lunes, 24 de marzo de 2014

«Fue, se lavó, y volvió con vista»


                                         IV DOMINGO DE CUARESMA (A)


               
 «Fue, se lavó, y volvió con vista»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 9,1-41.

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento […] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: -El mismo. Otros decían: -No es él, pero se le parece. El respondía: -Soy yo. […]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? El contestó: -Que es un profeta. […]  Le replicaron: -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? El contestó:  -¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando ése es. El dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él.

La luz
1.- Dios nos ilumina. Dios es el agua que sacia nuestra sed de eternidad (cf. Jn 4); Dios es la luz que ilumina a Israel, el pueblo que caminaba en el desierto a oscuras y sin rumbo (cf. Is 9,2). El Señor nos inspira ahora por su Hijo, que ha venido al mundo para iluminar nuestro espacio y tiempo, nuestra historia personal y colectiva, toda nuestra existencia para que no perdamos el tiempo, no andemos extraviados en nuestras actitudes fundamentales, en nuestras opciones de vida, y que acertemos en el sentido que debemos darle para encontrarle al final del camino. Jesús, la Palabra hecha carne, es la «la luz que brilla en la tiniebla; es la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, ¡y el mundo no la conoció! Vino a los suyos ¡Y los suyos no le recibieron!».

2.- Los creyentes observamosEl resumen de la vida de Jesús que expone el Prólogo de Juan es un aviso que se nos da a los cristianos para que no nos vayamos de este mundo a paraísos irreales iluminados por nuestros intereses, o por nuestras imaginaciones que responden a egoísmos sin cuento.  Juan y Pablo no pueden comprender que no descubramos, recibamos y adoremos a quien ha dejado su gloria y se ha hecho como nosotros para que alcancemos al Señor, y lo veamos en el rostro que tienen todos nuestros semejantes.  Jesús es la luz que resplandece en un mundo ciego porque sólo tiene ojos para el poder, el dinero y la vanagloria, que originan tanta violencia y muerte; tantas tinieblas y oscuridad; tantas alucinaciones. El pecado, como ofensa al Señor y como ofensa al prójimo, nos vuelve ciegos al amor, a la ternura, a la delicadeza que ha diseñado el vacío de sí divino de Jesucristo.
 
3.-  Vemos en la fraternidad. La fe nos dice que los demás no son extraños; no son lobos que siempre intentan robarme lo más preciado de nuestra vida. Los pobres, los marginados, los infelices, que tantas veces los hemos hecho con nuestros egoísmos y cegueras de amor, nos reclaman que los veamos desde otra perspectiva; desde la perspectiva del ciego del Evangelio, que descubre a Jesús, como su Señor y Salvador. Jesús es capaz de hacernos sus hermanos e hijos de Dios; crea una fraternidad que abarca a toda la creación. De esta manera la actividad humana no la estropee ni la esclavice.  ¿Por qué Israel no recibió a Jesús? ¿Por qué nuestra cultura actual ha expulsado a Jesús de sus tramas sociales y colectivas? La cultura nos ofrece muchos caminos a seguir, muchas posibilidades para llenar nuestra vida de cosas, de relaciones, de tareas. ¿Quién nos dice que lo que escogemos es lo más acertado para alcanzar nuestros objetivos humanos? Porque son tan fuertes los medios de comunicación, que nos hacen creer que lo que anuncian no sólo es necesario para vivir, sino que constituye nuestra propia felicidad. Un felicidad que, previamente, han diseñado para vendérnosla después. Veamos con los ojos de Jesús.




IV Domingo de Cuaresma


          IV DOMINGO DE CUARESMA (A)

                                                       «Fue, se lavó, y volvió con vista»




            Lectura del santo Evangelio según San Juan 9,1-41.

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento […] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: -El mismo. Otros decían: -No es él, pero se le parece. El respondía: -Soy yo. […]
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?  Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? El contestó: -Que es un profeta. […]  Le replicaron: -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? El contestó:  -¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando ése es. El dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él.

1.-  Contexto. En el relato completo del ciego de nacimiento intervienen estos personajes: el ciego, sus padres y parientes, sus vecinos, los fariseos y Jesús, que inicia y cierra la narración. Aparecen las convicciones de la religión israelita: toda enfermedad o defecto corporal o psíquico corresponde a un pecado previo. Luego la ceguera es fruto de un pecado, bien del ciego, bien de sus padres. La curación, en este caso, es un don gratuito que proviene de Jesús, que le devuelve la vista sin petición previa del enfermo.  Otro nervio del relato es hacer el bien en el descanso sabático, como hemos comprobado en Marcos (2,23-3,6). La ley maniata la bondad humana y divina, y encima, al decir de Pablo, descubre el pecado humano sin darle fuerza para salir de él (Rom 7). Esa ley es la que deja solo al ciego: sin familia, sin vecinos, sin religión. Todos le abandonan y lo aíslan en nombre del Dios de la Alianza del Sinaí. Pero apartado de las instituciones religiosas, familiares y sociales, es cuando encuentra al verdadero Jesús, al Mesías. Él le da la capacidad del ver de la fe, de la trascendencia. Y, arrodillándose, le reconoce y adora.

2.- Mensaje. El relato, como en el de la Samaritana del domingo pasado, termina en la revelación de Jesús como Mesías y en el reconocimiento del ciego de su identidad y función salvadora. Es necesaria la gracia divina para comprender a Jesús, como es indispensable los ojos de la fe para experimentar que «quien me ve a mí, ve al Padre» o «el  que cree en mí, no sólo cree en mí, sino en el que me ha enviado. Quien me ve a mí, ve al que me ha enviado» (Jn 14,9; 12,44-45); porque, en definitiva, es en el Señor donde se origina toda salvación humana. La confesión de que Jesús es el enviado del Señor entraña todo un proceso creyente, de ver y observar los signos que ofrece y el sentido que le da a su vida, y  que conducen al descubrimiento de su filiación divina, de su dimensión trascendente.  Es necesario que nuestra fe experimente la dimensión filial de Jesús; de lo contrario quedaría como tantos prohombres en la historia cuyos ejemplos y doctrinas son superados por profetas posteriores.  



 
3.- Acción. Muchas veces somos escrupulosos en el cumplimiento de los preceptos divinos y eclesiásticos y no vemos a Dios presente en la vida y necesidades de nuestros prójimos (cf. Mt 25). Debemos advertir que los justos, según las leyes divinas, son los que no reconocen la intervención salvadora del Señor por medio de Jesús. Son guías ciegos que llevan al rebaño al abismo (cf. Mt 15,14). Sucede que pasamos la vida pensando sólo en nuestros problemas, en nuestras necesidades, mirándonos el ombligo, por lo que somos incapaces de levantar la cabeza y observar a la gente que nos cruzamos y las cruces que llevan. Sin embargo, Jesús es la luz del mundo, que  ilumina el camino que debemos de recorrer para encontrarnos definitivamente con el Señor y los hermanos. El alumbra nuestro orgullo y nuestras actitudes egoístas o altruistas y nos hace ver las necesidades de nuestra familia, de nuestros amigos, de la gente con la que nos cruzamos todos los días. Es el que da luz al valor de cada cosa, de casa persona, de las instituciones sociales y políticas, etc., en definitiva, al introducirnos en su vida, y verla con sus ojos, nos hace ver a Dios, a los demás y a la creación de una forma diferente, esperanzada, salvadora. 

jueves, 20 de marzo de 2014

La Pobreza III

         LA POBREZA

                   III


Por otra parte, Jesús supone la pacífica posesión de bienes. Hay que cumplir el cuarto mandamiento cuando los padres lo necesitan, ayudar a los pobres, dar buena parte de lo que se posee, prestar dinero sin la esperanza de recuperarlo, porque de las cosas propias se puede disponer según la propia voluntad[1]. Además, observamos que Jesús era un artesano, que no un pobre que vive de la limosna, y algunos discípulos pertenecen al mismo ámbito social[2]. A ello se añade que la imagen que da en su ministerio está muy alejada de la austeridad de Juan Bautista e incluso se opone a ella. Alrededor de Jesús hay mujeres que le ayudan con sus bienes en pleno ministerio; recibe ayuda para celebrar la última cena; come en la casa de Pedro o en su casa de Cafarnaún; cuida de que sus discípulos o la gente se alimenten y él mismo visita a personas acomodadas[3]. No es, pues, un asceta que fustiga los males de la sociedad viviendo con extrema penitencia y alejado de la gente.                                      
Pero en el ministerio de Jesús, cuando espera la inminente inauguración del reino en la historia, no tiene donde reclinar la cabeza[4]. A esto se añade la advertencia sobre los peligros que trae consigo la riqueza y el poder que ella genera, sobre la que no debe nunca fundarse el sentido de la vida. Hay que cambiar la riqueza y el poder por el servicio para orientar la vida según el Reino: «Pues este hombre no vino a ser servido, sino a servir...», servicio que es el sacramento del amor. Jesús lo avisa cuando el rico declina su invitación a seguirle por la riqueza que poseía: «Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios». Porque «nadie puede estar al servicio de dos amos, pues u odia a uno y ama al otro o apreciará a uno y despreciará al otro. No podéis estar al servicio de Dios y del Dinero»[5]. Y advierte sobre la codicia del dinero, porque el que está sujeto a él desconoce las necesidades de los que le rodean y pasa con facilidad a su explotación. Entonces lo que es un don de Dios, la posesión de los bienes, se convierte en un signo diabólico, porque esta riqueza se crea y se alimenta con el hambre de los hombres, en definitiva, por la explotación de los pobres. Para evitar esto, Jesús aconseja introducir en el horizonte vital a los marginados: «Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos o hermanos o parientes o a los vecinos ricos [...]. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos»[6]. No hay que acumular riquezas, sino llevar una vida acorde con los mandamientos divinos: «Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero si se pierde y se malogra él?»[7]. La vida es un regalo. El hombre es administrador y responsable de ella, y los bienes no bastan para eternizarla, ya que, al final, terminan perdiéndose, o pasando a otros; en cualquier caso no son para el propietario. Más vale atesorar para Dios, es decir, el dinero que pasa a los demás porque se dialoga con ellos: el dinero dado y distribuido[8], y desterrar el ansia y avaricia de la acumulación: «No andéis buscando qué comer y qué beber; no estéis pendientes de ello [...] vuestro Padre sabe que os hace falta. Basta que busquéis el Reino de Él, y lo demás os lo darán por añadidura»[9].





[1] Cf. Mc 7,9-10: «Les decía también: "¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte»; Mt 6,2: «Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga»; cf. 25,40; Mt 5,42: «A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda»; Lc 6,30.34.
[2] Cf. Mc 6,3; Mc 1,20; 2,14-15; Mt 9,9-910.
[3] Textos: Mc 1,6-7; Mt 11,18; Lc 8,3; 10,38-39; Mc 14,14-15par; Mc 1,29-30; Mt 4,13; Mc 6,31par; Mc 14,3; Lc 7,36; 11,37.
[4]Lc 9,57-62: «Mientras iban caminando, uno le dijo: "Te seguiré adondequiera que vayas".  Jesús le dijo: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza" .A otro dijo: "Sígueme". Él respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre". Le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios". También otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa". Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios"».
[5] Textos: Mc 10,45; Mt 19,19; Mc 10,25par; Lc 16,13; Mt 6,24.
[6] Son las malaventuranzas que Lucas (6,24) escribe a continuación de las bienaventuranzas: «Pero (ay de vosotros, los ricos!, porque recibís vuestro consuelo».
[7] Lc 12,16-21: «Querido, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, come y bebe, disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio!, esta noche te reclamarán la vida. Lo que has preparado )para quién será? Pues lo mismo es el que acumula para sí y no es rico para Dios».
[8] Eclo 29,8-13. «Con todo, ten paciencia con el pobre y no le des larga en la limosna; por amor a la ley recibe al menesteroso, y en su indigencia no le despidas vacío; pierde tu dinero por el hermano y el prójimo, no dejes que se oxide bajo una piedra; invierte tu tesoro según el mandato del Altísimo, y te producirá más que el oro; guarda limosnas en tu despensa, y ellas te librarán de todo mal; mejor que escudo resistente o poderosa lanza, lucharán contra el enemigo a tu favor».
[9] Cf.Lc 12,29-31; Mt 6,31-33; Lc 12,21.

martes, 18 de marzo de 2014

¿Se salva la creación?

                          LA ESPERANZA CÓSMICA EN EL PENSAMIENTO FRANCISCANO


                                                                     
                                                        José María Roncero Moreno

Siete asertos[1] :

1.- En la espiritualidad de Francisco de Asís, el hombre y la creación, hermanos de origen, están llamados a vivir junto a Dios: en eso consiste la salvación universal.


2.- Para Alejandro de Hales el hombre, junto a la creación, es asumido en la glorificación de Dios. Todo el hombre, en su estructura interna y externa, está constituido para aspirar a ese cumplimiento en Dios.

3.- Buenaventura lo expone trinitariamente:

3.1. Todo lo que ha sido creado por Dios posee un impulso natural a retornar a su origen. El retorno de las cosas creadas al Padre, para participar en su bienaventuranza, es el estadio conclusivo de la creación.

3.2.- La consumación de la creación se realiza por el Verbo increado, quien, permeando toda la creación, la guía internamente a su fin. Dios acepta en sí al hombre y al mundo cumpliendo el devenir amoroso prefigurado en la encarnación.

3.3. El ser humano ha sido capacitado por el Espíritu Santo para ser el mediador entre el mundo material y Dios; su responsabilidad es llevar a toda la creación y a sí mismo al fin último, a la unión con Dios trino en el esplendor de la gloria.

4. Escoto desarrolla esa especial tarea humana en la construcción del mundo. El hombre ha de buscar los dones que Dios ha impreso  en la creación, pues son medio para tender hacia él; debe reconocer el valor y la dignidad todos los seres; debe reconducir todas las cosas al Creador, manantial del amor. Cuando, con la ayuda de la gracia, el hombre estructura el mundo en el amor, anticipa ya el final consumador.

5. A modo de resumen: la mirada franciscana sobre el hombre, que siempre es una mirada desde Cristo, lo descubre en relación y en camino: en conexión con toda la creación y andante con ella desde su inicio hasta el cumplimiento perfecto en el Dios trino. El camino de la misma creación es un camino de salvación hacia Dios.


Santa Ana del Monte. Jumilla (Murcia. España)


[1] Cf. “La nuova creazione”, en J.-B. Freyer, Homo viator. L'uomo alla luce della storia della salvezza. Un'antropologia teologica in prospettiva franciscana, EDB, Bologna 2008, pp. 263-374,  especialmente el parágrafo 3 (Il compimiento finale dell’uomo nell’evento escatologico), en pp. 303-320.

lunes, 17 de marzo de 2014

«Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»



III DOMINGO DE CUARESMA (A)


«Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: -Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La Samaritana le dice: -¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: -Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.
[…] -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
La mujer le dice: -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: -Soy yo: el que habla contigo.
[…] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él […] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.


           
1.- El Señor nos habla. Jesús charla con una mujer a solas, algo inusual entonces. Por eso los discípulos se sorprendieron que estuviera conversando con ella. Pero más extraño es que se acerque y dialogue con una samaritana, enemiga natural de los judíos, no sólo por cuestiones religiosas, sino también étnicas: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí, samaritana, agua?». Jesús supera todo lo que divide y enfrenta a los pueblos y a las personas. Nadie le es extraño ni enemigo, como a su Padre, que hace salir el sol a buenos y malos. Con un arte inusual, lleva a la mujer a desear el agua que apaga la sed para siempre: Dame de beber el agua que salta hasta la vida eterna. Porque es un agua que no viene de la tierra, sino que desciende del cielo: es Jesús, el enviado del Padre: Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo. Y la samaritana descubre a Jesús cuando él mismo le revela que es el Mesías. El agua que sacia la sed para siempre viene de Dios y sólo Él dice cuál es y la da gratuitamente, porque al final, el agua es Él mismo en la vida de su Hijo.

2.- Los cristianos respondemos. La samaritana no conoce otra agua que la del pozo. Como nosotros no conocemos otras aguas sino las mil y una naturales de diversa composición, las naranjadas, las limonadas, las colas, las tónicas, y cuando le añadimos alcohol la sed se apaga con más alegría y júbilo. También tenemos sed de felicidad, felicidad que nos transmite la cultura y la familia. Sin embargo, el agua eterna no brota de la tierra; brota de Jesús como un don del Padre, por eso da la vida eterna. La mujer no conoce más agua que la del pozo y, naturalmente, piensa que ha de extraerse con el esfuerzo humano. No conoce ni se imagina un don gratuito de Dios.  Y Jesús es el que se nos presenta como el Mesías. Tenemos que escucharle; identificarnos con él y ver la vida con sus ojos. Así podemos dialogar con la fuente del agua que da la vida: Dios Padre.


3.- Y nos encontramos en la comunidad. Jesús le dice a la Samaritana que es el enviado del Señor. Y la samaritana se lo dice a sus paisanos. Ellos corren hacia Jesús, le escuchan y se alegran de creer por sí mismos, porque ellos le han descubierto personalmente. La familia, la Iglesia, las instituciones sociales y religiosas nos ayudan a ser personas, a ser creyentes. Pero llega un momento que debemos escuchar directamente a Dios, directamente a Jesús y descubrir la jarra que contiene el agua que calma todos nuestros deseos y aspiraciones humanas: su amor. Pero lo encontramos gracias a que hemos sido iniciados por nuestros padres, por nuestros catequistas, por las celebraciones en la Iglesia, por tantas personas que nos han amado. La fe nos la da el Señor por medio de las comunidad humana hasta que la hagamos nuestra. Nunca olvidemos que pertenecemos a un grupo humano, que es donde Dios se revela, antes de hablarnos a cada uno de nosotros. 

III Domingo de Cuaresma (A)

III DOMINGO DE CUARESMA (A)

                  «Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»


Lectura del santo Evangelio según San Juan 4,5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: -Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La Samaritana le dice: -¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: -Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.
[…] -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.
La mujer le dice: -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: -Soy yo: el que habla contigo.
[…] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él […] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

1.- División del texto. El párrafo evangélico comprende dos secciones: el diálogo con la samaritana y con sus discípulos. En el primero tiene tres partes. En la primera la conversación se desenvuelve en tres tiempos: 1º encuentro de Jesús con la samaritana, que se extraña que un judío le dirija la palabra; 2º relata el ofrecimiento de Jesús de un agua que es un don de Dios, pero la Samaritana no comprende al observar la evidencia: Jesús no tiene un cubo para sacar el agua y el pozo es profundo; 3º Jesús explica las dos aguas: una que apaga la sed de momento y la otra que la sacia para siempre; la mujer, lógicamente, le pide esa agua. En la segunda parte la mujer deduce que Jesús  es un profeta al adivinarle que no tiene marido; y, por último, la mujer expresa la disputa entre samaritanos y judíos por los lugares de culto, disputa que Jesús evita con dos afirmaciones fundamentales: en el futuro no habrán lugares de culto al Señor; y Dios es Espíritu, por tanto Él busca adoradores que lo hagan en espíritu y verdad. La mujer afirma la espera del Mesías y Jesús se presenta como el Cristo. Todo el párrafo evangélico se  orienta a esta afirmación fundamental.

2.- Mensaje. Jesús ofrece agua, como los Patriarcas que hacían pozos para la familia y el ganado y procuraban la vida del pueblo (cf. Gén 26,12-22); pero es un agua que no se saca de la tierra, sino viene del cielo. El agua, pues, se trata en dos planos. El agua material, que es esencial para vivir. Y el agua que Jesús ofrece que sacia la sed para siempre ―«Quien venga a mí no tendrá más sed» (Jn 7,37)―, porque da la vida eterna, es decir, el agua que libera de las esclavitudes del poder y de la soberbia (cf Is 12,1-6) y da la sabiduría divina (Jr 17,6-8).  Para poder beber el agua que ofrece Jesús es necesario que la Samaritana abandone su religión, su culto a Dios en el Garizín, su vida con tanto marido y adentrarse no en el mundo judío de Jesús, que ya ha criticado antes cf. Jn 2,13-16, sino en Jesús mismo. El Mesías es él. Porque él, como relación de amor del Padre a todos nosotros, es el nuevo templo donde podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad. Jesús es el único que revela el rostro de amor misericordioso del Padre. Él es el enviado del Señor para ello.


3.-  Acción. La sed que nos hace beber tanto en esta vida suelen ser las esperas que la cultura, la familia y nuestra conciencia elaboran al paso de los años: esperamos tener un trabajo para ser autónomos; esperamos ganar dinero para adquirir lo que en cada momento pensamos que constituye nuestra felicidad, felicidad que muchas veces es lo que nos ofrecen los medios de comunicación en cuanto vehiculan negocios de todo tipo: felicidad es libertad y la liberad la da el dinero con el que nos compramos los coches, los viajes, las motos, etc.; aspiramos a escalar puestos en nuestro trabajo y tener más poder  y, además, deseamos ser apreciados en la sociedad; etc. Y en el plano de nuestras actitudes básicas, aún resuenan en nuestros oídos las tentaciones de hace dos domingos: buscamos el aplauso, la facilidad de vida, el poder. Y Jesús nos dice a cada uno y a nuestra comunidad familiar y religiosa, que todas esas realidades no colman la sed, pues pasamos de un marido a otro sin establecer relaciones personales estables. Por eso nos aconseja: «Si conocieras el don de Dios, él te daría agua viva». Dejémonos amar por el Señor y respondámosle con el amor a los demás. En dicha relación de amor es donde se le da culto en espíritu y verdad.


domingo, 16 de marzo de 2014

Hombres nuevos (VIII)

                      Configurarse con Cristo

                                          VIII


Hay una relación directa entre el anuncio del mensaje de salvación de Dios realizado por Jesús y su seguimiento, pues ir tras él conlleva configurarse con su persona y vida; morar en él es formar el cuerpo de los hijos de Dios: «Sabemos que todo concurre al bien de los que aman a Dios, de los llamados según su designio. A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos» (Rom 8,28-29; cf. Flp 3,10.21).

Morar en Cristo. Hemos afirmado la continuidad de la presencia de Jesús con la presencia del Resucitado por obra del Espíritu, con lo que permanece la salvación de Dios en la historia. Y del contenido del mensaje de Jesús, que fue el Reino, se pasa al anuncio de la persona del Resucitado. Se identifica el anuncio de la salvación con el de la persona de Cristo. Pero anunciar a Cristo es también unirse a él, morar «en él». Esto implica asumir el destino de Jesús, del cual él hizo partícipes a sus discípulos: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34par). Y Jesús entiende la vida como servicio en contraposición al poder y dominio que se ejerce en la sociedad (cf. Mc 10,45), sentido de vida que deja como testamento a sus discípulos (cf. Mc 14,22-25par; Jn 13,2-14). Comprender la vida como amor, visibilizada en el servicio, se concreta en dar la vida por todos; es el destino de pasión y muerte (cf. Mc 8,36).
Este estilo de vida lo sigue Pablo cuando enseña que el cristiano debe configurarse con Cristo; como fue la vida de Cristo, así es la vida del creyente en él (cf. Rom 15,1-3; Flp 3,7-8). Conformarse a la persona de Cristo es asumir como propias las actitudes que modelan su vida como servicio. Entonces la vida de Jesús, como manifestación del amor de Dios al hombre, es a la que se conforma el cristiano, cuyo amor, vivido según Dios, va a ser la clave de su unión con Jesús, de la participación en su salvación y del ofrecimiento de dicha salvación a todo el mundo. Pablo se pone como ejemplo de este proceso del amor: el Padre se entrega al Hijo, el Hijo se entrega a Pablo (cf. Gál 2,20) y Pablo a todos los cristianos (cf. Rom 15,16-20). Y se fomenta la unidad y el significado del amor gracias al Espíritu (cf. Rom 8,15; 2Cor 11,23-33). El amor nace de la experiencia de la fe, que se desarrolla precisamente cuando se ama: «... lo que cuenta es una fe activa por el amor» (Gál 5,6). El amor, y su expresión servicial, es el que deben practicar los cristianos y con él que amplían la imagen divina del Hijo, es decir, su filiación divina (cf. 1Cor 15,44-49; Flp 2,5-11; etc.).
La relación que establece el amor de Dios configura a Cristo y a los cristianos y comporta una lógica propia. Para que exista, es necesario la desapropiación de su dignidad, como hemos visto en el himno de la carta a los Filipenses (2,6-8). Esto estructura la condición histórica que experimenta Jesús: participa de la vida humana en su desnudez, sin poder social, intelectual y religioso, tomando un estilo de vida humilde y sencillo al margen de toda pretensión personal (cf. Gál 4,1; Flp 2,7; etc.); la afirmación paulina es clara: «... el Mesías no buscó su satisfacción» (Rom 15,2-3; cf. Mc 15,30-31par). Y con la forma de siervo, con la debilidad que implica el despojo de su gloria y la pobreza, propone la salvación a todos los hombres. La salvación definitiva comienza cuando el amor de Dios actúa en la vida de su Hijo y en la de los hombres hechos hijos suyos y hermanos de él. Así la creación reorienta su andadura hacia la verdadera plenitud. Jesús termina su vida exaltado, retornando a la gloria del Padre, constituido Hijo de Dios para siempre. Este ciclo vital es el que recorre el cristiano; sigue el mismo proceso de Jesús. Cuando inicia su experiencia amorosa salvadora de los demás por la fe en Jesús, con la que asume la justificación divina, en ese mismo momento comienza su «resurrección», su «vida eterna» en términos joánicos (cf. Jn 3,15.36; 5,24). La vida, entendida como relación de amor, se convierte en una entrega sin límites a los demás; se transforma en servicio a los demás, y, a la vez, nace desde Dios y para Dios, porque es precisamente Dios con su Espíritu quien le ha dado, no sólo el querer entregarse, sino también la fuerza para hacerlo. Por consiguiente, la Encarnación, como expresión máxima del amor, que entraña la desapropiación de los atributos del Verbo, termina en la cruz, que es la desapropiación humana del Hijo y manifiesta la entrega sin límites que el cristiano hace de sí mismo por amor (cf. Jn 15,13). Y en ese proceso histórico de Jesús y de los que creen en él surge el hombre «nuevo», «imagen y semejanza» de la nueva revelación de Dios entendido exclusivamente como amor.