n 11;cf. Ord., III  d 20 q 1.
[15] Cf. Col 1,20; Ef 1,10.
[16] De rerum princ., q.4 a. 4 (ed. Vivès IV 453).

Sobre la Ecología

                                                               EL CUIDADO DE LA CREACIÓN.
                                  UNA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA DE LA TIERRA



          Ilia Delio-K. Warner-P. Wood


por Miguel Ángel Escribano
Instituto Teológico de Murcia OFM
           
Al leer el libro podríamos pensar que nos encontramos ante un texto oportunista, que ha aprovechado el tirón de la encíclica Laudato siì para hablar de la creación y del cuidado de la naturaleza y mostrar su afinidad con el mensaje del Santo Padre. Nada más lejos de la realidad. Es una obra editada en el año 2007,  que sabe mostrar cómo la encíclica del Papa se alimenta del mensaje del Santo de Asís.
            Lo primero que los autores presentan es que  la creación se debe pensar, como dice Scoto, al que sigue Rahner, teniendo en cuenta la Encarnación. San Francisco no entiende el cosmos tal y como nosotros lo vemos. Por ello no podemos nunca hablar de un ecologista y amante de la naturaleza al uso de nuestros ecologistas actuales que, por lo general, se relacionan con ciertas corrientes políticas. San Francisco escucha la Palabra y la hace vida desde el corazón; su conversión es una conversión desde la realidad. Por ello, tiene como punto de partida la Encarnación. En fin, la obra articula una espiritualidad de la creación que incluye estudios medioambientales, teología franciscana y una formación en la fe con relación a la ciencia ecológica.
           
En la primera parte muestra la necesidad de relacionar la creación con la Encarnación. Lo primero que expone el texto es que la tecnología ha traído un impacto tóxico a la creación, lo cual es sinónimo de un mal uso de los recursos. Una de las grandes tareas que debe tener el franciscanismo es ayudar a la sociedad humana a ser sostenible. Debemos ser conscientes que la ciencia de la ecología, tal y como se muestra hoy en día, no ayuda a encuadrar la creación dentro de una acción mayor y, sobre todo, no ayuda a entenderla como lugar de la presencia de Dios en la historia. Para poder relacionarla se necesita poseer capacidad de interiorizar y, sobre todo, una comprensión mucho más profunda que llegue al núcleo de la persona humana; y no podemos olvidar que para ello es necesaria la experiencia de Dios.
            El Franciscanismo entiende la creación como nuestra casa común. San Francisco no confunde la creación con Dios, sabe que es una realidad material, buena y con la que nuestra relación debe entenderse dentro de la presencia en la historia del Logos. Por ello, y desde la devoción a María Madre de Dios, le conduce a entender que la casa de Dios es ante todo la “persona humana”. San Buenaventura recuerda que la persona vive más donde ama, que donde reside. Se trata en definitiva de un hogar, de entender la creación como un lugar de relación. Escoto, escribe que nada es necesario, sino que la creación se debe comprender como don y gracia de Dios, por lo cual es la razón para cuidarla por ser el lugar de la Encarnación, la cual se observa dentro de la acción generosa de Dios, no por la necesidad del pecado del hombre. En definitiva, si Dios esta vivo en nosotros, entonces vivimos para el mundo de la creación bondadosa de Dios. Los autores terminan cada capítulo con unos elementos prácticos que nos ayudan a percibir el amor a la naturaleza desde la espiritualidad y presencia de Dios.
            La segunda parte de la obra trata de la creación como una familia, donde prima el mundo de relaciones y de respeto mutuo. Es necesario entender la biodiversidad para anunciar a Cristo siempre que reconozcamos a las criaturas como “hermanos y hermanas”. De ahí que el cambio climático aparezca como la mayor amenaza para la diversidad de la vida y todo lo que conlleva el desplazamiento de los seres de sus ámbitos de vida, desplazamiento que observamos también en las relaciones humanas con la explotación y la persecución de los hombres.
           
Se necesita, en este sentido, un ecologismo religioso donde se haga presente la ética y la reflexión comunitaria, y se debe cuidar la gestión de los recursos naturales con miras al beneficio humano, pero con una economía que se aplique desde una visión franciscana de la vida. Desde el franciscanismo, debemos apostar por una simplificación en nuestras vidas que lleve a un uso moderado de los recursos naturales, de tal modo que se esté atento a las necesidades de los demás y de la misma creación. El Cántico de las criaturas es un canto de la creación, de la fraternidad, es reconocer a Dios como amor que se da hacia los demás, fuera de Él. Los seres humanos que viven sin relacionarse no viven en armonía con la creación. La cortesía que usaba San Francisco con los seres más débiles de la naturaleza no es otra cosa que el reflejo de su dependencia de la bondad de Dios. Solo se amará a Dios si somos capaces de amar al resto de la creación, y al revés, sólo desde el amor a Dios podemos amar a sus criaturas. La paz que habla el Cántico de las criaturas no es lo primero que se consigue, sino la consecuencia de las relaciones fraternas establecidas desde el amor.Decía Scoto que cuando amamos con justicia y amamos correctamente tratamos las cosas con mayor dignidad, porque nos sentimos amados por Dios. En definitiva, no puede haber sentimiento ecológico si no es desde la presencia de Dios.
            La tercera parte está dedicada a la creación y a la contemplación. La alteración del clima obliga a la sociedad a plantearse la necesidad de un cambio de comportamiento para mantener el soporte de la vida, y lleva a la necesidad de un replanteamiento de la relación de la ciencia y de la fe, donde se den necesariamente colaboraciones para lograr la detención de dicho cambio climático. Se debe trabajar en la superación del miedo y de la codicia que nos lleva al consumo desordenado de los bienes que nos da la creación, retomando la necesidad de la relación con el Creador y su creación. Ayudará a la respuesta de los problemas medioambientales si se da un retorno a una vida contemplativa, retomar el vínculo de la Encarnación como presencia de Dios entre nosotros y la fuerza de una oración que nos lleve a comprender el equilibrio del uso de las cosas. San Francisco es un hombre contemplativo, él descubre que Cristo santifica la creación y la transforma en “sacramento” de Dios. Como indica San Buenaventura, San Francisco es cointuitivo ya que trae la luz a lo profundo de aquello que en la Escritura revela y esconde, a la vez ,el misterio divino, y también Santa Clara nos muestra la creación como casa de Dios llegando a amar a Dios como encarnado. También hay que captar y descubrir, como hace San Francisco con el leproso, la creación que sufre.
           
La cuarta parte versa sobre conversión. Todos dejamos una huella en la naturaleza. Según la conciencia que tengamos, tomaremos decisiones que nos lleven a evitar un impacto negativo en ella. Hay que vencer el pecado y la codicia humana. La tarea ambiental más importante que tenemos por delante es la reducción de los niveles de consumo. Es cuando la conversión personal tiene una dimensión pública. No podemos olvidar que la sostenibilidad de la creación lleva a los seguidores de San Francisco a restaurar un marco conceptual de relación con el mundo. Nos recuerdan los autores que únicamente podemos llegar a comprender nuestra relación y vida en medio de la creación si somos capaces de atisbar lo que significa la verdadera pobreza franciscana, que no es la privación material o la privación de las cosas esenciales para la vida, sino el reconocer nuestra necesidad que nos vuelve receptores agradecidos. Reconocemos la creación como un regalo máximo del que nos ama y se encarnó en medio de nosotros. Entender así la pobreza nos lleva a buscar la justicia fruto de la conversión individual y reorienta la vida hacia una existencia compartida en comunidad.
            En definitiva, un libro muy necesario para leerlo junto a la encíclica del Papa Francisco, y sobre todo para darle un sentido a la ecología desde la Encarnación y el pensamiento franciscano.

                                               Editorial Arántzazu, Oñati 2015.


martes, 29 de septiembre de 2015

Los niños y San Francisco

                                       Haz de mi un instrumento de tu paz



                                                                                                                                                                                   
Elena Conde Guerri
                Facultad de Letras
                     Universidad de Murcia

              
El evangelista Marcos parece ser el protagonista del mes de septiembre que ya concluye, puesto que a él pertenecen todos los pasajes evangélicos leídos los domingos. Todos han  sido ya comentados en profundidad en el apartado propio de este blog. Quisiera  centrarme, no obstante  en un detalle que me parece significativo. Marcos, el escueto, el árido a veces, el  enigmático si se quiere, resalta a los niños como centro de  casi todos ellos, aun bajo la apariencia de ser secundarios en las escenas vividas junto a Cafarnaum. El no es, pues,  el protagonista. Lo son los niños. Liderazgo no impuesto aquí por la creación literaria sino lógico porque en los hechos reales que pasaron es el Señor quien los elige, es el propio Cristo quien los destaca preferentemente por encima de otras secuencias biológicas y, desde luego, profesiones, dignidades y autoridad ya que los discípulos andaban inquietos con esas cosas.               
              quem cum complexus esset, e intensificando su magisterio en torno a él concluye con rotundidad que el receptor del niño es receptor del propio Padre.  ¡Los niños!,  incómodos en las sociedades antiguas en tanto no  alcanzasen la capacidad de un cierto discernimiento, alumni a los que había que alimentar gratuitamente (nunca mejor la  semántica del término latino), ruidosos, tan sólo deseosos de juego, consumidores pero inoperantes, ajenos completamente al mundo productivo de los adultos y a las reglas sofisticadas que  marcaban la convivencia integrada en la vida ciudadana. Pequeños cometas errantes con peligro de desvelar las trampas e hipocresías de los adultos si caían repentinamente en el punto equivocado. Es cierto que también eran adultos en potencia y sus padres y maiores, sobre todo si pertenecían a las clases aristocráticas, conscientes de ello, preveían a su educación en el momento oportuno, que rondaba los siete años, para que paulatinamente pudiesen desempeñar con orgullo las responsabilidades de la ciudadanía, garante de la estabilidad de los Estados.  Así lo testifican muchos autores griegos y romanos, siendo recurrentes Cicerón en su Cato Maior y Plutarco en la biografía de este mismo personaje.
Ningún instrumento es  más desestabilizador de la paz interior, de la serenidad, que las cavilaciones sobre el poder y la jerarquía. Jesús "se sienta", gesto de autoridad, y coge a un niño y lo pone en medio de todos y lo estrecha entre sus brazos, explicitamente
                Pero el  Señor no ve nada de esto. Pasa de las coordenadas temporales marcadas por la gestión perecedera de los hombres. El penetra la esencia genuina del niño, la traspasa en profundidad, la disecciona en el germen primigenio del Adán paradisíaco que fue creado sin culpa. Los niños son inocentes, es decir "no dañan " a nadie conscientemente. Los parvulitos no se avergüenzan de su cuerpo ni de sus acciones, no murmuran ni traman contra otros, saben ser generosos si se les enseña, no acaparan con la ansiedad de las urracas, su mirada es luminosa porque no se ha contaminado con la opacidad tributaria del mundo de los adultos. Por eso Jesús los abraza, los mima, no quiere que les separen de Él. ¿En qué otros pasajes de los Evangelios se dice textualmente que el Señor abrace?  Ahora, no recuerdo ningún otro. Sabemos que Jesús lloró: por Jerusalén, la ciudad santa, ante su profética destrucción (Lc. 19, 41) y ante el sepulcro de su amigo Lázaro, ya muerto, esta vez con lágrimas de hombre herido por su pérdida (Jn.11, 35). Pero la acción de abrazar es otra demostración de afecto bien distinto. Sólo lo puro, lo inocente, quizá, merece este enorme privilegio de que el propio Dios te abrace.
              
       
Este próximo domingo día 4 de octubre, se conmemora a San Francisco de Asís. Me atrevería a afirmar sin duda ninguna que él, como ningún otro pasajero de la historia, quiso y supo hacerse como un niño. A la vez que se despojó de sus ricas indumentarias, como convenía al rango de su posición y familia, se desgajó también de ella para quedar exento y libre de todo, para mostrar y mostrarse ante la irrisión de sus conciudadanos que la desnudez corporal no es deshonrosa, pues el cuerpo es anatomía de Dios, y que a la vez es simbólica e indicativa. También los niños corretean desnudos por la playa con la libertad que concede la pureza de sus miradas. Eso pensaría el Santo cuando, algo después, hizo  tandem de desnudos con Fray Rufino , "simple e idiota", y perfecto obediente aquí, en una predicación en Asís como indicando que el anuncio de la palabra de Dios no precisa de ningún otro adimento. (Fioretti 30).
              
San Francisco se hizo pequeño, mínimo, se hizo estéril de todo lo material para dárselo a los otros, se "desurbanizó" y trabajó por el Señor  hasta en territorios lejanos y hostiles, de otros credos, pero siempre inerme y como mensajero de la paz, abrazó al leproso y nunca, nunca, postergó en su itinerario a la Madre de Dios, su mejor cómplice. El joven caballero de Asís se reeducó a sí mismo para convertirse en niño, para demostrar con el tiempo que "el niño es la medida de todas las cosas", diríamos. Obviamente, y fuera de toda poesía, en este "abrazo al leproso" está la dureza de la negación personal, y la sublimación de las propias pulsiones naturales, lícitas y comprensibles, que nos empujan a alejarnos de lo desagradable, lo incómodo y lo feo. Proceso que sin la ayuda de Dios no se puede. Yo me atrevería a decir que Francisco es la superación de la propia vulnerabilidad, al igual que el niño pequeño llora en público sin saber por qué y no se avergüenza. Sin duda, por eso Cristo le abrazó y le imprimió sus cinco llagas. En un mundo llagado como el nuestro su ejemplo y el de aquéllos que se hacen como niños son la esperanza de que "de éstos es el Reino de Dios".