viernes, 3 de enero de 2014

Franciscanismo. Obediencia II

LA OBEDIENCIA SEGÚN SAN FRANCISCO

                       
              II


Con ocasión de la Asamblea de Guardianes de la futura Provincia de la Inmaculada en España, que se celebró del 26 al 28 de diciembre de 2013 en Madrid, me atrevo a ofreceros estas reflexiones sobre la obediencia en San Francisco y que están recogidas en el Texto: «Debo dejar a Dios por Dios». Biografía teológica de la Madre Paula Gil Cano (Murcia 2013). La ofreceré en tres entregas.

            2.También la obediencia en la fraternidad franciscana queda marcada por la obediencia a Dios por medio de Jesús. Todos, los superiores y súbditos, se tienen que servir mutuamente, porque todos deben obedecer al Señor. En la fraternidad nadie hay autónomo o puede vivir al margen de la obediencia a Dios. Y todos deben relacionarse con la autoridad del Señor en la historia, que es Jesús. Por eso el Evangelio será la norma visible en la que se reflejará la relación de sumisión a Dios Padre: « Y ningún fraile haga mal o hable mal al otro; sino más bien, por la caridad del espíritu, voluntariamente se sirvan y obedezcan unos a otros. Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo. Y todos los frailes, cuantas veces se desviaren de los mandatos del Señor, y vaguearen fuera de la obediencia, como dice el profeta, sepan que son malditos fuera de la obediencia hasta tanto que permanecieren en tal pecado a sabiendas. Y cuando perseveraren en los mandatos del Señor, que prometieron por el santo Evangelio y por su vida, sepan que están en la verdadera obediencia y sean bendecidos por el Señor»[1].
            Después dicha obediencia mutua se introduce en la relación entre superiores y súbditos: «Mas los frailes que son súbditos recuerden que por Dios negaron sus propias voluntades. Por donde les mando firmemente, que obedezcan a sus ministros en todo lo que prometieron al Señor guardar y no es contrario al alma y a nuestra Regla. Y dondequiera que están los frailes, que supiesen y conociesen no poder guardar la Regla espiritualmente, a sus ministros deban y puedan recurrir. Mas los ministros recíbanlos caritativa y benignamente y tengan tanta familiaridad para con ellos, que [los frailes] puedan hablarles y obrar como los señores a sus siervos; pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los frailes»[2].
            Tan es así esto, que lo que iguala a toda la fraternidad es su ser y relación fraterna, y lo que la distingue es su función. Como unos son cocineros, otros hortelanos, otros limosneros, otros predicadores, otros sacerdotes, así algunos son ministros y otros súbditos, pues ser superior no es un estado que exprese un sentido de vida, por el que se transmite la voluntad del Señor, como sucede en los monasterios, sino es que un ministerio suyo sentido lo da el servicio a los hermanos. De ahí que los hermanos se deben lavar los pies unos a los otros, como el Jesús hizo en la Última Cena: «Los frailes, en cualquier lugar que están, si no pueden observar nuestra vida, cuanto antes puedan, recurran a su ministro manifestándoselo. Mas el ministro procure proveerles de tal manera, como él mismo querría que se le hiciese, si estuviera en un caso semejante. Y ninguno sea llamado prior, sino que todos universalmente sean llamados frailes menores. Y el uno lave los pies del otro»[3]. La función del superior mandando, como la del súbdito obedeciendo, se da porque pertenecen a la fraternidad y es ella a la que hay que dar razón de la obediencia de unos y de otros. Y esto es así, porque la fraternidad es fiel reflejo del Evangelio: «Pero si el prelado le ordena algo que sea contra su alma, aunque no le obedezca, sin embargo no lo abandone. Y si a causa de eso sufriera la persecución de algunos, ámelos más por Dios. Pues quien sufre la persecución antes que querer separarse de sus hermanos, verdaderamente permanece en la perfecta obediencia, porque da su vida por sus hermanos»[4].






[1] Regla no Bulada 5,13-17; cf. 6,3; 4,5;  Adm 3,6; textos de la Escritura: Gál 5,13; Sal 118,21
[2] Regla Bulada 10,2-6.
[3] Regla no Bulada 6,1-4; cf. Jn 13,14; Mt 7,12.
[4] Admonición 3,7-9; cf. Jn 15,13.

Libro de Dunn: Comienzos del Cristianismo

COMENZANDO DESDE JERUSALÉN. II/1-2

                                                            de JAMES D.G. DUNN





Recensión del prof. RAFAEL SANZ VALDIVIESO
Pontificia Universidad Antonianum/ Instituto Teológico de Murcia OFM

Este poderoso y monumental volumen del prof. Dunn, ―editado en dos tomos en español― se sitúa en el punto donde terminó su anterior volumen encuadrado en el título general: «El Cristianismo en sus comienzos I: Jesús recordado». De ahí que se continúe con las partes VI, VII, VIII y IX con los capítulos 20 hasta el 37. Se trata de estudiar de forma coherente, y en sentido unitario, la formación del cristianismo primitivo, o mejor, la formación de la fe cristiana, en la primera comunidad cristiana, con la presencia de los helenistas y la misión a los paganos, la misión propia de Pablo y su importancia desde su vocación como apóstol. Si el primer volumen se centraba en la persona de Jesús, como punto de arranque, considerando el hecho de la fe en él como parte de la historia y teniendo la fe un papel integrador de los que supone el método histórico crítico, ahora se propone estudiar el periodo de tiempo que va desde el año 30 hasta el 70 (fecha de la caída de Jerusalén, de la destrucción del templo), término de la primera generación cristiana posterior al ministerio terreno de Jesús, teniendo en cuenta las fuentes y los datos históricos, sobre todo de los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo (que ya había estudiado en su obra The Theology of Paul the Apostle, 1998).
Los matices que introduce en el uso de los términos (cristiandad, cristianos, iglesia, sinagoga, discípulos, creyentes, los que invocan el nombre del Señor, hermanos, santos, elegidos, pobres, etc.) son claros para comprender la identidad corporativa y la variedad de relaciones e interacciones de las comunidades cristianas primitivas que continuaban la misión de Jesús. Desde Jesús hasta la misión de Pablo y su anuncio de Jesús crucificado como Señor, es decir, del Reino de Dios anunciado por Jesús se llega al evangelio de o sobre Jesús, ya desde muy pronto, como indicaría el himno de Flp 2,6-11. Se ha pensado que esa transición es obra de Pablo, quien habría transformado el evangelio del Reino en el evangelio de Jesucristo; de haber anunciado el reinado futuro a su cumplimiento en Jesucristo (pero la cristología comienza en el mismo Jesús). De la secta judía a la religión que incluye a los gentiles, puede resumir el movimiento que va desde la muerte y resurrección de Jesús hasta la distinción o separación en el año 70. Las fuentes se mencionan según una conexión que no borra el dato de ser externas (desde Flavio Josefo a Dion Casio, que aluden o citan un movimiento identificable) o las propias de la comunidad cristiana, como el Libro de los Hechos, cuyo autor es Lucas y las cartas de Pablo. En el caso de Lucas, es la segunda parte de su obra histórica, de su “diêgêsis” de los hechos que “nos transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la palabra” (de la acción de Dios y su propósito), por eso el valor positivo de los pasajes “nosotros” de Hechos. Una tabla compara lo descrito en Hechos con la actividad de Pablo. Es una historia que narra la salvación en Jesucristo como continuación de la historia bíblica de Israel (reino de Dios aludido en Hechos), aun aceptando una cierta idealización de la primera comunidad de Jerusalén. En las cartas de Pablo hay una consciente asunción de elementos, credos, liturgia, fórmulas kerygmáticas, que forman parte del patrimonio cristiano anterior a Pablo y la transmisión de las enseñanzas de Jesús.
La séptima parte contiene seis caps., que describen el comienzo en Jerusalén de la comunidad después de Pentecostés y los aspectos internos y formación de la primera comunidad, relatando su carácter religioso, su centro era el grupo de los Doce y en concreto algunos, Pedro, Santiago y Juan; la fe en Jesús y el significado de su muerte asumido en ella al confesar la resurrección. También se estudia el grupo de los helenistas con los siete diáconos y su relación con Antioquía, aunque hablar de una teología antioquena quizá sea prematuro si se refiere a esos años cuarenta del siglo I, cuando la predicación se ha hecho en lengua griega, con un  probable desarrollo de la cristología y de un comienzo de tradición que se sedimenta en Q o en la formación del concepto de “ekklêsía”. Pero es también el momento de la emergencia de Pablo, que empieza en Antioquía su viajes misioneros, de la misión de Pedro y de la crisis de crecimiento que refleja Hechos 13-15 la misión en Chipre y Asia Menor y la asamblea de Jerusalén, el incidente de Antioquía y el enfrentamiento entre Pablo y Pedro, Santiago, etc.
La parte octava está dedicada a Pablo, apóstol de los gentiles, exponiendo en seis capítulos la cronología y datos principales sobre los viajes y tareas de Pablo, su figura como apóstol, su percepción personal, su estrategia, su métodos de apostolado, sus colaboradores, su pensamiento o su “evangelio” y su obra literaria, pues es escritor de cartas. Las iglesias paulinas y su formación, su composición y sociología, las relaciones entre sí, así como la misión en el mar Egeo, situándose en Éfeso y prolongándose a Corinto y Acaya (Grecia y Macedonia), época de las cartas a los Corintios, de gran importancia por representar un aspecto crucial de su apostolado y por las consecuencias que tuvo la primera carta en la comunidad, como deja ver la 2Cor y el modo de comprender la formación y evolución interna de una iglesia. La carta a os Romanos es estudiada en el cap. 33, en el momento en que se despide de Éfeso y de las iglesias de Asia Menor.
La parte novena está dedicada a los años finales de Pablo, su arresto en Jerusalén, su traslado a Roma, las cartas escritas en este tiempo y a los años finales de Pedro hasta su martirio. La iglesia de Jerusalén y el momento de la crisis de la guerra contra Roma, junto con el silencio sobre Santiago y la iglesia que sabemos por noticias de los historiadores citados por Eusebio. Al final, el cap. 37 resume lo que es el legado de la primera generación, la iglesia que crece y madura (cf. carta a los Efesios), pero también se enfrenta a momentos oscuros y agitados (como se deja ver en las cartas de Santiago y 1-2Pedro). Las cuestiones de autoría y composición de tales cartas no se discuten ya que son controvertidas, pero sí se destaca que son cartas que siguen la tradición cristiana y las aportaciones de la liturgia y parénesis propia del cristianismo, aun cuando se arraigan también en las tradiciones sapienciales del judaísmo antiguo (sobre todo Santiago), no obstante la divergencia totalmente característica de la carta. Todo ello indica el enorme trabajo condensado en este enorme volumen sobre la formación del cristianismo primitivo de los años 30 a 70 del siglo I.
Es un libro de estudio y de consulta, con excelentes síntesis y estados de la cuestión referidos a Hechos, a Pablo y sus cartas, a las comunidades cristianas emergentes, al judeocristianismo.  La edición de Verbo Divino en dos volúmenes es impecable (Estella [Navarra 2012]).




Cultura. Epifanía

              El narcisismo en boga.

      Una reflexión ante la Epifanía del Señor

                                                                                       



                                    

                                       Elena Conde Guerri

                   


El mundo de la imagen que nos invade (en modo alguno inocente)  parece haber excluido de sus mapas a los menos agraciados, sobre todo físicamente, y a  los anónimos.  En palabras crudas, los feos tienen poca cancha  aunque sus capacidades intelectuales sean notables o, mejor, su calidad humana extraordinaria. Todo el mundo quiere ser la perfecta y hermosísima imagen de si mismo, aunque se trate de un duplicado onírico porque "ni la naturaleza la dio ni  la concedió en préstamo Salamanca".  El narcisismo imperante empuja a los guapos, o a quienes se lo creen, a deleitarse en  ellos mismos con la autofoto de marras hasta en los momentos o circunstancias menos adecuados. El último ejemplo (ya muy comentado)  ha sido el de ese peculiar y potentísimo triunvirato  político de países imperantes en las exequias de un lider más imperante si cabe, aun difunto, por todo su legado. Como yo soy tradicional, por decirlo así, y respeto determinados protocolos, compruebo que me estoy volviendo progresivamente antiquísima y que ahora los funerales u honras de Estado son el circo y el escenario más universal para el narcisismo sonriente y evasivo.
                ¿Qué imagen me devuelve la pequeña pantalla de mi apéndice electrónico? (me niego a emplear el anglicismo). ¿Me gusta, puedo mejorarla, cosquilleo de placer o me irrito porque un mechón de cabello o el nudo de las corbatas se han desplazado un poco?. De cualquier modo, soy YO MISMO Y ME MIRO a MI MISMO. Al igual que el adolescente Narciso, recreado por Ovidio en el libro  tercero de sus Metamorfosis, he rehuido momentáneamente dirigir mi mirada a otra persona que no sea yo mismo. Narciso estaba un poco maldito desde su nacimiento, por la ojeriza de Juno, y se había vaticinado que "sólo llegaría a la vejez si a si mismo no se conociera". Esquivando a cualquier persona que le ofrecía amarle, lo cual implica MIRAR ontologicamente al OTRO, se miraba solamente a si mismo reflejado en las cristalinas aguas del arroyuelo falaz. Enloqueció, se enamoró de aquella imagen que él  creía otro, intentó atraparla y sus manos, sumergidas en las ondas, sólo chapoteaban estériles. Cayó al fondo. Su cuerpo inerte, por piedad de alguien, fue metamorfoseado en narciso, esa flor pálida, discreta y amarillenta, de implícita fragilidad.
                La fragilidad y el marchitarse acecha también a todos los "narcisos/as" contemporáneos, porque nada hay más efímero que la llamada beautiful people sin más.  El  día 6 de enero  la Iglesia celebra la fiesta de la Epifanía del Señor, que en la tradición litúrgica oriental gozó si cabe de mayor veneración. No cito aquí los versículos  de los Evangelios Sinópticos, o incluso los de los Apócrifos, por ser pasajes  muy familiares a  todo aquel que tenga una formación cristiana básica. En mi opinión, el comportamiento esencial de los tres Magos no fue dejarse guiar por aquella Estrella peculiar en una actitud de esperanzadora obediencia. Fue el hecho de que, una vez llegados a destino y encontrado el lugar donde vivía el Niño, tuvieron  lógicamente que MIRARLO para reconocerlo, adorarlo y ofrecerle sus presentes. No se miraron a ellos mismos, pudiéndolo hacer  en el bruñido de su oro que les hubiera devuelto una imagen deleitable en su poder y sus riquezas. Dirigieron sus ojos a Alguien muy pequeño, un bebé en apariencia anónimo como tantos otros, pero su mirada trascendió y supieron identificarlo. "Los Magos ven al Redentor del mundo en un establo. Contemplan a un lactante mientras mama en el regazo materno, le adoran y  en persona le ofrecen regalos. Fe admirable que adora como Dios a un niño que reposa en el seno materno sin demostrar ninguna majestad", dice San Máximo de Turín,   al filo del siglo V, en su Homilía IV sobre la Epifanía del Señor.  Volvieron a su país repletos con la alegría de aquella MANIFESTACIÓN que,  a su vez, fueron propagando para que , en su momento, la Buena Nueva saltase a través de las fronteras de mapas, etnias y lenguas. Este es el verdadero poder de la mirada. Saber mirar al otro y no mirarse a si mismo. La segunda, suele ser efímera y estéril. La primera, es siempre fructífera, pregnante, perdurable.

Evangelio. Epifanía del Señor

                              EPIFANÍA DEL SEÑOR


                                 

De San Mateo 2,1-12.

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: - En Belén de Judá, porque así lo ah escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido al estrella, y los mandó a Belén diciéndoles: -Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le
ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

1.- El relato se divide en dos partes: el encuentro de los Magos con el verdadero rey de los judíos: Jesús; y con falso rey: Herodes. La guía para encontrar a Jesús es la estrella, que desaparece cuando tropiezan con Herodes y aparece de nuevo cuando se dirigen a Belén.  Herodes y Jerusalén evocan la persona, la ciudad, las instituciones religiosas y políticas y el pueblo  que dan muerte a Jesús. La causa oficial es que se hacía rey de los judíos, como lo es en verdad desde la perspectiva cristiana. Los magos, es decir, los paganos que habitan fuera de la tierra santa, lo reconocen como Mesías y le traen lo mejor de sus tierras: oro, incienso y mirra, resinas de árboles del Medio Oriente empleados para el culto, la cosmética y ciertos medicamentos.

2.-  Los representantes de todos los pueblos de la tierra se postran ante Jesús. Reconocen su dignidad y se encuentran con el Dios universal por medio de Jesús niño, de una familia humana. La adoración de los Magos significa que reconocen a Jesús como el enviado de Dios para la salvación de los hombres y de la creación. Es la actitud opuesta a la de sus paisanos israelitas, que son los depositarios de las promesas divinas.  Cuando Jesús predica en Nazaret le intentan arrojar por unas peñas en señal de rechazo de su predicación y de su persona. «Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino» (Lc 4,30). A los nazarenos se les ha escapado la gracia; la salvación se ha trasladado a otros pueblos.


3.- El relato de los Magos es un aviso muy serio a Israel y a los cristianos europeos, que podemos situarnos fuera del ámbito divino y dejarnos solos y desamparados ante el poder de la soberbia, el odio, la violencia y el dinero.  Jesús manda predicar el Evangelio a todas las gentes marginando a Israel; el pueblo elegido es el pasado de la presente historia de la salvación. Lo mismo afirmamos hoy para nuestra cultura occidental cristiana. La depreciación de los valores cristianos en las instituciones y en las personas, es un aviso que la fe se traslada de cultura; viaja a otras sociedades y continentes, donde se acoge a Jesús con más amor y se le reconoce su poder salvador. En Europa nos vamos reduciendo a grupos pequeños de creyentes. La gran Iglesia desaparece ante el laicismo radical y agresivo. Y no obstante debemos considerar a Jesús como el enviado del Señor para salvarnos, y, convencidos de ello, proclamarlo a los cuatro vientos.

                                                


[Nacimiento de la Iglesia de la Merced. Franciscanos de Murcia. Fotos: Juan María Vicente]

domingo, 29 de diciembre de 2013

Franciscanismo. Obediencia

                                LA OBEDIENCIA SEGÚN SAN FRANCISCO

Con ocasión de la Asamblea de Guardianes de la futura Provincia de la Inmaculada en España, que se celebró del 26 al 28 de diciembre de 2013 en Madrid, me atrevo a ofreceros estas reflexiones sobre la obediencia en San Francisco y que están recogidas en el Texto: «Debo dejar a Dios por Dios». Biografía teológica de la Madre Paula Gil Cano (Murcia 2013). La ofreceré en tres entregas.



                                                                     I
1.- San Francisco, fiel seguidor de Jesús, la obediencia es al Señor. Así lo hace cuando camina hacia Espoleto, o le habla el Crucifijo de San Damián, o escucha el Evangelio de la misión[1]. Es lo primero que dictamina para los hermanos, porque vivir es obedecer[2], como hace el Hijo de Dios sobre la tierra: «Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu. Y todas las criaturas, que hay bajo el cielo, de por sí, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú […] Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor, cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, como cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más»[3]. Y siguiendo la estela paulina, la obediencia de Jesús al Padre es lo que hace desaparecer el pecado para una humanidad transida por la desobediencia de Adán: «Pero cualesquiera de los frailes que no quisieren observar estas cosas, no los tengo como católicos ni frailes míos; tampoco quiero verlos ni hablarles, hasta que hicieren penitencia. También digo esto de todos los otros que van vagando, pospuesta la disciplina de la Regla; ya que nuestro Señor Jesucristo dio su vida, para no perder la obediencia de su santísimo Padre»[4].
            La obediencia a Dios en Cristo Jesús se practica en la comunidad cristiana: «Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo»[5]. Y se hace presente el Señor en la Iglesia por medio de de la Palabra y la Eucaristía: «Así también ahora todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que sea verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenaron, testificándolo el Altísimo mismo, que dice: Este es mi cuerpo y mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos; y: quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna. De donde el espíritu de Señor, que habita en sus fieles, es el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros que no participan del mismo espíritu y presumen recibirlo, se comen y beben la condenación. De donde: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de pesado corazón? ¿Por qué no conocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al útero de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo apareciendo humilde; diariamente desciende del seno del Padre sobre el altar en las manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, de la misma manera también ahora se muestra a nosotros en el pan sagrado. Y como ellos con la visión de su carne sólo veían su carne (de Jesús), pero creían que él era Dios, contemplándolo con ojos espirituales, así también nosotros, viendo el pan y el vino con los ojos corporales, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre viva y verdadera. Y de este modo siempre está el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo»[6].
Si esto es así, no es extraño que extreme la obediencia al Papa y a los sacerdotes, sea cual fuere su condición moral: «Después el Señor me dio y da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, a causa de su Orden, que, si me hicieran persecución, quiero recurrir a los mismos. Y si tuviese tanta sabiduría, cuanta Salomón tuvo, y hallase a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que habitan, no quiero predicar allende su voluntad. Y a estos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque distingo en ellos al Hijo de Dios, y son mis señores. Y lo hago por esto: porque nada veo corporalmente en este siglo el mismo altísimo Hijo de Dios, sino el santísimo Cuerpo y su santísima Sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros»[7].
            Obediencia al Señor y a la Iglesia que es donde se le ofrece en Cristo Jesús y también a todas las criaturas, porque son un vestigio de Él, dependen de su providencia: «La santa Obediencia confunde a todas las Voluntades corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obediencia del espíritu y para obediencia de su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo; y no únicamente a solos los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él, todo lo que quisieren, cuanto les fuere dado desde arriba por el Señor»[8].





[1] 2Celano 6: «Una noche, pues, mientras duerme, alguien le habla en visión por vez segunda y se interesa con detalle por saber a dónde intenta encaminarse. Y como él le contara su decisión y que se iba a la Pulla a hacer armas, insistió en preguntarle el de la visión: ¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor? El señor, respondió Francisco. Y el otro: ¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar del señor? Replica Francisco: ¿Qué quieres que haga, Señor? Y el Señor a él: Vuélvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo haré que tu visión se cumpla espiritualmente. Se vuelve sin tardanza, hecho ya ejemplo de obediencia, y, renunciando a la propia voluntad, de Saulo se convierte en Pablo. Es derribado éste en tierra, y los duros azotes engendran palabras acariciadoras; Francisco, empero, cambia las armas carnales en espirituales, y recibe, en vez de la gloria de ser caballero, una investidura divina»; cf. Leyenda Mayor 1,3; Leyenda de los Tres Compañeros, 6; En San Damián: 2Celano 9; Evangelio de la misión: 1Celano 22; Leyenda de los Tres Compañeros 25. Para este tema: cf. Kajetan Esser, Temas espirituales 23-33; José Antonio Guerra, «La Autoridad y obediencia en las dos Reglas Franciscanas», SelFran 406-445; Lázaro Iriarte, La vocación franciscana, 265-293;  Sebastián López, «Obbedienza», DF 1258-1278; Fernando Uribe, La Regla de San Francisco, 270-286; Julio Micó, Vivir el Evangelio, 295-320.
[2] Regla no Bulada 1-4: «¡En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo! Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo, que fray Francisco pidió que le fuese concedida y confirmada por el señor Papa. Y él se la concedió y confirmó para sí y sus frailes, presentes y futuros. Fray Francisco y todo el que será cabeza de esta Religión, prometa obediencia y reverencia al señor Papa Inocencio y a sus sucesores», cf. Regla Bulada 2.
[3] Admonición 5,1-2; 19,1-2; 2Celano196; Leyenda Mayor 9,1; Leyenda de Perusa 54. cf. Gén 1,26.
[4] Carta a la Orden 44-46; cf. Flp 2,8; Admonición 2,1-4: «Dijo el Señor a Adán: Come de todo árbol, pero del árbol del bien y del mal no comas (Gén 2,16-17). Podía comer de todo árbol del paraíso, porque, mientras no contravino la obediencia, no pecó.  Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien, aquel que se apropia su voluntad y se enaltece de los bienes que el Señor dice y obra en él; y así por la sugestión del diablo y transgresión del mandato, vino a ser manzana de la ciencia del mal».
[5] Admonición  1,22; cf. Mt 28,20.
[6] Admonición 1,9-22; textos citados de la Escritura: Mc 14, 22.24; Jn 6,55; 1Cor 11,29; Sal 4,3; Fil 2,8; Sab 18,15; Mt 28,20.
[7] Testamento 6-11; Regla no Bulada  4; Regla Bulada 1,3; 12,1; 1Celano 22; Leyenda de los Tres Compañeros 57; Leyenda de Perusa 15. Además de la Jerarquía, a  otros responsables de la Iglesia y hasta los mismos cristianos, Regla no Bulada 23,16-22; 2Carta a los Fieles 33-35
[8] Saludo a las virtudes, 14-18; cf. Jn 19,11.

Crónica. Reunión Superiores OFM

Reunión de Superiores Franciscanos

Los superiores franciscanos de las fraternidades de la futura Provincia de la Inmaculada en España se reunieron del 26 al 28 de diciembre en Madrid para tratar la misión que tienen desde la perspectiva de la Orden y de las modernas ciencias antropológicas y sociológicas. Con los Provinciales y animadores sumaron 65 hermanos. La asamblea tuvo lugar en las Residencia de las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor.
Después de los saludos pertinentes del Definidor General, Vicente Felipe, y el Delegado del General, Telesforo Zuriarrain, Severino Calderón expuso el  íter de las Jornadas. Él tendría la ponencia marco y los restantes miembros de la Comisión de la Formación Permanente ― Rafael Colomer, José María Roncero y Víctor Alcalde ― la exposición de los tres talleres
Severino Calderón explicó en qué consiste la función de animación de las comunidades: la necesaria dinamización para evitar el anquilosamiento de la vida cristiana y franciscana, dinamización que se debe dar en un tiempo privilegiado como el que se está viviendo, pues una esperanza de cambio abriga en la mayoría de la población en todas las dimensiones de la existencia. Para ello es preciso un proyecto comunitario y personal acorde con el estilo de vida fraterno, cuya fundamentación se da en la experiencia de Dios. Ésta conduce a una expectación en la historia capaz de descubrir los valores colectivos y personales de los hermanos y un apasionamiento por vivir en profundidad.


Los talleres de trabajo, que realizaron los Superiores, divididos en seis grupos,  versaron sobre la vida de la fraternidad donde el guardián tiene la función de animación, coordinación y obligar a cumplir las responsabilidades comunitarias y pastorales. Pero debe hacerlo en diálogo permanente con los hermanos y con una acentuada capacidad de escucha. El segundo taller estudió el necesario conocimiento de los hermanos y la convicción necesaria de que es posible la comunión. Y el tercero trató sobre el contenido de la misión ―por quién apostamos―y cómo crecer en la libertad y la profecía. Antes de cada taller se puso un vídeo en el que se explicaba la realidad a tratar y su posible transformación. Se aprobaron en asamblea unas conclusiones sobre la identidad franciscana, la obediencia caritativa, la creatividad, la desapropiación, los retos de la futura unión, los proyectos de vida comunitarios y personales, los encuentros lúdicos, la necesaria revisión de las misiones, el testimonio como elemento evangelizador y la incorporación de los laicos.
La liturgia estuvo salpicada por villancicos navideños, en medio de un  ambiente muy fraterno y agradable. Al final, Francisco Ángel explicó una ficha para catalogar el Patrimonio de la futura Provincia y Jesús Hernández resumió de una manera original y gráfica el camino andado hasta ahora para la unión y los retos para el futuro inmediato de la nueva Provincia Franciscana.




Cf. Web. Orfebres y centinelas.

Teología. Madre de Dios

                 María, Madre de Dios
                                    


            Los Evangelios narran que María es la madre de Jesús (cf. Mc 3,31par; Mt 1,25; Lc 2,7). Y como madre, su vida se une a la historia de su hijo; con ello se la relaciona en la devoción y creencia de Jesús como Mesías y Salvador. Más tarde, cuando el cristianismo defiende la unión de la naturaleza humana y divina de Jesús en la persona divina del Verbo, María se cree también como Madre de Dios. A este respecto, dice el concilio de Éfeso celebrado en el año 431: «Por eso no dudaron los Santos Padres en llamar madre de Dios a la santa Virgen, no porque la naturaleza del Verbo o su divinidad tomaran de la santa Virgen el principio de su ser, sino porque de ella se formó aquel sagrado cuerpo animado de un alma racional y al que se unió personalmente el Logos que se dice engendrado según la carne» (DH 281; cf. Concilio de Calcedonia, DH 288).