sábado, 25 de enero de 2014

COMISIÓN DE DISCERNIMIENTO DE PRESENCIAS


El día 24 de enero de 2014 se reunió la Comisión de Discernimiento de Presencias en Duque de Sesto (Madrid). Asistieron todos los miembros menos Francisco (Granada) por tener clase en el ITM. Actuó de Secretario Emilio Rocha (Madrid). El Presidente de la Comisión, José Antonio Jordá (Valencia) introdujo el escrito de los Provinciales sobre los «Objetivos y Metodología de trabajo de la Comisión». Después, José María Sainz (Provincial de Castilla) explicó pormenorizadamente las cuatro partes del documento: Premisas, qué debe hacer, cómo hacerlo y qué se debe evitar, y en cada parte seguir un procedimiento y una concreción.
A continuación se abrió un amplio debate sobre el documento: Gonzalo (Custodia) Francesc Linares (Cataluña), Manuel Lama (Sevilla), F. Martínez Fresneda (Cartagena), Emilio Rocha (Madrid) y José Antonio Jordá (Valencia) analizaron la aplicación en los Capítulos Provinciales del 2013 las propuestas de la Comisión anterior sobre la supresión de casas, y determinaron abrir otra vía de servicio a la futura Provincia de La Inmaculada. El trabajo consistió en diseñar las actividades que se llevan a cabo en las actuales Provincias y  futuras presencias según se contempla en el documento «Proyecto Porciúncula» y pedir a los Religiosos que digan a los Provinciales qué tareas pueden desempeñar en las diferentes responsabilidades que entraña el carisma franciscano. Manuel Lama se encargó de redactar la consulta, que entregará a los Provinciales para que la corrijan y la hagan llegar a los Hermanos.

Después de la comida, se continuó el trabajo hasta las 5.30 p.m. La acogida y estancia en la Fraternidad de Duque de Sesto fue muy fraterna, donde se facilitó toda clase de medios para que la reunión fuera lo más provechosa posible.



miércoles, 22 de enero de 2014

Evangelio: III Domingo (A)

            III DOMINGO (A)


                                  
                  La «cosa» empezó en Galilea

Del evangelio de Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en tierra de sombras y muerte, una luz les brilló». Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro y Andrés, que estaban echando el copo al lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

           
1.- Afirma Pedro en un discurso en Jerusalén que el acontecimiento de Jesús comienza en Galilea, de donde era Jesús. Él escoge para proclamar el reino a las gentes de su región que habitan en los pueblecitos situados alrededor del lago de Galilea: Corozaín, Batsaida y, sobre todo, Cafarnaún, donde tiene su casa. Comienza a predicar la salvación del Señor donde está la gente sencilla y humilde. Toma una actitud muy distinta a Juan, que, con su vida austera y penitente y alejada de las gentes, simboliza la inminente transformación por el Señor de un mundo malvado. Y Jesús no piensa lo mismo. El mundo, salido de las manos de Dios, no está totalmente corrompido por la libertad humana. Y, además, no proclama el reino solo, sino formando una fraternidad. Dios se revela por medio de la comunidad, en este caso, la formada por Jesús y sus discípulos.

2.-  Jesús invita a la gente que abra su corazón y acoja el Señor que viene, vuelvan sus rostros hacia Él y observen que se acerca con bondad y bondad misericordiosa. Porque viene el Señor, nosotros nos convertimos hacia Él. Y viene el Señor para establecer su Reino, que no es un espacio de terreno donde un rey gobierna por un tiempo, sino su reinado consiste en la relación que ha decidido establecer con nosotros: una relación de amor misericordioso, dispuesto a recrear o potenciar la vida de sus hijos al máximo.


3.- Como Jesús es llamado y elegido por el Señor en el Bautismo de Juan, así sucede con cada uno de nosotros. Jesús nos llama a seguirle y llevarnos a un mundo muy distinto al que nos movemos con frecuencia. Con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestras amistades, insertos plenamente en la historia, nos llama a proclamar que somos hijos del amor, y desde el amor comprendemos a los demás como hermanos. Ésa es la conversión a la que nos empuja. 

Teología. Hombres nuevos (IV)

                  El Bautismo
                                    Hombres nuevos en Cristo

                                
      

                 Texto

«¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados por él en la muerte para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…..» (Rom 6,3-11)

Reflexión ― III

LA IRRUPCIÓN DE DIOS

Jesús inicia la presencia del Reino de Dios en la historia cuando proclama en Galilea: «Se ha cumplido el plazo y está cerca el Reino de Dios: arrepentíos y creed la buena noticia» (Mc 1,15). Poco antes, Juan habla de la necesidad de una penitencia personal para preparar el camino del Señor. Dios toma la iniciativa para recuperar a su criatura, pero es necesario que ésta deje un resquicio de libertad a su endiosamiento y autosuficiencia, que enmascara la maldad en el mundo; debe ceder su poder, en todos los niveles que comporta, a la relación gratuita del amor de Dios, que es la única que puede iluminar las situaciones reales de la persona. Por eso es muy fácil comprender que Jesús sea escuchado en los ámbitos de la pobreza y el pecado, en los que la debilidad abre el corazón a la influencia divina con más libertad, influencia que es de amor misericordioso. Hay dos parábolas que describen esta situación social y esta actitud personal.
esús es invitado por el fariseo Simón. Entonces se presenta en el convite una pecadora conocida por la gente, que «acudió con un frasco de perfume de mirra, se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra» (Lc 7,37-38; cf. Mc 14,3-9; Mt 26,6-13; Jn 12,1-8.). Estas acciones de la mujer provocan, por las reglas de impureza, un juicio del fariseo con el que descalifica a Jesús por no conocer la clase de persona que le está besando los pies: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer lo está tocando, que es una pecadora» (Lc 7,39). Es entonces cuando Jesús propone esta parábola a Simón: «Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Como no podían pagar, les perdonó a los dos la deuda. ¿Quién de los dos le tendrá más afecto? Contestó Simón: —Supongo que aquel a quien le perdonó más. Le replicó: —Has juzgado correctamente» (Lc 7,41-43). El fariseo comprende la intención de Jesús por la respuesta que le da: amará más quien ha sido perdonado más.
Después de la parábola, Jesús explica a Simón que Dios ha sido muy benevolente con la mujer al perdonarle sus pecados: «Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra» (Lc 7,47). Es la razón del porqué responde la pecadora a Dios con tanto afecto mostrado en la unción, el perfume y, en definitiva, el gesto de besarle los pies como símbolo de amor a Jesús que se ofrece como intermediario de la salvación de la mujer. Ésta, arrepentida, y sintiendo la cercanía del amor misericordioso de Dios, encauza su amor y lo manifiesta en signos externos que explicitan la relación íntima que existe entre el amor y el perdón en Dios, la «misericordia entrañable» divina (cf. Neh 9,17; Flp 2,1), y entre el amor y la fe como respuesta del hombre a Dios. Por eso le dice Jesús a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Lc 7,50), como antes se cuenta en las curaciones de la hemorroisa (cf. Lc 8,48), del leproso (cf. Lc 17,19) y del ciego de Jericó (cf. Lc 18,42), donde el que percibe la misericordia y se siente perdonado y revitalizado puede caminar en la paz.
Simón, como fariseo, basa la fe en la relación legal con Dios. Se fija en el creyente para que sus actos respondan a las exigencias de la Ley. Jesús, al contrario, pone su mirada en Dios. Por eso, viendo a la pecadora y hablándole a Simón, fundamenta la fe en el amor, que es la réplica a la Persona que ama previamente. Y con esta visión tan diferente es como Jesús, de nuevo, cuenta que un fariseo y un publicano suben al templo para orar (cf. Lc 18,10-14). Y los presenta de una manera contrapuesta al pertenecer a dos tipos sociorreligiosos distintos. El fariseo, mirándose a sí mismo, hace una oración de acción de gracias con una orientación horizontal, en este caso comparándose con el publicano. Es la beraká judía con la que se bendice a Dios por los dones que se reciben de Él. Y comienza su oración de forma negativa y fundada en el propio orgullo: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador» (Lc 18,11). El fariseo observa las leyes del decálogo (cf. Éx 20; Dt 5), y a continuación refiere su obras: «Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo» (Lc 18,12), un ayuno que se cumple el lunes y el jueves y los diezmos debidos al Señor como dueño legítimo de la tierra de Israel, según prescribe el Deuteronomio (cf. 14,22-23; 12,6-7.17; Lev 27,30-32).
El publicano es el que recauda para sí y para el Imperio, que no para Dios. Sin embargo su oración es vertical, su término es Dios. Por tanto tiene una compostura distinta a la del fariseo. Jesús lo describe con signos que remiten a una actitud interior humilde y arrepentida. Distante de la presencia del Señor, en la puerta del atrio de Israel en el templo, no se atreve a levantar los ojos al cielo y se da golpes de pecho (cf. Lc 23,48). Y esta compostura externa responde a la oración que hace, que no es de acción de gracias, sino de súplica: «Oh Dios, ten piedad de este pecador!» (Lc 18,13), y según la pauta que marca el Salmo (51,3): «Misericordia, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa». Su oficio le hace ser una persona impura en contraste con la pureza que los fariseos cumplen con rigidez.
La solución que da Jesús es contraria a la opinión común de la gente: «Os digo que éste volvió a su casa absuelto y el otro no. Porque quien se ensalza será humillado, quien se humilla será ensalzado» (Lc 18,14), y en línea con lo que antes subraya el Evangelista sobre los fariseos: «Vosotros pasáis por justos ante los hombres, pero Dios os conoce por dentro. Pues lo que los hombres exaltan lo aborrece Dios» (Lc 16,15). El publicano, por la confesión de su pecado, es declarado justo ante Dios, es decir, comprende y cree a Dios por el amor misericordioso que le restablece su condición de justo. El fariseo, por el contrario, se hace justo a partir de sus propias obras e invoca la presencia de Dios para que ratifique lo que él ya ha conquistado.
Jesús extiende la actitud del fariseo a los que apoyan su vida en las riquezas (cf. Mc 10,25par), o en cualquier clase de poder (cf. Mc 10,42; Q/ Lc 4,1-13; Mt 4,1-11) que pueda ocultar la relación gratuita de Dios (cf. Mt 10,7-10). Sin embargo, Jesús no anula la potencia natural que vehicula la eficacia de la acción divina, tanto para el servicio a los demás, como para la unión con Él (cf. Mt 25,14-30). Incluso aconseja lucir las cualidades humanas como focos del amor de Dios para que alumbren al mundo sumido en las tinieblas del mal (cf. Mc 4,21par).


Libros. B. Pérez Andreu

                                      No podéis servir a dos amos.
                               Crisis del mundo, crisis en la Iglesia.




                                                         De Bernardo Pérez Andreo

 Aparece esta obra en uno de los momentos más interesantes de la situación de la Iglesia y del mundo. Tras  muchos años de eso que han dado en llamar crisis, pero que no se ajusta al significado profundo de un término que tiene su origen en concepciones del mundo antigüas y, por tanto, llenas de sentido, ha llegado la hora de una cierta renovación con la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco. Dos hechos estos que se antojan importantes en el devenir eclesial de este tercer milenio. Si la renuncia es un dato muy raro en la historia del papado, la elección del nombre del Poverello, es casi revolucionario. Por eso, no es extraño que el autor tenga la sensación que la obra ha llegado justo en el momento propicio, pues en ella se analiza tanto la incapacidad de la Iglesia de entender el mundo actual, como la situación de quiebra de un mundo que busca otras formas de organziación.
La Iglesia, al vivir en medio del mundo como expresión de los valores del Evangelio de Jesús de Nazaret, continúa la misión iniciada por el mismo Jesús y encomendada a sus discípulos y discípulas para toda la historia. Esta misión conlleva una existencia liminal en medio de un mundo herido por el pecado, pues no se puede pertenecer al mundo sin hacerse partícipe de su pecado. La única manera de ser instrumento de salvación sin dejarse atrapar por las redes del mal es estar en el mundo sin ser como el mundo. Esto es lo que el autor entiende por liminalidad. Esta situación es ambigua, pues de un lado exige estar incorporados en los instrumentos de organización de este mundo, pero, a la vez, reclama de la Iglesia una posición externa, una radical alteridad respecto a los modos y medios por los que este mundo se perpetúa como opresión de unos contra otros y como injusticia lacerante.
El autor entiende que este es un mundo en quiebra, una organización sociopolítica e histórica que ha llegado a su fin y se resiste a desaparecer. Las dos próximas décadas va a ser críticas para la pervivencia de la civilización tal y como la conocemos. Cuatro crisis se ciernen sobre el mundo que amenazan su supervivencia: la espacial, la energética, la ecológica y la económica. A estas cuatro se une la peor de todas: la moral. El mundo globalizado postmoderno tardocapitalista ha derrochado la enorme reserva de recursos y ha dilapidado el capital humano de forma inconsciente, con el único fin de aumentar la tasa de ganancia y el lucro, beneficios estos que sólo lo han sido para una pequeña parte de la humanidad, mientras la inmensa mayoría, más del ochenta y cinco por ciento, ha quedado excluida de estos beneficios. Es necesario un cambio, o dicho en términos evangélicos, una metanoia, una transformación del modo de pensar y comprender el mundo. La Iglesia tiene mucho que decir y hacer en este camino que tenemos por delante. La Iglesia, sirviendo a Dios, puede estar en el mundo sin ser del mundo, construir el Reino del Amor y la Justicia.
Para cumplir con el propósito, el autor ofrece al lector la obra con un Tablero de dirección, como en el caso de Rayuela de Cortazar. Tres opciones da el autor al lector, dos de ellas suponen una lectura a criterio personal, dejándose llevar por los títulos de los capítulos. Pero la primera propuesta que se le hace al lector es tomar el sentido lineal que presenta el libro; leer los capítulos todos seguidos, de forma que tras el Prólogo y esta Introducción, continúe con el primer bloque de contenidos, La Globalización postmoderna y la Iglesia: entre la legitimación y la crítica profética. En él se encontrará con la proposición inicial del autor, es decir, con la constatación de que vivimos en un mundo, llamado Globalización, que es el resultado de un proceso de cinco siglos y que tiene como característica esencial la injusticia lacerante por la que la inmensa mayoría de hijos de Dios no pueden acceder al mínimo de dignidad humana que merecen porque el sistema económico y social lo impide. Tras este primer capítulo de este bloque, hay tres capítulos que forman un tríptico en torno a la Iglesia, la Religión y el mundo globalizado. Son tres propuestas nacidas en los dos últimos años al calor de tres acontecimientos importantes: la publicación de la última encíclica social del Magisterio, las relaciones entre las religiones y la injusticia y la propuesta de fraternidad y ternura como alternativa a la situación de inhumanidad de la Globalización. Son textos de diferente tono: crítico el primero, analítico el segundo, casi místico el tercero. Es porque estos son los tres instrumentos que cree el autor necesarios para salir de este mundo de pecado.
Siguiendo la lectura lineal que se propone, nos encontramos con el segundo bloque: Crisis del mundo, crisis de la Iglesia: hacia un mundo fraterno. Aquí encuentra el lector una lectura sistemática y crítica del mundo globalizado postmoderno capitalista desde la tradición cristiana, en concreto desde los profetas, el Nuevo Testamento, los Santos Padres y la Doctrina Social de la Iglesia. Todo ello concluye con una alternativa cristiana formal a la Globalización postmoderna y con el intento de éxodo de este mundo. Las propuestas son claras: ante un mundo organizado para el disfrute de unos pocos, detrayendo los recursos naturales, despilfarrando los beneficios de la Creación y destruyendo la realidad natural, el cristianismo se propone como una Nueva Creación, como la Civilización del Amor y la Pobreza. Es la única forma de que la humanidad pueda subsistir. La crisis del mundo actual es una oportunidad para salir de este marasmo enloquecido y solipsista que nos lleva al desastre absoluto. La alternativa cristiana es crear grupos de contraste como medio de salir, pero también como la forma de salir de la propia crisis eclesial, inmersa en un mundo gobernado por el dios dinero y por el lucro y la avaricia. La Iglesia, por mandato de Jesús mismo, no puede servir a dos amos. Su ser es el Reino de Dios y ello debe empujarle a la crítica profética contra el mundo de pecado e injusticia.
El subtítulo también merece alguna explicación para concluir. No se trata de una crisis, o juicio, de la Iglesia, sino en la Iglesia. Como tampoco se trata de una crisis en el mundo, sino del mudo. La obra intenta analizar y lo consigue porqué estamos ante una crisis de modelo de organización sociopolítica y cómo estamos ante una crisis dentro de la Iglesia. En último término, la propuesta es que la resolución de la crisis en la Iglesia puede ser una ayuda a resolver la crisis del mundo.

Editorial Herder, Barcelona 2013, 288 pp, 14 x 21,5 cm.


Para meditar. III Domingo (A)

       III DOMINGO (A)

                                             La «cosa» empezó en Galilea




Del evangelio de Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en tierra de sombras y muerte, una luz les brilló». Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro y Andrés, que estaban echando el copo al lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

1.- Jesús inicia la misión de revelar la misericordia divina invitando a la gente que se vuelva al Señor, ―la conversión―, para  hacer posible que la relación divina de amor diseñe nuestra vida. Pero no es una cuestión de que el Señor prenda en nuestro corazón porque le dejemos o porque nos empeñemos que se apodere de nosotros. No es eso. Debemos saber que es el mismo Señor el que crea la posibilidad de creer en Él y de amarle. Pablo lo dice muy claro: querer hacer el bien y hacerlo depende del poder de Dios. Lo importante, por consiguiente, es que nos dejemos «formar» por el Señor.

2.-  Es necesario convertirnos para poder esperar y recibir el reino que viene. La relación que hace posible que Dios nos salve es una cuestión progresiva en nuestra vida. El Señor no salva de golpe, ni nosotros nos condenamos en un momento. Las actitudes que fundamentan nuestro sentido de vida de amor es una experiencia progresiva en la relación con el Señor. Y eso es el reino. Poco a poco nos adentramos en su Vida y su Vida nos prende para moldearnos a la imagen de su Hijo para poder vivir como hijo y hermanos de los demás. Porque el termómetro que indica nuestro nivel de relación con el Señor nos lo da el servicio a los hermanos. «Venid benditos de mi Padre, porque tu ve hambre…….».

3.- Jesús elige los primeros discípulos. Él llama y responden Juan, Santiago, Pedro y Andrés, dejando todo lo que estaban haciendo. Es urgente proclamar que el Señor está viniendo, no en los desiertos, ni en los castillos, sino en la vida sencilla y humilde de los pueblos. Es decir, en la cotidianeidad de toda existencia humana. Por eso debemos aceptar la propuesta de Jesús en nuestro contexto vital. «Seguir a Jesús» es consagrar la vida al Reino en medio de nuestras responsabilidades familiares, laborales y sociales. Y vender lo que tenemos y caminar con él es lo mismo que vivir con nuestros valores y vicios desde una la relación de amor. No porque demos todo lo que poseemos, o nos quedemos con todos nuestros bienes agradamos al Señor y hacemos presente el Reino. La cuestión es ofrecer nuestra vida y tiempo a los demás con una relación de amor. El Señor desea ver que nuestro corazón ame;  sólo así es posible poner nuestra vida y nuestras cosas a disposición de los más desfavorecidos. Jesús cambia la visión de la vida. Lo que tenemos no es para poseer, o para asegurarnos la vida, o para ser más que los otros, sino para amar con más poder, para enriquecer a los otros con más amplitud.  Eso no es pescar hombres, sino servirlos. Para pensar y hacer esto debemos volver a Galilea, es decir, seguir la vida vida sencilla y humilde de Jesús, así evitamos complicarnos la vida por cosas y relaciones innecesarias.


martes, 21 de enero de 2014

Evangelio. III Domingo (A)

III DOMINGO (A)

                                  
La «cosa» empezó en Galilea

Del evangelio de Mateo

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en tierra de sombras y muerte, una luz les brilló». Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos».
Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, Simón, al que llaman Pedro y Andrés, que estaban echando el copo al lago, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron sus redes y le siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y le siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

           
1.- Afirma Pedro en un discurso en Jerusalén que el acontecimiento de Jesús comienza en Galilea, de donde era Jesús. Él escoge para proclamar el reino a las gentes de su región que habitan en los pueblecitos situados alrededor del lago de Galilea: Corozaín, Batsaida y, sobre todo, Cafarnaún, donde tiene su casa. Comienza a predicar la salvación del Señor donde está la gente sencilla y humilde. Toma una actitud muy distinta a Juan, que, con su vida austera y penitente y alejada de las gentes, simboliza la inminente transformación por el Señor de un mundo malvado. Y Jesús no piensa lo mismo. El mundo, salido de las manos de Dios, no está totalmente corrompido por la libertad humana. Y, además, no proclama el reino solo, sino formando una fraternidad. Dios se revela por medio de la comunidad, en este caso, la formada por Jesús y sus discípulos.

2.-  Jesús invita a la gente que abra su corazón y acoja el Señor que viene, vuelvan sus rostros hacia Él y observen que se acerca con bondad y bondad misericordiosa. Porque viene el Señor, nosotros nos convertimos hacia Él. Y viene el Señor para establecer su Reino, que no es un espacio de terreno donde un rey gobierna por un tiempo, sino su reinado consiste en la relación que ha decidido establecer con nosotros: una relación de amor misericordioso, dispuesto a recrear o potenciar la vida de sus hijos al máximo.


3.- Como Jesús es llamado y elegido por el Señor en el Bautismo de Juan, así sucede con cada uno de nosotros. Jesús nos llama a seguirle y llevarnos a un mundo muy distinto al que nos movemos con frecuencia. Con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestras amistades, insertos plenamente en la historia, nos llama a proclamar que somos hijos del amor, y desde el amor comprendemos a los demás como hermanos. Ésa es la conversión a la que nos empuja. 

jueves, 16 de enero de 2014

Cultura. San Antonio Abad

                      EL FERVOR  COLECTIVO POR LA                                    FIGURA DE SAN ANTONIO ABAD
        ¿CAMINO PARA UNA  MAYOR INSTRUCCIÓN 
                                  EN LA FE?                                                                                                
                                            


                                                              Elena Conde  Guerri

         En estas fechas propias del  Tiempo Ordinario, concretamente  el  17 de enero, la liturgia de la Iglesia conmemora a San Antonio Abad. Pienso que es uno de los santos más populares y, paradójicamente, no tantos conocen la verdad de su itinerario vital y  el marco y las circunstancias históricas en que él optó por una vida alejada de toda gratificación social, dentro del marco jurídico sustentado por la civitas, para entregarse a la contemplación de la inmensidad de Dios en la  no  menor inmensidad del desierto.  Creo  que la transmisión de su Vida a través de la oralidad y también dela literatura escrita (véase fundamentalmente La Leyenda dorada, escrita en el siglo XIII por un religioso dominico),  han contribuido a hacer más sugestivos para la piedad popular unos aspectos que podrían oscurecer los más sustanciales.
         Pues, ¿en qué época nace este santo, lo hizo casualmente en un entorno agrícola o ganadero donde todo tipo de fauna le auguró desde su cuna milagros y felicidad? Al  católico “estándar”, y lo digo con todo respeto tal como ahora van las cosas, le seducen las ceremonias donde se imponga el colorido, lo sensorial, todo aquello que nos toca en profundidad la fibra humana pues humanos somos aún  la mayoría, por privilegio, y no hombres biónicos como corren peligro de ser  los futuribles. De ahí que, en el rito de bendición de los animales por el párroco o el sacerdote de turno, los dueños de  aquéllos (que ahora se  llaman a si mismos “papá” y “mamá”) exulten de piedad y locos de alegría comprueben que su mascota , un perrillo de esos diminutos con lacito, por ejemplo,  ha recibido más agua bendita que el gallo de enfrente, que suele cacarear con más bemoles y entrega que una contralto  en la reserva o, en su caso, que el canario que en ese momento se ha quedado mudo.  Este es el retablo del día, en líneas generales, porque también  hay celebración eucarística y procesión del Santo  y demás. Y, aunque pueda detectarse que a  mi  no me arrastre demasiado el conjunto,  positivo debe de ser o lo es,  ya que también en la Plaza de San Pedro en el Vaticano tiene lugar la susodicha  ceremonia y sospecho que el purpurado de turno o el presbítero  encargado  ( ahora que el Papa Francisco está por simplificar las dignitates)  tendrá que levantar el hisopo con santísima paciencia ante el zoológico de los animales más insospechados. Que Roma es caput mundi  y vayan  Ustedes a saber…  Volviendo a lo sustancial: ¿Por qué es buena  y positiva esta religiosidad popular?.  Porque  tiene los mecanismos para empujar a  las personas que así lo quieran a documentarse y  a profundizar en su fe, a iluminar su vida con los detalles sustanciales de la personalidad de Antonio Abad “dando testimonio de la fe recibida y enriqueciéndola con nuevas expresiones que son elocuentes”.
       El Santo nació en Egipto, cerca de Heraclea, en torno al año 250 de nuestra era. Murió en el 356, probablemente, sin salir de esos territorios  en sentido amplio. Su vida está documentada por  San Atanasio, obispo de Alejandría, y también por San Jerónimo. Las décadas en que le tocó vivir fueron problemáticas. El Imperio Romano se enfrentaba a problemas graves en los órdenes  territorial (política de fronteras), ideológicos y doctrinales,  en que los cristianos sufrieron las persecuciones más duras y más hábilmente programadas, y también fiscales, en que las exacciones eran durísimas. Muchos cristianos acaudalados, siguiendo el mandato evangélico, vendieron sus bienes y optaron por retirarse a un ambiente que les posibilitase meditar sobre la Verdad con mayúsculas para  que no se volviese opaca y perdiera su Luz.  Pienso que no era una simple huída, aunque también pesasen circunstancias personales. El desierto, en esencia, se presentaba para los más valientes como el marco perfecto para emprender esta  “metanoia  vivencial” y centrarse en la meditación y en la oración que siempre, como sabemos, tiene una repercusión eclesial.  San Antonio Abad lo hizo. Ayudó con sus consejos a pequeñas comunidades monásticas, ya  establecidas por allá previamente, hasta que decidió que su camino era el eremitismo absoluto y, en su momento, fundó su propio eremitorio. De ahí el título de Abad.  Se encontró con otro eremita, Pablo, y de vez en cuando oraban o reflexionaban juntos. Pasarían hambre y penurias, cierto. Y también tentaciones y dudas.  El medio no era precisamente el más adecuado para comer mucho y variado.  De ahí que en  los relatos hagiográficos, un cuervo le suministraba el  alimento más  básico llevando un pan en su pico. Y también se cuenta que el Santo curó a dos crías de jabalí que la hembra le llevó, conmovido por la  aflicción dela madre, y ésta, agradecida, jamás le abandonó defendiéndolo de otros peligros. Parece que el eremita Pablo falleció antes que Antonio y éste cavó su fosa sepulcral  ayudado por dos leones. Todo esto justifica sobradamente la caterva de animales, bajo la protección del Santo, que el acervo popular plasmó desde muy pronto en su iconografía.
             He dicho que  Antonio Abad  optó por un luminoso silencio. Pero sólo una vez, que se sepa,  rompió su cuarentena. Como miembro de la Iglesia, entendida como la comunidad sin fronteras de todo bautizado, acudió junto a San Atanasio para defender la divinidad de Jesucristo frente a la herejía arriana. Colaboración trascendente, mucho más que sus  presuntas virtudes  ecológicas, porque la afirmación de la Persona divina de Cristo, “su consubstancialidad con el Padre” es el pilar que sustenta nuestra fe. Probablemente, había charlado  con su amigo Pablo sobre estas cuestiones teológicas y uno de los pintores  más universales, el español Diego de Velázquez , así los interpretó, juntos,  en el famoso lienzo que se encuentra en el Museo del Prado. Ambos eremitas, en actitud de sabia contemplación, abandonados a la Providencia que ya ha puesto el sustento en el pico del cuervo que planea, en alto a la izquierda. El paisaje, por deseo del artista, sobrepasa la aridez  y monotonía de la arena  para metamorfosearse en cuevas abrigadas no exentas de cierta fértil vegetación. Recomiendo vivamente una nueva lectura y contemplación del lienzo.
      A la vez que les recomiendo, para terminar, las palabras de nuestro Papa Francisco en esa hermosura que es la  Exhortación Apostólica  Evangelii  Gaudium, publicada  el 24 de noviembre del 2013, festividad de Cristo Rey. El Papa habla de muchas cosas  y en el capítulo III, 122-26  alude a “la fuerza evangelizadora de la piedad popular”. En líneas superiores, he entrecomillado también otras palabras suyas. Cuando un pueblo se ha inculturado en el Evangelio, insiste el Obispo de Roma, trasmite también la fe de maneras siempre nuevas en este proceso de trasmisión cultural. “Aquí toma importancia la piedad popular, verdadera expresión de la acción MISIONERA ESPONTÁNEA DEL PUEBLO DE DIOS ….   DONDE EL ESPÍRITU SANTO ES EL AGENTE PRINCIPAL”
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