miércoles, 11 de diciembre de 2013

Teología. Escoto y la Inmaculada

  1.                          La Inmaculada y Escoto
  2.  
  3. Escoto es llamado el Doctor Mariano, sobre todo por su defensa de la Inmaculada Concepción. En los escritos de los Padres aparece cada vez con más intensidad la santidad de María y según Agustín “La piedad exige que la confesemos exenta de pecado” (De la naturaleza y de la gracia, 1 36). No obstante y desde Rom 5,12, el Doctor de Hipona somete a María al pecado de origen para que la salvación de Jesús, la gracia de regeneración, sea necesaria para todo el mundo: “Y no atribuimos al diablo poder alguno sobre María en virtud de su nacimiento, pero sólo porque la gracia del renacimiento vino a deshacer la condición de su nacimiento” (Réplica a Juliano [ob. in.] 4 122).
  4.  
  5. En tiempos de Escoto, la teología se encontraba con el problema de la necesidad universal de la gracia y la convicción de que el pecado original se transmitía por medio del acto generador humano. Sin embargo, Eadmero, discípulo de san Anselmo, pone las bases para solventar en principio estas dificultades que tenía la teología, aunque la piedad popular seguía su curso convencida de que María fue concebida sin pecado. Eadmero defiende que Dios podía librar a un ser en su concepción del pecado original. “Lisa y llanamente podía y quería; si, por tanto, quiso, lo hizo”: “... potuit plane et voluit; si igitur voluit, fecit” (Tractatus de concepcione sanctae Mariae PL 159 305).

Meditar: III Domingo de Adviento

ITM
           Para meditar
                      
Domingo III de Adviento (A)

Juan envía a sus discípulos a Jesús con este recado: «¿Eres tú el que había de venir, o tenemos que esperar a otro? [... Jesús] les respondió: Id a informar a Juan lo que habéis visto y oído: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia. Y dichoso el que no tropieza por mi causa».

1.- Juan defiende la llegada del Mesías para que conceda el bienestar a su pueblo, le libere sus enemigos y mantenga la convivencia pacífica entre los hijos de Israel. Se distingue de los demás profetas, porque no postula una reforma de la sociedad, sino el cambio de época anunciado por los profetas apocalípticos. Todo será nuevo desde el Señor. Por eso es necesario convertirse: hay que estar preparados cuando venga para destruir el mal.
Sin embargo, Jesús cree en la bondad que aún hay en la gente. No hay que arrasar la creación, porque proviene del corazón amoroso de Dios. Y enraizados en la bondad divina, Jesús y nosotros, sus seguidores, debemos anunciar la liberación de todo mal a los que lo sufren.  Es lo que debemos anunciar con nuestras obras: Dios comienza a actuar en la vida de la gente porque los cristianos hemos recibido y percibido en nuestra existencia la novedad que supone el amor divino y su repercusión en la defensa de la vida. «... para dar la buena noticia a los que sufren; a los pobres».

2.- Debemos poner atención en nuestras relaciones humanas, qué buscamos, a qué aspiramos, pues podemos equivocarnos de mesías. Nuestra historia está llena de encuentros salvadores, que después han resultado fallidos. Incluso con la buena voluntad de ayudar a los necesitados, de compartir nuestros bienes con los demás, etc., hemos buscado el agradecimiento, la recompensa, el sometimiento del pobre, porque nos necesita. Y estos mesianismos son falsos. No crean vida; la someten. Jesús nos tiene que dar la claridad en el corazón para saber amar con gratuidad, como él nos ama y da la vida por nosotros.

martes, 10 de diciembre de 2013

Evangelio. III Adviento (A)


                                               EVANGELIO

                                   Domino III de Adviento (A)
                                              
1.- Juan envía a sus discípulos a Jesús con este recado: «¿Eres tú el que había de venir, o tenemos que esperar a otro? [... Jesús] les respondió: Id a informar a Juan lo que habéis visto y oído: ciegos recobran la vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la buena noticia. Y dichoso el que no tropieza por mi causa»(Lc 7,18-23; Mt 11,3-6).
Al interrogante, por la lógica duda de Juan, responde Jesús con las señales que han dado los profetas sobre los tiempos finales cuando el Señor se decidirá definitivamente a salvar a su pueblo y a emprender el éxodo final con situaciones bien patentes de liberación: la vida para los muertos; el oído, la vista y el alimento para los sordos, los ciegos y los pobres; la autonomía y el habla para los paralíticos y los mudos; y sobre todo la buena nueva a los pobres. Pero Jesús silencia los castigos que acompañan a este tiempo y el futuro de venganza y desquite, que son parte importante del mensaje de Juan: «Dios viene vengador» (Is 35,4); «día de la venganza del Señor» (61,2; 29,20)



2.- El mensaje esperanzador de Jesús y el éxito que encuentra en los inicios de su proclamación caminan hacia su verdadera meta nacida de su experiencia de Dios: «... para dar la buena noticia a los que sufren» (Is 61,1), porque el Espíritu santo del Señor se ha derramado sobre él (Is 11,2; cf. Lc 4,18-19). Este convencimiento de Jesús sobre su elección divina y el lugar prominente que ocupa en la economía salvadora diseñada por Dios para Israel hace que invite a Juan a admitirle como el enviado divino anunciado y cambie de postura de probable perplejidad y sorpresa. Por eso: «Y dichoso el que no tropieza por mi causa» (Lc 7,23; Mt 11,6).
Sin embargo, no hay respuesta alguna de Juan, y menos en un sentido positivo, es decir, que crea que Jesús es el que él ha anunciado como el «más fuerte» y el que «bautizará con Espíritu santo». Que se mantengan los discípulos de Juan en la era cristiana, es un indicio de la no aceptación por parte de Juan de las pruebas de Jesús. Otra vez más un profeta no ve cumplidos sus designios a lo largo de su existencia, aunque, en este caso, haya tenido la posibilidad de admitir a Jesús como el enviado del Señor por el testimonio de los dos testigos escogidos entre sus discípulos y la prueba de los milagros en favor de los pobres (Lc 7,18; Mt 11,2).

domingo, 1 de diciembre de 2013

Meditación. II Adviento (A)

II Domingo de Adviento

Lectura del Evangelio Mateo 3, 1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».  Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: “Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
            Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?  Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.  Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».

1.-  El “desierto”, dónde Juan “predicaba”, recuerda al éxodo, donde Dios interviene para liberar. Y estamos cerca de ese momento. Mateo pretende presentar a Jesús como el Hijo de Dios y a Juan como el precursor, lo presenta con los rasgos de Elías (1Re 1,8) que volvería antes del Mesías. Citando a Isaías (Is 40,3) -libro de la consolación- se anuncia la llegada del Mesías con la invitación a convertirse y con un rito bautismal. La salvación del pueblo es obra de Dios. Y para encontrarse con el Señor es necesario tener silencio interior, el desierto que nos libera de todas las adherencias que acumulamos en nuestro quehacer diario a lo largo del año. Es necesario despojarnos de lo que es secundario en nuestra vida y presentarnos ante el Señor que viene con un corazón limpio y atención suma.

2.- El mismo anuncio que hace Juan es el que hará Jesús cuándo empiece su misión (Mt 4,17) y el que harán aquellos que Jesús enviará (Mt 10,7). Este anuncio viene a decir que Dios ha empezado a instaurar su reinado en medio del mundo. Y dónde se hace visible este reino es en la persona de Jesús, en sus palabras y en sus obras contundentes (Mt 12, 28). La “conversión” que pide este anuncio no es la consecuencia, ya que hace falta prepararse para acoger el Señor que viene a reinar. De ahí la imagen del camino el profeta apunta la idea de la salvación como nuevo éxodo.
La descripción que Mateo hace de Juan, es situarlo como profeta, en continuidad con los profetas del AT Su forma de vestir, alimentarse... hace referencia a una vida de austeridad... Jesús lo citará más adelante Mt 11, 18: “Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonios tiene”.  Juan Bautista insiste en el juicio final de Dios es inminente (7 y 10). Jesús aparece como el Salvador (Mt 1, 21): su nombre significa el Señor salva; el nombre mismo de Jesús indica su misión: él viene a traer a los hombres la salvación de Dios. La imagen de la siega y la limpieza del grano es frecuente en la Biblia para hablar del juicio del fin de los tiempos (Is 27, 12). También Jesús la usa (Mt 13, 30).

            3.- Las palabras de Juan a los fariseos y saduceos (7-10) recogen una intuición de los profetas de la que Jesús extraerá todas las consecuencias: el hecho de ser israelita no garantiza la salvación, ni el no ser supone ser excluido de esta salvación. Porque la salvación es don de Dios, que “puede hacer salir hijos a Abraham de las piedras”. Lo que cuenta en el Reino son los hechos de cada cual, tal y como Mateo insistirá al final de su obra (Mt 25, 31-46).
            Esta presentación de Juan, el precursor, apunta hacia Jesús: “quien
viene tras mí”. El bautismo de Juan (6 y 11) es un simple gesto externo de la voluntad de conversión. El de Jesús expresa la vinculación personal (no meramente ritual) con Dios con Espíritu Santo y fuego.  No perdamos de vista la idea de conversión que se propone hoy: no se trata solamente de ser mejores israelitas (hoy diríamos “cristianos”), aunque también implica esto, la conversión tiene que ver con un Adviento, con un
disponerse interiormente para participar en la novedad definitiva: ¡la
tremenda cercanía de Dios!  1.- El tiempo de adviento nos llama a la conversión. ¿Qué aspectos e identificado en mí que necesitan conversión? ¿Cómo lo haré?

4.- Reflexión franciscana. Clave de la reflexión: El Papa nos explica en su encíclica Spe Salvi que hemos sido creados con una necesidad de lo infinito, que es Dios mismo, y que por muchas esperanzas que el hombre ponga en la Tierra, al final ninguna otra le satisface. “A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no
necesita de ninguna otra. Puede ser la esperanza del amor a una persona; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que esto, aunque sea bueno, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”.
            Francisco en el momento de su conversión va descubriendo que lo
que antes era importante en su vida ya no lo es como era el ser armado
caballero, sus esperanzas se ven frustradas, pero a la vez le va naciendo en su interior otra esperanza más profunda, por eso ante el Cristo de San
Damián, pide una esperanza cierta, que es la que irá creciendo en su interior como consecuencia precisamente de su encuentro con Cristo, que será el que colme todas sus esperanzas.

Ora con San Francisco

¡Oh alto y glorioso Dios!, ilumina las tinieblas de mi corazón
Y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento

Equipo PJV franciscanos (FAV)
Plaza de San Antonio, 1 - Ávila

Tel. 920 221 614 / franciscanos.iberica@gmail.com

Evangelio. II Adviento (A)

II Domingo de Adviento
                                           
Textos

Lectura del Evangelio Mateo 3, 1-12

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».  Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: “Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
            Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?  Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.  Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
   
            El «Documento Q» ofrece un sermón de Juan que tiene todos los indicios de pertenecer al contenido de su misión: «¡Camada de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar de la condena que se avecina? Dad fruto válido de arrepentimiento y no os pongáis a deciros: Nuestro padre es Abrahán; pues os digo que de esas piedras puede sacar Dios hijos para Abrahán. El hacha está ya aplicada a la cepa del árbol: árbol que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego» (Q/Lc 3,7-9; Mt 3,7-10).
            Juan se presenta como un profeta escatológico que anuncia una intervención definitiva de Dios. Esta acción divina no va encaminada a cambiar las pésimas condiciones en las que vive el pueblo por otras mejores, como sucedió en tiempos del profetismo del siglo VIII a.C. con Amós, Miqueas, Isaías y Oseas. Ellos buscaron una transformación en la vida de sus conciudadanos con una acentuada crítica social(13), con el rechazo a las alianzas políticas de sus jefes(14), y con un severo correctivo al sincretismo religioso y a la degradación de los servidores del culto(15), todo ello favorecido por los poderes políticos, económicos y religiosos de este tiempo.
            Lo que más bien proclama Juan es una intervención de Dios en la línea de la profecía orientada de forma escatológica que surge después del fracaso de los restauradores del posexilio con sus denodados esfuerzos de salvar al pueblo elegido como nación por medio de la edificación del templo, reestructuración de las tradiciones y regeneración de las costumbres. El permanente sometimiento del pueblo a las grandes potencias y las manifiestas injusticias que sufren los judíos de manos de los potentados de turno relega e incluso hace olvidar en parte el deseo de que Israel y Judá retomen su dignidad como nación, según la monarquía idealizada de David.
            En este tiempo la esperanza no se centra en que Dios se acerque a sus elegidos y dé la posibilidad de disfrutar la justicia y la libertad que se experimenta en la época en la que Israel se configura en tribus. Por el contrario, y con ciertas raíces históricas, en el posexilio nace una profecía escatológica que defiende una actuación divina al final de los tiempos para abrir definitivamente la historia a unas nuevas posibilidades de vida que destierren el pecado, la muerte, la injusticia y la esclavitud. En este «final de los días», o en este «detrás de los días» se dará una situación en la que se inaugurarán «un cielo nuevo y una tierra nueva»(16) a partir de un juicio divino(17). Se conseguirá, es verdad, la paz/plenitud (shalom), la justicia/equilibrio (sedaqá) y la amistad (hesed), como se viene prometiendo como contenido de la esperanza desde mucho tiempo en Israel, pero esta vez se llevará a cabo con una intervención personal del Señor, que rehará la existencia humana y la del cosmos con la consiguiente novedad que supone la presencia de la gloria divina en la creación(18).
            Juan actúa, más o menos, dentro de este marco, es decir, bajo la certeza del «día del Señor», que en su voz se transforma en la ira inminente de Dios; de la santidad de Dios que reacciona ante la infidelidad de su pueblo, y con ciertos tonos apocalípticos muy evidentes en el texto citado del «Documento Q». Juan está convencido de que, definitivamente, «llega implacable el día del Señor, su cólera y el estallido de su ira, para dejar la tierra desolada exterminando de ella a los pecadores» (Is 13,9; cf. Sof 1,14-16).
            La clara conciencia de Juan sobre la pronta intervención divina no le conduce a una revisión de las instituciones sociales y religiosas, como sucedió en tiempos pasados, porque, entre otras cosas, él ya ha prescindido del templo, del sacerdocio y de las instituciones políticas; y, por otra parte, tampoco pretende detener y frenar la inminencia de la acción condenatoria del Señor con las consabidas reformas, sino que su pretensión es que la gente que se le acerca tome conciencia de su pecado y pueda descubrir a Dios y encontrarse con Él de una forma amigable y misericordiosa. Por eso advierte que ya está el hacha dispuesta a cortar, y lo infructuoso será desechado, «porque el fin está fijado» (Dn 8,19), «porque lo que está decidido se cumplirá» (11,36)(19).
            Esta advertencia la hace Juan como «hijo de Israel», como un miembro más perteneciente al pueblo elegido que vive con dolor el peligro de la situación. Pues no hay que olvidar que el profeta no se coloca más allá de la esperanza de su pueblo o fuera de las vicisitudes que atraviesan los creyentes, sino que se inserta, a pesar de sus posibles visiones y experiencias personales divinas, típicas de cualquier profeta, en la relación próxima y liberadora del Señor. Por esto pretende convencer a los israelitas que se le acercan de que sean conscientes de la gravedad de la situación. Porque no vale la garantía de tener «por padre a Abrahán» (cf. Q/Lc 3,8; Mt 3,9), ya que lo que se ha perdido es la consecuencia política  y la consiguiente libertad que le da la Alianza como pueblo elegido, aunque sigan creyendo en la patente salvadora que entraña. En definitiva, es una nueva situación inscrita en la dimensión escatológica a inaugurar, donde Dios puede rehacer todo de nuevo, haciendo hijos suyos a personas desconocidas y situadas en la periferia de Israel.
            Las diatribas lanzadas por Juan intentan provocar una conversión que, por una parte, alcance al individuo (20), al pueblo(21) y a toda la humanidad(22); y, por otra, suponga en el creyente un cambio de corazón, de toda la interioridad humana(23) y que se exprese en la conducta. Se hace referencia al término shub, vuelta, retorno al camino de Dios, que jamás se debió abandonar. Alcanza, pues, lo más profundo de la persona y va más allá de toda práctica religiosa, incluso del bautismo que el mismo Juan realiza. Esta enmienda y arrepentimiento sigue el pensar de Ezequiel: «Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis, casa de Israel?» (18,31; cf. 36,26).
            No obstante esto, la transformación del creyente y de la colectividad judía no fuerza el cambio de la decisión divina. La enmienda mira exclusivamente al hombre, pues sea cual fuere el comportamiento humano, Dios está ya al llegar. La decisión divina está tomada, y corresponde al hombre modificar su vida.
               

sábado, 30 de noviembre de 2013

La Inmaculada y Juan Duns Escoto

                                 La Inmaculada y Escoto

Escoto es llamado el Doctor Mariano, sobre todo por su defensa de la Inmaculada Concepción. En los escritos de los Padres aparece cada vez con más intensidad la santidad de María y según Agustín “La piedad exige que la confesemos exenta de pecado” (De la naturaleza y de la gracia, 1 36). No obstante y desde Rom 5,12, el Doctor de Hipona somete a María al pecado de origen para que la salvación de Jesús, la gracia de regeneración, sea necesaria para todo el mundo: “Y no atribuimos al diablo poder alguno sobre María en virtud de su nacimiento, pero sólo porque la gracia del renacimiento vino a deshacer la condición de su nacimiento” (Réplica a Juliano [ob. in.] 4 122).

En tiempos de Escoto, la teología se encontraba con el problema de la necesidad universal de la gracia y la convicción de que el pecado original se transmitía por medio del acto generador humano. Sin embargo, Eadmero, discípulo de san Anselmo, pone las bases para solventar en principio estas dificultades que tenía la teología, aunque la piedad popular seguía su curso convencida de que María fue concebida sin pecado. Eadmero defiende que Dios podía librar a un ser en su concepción del pecado original. “Lisa y llanamente podía y quería; si, por tanto, quiso, lo hizo”: “... potuit plane et voluit; si igitur voluit, fecit” (Tractatus de concepcione sanctae Mariae PL 159 305).

Escoto parte de una comprensión del pecado original diversa a la que se daba en su tiempo. Entiende dicho pecado sólo desde la privación de la justicia original (Ordinatio II d 32 q un. n 7) y niega la relación entre la concupiscencia, que afecta a la carne y de ésta pasa al alma, y dicho pecado de origen, como se concebía en su tiempo (P. Lombardo, II Sent., d 31 c 4). Esta carencia de la gracia primera se contrae en el mismo momento de la concepción, lo que se sigue que no existe voluntariedad en la persona, sino sólo su relación con la voluntad pecadora de Adán dada por la generación natural (Ibíd., n 14). Este pecado se tiene, pues, por las consecuencias del de Adán, que origina un estado de pecado para todos y por el cual Dios quita la justicia debida al hombre, ya que la condición por la que comunica dicha justicia es la obediencia del primer hombre. De hecho, se recobra la justicia por medio de la gracia santificante, que rehace el orden primitivo de la humanidad con la relación filial con el Padre.



Escoto formula tres hipótesis sobre las posibles formas que Dios puede tener para infundir la gracia. La primera es cuando se bautiza después de nacer; o en el desarrollo del feto antes de nacer; o en el mismo instante de la concepción, creando un alma con la gracia santificante. En este último caso, no se contrae el pecado original, porque la persona se crea ya con la gracia. Es el caso de María. Por tanto, la concepción sin pecado es posible desde la mismas condiciones y presupuestos del pecado original, según lo entiende el Doctor Sutil y Mariano.

Desde la afirmación de que todos hemos sido hecho pecado para que todos necesitáramos la gracia de Jesucristo para salvarnos (Rom 5,12), Escoto afirma que la salvación es universal en la medida en que Cristo es un mediador perfecto (Rep. Paris. III d 3 q 1 n 4), al ser perfecto Dios y perfecto hombre (Ordinatio I d 17 p 1 q 1-2 n 111). Por consiguiente, la mediación para la salvación debe cubrir todos los campos posibles para que la redención alcance toda la realidad y supere toda posibilidad de salvación de cualquier otro mediador. Esto se alcanza cuando, no sólo libera del pecado, sino también cuando es capaz de preservar a una persona de él. Es lo que sucedió con su Madre. Jesucristo preservó a María de toda mancha original y ejerció así la mediación universal de la salvación más perfecta posible (Ibíd., III d 3 q 1 n 4), ya que es más fácil reconducir a un pecador a Dios que impedir la posibilidad de que una persona pueda ofender a Dios y separarse de Él; es más fácil evitar el pecado actual que crear la misma imposibilidad de pecar; y se agradecerá más Jesucristo su acción sobre María, porque ha mostrado su mediación en el más alto grado, ratificando su capacidad infinita de salvación (Ibíd., III d 3 q 1).

A esta posibilidad de que María no contrajo el pecado original, se añade la conveniencia de que así sea al no estar en contradicción con la autoridad de la Escritura y de la Iglesia (Ibíd., n 10), según ya había razonado Guillermo de Ware (Quaestiones de Immaculata Conceptione B.M.V. Firenze 1904). Así pues, por Escoto y su Escuela se potencia la defensa de la Inmaculada, a la que se unieron todos los Franciscanos e ilustres seguidores de Santo Tomás como Catarino (_1553), Campanella (_1639), Spada (_1872), etc., además del voto inmaculatista que todas las Universidades Católicas suscribieron comenzando por la Sorbona en 1496. Con Escoto se logró unir la teología y la piedad cristiana.



En fin, todos estos razonamientos de Escoto sobre María vienen a enseñarnos que es la nueva Eva; que en un mundo corrompido por el pecado, es posible ser bueno y llevar una vida inocente y sencilla, como se condujo el hijo de San Francisco,  que imitándola en su corta e intensa vida cristiana y franciscana alcanzó la felicidad y gloria de los santos.




Evangelio. Adviento I (A)

ADVIENTO I (A)

Lectura del evangelio de Mateo 24, 37-44

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del  hombre, pasará como en tiempo de Noé.  Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que  Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los  llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos  hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos  mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.  Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.  Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene  el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.  Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que  menos penséis viene el Hijo del hombre».

            El Adviento mira al pasado: el anuncio de los profetas de la venida del Mesías, que los cristianos celebramos con el nacimiento de Jesús. Y mira también al futuro: la venida del Hijo del hombre para actuar el juicio de salvación. Dicho juicio hace que la vida presente adquiera un sentido exclusivo bien, que es lo que permanecerá de nuestra vida.

1.- Jesús anuncia el juicio divino, y cree que está cercano, como Juan Bautista. Esta inminencia que da a la acción de Dios conduce a que todo hombre se piense y experimente dentro de dicho horizonte, al cual debe remitir y orientar todos sus comportamientos: «A vosotros mis amigos os digo que no temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Os indicaré a quién debéis temer: temed al que después de matar tiene poder para arrojar al fuego. Sí, os repito, temed a ése» (Q/Lc 12,4-5; Mt 10,28).

2.- La proximidad del juicio provoca una tensión que lleva a estar preparado de una forma permanente. El juicio vendrá de improviso, de repente. De dos personas que estén durmiendo en una misma cama, una será elegida y otra rechazada; o de dos que estén moliendo, una será elegida y la otra rechazada (Lc 17,34-35; cf. Mt 24,40-41). De ahí la vigilancia continua ante la cercanía del Señor, que conlleva abrir un espacio en las preocupaciones cotidianas para que éstas no impidan ver la cercana salvación.
Por eso es preferible en esta situación que si alguien debe algo no permita que su acreedor le lleve al juez y éste lo meta en la cárcel, sino que se entienda con él, lo que significa que cambie de vida y haga las paces, es decir, aproveche la oferta presente de salvación que le hace Jesús antes de esperar a un juicio futuro con una condena segura. Así, pues, la cercanía e inicio del Reino en la historia conlleva una actualidad del juicio que se verifica en una condena y, en algunos casos, la victoria del bien.

3.- Se puede invocar el reconocimiento de la actuación y persona de Jesús en el presente a fin entrar en el Reino y juicio futuro: «Si uno se avergüence de mí y de mis palabras, ante esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre de los santos ángeles» (Mc 8,38par); también «Os digo que a quien me confiese ente los hombres, este Hombre lo confesará ante los ángeles de Dios. A quien me niegue ante los hombres lo negarán ante los ángeles de Dios» (Q/Lc 12,8-9; Mt 10,32-33).