lunes, 19 de mayo de 2014

Sobre el Poder en la Escritura

Le Pouvoir. En quêtes dans l’un et l’autre Testament



                       Luciani, D. - A. Wénin

                                        Por Rafael Sanz Valdivieso
                                                                                    Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                   Pontificia Universidad Antonianum

La obra trata sobre el «poder» en la Biblia y sus formas legítimas o ilegítimas, el uso del poder para justificar un orden establecido, poder de Dios o de los reyes que ejercen su domino, poder sacerdotal y horizontal ejercido sobre los semejantes, o crítica de todos los poderes, tal como aparece en los profetas y en el mismo Jesús de Nazaret. Este es el argumento del texto que reúne doce contribuciones del estudioso de la Escritura, además de la introducción de D. Luciani (7-22), en la que expone la procedencia del contenido del volumen colectivo: el seminario de exégesis del tercer ciclo de la Facultad de Teología católica de Lovaina.       

                                            

Jane  (23-41) expone en su estudio la estructura del poder según el Código de Santidad (Lev 17-26) y el papel de Moisés al proponer la ley fundante, ya que contiene unas exigencias propuestas a aquellos a quienes se dirige y también el trasfondo sociopolítico que va implícito en este código sacerdotal, referido al santuario, los ritos, el personal y las normas de pureza ritual que requiere (24s). El artículo examina el contenido, el estilo y estructura concéntrica de algunos pasajes que enumeran las leyes aplicadas en la práctica (cf. Lev 24.17-21; p.25ss), las repeticiones que apoyan rítmicamente la propuesta pedagógica de la Ley con lenguaje entusiasta y desarrollo persuasivo en la enunciación de las reglas concretas, que no es enunciado meramente jurídico, sino que propone la validez y actualidad de la ley (p.34s) para alcanzar el asentimiento y la observancia. Qué sentido tiene hablar del poder en ese desarrollo, si la retórica se propone la persuasión y el libre asentimiento, lo indica cuando habla de las instituciones, tanto la que representa Moisés, voz de Dios transmitida por él (instancia legislativa), como la que representan los israelitas, los cabeza de familia, o la asamblea que ejerce su capacidad de juicio en los casos penales que se explican. Esas instituciones ejercen como estructura política un poder y juzga las transgresiones de la Ley. El papel de los sacerdotes es también un modo de desempeñar el poder de enseñar la Ley, recibida por medio de Moisés de parte de Dios, relación entre el poder de Dios y el entregado a los humanos respecto de la Ley que no se interviene por mediaciones políticas, sino por los cabeza de familia y por la asamblea, en cuanto auditores, receptores de la Ley.

J.-M. Carrière estudia en el libro del Deuteronomio el significado que alcanza el llamado código deuteronómico (su núcleo lo sitúa en Dt 16,18 – 18,22; pp. 43-61) que contiene las funciones de los jueces, del rey, de los sacerdotes y levitas, del profeta y su ejercicio en el espacio referido, local y central (45s), al territorio que es don de Dios. Es una concepción del derecho y del poder que se otorga al aplicar la ley y enunciarla de palabra para que sea acatada y defina la identidad de Israel frente a otras naciones (que no debe imitar, ni en sus instituciones políticas ni en su culto). Lo que propone: «separación de poderes y preeminencia de la Torah» (50ss) es más bien distinguir el ejercicio del poder según la autoridad que lo ejerce (judicial, decisorio, diferentes del poder real), sin que sea asimilable al sistema de representación democrática actual, o que las instituciones den la idea de un todo (Estado) en el que cada uno está implicado,  pues la ley le convierte en interlocutor.
A. Wénin estudia el caso de Samuel y la monarquía (63-94) como ejercicio del poder, aunque en Saúl no se cumple todas las expectativas de Samuel y de su modo de ejercer el poder, o al menos la autoridad con la que se mueve y quiere dirigir a Saúl (84ss). Pasando a los profetas, Amós es presentado como crítico con los poderes (cf. E. Bons, 95-110) pues se manifiesta sobre cuestiones sociales y económicas y cuando la dignidad de los seres humanos está en juego, sobre todo la de los débiles. Derecho y justicia están presentes en el libro de Amós, más que la aplicación de la Ley como garantía de lo que Dios quiere; derecho y justicia, para que no haya opresión del pobre en Israel, es el mensaje del profeta, por lo que redimensiona todo tipo de poder.
El profeta Isaías ante el poder real es el argumento que expone J. Vermeylen (cf. 111-165) destacando la oposición del profeta a toda alianza con Egipto y contra la política extranjera del rey, manteniendo que el único poseedor del poder es Dios, que interviene por medio del profeta en las circunstancias y necesidades del pueblo de Dios. Es verdad que el profeta interviene en los asuntos de la seguridad nacional (como Amós o Jeremías), pero afirma que el único rey merecedor de tal nombre es Yhwh, de quien serían vasallos los reyes de Israel y de Judá, ya que el rey depende de todo de Yhwh.
M. Gilbert se centra en los caps. 28-29 del libro de los Proverbios (cf. 167-193 con la traducción de ambos capítulos al final) para hablar del papel de los sabios frente a las autoridades en orden a guiarlos a favor del bien común, pues el poder se puede ejercer de manera despótica (frecuente) o benevolente (con la ayuda de la confianza y del temor de Dios, lo cual indica que el poder por sí mismo puede apartar del servicio de Dios. El poder no se ejercerá para dominar, sino como servicio y a favor de los más débiles de la sociedad. En el libro de Ester se trata de la sumisión de los judíos de la diáspora al poder extranjero, en este caso la administración y el gobierno persa, cuyos rasgos dejan ver lo arbitrario y tiránico que puede ser el poder (cf. 195-206 con los rasgos de rechazo –Vasti y Mardoqueo - astucia y de fuerza –Ester -, así como el rechazo del poder o uso  de la fuerza violenta). Se puede decir que en el libro de Ester se legitima el uso de la violencia o se propugna la resistencia a la tiranía, cuando se trata de defender la identidad, aun sirviéndose del poder del imperio para resolver el conflicto creado por Haman.
Jean M. van Cangh expone la organización y jerarquía de Qumram (cf. 207-231) a partir de la Regla de la Comunidad y del Documento de Damasco, indicando la peculiar forma de entender las relaciones de poder dentro de la comunidad.— Nathalie Siffer se centra en Lc 12,1-12 y 21,12-19 y Hch 5; 12; 16  (cf. pp. 233-262) y en la oposición entre el poder divino que los discípulos reciben y los perseguidores que los llevan a los tribunales, a las sinagogas, ante las autoridades políticas, o que deben tener en cuenta las persecuciones, etc. Frente al poder público está presente la asistencia eficaz de Dios, pues es Señor de la historia.— J.-N. Aletti expone las relaciones con el poder civil según Rm 13,1-7 (cf. 263-288), donde Pablo afirma «toda autoridad procede de Dios… someterse en conciencia» (Rm 13,1.5-6) pero sin que de pie a un fundamento de teoría política, aunque se exija el reconocimiento de la legitimidad de la autoridad política, dentro del contexto más amplio del ágape cristiano (con los cristianos, con los de fuera, con todos los hombres, con las autoridades), aunque el argumento es teológico y de sentido general, la apelación a la conciencia lo sitúa en el contexto cristiano de Roma, y a los cristianos se les pide que actúen dentro del ágape cristiano.— Michel Gourgues se centra en las cartas pastorales (cf. 289-323) y en el problema de la autoridad dentro de la Iglesia (1-2 Tm y Tit) y la organización de la jerarquía  y el ministerio, que reflejan la estructura  institucional en el ejercicio de la autoridad.— El libro del Apocalipsis lo trata Jacques Descreux (325-350),  en el que la lucha de dos poderes, de Dios y de Satán, se decanta por la soberanía de Dios creador y el señorío de Cristo, cuyo poder  no se ejerce por el dominio o la superioridad coercitiva, sino por la potencia de una alianza sellada con la muerte y la resurrección. La diatriba será contra toda potencia política que actúe con ferocidad, hasta que se instaure el reinado de Cristo, que reina en la figura del Cordero. La realeza de Cristo superará todo poder terreno, pues combate con la palabra (espada que sale de su boca) y dará parte en su reino a sus testigos, a los que actúan como Él. En realidad, el libro propone todo un recorrido que va desde Levítico hasta Apocalipsis; expone las figuras del poder (divino y humano, civil o religioso, espiritual o temporal) y sobre la manera de ejercerlo según al Antiguo y el Nuevo Testamento. Es una excelente contribución.


Les Éditions du Cerf, Paris 2012, 384 pp., 21,5 x 13,5 cm.


VI de Pascua: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor»

                                                     VI DE PASCUA (A)      


                «Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,15-21.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.


1.- El Señor. Jesús está reunido con sus discípulos. Sabe de la marcha inminente a la gloria del Padre. En la despedida les deja su testamento: la presencia de su estilo de vida, de su salvación en los gestos y frases que pronuncia al partir y repartir el pan y beber el vino de una misma copa. A continuación les asegura que no les dejará solos para que el mundo del mal no los seduzca. El Padre enviará el Espíritu  que mantendrá a Jesús vivo entre ellos; y  hará posible que la relación con él no se deteriore en su nueva dimensión de resucitado. Es más: los discípulos se fortalecerán ante todo el mundo por el poder que les dará dicho Espíritu. El Espíritu los transforma según la vida de Jesús para que puedan ser testigos de sus valores en todas las culturas. Jesús asciende a la gloria divina y el Señor, por su Espíritu, hará que la presencia de su Hijo no desaparezca jamás. Este es el convencimiento que tenemos todos los cristianos, como sucesores de sus discípulos, formando parte de su comunidad, de la iglesia cristiana.

2.- La comunidad. La presencia de Jesús llegará a todas las naciones gracias al poder del Espíritu que nos infundirá la fuerza necesaria a los que formamos su comunidad. Somos testigos de historia de Jesús a lo largo y ancho del espacio y del tiempo. Recibimos el Espíritu para cumplir los mandamientos de Jesús, porque él vivirá en la historia en la medida en que seguimos sus huellas, caminemos en la vida con la bondad servicial que recibimos del Padre y de Jesús. Nosotros no recibimos  el Espíritu en la confirmación en nuestra casa, para después trabajar en un país diferente formando cada uno una iglesia diferente. Recibimos el Espíritu en comunidad eclesial para fortalecer la pertenencia común a la fraternidad que Jesús formalizó en su misión en Galilea. Y ello sólo es posible ahora, en nuestra vida, si situamos de nuevo a Jesús en nuestro corazón para que se imponga su estilo de vida en nuestras familias, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades cristianas y religiosas. El Espíritu nos reúne para que formemos una comunidad, es decir, establezcamos unas relaciones de amor. Y después marchemos a proclamar la Resurrección en nombre del Señor en cuanto pertenecientes a una misma comunidad, a una misma Iglesia.




3.- El discípulo.  Nosotros, como seguidores de Jesús, sabemos que estamos vinculados a una misma comunidad porque obedecemos y cumplimos el mandamiento de su amor. El mundo sabe que Jesús vive en la historia humana porque nos amamos, porque somos testigos y actuamos su amor sin límites a las personas que no aman, que se sientes solas, que malviven al margen de la dignidad y de los derechos humanos.  Andamos los cristianos por la vida sabiéndonos amados por el Padre y el Hijo. El Espíritu transmite dicho amor y convencimientos. Dicha relación de amor es una fuerza que poseemos para no cansarnos en el amor gratuito y libre a todos los que nos necesitan. Y sólo ese amor del Padre y del Hijo revela la corriente de amor que crea, rehace la vida y la lleva al límite para que la recoja el Señor y le dé la salvación eterna. El Espíritu, poco a poco, nos transforma en personas que al final sólo viviremos desde Amor, que es Dios (1Jn 4,8.16) para amar a los hermanos. 

VI de Pascua: Le pediré al Padre otro Defensor

                                               VI DE PASCUA (A) 



             «Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,15-21.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

           
1.- Texto. Jesús reconoce que hay un mundo adverso y cruel. Son las tinieblas que le han crucificado. Pero, a la vez, existe una comunidad de discípulos que le han sido fieles. A ellos, y solamente a ellos, van dirigidas las palabras de este párrafo evangélico de Juan. El texto ofrece tres declaraciones importantes de Jesús en los momentos previos de su partida a la gloria del Padre. La primera es la promesa de enviar a «otro abogado», distinto a él, que cuidará de ellos a lo largo de la historia. Los defenderá del mal que entraña la humanidad y la cultura que lo propaga. En la segunda Jesús revela su unión con el Padre, pero añade que vendrá ese «abogado» para que los discípulos se introduzcan en la corriente de amor que relaciona a Jesús con Dios; una relación tipificada por la paternidad y filiación. Los discípulos, como hermanos de Jesús, también experimentarán las relaciones filiales con Dios, y viceversa: como hijos de Dios, sabrán lo que es la fraternidad con Jesús. La tercera es amar a Jesús es cumplir sus mandamientos, y cumplir sus mandamientos sólo es posible con la relación de amor que expresa la filiación y la fraternidad.
           
2.- Mensaje. Jesús está reunido con sus discípulos; se dirige a su comunidad. Ante su ida inminente, lo primero que les dice es que no se quedarán solos. Les dará su Espíritu que los mantendrá unidos a él y los defenderá de los enemigos de la libertad y del amor. Son las tinieblas del mundo. El Abogado defensor es el «Espíritu de la verdad», pero no es la verdad que expresa la identidad de una cosa, sino la relación de amor que origina la vida, la cuida y la lleva a su plenitud. El Espíritu, pues, es la relación de amor que el Padre y el Hijo mantiene unidos los discípulos con Jesús y Jesús con ellos. No estarán, pues, solos ante el mal.— A continuación les dice Jesús que, para mantenerse unidos al Padre y a él, necesitan cumplir sus mandamientos. Pero los mandamientos no son un código de leyes. Ya lo había advertido Jesús en el Evangelio de Marcos: Amar a Dios y amar al prójimo resume todas las normas que regularizan las relaciones humanas y las relaciones con Dios (cf. Mc 12,18-34). La fe y el amor, o «la fe que actúa en la caridad», como gusta decir a Pablo (cf. Gál 5,6), es lo que hará que la comunidad o los discípulos permanezcan unidos a Jesús y reciban la revelación del Padre.

                                                        


         3. La acción.- Decimos que es amor (1º) la atracción mutua que el Señor ha puesto en nuestra naturaleza para que permanezcamos y nos extendamos en la creación. Decimos que es amor humano  (2º) la compensación física, psíquica y espiritual que experimentamos para que se origine la vida y busque su plenitud de ser. Decimos que es amor (3º) la entrega  sin necesidad de una compensación. Es el servicio gratuito y libre que los creyentes ofrecen a los demás para que alcancen su dignidad humana, o desarrollen la semilla de bondad que Dios ha sembrado en su corazón. Y dicho servicio lo ha dibujado Jesús con su vida: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a esta vida a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,42); «No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).


domingo, 18 de mayo de 2014

La Resurrección de Jesús según San Pablo

           LA RESURRECCIÓN

              IV


                    El testimonio de Pablo



Pablo es el único testigo de la resurrección que escribe sobre ella. Ha oído de Jesús por sus discípulos según la perspectiva humana: «... y si un tiempo consideramos a Cristo con criterios humanos, ahora ya no lo hacemos» (2Cor 5,16); sin embargo presume de que él también lo ha escuchado y visto y entendido en la nueva situación de resucitado de entre los muertos, porque «por último se me apareció a mí, que soy como un aborto» (1Cor 15,8; cf. 9,1). Debemos concretar las circunstancias por las que Pablo narra la experiencia del Resucitado. Éstas son fruto de la necesidad de justificar su misión entre los paganos, puesta en duda en determinados momentos por algunas comunidades cristianas. La narración no busca una descripción y análisis de la identidad del nuevo Jesús resucitado o del hecho y circunstancias de la resurrección, sino argüir la legitimidad de su espacio evangelizador. En consecuencia, la exposición es parcial al no referirse a Jesús, sino a los efectos que se derivan para su vida. Además la cuenta a unos veinte años de haber sucedido dicho acontecimiento y distinguiéndola muy cuidadosamente de las visiones y revelaciones que tiene a lo largo de su ministerio (2Cor 11,21; 12,11).

1. Pablo escribe que ha habido un cambio radical en su vida: «Habéis oído hablar de mi conducta precedente en el judaísmo: violentamente perseguía a la iglesia de Dios intentando destruirla [...] Las iglesias cristianas de Judea no me conocían personalmente; sólo habían oído contar: el que antes nos perseguía ahora anuncia la buena noticia de la fe que entonces intentaba destruir» (Gál 1,13.22-23). El cambio se debe a una elección al estilo de Jeremías (Jer 1,5) o del Segundo Isaías (Is 49,1.5-6) y a una revelación de Dios: «Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor tuvo a bien revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos» (Gál 1,15-16). La aparición del Resucitado camino de Damasco (Hech 9,4-5) la entiende como una elección y revelación de Dios, que le disloca de sus criterios anteriores judíos en el ámbito doctrinal, espiritual y jurídico. De un fariseísmo radical pasa a la defensa de Cristo que le conduce a centrar su vida en los «desconocidos» de Dios, como son los paganos.


Algunos judíos convertidos quieren imponer la circuncisión a los paganos como requisito para pertenecer a la comunidad cristiana, ya que la circuncisión certifica la elección y alianza del Sinaí y la participación en el culto. Pablo reacciona contra los judaizantes de Filipos con malas formas como contra los de Galacia (5,12): «Pero esos que os soliviantan que se mutilen del todo», «¡Cuidado con los perros, cuidado con los chapuceros, cuidado con los mutilados!» (Flp 3,2). Y de nuevo, en un versículo antológico, resume su profunda convicción de que la fe que actúa en la caridad (Gál 5,6), la fe en Cristo, y no las obras que obedecen a la ley, es la que salva, doctrina expuesta con amplitud en las cartas a los Gálatas y Romanos: «No contando con una justicia mía basada en la ley, sino en la fe en Cristo, la justicia que Dios concede al que cree» (Flp 3,9). Pues bien, su cambio radical, tanto vital como doctrinal, se debe al encuentro con el Resucitado. De nuevo nada dice del acontecimiento objetivo de la resurrección, ni siquiera de su experiencia íntima con el consiguiente movimiento de sentimientos y afectos, sino el porqué de su transformación personal que apoya en estas afirmaciones básicas: conocimiento íntimo de Jesús, que llega por medio de su unión a su pasión y muerte, y la eficacia de la resurrección para alcanzar su resurrección personal: «¡Oh!, conocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus sufrimientos; configurarme con su muerte para ver si alcanzo la resurrección de la muerte» (Flp 3,10-11). La consecuencia del encuentro personal con Cristo es lo que le aparta de los criterios de vida fariseos: «Pero lo que para mí era ganancia lo consideré, por Cristo, pérdida. Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo y estar unido a él» (Flp 3,7-9).
Ahora bien, la experiencia personal de Pablo es real (Gál 1,16), pero no pública en el sentido de que puedan participar otras personas (Hech 9,7). La experiencia le hace creer en Jesús resucitado como Cristo, Mesías, y le conduce a un acontecimiento que va más allá de lo que implica la experiencia individual: le introduce en una nueva vida que refleja una nueva era de las relaciones de Dios con el mundo para bien de éste. Entonces Pablo se pone a disposición de Dios (1Cor 3,9) para transformar el mundo (Rom 8,19). La experiencia, aunque sea objetiva, —proviene de fuera de Pablo—, no es objetivable, es decir, no se puede entender con las solas fuerzas de la razón, ya que pertenece al ámbito de la fe; ante lo cual, como acto de Dios, sólo se puede obedecer (1Cor 3,9).

2. Sabemos, pues, que la resurrección transforma a Pablo radicalmente, de forma que hay una alteración sustancial en su doctrina, en sus actitudes, en su función con respecto a la Iglesia. Pero observamos, además, que recurre a su encuentro con el Señor para fundamentar su misión apostólica. Al invocar su calidad de apóstol, apela a dicha experiencia y ofrece tangencialmente algunos rasgos de ella: «Pero ¿no soy libre?, ¿no soy apóstol?, ¿no he visto a Jesús Señor nuestro?, ¿no sois vosotros mi tarea al servicio del Señor? Si para otros no soy apóstol, para vosotros lo soy. El sello de mi apostolado para el Señor sois vosotros» (1Cor 9,1-2; cf. 15,8-10). Pablo alude al sentido de la vista con el uso del verbo ver para explicar la revelación que ha tenido. Las apariciones serán el medio que Jesús usa para mostrarse a los discípulos, igual que en el AT el Señor se deja ver, se muestra en las revelaciones a Jacob (Gén 31,13), Moisés (Éx 25,8), Gedeón (Jue 6,26), etc. No es que le hayan visto, sino que se ha puesto al alcance del horizonte de la percepción humana. De esta forma se excluye toda posible creación subjetiva en el que percibe la visión o recibe la revelación. Es lo que da a entender Pablo.
El que Pablo haya visto al Señor tiene una finalidad. No se trata de una exhibición del triunfo de Dios en Jesús sobre sus enemigos, o una gracia para su crecimiento espiritual. «Ver al Señor» fundamenta la justificación y prueba de su apostolicidad, aunque no pertenezca, junto a Bernabé, al grupo reducido de los Doce, que convivieron con Jesús, fueron testigos de la resurrección y la comunidad primitiva los integra en los llamados apóstoles.

3. Pablo, por último, enseña en su misión la doctrina de la resurrección que coincide con la fe de las comunidades cristianas. Él ofrece una antigua tradición en la que se difunden las claves fundamentales de la resurrección elaborada y fijada por los cristianos. El texto se entronca en una afirmación más amplia: Pablo fundamenta también el Evangelio que enseña en una tradición que recibe (1Cor 11,23). La fórmula que transmite sobre la resurrección la conoce seguramente en Damasco o Jerusalén. Después del encuentro con el Señor, «pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y me quedé quince días con él. De los otros apóstoles no vi más que a Santiago, el pariente del Señor» (Gál 1,18-19). Poco después escribe que conoce a Juan (2,9), además de otros cristianos relevantes, como Bernabé y Marcos. Estamos en torno a los años 34-37 d.C. Pablo no deja de visitar o relacionarse con los primeros testigos de la resurrección de la comunidad de Jerusalén. 
Todo ello lleva a la convicción de que la experiencia de Pablo está en sintonía con las apariciones y doctrina de la resurrección de la primera comunidad de Jerusalén: «Lo mismo yo que ellos, esto es lo que proclamamos y lo que habéis creído» (1Cor 15,11). No es, pues, ningún invento o elaboración personal ni el evangelio que predica ni la resurrección en la que cree. Como introducción a la resurrección de los cristianos, que se funda en la de Jesús (1Cor 15,1-34), y a la descripción de la forma de la resurrección (15,35-53), escribe: «Ante todo, yo os transmití lo que había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras, que se apareció a Cefas y después a los Doce» (15,3-5).
Lo primero que se deduce es que el anuncio que hace está en el límite de los sucesos históricos, aunque sea una fórmula muy elaborada y extendida en casi todas las comunidades. La fórmula contiene tres hechos: la muerte, la resurrección y la aparición; a lo que se une su sentido con tres fórmulas que lo interpretan: por nuestros pecados, según las Escrituras y al tercer día. Los cristianos identifican a Jesús crucificado y resucitado con Cristo, el Mesías esperado por Israel; es una identidad que las comunidades acuñan muy pronto en contra del judaísmo tradicional, e inmediatamente realizan una reducción cristológica de todos los acontecimientos salvadores hechos o prometidos por Dios. Por eso no se realza la figura histórica de Jesús, sino la función que entraña desde la perspectiva divina. Así él «murió por nuestros pecados según las Escrituras», es decir, en lugar de los pecados humanos que hubieran merecido la muerte de los pecadores. Su muerte, por consiguiente, sustituye a la de los hombres. Lo observamos con relación a la Última Cena. En ella se afirma el carácter salvador de la muerte de Cristo en beneficio de los hombres, como Pablo lo destaca en la frase pronunciada sobre el pan: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros» (1Cor 11,24) y Marcos sobre el vino: «Ésta es la sangre mía de la alianza, que se derrama por todos» (Mc 14,24). La entrega de Jesús hasta la muerte se hace en el contexto de su pasión y según la voluntad de Dios para beneficio de todos. Quedan, pues, en penumbra las causas históricas de la muerte y las que mediaron para llevar a Jesús a la cruz, ciertamente pecaminosas.


La sepultura se trae a colación por su importancia para la comunidad de Jerusalén, que es la que verdaderamente puede venerarla al estilo de la costumbre y piedad judía. Sin embargo, para Pablo no es una cuestión histórica, sino teológica, como es el enfoque de todo el párrafo. Pablo relaciona la vida cristiana con Cristo: «... en ser sepultados con él en el bautismo y en resucitar con él por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó a él de la muerte» (Col 2,12). El bautismo manifiesta la sepultura de los cristianos a los pecados como la sepultura de Cristo; la resurrección a una vida nueva es la que Dios concede a Jesús: «¿No sabéis que cuantos nos bautizamos consagrándonos al Mesías Jesús nos sumergimos en su muerte? Por el bautismo nos sepultamos con él en la muerte, para vivir una vida nueva, lo mismo que Cristo resucitó de la muerte por la acción gloriosa del Padre» (Rom 6,3-4).
La tercera afirmación refiere que «resucitó al tercer día según las Escrituras». La noticia se relaciona con el relato de Mc 16,1-8, cuando las mujeres van al lugar de la sepultura el primer día de la semana. Allí se encuentran la piedra corrida y al ángel que les comunica la noticia de la resurrección. Corresponde al tercer día después de su muerte en la cruz, suponiendo que es el domingo cuando Dios actúa, pues no se sabe con exactitud el momento de la resurrección. No hay testigos ni noticia alguna al respecto. Marcos lo repite varias veces, pero Pablo no se hace eco en sus escritos del párrafo evangélico. Con todo, la coletilla «según las Escrituras» puede referirse a que los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección están bajo la voluntad divina y obedecen a un plan trazado por Dios para salvar al hombre. «Al tercer día» puede ser una cuestión teológica como es la opinión que entraña la tradición que refleja el escrito de Pablo significando una actuación pronta y eficaz de Dios sobre el cadáver. El sentido común dicta que simboliza un tiempo relativamente corto, o breve, o pequeño, el que tarda en comenzar a descomponerse el cuerpo y, por consiguiente, aún permanece «vivo» el rostro del difunto.

Por último, la tradición que recoge Pablo avala que Jesús se aparece o se impone como una realidad evidente a una serie de creyentes, manteniendo un orden jerárquico vivido y respetado en Jerusalén. Se excluye a las mujeres, tan presentes en los evangelios. Estas apariciones las confirman los discursos de Pedro que escribe Lucas: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén. Le dieron muerte colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros que comimos y bebimos con él después de resucitar de la muerte» (Hech 10,40-41). Los testigos son el mismo Pedro, los Doce, el grupo más próximo a Jesús en su ministerio en Palestina y cuya presencia va desapareciendo en el NT. Los quinientos hermanos es un número grande para esta experiencia singular. Pero Pablo garantiza el dato de que algunos han muerto ya y otros están vivos, los cuales lo pueden confirmar en el tiempo que escribe la carta. Llama la atención la aparición a Santiago, el hermano del Señor, presentado como testigo del núcleo central de la fe cristiana y valedor de la vida y mensaje de Jesús. Decimos esto porque en la vida de Jesús se sabe de cierto rechazo de su familia (Mc 3,21; Jn 7,5). Lo cierto es que Santiago se convierte en uno de los pilares de la comunidad de Jerusalén junto a Pedro y Juan (Gál 2,9), aunque no se le nombre en el grupo privilegiado de los Doce y de los apóstoles. Entre los apóstoles se encuentra Pablo; es el «último» como testigo de la resurrección, pero autorizado para proclamar la buena nueva y fundar comunidades; ciertamente distinto a los Doce.  

miércoles, 14 de mayo de 2014

Visita del Papa a Tierra Santa (24-25 de mayo)

                                    PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA 2014



            ENCUENTRO DEL PAPA FRANCISCO Y EL PATRIARCA BARTOLOMEO

                          PEREGRINACIÓN DEL 24 AL 26 DE MAYO DE 2014

El papa Francisco, siguiendo los pasos de sus antecesores Pablo VI y Benedicto XVI, llegará a Tierra Santa en mayo para visitar los lugares en donde Jesús Nació, Murió y Resucitó. Pablo VI fue el primer papa, que después de la salida de san Pedro, ha estado en Tierra Santa.



                                                            DIAS DE LA VISITA

                                                          24 de mayo (Aman)

                                                   
Día de Ayuno

• h (El papa) 15:00 Novena de la Divina Misericordia

• 19:00 Rezo del Rosario Ortodoxo o el Santísimo Rosario (Misterios Luminosos)

Oración personal durante todo el día

                                                                          25 de mayo (Belén)


Día de Alabanza

• h (El papa), Santa Misa
• 19:00 Rezo del Rosario Ortodoxo o el Santísimo Rosario (Misterios Gozosos)
Oración personal durante todo el día
26 de mayo (Jerusalén)
Día de la Unidad
• h (El papa) Oración extraordinaria por la Reconciliación, la Unidad y la Paz
• 19:00 pm Rezo del Rosario Ortodoxo o el Santísimo Rosario (Misterios Gloriosos)
Oración personal durante todo el día

ORACIÓN POR LA UNIDAD, RECONCILIACIÓN Y PAZ

Invocación al Espíritu Santo

Invocación a san Miguel

[Primera lectura e intención]:

Profeta Isaías 30, 19-26
Pueblo de Sión, habitante de Jerusalén, no tendréis que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido: apenas te oiga, te responderá. Aunque el Señor os dé el pan medido y el agua tasada, ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si desviáis a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: “Este es el camino, caminad por  él”. Te dará lluvia para la semilla que siembras en el campo, y el grano de la cosecha del campo será rico y sustancioso; aquel día tus ganados pastarán en anchas praderas; los bueyes y asnos que trabajan el campo comerán forraje fermentado, aventado con bieldo y horquilla.
En todo monte elevado, en toda colina alta, habrá ríos y cauces de agua el día de la gran matanza, cuando caigan las torres. La luz de la Luna será como la luz del Sol, y la luz del Sol será siete veces mayor. Cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure la contusión de su golpe.

Oremos por la Paz en Jerusalén y en Tierra Santa, para que desde Jerusalén la Paz se
propague dentro de la Iglesia. Oremos por la Paz en la Iglesia, la Paz en todas las familias y    comunidades cristianas, la Paz en la Iglesia entre las diversas comunidades cristianas. Oremos al Espíritu Santo, para que traiga Paz a nuestros corazones, desde donde debe partir y difundirse la Paz .

[Tiempo de silencio para la oración personal]

Segunda lectura e intención:


Profeta Isaías 40,1-5
Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén,
gritadle: que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados. Una voz grita: En el desierto  preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios. Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor y toda criatura
a una la verá –ha hablado la boca del Señor.

Oremos por la paz en Jerusalén y en Tierra Santa, a fin de que desde Jerusalén la Paz se propague en el mundo. Oremos por la Paz en el mundo, la Paz en la sociedad, la Paz entre las naciones, los pueblos y las culturas. Oremos por la Paz en todas las confesiones religiosas del mundo, y en particular por la Paz entre las tres religiones monoteístas que profesan su fe en el Dios de Abraham.
Oremos al Espíritu Santo, para que traiga Paz a nuestros corazones, porque es en el corazón donde uno decide vivir la Paz.

[Tiempo en silencio para la oración personal]

Tercera lectura e intención


Profeta Jeremías 3,12-17
Anda y pregona estas palabras al Norte y di: Vuelve, Israel apóstata, - oráculo del Señor-, no estará airado mi semblante contra vosotros, porque piadoso soy - oráculo del Señor – no guardo rencor para siempre. Tan sólo reconoce tu culpa, pues contra el Señor tu Dios te rebelaste, frecuentaste a extranjeros bajo todo árbol frondoso, y mi voz no escuchaste - oráculo del Señor-. Volved, hijos apóstatas - oráculo del Señor - porque yo soy vuestro dueño. Os escogeré a uno de una ciudad, a dos de una tribu y os traeré a Sión. Os daré pastores según mi corazón que os apacienten con ciencia y experiencia. Cuando os multipliquéis y crezcáis en el país, en aquellos días - oráculo del Señor – ya no se nombrará el arca de la alianza del Señor: no se recordará ni se mencionará, no se echará de menos ni se hará otra. En aquel tiempo llamarán a Jerusalén «Trono del Señor», esperarán en ella todas las naciones, por el nombre del Señor que está en Jerusalén; y ya no seguirán la maldad de su corazón obstinado.
Oremos por la Iglesia Madre de Jerusalén, para que sea fortalecida y responda plenamente a su vocación de inspirar y promover la Unidad en la Iglesia. Oremos para que todas las confesiones cristianas presentes en Jerusalén silencien sus voces, y se oiga y se escuche la voz del Señor, y la Unidad de la Iglesia se realice en Jerusalén y a desde de Jerusalén.


Oremos al Espíritu Santo, para que disponga nuestros corazones a la Unidad ya que el Espíritu Santo, desde el corazón, difunde el Amor de Dios. Porque el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones a través de su Santo espíritu.

[Tiempo en silencio para la oración personal]

Cuarta lectura e intención:


Evangelio según san Juan 17,24-26
En aquel tiempo, elevando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: -Padre este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como también yo estoy en ellos.
Oremos por la Unidad de la Iglesia, para que los Cristianos escuchen el sufrimiento de Jesucristo en el desgarro de su Cuerpo Místico. Oremos para que se cumpla la Unidad en el Espíritu, que respetemos los tesoros de las diferentes tradiciones cristianas, puesto que son fuente de riqueza para toda la Iglesia. Oremos para que se realice la Unidad alrededor de un solo Tabernáculo, según la Voluntad de Jesucristo.
Oremos al Espíritu Santo, para que Él disponga nuestros corazones a la Unidad, ya que en el corazón se lleva a cabo la conversión.

[Tiempo en silencio para la oración personal]

Quinta lectura e intención:


Evangelio según san Lucas 22,14-20
Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles y les dijo: -Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios”
Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. De igual modo, después de cenar, tomó el cáliz diciendo: “este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros”.

Oremos por la celebración unificada de la Santa Pascua, para que los cristianos
unánimemente decidan sobre una fecha común para la celebración del Misterio de la Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Oremos para que Cristo pueda sostener este primer paso que lleve a la Iglesia a una plena Unidad en el Espíritu.
Oremos al Espíritu Santo, para que predisponga los corazones de aquellos que han de decidir sobre la celebración unificada de la Pascua entre los cristianos, a fin de que en sus corazones se manifieste el Amor de Dios.

[Tiempo de silencio para la oración personal]

Letanía de los Santos.


Para mayor información:

http://popefrancisholyland2014.lpj.org

lunes, 12 de mayo de 2014

La Resurrección III

                        
                                             LA RESURRECCIÓN


                                                   III

                               Para la resurrección de los cristianos

La esperanza cristiana de la resurrección nacida de la doctrina y experiencia de Jesús resucitado se desarrolla en la doctrina escatológica judía. Lo observamos en la defensa de la resurrección final para los difuntos previo juicio divino: «Con tu contumacia y tu corazón impenitente tú acumulas cólera para el día de la cólera, cuando se pronunciará la justa sentencia de Dios, que pagará a cada uno según sus obras (Sab 62,12): a los que buscan gloria, honor e inmortalidad perseverando en las buenas obras, vida eterna. A los que por egoísmo desobedecen a la verdad y obedecen a la injusticia, ira y cólera» (Rom 2,5-8). La justa retribución es una cuestión que corresponde al poder de Dios: «... a juicio de Dios, de quien se fió [Abrahán], que da vida a los muertos y llama a existir lo que no existe» (Rom 4,17).
En el cristianismo, la esperanza de la resurrección futura descansa ahora en la acción que Dios ha realizado con Jesús. Se produce una correlación entre la resurrección de Jesús y la resurrección de los cristianos. Si sucedió en Jesús ocurrirá la de los bautizados en él, y si la de los bautizados no se da, es que la de Jesús es falsa: «Ahora bien, si se proclama que Cristo resucitó de la muerte, )cómo decís algunos que no hay resurrección de los muertos. Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado» (1Cor 15,12-14). A esto se añade la progresiva centralidad de Jesús para la salvación, que en el tiempo de la resurrección actuará en la función que le daba el judaísmo a Dios: «Todos hemos de comparecer en el tribunal de Cristo, para recibir el pago de lo que hicimos con el cuerpo, el bien y el mal» (2Cor 5,10; cf. Mt 25,31-46). En otros textos, sin embargo, permanece un equilibrio más acorde con la historia de la salvación: «Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, lo mismo Dios, por medio de Jesús, llevará a los difuntos a estar consigo» (1Tes 4,14), o «cuando todo le quede sometido, también el Hijo se someterá al que le sometió todo, y así será Dios todo en todos» (1Cor 15,28).
Otro tema de honda raigambre judía es el cuándo de la resurrección final. A unos 20 años de la resurrección de Jesús y vivas en las comunidades cristianas la expectativa inminente del tiempo final, se le presenta a Pablo el problema de los que han fallecido con esta esperanza y sin alcanzar el momento de la restauración de la creación. El Apóstol responde en los mismos términos que hemos leído de la tradición apocalíptica judía: «... los que quedemos vivos hasta la venida del Señor no nos adelantaremos a los ya muertos; pues el Señor mismo, al sonar una orden, a la voz del arcángel y al toque de la trompeta divina, bajará del cielo; entonces resucitarán primero los cristianos muertos; después nosotros, los que quedemos vivos, seremos arrebatados con ellos en las nubes por el aire, al encuentro del Señor; y así estaremos siempre con el Señor» (1Tes 4,15-18). Antes de este acontecimiento Dios deberá someter a Cristo, el Mesías, todos sus enemigos: «Pues él tiene que reinar hasta poner todos sus enemigos bajo sus pies (Sal 110,1); el último enemigo en ser destruido es la muerte» (1Cor 15,25-26), acontecimiento que también se toma del mundo apocalíptico judío.

Sobre la identificación de los justos resucitados existe una coincidencia entre los que escriben con una misma mentalidad y se están sirviendo de tradiciones comunes. Sabemos de la transformación que sufrirán las personas fallecidas cuando adquieran la nueva identidad donada por Dios al final de los tiempos. Ellas recuperan la imagen y semejanza divinas que llevan de Dios desde el comienzo de la creación (Gén 1,26) y se les habilita para mantener una relación con Él, que es imposible sostener en el actual estado de corrupción: «... os digo que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción la incorrupción» (1Cor 15,50); por eso la acción divina se orienta a recrear la persona para capacitarla a una vida sin fin dentro de la dimensión divina: «Os comunico un secreto: no todos moriremos, pero todos nos transformaremos. En un instante, en un abrir y cerrar los ojos, al último toque de la trompeta [que tocará], los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros nos transformaremos. Esto corruptible tiene que revestirse de incorruptibilidad y lo mortal tiene que revestirse de inmortalidad» (1Cor 15,51-53). Este futuro de la vida resucitada tiene dos repercusiones en la existencia terrena: en el presente se debe realizar el bien que Dios retribuirá en el futuro y hay que preservar el cuerpo y la carne de cualquier pecado que corrompa la base sobre la cual Dios los transformará en un cuerpo de resucitado. Repetimos, todo esto se funda en que dicho Dios