domingo, 20 de marzo de 2016

Santos y Beatos, 18-22 de marzo

                                                                                18 de marzo
                                                     Salvador de Horta (1520-1567)

San Salvador de Horta nace en Santa Coloma de Farnés (Gerona. España) en el año 1520. Hijo de una familia que trabaja en la agricultura y posee una masía llamada Masdevall. Sus padres se arruinan y son acogidos en el hospicio de Santa Coloma de Farnés. Salvador aprende el oficio de zapatero, que le enseña su padre, y se establece en Barcelona. En 1540 ingresa en el convento de Santa María de Jesús, situado a las afueras de la ciudad. Después de profesar se le destina a Tortosa, al convento de Santa María de Jesús. Se entrega por entero a la oración y a la penitencia, ejerciendo los oficios más humildes de la fraternidad y siendo un franciscano extremadamente sencillo. Al norte de Tortosa se encuentra la aldea de Horta de San Juan, adonde es destinado en 1559 para intensificar su vida de oración. Sin embargo acuden a él gentes de todas partes de España para recibir consejo, curar sus enfermedades y revitalizar su fe. Más tarde se le envía a Reus y a Cagliari, en la isla de Cerdeña, en la que vive dos años antes de fallecer el día 18 de marzo del 1567. Clemente XI lo beatifica el 29 de enero de 1711, y Benedicto XIII, el 15 de julio del 1724, concede que se celebre su oficio el día 18 de marzo en la Orden y en Cagliari, en Santa Coloma de Farnés y en Horta. El papa Pío XI lo canoniza el 17 de abril de 1938.


                                                    Común de Santos Varones

            Oración. Te rogamos, Dios de bondad, nos concedas a los que conmemoramos a San Salvador de Horta, tu humilde siervo, vernos libres, por su intercesión, de los males presentes, y gozar de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                               19 de marzo
                                                        José, esposo de la Virgen María

            Los Evangelios dan los siguientes datos sobre San José. Descendiente de la familia de David (Mt 1,16; Lc 3,23), vive en Nazaret. Un ángel le anuncia que María, su esposa, espera un hijo por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,16-24). Viaja con María a Belén por disposición de César Augusto; allí nace Jesús (cf. Lc 2,1-20); le impone el nombre (cf. Lc 2,21), lo ofrece al Señor y escucha las profecías de Simeón y Ana (cf. Lc 2,5-38). Lleva a María y a Jesús a Egipto para defenderlo de Herodes (cf. Mt 2,13). Una vez que muere Herodes, regresa a Palestina, instalándose en Nazaret de Galilea (cf. Mt 2,23). Lucas relata un viaje de la familia a Jerusalén, donde Jesús se separa de sus padres para discutir con los doctores de la Ley en el templo (cf. Lc 2,41-50). José es un técnico de la madera, del hierro y de la piedra (cf. Mt 13,55; Mc 6,3), cuyo oficio y utensilios aprende y hereda Jesús (cf. Mc 6,3). José aparece siempre como esposo de María (Mt 1,16.18.20.24; Lc 2,5) y padre de Jesús (cf. Lc 2,27.33.41.43.48; 3,23; Mt 13,55), como lo dice María (Lc 4,48) y la gente (Lc 3,23; 4,22; Mt 13,55; Jn 6,42). Es una persona justa (cf. Mt 1,19), fiel a la Ley y cumplidora de todas las tradiciones religiosas y sociales de Israel.


            Oración. Dios eterno, que confiaste los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmente y los lleve a plenitud en su misión salvadora. Por nuestro Señor Jesucristo.

                                                                               22 de marzo
                                                       Bienvenido Scotívoli (1188-1282)

            El beato Bienvenido Scotívoli nace en Ancona (Las Marcas. Italia) en 1188. Estudia Derecho en Bolonia. Es Capellán Pontificio, Arcediano de Ancona, Administrador de la diócesis de Osimo en 1263. Urbano IV le nombra obispo de Osimo el 13 de marzo de 1264. En 1267, Clemente IV le da el gobierno de la Marca de Ancona. Seguidor de San Francisco, recibe en su diócesis a los Franciscanos, viste el hábito y practica la devoción a la Eucaristía, a María y en especial a Cristo pobre y crucificado. A ello une un carácter afable y paciente. Esto no obsta para que reforme su diócesis con la defensa de los bienes eclesiásticos, el capítulo de la catedral y la ayuda constante a los enfermos y a los pobres. Defiende los derechos de su diócesis sobre la ciudad de Cingoli. Muere el 2 de marzo de 1282. Es sepultado en la catedral de Ósimo. Martín IV reconoce su culto en 1284.

                                                           Común de Pastores

            Oración. Señor y Dios nuestro, que has puesto al obispo Bienvenido Scotívoli al frente de tu pueblo, te rogamos que por la eficacia de sus reformas concedas a tu pueblo la conversión por tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo.


Libros: Henri de Lubac

Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia


                                                           Henri De Lubac

Bernardo Pérez Andreo
Instituto Teológico de Murcia OFM
Pontificia Universidad Antonianum

“La idea de una sobrenaturaleza añadida a la naturaleza es occidental: es fruto de esa enfermedad de análisis y separación que es la enfermedad de Occidente”, con estas palabras que el Cardenal De Lubac toma del Padre Congar, podemos comprender lo mal entendidas que han sido las dos instancias que centran este pequeño libro, pequeña catequesis le llama el autor, por un lado la naturaleza y por el otro lo sobrenatural, la gracia. En ningún lugar de la Escritura o de los Santos Padres encontraremos una referencia a la sobrenaturaleza como algo que se añade extrínsecamente a la naturaleza y que sería de una realidad totalmente distinta. Esta visión dualista es más propia del pensamiento occidental marcado, de un lado por el neoplatonismo gnostizante y del otro por el positivismo materialista que no es capaz de alcanzar más allá de donde dan los datos. La visión cristiana de la naturaleza y de la gracia tiene una dimensión de profundidad que De Lubac quiere recuperar para el pensamiento teológico, a propuesta del secretario de la Comisión Teológica Internacional, que es el motivo de haber escrito este opúsculo sobre tan interesante tema.
La gracia, siguiendo a Santo Tomás, es creada en el alma, no es una naturaleza exterior o superior, superpuesta a la naturaleza humana, como un revestimiento, sino que es una cualidad infundida en el alma que la adapta, en cuanto alma, a vivir la vida de Dios. Blondel dirá que lo sobrenatural es una adopción, una asimilación, una transformación que asegura los dos elementos en el hombre, lo humano y lo divino, sin mezclarlos, pero sin separarlos. Por eso, Teilhard de Chardin lo expresa como un fermento que llega a transformar la naturaleza. Se ve con toda claridad que el Cardenal De Lubac no entiende ni la naturaleza ni la gracia al modo que se ha extendido entre el vulgo cristiano y entre los científicos y filósofos modernos. Naturaleza y gracia aseguran la perfecta realidad del hombre. En la naturaleza resplandece la libertad y la cultura, en la gracia el espíritu y la plenitud de lo humano. Ambas realidades se necesitan para completar la verdad última del hombre, pero se necesitan como ‘naturalmente’. Esto elimina los resabios gnósticos que aún quedan infectando el cristianismo y que se mantienen operativos en las sociedades modernas.
Esta distinción entre naturaleza y sobrenatural conlleva una serie de consecuencias en el hombre. La primera es la humildad, que no es una virtud moral en el cristiano, sino una disposición radical al saberse criatura y, por tanto, necesitada del don del otro, del don divino, del don radical del ser. Tras la humildad viene el respeto al misterio ante el intento de encapsularlo en fórmulas o en esquemas humanos. La tercera consecuencia es la transformación del hombre. Lo sobrenatural no solo eleva, transforma al hombre, lo metamorfosea, lo transfigura, sin perder su ser natural, lo lleva a una plenitud que no tendría sin lo sobrenatural, que no es una sobrenaturaleza con sustancia y consistencia propias que vendría a superponerse a la naturaleza, o bien a desalojarla. Ni la desdeña ni la destruye; le da forma, la rehace, según la necesidad. La transfigura y la transforma en todas sus actividades, esta es la transcendencia verdadera, que va al núcleo de lo humano para elevarlo, no lo destruye. La gracia presupone siempre la naturaleza. Es el corolario de la Encarnación. Si Dios se ha hecho hombre, la naturaleza humana es asumida por la divina y elevada.
La gracia, insiste De Lubac, no se opone a la naturaleza, como tanto se ha hecho creer, se opone al pecado. Es el pecado, una realidad no querida por Dios, fruto del uso de la libertad, lo que se opone a lo que verdaderamente el hombre puede ser, de ahí que la gracia, lo sobrenatural, sea necesario para curar la herida del pecado en la naturaleza. La unión de la naturaleza y de la gracia queda consumada por el misterio de la Redención. Desde la Encarnación hasta la Redención, el hombre es llevado a la vida divina. El hombre entero, no una parte de él, el alma, o una parte de los hombres. El pecado es una realidad personal que infecta al cuerpo social y al individuo concreto, por eso es personal el pecado, porque como la salvación, también es relacional. De ahí la necesidad de salvar las condiciones sociales mediante una transformación radical del hombre y de los hombres.
El volumen se cierra con una serie de apéndices que aumentan el valor de la obra. Se trata de pequeños trabajos sobre el Concilio Vaticano II, la Iglesia en el mundo y un pequeño texto precioso de desagravio a Pablo VI, papa que sufrió mucho en sus últimos años y que intentó aplicar las intenciones del Concilio sin provocar un cisma en la Iglesia. El Cardenal De Lubac se siente muy cerca de él cuando reproduce aquellas palabras suyas: “El humanismo laico y profano se ha mostrado al fin es sus aterradoras dimensiones y, en cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre ha chocado con la religión –porque de una religión se trata- del hombre que se hace Dios”. Son palabras que De Lubac subraya como propias de un análisis profético de los efectos de confundir los términos y no comprender qué significa naturaleza y qué significa gracia. El hombre, para ser tal, necesita de ambos para entenderse a sí mismo. Naturaleza y gracia: Dios que viene al hombre y el hombre que va a Dios. Esta es la esencia del cristianismo.

Fundación Maior, Madrid 2014, 214 pp, 14 x 21 cm.


lunes, 14 de marzo de 2016

Meditación sobre la Pasión según San Lucas

                          Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas       


1.- Jesús es el siervo y justo sufriente que, según las Escrituras, obedece la voluntad de Dios acatando hasta el máximo de sus fuerzas el proyecto de salvación (cf. Mc 14,36); se siente traicionado por sus discípulos y abandonado por todos, incluso por Dios (cf. Mc 15,34); bebe el cáliz del dolor hasta extremos inconcebibles a la dignidad humana (cf. Mc 15,36). Pero, a la vez, Jesús muestra un señorío y una majestad que está más allá de los límites de la naturaleza humana, porque es capaz de prever su pasión (cf. Mc 8,31) y encuadrarla en el marco de la voluntad divina ordenada con precisión para él en la historia (cf. Mc 14,7-8; 13-15). Se confiesa como Mesías, Hijo de Dios y Señor (cf. Mc 14,61-62). En fin, él domina todos los acontecimientos que le afectan y afronta la muerte con libertad (cf. Jn 8,42). Es el Rey (cf. Jn 18,37). Todo lo que le sucede está diseñado por Dios. Nada ocurre al azar, o por libre voluntad humana. Con la muerte cumple la misión que le encomienda el Padre y para la que ha venido a este mundo (cf. Jn 1,14), y vuelve a la gloria que le pertenece (cf. Jn 12,12-6). Nuestra vida es así también: venimos del Señor cuando nacemos, volvemos al Señor cuando morimos. Y es Jesús quien nos ayuda a mantenernos fieles durante nuestra historia personal al sentido de vida que nace del amor de Dios.

2.- «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Jesús ora por los que le han crucificado, es decir, los soldados y verdugos que tiene en su rededor y ahora le vigilan para que se cumpla la sentencia. Ora también al Padre por los que han sido responsables de su muerte: Pilato (Lc 23,24), los sumos sacerdotes y escribas (Lc 23,13.21.23), todos simbolizados en la ciudad santa de Jerusalén. Antes, Jesús la acusa de que «mata a los profetas y apedrea a los enviados» (Lc 13,34); y, por la violencia que anida en sus habitantes, sentencia: «... si reconocieras hoy lo que conduce a la paz. Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42). Todos ellos ignoran a quién han llevado a la cruz, según afirman Pedro y Pablo en sus primeras predicaciones (Hech 3,17; 13,27), ellos que también han tenido su pequeña historia de traición y persecución al Hijo de Dios (Lc 22,54-62; Hech 26,9).

3.- Jesús es coherente en esta súplica al Padre con lo que ha enseñado en su ministerio. Ha revelado al Dios del perdón y de la reconciliación (Lc 15), el Dios que toma una postura decidida de misericordia por el pecador antes de contemplar su conversión, como en el caso del hijo pródigo (Lc 15,20). Jesús ha transmitido la actitud de Dios practicando la misericordia a lo largo de su vida pública, cuando perdona los pecados al paralítico (Lc 5,20), o a la pecadora que le visita en casa del fariseo (Lc 7,47). Se ha expuesto más arriba no solo a la abolición de la ley de la venganza, o a la correspondencia al amor recibido u ofrecido entre amigos y familiares (Lc 6,32), sino también al exceso de amor que pide a los que le siguen: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os calumnien» (Lc 6,27-28). Actitud que permanece en la comunidad cristiana en los mártires que, ante el suplicio, oran por sus enemigos, como Esteban y Santiago, el hermano del Señor: «Señor, no les imputes este pecado» (Hech 7,60). Santiago se dirige al Padre, como Jesús: «Yo te lo pido, Señor, Dios Padre: perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Eusebio de Cesarea, HE, II 23 16, 110). Quizás sea lo que más nos cueste: ser hermanos de todos y hacer el bien al que nos necesite, sea cual fuere su raza, su lengua, su relación con nosotros.

Pasión según San Lucas

              Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas      
                        

            1.- Ni los hechos ni los dichos de Jesús, por más que reforman y ofrecen aspectos nuevos de la religión judía de su tiempo, entrañan por sí mismos un riesgo para su vida, y mucho menos para que tenga un final tan trágico; porque la vida de Jesús termina mal. Los responsables religiosos de Israel comprenden en un determinado momento, sobre todo con la presencia de Jesús en Jerusalén, que este puede romper la paz establecida entre Roma y la aristocracia del pueblo. Para silenciar el mensaje creen indispensable acabar con el mensajero. Entonces, elaboran una fina estrategia, habida cuenta del estilo de gobierno fundado en un Estado de derecho que Roma lleva en Judea. Y los sumos sacerdotes vencen a Jesús y a sus discípulos. 
           
2.- Los relatos evangélicos de la pasión y muerte reflejan dos niveles de comprensión distintos y están divididos en cuatro bloques bien delimitados: arresto, proceso judío, proceso romano y muerte. El primer nivel ofrece un interés muy especial por las últimas horas de la vida de Jesús, lo que obliga a que todo lo que le sucede se ordene de una manera que no ha aflorado en el ministerio por Palestina. Dos días antes de la Pascua se busca el motivo de su condena (cf. Mc 14,1); en la víspera de la Pascua Jesús envía a dos discípulos para preparar la Cena (cf. Mc 14,12); la celebra con los Doce al anochecer (cf. Mc 14,17); Pedro niega a Jesús al canto del gallo (cf. Mc 14,72); muy de mañana comienza el proceso romano (cf. Mc 15,1); Jesús muere hacia el mediodía (cf. Mc 15,25.33) y es enterrado al caer la tarde (cf. Mc 15,42).
La precisión cronológica se acompaña con la mención de los lugares. Los hechos acontecen en la ciudad santa de Jerusalén: sufre la agonía y es arrestado en Getsemaní (cf. Mc 14,32); se le instruye el sumario en la residencia del sumo sacerdote, y se le procesa y condena en el antiguo palacio de Herodes el Grande en la capital (cf. Mc 14,53par; 15,1); se le crucifica en el Gólgota (cf. Mc 15,22) y se le entierra en un lugar cercano (cf. Mc 15,47).
            A esto se unen los personajes que aparecen en este tiempo final de su vida. Los Doce, con el protagonismo de Pedro (cf. Mc 14,66-72) y Judas (cf. Mc 14,20-21.43-45); los sumos sacerdotes, entre los que destacan Anás y Caifás (cf. Jn 18,13); las autoridades civiles: Pilato (cf. Mc 15,1-15) y Herodes (cf. Lc 23,8-12); personas singulares como Barrabás (cf. Mc 15,7), Simón de Cirene (cf. Mc 15,21), José de Arimatea (cf. Mc 15,43), o anónimos como el centurión (cf. Mc 15,39), el buen ladrón (cf. Lc 23,40); o colectivos como los criados y guardias de los sumos sacerdotes (cf. Mc 14,43.65), los testigos (cf. Mc 14,56), los soldados (cf. Mc 15,16-20), los verdugos (cf. Mc 15,36), los crucificados (cf. Mc 15,27.32), un grupo de mujeres que lamentan su estado (cf. Lc 23,27), las seguidoras cuyos nombres varían de un Evangelio a otro, situadas a distancia (cf. Mc 15,40-41), o al pie de la cruz, donde Juan nombra a su madre, a la hermana de su madre, María de Cleofás, María Magdalena y al discípulo amado (cf. Mc 19,25-27). Todos ellos pertenecientes a un pueblo que exige su muerte (cf. Mc 15,8-15) o, por el contrario, se pasma y arrepiente de lo ocurrido con Jesús después de verlo morir en cruz (cf. Lc 23,48).
           
3.- Las horas y los días, los lugares y las personas históricas, o acontecimientos redactados por los evangelistas en favor o en contra de Jesús elevan las tradiciones sobre la pasión a otro nivel mucho más valioso para los creyentes. Jesús es el siervo y justo sufriente que, según las Escrituras, obedece la voluntad de Dios acatando hasta el máximo de sus fuerzas el proyecto de salvación (cf. Mc 14,36). 

            Las interpretaciones de la pasión y muerte, fundadas en la Escritura (arresto de Jesús), reflexionadas al calor del culto (Última Cena), recordadas con el fin de aleccionar a los discípulos de Jesús de todos los tiempos (negaciones de Pedro), escritas con tintes apologéticos (la culpabilidad de los judíos) y confesadas por la experiencia de la Resurrección, se abren paso en las comunidades cristianas ante la evidencia histórica de su crucifixión. Entonces podemos identificarnos con Jesús y recibir de él la adecuada respuesta y experiencia sobre si sentimos a Dios lejano, cuando no nos comprenden la familia y los amigos, cuando percibimos que nuestra vida no ha resultado válida ni para los demás ni para uno mismo; cuando creemos que todo y todos se nos vuelven en contra. No olvidemos que fueron las instituciones religiosas y políticas las que segaron la vida y doctrina de Jesús; el Señor no estaba ausente: estaba sufriendo con él. Porque al resucitarlo de entre los muertos, sabemos que estaba con él como está con cada uno de nosotros cuando vivimos las mismas situaciones de Jesús. 

domingo, 13 de marzo de 2016

La misericordia. San Francisco: Carta a un Ministro: II-4

                                                                  La Encarnación

                                                                                  II-4

            La vida de Jesús como encarnación del Logos tiene como fin reconducir la vida para transformarla en hija de Dios. Así lo leen los cristianos, y proponen el paso de estar dominado por el príncipe de este mundo, o sometido a las estructuras de pecado que nos esclavizan, a estar en el reino de la luz y de la vida[1]. Para pertenecer al reino de la luz, hay que saber cuál es, y a partir de este conocimiento, descubrir, renunciar, denunciar y vencer las estructuras del mal[2]. Jesús lo hace en los exorcismos: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo»[3].      
            A las estructuras del mal se las derrota, no se las convierte; se las sustituye con otras que respondan a los valores que fundamentan la dignidad humana. Quien se convierte es el hombre individualmente, no la institución. Y esa victoria sobre el mal institucionalizado la adelanta Dios al resucitar a Jesús, con lo que se inicia el mundo «nuevo» proyectado desde su principio que inaugura el Espíritu con la vida humana. Porque Jesús es la primicia de una promesa que corresponde a toda la creación y, naturalmente, a toda la humanidad[4], que el Espíritu se encarga de llevarla adelante. El poder del Espíritu que reconduce la historia está ya actuando, y no es una orientación exclusivamente de futuro, aunque su plenitud se sitúa en dicho horizonte[5]. La perspectiva divina divisa a todos los hombres iguales, porque Dios es Creador de ellos. Y esa mirada de Dios permanece en el tiempo a pesar de la rebeldía humana. Porque Él es, a la vez y para confianza de todos, «el que da vida a los muertos y llama a existir lo que no existe»[6]. La potencia de salvación que proviene del Señor y que Él instala en el corazón humano es gratuita, y la ofrece por su Hijo en el Espíritu, y no está condicionada por los intereses humanos, a fin de que resplandezca con nitidez la identidad y función de las criaturas en la creación y la posibilidad misma de realizarse como persona según la voluntad divina.
            Situados, pues, en la creación y en la historia humana, Francisco parte de una transformación personal, que alcanza a toda la realidad al entenderla desde la perspectiva del Señor. Es lo que le enseña al Ministro.



[1] Cf. Jn 12,31; 14,30; etc.
[2] Cf. Jn 3,3.5; 7,7; 12,31; etc.
[3] Lc 10,18.
[4] Textos: 1Cor 15,20-22; 45-49; Rom 1,16-17; 3,29-30; 8,9.
[5] Rom 8,24: «Porque nuestra salvación es en esperanza».
[6]  Rom 4,17; cf. Gén 17,5; Dt 32,39; Is 48,13; Heb 11,19.

Santos y Beatos Familia Franciscana, del 8 al 15 de marzo

12 de marzo
Ángela Salawa (1881-1922)

            La beata Ángela Salawa, de la Orden Franciscana Seglar, nace en Siepraw (Cracovia. Polonia), el 9 de septiembre de 1881; es hija de Bartolomé Salawa y Eva Bochenek. En 1897 se traslada a Cracovia, donde trabaja como empleada de hogar. Después de la muerte de su hermana Teresa trata de vivir la fe en la humildad y la pobreza. «Amo mi trabajo -decía- porque en él encuentro una excelente ocasión de sufrir mucho, de trabajar mucho y de orar mucho; y, fuera de esto, no deseo nada más en el mundo». En 1911 fallece su madre y la mujer a quien sirve. El 15 de marzo de 1912 ingresa en la Orden Franciscana Seglar, y hace su profesión el 6 de agosto de 1913. En la Primera Guerra Mundial ayuda al personal sanitario en los hospitales de Cracovia, asistiendo y confortando a los soldados heridos. Enferma en 1917; se le atiende en el hospital de Santa Zita por poco tiempo. Al fin se recluye en una pequeña habitación donde vive entregada a la oración y padeciendo horribles dolores durante cinco años. En octubre de 1920 participa en una peregrinación a Chestochowa para orar a la Virgen de Jasna Gora. Muere el 12 de marzo del año 1922 en Cracovia. El papa Juan Pablo II la beatifica el 13 de agosto de 1991.

                                               Común de Vírgenes

Oración. Padre bueno, concédenos el espíritu de humildad y amor con el que la beata Ángela se ofreció a sí misma como sacrificio vivo y santo agradable a tus ojos, y haz que, por su intercesión, progresemos en la novedad de la vida evangélica, para conformarnos así a Cristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.

13 de marzo
Agnelo de Pisa (1194-1236)

            El beato Agnelo conoce en Venecia a San Francisco, que le recibe en la Orden a los 17 años de edad. El mismo San Francisco le envía a Francia a los 23 años, para formar las primeras fraternidades en el país transalpino. En el Capítulo General de 1223, San Francisco le manda a Inglaterra con la misma misión que en Francia; desembarca en Dover con ocho hermanos el 10 de septiembre de 1224. De inmediato funda dos fraternidades: en Cornhill, junto a Londres, y en Oxford. Aquí invita a enseñar teología al mismo canciller de la Universidad, Roberto Groseteste. Franciscano humilde y sencillo, de honda doctrina y hábil conciliador en las controversias políticas, llega a ser consejero del rey Enrique III. Por obediencia aceptó la ordenación sacerdotal. Asiste al Capítulo de 1230 en Asís como Ministro Provincial de Inglaterra. Vuelto a Inglaterra se establece en Oxford, donde fallece a la edad de 42 años en 1236. El papa León XIII aprueba su culto el 4 de septiembre de 1892.

                                   Común de Pastores

            Oración. Señor, luz de tu pueblo y pastor de los hombres, que, dentro de la Iglesia, has confiado al beato Agnelo de Pisa la misión de apacentar a tu pueblo con su predicación y de iluminarlo con su vida y su ejemplo, concédenos, por su intercesión, guardar íntegro el don de la fe que nos legó su palabra y seguir el camino que nos marcó su ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo.


13.1 de marzo
Dulce Lopes Pontes

            La beata Dulce Rita Lopes Pontes nace el 26 de mayo de 1914 en Salvador (Bahía. Brasil), hija de Augusto y Dulce María. De muy joven frecuenta las favelas o colonias de pobres de la ciudad. El sótano de su casa lo convierte en un lugar de asistencia a los necesitados de alimentos, ropa y medicinas. En el año 1932 profesa en la OFS. Y en 1933 ingresa en el Instituto de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios y emite los votos en agosto de 1934. Pone toda su atención en el seguimiento de Jesús por medio de pequeños actos de servicio a los marginados. Trabaja en hospital Español de Bahía de enfermera, sacristana y portera, imparte clases en el colegio de Santa Bernadete y colabora con obreros de Itapagipe. Funda las Hijas de María Siervas de los Pobres, además crea colegios para los niños, albergues para los pobres sin techo, el sindicato de los obreros de San Francisco en Bahía y una red de hospitales donde recoge a los enfermos. En el Hospital de San Antonio llega a asistir a 3.000 enfermos al día. Es candidata al Premio Nobel de la Paz en 1988. Tiene una especial devoción al Corazón de Jesús y a María Inmaculada. Fallece en Bahía el 13 de marzo de 1992. Es beatificada el 22 de mayo de 2011 durante el pontificado de Benedicto XVI.

                                               Común de Vírgenes

            Oración. Señor, tú que te complaces en habitar en los limpios de corazón, concédenos, por intercesión de la beata Dulce, virgen, vivir, por tu gracia, de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.



lunes, 7 de marzo de 2016

Libros: La carta a los Hebreos

            
                                                La Carta a los Hebreos.
Una visión desde las teologías del Templo.

             Tomás García Huidobro

            El estudio de esta homilía combina el estilo de la retórica griega de la época y la teología judía del templo de Jerusalén. El escrito se dirige a una comunidad de origen  judeohelenístico  de Roma. En un tiempo de persecución a los cristianos, que forzó a algunos miembros a abandonar la comunidad, el autor trata de fortalecer la dimensión escatológica de la fe cristiana. La obra se divide en tres partes: relación del templo de Jerusalén y el templo celestial, el sacerdocio levítico con el sacerdocio de Jesús, y el sacrificio de Jesús en el contexto del Yom Kippur. El autor busca en sus explicaciones sus raíces en la literatura del Qumrán y en la apócrifa judía, antes que en el pensamiento judeohelenista, y para demostrar que la alianza de Jesús es superior a la del Sinaí.
           
El templo es el lugar sagrado por antonomasia,  por la relación entre la arquitectura tripartita del templo ―atrio de los gentiles, atrio de las mujeres, y el santo de los santos― y el cosmos: «Templo y cosmos se miraban uno al otro como en un espejo, reflejándose mutuamente» (22), aunque el autor concibe el templo, como muchos otros, en dos zonas: tabernáculo y santo de los santos. También la santidad del templo proviene a su asentamiento sobre el monte santo de Sión, porque los montes situaban al hombre entre la tierra y el cielo, lo más alto, donde habita el Señor. Por último el templo es santo, porque allí estaba el paraíso cuando el Señor crea el universo. No obstante esto, la nueva alianza entraña un templo no hecho por manos humanas. y  queda totalmente superado por el templo celeste hecho a partir de la resurrección de Jesús (cf. Heb 9,11-12). Este templo es celeste, es la gloria que el Padre tenía reservada para su Hijo y todos sus hermanos ( 1Henoc 14).
           
El segundo tema que trata la homilía es sobre el sacerdocio levítico y el sacerdocio de Jesús. El primero es dado a la tribu de Leví para cuidar el servicio al templo de Jerusalén. El segundo enraizado en la misteriosa figura de Melquisedec, rey, sacerdote, sacerdote en las alturas, ángel, etc. (cf. Gén 14,18; Sal 110,3-4; 4Q401 11,3; 11Q 13; etc.). Su identidad, pues no sólo es histórica, sino también celeste. Con esta base, el autor muestra que sacerdocio de Jesús es superior al de los levitas, por su sacerdocio es independiente de cualquier otra ascendencia sacerdotal; en segundo lugar el saerdocio de Jesús es superior al de Abrahán, del que provienen el de los levitas, y está fundado en Melquisedeq; en tercer lugar el sacerdocio de Cristo es eterno con relación al sacerdocio temporal que sirve al templo de Jerusalén. (53). El de Jesús, pues, está basado en la gracia y en la libertad del Señor. Y tal es así que también es sumo sacerdote de todo el mundo celeste, incluidas todas sus jerarquías: Jesús está sentado a la derecha de Dios y le ha dado la potestad de juzgar. Con  todo, no hay que olvidar que a toda su glorificación y ensalzamiento le precede la cruz.
           
En este sentido, la homilía compara el sacrificio de Jesús con la celebración de Yom Kuppur. En la fiesta del Día de la expiación, que se celebra una vez al año, se perdonan todos los pecados cometidos contra Dios; los cometidos contra el prójimo necesitan del perdón de los ofendidos. El sumo sacerdote, al final del rito, pronuncia el nombre del Señor y da la bendición al pueblo. El autor de la homilía, con este trasfondo, introduce a Jesús como sumo sacerdote definitivo en el santuario celeste, como el sumo sacerdote entra en el «sancta sanctorum», y presenta el  sacrificio de Jesús en la cruz con un valor expiatorio y, por consiguiente, su sacerdocio se relaciona esencialmente con la cruz, sacrificio hecho una vez para siempre, a diferencia de los repetidos sacrificios que hacen los levitas en el templo.
            Este tema, que parece fuera de lugar en los tiempos actuales, no lo es en las zonas donde aún se persigue a los cristianos o se descalifica su fe; y también la cuestión del santuario celeste con el sumo sacerdocio eterno, tampoco lo es, porque «el santuario de los cielos sirve de modelo para todo aquello que acontece en la tierra y para lo que los cristianos consideran como su vocación verdadera: ser transformados, a imagen de Cristo, en hijos de Dios» (134).
           

Ediciones Sígueme, Salamanca 2014, 155 pp., 12 x 19 cm.