lunes, 16 de junio de 2014

Santos y Beatos: 16-22 junio

                 16 junio

                                                           
                            Juan de Parma (1208-1289)

           
   El beato Juan Buralli nace en Parma (Emilia Romaña. Italia) en 1208. Enseña Lógica en su ciudad natal. Entra en la Orden en 1233, a los veinticinco años de edad. Viaja a París para proseguir sus estudios y más tarde enseña y predica en Bolonia, Nápoles, Roma y París. En el Capítulo General celebrado en Lyón en el año 1247, es elegido Ministro General a los cuarenta años, cargo que desempeña durante diez años. Fue el sexto Ministro General después de San Francisco. Viaja a Inglaterra y se entrevista con el rey Enrique III, y en Francia visita a San Luis IX. Inocencio IV le envía a Constantinopla para dialogar con el patriarca Manuel II. Hace posible que se readmitan los religiosos en la Universidad de París contra Guillermo de Saint Amour. Trata de cal-mar las tensiones entre espirituales y conventuales. Presenta la renuncia el 2 de febrero de 1257 y es sustituido por San Buenaventura. Se retira a Greccio donde vive en gran austeridad y contemplación. Nicolás III le encomienda la misión del diálogo y reconciliación con la Iglesia griega. En el viaje enferma y muere el 19 de marzo de 1289 en Camerino. Su culto se aprueba en 1777, siendo papa Pío VI.

                        Común de Pastores o Santos Varones

Oración. Oh Dios, que has concedido al  beato  Juan de Parma la gracia de seguir a Cristo pobre y humilde, concédenos vivir plenamente nuestra vocación bautismal y alcanzar la caridad perfecta a la que nos lamas en tu Hijo Jesucristo. Que vive y reina contigo.

                                16.1 junio


              María Teresa Scherer (1825-1888)

La beata María Teresa nace el 31 de octubre de 1825 en Meggen (Lago de los Cuatro Cantones. Suiza); es hija del matrimonio Scherer-Sigrist. En su bautismo recibe el nombre de Ana María Catalina. Huérfana de padre, trabaja en la agricultura y más tarde en el hospital de Lucerna. A los 17 años ya pertenece a la Orden Franciscana Seglar y a la congregación de Hijas de María. Durante una peregrinación a Einsiedeln se siente llamada a la vida religiosa. El 1 de marzo de 1845 ingresa en el instituto de las Religiosas Enseñantes, fundadas por Teodosio Florentini OFMCap. Terminado el noviciado, se le destina a Baar y luego a Oberägeri, como profesora y superiora en ambas comunidades. En 1850 se traslada a Näfels para administrar el hospicio de los pobres y huérfanos y poco después a Coira para dirigil un hospital. En 1857 es elegida superiora general de las «Religiosas al servicio de la escuela y de los pobres». Con el P. Teodosio dirige el instituto de las Religiosas de la Caridad de la Santa Cruz. Abre hospitales y escuelas para inválidos. Muere el 16 de junio de 1888 en el convento de Ingenbohl. El papa Juan Pablo II la beatifica el 29 de octubre de 1995, junto a otras dos hijas espirituales de San Francisco: María Bernarda Bütler (cf. 19.3 de mayo) y Margarita Bays (cf. 27.1 de junio).

Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón,
concédenos, por intercesión de La beata  María Teresa, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.

                17 de junio


                    Emilia de Vialar   (1797-1856)

Santa Emilia de Vialar, de la Tercera Orden Regular, nace Gaillac (Languedoc. Francia) en 1797. Estudia en París con las religiosas de la Congregación de Nuestra Señora en el pensionado de L´abbaye-au-Bois. De regreso a Gaillac, tiene una experiencia religiosa con Jesús crucificado en la iglesia de San Pedro, donde fue bautizada. D. Mercier, el párroco, la dirige espiritualmente entregándose por entero a los pobres y enfermos. Funda en 1832 la Congregación de Hermanas de San José de la Aparición, que recuerda la aparición del ángel a San José, relatada en Mt 1, 20-24. La Encarnación es uno de los misterios por el que sentía particular devoción. Y como tal se extiende su misión por el mundo para dar a conocer el amor de Dios manifestado en la asistencia de los pobres y en los que no conocen a Jesús, o le persiguen en sus seguidores. Se traslada a Argelia. En Argel atiende a los enfermos aquejados por una peste. Después en 1839 funda en Colina de Mustafá y en Ben Aknou; más tarde en Túnez, Susa, Sfax, La Marsa y La Goleta. Las Hermanas se expanden por Roma, Chipre, Tierra Santa, Australia, etc. Muere en Marsella el 24 de junio de 1856, juntamente con Santa María Dominica de Mazzarello, la cofundadora de San Juan Bosco. El papa Pío XII la canoniza el 24 de junio de 1951.

Común de Vírgenes

            Oración. Señor y Dios nuestro, te pedimos que santa Emilia, virgen, tu fiel esposa, encienda en nuestro corazón la llama de la caridad divina que ella suscitó en otras vírgenes, para gloria perpetua de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.

                 17.1 de junio


      Alberto Chmielowski (1845-1916)

El beato Alberto Chmielowski nace en Igolomia (Cracovia. Polonia), el 20 de agosto de 1845; es hijo de Adalberto y Josefina Borzyslawska. Huérfano de pequeño, sus familiares le educan en una profunda fe católica y con un acentuado sentido social. Participa en la insurrección de Polonia en 1863. Se le amputa una pierna a causa de una herida. Huye al fracasar la revuelta. Estudia Ingeniería en Gante (Bélgica) y pintura en París (Francia) y en Munich (Alemania). En 1874 regresa a Polonia. Pinta el «Ecce Homo», en el que plasma su experiencia del amor misericordioso de Jesús. En 1880 ingresa en la Compañía de Jesús, en la que sólo permanece seis meses. Se dedica a los marginados de Cracovia. El 25 de agosto de 1887 viste el sayal gris franciscano y toma el nombre de hermano Alberto. Pasado un año, emite los votos religiosos y comienza el instituto de los Hermanos de la Orden Tercera de San Francisco, denominados Siervos de los Pobres o Albertinos. En 1891 inicia la rama femenina de la misma congregación (Albertinas). Crea casas y hospitales para socorrer a los indigentes y enfermos. Muere el 25 de diciembre de 1916. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 22 de junio de 1983 en Cracovia.

                                   Común de Santos Varones

            Oración. Señor Dios, tú nos has revelado que toda la ley se compendia en el amor a ti y al prójimo; concédenos que, imitando la caridad del  beato  Alberto podamos ser un día contados entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.


              17.2 de junio



         Ludovico de Casoria (1814-1885)

            San Ludovico nace en Casoria (Nápoles. Italia) el 11 de marzo de 1814. El 17 de junio de 1832 ingresa en el convento de San Juan del Palco en Taurano (Avellino). Se ordena sacerdote el 4 de junio de 1837. En la finca La Palma crea una enfermería para cuidar a los franciscanos. También aquí establece la sede de la Obra de los «Moretti», para educar a los jóvenes africanos y hacerlos apóstoles de África. Con la misma finalidad misionera, crea la Obra de las «Morette», que encomienda a las Hermanas Estigmatinas de la sierva de Dios Anna Fiorelli Lapini. Además funda asilos para ancianos, convictorios, escuelas, colonias agrícolas, hospicios, montes de piedad, tipografías, etc. Promueve la cultura, edificando un observatorio meteorológico, traduce al italiano las Obras de San Buenaventura, edita una edición de bolsillo de la Biblia, etc. Muere en el Hospicio Marino, creado por él para los marineros ancianos, el 30 de marzo de 1885. Allí reposan sus restos custodiados por las Hermanas Elisabetinas Grises, que funda en 1862. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 18 de abril de 1993 y Francisco lo canoniza en el 2014..


                         Común de Santos Varones

            Oración. Señor Dios, tú nos has revelado que toda la ley se compendia en el amor a ti y al prójimo; concédenos que, imitando la caridad del  beato Ludovico, podamos ser un día contados entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.


                    19 de junio



              Miguelina Metelli (1300-1356)

La beata Miguelina nace en Pésaro (Las Marcas. Italia) en 1300. Se desposa con un noble de la familia de Malatesta, del que tiene un hijo llamado Pardino. Muerto éste de un ataque de epilepsia y aconsejada por una religiosa llamada Soriana, procedente de Siria, ingresa en la Orden Franciscana Seglar con los votos de pobreza, obediencia y castidad, distribuyendo sus bienes a los pobres. Viuda sigue a Jesús pobre y crucificado. Visita como peregrina Tierra Santa, sobre todo la Basílica del Santo Sepulcro y el Monte Calvario, en la que tiene experiencias místicas sobre el dolor y la pasión de Jesús. Muere el 19 de junio de 1356, fiesta de la Trinidad en este año. El papa Clemente XII aprueba su culto el 24 de abril de 1737.

Común de Santas Mujeres

            Oración. Señor Dios, tú nos has revelado que toda la ley se compendia en el amor a ti y al prójimo; concédenos que, imitando la caridad de La beata  Miguelina, podamos ser un día contados entre los elegidos de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.


           19.1 de junio



María Rosa Flesch (1826-1906)

            La beata María Rosa Flesch nace el 24 de febrero de 1826 en Shönstatt, localidad situada cerca de Vallander, a orillas del río Rhin (Coblenza. Alemania), hija de Jorge Flesch e Inés Breitbach. Tiene dos hermanas, Mariana y Cristina. En el bautismo recibe el nombre de Margarita. En 1832 fallece su madre, y su padre se casa de nuevo con Helena Richarz, también viuda, madre de un hijo nacido de su matrimonio anterior. De la nueva unión nacieron otros dos hijos. Su padre fallece el 2 de abril de 1845, y Margarita con 16 años trabaja como costurera, bordadora y recolectora de hierbas medicinales, para mantener a la familia. Cuando se independizan sus hermanos, se entrega a los pobres, a los ancianos y a los huérfanos. Funda las Franciscanas de Santa María de los Ángeles (Franciscanas de Waldbreitbach) para cuidar a los niños huérfanos y ancianos. Toma el nombre de María Rosa. Sirve con otras hermanas en la guerra francoprusiana de 1870. En la Congregación es incomprendida y silenciada, situación que padece durante veintiocho años, hasta el día de su muerte el 25 de marzo de 1906 en Waldbreitbach. El papa Benedicto XVI la beatifica el 4 de mayo de 2008.

                                    Común de Vírgenes, p. ¿??

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón,
concédenos, por intercesión de la beata María Rosa, virgen, vivir, por tu gracia, de tal
manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.
20 de junio

                                                                       20 de junio



Mártires Franciscanos Irlandeses (1579-1653)

            En el siglo XVI se desata en Inglaterra e Irlanda la persecución contra los católicos que aceptan la autoridad suprema del Romano Pontífice en materia espiritual y rechazan el «Juramento de supremacía» que reconoce a la Reina Isabel I (1558-1603) como cabeza de la Iglesia. Más tarde viene la colonización de Irlanda por parte de Inglaterra y Escocia (1608-1610). Oliver Cromwell (1649-1652) prosigue la persecución a los católicos. Entre los 23 mártires de estas persecuciones beatificados por el papa Juan Pablo II el 27 de noviembre de 1992, están los siguientes franciscanos. PATRICIO O’HEALY (1545-1579), que nace en Dromahaire hacia 1545; profesa en la Orden franciscana, estudia en Salamanca (España) y en Roma (Italia). Es ordenado obispo de Mayo (Irlanda) por el papa Gregorio XIII, pero permanece un tiempo en París enseñando teología. CONRADO BREIFNE (1549-1579), sacerdote franciscano, es hijo de Brian O’-Rourke, Lord de Breifne; estudia en París. En 1579, con Patricio O’Healy, marcha a Irlanda y desembarca en el puerto de Smerwicke vestido de marinero. Los dos son apresados, encarcelados y ahorcados en Kilmallock en torno al 13 de agosto de 1579. CORNELIO O’DEVANY (†1612) nace en Rapphoe, condado de Donegal. Ingresa en la Orden en 1550. El papa Gregorio XIII lo consagra obispo de Down y Connor el 13 de mayo de 1582. Fue ahorcado el 1 de febrero de 1612. JUAN KEARNEY (1619-1653) nace en Cashel. Ingresa en la Orden en la fraternidad de Killkenny. Estudia en Lovaina y es ordenado en Bruselas en 1642. Es arrestado en 1653 por ejercer el sacerdocio católico. Ahorcado el 21 de marzo del mismo año.


                                                 Común de Mártires

            Oración. Señor Dios,  que concediste a los mártires franciscanos de Irlanda la gracia de morir por Cristo, ayúdanos en nuestra debilidad para que, así como ellos no dudaron en morir por ti, así también nosotros nos mantengamos fuertes en la confesión de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                      20.1 de junio


       Vicenta Gerosa (1784-1847)

Santa Vicenta Gerosa nace en Lovere (Lombardía. Italia) en 1784; pertenece a una familia de ricos comerciantes. Se reúne con otras jóvenes para hacer oración al Señor. Ingresa en la Orden Franciscana Seglar. Con Bartolomea Capitanio funda un Instituto para ayudar a los necesitados, en especial, a los enfermos. En 1833 fallece Bartolomea Capitanio. Sola continúa la obra emprendida, y el 25 de marzo de 1835 comienza sus obras de caridad con otras hermanas. En la epidemia del cólera de 1836 las hermanas se entregan por completo a los afectados, dejando admiradas a las poblaciones que sirven. En 1841 se inician las profesiones religiosas, siendo Santa Vicenta la primera que profesa en el Instituto de las Hermanas de la Caridad de María Niña. Es la Hermana Mayor, y redacta las Constituciones del Instituto. Siente un amor especial a Jesús crucificado, al que acompaña con sus virtudes de trabajo, serenidad y paciencia. Muere el 20 de junio de 1847. El papa Gregorio XVI aprueba el Instituto de Lovere en 1840 y Pío XII la canoniza el 18 de mayo de 1950.

                                   Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón,
concédenos, por intercesión de Santa Vicenta, virgen, vivir, por tu gracia, de tal
manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.


                                                                        21 de junio



               Luis Gonzaga (1568-1591)

            San Luis Gonzaga nace el 9 de marzo de 1568 en el castillo de Castiglione delle Stivieri (Lombardía. Italia). Hijo mayor de Ferrante, marqués de Chatillon de Stiviéres, y Marta Tana Santena. El día de la Asunción de 1583, en la iglesia de los Jesuitas de Madrid, siente la llamada del Señor. Inicia el noviciado el 25 de noviembre de 1585 en la casa de San Andrés. Se traslada al Colegio Romano para cursar la Filosofía y la Teología. Debido a su debilidad corporal, por la vida de penitencia que se impone desde mucho tiempo atrás, debe dejar los Jesuitas e ingresa en la Orden Francis-cana Seglar de mano de su tío Francisco Gonzaga (15491626), General de los Franciscanos Observantes. En 1590 aparece en Roma una fuerte epidemia que dura hasta el año siguiente. El joven Luis se entrega por entero a los enfermos. Mueren miles de personas, entre ellas los papas Sixto V, Urbano VII y Gregorio XIV. Atiende a los enfermos en San Jaime de los Incurables, en San Juan de Letrán y en Santa María de la Consolación. Contrae la enfermedad y fallece el 21 de junio de 1591. El papa Pablo V lo beatifica el 19 de octubre de 1605 y lo canoniza Benedicto XIII el 13 de diciembre de 1726, y lo nombra protector de los estudiantes jóvenes, y Pío XI, patrón de la juventud.

                         Común de santos Varones

            Oración. Señor Dios, dispensador de los dones celestiales, que has querido juntar en San Luís Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia, concédenos, por su intercesión, que, si no hemos sabido imitarle en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos en la penitencia. Por nuestro Señor  Jesucristo.


                22 de junio



Juan Fisher (1469-1535) y Tomás Moro (1477-1535)

SAN JUAN FISHER, de la Orden Franciscana Seglar, nace en Beverley (Yorkshire. Inglaterra) en el 1469. Estudia en Michaelhouse en Cambridge. Es ordenado sacerdote en 1491 y poco después desempeña la función de vicecanciller de Michaelhouse. Promueve la Facultad de Teología, las lenguas clásicas y el hebreo. En 1502 es capellán de la madre del rey, Doña Margarita Beaufort. Bajo su dirección, Doña Margarita funda Christ’s College y Saint John’s College en Cambridge. A ella se le reconoce como la mayor bienhechora de esta Universidad. En 1504 es elegido Canciller de la Universidad y obispo de Rochester. Como miembro de la cámara de los Lores, Fisher impulsa la reforma del Clero, muy relajado en este tiempo. Protesta que Enrique VIII se erija en la cabeza de la iglesia de Inglaterra. El Rey impone el «Juramento de Supremacía», por el que pueblo acepta dicha función. Él lo rechaza. Es arrestado en Rochester y encarcelado en la Torre de Londres en 1534, condenado a muerte el 17 de junio de 1535, nombrado cardenal, en la cárcel, por el papa Pablo III y ejecutado el 22 de junio de 1535. SANTO TOMÁS MORO, de la Orden Franciscana Seglar, nace en Cheapside (Londres. Inglaterra). Estudia en Oxford en 1492 y Leyes en Londres. Ejerce como abogado y a los 22 años ya tiene una gran fama en Inglaterra. Reside con los Cartujos entre 1500 y y 1504. Traduce la Farsalia de Lucano, escribe la vida de Pico de la Mirándola y la Utopía. Se desposa y tiene cuatro hijos. Entra al servicio del Rey en 1518 y en 1529 es Canciller del Reino. Renuncia al cargo cuando Enrique VIII se casa con Ana Bolena y se declara jefe de la iglesia de Inglaterra. Se niega a jurar conformidad y obediencia el 14 abril. Encarcelado en la Torre de Londres es decapitado el 6 de julio de 1535. Desde 1522 combate con la pluma la doctrina de los protestantes en torno a la Eucaristía, la primacía del Papado, la Jerarquía eclesiástica, etc. El papa Pío XI los canoniza en el año 1935.


                                   Común de Mártires

                                                          

            Oración. Señor, que has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de fe, concédenos, te rogamos, por la intercesión de San Juan Fisher y de Santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 15 de junio de 2014

Adorar al Señor

                           ADORAR AL SEÑOR

                                  


Lectura del santo Evangelio según San Juan 6,51-59.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: -Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
1.- Dios.  Jesús dice que él es el «pan de vida» y el que «no coma de su carne y no beba de su sangre no tendrá vida». Para vivir, hay que comerle y beberle. Comer y beber es el fundamento de la vida misma, de forma que toda la vida se puede simbolizar con estos actos físicos que responden a la necesidad humana básica. Comer y beber a Jesús es poseer la vida divina, que él revela, lleva y ofrece. Por eso, comerle y beberle es la eternidad de Dios. Todo está relacionado: Dios, Jesús, la vida humana. Pero el camino que hay que recorrer para que se dé la unión entre la potencia y eternidad de la vida de Dios, es la vida en Jesús, que es comer su carne, beber su sangre, es decir, reconocerle como Hijo de Dios que no dudó en dar la vida por sus amigos. 
           
2.- La comunidad.- San Pablo afirma que el cuerpo de Jesús es la Iglesia (cf. 1Cor 12,27). Si Jesús, que es la cabeza de la Iglesia (cf. 1Cor 11,3), ofrece su vida, es decir su carne y su sangre, para que todas las gentes entren en la dimensión divina y adquieran el estatuto de eternidad, también la Iglesia se debe dejar comer para dar vida a todas gentes de todos los ámbitos culturales. Las Iglesias locales, y las comunidades que las animan, son las que generan cristianos por su entrega servicial y que están presentes en todos los pueblos del mundo.  Como el Logos deja la gloria del Padre, estos cristianos dejan su cultura, su familia, sus ideales, y se entregan a los ideales del Señor, que es dar vida. La comunidad cristiana será relevante cuando  se deje comer; sea alimento para los que pasan hambre en todas las dimensiones de la vida. Así es como se establece la comunión entre Dios y su pueblo, entre las personas entre sí y se respeta y defiende la creación.

           
1.- El creyente.- Jesús es el pan bajado del cielo, y lo multiplica y lo da a todos los que tienen hambre. Jesús es el pan bajado del cielo, y da la vida de salvación divina a los estamos maniatados en la tupida red que establecen nuestros intereses y los intereses de todos los humanos. Si pasamos de adorarle en el tabernáculo a comulgarle, es decir, a identificar nuestras actitudes con las suyas, estamos cumpliendo la finalidad de la Encarnación: poder vivir aquí con los ojos de Dios, con la vida de Dios, para sembrar en nuestra vida la eternidad de Dios.  El Señor nos ha dado de comer nada menos que a su Hijo; nos ha ofrecido su vida para que la nuestra se rehaga, se recree y busque unos objetivos que redunden en nuestra felicidad. No es cualquier comida o bebida que mantiene y alegre la vida, porque es la vida transida por el amor.

El Corpus


          EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO


                                   Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Juan 6,51-59.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: —Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Entonces Jesús les dijo: —Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
1.- Texto. Jesús obra el milagro o signo de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-14), y a continuación Juan presenta el discurso del pan de vida que termina con la Eucaristía.  Jesús dialoga con los galileos en Cafarnaún, cuyas expectativas del futuro salvador de Israel entrañan la donación al pueblo de los bienes materiales que sustentan la vida. Por eso quieren hacerle rey, lo que le obliga a huir (cf. Jn 6,15). Entonces Jesús cambia de tercio y les ofrece su vida, su sentido de vida,  como alimento. El párrafo propone tres claves para tener en cuenta: 1ªJesús es «el pan vivo bajado del cielo»: la vida de Dios, que es la vida eterna; 2ª «el que coma de este pan vivirá para siempre»: Jesús es el Logos en la historia, es la revelación de Dios en la creación, es la vida divina entre nosotros; 3ª «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo»: la vida del mundo es la vida de Jesús en su desarrollo concreto en Palestina; sus actitudes básicas, sus hechos humanizadores y, como tales, salvadores, son los que alimentan de otra forma al pan y comida que nos sostienen en la existencia. 

           
2.- Mensaje.  Jesús alimenta la vida humana porque ha vivido y se ha entregado hasta la muerte en cruz por sus hermanos. El servicio, como la máxima expresión del amor del Señor a sus criaturas, lo ha llevado Jesús hasta el extremo y es su señal de identidad y la de sus seguidores en medio de todas las culturas que ha generado la humanidad a lo largo del tiempo. Nosotros, bautizados en su nombre, comiendo su carne y bebiendo su sangre, continuamos la obra salvadora del Señor en Jesús en la medida que generamos vida, la defendemos y la llevamos a su plenitud. Este amor que se entrega hasta el límite de dar la vida, es el que celebramos cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día en todas las partes del mundo. De esta forma los cristianos nunca podremos olvidar, y todos los demás hombres podrán un día comprender, que la vida está en dejarse comer por amor, como Jesús.

           
3. Acción. El tesoro que guarda la iglesia es la Eucaristía. Ella es su centro y culmen de relación con Dios y con todos los hombres. Porque la Eucaristía es Jesús como Palabra del Señor encarnada (cf. Jn 1,14), la que escuchamos como alimento de nuestra vida. La Eucaristía es hacer presente el sentido de vida de Jesús, que da su vida por sus amigos (cf. Jn 15,9-17). Y hacemos memoria de ello y lo celebramos. Unimos a Jesús nuestros gestos, nuestros actos, nuestras actitudes que favorecen la vida de los demás, y, a la vez, en la Eucaristía reconocemos, fortalecemos y pedimos que se siga ampliando nuestro servicio para beneficio de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestras funciones sociales.- Cuando adoramos al Santísimo estamos adorando al Señor que no duda en dar a su Hijo para que vivamos; cuando tenemos la forma consagrada ante nosotros, estamos adorando a Jesús que nos enseñó a vivir y a morir por amor; cuando exponemos la Custodia que contiene el pan consagrado estamos reconocimiento como salido de las manos del Señor el y el vino fruto de la tierra y del trabajo de los hombres.


Defiende la Tierra

EL DÍA DE LA TIERRA

                                                      

Francisco López Bermúdez
Facultad de Letras
Universidad de Murcia

Respetar  la Creación,  la Tierra, mediante el cuidado de todos sus elementos. Aprovechar los bienes de la naturaleza de manera razonable y durable, y con la responsabilidad de heredarlos a las futuras generaciones (Doctrina de la Iglesia)


La Tierra  es un planeta,  una pequeña parte del gran Sistema Solar y una  ínfima parte del inmenso Universo. Pero la Tierra es el hogar de todos los seres vivientes y suministra todos los recursos que sostienen la vida.  Ésta depende del funcionamiento de los grandes sistemas naturales (tierra, atmósfera, hidrosfera y biosfera) y, en concreto de unos recursos imprescindibles que son fuente de energía y alimento como el aire, el agua, el suelo fértil, la vegetación y los animales. La Tierra y sus ecosistemas son el hogar de la humanidad.
Reconociendo que la Tierra refleja la interdependencia que existe entre los sistemas naturales, los seres humanos y las demás especies vivas, en 1992, la Organización de las  Naciones Unidas declaró el 22 de abril como Día Internacional de la Madre Tierra. Fecha para reflexionar sobre el efecto que nuestros hábitos y, en general, nuestra vida cotidiana (sobre todo la de los países y gentes poderosas) tiene en el medio ambiente que nos acoge.  Esta proclamación es el reconocimiento de que la Tierra y sus ecosistemas nos proporcionan la vida y el sustento a lo largo de nuestra existencia. También supone reconocer la responsabilidad que nos corresponde de promover la armonía con la naturaleza y la Tierra, con el fin  de alcanzar un justo equilibrio entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras.

¿Por qué se necesita un Día de la Tierra?

Los problemas del medio ambiente a los que se enfrenta, actualmente, la población  mundial son muchos y bastante serios. El  llamado “desarrollo y “progreso”, ha llevado a la humanidad, a traspasar fronteras a costa  de los ecosistemas de la Tierra imprescindibles para la vida. El Día Internacional de la Tierra nos brinda la oportunidad de reafirmar nuestra responsabilidad colectiva de promover la armonía con la naturaleza en un momento en el que nuestro planeta se encuentra amenazado por el cambio climático, por la pérdida de biodiversidad, por la contaminación del aire, agua y suelo, por la explotación insostenible de muchos de los recursos naturales y otros problemas creados por la actividad humana.
           
El Día de la Tierra  también pretende mejorar la coordinación internacional para lograr un desarrollo durable, incentivar una economía verde, no depredadora,  y sacar a la gente de la pobreza.  Hoy sabemos que la mayoría de los cambios que el hombre provoca en la naturaleza tienen consecuencias adversas para el medio ambiente y para la población y, cuando se crean  amenazas para nuestro planeta, no solo se pone en peligro el único hogar que tenemos para vivir, sino incluso nuestra futura supervivencia. A pesar del gran desarrollo tecnológico alcanzado, la Tierra y sus recursos vitales aire, agua, suelo, vegetación y fauna siguen siendo y serán siempre, la fuente de nuestra  subsistencia.  La población mundial depende del planeta y sus recursos, la Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella aunque no nos percatemos de ello. Por esto,  el  Día Mundial  puede servir para reflexionar sobre el desbordante y derrochador  consumismo de los que pueden, sobre si saberes y tecnologías  sirven para un  mundo mejor y solidario y, si nuestro modo de vida tiene algún impacto negativo en el entorno ambiental en que vivimos. En definitiva si respetamos a la Madre Tierra.



El Espíritu y la Iglesia

                                      
                                                        EL ESPÍRITU SANTO

                                                            III


                                         El Espíritu en la tradición de la Iglesia

            Hay dos causas, entre otras, que desarrollan el estudio sobre la identidad del Espíritu. La primera proviene de las reflexiones de los Padres de la Iglesia sobre el mandato de Jesús a sus discípulos de ir a bautizar a todas las gentes «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28 19-20). La segunda versa sobre la preexistencia de Cristo que Pablo afirma en los himnos cristológicos y Juan en el «Prólogo» del Evangelio. Dios no es una soledad, o un ser aislado y abstracto. Tiene un Hijo, al que manda al mundo para salvarlo (cf. Gál 4,4-5; Heb 1,1-3). Y el Padre y el Hijo envían a los creyentes el Espíritu que habita en ellos y da la nueva vida en Cristo Jesús, prometiendo la resurrección que el mismo Padre ha obrado en su Hijo. Y no sólo ofrece la resurrección al final de la historia, sino que constituye a todos los bautizados en Hijos de Dios: «Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:¡Abbá Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos» (Rom 8,15-16).

           
Por consiguiente, la presencia del Espíritu en la vida y en la doctrina de la comunidad cristiana ha sido permanente. La Didajé (VII,1-3) repite la fórmula bautismal; como Hipólito de Roma (Trad. Apos.), Justino (Apología I,61), Ireneo (Demostración 7,83), etc. Es el amor del Padre, que envía a su Hijo para la salvación del mundo y que, a su vez, envía el Espíritu para llevar a término su obra salvadora y santificadora. Tertuliano atribuye al Espíritu la función de ser el revelador del Padre y elabora la fórmula de que la Trinidad son «tres personas y una sustancia» (Adv. Prax. 2.8,9); son nombres de personas, que no de sustancias y que entrañan una distinción de propiedades y no división. Orígenes concibe al Padre como el amor fontal de donde provienen todas las cosas y su ordenación, la voluntad de amor de la que es engendrado el Hijo, que es su Palabra y su Sabiduría. El Espíritu es la subsistencia en la relación recíproca entre el Padre y el Hijo (cf. Com. Johan., 3,8). Hay tres hipóstasis, pero una misma naturaleza.

            La reflexión sobre la divinidad del Espíritu y por ende la formulación de la Trinidad en Dios proviene en el cristianismo de su función salvadora. En la historia existe una oferta permanente de salvación que la facilitará por la presencia del Espíritu y que en la reflexión de los Padres Capadocios se instrumentaliza como un proceso de santificación que alcanza la unión con Dios. El Espíritu Santo es el Espíritu santificador de la comunidad cristiana y de cada uno de los bautizados, que purifica del mal, desarrolla y potencia las virtudes cristianas, transforma a las personas y les hace alcanzar, finalmente, la divinidad. Pero los Padres también afrontan el problema de la distinción dentro de la Trinidad Divina con ocasión del desarrollo de la pneumatología. Se responde a la pregunta de qué hay en la divinidad que distinga a las tres personas. Ese algo que debe ser por fuerza divino, que no accidental y como venido de fuera de la misma esencia de Dios. Lo que distingue a Dios en sí son las procesiones, o las relaciones: lo distingue sin romper su unidad esencial. Lo que nosotros experimentamos en la historia de Dios existe en Él mismo: El Padre engendra al Hijo; el Hijo es engendrado; y el Espíritu también recibe el ser del Padre y tiene la misma esencia que el Hijo. Estas relaciones internas son las que estructuran la vida cristiana y la creación por medio de las misiones divinas que hacen al cristiano aflorar la novedad de la estructura creada de la creación y de la historia humana, como la intuición de cómo es Dios en sí mismo. La realidad de Dios es trinitaria, pero también la realidad creada. Si Dios es una triple relación de amor, también lo es la realidad que ha salido de su bondad.

           
La Iglesia se aferra a la revelación de la Escritura y corrige en los términos que las herejías intentan desviar la experiencia y el contenido de la fe cristiana. Y los Concilios no tienen más remedio que inculturar la fe neotestamentaria. Ya hemos visto el término «consustancial» aplicado a Jesucristo en Nicea (DH 125). Ahora con el Espíritu, pasa de una simple afirmación de este Concilio (DH 125) y de Dionisio Romano (DH 112), a un desarrollo igual que tuvo el Hijo en el Concilio I de Constantinopla, que recoge el Símbolo de San Epifanio (DH 44) y es convalidado como ecuménico en el de Calcedonia: «Creemos en un solo Dios [...] Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, que habló por los profetas» (DH 150). Por esta época el Concilio Romano con el papa San Dámaso concluye: «Esta es la salvación de los cristianos: que creyendo en la Trinidad, es decir, en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, [y] bautizados en su nombre, creamos sin duda alguna que ella es una sola divinidad y potencia, majestad y sustancia» (DH 176). Y así continúan estas afirmaciones los Concilios de Toledo: el I del año 400 (DH 188); el III del año 589 (DH 470) y el XI del año 675 (DH 527).


           
El Concilio Vaticano II precisa muy bien que el fundamento de toda la revelación cristiana descansa en la Trinidad y ella constituye el centro del misterio divino manifestado en la Encarnación, en la Resurrección de Cristo y en Pentecostés: «La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre. Este designio dimana del “amor fontal” o caridad de Dios Padre, que siendo principio sin principio del que es engendrado el Hijo y del que procede el Espíritu Santo, creándonos libremente de su benignidad excesiva y misericordiosa y llamándonos además por pura gracia a participar con Él en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad y no deja de difundir la bondad divina, de modo que el que es Creador de todas las cosas se hace por fin todo en todas las cosas (1Cor 15,28), procurando al mismo tiempo su gloria y nuestra felicidad» (Ad gentes 2; cf. Lumen gentium 2).

lunes, 9 de junio de 2014

Jerusalén y Egeria

                  "Jerusalén, que se me pegue la lengua al paladar". 
                                           Todos somos Egeria.   
                                                                                                                                                                                    
                                                                                                                                   
                                                  Elena Conde Guerri
                                                       Facultad de Letras
                                                                  Universidad de Murcia


           
"Que se me pegue la lengua al paladar, Jerusalén, si yo me olvido de ti", expresaban en el Salmo 136 con doliente nostalgia los judíos en aquel su exilio cuando sus cítaras, mudas, colgaban de los árboles que jalonaban los ríos de Babilonia. El texto es poético y no exento de problemas de autoría ni de fechas, pero la intención es transparente. No podían alabar a Dios ni cantarlo con júbilo como El merecía, pero tenían el privilegio innato de la memoria  cognoscitiva para clavar en ella el símbolo y poder también transmitirlo. La Ciudad Santa  era el icono que alentaba su espera.
En el transcurso de los siglos, Jerusalén se ha convertido en la Ciudad "tres veces santa" y la reciente peregrinación del Papa Francisco lo ha manifestado con creces. Días plenos de oración, esencialmente, en compañía de los máximos representantes de las otras confesiones monoteístas para que en el horizonte venidero jamás se imponga la tentación de arrinconar a Dios en un paisaje yermo y silente, cuya única melodía sea la generada por el rechazo al ecumenismo y la adoración a los ídolos de barro. No es hoy mi intención insistir en lo que bien ha expresado la Crónica Franciscana al respecto. Quiero remontarme a la Antigüedad, a un documento pleno de vitalidad que en este viaje papal se destaca renovado y luminoso. La llamada Peregrinación de Egeria, diario de viaje no tan conocido fuera del campo de los estudiosos, redactado en lengua latina y por un autor anónimo, verosímilmente en los primeros momentos del siglo V de nuestra era. Es su contenido lo que importa. Egeria es una mujer, a mi parecer acomodada, que llevada de su ansia por conocer los Santos Lugares donde vivió Jesús, emprende un itinerario desde un punto del Imperio de Occidente y en compañía de un grupo reducido movido por los mismos intereses. Todos sabemos que un viaje puede fracasar si la motivación de sus integrantes es dispar. Aquí, la peregrina no persigue realizar un periplo arqueológico ni artístico, ni mucho menos superar un reto personal para salir indemne de cartografías muy lejanas, difíciles y en ocasiones peligrosas. La finalidad es espiritual, es nutrirse de la esencia que la historia bíblica imprimió en dichos lugares y, a la vez, participar de la liturgia  que se oficiaba en las Basílicas emblemáticas, ya construidas: Belén y la llamada Anástasis. Su primer impacto es la visión del Sinaí pues, evidentemente, en su itinerario la progresión histórica se adapta al territorio. "Aunque hay varias cumbres, al conjunto se le llama Monte de Dios sobre todo a aquel en cuya cumbre se encuentra el lugar donde descendió la majestad de Dios, como está escrito". En el Sinaí empieza todo, la esencia de la revelación mucho más perfeccionada, a mi entender, con la exigencia de la obediencia y la fidelidad a su tutela y transmisión. Y del Sinaí, poco a poco y no sin algún incidente aventurero y episódico, el grupo llegará a Jerusalén. Sorprende, en principio, la brevedad que Egeria concede a la ciudad en sí y a la descripción arquitectónica de sus basílicas. Aunque menciona sus materiales preciosos, sus mármoles y sus mosaicos,  y las incrustaciones de piedras preciosas de sus objetos litúrgicos, "sería superfluo describirlo". No es su propósito, como se ha dicho. Las aspiraciones vuelan de modo ascendente.
El ámbito queda superado y sacralizado, en cierto modo, por la PALABRA manifestada en el ritual sensitivo de la liturgia. De hecho, la segunda parte de este librito se concentra exclusivamente en la liturgia vigente en Jerusalén, desde la Epifanía hasta después de Pentecostés. En la basílica de la Resurrección, por ejemplo, desde que rompe a cantar el primer gallo, el Obispo desciende a la gruta, se abren todas las puertas y toda la muchedumbre que esperaba entra en ella, iluminada por innumerables luces. Y en las lecturas pertinentes, los asistentes se dejaban llevar por sus sentimientos y emoción ante las torturas previas del Señor, estallando en llanto sin el menor pudor. Ritual y corazón iban de la mano en una sensibilidad cristiana muy propia de la época de Egeria, tal como muchas fuentes describen. Pero tales escenas nunca empañaban el mensaje esencial.


Lea este Itinerario quien lo desee. Está traducido en español. Todos tenemos nuestros viajes, nuestros periplos secretos a veces inalcanzables, oscilantes, quizá sin brújula. Rutas inimaginables, por aventura, curiosidad, necesidad vital,  exigencias culturales, hasta por hastío. Por imperativo de las modas impuestas aquí y ahora. En el siglo XIX, y ya con el precedente de Winckelmann,  las clases acomodadas subyugadas por el revival de lo clásico estaban obligadas a realizar le grand tour. En parte esnobismo, no menos cierto circulación de cultura, conocimientos y belleza. Y los de formación luterana, se enganchaban sensorialmente ante el David de Miguel Angel o ante las gaviotas del Bósforo y también su  corazón se aceleraba. Entrado el siglo XXI, los grandes circuitos culturales deben de mantenerse para no llegar a una esterilidad que presuntamente nos amenaza. Pero no deben ni pueden ser meros itinerarios escenográficos ni paisajísticos ni gastronómicos. El verdadero viaje es siempre interior. Aunque se pisen los paisajes reales donde la Jerusalén, añorada y real, se erigió. El Papa Francisco lo ha demostrado esta vez y nos lo ha querido enseñar con creces. Y también, los PP. Franciscanos, Custodios por derecho propio de los Santos Lugares desde tantos siglos atrás, que siguen fieles al mensaje que persiguió la misteriosa peregrina Egeria.


                           

Custodio Tierra Santa