- La Inmaculada y Escoto
- Escoto es llamado el Doctor Mariano, sobre todo por su defensa de la Inmaculada Concepción. En los escritos de los Padres aparece cada vez con más intensidad la santidad de María y según Agustín “La piedad exige que la confesemos exenta de pecado” (De la naturaleza y de la gracia, 1 36). No obstante y desde Rom 5,12, el Doctor de Hipona somete a María al pecado de origen para que la salvación de Jesús, la gracia de regeneración, sea necesaria para todo el mundo: “Y no atribuimos al diablo poder alguno sobre María en virtud de su nacimiento, pero sólo porque la gracia del renacimiento vino a deshacer la condición de su nacimiento” (Réplica a Juliano [ob. in.] 4 122).
- En tiempos de Escoto, la teología se encontraba con el problema de la necesidad universal de la gracia y la convicción de que el pecado original se transmitía por medio del acto generador humano. Sin embargo, Eadmero, discípulo de san Anselmo, pone las bases para solventar en principio estas dificultades que tenía la teología, aunque la piedad popular seguía su curso convencida de que María fue concebida sin pecado. Eadmero defiende que Dios podía librar a un ser en su concepción del pecado original. “Lisa y llanamente podía y quería; si, por tanto, quiso, lo hizo”: “... potuit plane et voluit; si igitur voluit, fecit” (Tractatus de concepcione sanctae Mariae PL 159 305).
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Teología. Escoto y la Inmaculada
Meditar: III Domingo de Adviento
Domingo III de Adviento (A)
Juan envía a sus discípulos a Jesús con este recado: «¿Eres
tú el que había de venir, o tenemos que esperar a otro? [... Jesús] les
respondió: Id a informar a Juan lo que habéis visto y oído: ciegos recobran la
vista, cojos caminan, leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan,
pobres reciben la buena noticia. Y dichoso el que no tropieza por mi causa».
1.- Juan defiende la llegada del Mesías para
que conceda el bienestar a su pueblo, le libere sus enemigos y mantenga la
convivencia pacífica entre los hijos de Israel. Se distingue de los demás
profetas, porque no postula una reforma de la sociedad, sino el cambio de época
anunciado por los profetas apocalípticos. Todo será nuevo desde el Señor. Por
eso es necesario convertirse: hay que estar preparados cuando venga para
destruir el mal.
Sin embargo, Jesús cree en la bondad que aún hay en la gente.
No hay que arrasar la creación, porque proviene del corazón amoroso de Dios. Y
enraizados en la bondad divina, Jesús y nosotros, sus seguidores, debemos
anunciar la liberación de todo mal a los que lo sufren. Es lo que debemos anunciar con nuestras obras:
Dios comienza a actuar en la vida de la gente porque los cristianos hemos
recibido y percibido en nuestra existencia la novedad que supone el amor divino
y su repercusión en la defensa de la vida. «... para
dar la buena noticia a los que sufren; a los pobres».
2.- Debemos poner atención en nuestras
relaciones humanas, qué buscamos, a qué aspiramos, pues podemos equivocarnos de
mesías. Nuestra historia está llena de encuentros salvadores, que después han
resultado fallidos. Incluso con la buena voluntad de ayudar a los necesitados,
de compartir nuestros bienes con los demás, etc., hemos buscado el agradecimiento,
la recompensa, el sometimiento del pobre, porque nos necesita. Y estos
mesianismos son falsos. No crean vida; la someten. Jesús nos tiene que dar la
claridad en el corazón para saber amar con gratuidad, como él nos ama y da la
vida por nosotros.
martes, 10 de diciembre de 2013
Evangelio. III Adviento (A)
EVANGELIO
Domino III de
Adviento (A)
1.- Juan envía a sus discípulos a Jesús con
este recado: «¿Eres tú el que había de
venir, o tenemos que esperar a otro? [... Jesús] les respondió: Id a informar a
Juan lo que habéis visto y oído: ciegos recobran la vista, cojos caminan,
leprosos quedan limpios, sordos oyen, muertos resucitan, pobres reciben la
buena noticia. Y dichoso el que no tropieza por mi causa»(Lc 7,18-23; Mt
11,3-6).
Al interrogante, por la lógica duda de Juan, responde Jesús
con las señales que han dado los profetas sobre los tiempos finales
cuando el Señor se decidirá definitivamente a salvar a su pueblo y a emprender
el éxodo final con situaciones bien patentes de liberación: la vida para los
muertos; el oído, la vista y el alimento para los sordos, los ciegos y los
pobres; la autonomía y el habla para los paralíticos y los mudos; y sobre todo
la buena nueva a los pobres. Pero Jesús silencia los castigos que acompañan a
este tiempo y el futuro de venganza y desquite, que son parte importante del
mensaje de Juan: «Dios viene vengador»
(Is 35,4); «día de la venganza del Señor»
(61,2; 29,20)
2.- El mensaje esperanzador de Jesús y
el éxito que encuentra en los inicios de su proclamación caminan hacia su
verdadera meta nacida de su experiencia de Dios: «... para dar la buena noticia a los que sufren» (Is
61,1), porque el Espíritu santo del Señor se ha derramado sobre él (Is
11,2; cf. Lc 4,18-19). Este convencimiento de Jesús sobre su elección divina y el
lugar prominente que ocupa en la economía salvadora diseñada por Dios para
Israel hace que invite a Juan a admitirle como el enviado divino
anunciado y cambie de postura de probable perplejidad y sorpresa. Por eso:
«Y dichoso el que no tropieza por mi causa»
(Lc 7,23; Mt 11,6).
Sin embargo, no hay respuesta alguna de Juan, y menos en un
sentido positivo, es decir, que crea que Jesús es el que él ha anunciado como
el «más fuerte» y el que «bautizará con Espíritu santo». Que se mantengan los
discípulos de Juan en la era cristiana, es un indicio de la no aceptación por
parte de Juan de las pruebas de Jesús. Otra vez más un profeta no ve cumplidos
sus designios a lo largo de su existencia, aunque, en este caso, haya tenido la
posibilidad de admitir a Jesús como el enviado del Señor por el
testimonio de los dos testigos escogidos entre sus discípulos y la prueba de
los milagros en favor de los pobres (Lc 7,18; Mt 11,2).
domingo, 1 de diciembre de 2013
Meditación. II Adviento (A)
II
Domingo de Adviento
Lectura del Evangelio Mateo 3, 1-12
Por aquel tiempo, Juan Bautista se
presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el
reino de los cielos». Éste es el que
anunció el profeta Isaías, diciendo: “Una voz grita en el desierto: Preparad el
camino del Señor, allanad sus senderos”. Juan llevaba un vestido de piel de
camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y
miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle
del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los
bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del
castigo inminente? Dad el fruto que pide
la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”,
pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya
toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será
talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero
el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las
sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su
parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no
se apaga».
1.- El “desierto”, dónde Juan
“predicaba”, recuerda al éxodo, donde Dios interviene para liberar. Y estamos
cerca de ese momento. Mateo pretende presentar a Jesús como el Hijo de Dios y a
Juan como el precursor, lo presenta con los rasgos de Elías (1Re 1,8) que
volvería antes del Mesías. Citando a Isaías (Is 40,3) -libro de la consolación-
se anuncia la llegada del Mesías con la invitación a convertirse y con un rito
bautismal. La salvación del pueblo es obra de Dios. Y para encontrarse con el Señor
es necesario tener silencio interior, el desierto que nos libera de todas las
adherencias que acumulamos en nuestro quehacer diario a lo largo del año. Es
necesario despojarnos de lo que es secundario en nuestra vida y presentarnos
ante el Señor que viene con un corazón limpio y atención suma.
2.- El mismo anuncio que hace Juan es el que hará Jesús cuándo empiece su
misión (Mt 4,17) y el que harán aquellos que Jesús enviará (Mt 10,7). Este
anuncio viene a decir que Dios ha empezado a instaurar su reinado en medio del
mundo. Y dónde se hace visible este reino es en la persona de Jesús, en sus
palabras y en sus obras contundentes (Mt 12, 28). La “conversión” que pide este
anuncio no es la consecuencia, ya que hace falta prepararse para acoger el Señor
que viene a reinar. De ahí la imagen del camino el profeta apunta la idea de la
salvación como nuevo éxodo.
La descripción que Mateo hace de Juan, es situarlo como profeta, en
continuidad con los profetas del AT Su forma de vestir, alimentarse... hace referencia
a una vida de austeridad... Jesús lo citará más adelante Mt 11, 18: “Porque
vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonios tiene”. Juan Bautista insiste en el juicio final de
Dios es inminente (7 y 10). Jesús aparece como el Salvador (Mt 1, 21): su
nombre significa el Señor salva; el nombre mismo de Jesús indica su misión: él
viene a traer a los hombres la salvación de Dios. La imagen de la siega y la
limpieza del grano es frecuente en la Biblia para hablar del juicio del fin de
los tiempos (Is 27, 12). También Jesús la usa (Mt 13, 30).
3.-
Las palabras de Juan a los fariseos y saduceos (7-10) recogen una intuición de
los profetas de la que Jesús extraerá todas las consecuencias: el hecho de ser
israelita no garantiza la salvación, ni el no ser supone ser excluido de esta
salvación. Porque la salvación es don de Dios, que “puede hacer salir hijos a
Abraham de las piedras”. Lo que cuenta en el Reino son los hechos de cada cual,
tal y como Mateo insistirá al final de su obra (Mt 25, 31-46).
Esta
presentación de Juan, el precursor, apunta hacia Jesús: “quien
viene tras mí”. El
bautismo de Juan (6 y 11) es un simple gesto externo de la voluntad de
conversión. El de Jesús expresa la vinculación personal (no meramente ritual)
con Dios con Espíritu Santo y fuego. No
perdamos de vista la idea de conversión que se propone hoy: no se trata
solamente de ser mejores israelitas (hoy diríamos “cristianos”), aunque también
implica esto, la conversión tiene que ver con un Adviento, con un
disponerse interiormente
para participar en la novedad definitiva: ¡la
tremenda cercanía de
Dios! 1.- El tiempo de adviento nos
llama a la conversión. ¿Qué aspectos e identificado en mí que necesitan
conversión? ¿Cómo lo haré?
4.- Reflexión franciscana. Clave de la reflexión: El Papa nos explica en
su encíclica Spe Salvi que hemos sido
creados con una necesidad de lo infinito, que es Dios mismo, y que por muchas
esperanzas que el hombre ponga en la Tierra, al final ninguna otra le
satisface. “A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más
grandes o más pequeñas, diferentes según los períodos de su vida. A veces puede
parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no
necesita de ninguna
otra. Puede ser la esperanza del amor a una persona; la esperanza de cierta
posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su
vida. Sin embargo, cuando estas esperanzas se cumplen, se ve claramente que
esto, aunque sea bueno, en realidad, no lo era todo. Está claro que el hombre
necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede
contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá
alcanzar”.
Francisco
en el momento de su conversión va descubriendo que lo
que antes era importante
en su vida ya no lo es como era el ser armado
caballero, sus
esperanzas se ven frustradas, pero a la vez le va naciendo en su interior otra
esperanza más profunda, por eso ante el Cristo de San
Damián, pide una
esperanza cierta, que es la que irá creciendo en su interior como consecuencia
precisamente de su encuentro con Cristo, que será el que colme todas sus
esperanzas.
Ora con San Francisco
¡Oh alto y glorioso Dios!, ilumina las
tinieblas de mi corazón
Y dame fe recta, esperanza cierta y caridad
perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y veraz
mandamiento
Equipo PJV franciscanos (FAV)
Plaza de San Antonio, 1 - Ávila
Tel. 920 221 614 / franciscanos.iberica@gmail.com
Evangelio. II Adviento (A)
II
Domingo de Adviento
Textos
Lectura
del Evangelio Mateo 3, 1-12
Por aquel tiempo, Juan Bautista se
presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el
reino de los cielos». Éste es el que
anunció el profeta Isaías, diciendo: “Una voz grita en el desierto: Preparad el
camino del Señor, allanad sus senderos”. Juan llevaba un vestido de piel de
camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y
miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle
del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los
bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del
castigo inminente? Dad el fruto que pide
la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”,
pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya
toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será
talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero
el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las
sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su
parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no
se apaga».
El
«Documento Q» ofrece un sermón de Juan que tiene todos los indicios de
pertenecer al contenido de su misión: «¡Camada de víboras! ¿Quién os ha
enseñado a escapar de la condena que se avecina? Dad fruto válido de
arrepentimiento y no os pongáis a deciros: Nuestro
padre es Abrahán; pues os digo que de esas piedras puede sacar Dios hijos
para Abrahán. El hacha está ya aplicada a la cepa del árbol: árbol que no
produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego» (Q/Lc 3,7-9; Mt
3,7-10).
Juan se presenta como
un profeta escatológico que anuncia una intervención definitiva de Dios. Esta
acción divina no va encaminada a cambiar las pésimas condiciones en las que
vive el pueblo por otras mejores, como sucedió en tiempos del profetismo del
siglo VIII a.C. con Amós, Miqueas, Isaías y Oseas. Ellos buscaron una
transformación en la vida de sus conciudadanos con una acentuada crítica
social(13), con el rechazo a las alianzas políticas de sus jefes(14), y con un
severo correctivo al sincretismo religioso y a la degradación de los servidores
del culto(15), todo ello favorecido por los poderes políticos, económicos y
religiosos de este tiempo.
Lo que más bien
proclama Juan es una intervención de Dios en la línea de la profecía orientada
de forma escatológica que surge después del fracaso de los restauradores del
posexilio con sus denodados esfuerzos de salvar al pueblo elegido como nación
por medio de la edificación del templo, reestructuración de las tradiciones y
regeneración de las costumbres. El permanente sometimiento del pueblo a las
grandes potencias y las manifiestas injusticias que sufren los judíos de manos
de los potentados de turno relega e incluso hace olvidar en parte el deseo de
que Israel y Judá retomen su dignidad como nación, según la monarquía
idealizada de David.
En este tiempo la
esperanza no se centra en que Dios se acerque a sus elegidos y dé la
posibilidad de disfrutar la justicia y la libertad que se experimenta en la
época en la que Israel se configura en tribus. Por el contrario, y con ciertas
raíces históricas, en el posexilio nace una profecía escatológica que defiende
una actuación divina al final de los tiempos para abrir definitivamente la
historia a unas nuevas posibilidades de vida que destierren el pecado, la
muerte, la injusticia y la esclavitud. En este «final de los días», o en este
«detrás de los días» se dará una situación en la que se inaugurarán «un cielo
nuevo y una tierra nueva»(16) a partir de un juicio divino(17). Se conseguirá,
es verdad, la paz/plenitud (shalom),
la justicia/equilibrio (sedaqá) y la
amistad (hesed), como se viene
prometiendo como contenido de la esperanza desde mucho tiempo en Israel, pero
esta vez se llevará a cabo con una intervención personal del Señor, que rehará
la existencia humana y la del cosmos con la consiguiente novedad que supone la presencia de la gloria divina en la
creación(18).
Juan actúa, más o
menos, dentro de este marco, es decir, bajo la certeza del «día del Señor», que en su voz se transforma en la ira
inminente de Dios; de la santidad de Dios que reacciona ante la infidelidad de
su pueblo, y con ciertos tonos apocalípticos muy evidentes en el texto citado
del «Documento Q». Juan está convencido de que, definitivamente, «llega
implacable el día del Señor, su cólera y el estallido de su ira, para dejar la
tierra desolada exterminando de ella a los pecadores» (Is 13,9; cf. Sof
1,14-16).
La clara conciencia de
Juan sobre la pronta intervención divina no le conduce a una revisión de las
instituciones sociales y religiosas, como sucedió en tiempos pasados, porque,
entre otras cosas, él ya ha prescindido del templo, del sacerdocio y de las instituciones
políticas; y, por otra parte, tampoco pretende detener y frenar la inminencia
de la acción condenatoria del Señor con las consabidas reformas, sino que su
pretensión es que la gente que se le
acerca tome conciencia de su pecado y pueda descubrir a Dios y encontrarse con
Él de una forma amigable y misericordiosa. Por eso advierte que ya está el hacha dispuesta a cortar, y
lo infructuoso será desechado, «porque el fin está fijado» (Dn 8,19), «porque
lo que está decidido se cumplirá» (11,36)(19).
Esta advertencia la
hace Juan como «hijo de Israel», como un miembro más perteneciente al pueblo
elegido que vive con dolor el peligro de la situación. Pues no hay que olvidar
que el profeta no se coloca más allá de la esperanza de su pueblo o fuera de las
vicisitudes que atraviesan los creyentes, sino que se inserta, a pesar de sus
posibles visiones y experiencias personales divinas, típicas de cualquier
profeta, en la relación próxima y liberadora del Señor. Por esto pretende
convencer a los israelitas que se le acercan de que sean conscientes de la
gravedad de la situación. Porque no vale la garantía de tener «por padre a
Abrahán» (cf. Q/Lc 3,8; Mt 3,9), ya que lo que se ha perdido es la consecuencia
política y la consiguiente libertad que
le da la Alianza como pueblo elegido, aunque sigan creyendo en la patente
salvadora que entraña. En definitiva, es una nueva situación inscrita en la
dimensión escatológica a inaugurar, donde Dios puede rehacer todo de nuevo,
haciendo hijos suyos a personas desconocidas y situadas en la periferia de
Israel.
Las diatribas lanzadas
por Juan intentan provocar una conversión
que, por una parte, alcance al individuo (20), al pueblo(21) y a toda la
humanidad(22); y, por otra, suponga en el creyente un cambio de corazón, de toda
la interioridad humana(23) y que se exprese en la conducta. Se hace referencia
al término shub, vuelta, retorno al camino
de Dios, que jamás se debió abandonar. Alcanza, pues, lo más profundo de la
persona y va más allá de toda práctica religiosa, incluso del bautismo que el
mismo Juan realiza. Esta enmienda y arrepentimiento sigue el pensar de
Ezequiel: «Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un
corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis, casa de Israel?» (18,31;
cf. 36,26).
No obstante esto, la
transformación del creyente y de la colectividad judía no fuerza el cambio de
la decisión divina. La enmienda mira exclusivamente al hombre, pues sea cual
fuere el comportamiento humano, Dios está ya
al llegar. La decisión divina está tomada, y corresponde al hombre modificar su
vida.
sábado, 30 de noviembre de 2013
La Inmaculada y Juan Duns Escoto
La
Inmaculada y Escoto
Escoto es llamado el Doctor Mariano,
sobre todo por su defensa de la Inmaculada Concepción. En los escritos de los
Padres aparece cada vez con más intensidad la santidad de María y según Agustín
“La piedad exige que la confesemos exenta de pecado” (De la naturaleza y de
la gracia, 1 36). No obstante y desde Rom 5,12, el Doctor de Hipona somete
a María al pecado de origen para que la salvación de Jesús, la gracia
de regeneración, sea necesaria para todo el mundo: “Y no atribuimos al diablo
poder alguno sobre María en virtud de su nacimiento, pero sólo porque la gracia
del renacimiento vino a deshacer la condición de su nacimiento” (Réplica a
Juliano [ob. in.] 4 122).
En tiempos de Escoto, la teología se encontraba con
el problema de la necesidad universal de la gracia y la convicción de que el
pecado original se transmitía por medio del acto generador humano. Sin embargo,
Eadmero, discípulo de san Anselmo, pone las bases para solventar en principio
estas dificultades que tenía la teología, aunque la piedad popular seguía su
curso convencida de que María fue concebida sin pecado. Eadmero defiende que
Dios podía librar a un ser en su concepción del pecado original. “Lisa y
llanamente podía y quería; si, por tanto, quiso, lo hizo”: “...
potuit plane et voluit; si igitur voluit, fecit” (Tractatus de concepcione
sanctae Mariae PL 159 305).
Escoto parte de una comprensión del pecado original
diversa a la que se daba en su tiempo. Entiende dicho pecado sólo desde la
privación de la justicia original (Ordinatio II d 32 q un. n 7) y niega
la relación entre la concupiscencia, que afecta a la carne y de ésta pasa al
alma, y dicho pecado de origen, como se concebía en su tiempo (P. Lombardo, II
Sent., d 31 c 4). Esta carencia de la gracia primera se contrae en el mismo
momento de la concepción, lo que se sigue que no existe voluntariedad en
la persona, sino sólo su relación con la voluntad pecadora de Adán dada por la
generación natural (Ibíd., n 14). Este pecado se tiene, pues, por las
consecuencias del de Adán, que origina un estado de pecado para todos y por el
cual Dios quita la justicia debida al hombre, ya que la condición por la que
comunica dicha justicia es la obediencia del primer hombre. De hecho, se
recobra la justicia por medio de la gracia santificante, que rehace el orden
primitivo de la humanidad con la relación filial con el Padre.
Escoto formula tres hipótesis sobre las posibles
formas que Dios puede tener para infundir la gracia. La primera es cuando se
bautiza después de nacer; o en el desarrollo del feto antes de nacer; o en el
mismo instante de la concepción, creando un alma con la gracia santificante. En
este último caso, no se contrae el pecado original, porque la persona se crea
ya con la gracia. Es el caso de María. Por tanto, la concepción sin pecado es
posible desde la mismas condiciones y presupuestos del pecado original,
según lo entiende el Doctor Sutil y Mariano.
Desde la afirmación de que todos hemos sido hecho
pecado para que todos necesitáramos la gracia de Jesucristo para salvarnos (Rom
5,12), Escoto afirma que la salvación es universal en la medida en que Cristo
es un mediador perfecto (Rep. Paris. III d 3 q 1 n 4), al ser
perfecto Dios y perfecto hombre (Ordinatio I d 17 p 1 q 1-2 n 111). Por
consiguiente, la mediación para la salvación debe cubrir todos los campos
posibles para que la redención alcance toda la realidad y supere toda
posibilidad de salvación de cualquier otro mediador. Esto se alcanza cuando, no
sólo libera del pecado, sino también cuando es capaz de preservar a una
persona de él. Es lo que sucedió con su Madre. Jesucristo preservó a María de
toda mancha original y ejerció así la mediación universal de la salvación más
perfecta posible (Ibíd., III d 3 q 1 n 4), ya que es más fácil
reconducir a un pecador a Dios que impedir la posibilidad de que una persona
pueda ofender a Dios y separarse de Él; es más fácil evitar el pecado actual
que crear la misma imposibilidad de pecar; y se agradecerá más Jesucristo su
acción sobre María, porque ha mostrado su mediación en el más alto grado,
ratificando su capacidad infinita de salvación (Ibíd., III d 3 q 1).
A esta posibilidad de que María no contrajo el
pecado original, se añade la conveniencia de que así sea al no estar en
contradicción con la autoridad de la Escritura y de la Iglesia (Ibíd., n
10), según ya había razonado Guillermo de Ware (Quaestiones de Immaculata
Conceptione B.M.V. Firenze 1904). Así pues, por Escoto y su Escuela se
potencia la defensa de la Inmaculada, a la que se unieron todos los
Franciscanos e ilustres seguidores de Santo Tomás como Catarino (_1553), Campanella (_1639), Spada (_1872), etc., además del
voto inmaculatista que todas las Universidades Católicas suscribieron
comenzando por la Sorbona en 1496. Con Escoto se logró unir la teología y la
piedad cristiana.
En fin, todos estos razonamientos de Escoto sobre
María vienen a enseñarnos que es la nueva Eva; que en un mundo corrompido por
el pecado, es posible ser bueno y llevar una vida inocente y sencilla, como se
condujo el hijo de San Francisco, que
imitándola en su corta e intensa vida cristiana y franciscana alcanzó la
felicidad y gloria de los santos.
Evangelio. Adviento I (A)
ADVIENTO I (A)
Lectura del evangelio de Mateo 24, 37-44
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando
venga el Hijo del hombre, pasará como en
tiempo de Noé. Antes del diluvio, la
gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo
esperaban llegó el diluvio y se los
llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
Dos hombres estarán en el campo: a uno
se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos
mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis
qué día vendrá vuestro Señor. Comprended
que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir
un boquete en su casa. Por eso, estad
también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
El Adviento mira al pasado: el
anuncio de los profetas de la venida del Mesías, que los cristianos celebramos
con el nacimiento de Jesús. Y mira también al futuro: la venida del Hijo del
hombre para actuar el juicio de salvación. Dicho juicio hace que la vida
presente adquiera un sentido exclusivo bien, que es lo que permanecerá de
nuestra vida.
1.- Jesús anuncia el
juicio divino, y cree que está cercano, como Juan Bautista. Esta
inminencia que da a la acción de Dios conduce a que todo hombre se piense y
experimente dentro de dicho horizonte, al cual debe remitir y orientar todos
sus comportamientos: «A vosotros mis amigos os digo que no temáis a los que
matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Os indicaré a quién debéis
temer: temed al que después de matar tiene poder para arrojar al fuego. Sí, os
repito, temed a ése» (Q/Lc 12,4-5; Mt 10,28).
2.- La proximidad del
juicio provoca una tensión que lleva a estar preparado de una forma
permanente. El juicio vendrá de improviso, de repente. De dos personas que
estén durmiendo en una misma cama, una será elegida y otra rechazada; o de dos
que estén moliendo, una será elegida y la otra rechazada (Lc 17,34-35; cf. Mt
24,40-41). De ahí la vigilancia continua ante la cercanía del Señor, que
conlleva abrir un espacio en las preocupaciones cotidianas para que éstas no
impidan ver la cercana salvación.
Por eso es preferible
en esta situación que si alguien debe algo no permita que su acreedor le lleve
al juez y éste lo meta en la cárcel, sino que se entienda con él, lo que
significa que cambie de vida y haga las paces, es decir, aproveche la oferta presente
de salvación que le hace Jesús antes de esperar a un juicio futuro con una
condena segura. Así, pues, la cercanía e inicio del Reino en la historia
conlleva una actualidad del juicio que se verifica en una condena y, en
algunos casos, la victoria del bien.
3.- Se puede invocar
el reconocimiento de la actuación y persona de Jesús en el presente a fin
entrar en el Reino y juicio futuro: «Si uno se avergüence de mí y de mis
palabras, ante esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se
avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre de los santos ángeles»
(Mc 8,38par); también «Os digo que a quien me confiese ente los hombres, este Hombre lo confesará
ante los ángeles de Dios. A quien me niegue ante los hombres lo negarán ante
los ángeles de Dios» (Q/Lc 12,8-9; Mt
10,32-33).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
