lunes, 3 de marzo de 2014

Franciscanismo. La pobreza

                        LA POBREZA

                             I

                                                                  


               Jesús

1.- Jesús enseña la necesidad de abandonar la riqueza para incorporarse al Reino. Así lo dice en las Bienaventuranzas: *Dichosos los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece+. Pobre es el que está escondido o el oprimido que tiene que mendigar para sobrevivir y, por tanto, no se le tiene en cuenta en las relaciones sociales. No es el pobre que trabaja por lo que sea. El pobre pasa de maldito a la cercanía de Dios. Dios se ha fijado en su desamparo, lo que hace que se fíe y confíe en Él[1]. La paradoja de que los pobres serán dichosos no es por la pobreza, pues ésta no constituye un estado de felicidad, sino porque Dios va a reinar de inmediato. Entonces recuperará su dignidad humana. De aquí la satisfacción, el gozo inmenso e interior que se manifiesta de una forma objetiva en compartir los bienes en este mundo como preámbulo de la dicha definitiva, cuando Dios instaure su Reino y dé la salvación a sus elegidos[2]. Jesús lo demuestra: los pobres son los primeros a los que se les anuncia esta era de gracia[3] y los primeros que hay que invitar frente a los que presuntamente tienen derecho al banquete, como sucede con el pobre Lázaro, o con aquellos que son capaces de cambiar de vida, como Zaqueo[4].

Pero la enseñanza de Jesús se completa con la lectura que hace Mateo.  Añade que la felicidad es también para los pobres *de espíritu+[5]. Del estado de pobreza se desplaza el sentido a la actitud humana de inferioridad: la humildad. Entonces la sumisión de los pobres a Dios se contrapone a la arrogancia de los prepotentes que cierran su corazón a las necesidades de su prójimo y se alejan de la voluntad divina. Está en la línea de la humildad que se exige a los que desean entrar en el Reino, en contra de la vanidad de los escribas[6]. La tercera bienaventuranza de Mateo: *Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra+[7] es una concreción de la de los pobres.  Desposeído se relaciona con la afabilidad y está lejos de la violencia[8]. Los pobres de espíritu y los desposeídos comprendidos como tolerantes comportan una triple dirección: hacia Dios siendo obedientes y sumisos, hacia la tierra utilizando sus bienes, y hacia el prójimo evitando cualquier brote de rechazo o alejamiento. Recibirán el Reino, porque constituyen en la actualidad el auténtico interés de Dios; poseerán la tierra, porque gozarán en el futuro de los bienes que lleva consigo el Reino. Por una causa y por otra vivirán la paz de la gente afable, modesta, benigna, en definitiva, la que experimenta la humilde confianza en Dios y no se irrita por el progreso de la maldad[9].



[1] Lc 6,20. Cf. Dios sale en su defensa: Lev 25,35; Dt 24,14-15.19-22; 27,19; Sal 146,5-7; Is 58,6-7; 61,1-2; etc.; por eso confían los pobres: Sal 39,18; 68,30-34; etc., que en la época cristiana se les une la santidad: Sant 1,9; 2,5; 5,1-6.
[2] En el Antiguo Testamento leemos: *Durante seis años sembrarás tu tierra y recogerás la cosecha, pero el séptimo año la dejarás en barbecho. Deja que coman los pobres de tu pueblo+ (Éx 23,10-11); en Lucas: *Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común; vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno+. Hech 2,44-45; cf. 4,32.34-35.
[3] Lc 7,18-19.22-23; Mt 11,2-6; Lc 4,18; 7,20-21; etc.
[4] Lc 16,19-31; Lc 19,1-10.
[5] Mt 5,3.
[6] *Os aseguro que si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande en el Reino de Dios+. Mt 18,1-4; cf. Mc 9,30-32; Lc 9,44-45; Is 66,2; *En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y fariseos...+. Mt 23,1-12.
[7]  Mt 5,5;  se cita el Sal 37,11
[8] Desposeído en Mateo no dice relación directa a un afecto como la ira (manso), aunque la contemple en su horizonte, ni entraña la no violencia como la entiende el pacifismo en contraposición al poder impuesto a la fuerza. Está más en la línea de los pobres de espíritu expuesto en la primera bienaventuranza: benigno, tolerante, amistoso, humilde, etc.
[9] Como reza el Salmo 37,8-9 frenando la indignación de los justos por la felicidad que exhiben los malvados: *Cohíbe la ira, reprime el coraje, no te exasperes hasta obrar mal; pues los malvados serán excluidos, pero los que esperan en el Señor poseerán una tierra+. Y así lo interpreta San Francisco en la Admonición 11: «Ninguna cosa debe desagradar al siervo de Dios, excepto el pecado. Y si alguna persona pecara de cualquier modo, y por esto, no por caridad, se turbara y encolerizara el siervo de Dios, atesora para sí culpa (cf. Rom 2,5). Aquel siervo de Dios que no se encoleriza ni se conturba por cosa alguna, vive rectamente sin propio. Y es bienaventurado aquel a quien no queda nada para sí, pagando al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 21)».
                  «Debo dejar a Dios por Dios» (Carta 2,11).
              Biografía teológica de la Madre Paula Gil Cano

De Francisco Martínez Fresneda




Por Pedro Riquelme Oliva



La obra trata sobre el pensamiento teológico de la M. Paula Gil Cano, fundadora de las Hermanas Franciscanas de la Purísima. Se divide en cuatro partes: Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo y la Virgen María. La espiritualidad de M. Paula se centra en el seguimiento de Jesús pobre y crucificado al estilo de la Virgen María y San Francisco. El objetivo de la obra es relacionar las afirmaciones de la Fundadora con la historia de Jesús y de San Francisco que hace en sus Cartas, Sucinta Reseña y la biografía titulada Vida ejemplar, escrita por sor Concepción Vázquez y basada en un manuscrito de la M. Cecilia Bermejo ―esta biografía utiliza el esquema de santidad de la Iglesia de mitad del siglo XX, por eso se cita con las debidas precauciones con respecto a la forma que define la santidad de entonces―.  El autor articula las tres biografías para centrar el pensamiento de M. Paula, y observa, a la vez, las diferencias que tiene con Jesús y Francisco.

La parte primera expone la concepción que tiene Jesús de Dios: Creado, Providente y Salvador. Dios es una persona viva que toma la iniciativa para salvar a la creación y a los hombres: «La caridad y la fe son dos virtudes que, a mi entender, van hermanadas; la caridad sin fe sirve de muy poco […] Mientras mayor sea la fe, más posible será la unión profunda que se opera por medio de la caridad». Es la fe que actúa por medio del amor que afirma Pablo en la Carta a los Gálatas (6,5) (48). La fe en Dios como bondad misericordiosa se explicita en las relaciones con las hermanas y en la de los niños y ancianos, a los que procura servir en extremo, si bien no escribe nunca que Dios es Padre. La experiencia del Señor se centra, como hemos dicho, en su bondad, en su misericordia, en su justicia, en su abundancia de amor. «La experiencia de Dios salta de la iglesia a la vida cotidiana, pasa de la capilla y la oración personal a lo que entraña nuestra vida de cada día» (62). Y dicha experiencia la vive como una presencia envolvente, como la atmósfera que respira y le hace vivir. Además Dios se ofrece en cada elemento de la realidad, como lo vive San Francisco y enseña San Buenaventura: las criaturas son vestigio, imagen y semejanza de Dios. Las criaturas y la humanidad no remiten al Señor, sino que lo contienen. De ahí que la relación con Él también pasa por las relaciones con las criaturas y los hombres: «Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer,….».  Otro aspecto de la experiencia divina es la receptividad; sentirse habitado por el Señor de forma que todo se ve desde Él. Entonces todo es gracia (cf. Ef 2,4-10). El Señor da seguridad. Dice M. Paula: «Dios está siempre con vosotros, viendo como lucháis y para ayudaros si por acaso vais a tropezar» ―le dice a sus hijas. A Dios se le debe obediencia y se expande su experiencia a todas las gentes, porque el bien se comunica por sí mismo, además de recibir y cumplir el mandato de Jesús: «Id y predicad a todas las naciones…».
Pero Dios se ha hecho visible en la vida de Jesús. El Logos se encarna para dar vida a los hombres y éstos reciban su gracia y salvación divinas. No es el hombre el que debe huir de la historia, pues en ella se nos ha dado el Señor. Es aquí donde debemos encontrarle. M. Paula entiende esto en el servicio a los niños y a los ancianos. La tentación de apartarse del mundo, que ya la tuvo San Francisco, y que le disuade Santa Clara y Fr. Silvestre,  no la tiene M. Paula. Ella vive al Señor por medio de Jesús quien lo sitúa en el servicio a los hermanos y en la coherencia y estructura de la vida de las hermanas. La misión entre los pobres nace del seguimiento a Jesús pobre y crucificado, como San Francisco. Y la estructura de la fraternidad de las hermanas une las características que entraña la itinerancia de Jesús y los Doce con la de la comunidad cristiana primitiva de Jerusalén. De ahí que conciba la misión en fraternidad, nunca en soledad. Y a la estructura de la comunidad cristiana: vida de oración, comunicación de bienes, escucha de la Palabra y celebración de la Última Cena, une las exigencias de Jesús a sus discípulos: la fidelidad, la cruz, dar la vida, la limosna; los comportamientos de evitar la ofensa, el juicio y la conciencia que la vida de entrega y defensa de los pobres causa conflictos de todo tipo. La muerte de M. Paula, sola en su lecho de dolor y donde encuentra definitivamente al Señor, es muy distinta a la de Jesús ―en la cruz―, o la de San Francisco ―rodeado de sus discípulos―. Sin embargo las crisis colectivas y personales que tiene Jesús y San Francisco, también las sufre M. Paula en la dilatación de la aprobación de su fundación por parte de la Santa Sede, y en sus «frías oraciones» que experimenta por un tiempo, es decir, en su alejamiento interior del Señor, que no del Señor de ella.
El Espíritu se palpa en su vida y en su Congregación. Como ocurre con San Francisco en la fundación de la Orden, M. Paula siente también las enormes dificultades que padece para que la vida y misión de las hijas de la Purísima sigan adelante. Pero la presencia del Espíritu, la relación de amor de Dios con sus hijos, se hace presente, no sólo con la aprobación de la Congregación desde Roma, lo que la capacita para extenderse por todo el mundo,  sino en la capacidad de amor que muestras las hermanas en misiones tan difíciles como la riada de Murcia, la epidemia del cólera en la misma ciudad del Segura, o las inundaciones de Consuegra. El Espíritu mantiene la unión de la Congregación, no obstante las tentativas de desviar los objetivos de la fundación y crear una fraternidad (Orihuela-Alicante) a la espalda de M. Paula. Y el Espíritu se muestra también en la comprobación del cambio vital de M. Paula y de las hermanas. Es la vida nueva que describe S. Pablo, basada en la caridad mutua y en la entrega a los más desfavorecidos: «Sólo os pido caridad, caridad, caridad», le dice a las hermanas e insta a una entrega amorosa que se hace en una historia esencialmente relativa: «Mientras vivamos estamos en un tiempo de prueba; debemos además como esposas que somos del Cordero, participar con él de su Pasión […] Pensad que Jesús nos espera en el Calvario con los brazos abiertos, para que no nos olvidemos de él y nos vayamos en pos de las criaturas».

María es su madre, es la forma concreta que M. Paula toma para configurar su vida y la de las Hermanas.  Es curioso que no sigue la devoción a María según la costumbre de su tiempo: Ensalzarla sobre todas las criaturas, dándole los valores y virtudes propios de una emperadora,  una princesa, etc., y haciéndola inalcanzable a las Hermanas. Tampoco se centra en los dogmas marianos. M. Paula sigue la vida histórica, reflejada en los Evangelios, de la Madre de Jesús. Ella es hija de Israel; ella es esposa y madre, responsable de la marcha de su hogar y educadora en todos los sentidos de Jesús; ella pasa de madre a ser creyente en Jesús, le sigue, le imita, está al pide la cruz y con los discípulos en la apertura de la comunidad cristiana a todas las gentes. Madre de Jesús, Madre de la Iglesia, Madre de las hijas de la Purísima. Es la consagrada al Señor, no separándose de la vida humana, sino perteneciendo al Señor experimentando la existencia como mujer en todas sus dimensiones. No es una vestal, es una mujer judía que se entrega a su hijo y a su causa del Reino con todas sus fuerzas. M. Paula ve en ella el amor de una mujer. Por eso la retiene como la verdadera Superiora General de la Congregación. Ella, no sólo le da forma femenina de consagración a las hermanas, sino también su identidad. Por eso los votos de la vida religiosa, ubicados en las relaciones fraternas, se deben vivir como lo hizo María y San Francisco: Son una relación de amor con el Señor, que hace a las hermanas vaciarse de sí y mostrar al mundo lo que dicho amor es como gratuidad y libertad. Para ello la obediencia al amor del Señor es fundamental para comprender los votos y vivirlos según el Evangelio.
 Cada capítulo termina con una visión de futuro de los temas tratados y una guía de lectura para que la sigan las comunidades e individualmente cada hermana. Al final se publican las Cartas y la Sucinta Reseña del nacimiento de la Congregación de M. Paula con una nueva división, que es la que se cita en el texto.



Editorial Espigas, Murcia 2013,  498 pp., 14,5 x 21,5 cm. (ITM. Serie Textos 6).

Para meditar. Sólo adorarás a Dios

I DOMINGO CUARESMA (A)

«Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto»


Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4, 1- 11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: --Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Pero él le contestó, diciendo: --Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:
--Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: --También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: --Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: --Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían


1.-  El Señor le ha dado la misión a Jesús en el bautismo, como a nosotros cuando nuestros  padres nos llevaron a la iglesia para incorporarnos a la comunidad cristiana. Nuestra vocación y misión es servir a los demás con una vida entregada, orillando todo lo que sea vanidad, imponernos sobre los otros y tratar de vivir sin responsabilidades familiares, sociales y religiosas. El Señor nos pone en guardia para que podamos defendernos de los ataques diabólicos que pululan en la atmósfera que respiramos cada momento en la sociedad. Pero Él no nos deja: está continuamente amándonos para que podamos frenar las tentaciones.
2.- Se le ofrece a Jesús ser señor de multitud de reinos, con tal de adorar al diablo. Sería reconocer como señor a alguien distinto a Dios, su Padre. La tentación como oferta de poder, como al principio del tiempo Adán y Eva experimentaron el poder de decidir el bien y el mal (Gén 3,5), no sólo expresa la invitación que se le hace tantas veces en su vida a manifestar su condición de superioridad sobre los humanos por su identidad filial, sino a la misma comprensión de sus discípulos sobre su misión. Sin  embargo, una y otra vez Jesús nos recuerda la vocación servicial del bautismo: «Sabéis que entre los paganos los que son tenidos por jefes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; antes bien, quien quiera entre vosotros ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos. Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10,42-45).

3.-  El Señor nos revela nuestra vocación; la vida nos ofrece tres alternativas para suplir la vocación cristiana de dar la vida de una forma sencilla y humilde, adecuada a nuestras posibilidades y valores. La ventaja que tenemos los cristianos es que la relación con Dios la vivimos en comunidad: la familia, la Iglesia, las comunidades y grupos eclesiales y humanos que nos ayudan a objetivar nuestra vida, a superar tantas dificultades, a apoyarnos para poder llevar nuestras cruces con un poco de alivio. Las tentaciones se debilitan mucho cuando la afrontamos en común: con un hermano o hermana, con un amigo o amiga, con creyentes con los que compartimos la fe, el culto, la Palabra del Señor. No perdamos nunca de vista a las personas que nos quieren para vivir la fe que actúa en la caridad.

Evangelio. Tentaciones

                                    I DOMINGO CUARESMA (A)

                «No sólo de pan vive el hombre»



Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4, 1- 11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: --Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Pero él le contestó, diciendo: --Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:
--Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: --También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: --Todo esto te daré, si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: --Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían



1.-  El Espíritu de la vida y fuerza de Dios derramado sobre Jesús en el Bautismo le conduce al desierto, el lugar para Israel del encuentro con Dios y con el diablo. En esta dimensión figurativa y teológica de las tentaciones, la estancia de Jesús se fija en cuarenta días, que es un número simbólico que refiere una situación estable de paz, o también, si se cifra en años, es igual a una generación, es decir, el tiempo en que una persona o un pueblo se hace, en este caso los años que camina Israel hasta alcanzar la tierra prometida. Aplicado a Jesús, estos días indican la duración de su inmediata actividad pública hasta su resurrección, en la que se revela progresivamente su verdadera identidad de Hijo de Dios. Satanás, el adversario del hombre, un acusador, un fiscal, o el espíritu del mal desafía a Jesús. Y lo desafía para que abandone la misión que Dios le ha encomendado como Hijo de iniciar el Reino en forma de hombre, de siervo, sin poderes excepcionales para defenderse o imponerse a los demás.
2.- La primera tentación recuerda cuando Jesús alimenta a la multitud en la multiplicación de los panes en su condición poderosa de hijo de Dios (Mc 6,30-44par) como signo de su preocupación por la vida de los demás. Por consiguiente, su poder filial puede utilizarlo en beneficio propio cuando tenga hambre, o cuando se vea en peligro, pero esto le desviaría de su forma servicial de vida. La segunda tentación propone usar sus poderes filiales tirándose desde el lugar más público de Israel para hacer una exhibición de cara a la galería, con lo que seduciría a las masas. Se le invita a realizar un signo con que demuestre su filiación gloriosa y poderosa. Esta escena evoca el momento cuando Jesús está muriendo en la cruz y resuenan estas palabras en sus oídos: «Se ha fiado de Dios: que lo libre si es que lo ama. Pues ha dicho que es hijo de Dios» (Mt 27,43). Sin embargo, la salvación viene con un estilo de amor, cuyo sacramento es el servicio y el sacrificio. Pero este estilo, al que Jesús es fiel, no lo conocen sus adversarios ni sus discípulos. Por último, se le ofrece a Jesús ser señor de multitud de reinos, con tal de adorar al diablo. Pero Jesús no ha venido a mandar, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10,42-45).


3.- Jesús no cae en la tentación, porque es fiel al Señor por medio de la oración. Nosotros también percibimos a lo largo de nuestra vida las tentaciones de evadirnos de nuestras resposabilidades familiares, sociales y religiosas. También nos sentimos tentados de ser el centro de todos los corros y de imponernos a la fuerza a los demás. Y Jesús nos enseña que el único camino para alcanzar nuestra dignidad humana y la única posibilidad de hacer el bien a todos, es servir como expresión máxima del amor. Y al amor a Dios y a sus hijos es lo que hace a Jesús superar las tentaciones. Es el ejemplo a seguir. Marcos concluye con una frase que indica la paz del paraíso prometido por Dios: «Vivía con las fieras y los ángeles le servían» (1,13). Los animales no son ahora enemigos en busca de su presa, sino los que acompañan al hombre en el camino de la vida. Y los ángeles que le sirven recuerdan la apertura de los cielos por la permanente relación de fidelidad de Dios hacia Jesús, al que mantiene unido a lo largo de todo su ministerio público. Y también los que colaboran con el Hijo del hombre para reunir a sus elegidos; son aquellos que han estado junto a él y le han ayudado a su misión. 

viernes, 28 de febrero de 2014

Cultura. Santa Teresa

Ante el centenario de Santa Teresa de Jesús (1515-2015)


Francisco Javier Díez de Revenga
Facultad de Letras
Universidad de Murcia

                                           

La figura histórica y literaria de Teresa de Ávila se abre camino con sus textos fundamentales en la presente hora y nos muestra calidades indelebles y puntos de interés que han de suscitar  matices y resolver interrogaciones a un lector contemporáneo. Mujer emprendedora donde las haya, Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús, protagonizó, y bastante sola, en la difícil España de su tiempo, iniciativas que la enfrentaron a los prejuicios y falsas creencias de su tiempo, y, por encima de todo, dio a conocer su verdad, la verdad de la fe, primordial objetivo de su vida y de su producción literaria.
            La fortuna hizo que, como siempre se aseguró, y así lo afirmó la propia santa,  hubiera de escribir sus experiencias, contar por escrito su vida y sus trabajos, sus representaciones místicas y los consejos a sus hermanas de la reforma. Y hoy, pasados tantos siglos, contamos para comprender a la persona, al momento histórico, y valorar su trascendencia, con la excelente obra literaria, y también religiosa, de la no menos excelente escritora, muy de su tiempo, muy de sus días, pero también con segura garantía de permanencia y eternidad, a través precisamente de unos escritos que brillan por su claridad, por su lozanía, por su aún vigente estilo directo.
            Interesa hoy, sobre todo, la mujer de acción, la reformadora, la revolucionaria, la monja que se descalzó y descalzó a las suyas, la que recorrió caminos, la que fundó monasterios, la que, en contra de los “letrados” de su tiempo, supo con su compostura natural, sin alambiques ni recargamientos, sin retóricas ni superficialidades, expresar por escrito lo directo, lo concreto, y convencer desde sus páginas no sólo a propios, sino también a extraños, no sólo a sus contemporáneos, sino también a muchas generaciones posteriores de lectores.
            Aunque Teresa de Ávila escribió, y mucho, siempre por mandato de su confesores, su obra no llegaría a la imprenta hasta después de la muerte de la santa, a partir de la primera edición de sus escritos, que llevó a cabo Fray Luis de León, publicada en Salamanca en 1588. Ni ella misma quería llevar sus escritos a la imprenta ni tampoco lo permitió su mentor y consejero más fiel, el padre Jerónimo Gracián, por lo que sus libros, en vida de la santa, hubieron de difundirse y de forma sobresaliente y extraordinaria, a través de copias manuscritas para uso de las monjas del Carmelo, uso en efecto muy restringido, pero que, sin embargo, propició la multiplicación de los manuscritos con los consiguientes y multiplicados errores textuales. Incluso, de una de sus obras fundamentales, Camino de perfección, hizo la santa dos redacciones que se conservan de su puño y letra: la primitiva, escrita en el Monasterio de San José, de Ávila, a partir de 1562, que se  conserva en la biblioteca del Monasterio de El Escorial; y la segunda, redactada a partir de 1569, en Toledo, que se guarda en las Descalzas de Valladolid. La segunda redacción, mucho más completa y meditada, tiene el interés superior de constituir la redacción definitiva, hecha por la propia Teresa de Jesús.
            Cuando la obra de Santa Teresa comienza a difundirse a través de la imprenta, la fama de la escritora, que ya era enorme, se extiende por todos los ámbitos de la Europa de su tiempo de forma extraordinaria. El propio Fray Luis de León quiso, desde el principio, mostrar, además de los valores espirituales de la autora que estaba presentando, los valores literarios de una escritura directa, convincente y sin retóricas, que era posible advertir en los escritos de la santa. Así lo afirma en el prólogo de sus obras: “La Madre Teresa, en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios, y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo y en la gracia y buena compostura de las palabras y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo  que haya en nuestra lengua escritora que con ellos se iguale.”
            Tal consideración, como señalamos, ha sido así apreciada por la posteridad y, ya en el siglo XIX, de lo sagrado a lo profano, Santa Teresa se convertiría en todo un clásico de nuestras letras, en una escritora imprescindible de nuestra historia literaria, cuando, en 1861 y 1862, aparecen sus escritos en los volúmenes 53 y 55 de la Biblioteca de Autores Españoles (BAE), junto a los primeros nombres de nuestra literatura.
            De esta forma, y hasta el presente, a través de numerosas ediciones, la obra de Santa Teresa se lee y se vuelve a leer mostrando la calidad de una lengua original, el español del siglo XVI más directo y castizo, de un estilo propio y singular, que a Azorín llegó a parecerle más nítido que el del mismísimo Miguel de Cervantes, y que Menéndez Pidal aseguraba que nacía con la intención de estar siempre más próximo, más cerca del pueblo llano y de su lengua, y escribir, en definitiva, como se habla. Tal intención surge, sin duda, espontáneamente, sin preparación, si advertimos que, tras sus escritos, no hay lucimiento, sino expresión directa, de acuerdo con lo que la propia santa dejó escrito, en la introducción a Camino de perfección: “como no sé lo que he de decir, no puedo decirlo con concierto; y creo es lo mejor no le llevar, pues es cosa tan desconcertada hacer yo esto”. Y que confirma, en el mismo libro, en el capítulo 19, cuando escribe: “Ha tantos días que escribí lo pasado sin haber tenido lugar para tornar a ello, que si no lo tornase a leer no sé lo que decía. Por no ocupar tiempo habrá de ir como saliere, sin concierto. Para entendimientos concertados y almas que están ejercitadas y pueden estar consigo mismas, hay tantos libros escritos y tan buenos y de personas tales, que sería yerro hicieseis caso de mi dicho en cosa de oración”.

                                                     
           


lunes, 24 de febrero de 2014

Las Iglesia ante el cambio

La Iglesia ante el cambio






Por Manuel Lázaro Pulido
                                                                       Instituto Teológico de Cáceres
                                                                       Universidad Católica Portuguesa (Oporto)



Se dice y con razón que vivimos en un momento de crisis. Lo sustanciamos todo en la crisis económica como si fuera el eje principal de la misma. Y damos vuelta en torno a los poderes económicos, o al gasto público, a las diferencias sociales, o a conceptos que ahora todos manejamos como si fuéramos economistas de profesión. La verdad es que la situación de vulnerabilidad económica en nuestras sociedades del bienestar ha venido a ser la manifestación palpable de que lo que está haciéndose no cuadra con lo que está siendo. Y esto afecta a muchas facetas. Lo lógico es que el lector piense: “es cierto, lo que subyace es una crisis de valores”. No seré yo ahora quien lo niegue. Pero la crisis es aún más profunda, porque los valores se fundamentan en realidades y las realidades no son solo metafísicas (o sea de principios aislados), las realidades se constituyen en lo que son (en lo que son de por sí siendo en su contexto). Es decir la realidad está íntimamente relacionada. Y digo todo esto para expresar que la realidad de la crisis tiene que ver con la realidad que experimentamos. La crisis afecta pues también a las formas sociales, las estructuras antropológicas, las culturas y todo ello se retroalimenta. Así que la crisis también afecta a la Iglesia, a su estructura, a su modo de expresarse, a la sociología de su constitución teológica. La Aldea global ha cambiado las comunicaciones, ha cambiado las expectativas, ha trastocado el universo mental, la forma de relacionarnos. Ayer una investigadora que dirijo de la Universidad de Saitama en Japón y que viene para España me preguntó por mi WhatsApp para comunicarnos mejor. Yo que sigo siendo frugal en telecomunicaciones no pude darle respuesta positiva. Sin embargo más tarde utilicé el Skype para comunicarme con un profesor de Polonia. La relatividad espacio-temporal ha llegado a nuestras vidas no en forma de fórmulas matemáticas, sino bajo la implementación de los modelos que se derivan de ellas.
Y estas nuevas formas relativizan el espacio y el tiempo, trastocado las fronteras, los lugares de identidad antes conocidos. No han desaparecido las ansias de identidad, propia de los mamíferos que somos, sino el espacio físico. Cada vez más volátil. Pensemos en nuestros documentos (en nuestra memoria): del papel, al disquete, del disquete al Cd, del Cd al USB, del USB a la nube. Nuestra identidad personal también se ha volatilizado: de la firma y el sello a la firma digital de la Oficina de Registro virtual. Miremos nuestras lecturas: de Espigas y azucenas al blog de F. Martínez Fresneda. Y todo esto en un tiempo vertiginoso para que muchas mentes lo asimilen. Y esto es crisis, porque es crisis en tanto “Escasez, carestía; y “Escasez, carestía” (significados 6 y 7 del DRAE) comoMutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales” (significado 2 del DRAE). De hecho, y muy probablemente, las acepciones 6 y 7 dependan de esta. Y por analogía de la primera acepción: “Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente”. Veremos si nos mejoramos o agravamos, pero que estamos cambiando seguro.
Y en esta circunstancia a la Iglesia y a su espacio y tiempo también le tiene que afectar la crisis. La Iglesia es católica, ese espacio admite muchos vaivenes. Y su catolicidad, su forma de expresión sociológica y eclesiológica siendo así tiene la capacidad de retroalimentarse (que es lo propio del cristianismo: pues Cristo siempre da la oportunidad de configurarse con Él). Hemos de pensar si el espacio eclesiológico que nos hemos dado (con la ayuda del Espíritu Santo, claro está) es el espacio del siglo XXI. Si la estructura parroquial del II concilio Vaticano tal como está en el imaginario diocesano es posible mantenerlo. Si esa identidad puede apegarse al territorio, hoy cuando la Universidad provinciana tiene que unirse a otras para no sucumbir y hacer un curso on-line porque sino no podría sobrevivir y lo que es aún más importante (aunque lo otro es necesario): servir.
Hemos repensar una eclesiología para el cristiano del siglo XXI. Porque la realidad es que el hombre es cambiante. Y difícilmente en un mundo del mercado global (que es la realidad y la fundamenta también) hace que los hombres muden. Un servidor a vivido en más de tres países y en multitud de ciudades (por ende en multitud de parroquias). Siempre me he sentido diocesano porque aprendía  relativizar el espacio y el tiempo cuando en mi vida eso acontecía, como muchos cristianos. La mayoría adoptaron otras realidades eclesiales, aquellas que se hacían carismas y misterios en Christifideles laici (21), en realidad nuevas necesidades religiosas nacidas a ritmo de cambio social que han provocado no pocas tensiones en las parroquias. Pero no es menos cierto que es obligación conciliar dar salida a las nuevas formas en los nuevos tiempos: “incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. Por consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia” (Lumen Gentium 33).
Hace más de ochocientos años, un laico de Asís, anuncio vivo del Evangelio, enfrentó la ruptura del espacio y el tiempo en un nuevo mundo que se configuraba, donde el espacio rural quedaba obsoleto como identidad única, y la realidad religiosa necesitaba de un nuevo lugar en la ciudad del Occidente que se iba constituyendo (el primer paso a la Modernidad). Los muros de los monasterios no podían responder a “las posibilidades y necesidades de los tiempos” y el nuevo ciudadano urbano necesitaba de una luz evangélica nueva, católica, universal. Aquel hombre pobre supo leer la crisis, supo ver el momento de la nueva eclesiología al que el IV concilio de Letrán también llegó con retraso.
Crisis es momento de cambio de la realidad y la Iglesia precisa de una nueva eclesiología para poder hacer vivo el anuncio del Evangelio en la perennidad de su mensaje. Y crisis es oportunidad para mejorar “el enfermo” o para “empeorarlo”. Y eso sí que depende de nosotros, y ahí la queja (mecanismo de defensa preferido de quien no tiene ni fe ni esperanza ni caridad) es el mejor mecanismo para empeorar el enfermo. En esto de la eclesiología cómo se haga, eso, ya no depende de mí: ¡doctores tiene la Iglesia!



Más sobre Jesús

                      Jesús de Nazaret. El hombre de las cien caras
                             Textos canónicos y apócrifos.
                 

                 

                                                                De Antonio Piñero
                                              Universidad Complutense (Madrid)


                                                                   por  B. Pérez Andreo
                                                                                  Instituto Teológico de Murcia OFM

      Este libro de Antonio Piñero expone, a través de un millar de textos sobre Jesús, la tesis básica que el autor ha defendido en muchos de sus libros, a saber, que el cristianismo es el producto de la reflexión teológica de los discípulos de Jesús después de su muerte, que el cristianismo es repensar y reinterpretar a Jesús a la luz de la creencia firme de que ha resucitado y de que está presente entre sus fieles. Esa reflexión o reinterpretación se logra no solo pensando en su vida en sí, sino también apoyándose en la palabra viva de Dios, las Escrituras. Los cristianos estaban también convencidos de que esa palabra había predicho de antemano todo lo que sucedería con Jesús en su calidad de mesías de Israel, llegado en la plenitud de los tiempos.
En la presente obra, el autor nos ofrece una cantidad ingente de dichos sobre Jesús, provenientes de múltiples tradiciones, canónicas o no, y que conforman una especie de collages sobre el concepto que en los primeros tiempos se tuvo de Jesús. Lo que ha hecho el autor es dar coherencia temática a los textos, reuniéndolos en torno a temas concretos. Poco le importa al autor la procedencia, lo único que tiene presente al escoger los textos es la veracidad histórica del texto, no tanto su carácter canónico. Así va tejiendo una especie de nuevo diatesaron, pero incluyendo no solo los textos evangélicos canónicos, sino todo el material que al respecto de un determinado tema pueda encontrar. Como ejemplo sirva el capítulo primero, denominado Encarnación. Como Jesús es Hijo de Dios. En este capítulo se hilvanan textos procedentes tanto de los evangelios canónicos, los Hechos de los apóstoles o las cartas de Pablo, como de textos apócrifos como el Evangelio de la Infancia o los Hechos de Tomás, así como textos procedentes de la tradición como Hipólito de Roma o Justin Martir. Este mismo tenor se sigue en el resto de los trece capítulos de que consta la obra. Su lectura continua, en la que se trufan todos los textos disponible en torno a la temática concreta, nos da la sensación de un cierto (¿sano?) relativismo en lo que hace a las fuentes utilizadas, pero fundamentalmente sobre el mismo personaje sobre el que versan los textos: Jesús de Nazaret.
      Resulta imposible hacerse una idea suficientemente clara de lo que supuso Jesús de Nazaret con este método de presentación, aunque es cierto que para ello ya hay otras obras, pero no ayuda a la comprensión del personaje. Romper la estructura de los textos de procedencia y volverlos a unir según un criterio extemporáneo, externo y hasta espurio, bien podría parecer una descontextualización que impidiera, antes que permitiera, el acceso a un Jesús liberado de las cadenas de la canonicidad. Algo de esto recela el autor cuando él mismo aduce que “la presente colección/selección de textos permite al lector adquirir una mentalidad un tanto relativista respecto a la herencia de la Antigüedad sobre los hombres importantes, famosos, o trascendentes para la humanidad” (348). Esa mentalidad relativista, como dice el autor, antes que ayudar al lector, a menos que esté avisado de los pormenores de la crítica y de esos los hay escasos, solo puede ayudar a confundir. Ahora bien, el conjunto de textos así dispuestos sí tiene validez para aquellos que tengan un claro conocimiento de la situación de la investigación en la materia, pues ayuda a ver las relaciones que existen entre la tradición canónica y la extracanónica sobre un tema concreto, sea este el de la resurrección, sea la crítica al poder o sea la misma encarnación del Hijo de Dios.
      La obra de Antonio Piñero dice no perseguir la finalidad de reconstruir al Jesús histórico, sino mostrar la variedad del cristianismo primitivo, con sus principales troncos, el judeocristianismo palestinense, el judeocristianismo helenista, absorbido por la corriente del cristianismo paulino, y la corriente gnóstica. La primera y la última acabarán siendo expulsadas del cristianismo ortodoxo y sus textos no configurarán la corriente canónica que tenemos hoy en el Nuevo Testamento, pero sus textos conservan un cierto valor de testimonio, aunque no un valor histórico para reconstruir la vida de Jesús. Es interesante la puesta en paralelo de unos textos y otros, especialmente para conocer la variedad del cristianismo en sus orígenes, pero no tienen ninguna validez para intentar recuperar lo que fue el acontecimiento de Jesús. Aunque sea cierto que a un historiador solo le interese la lucha entre ortodoxos y heterodoxos desde el punto de vista de la evolución de un pensamiento, sí es cierto también que las comunidades que elaboraron y para las que se elaboraron los textos tenían una cierta comprensión de la realidad de la que nació su visión sobre Jesús. En otras palabras, lo que vivieron aquellas comunidades en las que nacieron los textos que ahora conforman el Nuevo Testamento, forma parte también del acontecimiento Jesús de Nazaret. Por eso no es baladí qué expresen en sus textos, pues esa expresión es la consecuencia de una experiencia que, generalmente, en los textos canónicos, es de persecución, la misma persecución que vivió Jesús y que no está presente en los textos no canónicos, o no lo está con la misma intensidad. Esta diferencia sustancial entre unas comunidades y otras es fundamental para el historiador y lo es también para el lector. Aunque es cierto que ya existen muchas obras donde esto puede encontrarse, también lo es que si no se da al lector una mínima introducción al respecto puede llevarse a error, al peor de los errores, al relativismo, a pensar que el Jesús del que habla Marcos es el mismo del que habla el Evangelio de la Infancia.
En definitiva, estamos ante una obra interesante para el lector avezado en los temas de los que trata y de la que se puede obtener gran beneficio, pero sería necesaria alguna introducción explicativa para otro tipo de lector, bien sea en la propia obra o remitiendo a alguna de las muchas y buenas obras del autor.