lunes, 17 de marzo de 2014

«Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»



III DOMINGO DE CUARESMA (A)


«Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: -Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La Samaritana le dice: -¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: -Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.
[…] -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
La mujer le dice: -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: -Soy yo: el que habla contigo.
[…] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él […] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.


           
1.- El Señor nos habla. Jesús charla con una mujer a solas, algo inusual entonces. Por eso los discípulos se sorprendieron que estuviera conversando con ella. Pero más extraño es que se acerque y dialogue con una samaritana, enemiga natural de los judíos, no sólo por cuestiones religiosas, sino también étnicas: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí, samaritana, agua?». Jesús supera todo lo que divide y enfrenta a los pueblos y a las personas. Nadie le es extraño ni enemigo, como a su Padre, que hace salir el sol a buenos y malos. Con un arte inusual, lleva a la mujer a desear el agua que apaga la sed para siempre: Dame de beber el agua que salta hasta la vida eterna. Porque es un agua que no viene de la tierra, sino que desciende del cielo: es Jesús, el enviado del Padre: Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo. Y la samaritana descubre a Jesús cuando él mismo le revela que es el Mesías. El agua que sacia la sed para siempre viene de Dios y sólo Él dice cuál es y la da gratuitamente, porque al final, el agua es Él mismo en la vida de su Hijo.

2.- Los cristianos respondemos. La samaritana no conoce otra agua que la del pozo. Como nosotros no conocemos otras aguas sino las mil y una naturales de diversa composición, las naranjadas, las limonadas, las colas, las tónicas, y cuando le añadimos alcohol la sed se apaga con más alegría y júbilo. También tenemos sed de felicidad, felicidad que nos transmite la cultura y la familia. Sin embargo, el agua eterna no brota de la tierra; brota de Jesús como un don del Padre, por eso da la vida eterna. La mujer no conoce más agua que la del pozo y, naturalmente, piensa que ha de extraerse con el esfuerzo humano. No conoce ni se imagina un don gratuito de Dios.  Y Jesús es el que se nos presenta como el Mesías. Tenemos que escucharle; identificarnos con él y ver la vida con sus ojos. Así podemos dialogar con la fuente del agua que da la vida: Dios Padre.


3.- Y nos encontramos en la comunidad. Jesús le dice a la Samaritana que es el enviado del Señor. Y la samaritana se lo dice a sus paisanos. Ellos corren hacia Jesús, le escuchan y se alegran de creer por sí mismos, porque ellos le han descubierto personalmente. La familia, la Iglesia, las instituciones sociales y religiosas nos ayudan a ser personas, a ser creyentes. Pero llega un momento que debemos escuchar directamente a Dios, directamente a Jesús y descubrir la jarra que contiene el agua que calma todos nuestros deseos y aspiraciones humanas: su amor. Pero lo encontramos gracias a que hemos sido iniciados por nuestros padres, por nuestros catequistas, por las celebraciones en la Iglesia, por tantas personas que nos han amado. La fe nos la da el Señor por medio de las comunidad humana hasta que la hagamos nuestra. Nunca olvidemos que pertenecemos a un grupo humano, que es donde Dios se revela, antes de hablarnos a cada uno de nosotros. 

III Domingo de Cuaresma (A)

III DOMINGO DE CUARESMA (A)

                  «Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»


Lectura del santo Evangelio según San Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: -Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La Samaritana le dice: -¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: -Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.
[…] -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
La mujer le dice: -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: -Soy yo: el que habla contigo.
[…] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él […] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

1.- División del texto. El párrafo evangélico comprende dos secciones: el diálogo con la samaritana y con sus discípulos. En el primero tiene tres partes. En la primera la conversación se desenvuelve en tres tiempos: 1º encuentro de Jesús con la samaritana, que se extraña que un judío le dirija la palabra; 2º relata el ofrecimiento de Jesús de un agua que es un don de Dios, pero la Samaritana no comprende al observar la evidencia: Jesús no tiene un cubo para sacar el agua y el pozo es profundo; 3º Jesús explica las dos aguas: una que apaga la sed de momento y la otra que la sacia para siempre; la mujer, lógicamente, le pide esa agua. En la segunda parte la mujer deduce que Jesús  es un profeta al adivinarle que no tiene marido; y, por último, la mujer expresa la disputa entre samaritanos y judíos por los lugares de culto, disputa que Jesús evita con dos afirmaciones fundamentales: en el futuro no habrán lugares de culto al Señor; y Dios es Espíritu, por tanto Él busca adoradores que lo hagan en espíritu y verdad. La mujer afirma la espera del Mesías y Jesús se presenta como el Cristo. Todo el párrafo evangélico se  orienta a esta afirmación fundamental.

2.- Mensaje. Jesús ofrece agua, como los Patriarcas que hacían pozos para la familia y el ganado y procuraban la vida del pueblo (cf. Gén 26,12-22); pero es un agua que no se saca de la tierra, sino viene del cielo. El agua, pues, se trata en dos planos. El agua material, que es esencial para vivir. Y el agua que Jesús ofrece que sacia la sed para siempre ―«Quien venga a mí no tendrá más sed» (Jn 7,37)―, porque da la vida eterna, es decir, el agua que libera de las esclavitudes del poder y de la soberbia (cf Is 12,1-6) y da la sabiduría divina (Jr 17,6-8).  Para poder beber el agua que ofrece Jesús es necesario que la Samaritana abandone su religión, su culto a Dios en el Garizín, su vida con tanto marido y adentrarse no en el mundo judío de Jesús, que ya ha criticado antes cf. Jn 2,13-16, sino en Jesús mismo. El Mesías es él. Porque él, como relación de amor del Padre a todos nosotros, es el nuevo templo donde podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad. Jesús es el único que revela el rostro de amor misericordioso del Padre. Él es el enviado del Señor para ello.


3.-  Acción. La sed que nos hace beber tanto en esta vida suelen ser las esperas que la cultura, la familia y nuestra conciencia elaboran al paso de los años: esperamos tener un trabajo para ser autónomos; esperamos ganar dinero para adquirir lo que en cada momento pensamos que constituye nuestra felicidad, felicidad que muchas veces es lo que nos ofrecen los medios de comunicación en cuanto vehiculan negocios de todo tipo: felicidad es libertad y la liberad la da el dinero con el que nos compramos los coches, los viajes, las motos, etc.; aspiramos a escalar puestos en nuestro trabajo y tener más poder  y, además, deseamos ser apreciados en la sociedad; etc. Y en el plano de nuestras actitudes básicas, aún resuenan en nuestros oídos las tentaciones de hace dos domingos: buscamos el aplauso, la facilidad de vida, el poder. Y Jesús nos dice a cada uno y a nuestra comunidad familiar y religiosa, que todas esas realidades no colman la sed, pues pasamos de un marido a otro sin establecer relaciones personales estables. Por eso nos aconseja: «Si conocieras el don de Dios, él te daría agua viva». Dejémonos amar por el Señor y respondámosle con el amor a los demás. En dicha relación de amor es donde se le da culto en espíritu y verdad.


domingo, 16 de marzo de 2014

Hombres nuevos (VIII)

                      Configurarse con Cristo

                                          VIII


Hay una relación directa entre el anuncio del mensaje de salvación de Dios realizado por Jesús y su seguimiento, pues ir tras él conlleva configurarse con su persona y vida; morar en él es formar el cuerpo de los hijos de Dios: «Sabemos que todo concurre al bien de los que aman a Dios, de los llamados según su designio. A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,28-29; cf. Flp 3,10.21).

Morar en Cristo. Hemos afirmado la continuidad de la presencia de Jesús con la presencia del Resucitado por obra del Espíritu, con lo que permanece la salvación de Dios en la historia. Y del contenido del mensaje de Jesús, que fue el Reino, se pasa al anuncio de la persona del Resucitado. Se identifica el anuncio de la salvación con el de la persona de Cristo. Pero anunciar a Cristo es también unirse a él, morar «en él». Esto implica asumir el destino de Jesús, del cual él hizo partícipes a sus discípulos: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34par). Y Jesús entiende la vida como servicio en contraposición al poder y dominio que se ejerce en la sociedad (cf. Mc 10,45), sentido de vida que deja como testamento a sus discípulos (cf. Mc 14,22-25par; Jn 13,2-14). Comprender la vida como amor, visibilizada en el servicio, se concreta en dar la vida por todos; es el destino de pasión y muerte (cf. Mc 8,36).
Este estilo de vida lo sigue Pablo cuando enseña que el cristiano debe configurarse con Cristo; como fue la vida de Cristo, así es la vida del creyente en él (cf. Rom 15,1-3; Flp 3,7-8). Conformarse a la persona de Cristo es asumir como propias las actitudes que modelan su vida como servicio. Entonces la vida de Jesús, como manifestación del amor de Dios al hombre, es a la que se conforma el cristiano, cuyo amor, vivido según Dios, va a ser la clave de su unión con Jesús, de la participación en su salvación y del ofrecimiento de dicha salvación a todo el mundo. Pablo se pone como ejemplo de este proceso del amor: el Padre se entrega al Hijo, el Hijo se entrega a Pablo (cf. Gál 2,20) y Pablo a todos los cristianos (cf. Rom 15,16-20). Y se fomenta la unidad y el significado del amor gracias al Espíritu (cf. Rom 8,15; 2Cor 11,23-33). El amor nace de la experiencia de la fe, que se desarrolla precisamente cuando se ama: «... lo que cuenta es una fe activa por el amor» (Gál 5,6). El amor, y su expresión servicial, es el que deben practicar los cristianos y con él que amplían la imagen divina del Hijo, es decir, su filiación divina (cf. 1Cor 15,44-49; Flp 2,5-11; etc.).
La relación que establece el amor de Dios configura a Cristo y a los cristianos y comporta una lógica propia. Para que exista, es necesario la desapropiación de su dignidad, como hemos visto en el himno de la carta a los Filipenses (2,6-8). Esto estructura la condición histórica que experimenta Jesús: participa de la vida humana en su desnudez, sin poder social, intelectual y religioso, tomando un estilo de vida humilde y sencillo al margen de toda pretensión personal (cf. Gál 4,1; Flp 2,7; etc.); la afirmación paulina es clara: «... el Mesías no buscó su satisfacción» (Rom 15,2-3; cf. Mc 15,30-31par). Y con la forma de siervo, con la debilidad que implica el despojo de su gloria y la pobreza, propone la salvación a todos los hombres. La salvación definitiva comienza cuando el amor de Dios actúa en la vida de su Hijo y en la de los hombres hechos hijos suyos y hermanos de él. Así la creación reorienta su andadura hacia la verdadera plenitud. Jesús termina su vida exaltado, retornando a la gloria del Padre, constituido Hijo de Dios para siempre. Este ciclo vital es el que recorre el cristiano; sigue el mismo proceso de Jesús. Cuando inicia su experiencia amorosa salvadora de los demás por la fe en Jesús, con la que asume la justificación divina, en ese mismo momento comienza su «resurrección», su «vida eterna» en términos joánicos (cf. Jn 3,15.36; 5,24). La vida, entendida como relación de amor, se convierte en una entrega sin límites a los demás; se transforma en servicio a los demás, y, a la vez, nace desde Dios y para Dios, porque es precisamente Dios con su Espíritu quien le ha dado, no sólo el querer entregarse, sino también la fuerza para hacerlo. Por consiguiente, la Encarnación, como expresión máxima del amor, que entraña la desapropiación de los atributos del Verbo, termina en la cruz, que es la desapropiación humana del Hijo y manifiesta la entrega sin límites que el cristiano hace de sí mismo por amor (cf. Jn 15,13). Y en ese proceso histórico de Jesús y de los que creen en él surge el hombre «nuevo», «imagen y semejanza» de la nueva revelación de Dios entendido exclusivamente como amor.


Misal Franciscano 18-22 marzo

                         18 de marzo


               Salvador de Horta (1520-1567)

            San Salvador de Horta nace en Santa Coloma de Farnés (Gerona. España) en el año 1520. Pertenece a una familia que trabaja en la agricultura y posee una masía llamada Masdevall. Sus padres se arruinan y son acogidos en el hospicio de Santa Coloma de Farnés. Salvador aprende el oficio de zapatero, que le enseña su padre, y se establece en Barcelona. En 1540 ingresa en el convento de Santa María de Jesús, situado a las afueras de la ciudad. Después de profesar, se le destina a Tortosa, al convento de Santa María de Jesús. Se entrega por entero a la oración y a la penitencia, ejerciendo los oficios más humildes de la fraternidad y siendo un franciscano extremadamente sencillo. Al norte de Tortosa se encuentra la aldea de Horta de San Juan, adonde es destinado en 1559 para intensificar su vida de oración. Sin embargo, acuden a él gentes de todas partes de España para recibir consejo, curar sus enfermedades y revitalizar su fe. Más tarde se le envía a Reus y a Cagliari, en la isla de Cerdeña, en la que vive dos años antes de fallecer el día 18 de marzo del 1567. Clemente XI lo beatifica el 29 de enero de 1711, y Benedicto XIII, el 15 de julio del 1724, concede que se celebre su oficio el día 18 de marzo en la Orden y en Cagliari, en Santa Coloma de Farnés y en Horta. El papa Pío XI lo canoniza el 17 de abril de 1938.
                                               Común de Santos Varones
                                                            
Oración. Te rogamos, Dios de bondad, nos concedas a los que conmemoramos a San Salvador de Horta, tu humilde siervo, vernos libres, por su intercesión, de los males presentes, y gozar de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

            Lecturas

                        «Porque el Señor es compasivo y misericordioso»
           
            Debemos ser coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos, sobre todo en la multitud de actos que conforman nuestra vida cotidiana. La sinceridad de nuestras acciones, la veracidad de nuestras palabras favorece una vida de amor continuada y válida para el servicio de los demás. Una vida llevada así da consistencia a la fe y a la vida familiar y fraterna. Cuando aparezcan los pecados, ya sabemos la actitud misericordiosa de Dios, que siempre está dispuesto a perdonar a los que se abren a Él y sirven continuamente a los demás.


Lectura de la carta del Apóstol Santiago                                          5,9-12

           
Salmo responsorial                                                   Sal 110,1-2.5-6.9-10

            Dios siempre es fiel a su pueblo, a las personas que caminan en la vida, reconociendo que todos los bienes provienen de Él. Por eso se le da gracias, se le alaba y le bendice, porque el creyente es consciente de que la mirada continua del Señor es la que da la vida y la impulsa hacia sus objetivos más nobles.

           
            V. El Señor recuerda siempre su alianza.
            R. El Señor recuerda siempre su alianza.

           
Aleluya                                                                        Sal 94,8

            Aleluya. Aleluya.
            «No endurezcáis hoy el corazón,
            sino escuchad la voz del Señor».
            Aleluya.


            Evangelio

                                   «A vosotros os basta decir sí o no»

            Es larga la tradición de Israel y de los pueblos vecinos de invocar el nombre del Señor para que ratifique las palabras dichas en acontecimientos importantes en la vida de la sociedad y de las personas. Pablo pone muchas veces a Dios por testigo (cf. 2Cor 1,23; Gá 1,20; Flp 1,8). Lo que no se puede es jurar en falso (cf. Éx 20,7), o jurar sin motivo (cf. Eclo 23,9-11). Jesús, vista la inminencia del fin de la historia, prohíbe el juramento en todo caso. Y opta por la veracidad de la palabra en todas las acciones de nuestra vida cotidiana, como antes hemos leído en la Carta de Santiago.


Lectura del santo Evangelio según San Mateo                5,33-37

Para meditar

            «Francisco fue humilde de corazón en palabras y obras, manifestando y manteniendo esta actitud en el hábito, porque usaba una túnica pobre y quería que los hermanos vistiesen hábitos viles ceñidos a las caderas con una cuerda (cf. 1Cel 15,39). También le gustaba que resonase la humildad en el nombre mismo de la Orden. En efecto, dijo: “Quiero que esta fraternidad sea llamada Orden de Frailes Menores”(cf. 1Cel 15,38). Y la pobreza se uniese siempre a esta virtud para que los Hermanos fueran llamados “pobres menores”.
            Pero como todo esto no tiene valor alguno sin la caridad, (sus discípulos) son llamados en todo el mundo hermanos menores. Sin embargo, se glorían en vano de este nombre, e incluso teniéndolo están muertos, si en ellos no sobresale la humildad sobre los demás religiosos, si no aman la pobreza, si en ellos no florece la caridad» (Tomás de Pavía, Distinctiones, Terebinto).


  
              19 de marzo

          

                                        José, esposo de la Virgen María

            Los Evangelios dan los siguientes datos sobre San José. Descendiente de la familia de David (Mt 1,16; Lc 3,23), vive en Nazaret. Un ángel le anuncia que María, su esposa, espera un hijo por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,16-24). Viaja con María a Belén por disposición de César Augusto, donde nace Jesús (cf. Lc 2,1-20); le impone el nombre (cf. Lc 2,21), lo ofrece al Señor y escucha las profecías de Simeón y Ana (cf. Lc 2,5-38). Lleva a María y a Jesús a Egipto para defenderlo de Herodes (cf. Mt 2,13). Una vez que muere Herodes, regresa a Palestina, instalándose en Nazaret de Galilea (cf. Mt 2,23). Lucas relata un viaje de la familia a Jerusalén, donde Jesús se separa de sus padres para discutir con los doctores de la Ley en el templo (cf. Lc 2,41-50). José es un técnico de la madera, del hierro y de la piedra (cf. Mt 13,55; Mc 6,3), cuyo oficio y utensilios aprende y hereda Jesús (cf. Mc 6,3). José aparece siempre como esposo de María (Mt 1,16.18.20.24; Lc 2,5) y padre de Jesús (cf. Lc 2,27.33.41.43.48; 3,23; Mt 13,55), como lo dice María (Lc 4,48) y la gente (Lc 3,23; 4,22; Mt 13,55; Jn 6,42). Es una persona justa (cf. Mt 1,19), fiel a la Ley y cumplidora de todas las tradiciones religiosas y sociales de Israel.
                                                          

            Oración. Dios eterno que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
           
Lecturas


            Primera lectura

            David recibe la promesa de Natán en la que un descenciente suyo tendrá un reino eterno, le dará a su pueblo la paz imponiéndose sobre todos sus enemigos. Es la esperanza que siempre ha tenido Israel: llegará un día que Dios donará al pueblo un rey, un sacerdote, un pastor, un salvador, un mesías que conducirá al pueblo a la libertad, a la justicia, a una vida sin fin. Los cristianos lo experimentan en Jesús y José lo entronca con la casa de David.


               Lectura del segundo libro de Samuel                                7,4-5.12-14.16

            En aquellos días recibió Natán la siguiente palabra del Señor: Ve y dile a mi siervo David: cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus padres estableceré después de ti a un descendiente tuyo, un hijo de tus entrañas, y consolidaré su reino. Él edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. Yo seré para él un padre, y el será para mí un hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre.


             Salmo responsorial                                                   88,2-5.27.29

            Israel pierde la esperanza de ser un pueblo poderoso y libre con el destierro a Babilonia. Con la restauración del templo y la progresiva reforma de las costumbres y hábitos de Israel, de nuevo se rehace la promesa hecha a la casa de David. Y es porque Dios es fiel; Dios quiere a su pueblo. Jesús será el Hijo amado que llevará a cabo las promesas dadas por Dios a Israel.


            V. Su linaje será perpetuo.
            R. Su linaje será perpetuo.

            V. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
                        anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
                        Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
                        más que el cielo has afianzado tu fidelidad».
            R. Su linaje será perpetuo.

            V. Sellé una alianza con mi elegido,
                        jurando a David mi siervo:
                        «Te fundaré un linaje perpetuo,
                        edificaré tu trono por todas las edades».

            R. Su linaje será perpetuo.

            V. Él me invocará: «Tú eres mi padre,
                        mi Dios, mi Roca salvadora».

            R. Su linaje será perpetuo.

            V. Le mantendré eternamente mi favor
                        y mi alianza con él será estable.

            R. Su linaje será perpetuo.


            Segunda lectura

            La salvación proviene de la fe, que es el don gratuito que Dios concede al hombre. Y la fe de Abrahán, que creyó en la promesa que Dios le hizo, es la misma que la de José, que creyó el anuncio del ángel de que María estaba embarazada del Hijo de Dios por el Espíritu Santo. Por la fe de los hombres buenos y justos es como el Señor va cumpliendo la promesa de salvación que da a Israel y, a partir de Jesús, a todos los pueblos. Los cristianos saben de antemano que la salvación es un don, es una gracia de Dios, porque en la vida de fe todo es gracia. Dios cuenta con nuestra cooperación, con nuestra libertad, pero la salvación depende de Él en última instancia.


            Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos
                                                                                              4,13.16-18.22

            Hermanos: No fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia. Así la promesa está asegurada para toda la descendencia no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán que es padre de todos nosotros. Así lo dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos». Al encontrarse con el Dios que da la vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existe Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por lo cual le fue computado como justicia.

Aleluya                                                          Sal 83,5

            Aleluya. Aleluya.
            «Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre».
            Aleluya.


           
Evangelio

            José, un hombre bueno, al saber del embarazo de María decide repudiarla en secreto para que nadie le haga daño. Pero Dios quiere más de él. José es el que entronca a Jesús con la casa de David y con todas las promesas hechas a esta dinastía. José asume a su mujer y al Hijo de Dios como parte de su existencia y se entrega a ellos por amor y por fe, por esa confianza puesta en Dios que le ha llamado a realizar una función anunciada por el ángel. Dios ha decidido salvarnos por medio de una vida humana, y esta vida necesita una familia. José y María cumplen la voluntad de Dios que nos da un salvador para que le sigamos y entendamos.


Lectura del santo Evangelio según San Mateo                                            
                                                                                              1,16.18-21.24

            Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: La madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparos en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.


Para meditar

            «Donde se debe notar que San Pablo es conocido por la espada de dos manos, con la cual todo trazó cuanto hallaba ante sí, y no paró hasta Dios. Y San Pedro en las llaves se conoce que le son dadas para abrir y cerrar el cielo. Y San Andrés en la cruz. [...] Y si discurrimos por cuantos santos están hoy sobre la tierra y traemos a la memoria cuantos han subido al cielo, hallaremos que en las armas de su generosidad aun todos no hacen pie a las armas que son dadas a este admirable patrón, de la alteza de su rey.
           
¿Quién tendrá claros los ojos que no entienda esta verdad, pues vemos que las armas de este justo varón son nuestro bendito Niño, son nuestro Cristo Jesús, son nuestro Dios y Señor, y la Reina virginal? Sé que bien entendemos, pues que lo vemos continuo que no se pinta a José sin la Virgen y su Niño, que son las armas altísimas de su generosidad con las cuales se reparó nuestra vida y se venció nuestra muerte, con ellas nos defendemos del mundo, con ellas tiene temor el demonio a quien estas altas armas muy dentro de su ánima trae. Y si San José glorioso, justamente debemos escogerle por capitán de esta prolija batalla que entre las manos tenemos, notando con reverendas entrañas que así como a San José casi continuo pintan con la Virgen sacratísima, como dije, y con su Niño, así el Niño felicísimo no es pintado en su niñez sin la Virgen y José, ni la Virgen en su parto y en otros muchos misterios es pintada sin San José con su niño. Así que entre todos tres cuando contemplare el uno ha de andar siempre nuestra ánima, y ésta es dignidad muy alta e inestimable del glorioso San José, porque sea gran gloria a Dios» (Bernardino de Laredo, Tratado de San José, 13).



22 de marzo

Bienvenido Scotívoli  (1188-1284)

            El  beato Bienvenido Scotívoli nace en Ancona (Las Marcas. Italia) en 1188. Estudia Derecho en Bolonia. Es Capellán Pontificio, Arcediano de Ancona, Administrador de la diócesis de Osimo en 1263. Urbano IV le nombra obispo de Osimo el 13 de marzo de 1264. En 1267, Clemente IV le da el gobierno de la Marca de Ancona. Seguidor de San Francisco, recibe en su diócesis a los Franciscanos, viste el hábito y practica la devoción a la Eucaristía, a María y en especial a Cristo pobre y crucificado. A ello une un carácter afable y paciente. Esto no obsta para que reforme su diócesis con la defensa de los bienes eclesiásticos, el capítulo de la catedral y la ayuda constante a los enfermos y a los pobres. Defiende los derechos de su diócesis sobre la ciudad de Cingoli. Muere el 2 de marzo de 1282. Es sepultado en la catedral de Osimo. Martín IV reconoce su culto en 1284.

                                               Común de Pastores

Oración. Señor y Dios nuestro, que has puesto al obispo Bienvenido Scotívoli al frente de tu pueblo, te rogamos que por la eficacia de sus reformas concedas a tu pueblo la conversión por tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.

           
Lecturas

« Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro»

            La fe en Cristo Jesús da lugar a un cambio trascendental en la vida humana. Vivir en Cristo, toda vez que se ha sumergido el creyente en su muerte y resurrección por el bautismo (cf. Rom 6,1-4), entraña experimentar unos valores en la vida religiosa, en la vida humana, en las relaciones sociales diferentes a los que la cultura transmite y se aprenden en el seno familiar y social. Se podría resumir la conversión cristiana en el paso del odio al amor, de la soberbia al servicio, de la soledad a la fraternidad, en definitiva, de la muerte a la vida, y de la vida a la vida eterna.


            Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos            6,19-23

           
Salmo responsorial                                       Sal 1,1-4.6

            El justo que vive de su fidelidad a Dios, que ha puesto su confianza en el Señor, transcurre en la vida como un árbol que está al borde de la acequia, pues nunca le faltará el agua para echar los frutos a tiempo. Con la gracia divina, el justo camina haciendo el bien y esperando la recompensa divina bien en esta vida, bien en la futura.


            V. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
            R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

           

Aleluya                                                                      cf. Mc 1,15                            

            Aleluya. Aleluya.
            Está cerca el reino de Dios; convirtámonos y creamos la Buena Noticia.
            Aleluya.



            Evangelio

                        «Producid el fruto que la conversión pide»

            El Bautista continúa la tradición profética sobre la conversión (cf. Is 1,11-18; Am 5,14-15; etc.), como hará Jesús y Pablo. Volverse al Señor no es sólo dejar los ídolos, sino ver al prójimo junto al Señor, sobre todo al prójimo sumido en la desgracia. De ahí que convertirse es compartir la vida con los demás y hacer extensibles a los otros los bienes que disfrutamos. La conversión que pide Juan termina en el mensaje del NT con la venida del Espíritu como relación de amor del Señor con el cristiano. Vivir en este amor es vivir con una existencia vuelta hacia el Señor y hacia los hermanos.


            Lectura del santo Evangelio según San Lucas         3,7-14


Para meditar

            «Cuando el alma se despoja totalmente de todo amor creado y tiene la verdadera pobreza de espíritu con todo el corazón, puesto que no se goza de cualquier criatura, entonces es atraída y colmada por el amor divino, en el que se abandona totalmente. Y si después los “medios”, que el alma ha abandonado, intentan volver de nuevo al alma, ellos no pueden entrar, ya que la casa está habitada y la estancia está ya ocupada por el amor divino y todos los afectos del alma están dominados. Y sucede como observamos en los viajeros, que no se alojan en los albergues ocupados por otros, sino en aquellos vacíos que le pueden recibir.
            Cuando después el alma es así tomada y llena por el amor divino (realidad que sucede inmediatamente, apenas Dios la ve vacía del cualquier amor y también del amor de sí mismo), entonces comienza a ser iluminada por la misma verdad, que es Dios; y en esta verdad ve la verdad de todas las criaturas y reconoce que cosa es despreciable y que cosa es preciosa. Y en esta luz el alma ve la vileza de todas las cosas terrenas y el perjuicio que procede por unirse a ellas de forma que no se deja distraer» (Ricerio de Muccia, Come l’anima, I 58-59).