lunes, 9 de junio de 2014

El Espíritu santo y la Comunidad

        EL ESPÍRITU SANTO

                                     II

                                                 

     El Espíritu en la comunidad cristiana

            Hemos comprobado que el Espíritu está en el origen de la creación, de Israel y de Jesús y su misión. Ahora está presente también en el origen de la Iglesia y su misión, porque Jesús no sólo recibe el Espíritu, sino también lo entrega. Cuentan los Hechos de los Apóstoles que los discípulos de Jesús están reunidos en Jerusalén junto a María, la madre del Señor, y unas cuantas mujeres (cf. Hech 1,13-14); y también relatan los Hechos que hay otra reunión con ciento veinte hermanos cuando Pedro propone elegir al que debe sustituir a Judas (cf. Hech 1,15). Sea en una ocasión o en la otra sucede que: «de repente vino del cielo un ruido, que llenó toda la casa donde se alojaban. Aparecieron lenguas como de fuego, repartidas y posadas sobre cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espíritu les permitía expresarse» (Hech 2,2-4). Se cumple una promesa de Jesús resucitado: «Yo os envío lo que el Padre prometió. Vosotros quedaos en la ciudad hasta que desde el cielo os revistan de fuerza» (Lc 24,49; cf. Hech 1,2.8). Sucede en el día de Pentecostés, la fiesta de la siega (cf. Éx 23,14), más tarde la fiesta de la renovación de la Alianza (cf. 2Cró 15,10-13); el ruido y el viento recuerdan la teofanía del Sinaí, cuando se realiza la Alianza (cf. Éx 19,16-19; 20,18) y responde a la esperanza judía de una nueva alianza fundada en el Espíritu (cf. Ez 36,26-27); con todo, la relación más evidente es la de Juan Bautista cuando anuncia que vendrá alguien que «bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16). Es lo que hace el Resucitado en este momento.

            La misión de la Iglesia se relaciona con la misión de Jesús como fruto del Espíritu (cf. 1Tes 5,19; 1Cor 12,4.8.11). La situación en la que se encuentran los protagonistas es de apertura personal al Señor; están en oración; y en medio de la relación concreta con el Señor, les envía el Espíritu (cf. Lc 3,22; Hech 2,3) para llevar a cabo una misión; en Jesús lo hace en Nazaret, ante su pueblo, proclamando el año de gracia del Señor (cf. Lc 4,19); los discípulos lo reciben en Jerusalén, y ante judíos y prosélitos pertenecientes a muchos países (cf. Hech 2,24); es una primera demostración de que su misión es para Israel, la primera Iglesia; más tarde, Pedro la abrirá a todas las gentes (cf. Lc 10,44-48) para mostrar la dimensión universal del Evangelio una vez que Dios Padre ha resucitado a Jesús; en ambos acontecimientos, fruto de dos promesas del AT (cf. Lc 4,18: Is 61,1-2; Hech 2,17-18: Jl 3,1-5), el Señor se asegura la obediencia radical de toda la creación a su voluntad salvadora. Ni Jesús ni la Iglesia son independientes; pertenecen a Dios Padre y son enviados por Él para salvar a todos los pueblos. El Espíritu es el que asegura la unión con Dios y la transmisión de su voluntad.

            En todo caso, el suceso acaece a los cincuenta días de la Pascua de Resurrección, el «paso» de la muerte a la vida de Jesús, y es el Resucitado quien envía su Espíritu, como expresamente lo narra San Juan en la segunda aparición a los discípulos: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22). El Espíritu, como principio de la vida (cf. Jn 6,63), sigue recreando a la humanidad después de la misión de Jesús por la acción de los discípulos de Jesús, que ya poseen el Espíritu. Entonces precisamente como el hombre pasa de la muerte a la vida y con el Espíritu no puede ya morir (cf. Jn 5,54; 8,51).


            El Espíritu del Padre y de Cristo es el que comienza a darle solidez a las instituciones que cobijan a los nuevos seguidores de Jesús: «Gracias a él, el cuerpo entero trabado y unido por la prestación de las junturas y por el ejercicio propio de la función de cada miembro, va creciendo y construyéndose en el amor» (Flp 4,16). Texto que la «Lumen gentium» glosa de esta manera: «En efecto, así como la naturaleza humana asumida está al servicio del Verbo divino como órgano vivo de salvación que le está indisolublemente unido, de la misma manera el organismo social de la Iglesia está al servicio del Espíritu de Cristo, que le da la vida para que el cuerpo crezca» (LG 8). Y el cuerpo crece  por medio de la acción del Espíritu (cf. Hech 2,1.17-18) y del bautismo que imparten los discípulos de Jesús como una de las misiones fundamentales que les da antes de ascender a la gloria divina (Mt 28,19). A todos los nuevos cristianos los hace Dios morada del Espíritu y les hace experimentar y llamarle «Abba» (cf. Rom 8,15; Gál 4,6) y a su Hijo ser el Señor: «Como el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros, y los miembros, siendo muchos, forman un solo cuerpo, así es Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo y hemos absorbido un solo Espíritu» (1Cor 12,12-13). Y esto es lo que da cohesión y unidad a la comunidad (cf. Hech 2,1).

domingo, 8 de junio de 2014

Libros. Sobre la Trinidad

                                                Desde la Trinidad. 

                      El advenimiento de Dios entre historia y profecía.


                                                                                                      De Piero Coda

El profesor P. Coda es Director del Instituto Universitario de Sophia (Loppiano. Italia), centro de estudios del Movimiento de los Focolares. Es consultor de los Consejos Pontificios de Ecumenismo y de los Laicos. Ha publicado varias obras sobre la Trinidad. Entre otras tenemos en español: Acontecimiento Pascual. Trinidad e Historia (Salamanca 1994) y Dios Uno y Trino. Revelación, experiencia y teología del Dios de los cristianos (Salamanca 2010). Es uno de los grandes pensadores del Misterio Trinitario, entre teólogos como K. Barth, A. Cordovilla, A. Cozzi, G. Greshake , L. F. Ladaria, J. Moltmann,  K. Rahner, J. M. Rovira Belloso, J. A. Sayés, etc. Como se observa, la teología del siglo XX ha profundizado una y otra vez en el Misterio central de la fe cristiana.
            La obra que presentamos comprende cinco partes, o etapas del camino de acceso al Señor, como las llama el autor. En la primera se trata de un acercamiento al Misterio desde los estudios e investigaciones ofrecidos en nuestro tiempo. El estudio propiamente dicho abarca las  tres partes siguientes. Se comienza con la memoria de la relación del Señor con la historia humana, desde Israel hasta Jesucristo, quien es la última y definitiva revelación de Dios al hombre para regenerarlo y recrearlo, toda vez que se alejó, desde su libertad, de la obediencia divina. El autor muestra un conocimiento exhaustivo de la Escritura y Tradición conciliar y teológica de la Trinidad en los Padres, en el Teología Escolástica  con Ricardo de San Víctor, Tomás de Aquino, Buenaventura, que recoge la experiencia de Francisco de Asís sobre su seguimiento de Cristo crucificado que le introduce en  la inmensidad del Padre. El cristocentrismo franciscano conduce a Buenaventura a comprender a Cristo como mediador universal y definitivo entre Dios y sus criaturas y entre éstas y Dios, llegando a ser un Padre que establece relaciones filiales con todo lo existente. Cristo es el recapitula toda la historia humana y la creación en su relación con el Padre; se sitúa en el centro, en el medio de todas las relaciones de Dios y los hombres y de los hombres entre sí, porque como Logos ya está en el centro de las relaciones de las Personas que constituyen la Trinidad. Como  Francisco piensa, sobre todo a raíz de Pedro Juan Olivi, la historia es la traducción temporal y contingente de las relaciones eternas entre las Personas divinas, lo que conlleva una orientación de la vida esencialmente trinitaria. Escoto, de una forma histórica —el Logos no es centro de las relaciones, sino Jesús de Nazaret— continúa y profundiza el cristocentrismo franciscano, que, no obstante,  «lo ve todo desde Dios» (490). El autor prosigue su andadura histórica con los místicos castellanos, idealistas alemanes, teologos del siglo XX, terminando con la mística trinitaria de Clara Lubich (569-588).
            Es muy interesante la última parte. Es donde se expone cómo ilumina el Misterio Trinitario nuestra cultura e historia contemporánea, dando respuesta a los importantes desafíos que afectan a todos. Estamos aprendiendo a pensar de una forma global, porque las propuestas que nuestras culturas ofrecen tienen repercusiones universales. Los medios de comunicación y los intereses económicos son tan potentes y entrelazados, que nos vemos todos implicados en un destino común y avocados a resolver conjuntamente nuestros problemas. Entonces caemos en la cuenta que la Trinidad, el centro de nuestra fe, no es una cuestión personal, íntima, donde sólo nos afecta como seres individuales. La fe trinitaria atañe a las relaciones con los demás, a las relaciones entre los grupos y culturas, y éstas situadas en un universo cósmico cada vez más presente en la vida humana. Y desde la Trinidad se aborda lo que ya Pablo alumbra en Efesios, Colosenses, etc.,  como un camino de amor, en cuanto Dios mismo se nos da en Jesús y ambos permanecen presentes en la historia por su Espíritu, la relación de amor que mantiene a la creación entera unida a Ellos. La Trinidad influye a la persona, pero también a la historia y al cosmos. Dios Padre, al decir de Rahner, que ha generado al Otro de sí , el Hijo/Verbo y por amor ha creado a todo lo que existe fuera de sí, se implica con su Espíritu en reconciliar a todos los seres consigo mismos y con Él. No es extraño pensar desde el ámbito cristiano, que el principio de lo que existe y su término (alfa y omega) es trinitario (648).



Secretariado Trinitario, Salamanca 2014, 712 pp., 14 x 22 cm.






















lunes, 2 de junio de 2014

Recibid el Espíritu Santo

                                      PENTECOSTÉS

                                                                Evangelio
                                                         
                                                 «Recibid el Espíritu Santo»

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,19-23.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: —Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: —Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

           
1.- El Espíritu del Señor. Todo cambia para los discípulos con la experiencia de la Resurrección y la recepción del Espíritu. Jesús no los deja huérfanos por más que se haya sentado a la derecha del Padre y haya terminado su tiempo de vivir en Palestina en el ámbito de la cultura y la religión hebrea. El Espíritu del Señor es la forma que tiene de relacionarse con sus hijos, con sus criaturas, en definitiva, con todos nosotros. Y la forma de relación es el amor. El Señor no sabe hacer otra cosa, sino amarnos. Cuando nos ama en acto, nos está dando su Espíritu. Por eso su Espíritu está en nosotros cuando somos creados, cuando somos cuidados a lo largo de nuestra vida y cuando somos salvados. Siempre somos amados por Él, porque su Espíritu no nos deja huérfanos, solos o aislados en nuestra vida frente al mal o al egoísmo de los demás. 

           
2.- La comunidad. Jesús se aparece a la comunidad de discípulos. Les da la paz: queda perdonada su huída y cobardía en los momentos de su pasión y muerte. Ahora su presencia es, incluso, más intensa, porque al poseer el Espíritu la comunidad no podrá nunca traicionar en bloque a su Señor y no tendrá miedo a las persecuciones de entonces y de todos los tiempos. Quien vaya contra la Iglesia hará mártires, que no desertores, aunque a veces se haya dado. Además, la comunidad siente alegría al reconocer al Señor, porque ya posee a Aquel que les hace leer dónde está Jesús y quién es realmente: el crucificado que ha glorificado el amor del Padre. Por eso ellos deben seguir impartiendo la paz y el perdón. Somos muchos quienes traicionamos al Señor, por momentos, por épocas, por actos aislados, pero la comunidad a la que pertenecemos siempre le es fiel, porque siempre hay alguno de nosotros que ama con intensidad y vive del Espíritu de Jesús. Son los que reciben el soplo de vida, como cuando el Creador lo hizo con Adán (Gén 2,7). El Espíritu, el amor, une y todo el mundo lo entiende; la insolidaridad desune; son las lenguas de Babel, porque cada uno habla de lo que le interesa a él, al margen de la situación del que tiene al lado.

3.- El creyente. Cuando pasan los años y miramos hacia atrás es cuando caemos en la cuenta de nuestra transformación personal, para bien o para mal.  Es para bien cuando el Espíritu que está actuando en nuestras vidas por medio de las cualidades que nos han transmitido nuestra familia, nuestra cultura, nuestra fe. Si hemos empeorado en nuestras relaciones, si nos hemos vuelto más egoístas y centrados en nosotros mismos, quiere decir que progresamos hacia nosotros, hacia nuestros intereses. Entonces los demás se distancian y nos dejan solos. El Espíritu, la relación de amor, crea multitud de relaciones, que nos enriquecen y potencian nuestra vida al hacernos desprendidos, entregados, sensibles al dolor y mal ajeno. El Espíritu bloquea nuestras tendencias egoístas y potencia nuestras inclinaciones altruistas, transformando todo lo que a los otros les sirve para bien.



Pentecostés

                                                                           PENTECOSTÉS
                                                                              Evangelio

                              Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,19-23.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: —Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: —Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: —Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.


1.- Texto. Cuentan los Hechos de los Apóstoles que los discípulos de Jesús están reunidos en Jerusalén junto a María, la madre del Señor, y unas cuantas mujeres (cf. Hech 1,13-14); y también relatan los Hechos que hay otra reunión con ciento veinte hermanos cuando Pedro propone elegir al que debe sustituir a Judas (cf. Hech 1,15). Sea en una ocasión o en la otra sucede que: «de repente […]  se llenaron todos del Espíritu Santo…» (Hech 2,2-4). Se cumple una promesa de Jesús resucitado: «Yo os envío lo que el Padre prometió. Vosotros quedaos en la ciudad hasta que desde el cielo os revistan de fuerza» (Lc 24,49; cf. Hech 1,2.8). La situación en la que se encuentran los protagonistas es de apertura personal al Señor; están en oración; y en medio de la relación concreta con el Señor, les envía el Espíritu (cf. Lc 3,22; Hech 2,3) para llevar a cabo una misión; en Jesús lo hace en Nazaret, ante su pueblo, proclamando el año de gracia del Señor (cf. Lc 4,19); los discípulos lo reciben en Jerusalén, y ante judíos y prosélitos pertenecientes a muchos países (cf. Hech 2,24); es una primera demostración de que su misión es para Israel, la primera Iglesia; más tarde, Pedro la abrirá a todas las gentes (cf. Lc 10,44-48) para mostrar la dimensión universal del Evangelio una vez que Dios Padre ha resucitado a Jesús; en ambos acontecimientos, fruto de dos promesas del AT (cf. Lc 4,18: Is 61,1-2; Hech 2,17-18: Jl 3,1-5), el Señor se asegura la obediencia radical de toda la creación a su voluntad salvadora. Ni Jesús ni la Iglesia son independientes; pertenecen a Dios Padre y son enviados por Él para salvar a todos los pueblos. El Espíritu es el que asegura la unión con Dios y la transmisión de su voluntad.

2.- Mensaje. El Evangelio que acabamos de leer relata que el Resucitado  envía a sus discípulos al mundo, donándole su Espíritu. Entonces, el Espíritu, como principio de la vida (cf. Jn 6,63), sigue recreando a la humanidad después de la misión de Jesús por la acción de sus discípulos. El creyente pasa de la muerte a la vida gracias al Espíritu, y con el Espíritu no puede ya morir (cf. Jn 5,54; 8,51). El Espíritu del Padre y de Cristo es el que comienza a darle solidez a las instituciones que cobijan a los nuevos seguidores de Jesús: «Gracias a él, el cuerpo entero trabado y unido por la prestación de las junturas y por el ejercicio propio de la función de cada miembro, va creciendo y construyéndose en el amor» (Flp 4,16). ). Y el cuerpo crece por medio de la acción del Espíritu (cf. Hech 2,1.17-18) y del bautismo que imparten los discípulos de Jesús como una de las misiones fundamentales que les da antes de ascender a la gloria divina (Mt 28,19). A todos los nuevos cristianos los hace Dios morada del Espíritu y les hace experimentar y llamarle «Abba» (cf. Rom 8,15; Gál 4,6) y a su Hijo ser el Señor: «Como el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros, y los miembros, siendo muchos, forman un solo cuerpo, así es Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo y hemos absorbido un solo Espíritu» (1Cor 12,12-13). Y esto es lo que da cohesión y unidad a la comunidad (cf. Hech 2,1).

3.- Acción. La acción del Espíritu en la comunidad cristiana y en cada bautizado confiere una vida nueva al constituirse en su «templo»: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá, porque el templo de Dios, que sois vosotros, es sagrado» (1Cor 3,16-17). Esto lleva consigo que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios según la imagen de su hijo Jesucristo: «... consideraos muertos al pecado y vivos para Dios con Cristo Jesús» (Rom 6,11)»; o como Pablo dice de sí mismo: «... y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en carne mortal, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Nace un nuevo sentido de vida que deriva en actitudes y actos que expresan el amor de Dios manifestado en Cristo y realizado en nosotros por el Espíritu. El Espíritu es quien inicia y desarrolla la vida nueva del cristiano consagrado a Dios por el Bautismo. 
Pentecostés y el Paráclito



Esteban Calderón
Facultad de Letras
Universidad de Murcia


            Es mi propósito, en esta entrega y otras sucesivas, desgranar la abundante terminología cristiana de origen griego, palabras que están enraizadas en nuestro lenguaje eclesial y que constituyen un rico acervo cultural y teológico.
En la Solemnidad de Pentecostés celebramos que Jesús ha recibido el Espíritu de manos de Dios y lo transmite a su Iglesia. El término Pentecostés procede de un adjetivo griego sustantivado: hē pentēkostḗ (hēméra), que quiere decir, «el quincuagésimo (día)» después de la Pascua contando ambas fechas. El número cincuenta simboliza la comunidad del Espíritu: ya en el A.T. los grupos de profetas se componen de «cincuenta hombres adultos» (1 Re. 18, 4; 2 Re. 2, 7). En realidad, debería transcribirse «Pentecosté», sin -s final paragógica –el griego no la tiene–, como ya hiciera la legua castellana de los siglos XV y XVI. Pues bien, como ya anunciaba el evangelio del domingo VI, la presencia del Paráclito cumple la promesa de Pentecostés.
Y aquí penetramos de nuevo en el ámbito de los vocablos cristianos de origen heleno. Paráclito es una transcripción del griego Paráklētos (con pronunciación bizantina -i- de la -ē-: de hecho, en castellano también es transcrito como «Paracleto» desde el s. XV hasta nuestros días), que, a su vez, deriva del verbo parakaleîn, que significa «llamar en auxilio». Paráklētos procede de la esfera jurídica y concretamente lo hallamos por vez primera en el orador Demóstenes. En el N.T. el término Paráclito es exclusivo del corpus joaneo: ni la tradición sinóptica ni Pablo lo utilizan; éste ni siquiera en contextos en los que desea exponer conceptos similares (Rom. 8, 26.34). El mismo Jesús es identificado con el Paráclito ( Jn. 12, 16) y es un adelanto del Espíritu Santo (Jn. 14, 26). Tras su muerte y resurrección, Jesús envía a los suyos al Paráclito de parte del Padre (Jn. 15, 26) o por el Padre mediante la intercesión del Hijo (Jn. 14, 16.26). De manera que la liturgia y la teología con el vocablo Paráclito hacen referencia a la tercera persona de la Santísima Trinidad: el Espíritu Santo Paráclito. Es, precisamente, Spiritus Paraclitus el título de una encíclica del sabio Papa Benedicto XVI.
La vinculación de este término con la oratoria griega se pone más en evidencia, si tenemos en cuenta que, a excepción de 1 Jn. 2, 1, únicamente aparece en los discursos de Juan, es decir, en un contexto oratorio. Su significado como «defensor» es más nítido todavía al contrastar la traducción latina: advocatus, esto es, «abogado». A partir de 1 Jn. 2, 1 se puede observar que el Paráclito es quien está llamado a acudir al lado de alguien necesitado para ayudarle, para ofrecerle su ayuda legal, para interceder, para «abogar». La palabra conlleva la idea de consolación, de ahí que en algunos pasajes se traduzca como «consolador» o «consejero». En realidad, todo ello forma parte de las funciones del abogado defensor: aconsejar, interceder o consolar. En Jn. 14, 16 Jesús asegura a sus discípulos que Él rogará al Padre, para que envíe otro Paráclito, de forma que permanezca con ellos hasta el fin de los tiempos, a fin de que los consuele en su turbación, los defienda de las asechanzas del Maligno y abogue ante el Padre. En definitiva, el Paráclito designa dos aspectos del Espíritu Santo: la presencia misma de Jesús y la defensa que Jesús ofrece.

La liturgia bizantina conserva el llamado Paraklētikḗ, que es el libro del Oficio de los días de Feria, desde el domingo después de Pentecostés hasta el inicio del Oficio de Cuaresma. En otras palabras, un amplio período de tiempo durante el que se vive de los permanentes «efectos» del Espíritu Santo. Tal es la importancia que se le da.

viernes, 30 de mayo de 2014

Santos/Beatos Franciscanos: 2-8 junio

                          2 de junio


         Camila Bautista Varano (1458-1524)

Santa María Camila nace en Camerino (Macerata. Italia) el 9 de abril de 1458, hija natural de Julio César Varano. Pide a su padre el ingreso en el monasterio de las Clarisas de Urbino. Él se opone, pero, al final, da su permiso ante la insistencia de María Camila. Julio César rehace entonces el monasterio de Santa María Nueva para vivir junto a su hija. Camila profesa tomando el nombre de Bautista. Escritos místicos suyos: «Los dolores mentales de Jesús», «La vida espiritual», «Las consideraciones sobre la pasión»; «El tratado de la pureza del corazón», las «Oraciones» y las «Poesías». Su padre y hermanos son asesinados por las tropas de César Borgia que toman Camerino. Aquí se ratifica en el seguimiento de Jesús pobre y crucificado y perdona a los asesinos de su familia. Muere en Camerino el 31 de mayo de 1524 a la edad de 66 años. El papa Gregorio XVI aprueba su culto el 7 de abril 1843. Es canonizada por el papa Benedicto XVI el 17 de octubre de 2010.

Oración. Señor, Dios nuestro, que has distinguido a Santa Camila Bautista por la contemplación de la pasión de tu Hijo Jesucristo; concédenos, por su intercesión, la gracia de amar la cruz de Cristo y alcanzar la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

                         2.1 de junio


            Félix de Nicosia (1715-1787)

San Félix nace en Nicosia (Sicilia. Italia) el 5 de noviembre de 1715, en una familia pobre, pero muy religiosa. El mismo día recibe el bautismo con los nombres de Felipe Jaime. Su padre, zapatero, murió un mes antes de que él naciera. Félix continúa con el trabajo de su padre. Solicita entrar en los Capuchinos de Nicosia, y no es admitido hasta ocho años después. Hace el noviciado en el convento de Mistretta 1743; toma el nombre de Félix; profesa el 10 de octubre de 1774. El primer traslado es a Nicosia, donde ejerce el oficio de limosnero, ayudando a la comunidad y a los pobres, con los que compartía los bienes que recolectaba. Esta labor la alterna con el trabajo en el huerto y en la enfermería. Es devoto de Jesús crucificado, de María la Vir-gen y de la Eucaristía. Muere el 31 de mayo 1787. El papa León XIII lo beatifica el 12 de febrero de 1888 y Benedicto XVI lo canoniza en 2005.

Oración. Dios misericordioso, que enseñaste a San Félix de Nicosia a servirte con simplicidad y humildad, y dispusiste su corazón para los bienes celestiales, concédenos imitar sus ejemplos en la tierra para participar de su gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

                          4 de junio


                    Andrés Caccioli de Spello (1194-1254)

El beato Andrés Caccioli nace en Spello (Umbría. Italia) en el año 1194. Cursa los estudios eclesiásticos y se ordena sacerdote. Conoce a San Francisco e ingresa en la Orden en 1223 para seguirle en su imitación a Cristo pobre y crucificado. Asiste al tránsito de San Francisco el 3 de octubre de 1226. En 1233 preside el Capítulo de España celebrado en Soria. Después se retira a Las Cárceles, llevando una vida de oración y penitencia. Dirige a las Clarisas de Spello desde el año 1248, cuya abadesa es la beata Pacífica Guelfuccio, familia y discípula de Santa Clara. Ayuda a las hermanas a seguir el estilo de Santa Clara en contra de la Regla mitigada del Cardenal Hugolino. Fallece el 3 de junio de 1254. Es copatrono de Spello desde 1360. El papa Clemente XII aprueba su culto el 25 de julio de 1738.

Oración. Señor, tú que otorgaste al beato Andrés la gracia de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por su intercesión, la gracia de vivir fielmente nuestra vocación, para que así tendamos a la perfección que tú nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

            4.1 de junio


             Pacífico de Cerano (1424-1482)

El beato Pacífico nace en Cerano (Lombardía. Italia) en el año 1420; pertenece a una familia muy influyente en la sociedad llamada Ramati. Ingresa en la Orden en el año 1445 en Novara. Una vez ordenado sacerdote, se entrega por entero a la conversión de los cristianos con la predicación evangélica; promueve con vigor la devoción a María; participa en la cruzada contra los turcos. Escribe la «Somma Pacifica» o «Trattato della Scienza di confessare» sobre cómo proceder para escuchar las confesiones de los fieles (en italiano: Milán 1479, y latín: Venecia 1501. 1513). Es enviado a Cerdeña como Visitador de las fraternidades franciscanas de la región, donde fallece. Es enterrado en Cerano. El papa Benedicto XIV aprueba su culto el 7 de julio de 1745.

Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Pacífico la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.


                          6 de junio


             Lorenzo de Másculis de Villamagna (1476-1535)

El beato Lorenzo nace el 12 de mayo de 1476 en Villa-magna (Chieti. Italia), hijo de Silverio de Másculis y de Pippa de Eletto. Ingresa en la Orden de los Hermanos Menores. Ordenado de presbítero se entrega a la proclamación del Evangelio por Italia. Su palabra va acompañada de una vida ejemplar –caminaba siempre descalzo–, y profecías y milagros, siguiendo la estela de San Juan de Capistrano, apóstol de los Abruzzos y de Europa. Su servicio apostólico dura unos 35 años. En el año 1535 predica la Cuaresma en Ortona a Mare, padece un ataque de gota, cuyo dolor soporta con gran resignación, y muere el 6 de junio. En 1829 se coloca su cuerpo, incorrupto, bajo el altar mayor de Santa María delle Grazie. El papa Pío XI aprueba su culto el 28 de febrero de 1923.

Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Lorenzo la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.


              6.1 de junio


       Diego Oddi da Vallinfreda (1839-1919)

El beato Oddi nace el 6 de junio de 1839 en Vallinfreda (Roma. Italia), hijo de Vicenzo Oddi y Bernardina Pasquali. Hasta los 33 años no puede cumplir sus deseos de ingresar en la Orden, porque debe hacerse cargo de parte de las responsabilidades familiares. Entra en Bellegra como “Terciario Oblato” en el año 1872. Cuando en 1877 son expulsados los religiosos de la casa de retiro, el beato se encarga de cuidar el huerto del convento. En 1878 se reabre el convento; en 1784 se implanta el noviciado, en el que ingresa el 12 de febrero; profesa el 14 de febrero 1786 y los votos solemnes los emite el 16 de mayo de 1889. Permanece en Bellegra hasta el día de su muerte, acaecida el 3 de junio de 1919. Ejerce el oficio de hortelano, limosnero, portero. Lleva una vida de oración y penitencia ejemplar. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 3 de octubre de 1999.

Oración. Señor, tú que otorgaste al beato Oddi la gracia de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por su intercesión, la gracia de vivir fielmente nuestra vocación, para que así tendamos a la perfección que tú nos has propuesto en la persona de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

              8 de junio


             Nicolás de Gésturi (1882-1958)

El beato Nicolás nace el 5 de agosto de 1882 en Gésturi (Cágliari. Italia); pertenece a una familia humilde y muy religiosa. Huérfano de padres se dedica a las labores del campo. En el año 1911 ingresa como hermano oblato en la fraternidad capuchina de San Antonio de Cágliari. El 30 de octubre de 1913 inicia el noviciado; profesa el 1 de noviembre de 1914, y hace la profesión solemne 16 de febrero de 1919. Es trasladado a diferentes fraternidades de Cerdeña hasta que regresa a la fraternidad de Cágliari donde permanece 34 años como limosnero. Posee un profundo espíritu de oración y una caridad inmensa, dándose a los pobres. Es fiel a las devociones franciscanas como la Eucaristía y la devoción a la Virgen María. Muere el 8 de junio de 1958. El papa Juan Pablo II lo beatifica el 3 de octubre de 1999.


Oración. Dios Padre misericordioso, que en el beato Nicolás has dado un ejemplo de oración y humildad callada, concédenos, por su intercesión, que podamos llevar a Cristo a los hermanos con la santidad de nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

El Espíritu Santo

                                 
                                                                                 EL ESPÍRITU SANTO

                                                                                 I
                                                 
                                             
                                                                                      Jesús y el Espíritu

            La relación de Dios con sus criaturas, centrada en el futuro Mesías, recae sobre Jesús, según la reflexión cristiana. Tal es así, que quien no reconoce la vida y misión de Jesús blasfema contra el Espíritu Santo (cf. Mc 3,29). Jesús recibe el Espíritu, que está presente desde su misma concepción, como hemos expuesto antes. La presencia de Jesús en la historia se debe al Espíritu, que aparece de nuevo cuando los Evangelios sitúan el bautismo de Juan Bautista en los momentos previos a su proclamación del Reino de Dios.
            No se sabe con certeza cuándo surge en Jesús la experiencia de su peculiar filiación divina y la posesión del Espíritu con el que desarrolla la proclamación del Reino. La tradición cristiana coloca esta conciencia de Jesús en el bautismo por Juan, donde Dios le revela su identidad y misión. Esto significa el preámbulo de su actividad pública y, por consiguiente, un cambio trascendental de su vida, que su familia no ha presentido a lo largo de su convivencia doméstica.
           
Dice el texto: «Por entonces vino Jesús de Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban y el Espíritu bajando sobre él como una paloma» (Mc 1,9-10par). Salido de las aguas, es decir, cumplida la encomienda del Bautista, Jesús ve al instante que los cielos se rasgan. En esta experiencia personal comprende que Dios se le comunica bajando de su propia gloria, como él mismo acaba de subir del agua, provocándose el encuentro mutuo en la tierra amorosamente creada. Y es un descenso divino apasionado. El cielo no se abre para que salga Dios según relata Marcos, como sucede en Mateo (3,16) y Lucas (3,21), sino que está definitivamente abierto para que Dios, ¡por fin!, irrumpa sobre Jesús con el objetivo de cumplimentar la última escena de la historia de la salvación. Es como si Dios hubiera reconocido en el ámbito histórico a su Hijo; es como si hubiera encontrado a alguien disponible a quien entregarse plena y personalmente y preparado para que le obedezca, pues la relación de Dios con los hombres estaba truncada desde la desobediencia de Adán (cf. Gén 3,6). Entonces desciende el Espíritu, el Espíritu de Dios (cf. Mt 3,16) o Espíritu Santo (cf. Lc 3,22), que ha anunciado Juan, quedando éste en la dimensión de la espera y esperanza, que no en la realidad de la presencia del Reino. El Espíritu baja del cielo por la decisión propia de Dios, que no por la acción del bautismo de Juan, y es probable que se refiera a la unción específica que le hace Dios (cf. Is 42,1-4; Miq 3,8). Mas el Espíritu, invisible, que es el símbolo de la vida y fuerza de Dios, lo experimenta Jesús de una forma plástica: viene del cielo como desciende una paloma hacia su nido o hacia su cebadero.
           
A continuación pasa Jesús del ver al oír: «Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» (Mc 1,11par). Dios se dirige directamente a Jesús como su Padre. Es una afirmación que expresa dónde está enraizada la vida de Jesús. El Padre declara su amor y predilección por su hijo único. Esta predilección no lleva consigo el sentido antiguo de poder cuando se relaciona con el rey mesías a quien unge Dios para defender a Israel de las naciones enemigas, además de conquistarlas y dominarlas (cf. Sal 2,2.8-9). Más bien se relaciona con la cercanía y amor de Dios que plenifica la vida de Jesús, lo cual le señala como Hijo único, el amado, que en Marcos es posible que evoque el sacrificio que supone la entrega, como sucedió con Abrahán e Isaac (cf. Gén 22,2; Am 8,10), ya que Dios Padre se une a ese Hijo predilecto (cf. Mc 12,6) que da la vida para la salvación del hombre, según su propio designio. Y Jesús es, además, el siervo (cf. Is 42,1), el predilecto de Dios que le ha capacitado al darle su Espíritu para devolver la fidelidad y estabilidad de la alianza entre Dios y los hombres. El Espíritu reposa sobre él como la Gloria de Dios descansaba sobre la tienda de la reunión (cf. Jn 3,34-36).
            El Espíritu posee a Jesús antes de iniciar su ministerio en Palestina. Ese mismo Espíritu le conduce al desierto para que, como Hijo de Dios, sea tentado por el diablo. Las tentaciones, que son un resumen de las que experimentó en su vida pública, muestran la fidelidad y obediencia de Jesús a Dios.
            El Espíritu concibe a Jesús (cf. Lc 1,35), desciende sobre él y le da la identidad filial (cf. Mc 1,11par), le indica la forma de siervo obediente para llevar a cabo la misión (cf. Mc 1,12-13), y ahora le presenta a su pueblo para que proclame el contenido del Reino que va a revelar (Lc 4,14): es un acto programático de todo lo que va a llevar a cabo en Israel; es decir, quien lo habilita para esta misión es también el Espíritu. Y con él llegan los tiempos nuevos simbolizados con la persona y la actividad de Jesús
            La escena la elabora Lucas (4,16-30par). Jesús va a Nazaret después de una gira por algunos pueblos de Galilea, donde la gente se entusiasma con su predicación (cf. Mc 1,32-34.39par). Jesús visita la sinagoga y lee al profeta Isaías ante sus paisanos: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61,1-2; 58,6). Jesús suprime la expresión «día de la venganza del Señor» (Is 61,8) y se presenta como el profeta que va a enviar Dios al final de los tiempos, o como mesías según se interpretaba en algunos ambientes (cf. 11 QMelk; 4Q 521); la unción del Espíritu la ha tenido en el bautismo, donde se le ha consagrado para realizar su misión mesiánica.
           
La acción comprende lo siguiente: se centrará en los que esperan la ayuda del Señor ante una situación de pobreza y marginación extremas; ofrecerá la libertad a los que estaban encarcelados y desterrados, y hará ver a los ciegos, que significa «ver» al que trae la salvación para acceder a ella, ya que el profeta es la luz del mundo (cf. Is 42,6-7), como Juan presenta al ciego de nacimiento (cf. Jn 9,35-38). Por último, inauguraría con su presencia el año jubilar que se debía celebrar cada 49 años donde cada uno recuperará sus tierras, o se le perdonarán sus deudas, o se restablecerá su dignidad al liberarse del sometimiento a un amo (cf. Lv 17-26). Sin embargo se entiende mejor la expresión como «un año de gracia», un año en el que el Señor, por el Espíritu que posee Jesús, se mostrará con bondad y actuará con misericordia, con la salvación largo tiempo esperada (cf. Lc 4,24; Hech 10,35). Y esta salvación comienza a cumplirse «hoy» con la presencia de Jesús, que es la presencia del Espíritu del Señor (cf. Lc 4,21), como sucede cuando nace (cf. Lc 2,11), con la curación del paralítico (cf. Lc 5,26), con la providencia del Padre para con sus hijos (cf. Lc 12,28), con la denuncia a Herodes (cf. Lc 13,32), con la conversión de Zaqueo (cf, Lc 19,9) y con la donación del paraíso al crucificado con él (cf. Lc 22,34). La nueva fuerza del Espíritu dado a Jesús proclama la actuación misericordiosa de Dios en la historia, la liberación de todos los oprimidos y los inicios de la salvación definitiva personal y colectiva.
            «Jesús gritó con voz fuerte: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). El grito que precede inmediatamente a la muerte en Marcos (15,37), Lucas lo convierte en una oración recogida del Salmo 31,6 y practicada por Israel como oración de la tarde. Lucas acentúa la actitud de oración de Jesús a lo largo de su ministerio. En este caso, el sentido del Salmo es que el justo se fía de Dios, confía su vida a Él; le cede la custodia de su existencia cuando los hombres se empeñan en arrebatársela o la tienen minusvalorada. La escena en la cruz describe una reacción de Jesús contraria a la ausencia y lejanía de Dios que relata Marcos. Jesús recobra su condición filial, por eso Lucas cambia el «Dios» del Salmo por el «Padre» con el que se ha relacionado a lo largo de su vida, p.e., en la Oración de júbilo (cf. Q/Lc 10,21), en el Padrenuestro (cf. Q/Lc 11,2) o cuando se dirige a Dios en Getsemaní (cf. Mc 14,36par). Jesús entrega al Padre la poca vida, «espíritu», que le queda; la vida que se ofrece en el momento de la creación (cf. Gén 35,18) y que en Jesús procede del Espíritu y de María y forma parte del ser divino; y se la devuelve al Padre como algo que le pertenece esencialmente. Por eso ha nacido de Él, ha permanecido en la vida pendiente y dependiente de Él y a Él se la remite como un acto natural y familiar.