lunes, 29 de septiembre de 2014

«La piedra que desecharon los arquitectos...»

                       Domingo XXVII (A)

                                                     
         «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular»

Lectura del santo evangelio según San Mateo 21,33-43

Escuchad otra parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

1.- Dios. «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». En efecto, la Encarnación, —el envío del Verbo al mundo para hacerse «carne» como nosotros—, es la sabiduría salvadora del Señor para los hombres. Jesús es su Palabra, y es una Palabra que todos pueden comprender. Jesús no es una palabra arcana, que sólo la entienden los iniciados y los que llevan una vida extremadamente pura y espiritual. Jesús es de todos, se ha hecho todo a todos, como dice Pablo de sí mismo (cf. 1Cor 9,17-19). Tan es así que le dicen comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (cf. Mt 11,19). Po eso  debemos aceptar con gran alegría el milagro que sólo puede hacer el Señor: salir de su gloria por amor y salir para salvarnos.

2.- La Iglesia. La Iglesia no puede hacer lo que Israel hizo con el Señor: traicionarle en bloque, cuando no reconoció el mesianismo de Jesús y le entregó a Pilato para que lo crucificasen. La comunidad cristiana acuñó una frase que los judíos dijeron a Pilato, y que expresa la gran decepción que Jesús supuso para ellos: «Caiga sus sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27,25); o esta otra: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (Jn 1,35).— La Iglesia posee el Espíritu Santo que la mantiene unida al Señor. Una iglesia local puede traicionar al Señor, o comunidades e instituciones cristianas, o personas bautizadas, etc. Comprobamos a lo largo de la historia cómo han desaparecido las iglesias de los apóstoles que fundaron fuera de las fronteras del Imperio, o se han suprimido instituciones religiosas nacidas para una función específica, o han abandonado la iglesia cristianos que han sido responsables en mucha tareas evangelizadoras. Pero la Iglesia en bloque no puede rebelarse contra el Señor. Está incapacitada para ello. En la Iglesia universal se vive en cada momento del día todos los valores evangélicos en su conjunto, bien en Japón, o Bolivia, o Mozambique, o Rumanía, o Australia. Oremos y cuidemos para que en nuestras comunidades, familias y países no se vaya Jesús. Y velemos que nuestra Jerarquía, con su vida, no oculte el rostro del Señor o se haga dueño de la viña, de la Iglesia.

3.- El creyente. «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». Pensemos que los Sumos Sacerdotes, escribas y fariseos era gente que defendía su religión, su relación con Dios con todas sus fuerzas. De hecho fue su errada y superada imagen del Señor la que les llevó a traicionarle y entregar a Jesús a Pilato. Por eso pasó el cristianismo de Jerusalén a Roma, o a Iberia, o a las Galias; o de Roma a América, a África, a Asia. Todo el universo y todos los pueblos son del Señor. Ya no tiene ni un terreno acotado, ni un pueblo, ni un profeta o santo concreto. Todo es de él. Y también cada uno de nosotros. Hemos recibido tantos bienes de nuestra familia, de nuestras sociedades, de nuestro Dios ¿Y qué fruto hemos producido? o ¿nos hemos aprovechado de nuestras cualidades y bienes recibidos de los demás para enriquecernos a costa de los otros, sin compartir nada? También Dios puede pasar de largo y dejarnos solos con nuestro gélido egoísmo.





«Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Domingo XXVIII (A)

                                          Domingo XXVIII (A)


«Allí será el llanto y el rechinar de dientes»

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 22,1-14

Volvió a hablarles Jesús en parábolas, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
            El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

1.- Texto. Un rey prepara un gran banquete para la boda de su hijo. Envía a sus criados para que inviten a una serie de personas por dos veces. No van los invitados porque tienen tareas que hacer. Finalmente, los siervos recogen a todo el mundo. El banquete hace referencia a la forma de describir el futuro de Israel, un futuro que el rey está empeñado que esté lleno, y, además, indica su deseo apremiante de que todo el mundo participe. Los primeros invitados, y tantas veces únicos, ―los judíos―están en riesgo de ser excluidos de la salvación y, por tanto, castigados a no participar del festín del Reino. Hay nueva gente llamada a participar en la nueva Alianza que el Señor ha sellado con la muerte y resurrección de Jesús. Aunque el añadido de Mateo es muy artificial ―si invita el rey a todos los que encuentran por los caminos, se supone que les regala el traje además de la comida―, también es una seria advertencia a los que siguen a Jesús. Pablo también lo advierte ante los escándalos, por ejemplo, de la comunidad de la ciudad de Corinto (cf. 1Cor 5).

2.- Mensaje. En la parábola hay dos juicios muy severos: a Israel y a los cristianos que no viven la vida nueva que Jesús nos ha dado. Existe, pues, una responsabilidad humana ineludible ante la cercanía bondadosa de Dios. Como se rechace ésta, se aboca a una condena y castigo, desde el juicio que emite Jesús. Cuando envía a los discípulos a predicar el Reino y son rechazados, manda que se sacudan el polvo de los pies, el que se acumula en las sandalias durante el camino, como signo de ruptura y de la maldición de Dios sobre ese lugar, ya que rechazar al mensajero y su mensaje es cerrarse a lo que es capaz de salvar en el juicio. Lo mismo sucede con el siervo sin entrañas citado (cf. Mt 18,23-35), porque si no es capaz de perdonar en la misma medida en que el amo le ha perdonado, la salvación dada por Dios se traduce en condena, como pasará con la «generación» que escucha a Jesús si no se convierte: entonces los ninivitas y la reina del Mediodía serán testigos en el juicio de su perdición. Esta condena y el castigo que lleva consigo lo advierte Jesús a sus conciudadanos y a los que se comporten con indignidad en las comunidades cristianas: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes».


Soledad
3.- Acción.-  Jesús intenta por todos los medios que sus conciudadanos no pierdan su sitio en el banquete final y decisivo. Pero son ellos los que se excluyen, no el Señor, cuya voluntad de que participen es muy explícita. El infierno es creación de la libertad humana que ha introducido el mal en la historia y en la cultura. El infierno no es una creación del Señor para castigar a los malos. El Señor sólo sabe amar y desconocerá a aquellos que sólo han vivido para sí, como éstos al Señor. Son vidas paralelas que jamás se encuentran.― Hay que tener en cuenta que todo el mundo es invitado por el Señor al banquete, y el hombre se pierde por propia voluntad, porque mes él quien decide ir o no ir. He aquí la urgencia y seriedad de la llamada de Jesús, como sus esfuerzos para que nadie se condene. No obstante, Jesús es muy claro sobre el destino de los que no responden a la invitación al convite: son vidas que se quedan fuera; se pierden.







































                                                
                    «Tendrán respeto a mi hijo»

Lectura del santo evangelio según San Mateo 21,33-43

Escuchad otra parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».


1.- Texto. Jesús continúa su lucha contra las autoridades religiosas de Israel. El domingo pasado los pecadores se convierten y se abren a su mensaje, sin embargo los seguidores de la ley son incapaces de cumplir la voluntad del Señor. En el texto de hoy son los viñadores —los mismos que representan al hijo que no va a trabajar al campo— los que se apropian de la viña del Señor matando a sus mensajeros, incluso a su Hijo. Es un calco de la parábola de Isaías: «Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar. Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones (Is 5,1-2). El profeta se refiere a Israel, pueblo exclusivo del Señor, labrado y regado por Él, al que le responde con infidelidades continuas. Pero esta vez ha ido más lejos, lee la comunidad cristiana judía de Mateo. Ha entregado a Jesús, el Hijo, a  Pilato para que lo crucificase. La conclusión la evidencia la historia después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. c.: la fe cristiana se extiende por el pueblo pagano —«los otros»—, por el Imperio.

           
2.- MensajeEn la parábola, Jesús sentencia que el pueblo elegido será otro distinto a Israel. La lectura sigue siendo judía: «se dará a un pueblo que produzca sus frutos». Sin embargo, fundados en su mensaje de Dios, que le revela como un Padre/Madre de todos los pueblos, que ofrece la salvación a todos los hombres, que desea que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4), la salvación no pasa de una viña a otra viña. La salvación es para todos los pueblos, —incluso para los judíos—, porque todos somos sus hijos. Pero no debemos olvidar que dicha proclamación universal la hace Jesús desde el mundo de los débiles, de los pequeños, de los niños, de los enfermos, de los ancianos  (cf. Mt 11,28-30), porque «siempre tendréis a los pobres entre vosotros» (Mc 14,7par).

           
3.- AcciónEl papa Francisco ha tomado como una de sus prioridades visitar los pueblos cristianos que, siendo minoría en determinadas culturas, se están abriendo paso en sus países respectivos: Corea, Albania, son los dos últimos. También se hace presente en núcleos inaccesibles a un ciudadano normal, donde se viven tensiones infernales, como fue su visita a la cárcel de Castrovillati en Calabria, o las denuncias constantes de los asesinatos del Estado Islámico en Irak, o Siria. El Reino de Dios abarca a todo el mundo, aunque la Iglesia sea sólo una porción del Reino que es consciente de la miraba bondadosa universal del Señor. Y dicha mirada es la que los cristianos debemos ofrecer a todas las gentes, a todos los pueblos. Y cuando no nos reciban, imitar el símbolo de Jesús: sacudir el polvo que han cogido nuestras sandalias al ir a visitarlos e irnos (cf. Mt 10,14), o simplemente lo que hizo en Nazaret, cuando lo rechazaron: abrirse paso entre ellos y marcharse (cf. Lc 4,30): se le escapó la gracia.



La reconciliación: Jesús

                      LA RECONCILIACIÓN

                                                                                        III


                                                                                  Jesucristo

La reconciliación de los hombres con Dios, de los hombres entre sí, con ser experiencias de futuro si se trata de vivirlas en plenitud, se deben concretar con actos parciales que prueben la veracidad del amor de Dios a su criatura y la veracidad del sentido fraterno de la condición humana. Y Jesús prueba la voluntad y compromiso divino al comenzar sendas reconciliaciones con su presencia en la historia; reconciliaciones que no todos están dispuestos a secundar (cf. Mc 4,1-9; 10,17-22par). Jesús relaciona y une, tanto el amor a Dios y el amor al prójimo, el punto de partida al que hay que volver (cf. Mc 12,28-34par), como la reconciliación con Dios y con el prójimo: «Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja tu ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después ve a llevar tu ofrenda» (Mt 5,23-24; cf. Lc 6,37). El Padrenuestro proclama la reconciliación y la coloca en el corazón de las relaciones entre los seguidores de Jesús y Dios (cf. Lc 11,4; Mt 6,12).
           
Con la Resurrección, la reconciliación entre Dios y los hombres, y de los hombres entre sí pasa por la historia de Jesús: «No hay más que un solo Dios, no hay más que un mediador, el hombre Cristo Jesús» (1Tim 2,5). Si el pecado que ha alejado al hombre de Dios se ha dado en la historia humana, Dios decide personalmente eliminarlo en la misma historia (cf. Jn 1,14; Rom 8,3; Gál 4,4). Jesús entraña la presencia de Dios en la vida humana, como revelador de su Palabra y comunicación de su voluntad salvadora y, a la vez, es un ser humano que le obedece y ama hasta el extremo (cf. DH 301). Con eso se sitúa en el centro de todas las relaciones de los cristianos, tanto para Dios, como para los hombres y la creación. De ahí la confesión de fe: «... para nosotros existe un solo Dios, el Padre, que es principio de todo y fin nuestro, y existe un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y también nosotros» (1Cor 8,6, cf. Col 1,16, Jn 1,3), mediación de la creación que continúa con la de la reconciliación (cf. Col 1,19-20; Jn 1,14). La vida de Jesús la asume Dios para realizar la Nueva Alianza que los profetas habían prometido (cf. Jer 31,31-33), pero también la ofrece a los hombres para que accedan a su salvación; éste es el convencimiento de la comunidad cristiana desde sus inicios: «Ningún otro puede proporcionar la salvación; no hay otro nombre bajo el cielo concedido a los hombres que pueda salvarnos» (Hech 4,12; cf. 2,21; Heb 7,25).
           
La vida de Jesús, el lugar donde se encuentran Dios y el hombre, se realiza en un determinado momento de la historia humana. Pero Dios la ha tomado como el camino de acceso a su creación, y la ha ofrecido a los hombres para que puedan encontrarse con Él y salvarse. Jesús, pues, lleva consigo una doble función: contemplado desde Dios es su Palabra, su Revelación, el Hijo enviado al mundo (cf. Heb 1,5-14); contemplado desde la vida humana es el hermano misericordioso que actúa en favor de todos ante Dios (cf. Heb 2,5-18). Si esto es así, la vida de Jesús logra una importancia que va más allá de su influjo en la Palestina de su tiempo. Este convencimiento de los primeros cristianos, citado en los párrafos anteriores, coloca a Jesús como el mediador de la salvación y el reconciliador de todos los seres creados con Dios, y, por ello, también ha estado en el origen mismo de toda la realidad: «[Jesús] puede salvar plenamente a los que por su medio acuden a Dios, pues vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,25).
           
La iniciativa de la reconciliación y la fuerza para conseguirla proceden de Dios, que nunca ha dejado de amar a su criatura aunque viviera alejada de Él (cf. Rom 5,8; 8,35.39). Él no ha tenido en cuenta ni la rebeldía ni la distancia que el hombre ha establecido con Él: Dios no le apunta los delitos ni se venga de sus desprecios (cf. 2Cor 5,19). El amor divino, aunque sufre el pecado, sobrevuela la justicia y reconcilia por medio de Jesús: «Todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo» (2Cor 5,18). En el apartado del sacrificio se ha expuesto que el amor, y un amor llevado hasta dar la vida (cf. Rom, 5,8-10; supra 7.5.2), es el sentido de la vida de Jesús y el que conduce a una reconciliación verdadera entre Dios y los hombres. Jesús se da a sí mismo y se entrega hasta el extremo de sus fuerzas (cf. Gál 2,20). Por eso Pablo centra la expresión máxima del amor reconciliador de Jesús en su muerte en cruz: «Pues siendo enemigos la muerte de su Hijo nos reconcilió con Dios» (Rom 5,10). De hecho, define el Evangelio como la «palabra de la cruz» (1Cor 1,18), y su anuncio lo resume al proclamar «a Cristo crucificado» (1Cor 1,23), porque tiene capacidad de salvación o de reconciliación.
            Si Dios ha cumplido su parte, queda la de los hombres, es decir, iniciar y culminar el proceso que conduzca al encuentro con Dios y con los demás haciendo posible la estructura filial y fraterna de la creación. De ahí que Pablo justifique su ministerio, y el de todos los apóstoles, como continuación de la vida reconciliadora de Jesús: «Dios estaba por medio de Jesús reconciliando al mundo consigo, no apuntándole los delitos, y nos confió el mensaje de reconciliación» (2Cor 5,19). Esta es la propuesta permanente de Pablo: «Somos embajadores de Cristo y es como si Dios hablase por nosotros. Por Cristo os suplicamos: Dejaos reconciliar con Dios» (2Cor 5,21). Mas el camino de la reconciliación con Dios en Cristo pasa por la reconciliación entre los hombres. Y Dios ha allanado el camino para ello: «Él [Jesús] es nuestra paz, el que de dos hizo uno, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad; anulando la ley con sus preceptos y cláusulas, creando así en su persona de dos una sola y nueva humanidad, haciendo las paces. Por medio de la cruz, dando muerte en su persona a la hostilidad, reconcilió a los dos con Dios, haciéndolos un solo cuerpo» (Ef 2,14-17).
            La reconciliación y paz entre los hombres es factible cuando el hombre se entiende de una forma nueva. Del «viejo Adán» proceden la división, la violencia y la muerte. Con él no hay que contar, y menos pactar, para tratar de estructurar filialmente la obra de Dios. De ahí que no pueda existir la unión de la humanidad, sino con una nueva perspectiva de la vida: el estilo de ser y situarse en la historia que ha tenido Jesús: «Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo» (2Cor 5,17). La «forma nueva» de la vida humana supone el «nuevo hombre», el «nuevo Adán» que simboliza la vida de Jesús (cf. Gál 4,19; 2Cor 3,18). Los discípulos se conforman con Cristo, entran en común-unión con él, y tan es así que se constituye un nuevo ser animado por el Espíritu (cf. 1Cor 6,17; Gál 2,20). Al «habitar» Cristo en el creyente, el «estar» en él (cf. 2Cor 13,5; Rom 8,10) hace que esto adquiera una nueva forma de vida que proviene de la conformidad con el sentido de la existencia que mostró Jesús en Palestina.
            
Por consiguiente, el creyente no debe ahora «seguir», sino «configurarse», «tomar forma», «comulgar» con la existencia de Jesucristo. El que cree en Cristo muerto y resucitado «nace de nuevo» (cf. Jn 3,3-8), porque ha sido revestido del nuevo ser que supone la existencia de Jesús (cf. Gál 3,27; Rom 13,14). Pablo está convencido de que, por un lado, se da un mundo cerrado en sí mismo, que sólo provoca dolor y muerte y que recluye al hombre en su orgullo y poder; por otro, de que con Jesús aparece una existencia nueva fundada en el amor; entendido éste como él ha vivido y enseñado. El paso de una forma de existencia a otra se realiza gracias a la fe. Por ella el hombre abre su corazón a Dios, renuncia a alcanzar la salvación por sus fuerzas, y por la obediencia a la fe (cf. Rom 1,5.8; 10,14.16; 15,18; etc.) une su existencia a la de Cristo. Al caminar con Cristo recibe la reconciliación que Dios ha ofrecido a la humanidad por medio de él. De esta forma la reconciliación equivale a la justificación por la fe (cf. Rom 5,9-10) y a la plena santificación: «Vosotros un tiempo estabais alejados, con sentimientos hostiles y acciones perversas; ahora, en cambio, por medio de la muerte de su cuerpo de carne, os han reconciliado y os han presentado ante él: santos, intachables, irreprochables» (Col 1,21-22).


domingo, 28 de septiembre de 2014

De los valores cristianos

                              REFLEXIÓN SOBRE LOS VALORES CRISTIANOS

                                                           Magdalena Cánovas
                                                                         Instituto Teológico de Murcia OFM

 Sabemos que la base de la cultura occidental no es sólo griega, es  sobre todo cristiana. Las conductas, los valores y las normas durante muchos siglos han sido y siguen siendo de raíz cristiana. El concepto de persona, que ha llevado al de su dignidad,  su libertad,  su caridad o amor al prójimo etc., son los pilares donde se ha edificado la sociedad actual y también su avance social; de aquí nace la consideración del hombre como sujeto de derechos.
Es cierto que quedan muchas reminiscencias de ese carácter egocéntrico y etnocentrista de corte griego, pero son los valores cristianos los que están en la base del humanismo. Por este motivo podemos decir que “el cristianismo es un humanismo” porque es amor al prójimo, basado en el amor desmesurado de Dios al  hombre. 
Cuando en la actualidad se emplea el palabra “progresista”  debemos recordar que el término “progreso” es equívoco y debe quedar como el recuerdo de una época también equívoca, donde una minoría culta trató de imponerse a sus propios cimientos culturales, quizá arrastrados por una ceguera debida al engaño de la propia razón exaltada. Los ilustrados se arrogaron el papel de salvadores de los hombres, cambiando el teísmo por el agnosticismo y oponiendo la fe a la razón. Con este error, comienza la decadencia de la sociedad occidental que va pasando del agnosticismo al ateísmo. La decadencia de Occidente no comienza como afirma Nietzsche, por culpa de los valores cristianos, sino que comienza cuando esos valores se ponen en cuestión y se atacan con todas las armas de la “limitada” razón humana.
Los señores ilustrados han sido muy hábiles. Las ideas de libertad, educación, dignidad son de corte cristiano, perro los hacen pasar como ideas ilustradas, comenzando una lucha ideológica contra lo que Comte llamará el Estado de minoría de edad del hombre, es decir, la religión. Y se relaciona con la Iglesia católica.
Nos encontramos entonces con que la culpable de todos los males habidos y por haber, es la Iglesia católica. A los cristianos los tildan de irracionales ¿Qué ha sido de la tolerancia ilustrada? Desde luego los actuales ateos “progresistas”, que arremeten contra la Iglesia católica, ni son tolerantes ni son muy racionales puesto que son relativistas y contradictorios. En su boca, los “derechos y libertades” suenan vacíos. No saben el significado de estos conceptos, puesto que pisotean los derechos de los que no piensan como ellos; hablan de libertad cuando lo que quieren decir es uniformidad; tratan de dictatoriales a los demás desde su propia dictadura. Su cinismo no tiene límites. Estos individuos, progresistas de humanidad disminuida, siembran la sociedad de términos vacíos, cambian el contenido a los conceptos, llamándolos de otra forma para hacer ver que son de su propio cuño, tergiversan y retuercen el lenguaje como hábiles retóricos.
Desde esta perspectiva se entiende que una parte de la sociedad pida una educación cristiana católica para sus hijos, una educación en los valores que han sido fundamento de la sociedad moderna, que han hecho posible las democracias contemporáneas y el Estado de derecho.
Parece que lo único que puede parar este cáncer social es la vuelta a los valores cristianos del amor al prójimo, porque la caridad lleva en sí misma, no sólo la solidaridad, sino también la empatía, el respeto, la honestidad, la fidelidad, la justicia, la verdad y la esperanza. Todos estos valores juntos y algunos más, son “amor” a los demás.
Por todo este dislate de la sociedad actual, creo que la “religión católica”, debe ser una materia necesaria en la educación para sanar nuestros espíritus y nuestra sociedad, herida por la “sinrazón de los racionales”. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

«Los ladrones van por delante de vosotros en el reino de Dios»

            Domingo XXVI (A)

«Los ladrones  van por delante de vosotros en el reino de Dios»


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 21,28-32

¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

1.- Dios. Recordemos que las parábolas de los hijos del dueño de la viña, el fariseo y el publicano, el buen samaritano, etc., establecen el corte y la división entre los que se creen salvados, porque son conscientes de su fidelidad a la Ley y, por tanto, a la voluntad divina, y los que se abren al amor misericordioso de Dios que les hace ver su estado pecaminoso y les da la capacidad para rehacer su vida amando a los demás. Jesús orienta  la parábola de los dos hijos para defender ante el Israel religioso el nuevo rumbo y movimiento que toma Dios en las relaciones con sus criaturas: «Los fariseos y letrados murmuraban y preguntaban a los discípulos: —¿Cómo es que coméis y bebéis con recaudadores y pecadores? Jesús les replicó: —Del médico no tienen necesidad los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a a justos, sino a pecadores para que se arrepientan» (Lc 5,30-32; cf. Mt 9,12). Es una una cuestión de abrirse y comprender a un Dios que es misericordia; y abrir, a la vez, el corazón para acercarse a los apaleados que están tirados en los caminos de la vida.

2.- La comunidad. El hijo peor, observando la cultura y sociedad actual, no es el hijo sincero, ni el hipócrita, sino el que no sabe que es precisamente hijo. Esta es la cuestión de fondo que sucede en la cultura occidental. Nos hemos fabricado un estilo de vida que no necesitamos al Señor para llenar su tiempo. No tenemos un dueño de la viña que nos mande trabajar. No tenemos a un padre a quien amar. El tiempo transcurre muy deprisa, porque la vida la tenemos llena por tantas cosas que tenemos que hacer, tantas responsabilidades, tanto dinero que debemos ganar para cumplimentar los deseos y satisfacciones de la familia antes las propuestas continuas que nos hace la sociedad de libre mercado para vivir mejor, para ser felices. ¿Quién piensa que hay gente sufriendo? ¿Quién piensa que son como nosotros? ¿Ni sabemos que somos hijos de Dios, ni ellos, por tanto, hermanos nuestros? Solo nos acercamos a aquellos que nos favorecen o a los que podemos sacarles algo en beneficio propio. La Iglesia es la que nos debe enseñar que somos hijos del Señor y hermanos entre sí; la Iglesia es la que nos debe crear una conciencia de que somos hijos, porque el peligro está no en el hipócrita que dice sí y después no va, o el que dice no y después va a trabajar a la viña. El peligro está en el que todos creemos que somos los dueños de la viña.

3.- El creyente. La solución, como hemos dicho en el comentario al Evangelio, la tenemos en la parábola del buen Samaritano y se deduce que lo que acabamos de escribir. Pregunta Jesús al fariseo sobre quién de los testigos del hombre apaleado y orillado en el camino medio muerto se acercó a él. Es decir,  ¿quién se hizo prójimo, quién se aproximó y se acercó a la víctima de los salteadores? Porque la cercanía no crea la ayuda, como es patente en el sacerdote y levita, sino la compasión, que es la que mueve al samaritano a ayudar y convertirse en «próximo». Jesús cambia el objeto por el sujeto del amor. Este amor de misericordia, la nueva actitud de Dios para con los hombres, jamás puede delimitar su objeto, Dios es el «prójimo» de todo el mundo y el amor compasivo es lo que lo convierte en una proximidad salvadora, justamente todo lo contrario de lo que sucede en cualquier ámbito que no tiene espacio para el amor. Por eso todo aquel que se inserta y sigue este nuevo movimiento amoroso de Dios es el que realmente participa en la eternidad divina (Lc 10,25). El escriba acierta contestando: «el que lo trató con misericordia» (Lc 10,37), sin citar al samaritano, porque sería un injuria que un judío tenga encima que admitir que con quien tiene que identificarse sea con un samaritano, pues es el que ha cumplido con la ley judía del amor generoso y desinteresado. Pero Jesús remacha: «Ve y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).




«Las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios»

Domingo XXVI (A)


                 «Las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios»

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 21,28-32

¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

1.- Texto.-  Jesús expone la parábola a las autoridades de Jerusalén. Es una comparación dicha en el templo. Jesús pone voz al descontento del pueblo de Israel, que rechazaba la hipocresía de los sumos sacerdotes, escribas y fariseos. Ellos cumplían la legalidad vigente, sobre todo aquella que regulaba la vida cotidiana, sin embargo descuidaban la ley como expresión de la voluntad divina, que siempre favorecía a los pobres, a los débiles y a las viudas, según la gran tradición profética del siglo VIII a.C. Por eso la transposición que hace Jesús de la parábola es mordaz: las prostitutas y los ladrones ―publicanos―, los peores vistos en la sociedad, les precederán en el Reino futuro, porque escucharon la palabra del Señor y fueron capaces de convertirse, de cambiar de vida.   Dicen no a Dios con sus vidas, pero después se acercan al ámbito de su amor.

2.- Mensaje. El texto nos recuerda la lucha permanente que sostiene Jesús con los garantes de la religión israelita en el ámbito institucional ―sumos sacerdotes―, intelectual ―escribas― y espiritual ―fariseos. En los evangelios tenemos ejemplos de sobra donde Jesús va recogiendo a la gente excluida por su oficio: prostitutas, recaudadores al servicio del Imperio, pastores; o por pecadores: adúlteras, impuros, etc. , alejados de las normas divinas que regulan la convivencia en Israel. El recaudador Leví (Mt 9,9), el publicano que reza en el templo (Lc 18,9-14), Zaqueo que invita a Jesús a comer (Lc 119,1-10), María que limpia con sus lágrimas los pies de Jesús (Lc 7,36-50), la adúltera que intentan lapidarla (Jn 8,1-11), etc. No es extraño que digan de Jesús: «Comilón y borracho amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11,16-19); aunque él se despache bien de ellos en el cap. 23 de Mateo. De esta forma, el cristianismo será relevante en la sociedad si como los PP. Pajares y García Viejo se acercan a los excluidos del ébola, las dominicas denuncian las mujeres que se venden como esclavas en Irak, o los franciscanos descubren que Europa está ayudando a los terroristas islámicos en Siria. Y así millones de casos donde descuidamos al que sufre, pasando de largo con una hipocresía que insulta a la conciencia cristiana y humana.


3. – Acción. El hijo que dice no, y después obedece yendo a la viña no es otro que el buen samaritano (Lc 10,35-37). Su corazón, su actitud es la que debe presidir el sentido de vida cristiana, diciendo que va a la viña, o rechazando la invitación de su dueño. Recordémoslo. Jesús narra que «un samaritano que iba de camino llegó a donde estaba el herido, lo vio y se compadeció. Le echó aceite y vino en las heridas y se las vendó. Después, montándolo en su cabalgadura, lo condujo a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al posadero y le encargó: Cuida de él y lo que gastes te lo pagaré a la vuelta» (Lc 10,33-35). Hay un contraste brutal, debido a que un samaritano, —los samaritanos son tenidos por los judíos como extranjeros y herejes—, es el que atiende al judío apaleado y medio muerto. Y siente compasión por él, como Jesús la siente por la viuda de Naín, o el padre cuando divisa al hijo perdido que retorna, o, en general, el Señor por sus criaturas. Y el samaritano, que también caía en impureza legal, le da todo lo que tiene como expresión de la compasión para recuperarle la vida: Parte de su turbante o de su túnica interior para taparle las heridas; el aceite, como ungüento para aliviar el dolor; el vino para desinfectar; la cabalgadura para transportarlo a un lugar seguro; el dinero para sanarlo y devolverle la salud. Al no evitar al apaleado, sino ir en su busca por la compasión, recupera una vida. Heridos tenemos a millones; ojalá la compasión nos acerque a ellos.