domingo, 22 de febrero de 2015

Santos y Beatos: 23-28 febrero

23 de febrero
Policarpo ( 155ca.)

            San Policarpo, obispo de Esmirna (Turquía), es discípulo de los Apóstoles, de los que escuchó la vida y la doctrina de Jesucristo. Recibe a San Ignacio de Antioquía en su viaje a Roma. También San Policarpo va a la Ciudad Eterna para tratar con el papa Aniceto la fiesta de la Pascua. Es martirizado en torno al año 155.

                                               Común de Mártir

Oración. Dios de todas las criaturas, que te has dignado a agregar a San Policarpo, tu obispo, al número de los mártires, concédenos, por su intercesión, participar con él en la pasión de Cristo, y resucitar a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.



24 de febrero
Isabel de Francia (1225-1270)

            La beata Isabel de Francia es hija del rey Luis VIII y Blanca de Castilla. Dada en matrimonio a Conrado Hohenstaufen, hijo del emperador Federico II, renuncia a casarse por haber hecho el voto de virginidad. Se dedica a asistir a los enfermos en los hospitales, ayudar a los pobres y acrecentar la devoción a la Eucaristía, medio con que busca identificarse con Cristo. Construye un monasterio de Clarisas en Longchamp, situado a las afueras de París y dedicado a la Humildad de Nuestra Señora. Le acompañan varias jóvenes de la corte francesa y otras hermanas venidas de otros monasterios, en especial de Reims. Las religiosas no se llaman «Hermanas Pobres», como en la Regla de Santa Clara, sino «Hermanas Menores Encerradas». En el claustro adopta una vida de penitencia y oración, haciendo especial hincapié en la humildad y la pobreza, entendida ésta de una forma menos radical que Santa Clara. Vive en un ala del convento con estancias propias; no emite los votos religiosos, seguramente para no ser abadesa. Muere el 23 de enero de 1270. Asiste a los funerales su hermano San Luis IX, rey de Francia. León X aprueba oficio y misa en su honor el 11 de enero de 1520, e Inocencio XII, a finales del s. XVIII, los extiende a toda la Orden Franciscana.

                                               Común de Santas Mujeres

            Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la virgen Isabel de Francia abundancia de dones celestiales, concédenos imitar en la tierra su seguimiento de Cristo pobre y crucificado, para que también podamos gozar en su compañía en tu gloria eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.


25 de febrero
Sebastián de Aparicio (1502-1600)

            El beato Sebastián de Aparicio nace en Gudiña (Orense. España) en el año 1502, hijo de Juan de Aparicio y Teresa del Prado. Su oficio es de pastor. Con las ganancias mantiene a su familia. Muertos sus padres y casadas sus hermanas, emigra a México. Aquí se dedica a la agricultura y hace carros de carga tirados por bueyes. Con ellos transporta mercancías de un pueblo a otro. Con sus productos comercia en Veracruz, Zacatecas y en la ciudad de México. Todas las ganancias las distribuye entre los necesitados, como antes lo hizo con su familia. En 1552 deja el comercio y se centra de nuevo en las labores agrícolas y ganaderas. Adquiere una hacienda en la que crea la primera escuela industrial que hay en México; se dedica a enseñar a los campesinos para ganarse la vida con honradez. Se casa dos veces. Cuando enviuda de la segunda mujer, ingresa en la Orden el 2 de junio de 1573 a la edad de 71 años en la ciudad de México. Por 27 años vive dedicado a la oración y penitencia. Se encarga de pedir limosna, cuidar el huerto y hacer las compras. Muere el 25 de febrero del año 1600 a los 98 años de edad. Pío VI lo beatifica el 17 de mayo de 1789.

                                               Común de Santos Varones

            Oración. Oh Dios, que hiciste a tu siervo Sebastián de Aparicio caminar por la senda de la simplicidad de corazón y le colmaste de dones celestiales, concédenos, por su intercesión, que te sirvamos con mente pura y con corazón limpio. Por nuestro Señor Jesucristo.


27 de febrero
        Francisca Ana de la Virgen Dolorosa (1781-1855)

            La beata Francisca Ana nace Sancellas (Baleares. España). Trabaja con sus padres y hermanos en labores agrícolas. En su tiempo libre se dedica a explicar el catecismo a los jóvenes en la parroquia de su pueblo. Fallecidos su madre y sus tres hermanos, ingresa en la Orden Franciscana Seglar en 1798. Cuida a su padre hasta 1821, año en que muere. En 1850 el rector de la parroquia, Juan Molinas, crea una casa de caridad al estilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente. Le encarga el proyecto a Francisca. El 7 de diciembre de 1851 profesa con otras dos mujeres. Francisca cumple 70 años. No obstante se dedica con todas sus fuerzas a promover el Instituto así llamado Hermanas de la Caridad, y lo dirige con extremada prudencia. En esta casa instruye a los niños, socorre a los pobres, asiste a los moribundos. Muere el 27 de febrero de 1855. El papa Juan Pablo II la beatifica en Roma el 1 de octubre de 1989.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata Francisca Ana, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.

27.1 de febrero
José Tous y Soler (1811-1871)

            El beato José Tous y Soler, Franciscano Capuchino, nace en Igualada (Barcelona. España) el año 1811. A los 16 años ingresa en los Capuchinos de Sarriá (Barcelona), profesando el 19 de febrero de 1828. Se distingue por su unión con Jesús realizada por la oración y la devoción a la Eucaristía y a la Virgen María bajo la advocación de la Divina Pastora. En 1835, exclaustrado, viaja a Italia y a Francia donde se dedica a la dirección espiritual. Regresa a Barcelona en 1843. Funda las «Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor», dedicadas a la educación cristiana de la juventud. Inaugura el primer colegio en Ripoll el 27 de mayo de 1850; en 1858 se cierra este colegio y se abre uno nuevo en Capellades. El Instituto cuenta en la actualidad con fraternidades en Cataluña, Murcia, País Vasco y Madrid; y en Iberoamérica: Nicaragua, Costa Rica, Guatemala, Colombia y Cuba. Muere el 27 de febrero de 1871 celebrando la Eucaristía en Barcelona. Es beatificado por el papa Benedicto XVI el 25 de abril de 2010.
                                               Común de Pastores

            Oración. Oh Dios, que al beato José Tous, presbítero, diste la gracia de seguir fielmente a tu Hijo, en la pobreza y humildad de espíritu, y suscitar en la Iglesia la educación cristiana de los niños; concédenos, por sus méritos e intercesión, que profundamente renovados, podamos saborear la dulzura de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


27.2 febrero
María Caridad Brader (1866-1943)

            La beata María Caridad Brader nace el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn (St. Gallen. Suiza); es hija de José Sebastián Brader y de María Carolina Zahner. Estudia en el Colegio de María Hilf de Altstätten, de las Religiosas de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Ingresa en este Instituto franciscano el 1 de octubre de 1880 y profesa el 22 de agosto de 1881. Con La beata María Bernarda Bütler y otras hermanas viaja en 1888 a Chone (Ecuador) y más tarde a Túquerres (Colombia). Se dedica a evangelizar a los habitantes de las zonas de la selva colombiana. Funda en 1894 la Congregación de Franciscanas de María Inmaculada, dedicada a la educación de los niños y jóvenes pobres y marginados. Participa con intensidad en la Eucaristía y establece la Adoración Perpetua diurna y nocturna. La beata María Caridad es la oración encarnada. La pastoral social, el trabajo de promoción, la formación, la evangelización y la enseñanza religiosa son la herencia que deja a su Congregación. Es Superiora General desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940. En 1933 aprueba la Santa Sede su Congregación. Es beatificada por Juan Pablo II el 23 de marzo del año 2003.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, Dios nuestro, que has derramado sobre la beata María Caridad Brader la gracia de adorarte por medio de su amor a la Eucaristía, concédenos imitar en la tierra esta virtud, para que también podamos gozar en su compañía de las alegrías de la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.


28 de febrero
Antonia de Florencia (1401-1472)

            La beata Antonia, de la Orden de Santa Clara, nace en Florencia (Toscana. Italia) en 1401. Contrae matrimonio a la edad de 15 años; tiene un hijo y queda viuda muy pronto. Se casa por segunda vez y enviuda de nuevo. Cuando el hijo es mayor de edad, ingresa en el convento de San Onofre de Florencia, de las Hermanas Terciarias Regulares de San Francisco, fundadas por la beata Angelina de Marsciano. Poco después es destinada al convento de Santa Ana de Foligno, y luego al convento de Santa Isabel de Áquila. Aquí conoce a San Juan de Capistrano, que defiende la reforma de la Orden junto a San Bernardino de Siena. En 1447 marcha con un grupo de religiosas al monasterio del Corpus Domini para observar al pie de la letra la Regla de Santa Clara, sobre todo en los aspectos de pobreza y penitencia. San Juan de Capistrano le encomienda la dirección del monasterio, que ejerce durante toda su vida. Ella se ofrece para renovar la Segunda Orden y se convierte en el modelo femenino de la reforma observante. Muere el 28 de febrero de 1472 a la edad de 71 años en Áquila. El papa Pío IX aprueba su culto el 17 de septiembre de 1847.

                                               Común de Santas Mujeres


            Oración. Oh Dios, que infundiste a la beata Antonia de Florencia un profundo amor a la pobreza y la penitencia, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Jesucristo pobre y crucificado, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo.

El martirio de Mons. Romero,

                    Antropología teologal de la justicia liberadora con los pobres
                                 El martirio de Mons. Romero, el Card. Müller
                                              y la Teología de la Liberación




                                                                                                  Agustín Ortega Cabrera
                                                                                                         Centro Loyola e ISTIC

              
Car. Müller
La espiritualidad y teología latinoamericana, en clave liberadora, tiene más actualidad que nunca. La comisión de teólogos de la Congregación para las Causas de los Santos acaba de aprobar, por unanimidad, la declaración de martirio de Mons. O. Romero, asesinado en el Salvador en 1.980 por motivo de su fe en la entrega, servicio y compromiso por la justicia liberadora con los pobres. Con lo cual, se ratifica su más que posible y próxima beatificación. Asimismo, el Cardenal G. L. Müller, actual Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, ha publicado recientemente dos libros muy cualificados e importantes. El primero, Del lado de los pobres, Teología de la liberación, que ha sido galardonado con el Premio Capri San Michele, uno de los premios de ensayo más importantes de Italia. Y el segundo, Iglesia pobre para los pobres, La misión liberadora de la Iglesia, con prologo-presentación del mismo Papa Francisco. Ambas publicaciones están escritas en colaboración con Fr. G. Gutiérrez OP, presbítero y religioso dominico,  galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2003). G. Gutiérrez es considerado el padre de la teología de la liberación (TL) y uno de los teólogos más significativos de la época contemporánea.
Agustín Ortega
En estas publicaciones, el Cardenal Müller junto a G. Gutiérrez, tal como viene haciendo la enseñanza y vida de la iglesia, expone lo más valioso y fecundo de la teología de la liberación; precisando y matizando algunos posibles límites, malentendidos o deformaciones que se ha hecho sobre dicha teología. Lo cual fue lo que encarnó y promovió mártires (testimonios) como el de Mons. Romero o sus compañeros y amigos, los conocidos como mártires de la UCA, del que celebramos ahora su 25 aniversario. I. Ellacuría, I. Martín-Baró que junto a 4 compañeros jesuitas, casi todos de origen español, fueron asesinados junto a una trabajadora y su hija en su Universidad del Salvador (UCA). Todos estos mártires y testigos de la fe de la iglesia latinoamericana, con sus comunidades eclesiales de base, su espiritualidad liberadora, su praxis social…es la levadura de donde surgió la  TL.
G. Gutiérrez
En dichos libros, efectivamente, Müller y Gutiérrez van la raíz de la TL, que manifestó el testimonio de vida de Mons. Romero y de todo estos mártires, como es la espiritualidad y antropología teologal. Esto es, como la fe y la vida del cristiano está enraizada en el don de Dios (la Gracia), su Amor y Justicia, que nos libera de todo pecado, mal e injusticia.  La Gracia, el Amor de Dios que se nos dona en Jesucristo y su Espíritu Santo, se encarna y asume toda la realidad, la espiritual y personal, la cultural y social, la política y  económica. La espiritualidad y antropología cristiana tiene este carácter encarnado, social e integral que acoge y promueve todas las dimensiones de las  personas, las corporales y materiales, las económicas, las sociopolíticas y espirituales. Es una fe y antropología que supone la inteligencia de la fe, de la esperanza y del amor que es inseparable de la justicia liberadora con los pobres de la tierra. La fe cristiana se realiza en el don del amor y de la justicia, lo que nos libera de la maldad e injusticia que sufre la creación. Y, de esta forma, el servicio y compromiso del amor fraterno, de la solidaridad y justicia con los pobres de la tierra es constitutivo de la espiritualidad y vida teologal, de la misión evangelizadora de la iglesia, sin la que no existe verdadera fe ni existencia cristiana. Ya que, en este sentido, el alcance teologal de la justicia liberadora con los pobres está entrañado en el mismo Dios que, en Jesús, se hizo pobre para liberarnos de la injusticia y de todo pecado.
              
Jesús se encarna en lo pobre y con los pobres de la tierra porque es la realidad teologal desde: donde se realiza el amor, la paz y la justicia universal que le es negada a los pobres; donde nos liberamos del pecado del egoísmo y sus ídolos del poder, tener y de la riqueza (ser ricos), que es lo que causa la desigualdad e injusticia de la pobreza, la opresión que sufren los pobres y excluidos sociales; donde nos liberamos de la comodidad, indiferencia y complicidad ante toda esta injusticia, opresión y marginación que padecen los pobres de la tierra. Todo ello, esta vida y realidad teologal, es clave para la salvación que, como se observa, se realiza en el desarrollo y liberación histórica e integral de todas las dimensiones del ser humano, de todo lo que causa mal y oprime al ser humano. La fe cristiana supone, pues, esta antropología que promociona la sagrada e inviolable vida y dignidad del ser humano, que les son arrebatadas a los pobres, ya que los seres humanos somos semejanza e imagen de Dios. Aun más, todos los seres humanos  somos hijo/as de Dios Padre con entrañas Maternas, como se ha revelado en Jesus, y por tanto hermanos, cuya amor fraterno le es negado a los pobres. Y todavía más profundo, como apuntamos, los pobres y crucificados (en la injusticia) de la historia son sacramento (presencia real) de Cristo Pobre y Crucificado que nos salva en este don del amor, paz y justicia liberadora como se muestra en su Pascua por el Reino.
              
Así, el amor y justicia con los pobres se sitúan en el mismo corazón de la vida y espiritualidad cristiana que no es más que seguir a Jesús en el Espíritu y su Gracia Liberadora, para realizar el proyecto de Jesús, el Reino de Dios y su justicia. La existencia cristiana tiene su corazón en esta espiritualidad, en el Espíritu de Dios liberador que va realizado la salvación que nos trae el Reino y su amor, paz y justicia liberadora con los pobres y que se va realizando ya en la realidad histórica; culminando en el futuro, en la vida plena, eterna. El Dios en Jesús es el Dios de la vida, de la fecundidad de la vida fraterna, solidaria y justa con los pobres y víctimas de la historia, a los que se les mata, a los que le son arrebatadas estas vidas dignas, plenas y de amor que nos trae ya el Reino. El Reino y su justicia liberadora con los pobres se anticipa ya en la historia, mediante la Pascua liberadora de Jesús Crucificado-Resucitado por el Reino. Lo cual se consumará en la vida eterna, en la plenitud del tiempo histórico y de la creación.
Como se puede observar, toda esta antropología y espiritualidad implica todo un quehacer teologal, una renovada metodología  e inteligencia teológica que se realiza en diversos momentos inter-relacionados:
              
Ignacio Ellacuría
- En el ver, hacerse cargo de (analizar) la realidad con las mediaciones de las ciencias sociales y sus teorías sociales-filosóficas. Es una mirada crítica, social y ética que aprovecha lo más valioso de autores o perspectivas de estas ciencias sociales, como Marx o la teoría de la dependencia, que den cuenta de las relaciones y estructuras de dominación, injusticia y de la opresión del subdesarrollo; sin que se tenga, por ello, que asumir en su totalidad la filosofía, la antropología o límites y posibles carencias de dichos autores o teorías, que no se confunden ni se identifican tampoco con la misma fe.
               - En el juzgar o valorar (cargar con) la realidad. Con una lectura creyente y teológica de la realidad histórica, de los signos de los tiempos, desde el Evangelio del Reino en su justicia con los pobres y con ese tesoro que es la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). El mal, la opresión e injusticia que sufren los pobres, a la luz del Evangelio y de la DSI, es el pecado del (que daña) al mundo, el pecado social y estructural. Es decir, el pecado personal del egoísmo, con sus ídolos del poder y de la riqueza, cristalizan en estas relaciones y estructuras sociales de pecado que llevan a su vez a más injusticia y mal, a más pecado. Con una inter-relación inseparable entre el pecado personal y el histórico-estructural, con las estructuras de pecado. Son esas relaciones sociales inicuas, esos sistemas y estructuras políticas, económicas, comerciales o financieras perversas que causan la desigualdad e injusticia de la pobreza, Las estructuras de pecado que generan la opresión, desigualdad y marginación que sufren los pobres, los excluidos y víctimas de la historia. Frente a las teorías del desarrollismo economicistas, en el mundo existe una lucha entre  la gracia y el pecado, un conflicto personal, social e histórico entre el bien y el mal, la paz y justicia frente a la opresión, violencia e injusticia. Y hay que asumirlo y luchar por que el amor fraterno, la paz y la justicia liberadora con los pobres vayan venciendo a toda dominación, marginación y odio.
               - En el actuar, en el encargarse de la realidad, en la praxis social, liberadora y transformadora del mundo, de sus relaciones, estructuras y sistemas injustos. Asumiendo por tanto el inherente carácter social de la fe y del amor. Esto es, la caridad política, pública y social que busca el bien común y la justicia con los pobres, ir a las causas de la pobreza, de la injusticia y opresión. Para que se vaya alcanzando así la civilización del amor y del trabajo, de la dignidad del trabajador, por encima del capital, del beneficio. Con una justa distribución y destino universal de los bienes que, siempre, tiene la prioridad sobre la propiedad o el mercado. Esta acción y compromiso social se hace en comunidades espirituales o eclesiales, sociales y solidarias. Junto a aquellos movimientos sociales o ciudadanos emancipadores, liberadores que luchan por la paz, el desarrollo integral y la justicia universal, global con los pobres de la tierra. Los pobres y pueblos crucificados por la injusticia junto con los que los defienden y promueven su liberación integral, el protagonismo y promoción liberadora e integral de los pobres, son los signos permanentes de la historia. Y desde estos signos de los tiempos en la justicia liberadora y protagonismo de los pobres, hay que discernir, encarnarse y comprometerse por el Reino. Ello requiere, por tanto, el discernimiento de las mediaciones sociopolíticas que se vaya aproximando al Reino, las ideologías o sistemas políticos, tal como puede ser un socialismo democrático. Lo cual significa la justa  y universal distribución o destino de los bienes, los pueblos y los pobres como los sujetos de la historia. Lo que se opone tanto al liberalismo, al capitalismo como al comunismo estatalista o colectivismo. Pero sin la identificación de estas posibles mediaciones o ideologías-sistemas con la fe; lejos de todo confesionalismo e ideologización del cristianismo o cualquier otra religión, que no se confunde nunca con las ideologías o corrientes partidistas.
               Todo este método (camino) teológico, este quehacer teologal y espiritual en la justicia con los pobres, para que sea autentico y creíble, supone luchar pacíficamente contra el sistema e ideología que hoy domina y que causa la pobreza, el hambre y muerte de los pobres. Es decir, el neo-liberarismo (económico), el capitalismo que por esencia es inhumano, injusto e inmoral. Vamos concluyendo y como se ve, el martirio y testimonio de creyentes como Mons. Romero, que encarnó con su vida toda esta espiritualidad y antropología teologal, es un martirio por la fe que, cuando es verdadera, se realiza en el amor, la paz y la justicia liberadora con los pobres.
              
Remarcamos que este testimonio de amor y justicia con los pobres es el primer, principal camino o medio, con credibilidad y coherencia, de la misión evangelizadora de la iglesia. Ya que solo el amor es digno de fe. Por lo dicho, se puede verificar lo valioso, profundo y espiritual-evangélico de toda esta teología, espiritualidad e iglesia latinoamericana de la liberación. Tal como se muestra todo lo expuesto hasta aquí en las obras reseñadas de Müller, que se ha fecundado mutuamente con la teología contemporánea más cualificada, con el magisterio de la iglesia y la DSI. Y como está mostrando y encarnado asimismo, con un vigor impresionante, el Papa Francisco en la actualidad. Por último, como es natural, invitamos vivamente a leer y conocer estas obras de Müller, todo este legado teológico y eclesial, que hemos reseñado en este escrito.



sábado, 21 de febrero de 2015

Frase I: «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

                                           Las palabras de Jesús en la cruz

                                                                  I


                                            «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

Existe en los Evangelios un grupo de frases que Jesús pronuncia en la cruz para edificación del pueblo cristiano. Ellas representan la riqueza espiritual que dimana de su sacrificio y que los creyentes recuerdan para situaciones de dolor y sufrimiento, situaciones que viven como personas y como comunidades no admitidas en el mundo religioso judío y pagano. Son siete frases: una en Marcos y Mateo (15,34; 27,45), tres en Lucas (23,34.43.46) y otras tantas en Juan (19,26.28.30). Las frases tienen dos tendencias: las que tratan de evocar la conciencia de Jesús en estos momentos y mostrar su último objetivo y las que dirige a su madre y al discípulo predilecto, al compañero de crucifixión, ya expuesta, y al Padre por los que le han condenado.


«Con él crucificaron a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Mc 15,27par). El dato apunta a que Jesús es crucificado en una condena colectiva. No es solo él al que se ejecuta. La Misná enseña que está prohibido emitir dos condenas de muerte y realizarlas en el mismo día. Pero no es nuestro caso, pues los romanos suelen ejecutar a varias o a muchas personas a la vez. Ningún precepto o costumbre se opone a ello. Se habla de bandidos, de malhechores en correspondencia a la cita de Isaías (53,12) que afirma que el siervo «fue contado entre los pecadores», o como se queja Jesús cuando es apresado en Getsemaní (cf Mc 14,48; Mt 26,55). Los reos crucificados, que alteran el orden público o desobedecen los preceptos divinos, son dos y, contando con Jesús, suman un número emblemático. Para Juan (19,18), Jesús está en el centro, entre los dos; los Sinópticos dicen lo mismo, pero colocados «a su derecha y a su izquierda»; y «lo injuriaban» (Mc 14,32par).
Con este dato, Lucas elabora un párrafo continuando las ofensas de los soldados y los jefes del pueblo. Presenta a los dos bandidos de una manera antitética, como lo ha hecho con Zacarías y María (Lc 1,5-38), Jesús y Juan (7,33-34), Marta y María (10,38-42), el rico y el pobre (16,19-31), el fariseo y el publicano (18,9-14). Así uno le injuria, el otro no: «Uno de los malhechores colgados lo insultaba: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. El otro le reprendía: Y tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen» (Lc 23,39-41). El malhechor apela al poder mesiánico para eludir el calvario de la cruz. Éste, en el tiempo de Lucas, es fuente de salvación, y a ella se remite el «mal ladrón». Jesús guarda silencio, como lo ha hecho con las injurias anteriores. La respuesta la recibe de su compañero, que le llama la atención sobre el temor al juicio divino al que se va a someter muy pronto. Este juicio también sobrevuela su conciencia y, comparándose con la inocencia de Jesús, la abre a la responsabilidad de su propio pecado. Reconocerse pecador es el primer paso de la conversión, que se afianza con una llamada a la misericordia de Jesús, tan típica en la teología de Lucas (10,25-37), porque «no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan» (Lc 5,32). La declaración de la inocencia de Jesús que viene de uno de los malhechores contrasta con la solicitud de muerte para Jesús por parte de los garantes de la religiosidad judía (Lc 23,18.20.23).
«Jesús le respondió: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 2343). Hay una constante en la experiencia creyente cristiana que después de la muerte el hombre obtendrá la visión de Dios, un conocimiento personal que se entiende como comunión. No es una cuestión intelectual u objetiva, sino existencial, de convivencia. «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que la persona, al morir, podrá reunirse y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. Esta enseñanza tiene su raíz en las parábolas evangélicas del convite de bodas (cf. Mt 22,1-14; o de las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13); etc., como en el cuerpo de los escritos de San Juan: «Padre, deseo que los que tú me has dado estén también conmigo allí donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24; cf. 14,3). La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.


                                                           Reflexión


La Resurrección de los muertos entraña una nueva creación, que ya San Pablo la describe en su tiempo (cf. 1Cor 15,35-53). Es la respuesta lógica a cómo será la vida futura que nace de la resurrección de Cristo y en esperanza para los cristianos (cf. Rom 8,20; Tit 3,7) y que el Apóstol de los gentiles escribe citando a Isaías: «... lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó; lo que Dios preparó para los que lo aman» (1Cor 2,9; cf. Is 64,3).
Hay una constante en la experiencia creyente cristiana que después de la muerte el hombre obtendrá la visión de Dios, un conocimiento personal que se entiende como comunión. No es una cuestión intelectual u objetiva, sino existencial, de convivencia. «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que la persona, al morir, podrá reunirse y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. Esta enseñanza tiene su raíz en las parábolas evangélicas del convite de bodas (cf. Mt 22,1-14; o de las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13); etc., como en el cuerpo de los escritos de San Juan: «Padre, deseo que los que tú me has dado estén también conmigo allí donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24; cf. 14,3). La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.
Esta convivencia con Cristo comulgando con Dios entraña una vida sin fin; una vida en la que la plenitud está constantemente plenificándose de manera distinta a como en la historia progresamos en las virtudes, en los valores, en el conocimiento, etc. Se da, pues, en la eternidad el movimiento que lleva consigo la vida, que no el éxtasis y la fijación del objeto como dominio de él, en este caso, de Dios mismo. Él es una fuente inagotable de amor, que hace del bienaventurado un transitar en la felicidad continuamente. Junto a ello, no se debe olvidar, que la vida eterna comienza en la historia. El más allá no es totalmente novedad en la experiencia de la felicidad, ni la felicidad y salvación que vivimos en la historia no es el término conclusivo de nuestra existencia personal y colectiva.








miércoles, 18 de febrero de 2015

Los animales amables

                                                     LOS  ANIMALES  AMABLES
                                                                                                     
                                                                                                                                 
                                                                 Elena Conde Guerri         
                                                                  Facultad de Letras
                                                                  Universidad de Murcia

             
Una de las lecturas de este próximo domingo, último del tiempo ordinario que precede a la cuaresma, evoca el arca de Noé y todos los animales que Yahvé mandó introducir en ella ( Gn 7). Animales que merecían ser liberados del exterminio para perpetuarse. Obra de su creación y animales amables, en suma, pues amable es quien "es merecedor de amor" porque también él lleva en su esencia una cierta capacidad de cercanía y afecto. 
           
El interés por la naturaleza y comportamiento de los animales fue evidente desde las más antiguas comunidades humanas, todavía en estadio ágrafo. Y pasó progresivamente de una observación empírica y utilitaria a un escrutinio mucho más perfeccionado, analítico y en parte filosófico, regido por una metodología propia muy próxima a las ciencias biológicas, que desembocó en los diez libros de la Investigación sobre los Animales de Aristóteles. Esta obra causó impacto y fue objeto de consulta e inspiración para autores de siglos muy posteriores que cultivaron el mismo tema, como Plinio el Naturalista y Claudio Eliano en años del Imperio romano. No pretendo invadir el vasto campo de los biólogos sin serlo. Mi intención aquí es justificar las bondades y el comportamiento de ciertos animales frente a los del hombre, a quien Aristóteles define, con toda propiedad, como "cuadrúpedo y vivíparo" y "de todos los animales, el hombre es aquél que necesariamente conocemos mejor". (I,6). Animal racional, obviamente, y "el único dotado del privilegio de poder emitir un lenguaje articulado" (IV,9), lo que implica una superación del simple sonido o voz por la expresión inteligible que presupone la capacidad para la comprensión total y la comunicación. Sublime instrumento el del lenguaje: expresar lo que uno piensa o siente y muchas cosas más que posibilitan que el contenido del mensaje llegue hasta lo más excelso cuando  vaya enraizado en la recta intención del corazón. 
        
En el complejo universo colectivo no siempre ha sido así. El mensaje inteligible ha sido en numerosas ocasiones una conminación a la guerra, un aullido a las desavenencias y a la destrucción. La historia es testigo. Pueden resultar comprensibles las contiendas muy remotas por el desequilibrio entre las fuentes explotables de riqueza y el número de población favorecida. Discutibles, la guerras de la Alta Edad Moderna alimentadas por la obsesión de la grandeza y el espíritu imperialista. Pero, ¿y los conflictos contemporáneos que estamos tocando con las manos y están desangrando a medio mundo? El hombre, esa criatura o animal racional, como se prefiera, "hecho a imagen de Dios", está traicionando su sublime misión primigenia de ser tutor de todo lo creado para pisotearlo. Con una peculiaridad que a más de uno nos aterra. En la actualidad, los motivos ancestrales ligados a la supervivencia, por ejemplo, se antojan obsoletos y las ideologías y las creencias religiosas son el motor que ordena al cerebro la palabra guerra. Y la palabra se hace, esta vez, máquina de ruina abominable. Máquina activada, además, por religiones monoteístas cuyo pilar básico es el único Dios verdadero. Tremenda paradoja. Nunca habrá una respuesta convincente y definitiva, a mi modo de ver, sobre esta incapacidad humana para posponer la paz y el respeto por cualquier ser humano, sea cual fuere su sentido de la trascendencia, ante la violencia. La complejidad de tal panorama, en estos aspectos, ya fue vista con clarividencia por Juan Pablo II en muchos de sus escritos y discursos que dejaban traslucir la dramática trastienda antropológica de todos los horrores que él mismo había presenciado. Dijo en ocasiones puntuales: "Nunca antes en la historia del género humano, se ha hablado tanto de paz e invocado con tanto ardor la paz como en nuestros días.
           
La creciente independencia de los pueblos y las naciones hace suscribir casi a todo el mundo el ideal de fraternidad humana universal. Las grandes instituciones internacionales debaten la  coexistencia pacífica de la humanidad. La opinión pública está tomando conciencia de lo absurdo de la guerra como medio para resolver las discriminaciones. La paz se ve cada vez más como la única vía de la justicia. La paz es, de por si, obra de la justicia".  Y "cada hombre, creyente o no, aun manteniéndose prudente y lúcido con respecto a la posible terquedad de su hermano, puede y debe conservar una suficiente confianza en el hombre, en su capacidad de ser razonable, en su sentido del bien, de la justicia, en su posibilidad de amor fraterno y de esperanza, en  apostar por el diálogo. Cristo nos llama a construir la civilización del amor". (Discursos ante la ONU, octubre de 1979, y en la Vigilia de Oración en la basílica de Asís, enero de 1993).
        La Paz. Actitudes y creencias. Murcia 2002.  299-300 ). Reflexiones, como se ve, universales, línea de pensamiento que ha fluido sin fracturas en los últimos años y han seguido con firmeza los sucesivos Pontífices, siendo emblemáticas al respecto las breves alocuciones cotidianas del actual  Papa Francisco en que insiste en el drama coetáneo de las guerras y en que los ataques a comunidades específicas dentro del cosmos monoteísta, de facto asesinatos, deben de parar para siempre.
El espíritu franciscano ha llevado la salvaguarda de la paz en sus tuétanos desde siempre y, a este respecto, el Prof. P. Francisco Martínez Fresneda planteaba en uno de sus libros más difundidos los logros pero también los problemas que se derivaban de un mundo progresivamente globalizado donde no siempre culturas antagónicas podían alcanzar el equilibrio. "Esto se observa en la  creciente actividad del fundamentalismo religioso y étnico, en los signos indiscutibles de la incapacidad para vivir la diversidad de los individuos y los grupos, en las tensiones originadas para reconocer e integrar las peculiaridades de las culturas que coexisten en una misma sociedad ...  la situación actual conduce al replanteamiento de un ética de la paz que, en primera  instancia, atienda a la defensa de la vida y al valor absoluto de la dignidad humana" (
       
Las guerras y la violencia despiertan siempre lo peor de todos nosotros y la bestia irracional lesiona al cuadrúpedo aristotélico racional  pisoteando su dignidad. ¿Qué hemos  aprendido, pues, en este sentido de comportamientos e impulsos humanos enmarcados en situaciones límite? Hemos ignorado todo aquello que da al hombre su verdadera grandeza y, en consecuencia, debemos aprender de los animales. ¿Alimentaríamos nosotros siempre a un recién nacido extraño en situación de total abandono? Pues las yeguas lo hacían. "Cuando una yegua muere, las que  pacían junto a ella, crían al potrillo de la muerta". (Aristóteles, IX,4 ). Generosidad infinita que es sólo un ejemplo de tantas otras cualidades benéficas que adornan a muchos animales y  en cuya descripción las mencionadas fuentes antiguas se recrean. La fidelidad de los perros, proverbial, que jamás abandonan a sus amos y que incluso después de muertos languidecen sin  calendario junto a sus sepulturas. El elefante y el león, símbolos de fuerza y fiereza, se tornan mansos si se les amaestra sin dureza y el segundo, no depreda con saña cuando ha   satisfecho convenientemente su apetito. Es capaz, incluso, de reconocer por la voz y el olor a aquél  que le protegió y le devuelve el favor, tal como describe la encantadora fábula de Androcles y el león. Las tórtolas se aparean sólo  con un único compañero, siendo emblema de la castidad y fidelidad conyugal. Los animales, presuntamente irracionales, nos han superado y nos están avergonzando. Es muy difícil hoy en día encontrar la lealtad del delfín, que cuando ve en peligro a algún compañero de su propio banco hace rápidamente piña con el grupo para salvarlo. O  imitar a las cigüeñas y abejarucos que, cuando envejecen, son alimentados con solicitud por sus crías. Y qué decir del cocodrilo, tan temido, que, cuando reposa con la boca abierta, no tiene empacho en que se estacionen en ella los pequeños chorlitos para que le limpien los dientes y a la vez se alimenten con estos residuos. En nuestra egolatría de la superioridad, ¿ somos capaces de reproducir esta solidaria convivencia con  especímenes bien opuestos? Bien es cierto que los irracionales practican muchos de estos hábitos para la salvaguarda de la especie, pero
  tampoco hay duda de que mimetizarnos con ellos en determinadas ocasiones nos haría mucho bien.

           
Animales pedagogos y seráficos, en una palabra, que transitan gozosos por la ecología de la creación para dar gloria  a Dios y alegrías al hombre, como aquellas  aves que escuchaban quietas y embobadas al Santo de Asís  pero le obedecieron alzando el vuelo hacia los cuatro puntos cardinales para extender alborozadas la palabra de Dios (Fioretti, 16). Los hombres tenemos un inmensa capacidad para hacer el bien pero muchas veces hacemos conscientemente el mal. Nuestra responsabilidad está ahí. Los animales amables no saben de hipocresías, ni de venganzas, ni distinguen los colores de la piel o los ritmos de las etnias. Dan amor si se les da amor y en esta fecunda reciprocidad instan a la convivencia pacífica, a la ayuda amigable, a la compañía generosa. No me extraña que Padre Dios después del diluvio, y pasando ahora de los pormenores del relato, pusiera sobre las nubes el arco iris como señal de su inquebrantable y  amorosa alianza con la humanidad. No porque en el arca fueran sus descendientes. Es que iban también los animales. 

lunes, 16 de febrero de 2015

«Jesús vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

                                                      I DOMINGO CUARESMA (B)


                                       «Jesús vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1,12-15.

            En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: —Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.

           
1.-  La intención diabólica es corregir la forma concreta de acometer la misión de Jesús como Hijo de Dios. Jesús se encuentra en su vida con serios inconvenientes para realizar su ministerio. Y, a la vez, dichas tentaciones pueden indicar cierto conflicto personal o resistencia interior, aunque sea de una manera muy indirecta y tangencial, bien al inicio, o bien como lógica consecuencia a las duras pruebas a las que se le somete en su actividad pública. No podemos olvidar la resistencia a la proclamación del Reinado de algunos grupos religiosos, la invitación de Pedro para que huya del sufrimiento, la advertencia a todos los discípulos sobre la pretensión de la gloria y del poder para hacer presente el Reino; la rebeldía personal a sufrir y a sufrir en la cruz. Es lo que le hace escribir al autor de la  Carta a los Hebreos: «Cristo, con gritos y lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte».
2.-  Las tentaciones van dirigidas a variar los fundamentos y condiciones que mantienen nuestra vida plena de esperanza. El Señor le ha dado la misión a Jesús en el bautismo, como a nosotros cuando nuestros  padres nos llevaron a la iglesia para incorporarnos a la comunidad cristiana. El Señor nos revela nuestra vocación; la vida nos ofrece muchas alternativas para sustituir la vocación cristiana de dar la vida de una forma sencilla y humilde, adecuada a nuestras posibilidades y valores. La ventaja que tenemos los cristianos es que la relación con Dios la vivimos en comunidad: la familia, la Iglesia, las comunidades y grupos eclesiales y humanos que nos ayudan a objetivar nuestra vida, a superar tantas dificultades, a apoyarnos para poder llevar nuestras cruces con un poco de alivio. Las tentaciones se debilitan mucho cuando la afrontamos en común: con un hermano o hermana, con un amigo o amiga, con creyentes con los que compartimos la fe, el culto, la Palabra del Señor. No perdamos nunca de vista a las personas que nos quieren para vivir la fe que actúa en la caridad.
3.- Las tentaciones a Jesús se centran en el poder real que tiene como Hijo de Dios, a cuya condición le invita el diablo que practique para evadirse de las condiciones de hombre humilde y servicial que Dios le revela en el Bautismo. La tentación como oferta de poder, como al principio del tiempo Adán y Eva experimentaron el poder de decidir el bien y el mal (Gén 3,5), no sólo expresa la invitación que se le hace tantas veces en su vida a manifestar su condición de superioridad sobre los humanos por su identidad filial, sino a la misma comprensión de sus discípulos sobre su misión. Sin  embargo, una y otra vez Jesús nos recuerda la vocación servicial del bautismo: «Sabéis que entre los paganos los que son tenidos por jefes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; antes bien, quien quiera entre vosotros ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos. Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10,42-45).