miércoles, 5 de febrero de 2014

Libros. Clarisas

Ocho siglos de historia de las Clarisas en España

De María Fernanda Prada Camín OSC


Por P. Riquelme Oliva


            Esta monografía sobre las clarisas en España constituye un hito relevante en la historiografía franciscana. María Fernanda Camín, monja clarisa, tiene en su haber una producción historiográfica tan lograda en el presente como prometedora en el futuro. Este trabajo viene a ser el edificio completo que ha ido construyendo con materiales elaborados tras años de pacientes investigaciones provenientes, principalmente, de las obras que realizó: una, con C. Sánchez Fuertes sobre la Reseña histórica de los monasterios de clarisas de España y Portugal, en dos volúmenes (1996 y 2012), y, la otra, sobre los 50 años de historia: Federación del Sagrado Corazón, HH. Clarisas de la Provincia de Santiago (2007). La autora manifiesta que junto a su “intento de ofrecer una visión de conjunto de la Orden de Santa Clara en España, su evolución y algunos aspectos particulares, y consignar también todas aquellas fundaciones realizadas a lo largo de estos ocho siglos [349 monasterios en España]” hay también un merecido homenaje a cuantas “mujeres consagradas a Dios como clarisas a lo largo de ocho siglos, salvo contadas excepciones, no han pasado a la historia, sino que han quedado ocultos en sus monasterios” (pp. 7-8). Es de justicia reconocer, una vez más, el alto valor que la vida religiosa femenina ha tenido y sigue teniendo para el sostenimiento del edificio espiritual de la Iglesia. Uno de los méritos de esta obra, entre otros, está en reconstruir desde sus propios orígenes la historia de las fundaciones de Santa Clara en España desde el siglo XIII al XX. Y al hilo de las fundaciones su autora ha ido, con precisión y rigor, marcando aquellos criterios de la espiritualidad clariana y reformas que se fueron manifestando a lo largo del tiempo y se concretizaron en la diversidad de manifestaciones del carisma de Santa Clara. A la par, justo es decir, el acierto de María Fernanda, que posiblemente sin pretenderlo, ha contribuido a acercar la historia y espiritualidad de la Segunda Orden franciscana a aquellos que, en los campos de la teología, historia o arte …, se hallaban necesitados de unos conocimientos claros y precisos para entender y comprender sus propios ámbitos de estudio. Son doce capítulos con un epílogo, elenco sumario de los monasterios fundados en España, índice de cuadros e índice onomástico y toponímico, los que componen esta monografía. En el primer capítulo presenta el desarrollo legislativo de la Orden de Santa Clara para poder comprender el origen, espíritu, asentamiento y desarrollo de la Orden en España (9-18). En el capítulo segundo se centra en el origen de los monasterios de clarisas en España en el siglo XIII, comenzando el desarrollo histórico por el llamado “protomonasterio de Santa María de las Vírgenes de Pamplona”. (19-44). En el tercero y cuarto se describen las fundaciones de los siglos XIII al XV y sus respectivos patronazgos, condición social de las monjas, motivaciones fundacionales de los patronos. (45-112). Merece una atención especial el capítulo V: La época de las reformas. Una constante en la historia de la Iglesia y particularmente en la familia franciscana ha sido el permanente espíritu de reforma, apoyado por la política de los siglos XV y XVI. (3-112). Capítulo VI: las fundaciones del siglo de Oro, cuyo crecimiento y expansión fue uno de los rasgos más característicos en sus más variadas expresiones, con un número de 88 monasterios de urbanistas, coletinas, descalzas no coletinas y uno de capuchinas. (112-136). En el capítulo VII, sin perder el hilo del devenir cronológico, la autora se detiene en la descripción de la vida interior del monasterio: oficio divino, vida penitencial, trabajo,  gobierno, noviciado, enseñanza de niñas … (136-152). En el VIII describe las fundaciones de los siglos del Barroco (152-181) y en el IX se detiene en uno de los siglos más tumultuosos de la historia de la Iglesia como fue el XIX con el anticlericalismo, supresión de monasterios y nuevos monasterios, en los últimos decenios con la restauración político-religiosa en España (183-204). Concluye la narración histórica  con las fundaciones en el siglo XX, un total de catorce, y sobre todo la incorporación a la Orden de Santa Clara de 23 monasterios de terciarias franciscanas regulares (204-218). Finaliza la monografía con el capítulo XI en la que expone la  legislación a través de los siglos: Constitución Apostólica Sponsa Christi y las Federaciones (218-225) y las Constituciones de la Orden de Santa Clara. Se concluye el libro con un epílogo que reza:  Siglo XXI: ¿Ocaso o amanecer? O Clara multimode titulis praedicta  claritatis. Si son muchos los méritos de esta preciosa obra de historia de la Segunda Orden de San Francisco, no es menor los instrumentos que la autora nos brinda para su lectura.

Editorial Espigas, Murcia 2013,  299 pp., 14,5 x 21,5 cm. (ITM. Serie Textos 4).


Evangelio. V Domingo

V DOMINGO (A)

Sois luz y sal de la tierra



Del evangelio de Mateo 5,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo de un celemín, sino para ponerla en el
candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

1.-  Jesús ha elaborado el programa de la misión para proclamar e iniciar el Reinado del Señor. Jesús se propone como la luz verdadera con la que el Señor ilumina el mundo. Con él, Dios se deja ver. Y elige a sus seguidores y los incorpora a su misión. También ellos deben ser como él luz y sal, como su vida y doctrina lo está haciendo para los habitantes que viven en los pueblecitos de Galilea. Pero así como la luz y la sal no existen para sí ni por sí mismos, sino para ver otras realidades y darle sabor a las comidas, así el discípulo no tiene razón de ser por sí mismo, sino para proclamar el Reino.

            2.- Y el Reino se proclama con buenas obras. Éstas tienen una doble vertiente: las relaciones internas que hacen al discipulado símbolo de la presencia del Señor ―para ser el primero hay que servir― y las acciones encaminadas a dignificar la vida de los demás. Las obras de amor son antes que las palabras de consuelo. Las bienaventuranzas señalan cuáles son las buenas obras de los discípulos.


3.- Hay acciones que sólo buscan nuestros intereses; las hacemos porque nos convienen a las pretensiones que tenemos en la vida. No nos importa si son buenas o malas; si les cae bien a los que nos rodean; o más aún les hacen daño. La luz sólo ilumina nuestros ombligos, nuestras ideas sometidas a nuestros egoísmos. Estas actitudes las condena Jesús tajantemente y sentencia: que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda. Es el fariseo que se ensalza a sí mismo ante el Señor, despreciando al pobre publicano pecador. Cuando Jesús manda lo contrario: que nuestras obras iluminen a los demás, indica que nuestra vida debe ser un vehículo del amor de Dios a su criatura, para que el Señor reine en todos por medio de nuestra obediencia a su amor. Ello destruye el yo egoísta y ensalza la vida y las relación con los demás.

Cultura. Gerardo Diego

Gerardo Diego en el «Misteri» y un villancico



Francisco Javier Díez de Revenga





            Setenta años se cumplieron este pasado verano de la visita que realizara en agosto de 1943 Gerardo Diego a Elche para asistir a la representación del célebre «Misteri», que cada año tiene lugar en la cercana ciudad alicantina, con motivo de las fiestas de la Asunción de la Virgen. En la cronología de Gerardo Diego, elaborada por su hija Elena, figura en 1943 lo siguiente: «Agosto: invitado como huésped de honor viaja a Elche a las representaciones del Misterio.» Y sabemos mucho de esta visita suya a Elche. Como refiere Julio Neira en su reciente libro Trasluz de vida. Doce escorzos de Gerardo Diego, el poeta, en carta a su amigo y asesor bancario Fernando Gómez-Collantes, de 29 de julio le comunica: «La Junta el Misterio de Elche me ha invitado (y yo he escrito aceptando) a las representaciones del Misterio los días 13 y 15 de agosto. Voy como huésped de honor y me pagan los gastos de viaje».
Tras la Guerra de España, se creó una Junta Restauradora del Misterio de Elche, impulsada por Eugenio D’Ors, que rehabilitó la basílica de Santa María, muy deteriorada durante la contienda, y reanudó las celebraciones. En 1943, la Festa se desarrolló en varios días: el 13 hubo ensayo general y por la noche Nit d’Alba; el sábado 14 se representó a las seis de la tarde el primer acto del drama, y el domingo 15 hubo procesión por la mañana y representación del segundo acto por la tarde. Este año excepcionalmente, el día 16, se celebró un acto público en la Basílica con el voto de Elche por el que la ciudad se comprometía a defender el misterio de la Asunción de la Virgen. Intervinieron Eugenio D’Ors, José María Pemán y Adolfo Muñoz Alonso. El misterio de la Asunción sería proclamado dogma de fe por Pío XII en 1950.
Hubo juegos florales y al concurso correspondiente se presentó Gerardo Diego, pero no obtuvo ningún premio. Los galardonados fueron Manuel Machado y José María Pemán. A la fiesta en el Parque  Municipal asistieron D’Ors, Pemán, el presidente del Instituto el Libro Julián Pemartín, el músico Conrado del Campo, el bibliotecario y profesor de la Universidad de Murcia Andrés Sobejano y el pintor Manuel Benedito. Gerardo Diego asistió a todos los actos y permaneció en Elche hasta el día 18 de agosto. Ese día está fechado el artículo que Gerardo publicaría un año después en la revista del Misteri Festa d’Elig: «Por mucha ilusión con que se venga, la realidad es más alta de cuanto se había imaginado. La portentosa unidad del Misterio, su magnífica arquitectura total con elementos tan diversos en el tiempo y en el espacio, están tan logrados que un poderoso sobrecogimiento toma posesión de nosotros desde el comienzo y no nos abandona hasta la arrebatadora apoteosis final. Juzgar el Misterio como obra de arte me parece empequeñecerle. Aquí se debe venir a rezar plástica, poética, musicalmente esa oración incomparable de fe y de belleza, en la que uno no es más que una sílaba muda».
En su visita, durante su estancia en Elche, al célebre Huerto del Cura, Gerardo firmó en el libro de autógrafos y transcribió, de memoria, algunos versos de uno de sus más conocidos y celebrados villancicos, la «Canción al Niño Jesús», que había escrito cinco años antes, en 1938. El texto que el poeta recuerda durante su visita al Huerto del Cura, y que figura en el libro de autógrafos, contiene una distinta ordenación de los versos y una pequeña variante respecto a los dos textos editados por el poeta previamente, sin duda porque Gerardo escribió de memoria recordando su poema, impresionado por sentirse rodeado de palmeras: «Si la palmera supiera / por qué la Virgen María / suspira cuando la mira, / Si la palmera supiera / que sus palmas algún día… / ... si la palmera supiera / ... la palmera. / Gerardo Diego. 16-8-1943»
Podemos advertir, que el poeta, al recordar su villancico, añade un nuevo sentimiento atribuido a la Virgen y concentrado en el verbo «suspira», en la frase «por qué la Virgen suspira cuando la mira», en vez «por qué la Virgen la mira», que figura en todos los textos publicados del villancico y en el definitivo, que aparece en Versos divinos, en 1971, y que ya fue utilizado por Gerardo Diego en el final de su única obra teatral El cerezo y la palmera «Retablo escénico en forma de tríptico», que estrena en el Teatro María Guerrero en la Navidad de 1962.


miércoles, 29 de enero de 2014

Pensamiento Franciscano

Francisco nombre e imagen


 Por Manuel Lázaro Pulido

El Papa Francisco está de moda en la fronteras de la fe, esas fronteras que se yerguen en la entraña de Occidente, él que no es continental pero sí heredero de esta específica tradición, de ese Occidente que se definió como una utopía viviente cuando salió de sí en el siglo XVI. Que el papa Francisco representa un icono lo indica el hecho de ser protagonista de las portadas de la prensa como, recientemente la revista del Pop y referencia de actualidad Rolling Stone. En el devenir de la crónica la revista lo presenta “como un hombre ligado por un lado a una tradición religiosa y por otro, luchando por llevar a la Iglesia hacia una nueva era”. Y realmente creo que es así.
Ser portada es agradable pero, a la vez, contiene no pocos peligros. Es agradable, no solo para el Papa, sino también para los cristianos católicos, ver una imagen amable de la Iglesia personificado en la figura del Obispo de Roma. Es reconfortante comprobar de esta forma la presencia real en el espacio público. Pero como la materia lleva en sí la antimateria, la presencia tiene su lado oscuro. En este caso el de la duda que suscita el hecho de la manipulación de la figura del Papa como icono no por sí, sino por otro. Asimilado a un mensaje, como siendo su imagen, si no incluso como el signo definitivo de la asimilación del último bastión a las ideologías periclitadas (pero muy presentes institucionalmente) de los estertores del siglo XX. Y me explico.
            En la misma revista se señala como Sarah Palin, pentecostal de origen católico, famosa por presentarse como candidata a la vicepresidenta de los Estados Unidos por el Partido Republicano de la mano de John McCainen, se quiere apropiarse de su imagen, describiéndolo como un tipo de hombre liberal, de la misma manera que es descrito su mensaje como “puro marxismo” por personas tan significadas como le conservador Rush Limbaugh. La apertura a la realidad humana del Papa es impresionante, e impresiona y por eso intenta ser apropiada de modo que no se valore tanto en sí, como siendo una muestra de la expresión de las ideologías en el seno de la propia tradición católica.
            A Francisco, el Papa, le pasa algo parecido en tiempos de crisis, a lo que le sucedió a Francisco, el Santo (también en tiempos de crisis). Pobreza, humildad, firmeza de fe… no son el carisma de la ideología (marxista, liberal, socialdemócrata o del lobby gay como expresión de una ruptura cultura), como tampoco fue la pobreza franciscana, ni la simpleza el resultado de una determinada eclesiología (o ideología teopolítica). Pobreza, humildad, simpleza… no son nada en sí mismos. En antropología cultural serían los “indicadores (conceptuales-reales) de la identidad”; y ellos podrían reconducirse en la ideología. Pero en la realidad de la fe, en la realidad de la existencia, en el franciscanismo, son los “indicadores de la identidad del Evangelio”. Ahí radica su fuerza. San Francisco quiso ser apropiado, fuera de la Orden (en diversas eclesiologías) y dentro de la Orden (en diferentes sensibilidades). Pero san Francisco (y el papa Francisco) responden mejor a lo que expresaba la propia revista, parafraseando la canción de Bob Dylan: “Los tiempos están cambiando”. Y el trasvase del campo a la ciudad del siglo XIII en la definición de Europa (y en ello de Occidente) es ahora el cambio de la ciudad a la ciberciudad global en la absoluta prioridad de redifinir (y reubicar) Europa. Y para ello no se puede definir desde categorías ideológicas solo presentes a nivel universitario e institucional (izquierda, derecha, marxismo, liberalismo) sino desde la realidad de lo global, en la conjunción entre la tradición y el nuevo tiempo que nace. Francisco se adviene así como un nombre profético: no tanto como de quien señala la necesidad de fijarse en la pobreza y en el símbolo de desnudarse ante el obispo (de tomar una habitación más simple en el Vaticano que es lo mismo como gesto visual), sino de reeditar que estamos desnudos ante Dios, y necesitamos buscar la identificación con Cristo. Anunciar desde la tradición los retos de la nueva era, predicar en la frontera, aquí en Europa para nosotros, allí en Europa para los Hispanoamericanos. Eso es la imagen y el nombre de Francisco (del Santo, del Papa).



Maditación. Las Bienaventuranzas

                                      PARA MEDITAR

     


Del evangelio de Mateo 5,1-12

En aquel tiempo, el ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles:
1.- Dichosos los pobres en el espíritu
porque de ellos es el reino de los cielos.
2.- Dichosos los sufridos
porque ellos heredarán la tierra.
3.- Dichosos los que lloran
porque ellos serán consolados.
4.- Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia
porque ellos quedarán saciados.
5.- Dichosos los misericordiosos
porque ellos alcanzarán misericordia.
6.- Dichosos los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios.
7.- Dichosos los que trabajan por la paz
porque ellos se llamarán "los hijos de Dios".
8.- Dichosos los perseguidos por causa de la justicia
porque de ellos es el reino de los cielos.
9.- Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de
cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra
recompensa será grande en el cielo.

1.- Dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran. Las personas que experimentan estas situaciones son las que están escondidas o son los oprimidos que tienen que mendigar para sobrevivir y, por tanto, no se les tiene en cuenta en las relaciones sociales. Son nuestros pobres, nuestros enfermos mentales, nuestros enfermos del espíritu, nuestros enfermos de falta de amor. No son los pobres que trabajan por lo que sea y se sienten queridos. Por Jesús, estos pobres pasan de malditos a la cercanía de Dios. Dios se ha fijado en su desamparo, lo que hace que se fíen y confíen en Él. De aquí la satisfacción, el gozo inmenso e interior que se manifiesta de una forma objetiva en compartir los bienes en este mundo como preámbulo de la dicha definitiva, cuando Dios instaure su Reino y dé la salvación a sus elegidos. Jesús lo demuestra: los pobres enunciados antes son los primeros a los que se les anuncia esta era de gracia y los primeros que hay que invitar frente a los que tienen derecho al banquete, como sucede con Lázaro o con aquellos que son capaces de cambiar de vida como Zaqueo. Y pobres somos cuando sabemos leer la voluntad de Dios al no someternos a ninguna riqueza y poder de esta vida. Examinémonos por si tuviéramos cimientos falsos en nuestra vida.

2.-  Los misericordiosos, los que trabajan por la paz, los limpios de corazón. Misericordia no equivale a nuestra especial sensibilidad ante los infortunios personales y sociales. Designa una forma de actuar y un sentido de vida que se traduce en la conducta clave de los seguidores de Jesús. Lucas lo afirma sin rodeos: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. El amor de misericordia hacia los necesitados será la patente que enseñemos para ser reconocidos por Dios en el juicio: Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis. Estas obras de misericordia están al alcance de todos nosotros, aunque no posea nada para ayudar materialmente. La misericordia también se explicita con el perdón. Y tenemos que perdonar sin límites. Le dice Jesús a Pedro: te digo que perdones que no siete veces, sino setenta y siete,  con lo recrea la conducta de Dios para cada uno de nosotros que no se aburre de perdonarnos tanto defecto y pecado.

3.- Dichosos cuando os odien los hombres y os destierren y os insulten y denigren vuestro nombre a causa de este Hombre. La persecución reproduce la misma condición de sufrimiento que la de los pobres, los hambrientos y los que lloran. Muchas veces nos sentimos difamados, incomprendidos, excluidos de las relaciones sociales porque  somos solidarios con el proyecto de vida de Jesús, de forma que como él fue rechazado, así también lo son ellos. Pero es preferible esta situación límite, que Mateo apostilla con falsedad (Mt 5,11), antes que el halago, pues como Dios resucitó a Jesús, también nos puede resucitar a nosotros;  cambiar nuestra desdicha en dicha, nuestra pena en alegría. Otra vez las circunstancias se invierten, pero sin revancha por nuestra parte. El gozo interior que entrañan estas experiencias negativas proviene de la conciencia de que Dios nos va a recompensar y el amor y la bondad puede convertir a nuestros perseguidores, como se ha dado tantas veces en la historia.


martes, 28 de enero de 2014

Teología. La irrupción de dios en Cristo (Bautismo IV)

             El Bautismo
                              Hombres nuevos en Cristo

                                       IV

Texto

«¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados por él en la muerte para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…..» (Rom 6,3-11)


 La irrupción de Dios en Cristo

La actuación de la bondad y de la gracia en la historia se realiza por la vida de Jesús (cf. Jn 1,14), y se prolonga por la llamada a su seguimiento para compartir su vida, destino y misión; seguimiento que después de la Resurrección se concreta con la fe en Cristo. La fe en la nueva presencia del Resucitado es posible gracias a su Espíritu (cf. Hech 2,1-4), y Pablo enseña esta nueva relación con Cristo en el Espíritu. Él no tiene la oportunidad del seguimiento histórico, de ahí que su conducta sea una de las pautas que marquen la identidad de los cristianos, continuando en la historia el principio de la acción salvadora que Jesús lleva a cabo en Palestina.

            Pablo es consciente de la pretensión de Jesús sobre la iniciativa de Dios para reconducir la historia humana (cf. 1Tes 5,9-19; Rom 5,8.10.38). Por eso se cuida mucho de no utilizar sus ventajas cristianas ante los judíos y paganos; al contrario, se gloría de su debilidad para que prevalezca el vigor de la gracia de Dios y recuerda el aguijón que le mantiene en su fragilidad humana (cf. 2Cor 11,31; 12,7-12). En efecto. Pablo experimenta la llamada de Dios para seguir y anunciar a Cristo: «Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor tuvo a bien revelarme a su Hijo» (Gál 1,15-16). La elección divina está en la órbita de otras como la de Sansón (cf. Jue 16,17), del Siervo de Yawé (cf. Is 49,1) o de Jeremías (cf. Jer 1,5). La llamada es una gracia de Dios con la que le revela a su Hijo; y es una gracia con la que separa a Pablo de su vida y actividad anterior y le confía la misión de predicar a Jesús a los gentiles. Esta gracia, en definitiva, le transforma en un hombre «nuevo»; Dios le recrea por completo para anunciar a su Hijo (cf. Gál 6,15; 2Cor 5,17). Dicha gracia se explicita en el encuentro con el Resucitado, que evoca también la elección de los discípulos por parte de Jesús, o a las comidas de Jesús con publicanos y pecadores que les rehacen la vida, como es el caso de Zaqueo (cf. Lc 19,1-9); es lo que significa el «nuevo nacimiento» en la teología de Juan (cf. Jn 3,1-8; Rom 6,4). Él habla repetidas veces de este encuentro con Jesús en el viaje a Damasco (cf. Hech 9,3-21), que entraña un cambio radical en su vida: de perseguir a Cristo en los cristianos a ser valedor de su vida y doctrina de salvación para todo el mundo (cf. Hech 8,1; Gál 1,13).

Descubrir a Jesús implica asumir el Evangelio como una forma nueva de vida fundada en el poder de Dios (cf. Rom 1,16), y, a la vez, el Evangelio es configurarse con la vida de Jesús como experiencia personal y no como una actividad intelectual que aprende una historia o sigue una creencia (cf. 1Cor 4,16; 1Tes 1,6). Pablo expresa su experiencia de fe y su programa de vida en esta frase: «He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en carne mortal, vivo de fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Pablo no vive según la forma judía (cf. Flp 3,5-6), o pagana, sino se ha introducido en una nueva dimensión de la existencia determinada por la presencia del amor de Cristo y de su acción salvadora; deja que Cristo actúe en él para que destruya la capacidad de autosuficiencia que excluye a Dios en la existencia. Y tal es su experiencia que el auténtico sujeto de su actividad es Cristo: él es su ser, su obrar, su vivir mientras permanezca en la historia humana (cf. Flp 1,21). La relación entre su vida y la vida de fe en Cristo, hace que, sin dejar de ser él, pueda configurarse con, o transformarse en Cristo, constituyéndose en el soporte de su existencia. Pablo lo aplica a los cristianos en la carta a los Romanos: «... consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (6,11; cf. 14,7-8; 1Cor 3,23; 2Cor 5,15). Es entonces cuando asume el dinamismo de la vida de Cristo crucificado y resucitado.
Dios, por medio de Jesús, hace que descubra un mundo «nuevo», un hombre «nuevo», un sentido de la existencia «nueva» (cf. Gál 6,15; Rom 6,4). La «novedad» estriba en que Dios se ha decidido hablar y actuar en beneficio de su criatura por medio de la vida de Jesús. Dios rescata, salva, redime del mal, rompe los círculos infernales que ha creado el hombre por su libertad y sus ansias de poder, y de los que no puede salir. Según Juan, Dios se enfrenta al poder del hombre con un poder que es exclusivamente su relación de amor, porque Él sólo es amor (cf. 1 Jn 4,8-16); y su amor en la historia humana es la vida de Jesús (cf. Jn 3,16). La gracia constituye la relación de amor de Dios a su criatura para Pablo. Tal es así el nuevo fundamento de la existencia que se puede decir que todo es gracia en la vida (cf. Ef 2,4-10); gracia que se identifica con Jesús, cuya historia se centra en su muerte y resurrección (cf. Rom 6,1-11). Y une los dos términos: Dios para nosotros es la vida de Jesús, que es su gracia, y la gracia se manifiesta en la muerte y resurrección de Jesús.


Lbros. Las Bienaventuranzas

          Las bienaventuranzas, una contracultura que humaniza

De Luis González-Carvajal


                                               Por F. Martínez Fresneda

El texto es un comentario exegético y pastoral de las bienaventuranzas. Intenta el autor ser fiel al texto bíblico y, a la vez, «que resulte interpelante para quienes tratamos de seguir a Jesús en una situación histórica que quizás no sea más crítica que otras, pero a nosotros nos parece erizada de dificultades» (12).  
El programa de vida cristiana que nos ofrece Jesús tiene dos redacciones, que ha transmitido la tradición: en el sermón de la llanura de Lucas y en el del Monte de Mateo (20-21). Seguramente la tradición  fijó las cuatro ―o tres, según algunos exegetas― primeras bienaventuranzas de Lucas, que son comunes a Mateo. Por su parte, Lucas habría añadido las maldiciones y Mateo las cuatro restantes, porque la novena es un desdoblamiento de la octava. La felicidad prometida por Jesús no sólo se reduce a la vida futura exclusivamente, quedando en la historia sólo la alegría de la recompensa ofrecida, sino que comienza ya en la historia al insertarse el bautizado en la nueva vida donada por Dios en Cristo Jesús.
Para Lucas y Mateo son bienaventurados los pobres, los que pasan hambre, los que lloran, y malditos los ricos, los saciados y los que ríen, en el sentido de que poseen cosas a costa de la pobreza, el hambre y la desgracias de los demás. Por eso son malditos. Atina el autor al decir que con respecto al hambre no se refiere Jesús a los ayunos judíos o a las dietas actuales  que hacen a las personas sentir apetito; por el contrario, hambre es cuando los músculos se deshacen y la vida se escapa de nuestras manos (38).
Mateo añade a la primera bienaventuranza, que tiene en común con Lucas, «pobres de Espíritu», que son los pobres ante Dios, el resto de Israel, sobre el que recae las promesas mesiánicas, y los que han elegido ser pobres, porque es la mejor manera de leer la voluntad de Dios con relación a las relaciones con los demás. Los «mansos» son los no violentos. Jesús adoctrina bien a sus discípulos al respecto: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente,….». Los que «lloran» son consolados por Dios y, de esta forma, están capacitados para compartir las desgracias de los demás, es decir, consolar. «Hambre y sed de justicia» no se refiere a la justicia social, que en el AT está unida a «derecho y justicia», sino a cumplir la voluntad de Dios: saber que quiere el Señor sobre cómo debemos comportarnos con los demás. «Misericordia» es tener corazón con los desgraciados. Y Dios es muy rico en esta actitud, y le debemos imitar en un doble sentido: ayudar a los que lo necesitan y perdonando a los demás (116). «Limpios de corazón». El Señor mira al corazón, que es el centro unificador del ser humano. Por eso nos aconseja amarle con todo nuestro corazón. Y un corazón puro es un corazón lleno de bondad, capaz de «ver a Dios», que es plena bondad; y para ello es necesaria la oración. También se dice felices a los que «trabajan por la paz», es decir la reconciliación (cf. San Francisco y la paz, PPC, Madrid 2007). La última bienaventuranza refiere la persecución de los discípulos de Jesús, experiencia que él también la padeció, y en Mateo le precede «los perseguidos por causa de la justicia», que vienen a ser la misma bienaventuranza. Son los mártires por seguir y confesar a Cristo como el único camino que conduce al Padre, que es la fuente de la dignidad y salvación humana. Lo contrario, ser bien amados por todos, es lo que realmente crea sospecha de que estamos fuera del camino que nos indica Jesús para acompañarle y encontrar al Señor.

Sal Terrae, Santander 2014, 183 pp., 13 x 20 cm. (El Pozo de Siquem 324).