sábado, 21 de febrero de 2015

Frase I: «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

                                           Las palabras de Jesús en la cruz

                                                                  I


                                            «Hoy estarás conmigo en el paraíso»

Existe en los Evangelios un grupo de frases que Jesús pronuncia en la cruz para edificación del pueblo cristiano. Ellas representan la riqueza espiritual que dimana de su sacrificio y que los creyentes recuerdan para situaciones de dolor y sufrimiento, situaciones que viven como personas y como comunidades no admitidas en el mundo religioso judío y pagano. Son siete frases: una en Marcos y Mateo (15,34; 27,45), tres en Lucas (23,34.43.46) y otras tantas en Juan (19,26.28.30). Las frases tienen dos tendencias: las que tratan de evocar la conciencia de Jesús en estos momentos y mostrar su último objetivo y las que dirige a su madre y al discípulo predilecto, al compañero de crucifixión, ya expuesta, y al Padre por los que le han condenado.


«Con él crucificaron a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Mc 15,27par). El dato apunta a que Jesús es crucificado en una condena colectiva. No es solo él al que se ejecuta. La Misná enseña que está prohibido emitir dos condenas de muerte y realizarlas en el mismo día. Pero no es nuestro caso, pues los romanos suelen ejecutar a varias o a muchas personas a la vez. Ningún precepto o costumbre se opone a ello. Se habla de bandidos, de malhechores en correspondencia a la cita de Isaías (53,12) que afirma que el siervo «fue contado entre los pecadores», o como se queja Jesús cuando es apresado en Getsemaní (cf Mc 14,48; Mt 26,55). Los reos crucificados, que alteran el orden público o desobedecen los preceptos divinos, son dos y, contando con Jesús, suman un número emblemático. Para Juan (19,18), Jesús está en el centro, entre los dos; los Sinópticos dicen lo mismo, pero colocados «a su derecha y a su izquierda»; y «lo injuriaban» (Mc 14,32par).
Con este dato, Lucas elabora un párrafo continuando las ofensas de los soldados y los jefes del pueblo. Presenta a los dos bandidos de una manera antitética, como lo ha hecho con Zacarías y María (Lc 1,5-38), Jesús y Juan (7,33-34), Marta y María (10,38-42), el rico y el pobre (16,19-31), el fariseo y el publicano (18,9-14). Así uno le injuria, el otro no: «Uno de los malhechores colgados lo insultaba: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. El otro le reprendía: Y tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; éste, en cambio, no ha cometido ningún crimen» (Lc 23,39-41). El malhechor apela al poder mesiánico para eludir el calvario de la cruz. Éste, en el tiempo de Lucas, es fuente de salvación, y a ella se remite el «mal ladrón». Jesús guarda silencio, como lo ha hecho con las injurias anteriores. La respuesta la recibe de su compañero, que le llama la atención sobre el temor al juicio divino al que se va a someter muy pronto. Este juicio también sobrevuela su conciencia y, comparándose con la inocencia de Jesús, la abre a la responsabilidad de su propio pecado. Reconocerse pecador es el primer paso de la conversión, que se afianza con una llamada a la misericordia de Jesús, tan típica en la teología de Lucas (10,25-37), porque «no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se arrepientan» (Lc 5,32). La declaración de la inocencia de Jesús que viene de uno de los malhechores contrasta con la solicitud de muerte para Jesús por parte de los garantes de la religiosidad judía (Lc 23,18.20.23).
«Jesús le respondió: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 2343). Hay una constante en la experiencia creyente cristiana que después de la muerte el hombre obtendrá la visión de Dios, un conocimiento personal que se entiende como comunión. No es una cuestión intelectual u objetiva, sino existencial, de convivencia. «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que la persona, al morir, podrá reunirse y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. Esta enseñanza tiene su raíz en las parábolas evangélicas del convite de bodas (cf. Mt 22,1-14; o de las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13); etc., como en el cuerpo de los escritos de San Juan: «Padre, deseo que los que tú me has dado estén también conmigo allí donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24; cf. 14,3). La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.


                                                           Reflexión


La Resurrección de los muertos entraña una nueva creación, que ya San Pablo la describe en su tiempo (cf. 1Cor 15,35-53). Es la respuesta lógica a cómo será la vida futura que nace de la resurrección de Cristo y en esperanza para los cristianos (cf. Rom 8,20; Tit 3,7) y que el Apóstol de los gentiles escribe citando a Isaías: «... lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó; lo que Dios preparó para los que lo aman» (1Cor 2,9; cf. Is 64,3).
Hay una constante en la experiencia creyente cristiana que después de la muerte el hombre obtendrá la visión de Dios, un conocimiento personal que se entiende como comunión. No es una cuestión intelectual u objetiva, sino existencial, de convivencia. «Queridos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es lo que desea Pablo ardientemente: morir para reunirse con el Señor (cf. Flp 1,23), como Esteban cuando sufre el martirio (cf. Hech 7,59), o Jesús cuando recibe al buen ladrón en el paraíso en el día de su muerte (Lc 23,43). No hay que esperar a la resurrección colectiva al final de los tiempos, sino que la persona, al morir, podrá reunirse y conocer al Señor cara a cara (cf. 2Cor 5,8; Lc 16,22; 1Ped 3,19). El encuentro motivará la semejanza con Cristo como hijos de Dios, que en la vida presente la experimentamos en un estado imperfecto. Esta enseñanza tiene su raíz en las parábolas evangélicas del convite de bodas (cf. Mt 22,1-14; o de las vírgenes prudentes (cf. Mt 25,1-13); etc., como en el cuerpo de los escritos de San Juan: «Padre, deseo que los que tú me has dado estén también conmigo allí donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24; cf. 14,3). La visión de Dios como vida y amor (cf. Mt 5,8; 1Cor 13,12; 1Jn 3,1; etc.) se transforma poco a poco en vivir con Cristo, convivir con Cristo, ser con Cristo.
Esta convivencia con Cristo comulgando con Dios entraña una vida sin fin; una vida en la que la plenitud está constantemente plenificándose de manera distinta a como en la historia progresamos en las virtudes, en los valores, en el conocimiento, etc. Se da, pues, en la eternidad el movimiento que lleva consigo la vida, que no el éxtasis y la fijación del objeto como dominio de él, en este caso, de Dios mismo. Él es una fuente inagotable de amor, que hace del bienaventurado un transitar en la felicidad continuamente. Junto a ello, no se debe olvidar, que la vida eterna comienza en la historia. El más allá no es totalmente novedad en la experiencia de la felicidad, ni la felicidad y salvación que vivimos en la historia no es el término conclusivo de nuestra existencia personal y colectiva.








miércoles, 18 de febrero de 2015

Los animales amables

                                                     LOS  ANIMALES  AMABLES
                                                                                                     
                                                                                                                                 
                                                                 Elena Conde Guerri         
                                                                  Facultad de Letras
                                                                  Universidad de Murcia

             
Una de las lecturas de este próximo domingo, último del tiempo ordinario que precede a la cuaresma, evoca el arca de Noé y todos los animales que Yahvé mandó introducir en ella ( Gn 7). Animales que merecían ser liberados del exterminio para perpetuarse. Obra de su creación y animales amables, en suma, pues amable es quien "es merecedor de amor" porque también él lleva en su esencia una cierta capacidad de cercanía y afecto. 
           
El interés por la naturaleza y comportamiento de los animales fue evidente desde las más antiguas comunidades humanas, todavía en estadio ágrafo. Y pasó progresivamente de una observación empírica y utilitaria a un escrutinio mucho más perfeccionado, analítico y en parte filosófico, regido por una metodología propia muy próxima a las ciencias biológicas, que desembocó en los diez libros de la Investigación sobre los Animales de Aristóteles. Esta obra causó impacto y fue objeto de consulta e inspiración para autores de siglos muy posteriores que cultivaron el mismo tema, como Plinio el Naturalista y Claudio Eliano en años del Imperio romano. No pretendo invadir el vasto campo de los biólogos sin serlo. Mi intención aquí es justificar las bondades y el comportamiento de ciertos animales frente a los del hombre, a quien Aristóteles define, con toda propiedad, como "cuadrúpedo y vivíparo" y "de todos los animales, el hombre es aquél que necesariamente conocemos mejor". (I,6). Animal racional, obviamente, y "el único dotado del privilegio de poder emitir un lenguaje articulado" (IV,9), lo que implica una superación del simple sonido o voz por la expresión inteligible que presupone la capacidad para la comprensión total y la comunicación. Sublime instrumento el del lenguaje: expresar lo que uno piensa o siente y muchas cosas más que posibilitan que el contenido del mensaje llegue hasta lo más excelso cuando  vaya enraizado en la recta intención del corazón. 
        
En el complejo universo colectivo no siempre ha sido así. El mensaje inteligible ha sido en numerosas ocasiones una conminación a la guerra, un aullido a las desavenencias y a la destrucción. La historia es testigo. Pueden resultar comprensibles las contiendas muy remotas por el desequilibrio entre las fuentes explotables de riqueza y el número de población favorecida. Discutibles, la guerras de la Alta Edad Moderna alimentadas por la obsesión de la grandeza y el espíritu imperialista. Pero, ¿y los conflictos contemporáneos que estamos tocando con las manos y están desangrando a medio mundo? El hombre, esa criatura o animal racional, como se prefiera, "hecho a imagen de Dios", está traicionando su sublime misión primigenia de ser tutor de todo lo creado para pisotearlo. Con una peculiaridad que a más de uno nos aterra. En la actualidad, los motivos ancestrales ligados a la supervivencia, por ejemplo, se antojan obsoletos y las ideologías y las creencias religiosas son el motor que ordena al cerebro la palabra guerra. Y la palabra se hace, esta vez, máquina de ruina abominable. Máquina activada, además, por religiones monoteístas cuyo pilar básico es el único Dios verdadero. Tremenda paradoja. Nunca habrá una respuesta convincente y definitiva, a mi modo de ver, sobre esta incapacidad humana para posponer la paz y el respeto por cualquier ser humano, sea cual fuere su sentido de la trascendencia, ante la violencia. La complejidad de tal panorama, en estos aspectos, ya fue vista con clarividencia por Juan Pablo II en muchos de sus escritos y discursos que dejaban traslucir la dramática trastienda antropológica de todos los horrores que él mismo había presenciado. Dijo en ocasiones puntuales: "Nunca antes en la historia del género humano, se ha hablado tanto de paz e invocado con tanto ardor la paz como en nuestros días.
           
La creciente independencia de los pueblos y las naciones hace suscribir casi a todo el mundo el ideal de fraternidad humana universal. Las grandes instituciones internacionales debaten la  coexistencia pacífica de la humanidad. La opinión pública está tomando conciencia de lo absurdo de la guerra como medio para resolver las discriminaciones. La paz se ve cada vez más como la única vía de la justicia. La paz es, de por si, obra de la justicia".  Y "cada hombre, creyente o no, aun manteniéndose prudente y lúcido con respecto a la posible terquedad de su hermano, puede y debe conservar una suficiente confianza en el hombre, en su capacidad de ser razonable, en su sentido del bien, de la justicia, en su posibilidad de amor fraterno y de esperanza, en  apostar por el diálogo. Cristo nos llama a construir la civilización del amor". (Discursos ante la ONU, octubre de 1979, y en la Vigilia de Oración en la basílica de Asís, enero de 1993).
        La Paz. Actitudes y creencias. Murcia 2002.  299-300 ). Reflexiones, como se ve, universales, línea de pensamiento que ha fluido sin fracturas en los últimos años y han seguido con firmeza los sucesivos Pontífices, siendo emblemáticas al respecto las breves alocuciones cotidianas del actual  Papa Francisco en que insiste en el drama coetáneo de las guerras y en que los ataques a comunidades específicas dentro del cosmos monoteísta, de facto asesinatos, deben de parar para siempre.
El espíritu franciscano ha llevado la salvaguarda de la paz en sus tuétanos desde siempre y, a este respecto, el Prof. P. Francisco Martínez Fresneda planteaba en uno de sus libros más difundidos los logros pero también los problemas que se derivaban de un mundo progresivamente globalizado donde no siempre culturas antagónicas podían alcanzar el equilibrio. "Esto se observa en la  creciente actividad del fundamentalismo religioso y étnico, en los signos indiscutibles de la incapacidad para vivir la diversidad de los individuos y los grupos, en las tensiones originadas para reconocer e integrar las peculiaridades de las culturas que coexisten en una misma sociedad ...  la situación actual conduce al replanteamiento de un ética de la paz que, en primera  instancia, atienda a la defensa de la vida y al valor absoluto de la dignidad humana" (
       
Las guerras y la violencia despiertan siempre lo peor de todos nosotros y la bestia irracional lesiona al cuadrúpedo aristotélico racional  pisoteando su dignidad. ¿Qué hemos  aprendido, pues, en este sentido de comportamientos e impulsos humanos enmarcados en situaciones límite? Hemos ignorado todo aquello que da al hombre su verdadera grandeza y, en consecuencia, debemos aprender de los animales. ¿Alimentaríamos nosotros siempre a un recién nacido extraño en situación de total abandono? Pues las yeguas lo hacían. "Cuando una yegua muere, las que  pacían junto a ella, crían al potrillo de la muerta". (Aristóteles, IX,4 ). Generosidad infinita que es sólo un ejemplo de tantas otras cualidades benéficas que adornan a muchos animales y  en cuya descripción las mencionadas fuentes antiguas se recrean. La fidelidad de los perros, proverbial, que jamás abandonan a sus amos y que incluso después de muertos languidecen sin  calendario junto a sus sepulturas. El elefante y el león, símbolos de fuerza y fiereza, se tornan mansos si se les amaestra sin dureza y el segundo, no depreda con saña cuando ha   satisfecho convenientemente su apetito. Es capaz, incluso, de reconocer por la voz y el olor a aquél  que le protegió y le devuelve el favor, tal como describe la encantadora fábula de Androcles y el león. Las tórtolas se aparean sólo  con un único compañero, siendo emblema de la castidad y fidelidad conyugal. Los animales, presuntamente irracionales, nos han superado y nos están avergonzando. Es muy difícil hoy en día encontrar la lealtad del delfín, que cuando ve en peligro a algún compañero de su propio banco hace rápidamente piña con el grupo para salvarlo. O  imitar a las cigüeñas y abejarucos que, cuando envejecen, son alimentados con solicitud por sus crías. Y qué decir del cocodrilo, tan temido, que, cuando reposa con la boca abierta, no tiene empacho en que se estacionen en ella los pequeños chorlitos para que le limpien los dientes y a la vez se alimenten con estos residuos. En nuestra egolatría de la superioridad, ¿ somos capaces de reproducir esta solidaria convivencia con  especímenes bien opuestos? Bien es cierto que los irracionales practican muchos de estos hábitos para la salvaguarda de la especie, pero
  tampoco hay duda de que mimetizarnos con ellos en determinadas ocasiones nos haría mucho bien.

           
Animales pedagogos y seráficos, en una palabra, que transitan gozosos por la ecología de la creación para dar gloria  a Dios y alegrías al hombre, como aquellas  aves que escuchaban quietas y embobadas al Santo de Asís  pero le obedecieron alzando el vuelo hacia los cuatro puntos cardinales para extender alborozadas la palabra de Dios (Fioretti, 16). Los hombres tenemos un inmensa capacidad para hacer el bien pero muchas veces hacemos conscientemente el mal. Nuestra responsabilidad está ahí. Los animales amables no saben de hipocresías, ni de venganzas, ni distinguen los colores de la piel o los ritmos de las etnias. Dan amor si se les da amor y en esta fecunda reciprocidad instan a la convivencia pacífica, a la ayuda amigable, a la compañía generosa. No me extraña que Padre Dios después del diluvio, y pasando ahora de los pormenores del relato, pusiera sobre las nubes el arco iris como señal de su inquebrantable y  amorosa alianza con la humanidad. No porque en el arca fueran sus descendientes. Es que iban también los animales. 

lunes, 16 de febrero de 2015

«Jesús vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

                                                      I DOMINGO CUARESMA (B)


                                       «Jesús vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1,12-15.

            En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: —Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.

           
1.-  La intención diabólica es corregir la forma concreta de acometer la misión de Jesús como Hijo de Dios. Jesús se encuentra en su vida con serios inconvenientes para realizar su ministerio. Y, a la vez, dichas tentaciones pueden indicar cierto conflicto personal o resistencia interior, aunque sea de una manera muy indirecta y tangencial, bien al inicio, o bien como lógica consecuencia a las duras pruebas a las que se le somete en su actividad pública. No podemos olvidar la resistencia a la proclamación del Reinado de algunos grupos religiosos, la invitación de Pedro para que huya del sufrimiento, la advertencia a todos los discípulos sobre la pretensión de la gloria y del poder para hacer presente el Reino; la rebeldía personal a sufrir y a sufrir en la cruz. Es lo que le hace escribir al autor de la  Carta a los Hebreos: «Cristo, con gritos y lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte».
2.-  Las tentaciones van dirigidas a variar los fundamentos y condiciones que mantienen nuestra vida plena de esperanza. El Señor le ha dado la misión a Jesús en el bautismo, como a nosotros cuando nuestros  padres nos llevaron a la iglesia para incorporarnos a la comunidad cristiana. El Señor nos revela nuestra vocación; la vida nos ofrece muchas alternativas para sustituir la vocación cristiana de dar la vida de una forma sencilla y humilde, adecuada a nuestras posibilidades y valores. La ventaja que tenemos los cristianos es que la relación con Dios la vivimos en comunidad: la familia, la Iglesia, las comunidades y grupos eclesiales y humanos que nos ayudan a objetivar nuestra vida, a superar tantas dificultades, a apoyarnos para poder llevar nuestras cruces con un poco de alivio. Las tentaciones se debilitan mucho cuando la afrontamos en común: con un hermano o hermana, con un amigo o amiga, con creyentes con los que compartimos la fe, el culto, la Palabra del Señor. No perdamos nunca de vista a las personas que nos quieren para vivir la fe que actúa en la caridad.
3.- Las tentaciones a Jesús se centran en el poder real que tiene como Hijo de Dios, a cuya condición le invita el diablo que practique para evadirse de las condiciones de hombre humilde y servicial que Dios le revela en el Bautismo. La tentación como oferta de poder, como al principio del tiempo Adán y Eva experimentaron el poder de decidir el bien y el mal (Gén 3,5), no sólo expresa la invitación que se le hace tantas veces en su vida a manifestar su condición de superioridad sobre los humanos por su identidad filial, sino a la misma comprensión de sus discípulos sobre su misión. Sin  embargo, una y otra vez Jesús nos recuerda la vocación servicial del bautismo: «Sabéis que entre los paganos los que son tenidos por jefes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; antes bien, quien quiera entre vosotros ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos. Pues este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos» (Mc 10,42-45).






Las tentaciones de Jesús

                                                   DOMINGO I CUARESMA (B)


                                       «Jesús vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

            Lectura del santo Evangelio según San Marcos 1,12-15.

            En aquel tiempo el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: —Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.

1.- Texto. .-  El Espíritu de la vida y de la fuerza de Dios derramado sobre Jesús en su bautismo le conduce al desierto, el lugar para Israel del encuentro con Dios y con el diablo. En esta dimensión figurativa y teológica de las tentaciones, la estancia de Jesús se fija en cuarenta días, que es un número simbólico que refiere una situación estable de paz, o también, si se cifra en años, es igual a una generación, es decir, el tiempo en que una persona o un pueblo se hace, en este caso los años que camina Israel hasta alcanzar la tierra prometida. Aplicado a Jesús, estos días indican la duración de su inmediata actividad pública hasta su resurrección, en la que se revela progresivamente su verdadera identidad de Hijo de Dios. Satanás, el adversario del hombre o el espíritu del mal desafía a Jesús. Y lo desafía para que abandone la misión que Dios le ha encomendado como Hijo de iniciar el Reino en forma de hombre, de siervo, sin poderes excepcionales para defenderse o imponerse a los demás.
           
2. Mensaje. Satanás es el que se opone a Dios para esclavizar a los hombres. Aquí prueba a Jesús, lo desafía, como cuando Pedro le invita a no seguir el camino de sufrimiento que lleva consigo su misión mesiánica: «¡Retírate, Satanás! Piensas al modo humano, no según Dios» (Mc 8,33). Revela la tentación padecer una situación agobiante e incierta que incita a la rebeldía, además de la seducción para hacer el mal, rompiendo de esta manera la unión amorosa con Dios. En la vida de Jesús puede relacionarse con las invitaciones que los hombres le presentan para dejar el camino de servicio y sacrificio señalado por Dios para cumplir su misión, o simplemente un ataque a la experiencia personal de su filiación. Y esto es real en Jesús, como en cada uno de nosotros, cuando se nos invita o ataca para romper las relaciones familiares, laborales, sociales, o religiosas. La tentación no es la crisis que se sufre en el crecimiento y cambios sociales humanos, sino la quiebra de los valores que sostienen nuestra vida.
3.- Acción. Jesús no cae en la tentación, porque es fiel al Señor por medio de su vida y oración. Nosotros también percibimos a lo largo de nuestra vida las tentaciones de evadirnos de nuestras resposabilidades familiares, sociales y religiosas. También nos sentimos tentados de ser el centro de todos los corros y de imponernos a la fuerza a los demás. Y Jesús nos enseña que el único camino para alcanzar nuestra dignidad humana y la única posibilidad de hacer el bien a todos es compartir los dones y las gracias que nos ha regalado la cultura, la familia y nuestro esfuerzo personal. Jesús es el ejemplo a seguir. Marcos concluye con una frase que indica la paz del paraíso prometido por Dios: «Vivía con las fieras y los ángeles le servían» (1,13). Los animales no son ahora enemigos en busca de su presa, sino los que nos acompañan en el camino de la vida. Y los ángeles que le sirven recuerdan la apertura de los cielos por la permanente relación de fidelidad de Dios hacia Jesús, al que mantiene unido a lo largo de todo su ministerio público. Y también los que colaboran con el Hijo del hombre para reunir a sus elegidos; son aquellos que han estado junto a él y le han ayudado a su misión. El mundo terreno —los animales— y celeste —los ángeles— nos acompaña en nuestro lento caminar por la vida.




domingo, 15 de febrero de 2015

Los contenedores

                                                           Contenedor-carroñero

                                                       Francisco Henares Díaz
                                                             Instituto Teológico de Murcia OFM
                                                                                 Pontificia Universidad Antonianum

           
Habrán visto Uds. en TV y radio que se quiere aprobar una ley que borra del mapa social a esos pobres hombres y mujeres que pasan por los contenedores al atardecer, levantan la tapa grande, y empiezan a rebuscar materiales que les sirvan, desde unos tomates todavía aprovechables hasta unos zapatos pasables, y desde un bol de plástico a un tubo de metal o de hierro. O sea, que lo que nosotros tiramos, otros lo aprovechan. Más de una vez se ha dicho que por lo que una familia tira a la basura se sabe el nivel de vida en que se halla. El contenedor es como un termómetro que mide la temperatura del bolsillo en billetes. Por ejemplo, si tira una familia mucho papel medimos  que se lee en esa casa y se compran revistas, o algo parecido. Y a lo mejor, pensamos que tiene carrera, y por supuesto, no está en paro. O bien deja una TV obsoleta allí tirada, porque ya se ha comprado una TV de plasma. Y suma y sigue.                
       
Pues a mí me interesa aquí hacer una defensa solidaria de esas personas junto al contenedor. Haré unas reflexiones acerca de lo que hablamos. Sale en la TV un político municipal o regional y empieza  a hablarnos de lo buena que será esa ley, porque valdrá para más higiene en la calle, para tener más limpia la ciudad, y todo eso. Se ve claro que culpa de la porquería de nuestras calles a esos de la carretilla, la moto y de las bolsas a cuestas que se llevan. Es cierto que más de una persona de las que hablamos en torno a los contenedores, saca las bolsas de adentro, las raja, y esturrea lo que no se lleva. Pero también hay otras personas que dejan la basura en el suelo, o envían al crío y éste no recicla. Pues señores políticos multen, prohíban y repriman a todos los sucios, igual que hacemos con los propietarios de los perros en calles y jardines, pero no prohíban como única forma, sino que vivan las personas de lo que hacían debidamente. No todos serán igual de sucios. Prohibir es la cosa más fácil del mundo. Y encima ese político en la tele decía que las multas serán de órdago. De 800 euros. Se queda uno pensando: este político ¿sabe para quien habla?  Para gente bien, supongo, porque los busca bolsas en el contendedor no han visto 800 euros juntos en su vida, quizás.

Y aquí me viene a las mientes otra reflexión. Carroña es cosa, idea o persona despreciable, según el DRAE. Y carroñero sería oficio de eso mismo. La basura es despreciable, pues. Siento que la palabra coja un sentido peyorativo siempre, pero se nos olvida que el ser humano fue carroñero en la antigüedad. Para sobrevivir tuvo que ser carroñero, vivir de las sobras, porque animales más potentes que él se llevaban la mejor parte. Da pena llamar carroñero a un hombre o una mujer, pero el carroñero hace un servicio a la sociedad y a la vida sana, a la ecología. Nadie desprecia a la abubilla, o al cuervo, o al buitre por ser carroñero. Hasta son especies protegidas en la biodiversidad. Son útiles. Así que si el hombre aprovecha lo que otro tira, no debiéramos ofendernos, sino agradecerlo. Pero nos hemos vuelto tan higiénicos y guapos que se convierten en seres despreciables. Hasta habría que ocultarlos y que salgan solo de noche, porque producen mal aspecto en la ciudad. A mí me gustó más lo que dijo una chica en TV, al ser preguntada por todo esto, tras el aviso de que serían prohibidos. Dijo: a nadie le gusta ser carroñero, si estuvieran con un trabajo retirubuido, se librarían del contencedor. Vamos que nadie va al contenedor por deporte, señores políticos. Y ahora cabe una última reflexión. ¿Puede haber intereses en borrar del mapa social a estas personas porque no es grata su figura? O ¿cabe la posibilidad de que alguna empresa esté interesada en industrializar todo esto, y le estorben los carroñeros para sus fines? Demasiadas preguntas quizás. Nadie habla de estas posibilidades. Nadie habla de mejoras en el empleo, tan enteco éste. Más fácil hablar de prohibir. Uno vuelve a pensar cómo las especies tienen sentido en su quehacer natural (la hiena, por ejemplo, que es carroñera), y los humanos, no alcanzamos a ordenar nuestra distribución en el hábitat. ¿Quién sabe más de la vida nosotros o ellos?      
           
A mí de todos modos, lo que más me preocupa es la multa. ¿Cómo la va a pagar el hombre con su carrito, su bicicleta vieja, o la bolsa entre las manos? 800 euros. ¿En qué estarán pensando los políticos guapos, bien aseados, y nosotros  pintiparados? Y si no la puede pagar ¿a qué viene poner la multa, si se declaran insolventes?  A lo mejor lo que necesitamos es irnos al campo y ver más a los animales, y que nos dé el aire. Todo menos atosigar a los pobres. Y en todo caso, vamos a crear puestos de trabajo, porque la crisis da para muchos contenedores y para muchas bolsas de hambre.            
                             LA REVELACIÓN DE DIOS EN SU HIJO JESÚS

                                                                        VI
                                                                             
                                Inmanencia-trascendencia de la gracia en el hombre y en Cristo




                                               Marta Garre Garre
                                               Instituto Teológico OFM
                                                    Pontificia Universidad Antonianum


Punto de partida

El objetivo del estudio es responder a la pregunta: ¿Cómo y bajo qué condiciones se inserta la gracia en el corazón del hombre? Es necesario, para ello, conjugar dos extremos: el carácter sobrenatural, gratuito trascendente de la visión-gracia que se comunica al hombre y, segundo, la orientación innata de éste a la misma, expresada con el término clásico del “desiderium naturale videndi Deum”.
La única respuesta posible es que la Gracia no se superpone a la naturaleza como si fuera un adorno que no afecta para nada a su ser íntimo. Dicho en otros términos, lo sobrenatural no puede concebirse como una yuxtaposición o superposición a la intelectualidad creada, que sin ello y con ello no experimentaría un cambio vital profundo en su íntima estructura. Por otro lado, tampoco la inmanencia de la Gracia puede significar un rebajamiento, una cosificación del don de Dios. Alfaro tiene muy presente que la gracia no es algo que podamos palpar y definir, está en nosotros (inmanencia) pero de modo absolutamente indisponible (trascendencia). Estamos ante la gran paradoja constitutiva de la existencia humana que Alfaro tratará de justificar mediante una explicación razonable.  
Acerca de esta paradoja Alfaro destaca también la aportación de Rahner.  El punto de partida de Rahner en los dos artículos en cuestión es la crítica  de la concepción tradicional sobre la relación naturaleza-gracia. Para Rahner, si el hombre existe en el orden de la gracia, esto se ha de reflejar en nuestra conciencia. No sabríamos qué sería el ser humano si no hubiera sido elevado al orden sobrenatural;  pero es claro que la ordenación al fin sobrenatural no puede ser constitutiva de la naturaleza humana en cuanto tal. Para ello, distingue entre la esencia concreta del hombre y la naturaleza con el fin de hacer ver cómo la ordenación  a la visión de Dios no es un elemento accidental y externo al ser humano. Esta esencia del hombre incluye como elemento esencial -lo más íntimo del hombre-, el “existencial natural”, la ordenación a la comunión con el Dios trino. Frente a ella, la naturaleza es solo un resto cuyo contenido no se puede precisar. De hecho, la naturaleza no es nunca naturaleza pura, sino una naturaleza en el orden sobrenatural, conformada por la gracia. En el segundo artículo, introduce la noción de “espíritu creado” que es, precisamente, la apertura en el hombre al Ser Absoluto. Aquí es donde comienzan las afinidades con Alfaro. Veamos.
La preocupación básica es armonizar la gratuidad de la auto comunicación de Dios (trascendencia de la gracia) y la inmanencia de la misma. Y aquí hay que anotar la preferencia terminológica del término “supercreatural” para calificar la visión divina y todo lo que pertenece al orden de la gracia.
En la misma criatura tiene que haber un aspecto ontológico que le haga “capaz” de llegar a la visión de Dios. Expresa esto con el término “criatura intelectual” o su equivalente “espíritu finito”, lo cual equivale a no tener que aplicar  un concepto de naturaleza cerrado y definido.

Como vemos, las diferencias son significativas: el pensamiento de Rahner se articula en torno al existencial sobrenatural, que es lo más profundo de la esencia concreta del hombre. Para Alfaro, la llamada a la visión es también la dimensión más profunda y básica del hombre en su existencia concreta, pero en la “creaturalidad intelectual”. 

Francisco de Asís: La enfermedad y la muerte


                                                     Francisco de Asís y su mensaje


                                                                 XV

          El hombre imagen de Dios y de Cristo

           
La enfermedad y la muerte. La muerte responde al ser natural del hombre. Con ella termina biológicamente la vida y, a la vez, su ser individual y relación social. Pero casi todas las culturas muestran el deseo de inmortalidad que anida en la humanidad. Ésta rompe el impulso instintivo que tienen los animales, obedeciendo a su código genético: nacer, crecer, reproducirse y morir. Cuando la teología afronta el mayor misterio de la naturaleza, indica que es algo extraño a la criatura creada por Dios, y Dios interviene, no sólo para rehacer la naturaleza contingente y finita, sino también para superar las condiciones que la provocan: el mal y el pecado. Y Dios lo hace asumiendo la vida humana por la encarnación de su Hijo, que muere como toda criatura. Y vence a la muerte al ser resucitado por Dios, como primicia de todos los que creen en él.
           
La muerte tiene sus precedentes en la enfermedad; con ella los hombres experimentan la presencia anticipada del fin de la vida y la labilidad de la naturaleza, tanto física, como psíquica y espiritual. Francisco sufre la enfermedad desde el principio de su vida: es un ser naturalmente débil (cf. LP 2.76); su existencia está surcada por enfermedades de todo tipo (cf. 1Cel 3.52.105 TC 6; LP 37). Y comprende la maldad de la enfermedad en los leprosos, porque forman la imagen de la muerte en la sociedad. De ahí su rechazo (cf. Test 2; 2Cel 9). Francisco une su sufrimiento a Jesús crucificado; aquí encuentra su sentido, tanto en su referencia al amor, como a la maldad humana (cf. 1Cel 71; LM 9,3; 2Cel 10.210; TC 14). Lucha contra la enfermedad y la muerte con dos perspectivas que aparecen en los Evangelios: cuidar a los enfermos para que recuperen la salud y ofrecer, a la vez, modelos para el sufrimiento, y la fe en una creación que, por salir de las manos de Dios, está bien hecha, y no tiene por qué estropearla ni la enfermedad ni la muerte.
           
En la primera Regla escribe: «Si alguno de los hermanos cayere en enfermedad, dondequiera que estuviere, los otros hermanos no lo abandonen, sino que se designe a uno de los hermanos o más, si fuere necesario, que le sirvan, como querrían ellos ser servidos» (RegNB 10,1; cf. RegB 6,9). Y la única causa que establece para poder usar dinero es para cuidar a los enfermos (RegNB 8,3.7), aunque, más tarde, en la Regla Bulada son los bienhechores los que corren con los gastos originados por ellos (cf. RegB 4,2). Y manda que los hermanos vayan a cuidar a los leprosos (cf RegNB 8,10; 9,2; 1Cel 39) —es la primera prueba de su seguimiento de Jesús (cf. 1Cel 17)—, ya que ellos, como todo enfermo, representan a Cristo (cf. 2Cel 85; LM 1,6; 8,5). Junto a esto, Francisco da unas pautas de comportamiento que responden a la experiencia de Jesús: el dolor debe alojarse en el amor, y el amor es el que capacita al enfermo para vivir la enfermedad con paciencia y serenidad. No hay razón para turbarse (cf. RegNB 10,4), pues la vida no termina; y la muerte, en la que tantas veces desemboca la enfermedad, es un paso al encuentro definitivo con Dios, encuentro que se inicia en esta existencia, siendo el dolor una experiencia que intensifica su presencia si se une a los dolores de Jesús en el calvario (cf. Adm 5-6; RegB 10,9; LP 83).
           
La segunda perspectiva proviene de su experiencia de fe en el Creador que impregna de su bondad a la creación y a la vida humana. Francisco sufre un ataque de tracoma y se retira al convento de San Damián, donde está Clara de Asís con sus hermanas (cf. 1Cel 98). Era tal el dolor y la molestia, que ni soporta la luz del día ni la del fuego por la noche. Lo ocultan en una celda oscura, aislado, donde sufre fuertes dolores, además de la presencia, por el olor de la sangre de las llagas, de «tantos ratones en la casa y en la celdilla donde yace que con sus correrías encima de él y a su derredor no le dejan dormir» (LP 83). Cuando la naturaleza se le vuelve en contra y sus hermanos brillan por su ausencia, destruida su naturaleza y solo, Francisco «se centró, se concentró un momento y empezó a decir: Altísimo, Omnipotente, y buen Señor [...] Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano Sol, el cual es día y alúmbrasnos por él [...] Loado seas, mi Señor, por el hermano Fuego, por el cual iluminas la noche, y él es bello y jocundo y robusto y fuerte» (Ibíd.; Cántico 1.3.8). Francisco revalida su fe en el Creador, como Jesús cuando está en la cruz y pone su vida en las manos de Dios (cf. Lc 23,46). Aunque la naturaleza le golpee con tanta fuerza, no le hace perder la fe en Aquél que la ha creado buena y bella; no porque personalmente sienta el mal, abjura del bien que lo impregna todo. Y lo mismo le sucede con la muerte. Porque la naturaleza cierre su ciclo biológico y muera, no por eso está mal confeccionada; así ha salido de las manos de Dios; por eso sigue cantando: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar» (Ibíd., 12; cf. 2 Cel 217; LP 100). Llamar a la muerte hermana no procede de que ella posibilita el tránsito a la eternidad de Dios, que también, sino de aceptar al hombre como es: una criatura que está creada a imagen y semejanza de Dios y gracias a que Jesús es su hermano, es, además y sobre todo, hija de Dios.

            Ningún mal, subjetivo u objetivo, puede nublar el amor de Francisco a la vida y a la belleza de todo cuanto existe. Por eso lucha por recuperar a los enfermos de sus enfermedades, a los pobres de sus carencias, y aceptar la muerte como una experiencia natural de nuestra hechura de criaturas al salir de un Dios bueno y Padre de todo cuanto existe (cf. RegNB 9,2).