domingo, 23 de noviembre de 2014

Santos y Beatos de la Familia Franciscana: 25 al 30 noviembre

25 de noviembre
Isabel Bona (1386-1420)

            La beata Isabel Bona nace en Waldsee (Württemberg. Alemania) el 25 de noviembre de 1386; es hija de Juan Achler y de Ana. Ingresa en la OFS a los14 años, y a los 17 años en una comunidad de la Orden. Se le encarga el oficio de la cocina. Lleva una vida de oración y penitencia, y es amante de la soledad. Se la llama reclusa, porque no sale del convento. Padece la lepra y otras enfermedades graves. Se une a la pasión de Cristo pobre, y padece sus signos, como heridas de espinas en la cabeza, de flagelación en el cuerpo y los estigmas en las manos, pies y pecho. Muere en Reute (Baden-Württemberg. Alemania) el 25 de noviembre de 1420, a los 34 años de edad. El papa Clemente XIII aprueba su culto el 19 de junio de 1766.

                                               Común de Santas Mujeres

            Oración. Señor Dios, que cada año nos alegras en la fiesta de la beata Isabel Bona, concede a los que celebramos su memoria imitar también los ejemplos de su vida admirable. Por nuestro Señor Jesucristo.


25.1 de noviembre
Humilde de Bisigniano (1582-1637)

            San Humilde nace el 26 de agosto de 1582 en Bisigniano (Cosenza. Italia); es hijo de Juan Pirozzo y de Ginevra Giardino. Ingresa en el noviciado de los frailes menores de Mesoraca (Crotona) en el año 1609. Profesa el 4 de septiembre de 1610. Se le encarga el oficio de limosnero, atender el servicio de la mesa de la comunidad, cultivar el huerto, etc. Practica la oración continua, teniendo una actitud obediente, humilde y dócil. Ayuda a las personas necesitadas a quienes distribuye parte de lo que recibe de la Providencia. Es consejero de General Benigno de Génova, y de los papas Gregorio XV y Urbano VIII. Vive en el convento de San Francisco a Ripa y en el de San Isidoro en Roma. Muere el día 26 de noviembre de 1637, en Bisigniano. El papa León XIII lo beatifica el 29 de enero de 1882 y Juan Pablo II lo canoniza el 19 de mayo del 2002.

                                               Común de santos Varones

            Oración. Dios nuestro, que otorgaste a San Humilde la gracia de imitar a Cristo pobre y crucificado, concédenos por sus ruegos que, viviendo con fidelidad nuestra vocación, podamos alcanzar aquella perfección que tu Hijo nos propuso con su ejemplo. Que vive y reina contigo.

25.2 de noviembre
Luis Beltrame (1880-1951) y María Luisa Corsini (1884-1965)

            Luis Beltrame Quattrocchi nace en Catania (Sicilia. Italia) el 12 de enero de 1880. Estudia Derecho en Roma y llega a ser Abogado del Estado. En la ciudad eterna conoce a María Luisa Corsini, nacida en Florencia (Toscana. Italia) el 24 de junio de 1884, profesora y escritora. Se desposan el 25 de noviembre de 1905 en la capilla de Santa Catalina de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. Pertenecen a la Orden Franciscana Seglar. Casados durante cincuenta años, tienen cuatro hijos: Felipe, Estefanía, César y Enriqueta. Responsables en sus respectivos trabajos, llevan una vida intensa de fe con asistencia diaria a la Eucaristía, la devoción filial a la Virgen María, invocada con el Rosario rezado todas las noches. Promueven intensamente la justicia, la enseñanza y la ayuda a los pobres y necesitados. Modelos de educación a sus hijos, lo son también de familia cristiana. Transforman su trabajo en una fuente de santificación como pareja. Luis muere en 1951 y María en 1965. El papa Juan Pablo II los beatifica el 21 de octubre de 2001 y establece su fiesta el día en el que contrajeron matrimonio: el 25 de noviembre.
  
                                   Común de Santos Varones o Mujeres

            Oración. Dios misericordioso, por la gloria de los beatos Luis y María Luisa nos ofreces el supremo testimonio de tu amor; concédenos, por tu bondad, que ayudados por su intercesión y estimulados por su ejemplo imitemos fielmente a tu Hijo. Que vive y reina.


26 de noviembre

Leonardo de Porto Mauricio (1676-1751)

            San Leonardo nace el 20 de diciembre de 1676 en Porto Mauricio (Liguria. Italia); es hijo de Domingo Casanova y Ana María Benza. Estudia Humanidades y Filosofía en el Colegio de los Jesuitas en Roma. A los veintiún años ingresa en la Comunidad de los franciscanos de la Reforma. Viste el hábito franciscano el 2 de octubre de 1697. Después de cursar los estudios eclesiásticos, es ordenado sacerdote el 23 de septiembre de 1702. Destinado primero como profesor de Filosofía, se dedica después a la evangelización. En 1709 se traslada al convento de San Francisco al Monte de Florencia, donde trabaja en el establecimiento y organización de los conventos-retiro de la Orden. En 1717 crea una fra-ternidad-retiro en la colina de El Encuentro, bajo el espíritu de San Pedro de Alcántara y del beato Buenaventura de Barcelona. Desde 1708 hasta su muerte en 1751, San Leonardo se dedica a la predicación de las misiones populares. Escribe un “Reglamento de misiones”, en 1712, que ha perdurado hasta nuestros días. Inaugura un Víacrucis en el Coliseo de Roma y en todas las iglesias donde predica. Logra erigirlo en 571 iglesias de Italia. También propaga la devoción del Santísimo Sacramento, la del Sagrado Corazón de Jesús y la del Inmaculado Corazón de María. Muere en Roma el 26 de noviembre de 1751. El papa Pío IX lo canoniza el 29 de junio de 1867. El 17 de marzo de 1923, Pío XI lo nombra patrono de los sacerdotes que se dedican a las misiones populares.
  
                                   Común de Pastores o de Santos Varones

            Oración. Dios rico en misericordia, te rogamos que, así como hiciste a San Leonardo un predicador insigne de la pasión de tu Hijo, propagando la devoción del Vía Crucis, nos concedas, por su intercesión, meditar esos mismos misterios de Cristo y merecer los frutos de su redención. Por nuestro Señor Jesucristo.

27 de noviembre
Bernardino de Fossa (1420-1503)

            El beato Bernardino nace en Fossa (Áquila. Italia), el año 1421. Estudia en Perusa, donde se doctora en Jurisprudencia. En 1445 ingresa en el convento de Monterrípido de Perusa. Profesa la regla en manos de San Jaime de la Marca. Ordenado sacerdote, se dedica a la predicación siguiendo a San Bernardino de Siena, del que imita el espíritu de fe y recogimiento, prudencia, humildad y modestia. Dirige la re-forma de las fraternidades de Gubbio, Stroncone, Áquila, etc. Es vicario provincial varias veces y vicario de Bosnia y Dalmacia entre los años 1464-1467. También desempeña el cargo de Procurador general de la observancia cismontana ante la Curia romana entre 1467 y 1469; toma parte de los capítulos generales cismontanos de L’Áquila (1452), Asís (1455), Milán (1457), Roma (1458) y Mantua (1467). Funda varias fraternidades, entre las que se cuenta la de Santo Ángel d’Ocre, en la que vive mucho tiempo. Se retira al convento de San Julián, en las cercanías de L’Áquila. Muere el 27 de noviembre de 1503. El papa León XII aprueba su culto el 26 de marzo de 1828.

                                                Común de Pastores o de Santos Varones

            Oración. Dios nuestro, que llamaste al beato Bernardino para que buscara tu Reino en este mundo por la práctica de la caridad y oración perfecta, concédenos que, fortalecidos por su intercesión, avancemos por el camino del amor con espíritu gozoso. Por nuestro Señor Jesucristo.


27.1 de noviembre
Francisco Antonio Fasani (1681-1742)

            San Francisco Antonio Fasani nace en Lucera (Foggia. Italia), el 16 de agosto de 1681. A los 15 años ingresa en la Orden de los Frailes Menores Conventuales. Emite sus votos religiosos en Monte S. Ángelo. Cursa sus estudios eclesiásticos en los colegios de Venafro, Agnone, Montella, Aversa y Asís, junto a la tumba del Seráfico Padre San Francisco, donde fue ordenado sacerdote el 19 de septiembre de 1705. Defendida la tesis doctoral, es profesor de Filosofía en el convento de San Francisco en Lucera. Desempeña las funciones de superior, maestro de novicios, maestro de estudiantes, profesor y ministro provincial de la provincia religiosa de San Miguel Arcángel en Pulla. Se distingue por llevar una vida inocente y por su actitud humilde, penitente, servicial con los hermanos y con la gente; tiene una devoción especial al Sagrado Corazón y a la Virgen Inmaculada. Predica durante 35 años en las ciudades y los poblados de Pulla Septentrional y de Molisa. Muere en Lucera el 29 de noviembre de 1742. El papa Pío XII, el 15 de abril de 1951, lo beatifica y Juan Pablo II lo canoniza el 13 de abril de 1986.

                                   Común de Pastores o de Santos Varones

            Oración. Oh Dios de bondad, que en San Francisco Antonio Fassani nos has dado un modelo de perfección evangélica y un ferviente apóstol de tu Palabra, concédenos, por sus méritos y su intercesión, permanecer siempre firmes en la fe y solícitos en la caridad, para obtener así la recompensa eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

28 de noviembre
Jaime de La Marca (1394-1476)

            San Jaime nace en Monteprandone (Áscoli Piceno. Italia) el 1 de septiembre de 1394. Se doctora en Derecho Civil en Perusa hacia 1412. Trabaja como juez en Bibbiena (Arezzo. Italia) y como notario en la cancillería municipal de Florencia. Ingresa en la Orden en julio de 1416, haciendo la profesión en Asís. Es discípulo de Juan de Capistrano y Bernardino de Siena. En 1423 es ordenado sacerdote. Consigue la paz entre las ciudades de Fermo y Áscoli en 1446 y en 1463. Lucha contra las herejías de los bogomilos en Bosnia y de los husitas en Austria y Bohemia. Predica también en Ale-mania, Suecia, Dinamarca, Polonia y Hungría; difunde la devoción al nombre de Jesús. Cuando San Juan de Capistrano muere en 1456, lo sustituye como comisario de la Orden en Hungría. En el Concilio de Basilea promueve la unión de los husitas moderados con la Iglesia, y en el de Florencia, la de las Iglesias ortodoxa y latina. Predica la cruzada contra los otomanos. En Italia, combate también el movimiento radical de los fraticelli. Calixto III, en 1455, lo nombra juez en la cuestión entre los franciscanos conventuales y los observantes; su decisión, publicada el 2 de febrero de 1456, no complace a ninguna de las partes. Instituye diversos Montes de Piedad como instituciones de crédito sin afán de lucro, pozos y cisternas públicas. Da estatutos civiles a once ciudades y funda numerosas fraternidades laicas, siendo uno de los precursores del asociacionismo católico. Muere en Nápoles el 28 de noviembre de 1476. El papa Urbano VIII lo beatifica el 12 de agosto de 1624 y Benedicto XIII lo proclama santo el 10 de diciembre de 1726.

                                   Común de Pastores o de Santos Varones

Oración. Dios generoso en clemencia, que, para la salvación de los hombres y conversión de los pecadores, confiaste la predicación de tu Evangelio a San Jaime de La Marca, concédenos, por sus méritos, el verdadero arrepentimiento de nuestras culpas y la gracia de la eterna salvación. Por nuestro Señor Jesucristo.

29 de noviembre
Todos los santos de la Orden Franciscana

            El papa Honorio III, el 29 de noviembre de 1223, aprueba la Regla de la Orden. En su aniversario se recuerda a todos los hermanos que han alcanzado la gloria del Padre, finalidad del escrito de San Francisco. El proyecto de vida y el carisma de Francisco es seguir a Cristo pobre y crucificado, servirlo a la Iglesia y, al servirlo, alcanzar la santidad y salvación prometida por Dios Padre. “Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos” (Jn 17, 20-26). Y San Francisco pre-dice: “Carísimos, consolaos y alegraos en el Señor; no os entristezcáis por el hecho de ser pocos; no os asustéis de mi simplicidad y de la vuestra, porque, como me ha revelado el Señor, él nos dará una innumerable multitud y nos propagará hasta los confines del mundo. Vi una gran multitud de hombres venir hacia nosotros, deseosos de vivir con el hábito de la santa religión y según la regla de nuestra bienaventurada Orden”.


          Oración. Dios, rico en misericordia, que has enriquecido a tu Iglesia con la santidad de innumerables hijos e hijas de la Familia Franciscana, concédenos a los que celebramos en una misma fiesta los méritos de todos ellos, seguir sus huellas en la tierra y obtener el premio de la salvación en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


30 de noviembre
Andrés, Apóstol

            San Andrés, originario Betsaida, es hermano de San Pedro. Dice a Jesús que un muchacho tiene unos panes y unos peces cuando la multiplicación de los panes y los peces.

                                               Del Común de Apóstoles


            Oración. Protégenos, Señor, con la constante intercesión del apóstol San Andrés, a quien escogiste para ser predicador y pastor de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo.

Cristo y las Religiones. II


                                               CRISTO Y LAS RELIGIONES
                                                                 II
                                                          

                                                              El debate cristológico (nn. 18-21)

                                                           

                                                                              Álvaro Garre Garre
                                                                                Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                                           Pontificia Universidad Antonianum
                                                                                         

Teología y cristología están inextricablemente unidas. ¿Cómo puede un acontecimiento particular en el tiempo, como la Encarnación, tener un significado universal? La unicidad y universalidad de Jesucristo afirmada por el cristianismo puede representar un escollo para un diálogo que quiera ser respetuoso con las otras tradiciones religiosas. Lo que aquí se plantea es si hay otros mediadores de la salvación además de Jesucristo. Por tanto, el problema cristológico está vinculado con el del valor salvífico de las religiones. El documento se detiene en las consecuencias cristológicas de las posiciones teocéntricas. La primera consecuencia sería el “teocentrismo salvífico”, que admite una pluralidad de figuras salvíficas.
De una parte, hay un grupo de teólogos que atribuyen a Cristo no un valor constitutivo, sino normativo, en la medida que su persona y vida manifiestan plenamente el amor de Dios a los hombres. Como señala la CTI, la cristología normativa presenta un problema de fundamentación, ya que no justifica la normatividad de Jesús, ni ad intra ni ad extra del cristianismo.
De otra parte, están los teólogos que defienden un teocentrismo con cristología no normativa. Al separar a Cristo de Dios se elimina la pretensión de absolutez del cristianismo. Con ello se facilita el diálogo interreligioso, a costa de contradecir la fe calcedonense. Según estos teólogos, el dogma cristológico es resultado de una “helenización” de la fe cristiana, esto es, una “expresión históricamente condicionada por la filosofía griega, que debe ser actualizada porque impide el diálogo interreligioso” (n. 20). La encarnación no sería un hecho histórico –una expresión objetiva-, sino mítico –metáfora, poesía-, cuya verdadero significado no sería otro que mostrar que el amor de Dios “se encarna en hombres y mujeres cuyas vidas reflejan la acción de Dios”.
Las proposiciones referentes a la exclusividad salvífica de Jesucristo pueden explicarse por el Sitz im Leben, ya que reflejarían: la concepción de la verdad de la filosofía griega (sólo una verdad cierta e inmutable); una mentalidad escatológico-apocalíptica (profeta final, revelación definitiva); y la actitud de una minoría cognitiva perseguida (lenguaje de supervivencia, único salvador). La consecuencia de todo ello es que Jesucristo, según los defensores de la cristología no normativa, no puede ser considerado el único y exclusivo mediador, sino un mero “intermediario” –“la forma humana de Dios”- entre Dios y el hombre. En palabras de John Hick, Jesucristo sería totus Deus –totalmente Dios-, pero no totum Dei -la totalidad de Dios-. En palabras de la CTI: “totum Verbum, sed non totum Verbi”. En suma, al considerar los teólogos pluralistas que el Logos es mayor que Jesús, entienden que Aquel puede encarnarse también en los fundadores de otras religiones.

 
John Hick, 
También se ha afirmado que Jesús es Cristo, pero Cristo es más que Jesús. Con ello se afirma la presencia activa y universal del Logos en las religiones, pero a costa de prescindir del dato neotestamentario, que une inseparablemente el Logos a Jesús. Finalmente, otra tendencia teológica (pneumacentrismo) atribuye al Espíritu Santo la acción salvífica universal de Dios, que no llevaría necesariamente a la fe en Jesucristo.

El nacimiento del hombre

                                         Francisco de Asís y su mensaje

                                                                            V

                                                  Francisco de Asís y la historia del hombre


           
Hagamos un poco de historia. La Tierra se forma hace unos 4.540 millones de años y el hombre 200.000 años como animal inteligente. Su potencia intelectual es equivalente al de la actualidad, pero para desarrollarla necesitó miles de años. Por más que haya avanzado la ciencia, todavía no se puede explicar con seguridad la cadena que une el nacimiento y las diferentes etapas de la vida. Lo cierto es que la evolución muestra que los seres vivos formamos parte de un orden que se inscribe en la historia de la Tierra. En la lenta y constante evolución de la vida se establece una «raza/phylon» cuya composición proviene de la evolución de unos organismos interdependientes originados de una misma forma fundamental. Se separan en un tiempo los homínidos no humanos y los homínidos humanizados. Sin adentrarnos en el porqué de esta separación, lo importante es que se produce un proceso genético en el que se comprueba la evolución de unas formas antiguas en otras nuevas por la transformación de aquellas, y que, en parte, permanecen en las que se originan como nuevas. La innovación genética resultante depende esencialmente de la anterior que subsiste en el nuevo ser pero transformada. La transformación de las estructuras morfológicas prehumanas deja en el camino elementos que ya no son básicos para la supervivencia y aparecen otros nuevos que responden a las nuevas posibilidades de vida que se generan de la nueva forma. El hombre, pues, nace de un homínido prehumano. La causas de la evolución pueden ser físicas, si provienen del medio ambiente, de las mutaciones génicas, aunque no se pueden excluir otros factores como la competición, el dominio, el poder, etc., que pertenecen al ámbito psíquico. En uno y otro caso, afectan a los genes del ser que se origina. No estamos hablando de una intervención externa que provoque una transformación cualitativa de la que resulte el hombre como animal racional, como un tiempo se pensó que Dios insufla el alma en un momento determinado de la evolución genética de los homínidos.
           
Establecido el género «homo», éste se constituye por medio de diversos niveles que comprenden la dimensión somática y psíquica. La última etapa del género «homo» presenta dos especies humanas inteligentes que coexistieron por un tiempo. La primera, «hombre de Neandertal», proviene del «homo heidelbergensis» en el que evoluciona el «hombre erectus/ergaster». El «hombre de Neandertal» no es el antepasado del «homo sapiens», sino una especie paralela a ésta. Vive en Europa y Oriente Medio hace unos 230.000 años. La segunda es el nombrado «homo sapiens» y se encuentra con la anterior hace unos 90.000 años en el Próximo Oriente. Con el tiempo desaparece el «hombre de Neanderthal», quizás hace unos 28.000 años. El «homo sapiens», nuestro antecesor, se expande desde Etiopía hacia Europa entorno a 45.000 años. Se ha encontrado una muestra de arte de hace unos 75.000 años, los primeros grafismos se dan entre 40.000 y 35.000 años y las primeras escrituras entre 5.500 y 5.000 años. Esto quiere decir que hay una evolución de una inteligencia que actúa en contacto con la realidad, de aprehender las cosas como realidades, a otra con capacidad de abstracción. No se necesita el contexto vital para el desarrollo de la naturaleza intelectiva racional humana. La potencia del pensamiento abstracto que prueba el arte, la lengua y la escritura demuestra que el hombre supera la etapa de la inteligencia que procede sólo de estímulos exteriores y se expresa por signos. El desarrollo de la inteligencia alcanza una dimensión en la que es posible la conciencia de sí mismo y de su existencia en comunidad, busca medios para mantenerla, defenderla y hacerla progresar. La imaginación le hace poblar e interpretar lo desconocido y lejano con otra clase de seres superiores, a los que venera para que le ayuden en la conservación de la vida, o le defiendan de las acometidas de la naturaleza, tenidas como castigo de ellos. Así, pues, cree en seres superiores y, por medio de ritos concretos, se pone en comunicación con ellos. Quizás ciertas manifestaciones artísticas van en este sentido.
           
A la lenta evolución física se contrapone la rápida evolución cultural. Hace unos 20.000 años se dan grupos humanos que encuentran parajes fértiles que se regeneran antes de ser consumidos. Hay muestras en el noreste de África y en el actual Egipto. Entonces permanecen en estos territorios para cultivarlos, fundamentalmente cereales, con lo que se crean poblados: el hombre se hace sedentario. Se conservan restos de cabañas de madera, adobe y piedra entre los años 15.000 y 10.000 en Palestina. A continuación el hombre es capaz de domesticar animales y asegurarse la alimentación. Para mantenerlos debe ir en busca de pastos, con lo que se alterna la vida sedentaria que exige la agricultura con la nómada. Junto a la ganadería y la agricultura se trabaja la cerámica en Palestina y Siria.
            El agrupamiento humano no se formaliza por medio de una suma de individuos, sino que vive y se relaciona en unas instituciones que lo moldean con el tiempo: la familia, el trabajo, la economía, las relaciones sociales, la religión, etc.; ellas determinan la identidad a las personas dentro del grupo en el que viene a la existencia. Estas instituciones entrañan tanto elementos físicos: los alimentos, los vestidos, las construcciones, las herramientas para el trabajo, etc.; como elementos simbólicos: las creencias, los valores, la comunicación, el arte, las normas de convivencia, etc. Pero, a la vez, la cultura capacita al hombre para reflexionar y ampliar el campo de su conciencia y libertad; aprender y encarnar un conjunto de valores que dan consistencia al grupo, haciendo posible actuaciones individuales y grupales que sobrepasan la vida personal y colectiva de una o varias generaciones. Conforme se avanza en el tiempo, y según sea el contexto espacial, o medio ambiental en el que se desarrollan los grupos humanos, se acentúan unos u otros elementos que constituyen los sentidos de vida de los pueblos. En definitiva, la cultura la crea el hombre, y la crea de una forma consciente y libre, a diferencia de los procesos de la naturaleza y de los animales, que obedecen a sus códigos genéticos de conservación y reproducción dentro del marco evolutivo del mundo.
           
Los acontecimientos que realizan los hombres que responden a los sentidos de vida que establecen las culturas, cuando se ordenan, se relacionan entre sí y se les proporciona un significado a partir de su propio contexto, se deduce que el hombre no sólo es cultura, sino también historia. El hombre es un ser inconcluso, se forma poco a poco y se hace en comunidad, perteneciendo a un pueblo con sus estructuras culturales. El devenir humano narrado con los hechos del pasado se mantiene en el tiempo cuando se reconstruyen, porque su interpretación se hace siempre en un presente; pero no se queda aquí. La comprensión de los acontecimientos remite a una tradición que se proyecta al futuro si se abre a un horizonte universal en el que se contemple a toda la humanidad caminando. Los escasos datos aportados de cómo evoluciona el hombre es una muestra de ello; los mitos que las culturas elaboran para narrar el origen de los pueblos, su fin y cómo debe transcurrir la existencia son un símbolo de la conciencia de la vida humana, y el relato escrito de los acontecimientos más importantes de las culturas es la prueba de que el ser humano se realiza en el espacio y en el tiempo.
           
La naturaleza con su devenir y ritmos permanentes que remiten a unas leyes constantes y universales, por una parte, y la razón y la libertad humanas, por otra, determinan el discurrir histórico del hombre y rompen el círculo cerrado que traza la genética. Entonces la historia humana se puede entender como una sucesión ininterrumpida de cosmovisiones parciales de los pueblos, absoluta en sí misma cuando se experimenta, y relativa cuando se observa y narra desde otra cosmovisión posterior. En la elaboración de estas cosmovisiones pueden intervenir la libertad y la razón, o simplemente la historia humana se une a la naturaleza y a su evolución a partir de estructuras surgidas del azar, cuyo término puede ser la autoaniquilación, o la ausencia de energía, etc. El cristianismo, por el contrario, tiene otra comprensión de la historia humana.


sábado, 22 de noviembre de 2014

Los misterios de la vida de Cristo

                                                       Los misterios de la vida de Cristo
                                      en predicadores franciscanos del Siglo de Oro (1545-1655)                              

                                                             Francisco Henares Díaz
                                                             Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                             Pontificia Universidad Antonianum

                                   

                                    Por Vicenzo Battaglia
                                    Facultad de Teología
                                    Pontificia Universidad Antonianum
                                   



V. Battaglia
En este ensayo, Francisco Henares Díaz ha puesto en práctica su competencia en el campo de la filología, de la literatura, de la historia, de la oratoria sacra y de la teología, creando un estudio muy interesante y original acerca de los predicadores franciscanos del llamado Siglo de Oro español centrando la investigación sobre todo en cómo han ilustrado, en sus sermones, los misterios de la vida de Cristo, y cómo han sabido unir junto a la enseñanza doctrinal, acompañada de oportunas aplicaciones morales, un apasionante influjo espiritual y pastoral. Estrechamente unida a Jesucristo está su Madre, la Inmaculada Virgen María, los contenidos sobre temas mariológicos tratados por los predicadores franciscanos españoles contribuyen a enriquecer ulteriormente la exposición hecha por el autor. Gracias a su cualidad de investigador laborioso y de estudioso experto – que lo han llevado a producir ya varios libros y artículos científicos; recordemos por ejemplo las publicaciones inherentes a la historia y a la literatura del Sureste español- Francisco Henares Díaz pone a nuestra disposición los frutos de una intensa investigación, conducida de modo riguroso, bien bajo el perfil metodológico, bien bajo el perfil argumentativo, coronando así también un ciclo de estudios académicos con la consecución del doctorado en teología, en la especialización de Dogmática en la Pontificia Universidad Antonianum.                                     
La exposición amplia, bien articulada,  bien documentada, queda organizada en cinco partes, abarca 24 capítulos, y confirma la extensión y la riqueza tanto del material bibliográfico, buscado meticulosamente en los archivos y en las bibliotecas, cuanto de los oradores traídos a examen. La primera parte pone a nuestra disposición un tratamiento ejemplar sobre la retórica practicada en el período histórico elegido, que está comprendido entre el  Concilio de Trento y el siglo XVII. El autor describe con tino el género literario y homilético de los sermones; presenta las fuentes (de la Sagrada Escritura hasta las mismas crónicas locales), los predicadores, y  las circunstancias en las cuales los sermones se pronunciaban. A partir de la segunda parte se pone a disposición de los estudiosos una documentación tanto perspicua cuanto preciosa, ya sobre la vida y sobre la actividad oratoria de numerosos predicadores, ya sobre contenidos doctrinales, espirituales y formativos de sus sermones. El título dado a la segunda parte resume bien estos contenidos y los objetivos que la justifican: “Docere, delectare, movere: predicadores más significativos y su enseñanza teológica. Entre doctrina y experiencia espiritual”. Los tres vocablos, docere, delectare, movere resaltan no sólo la finalidad pastoral de la actividad oratoria, sino también la capacidad, la preparación y las dotes que los predicadores debían poseer para desarrollar un ministerio que era y resulta siempre vital en la historia y en la vida de la Iglesia. Docere, delectare, movere son tres palabras fundamentales para subrayarlas y valorarlas adecuadamente. Señalan, además, con una cierta precisión iluminadora, dos componentes de una metodología que, en realidad, no caracteriza sólo a la oratoria sacra, sino al arte de la reflexión sobre el misterio cristiano en cuanto tal, en sentido general. Los dos componentes son la via veritatis y la via amoris.  Estas dos llevan adjuntas una tercera, que indicaremos más adelante.                                      
Los predicadores franciscanos españoles del Siglo de Oro eran conscientes, antes de nada, de ser maestros y formadores del pueblo de Dios; lo debían guiar bajo la via veritatis, bajo la vía de la verdad que salva, revelada definitivamente por Cristo Jesús. Henares Díaz demuestra de manera convincente este primer aspecto: la centralidad, en efecto, del misterio de Jesucristo y de los misterios de su vida, desde la Encarnación a la Pascua y a la Parusía. Esta centralidad emerge como un dato doctrinal característico tanto de la enseñanza impartida por los predicadores, cuanto de su experiencia espiritual. Y ¿dónde lo han conseguido si no, ante todo, de la Sagrada Escritura, del conocimiento y de la meditación asidua de los relatos evangélicos? Además, ¿dónde se encuentran y se celebran los misterios de la vida de Cristo, sus palabras y sus obras, si no particularmente en la liturgia, en la celebración del año litúrgico con sus tiempos y sus fiestas?  El autor  hace notar muy oportunamente, que estos son los contextos, que estas son las fuentes perennes e inextinguibles que han alimentado el arte oratorio de los predicadores franciscanos. “No tiene la oratoria sacra que ir muy lejos a buscar el agua viva. Más aún: esa oratoria es un hilar y rehilar el evangelio una y otra vez. Los sermonarios son la ilustración viva de que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (pág. 55). A este propósito dirijo al lector sobre todo a la quinta parte del libro, intitulada: “Los misterios de la vida de Cristo y la vivencia espiritual del año litúrgico”, que responde, entre otras cosas, al intento de querer delinear una “reescritura de un mismo texto evangélico contemplado desde varios oradores concretos, comparando a cada cual con los demás”. (pág. 519).                 

          La via veritatis, después, solicita y alimenta también un adecuado recurso a la via amoris. Son numerosas las ocasiones en la cuales Henares Díaz  señala cómo los predicadores buscaban suscitar y expresar más intensamente la sensibilidad afectiva de sus oyentes, conduciéndolos también a compartir los sentimientos de Cristo, al igual que los sentimientos de su Madre. Señalo sólo un ejemplo, pero muy iluminador: el capítulo 22, en el cual nos son presentados los sermones que tienen que ver con la Pasión del Señor Jesús y la pasión de la Virgen María. Aquí, como en otros lugares del texto, se deduce que la doctrina  y la sensibilidad afectiva pertenecen al registro de una reflexión de naturaleza sapiencial, en la cual se entrecruzan en sinergia el “saber” y el “sabor”, el saber que mira al conocimiento de la verdad y el sabor que mira al gusto producido por el amor.                                              
Melchor de Huélamo
En tercer lugar, el recorrido temático del volumen puede ser comparado a una exposición de obras pictóricas. Visitando una exposición se atraviesan varias salas y se nos empuja a detenernos a admirar, unos tras otros, los cuadros expuestos para entrar en sintonía con la sensibilidad de los artistas y para tratar de comprender, de apreciar y de degustar cuanto han querido expresar a través de sus cuadros, incluida la tonalidad de los colores. Leyendo la obra compuesta por Henares Díaz, a medida que se avanza, se entra en contacto con un mundo, el de la oratoria sacra, que nos enseña, progresivamente, a sumergirnos siempre más en la misteriosa profundidad de Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios y Salvador del mundo. Esta enseñanza se nos ofrece por muchos predicadores de los cuales Henares Díaz, en su papel de guía sabio y experto, hace conocer los rostros, las vicisitudes y la actividad oratoria. Y son personajes de los cuales, quizás, en la mayor parte de los casos, se ignoraba hasta la existencia. El autor los ha hecho salir de los archivos  de las bibliotecas y los ha presentado – los ha puesto en exposición- preparando con su texto una galería de arte. Pasan así delante de nosotros, o mejor tenemos la oportunidad de poder encontrar y escuchar oradores como fray Antonio de Guevara, fray Francisco de Osuna, los “Cinco Diegos” (a los cuales está dedicada la tercera parte de la obra), fray Juan de los Ángeles (el primero de la reseña delineada en la parte cuarta que repasa una serie de predicadores activos entre el siglo XVI y XVI), Melchor de Huélamo, Alfonso Sanzones, Felipe Ruiz, Alonso Lobo  y muchos otros. Quien quisiere documentarse todavía más, encuentra en el Apéndice un catálogo de los predicadores franciscanos españoles e italianos que han trabajado entre los años 1545-1650.                                                                       
He utilizado aposta la imagen de la galería de arte porque esta publicación tiene mucho que ver también con la via pulchritudinis, la tercera componente  de la metodología señalada antes. Teniendo en cuenta la prospectiva enunciada de los tres vocablos mencionados más atrás, docere, delectare, movere, se puede valorar adecuadamente la intrínseca componente estética del arte oratorio, igualmente bajo el perfil de la técnica. Es mérito del autor haber puesto en candelero la interdependencia armoniosa entre la belleza del saber hablar al pueblo de Dios y la belleza de los contenidos propuestos por el predicador, respecto de la contemplación de Jesucristo, fuente de toda belleza. El predicador, por tanto, buscaba representar, escenificar de manera eficaz delante de los ojos, de la mente y del corazón de sus oyentes los distintos misterios de la vida de Cristo, para conmover con la contemplación creyente y amorosa de su Señor y Salvador. En el contexto del capítulo segundo, en el cual viene explicada la técnica de composición de un sermón, se lee esta observación iluminadora: “Desde la visualización de los misterios de Cristo, inexplicable resulta la dramatización del sermón sin las figuras retóricas que lo hacen posible. Una de ellas pintar para los oídos, es decir, predicar a los ojos, el pincel de la lengua, la plasticidad en la que es maestro buena parte del sermonario clásico” (pág. 59). Entre los muchos ejemplos, señalo el que mira al coloquio de Jesús con la Samaritana, comentado por Diego de la Vega; aquí se habla de belleza de la conversión (pág. 383). En la recapitulación final, después, el autor sostiene que “no hay sermonarios que no hablen de la via pulchritudinis, del alma que pretende volar más alto, porque el vuelo bajo nunca sacia” (pág. 654). Este subrayado acerca de la experiencia espiritual, sobre la vida de comunión con Cristo Jesús a la cual aspira el alma empujada de un amor de naturaleza esponsal, corona en último análisis la aportación doctrinal y formativa ofrecida por los predicadores franciscanos del Siglo de Oro.                                                                                                                                         
Al concluir esta presentación, querría subrayar, por encima de todo, que el estudio de Henares Díaz presenta, entre sus muchos valores, también el de poner a disposición de los lectores y de los estudiosos una reflexión científica que conduce a apreciar la intrínseca relación armoniosa entre la via veritatis, la via amoris y la via pulchritudinis. Son los tres componentes esenciales del modo cristiano de acercarse a los misterios de la fe, concentrados en el misterio de Jesucristo. La práctica de esta metodología es vital, ante todo para la predicación, que está al servicio de la evangelización. Si se quisiera proponer una síntesis en prospectiva metodológica, se podría sugerir la siguiente hipótesis de trabajo: la via veritatis y la via amoris confluyen en último análisis en la via pulchritudinis.  La Belleza, efectivamente, como se deduce tanto de la historia de la cultura como de la historia del pensamiento cristiano, es esplendor de la Verdad y del Bien/del Amor: la Belleza es tal, es fascinante, sólo cuando y sólo porque ahonda las raíces en la Verdad y en el Amor y los irradia.              
En fin, me parece importante y del todo pertinente afirmar que el texto de Henares Díaz reclama la atención sobre la perenne validez de la tarea que la predicación desarrolla al servicio de la evangelización. Pero para que sea verdaderamente fructuosa y eficaz, la predicación debe alimentarse, antes de todo, en la fuente perenne de la Sagrada Escritura, y exige una preparación seria, rigurosa, adecuada. La reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium del papa Francisco recuerda, según la perenne tradición de la Iglesia  que “la Sagrada Escritura es fuente de evangelización. Por tanto, urge formarse continuamente a la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar” (númº. 174). Los predicadores franciscanos españoles del Siglo de Oro eran conscientes y nos lo enseñan.

 Ed. Espigas/Ediciones Instituto Teológico OFM (Univ. Pontificia Antonianum), Murcia 2014, 762 pp., 17 x 24 cm. (ITM. Serie Mayor 60).